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La máscara del demonio 1

 
No estaba seguro de qué hacía ahí. Lainvitación me había llegado en un
grupo de WhatsApp de la universidad, uno de esos donde la gente se suma
por inercia y después nadie recuerda quién carajo es quién. Ni siquiera
conocía a los otros miembros. Esa noche no tenía planes, solo una
melancolía espesa que me apretaba el pecho, así que terminé yendo a esa
fiesta de disfraces que prometía ser tan tonta como cualquier otra. Mamá
también se preparaba para salir. Le golpeé la puerta con los nudillos y,
sin abrirla, le grité que ya me iba. Y ahora estaba ahí, en esa casa
ajena convertida en un laberinto de luces estroboscópicas, disfraces
sudados y música que retumbaba en el esternón como un segundo corazón.
Ajusté por enésima vez la máscara completa dedemonio que me cubría el
rostro entero: la piel roja y rugosa, los cuernos negros curvados hacia
atrás, la boca abierta en un gruñido fijo que dejaba ver colmillos
afilados, los ojos huecos por los que apenas se filtraba la luz de las
bombillas de colores y del estroboscopio que parpadeaba en la planta
baja. La máscara, pesada, de látex grueso y goma, me apretaba la cabeza
como una segunda piel que no me pertenecía, y dentro de ella el sudor se
acumulaba en las sienes y en la frente, resbalando lento por las
mejillas hasta el cuello, mezclándose con el calor que subía desde el
pecho.
 

La máscara del demonio 1




Fuera lloviznaba con esa persistenciaargentina de finales de primavera
que no llega a ser tormenta pero que empapa todo de igual modo, y el
sonido de las gotas contra los cristales de las ventanas altas se
confundía a ratos con el bajo de la música electrónica que retumbaba
desde el salón principal, un pulso grave y repetido que yo sentía en el
esternón como si fueran campanadas lejanas.
Me sentía incómodo en medio de toda esa genteque reía y se rozaba como
si el mundo de afuera no existiera. Pero al mismo tiempo, oculto detrás
de la máscara, con la certeza absoluta de que nadie me conocía ni me
reconocería nunca, experimentaba una libertad que no había sentido
antes. Era como si el demonio que llevaba puesto me diera permiso para
existir sin las ataduras de siempre. Y sin embargo seguía fastidiado,
porque esa misma máscara parecía ahuyentar a todo el mundo. Nadie se me
acercaba. Nadie me hablaba. Era un demonio solitario en una fiesta llena
de ángeles baratos y superhéroes de cartón.
Pero todo cambió cuando la vi.
Ella estaba en el salón, cerca de la barraimprovisada, rodeada de tres
amigas que también iban disfrazadas pero con disfraces menos logrados.
El de ella era de otro nivel: un body blanco ceñido como una segunda
piel que abrazaba su cuerpo, con bordes dorados que brillaban bajo las
luces y acentuaban el escote profundo. Una capa blanca corta caía desde
los hombros, moviéndose con cada giro de cadera y dejando ver destellos
de piel. Llevaba botas altas blancas que le llegaban hasta los muslos y
una tiara dorada que le daba ese aire de guerrera poderosa. Pero lo que
realmente la transformaba era su cuerpo: un culo enorme, redondo y bien
parado que se marcaba obscenamente con cada movimiento, como si el
disfraz hubiera sido hecho a medida para resaltar esa masa de carne
firme y tentadora que se balanceaba con un peso propio. Las piernas,
largas y sensuales, con muslos gruesos y torneados que se flexionaban al
ritmo de la música, parecían invitar la mirada y el roce. Sus senos
generosos rebotaban ligeramente dentro del escote, pesados y perfectos,
marcando el body con cada respiración. La cara era una mezcla de belleza
angelical y algo más oscuro: rasgos finos, pómulos altos, labios carmesí
pintados con precisión, ojos grandes delineados con negro que le daban
profundidad y un brillo lascivo por el alcohol. El maquillaje la hacía
parecer una diosa salida de una fantasía erótica más que de una serie
infantil. El pelo —normalmente corto, rubio, con una raya perfecta en un
costado— esa noche estaba diferente: suelto, con ondas que parecían
hechas a propósito para que cayeran sobre los hombros y sobre el escote,
un poco revuelto por el baile.



Relatos




Me detuve en seco en el umbral del salóncuando la reconocí,
estupefacto.
Era mamá.
No la había esperado ahí, definitivamente. Nimucho menos que la
encontraría bailando de esa forma, como si la mujer de siempre, la que
me preparaba el mate por las mañanas en la casa de Villa Urquiza,
pudiera transformarse de golpe en esa figura que movía las caderas con
una sensualidad que no era fingida sino que salía de haber bebido de más
y de algo más profundo: el despecho. Yo recordé al instante que su
pareja la había traicionado y comprendí que por eso estaba ahí, bebiendo
más de la cuenta, bailando como si quisiera quemar algo por dentro,
entregándose al ritmo y al alcohol como una forma de venganza contra
quien le había hecho daño. Ese despecho flotaba en el aire como el humo
de los cigarrillos electrónicos y el olor a sudor y a perfume barato
mezclado con el de la lluvia que entraba por las ventanas entreabiertas.
Me quedé un rato observándola desde lapenumbra del pasillo que llevaba
a la cocina. Era hermosa, sí. La falda del vestido se movía, y su
cabello se desordenaba de a poco. Tenía un gesto de lascivia evidente. A
sus treinta y seis años, mamá podía pasar por una chica de treinta
tranquilamente.
¿Era lujuria lo que sentía? La había vistomuchas veces de manera
incorrecta, sí, cuando el viento levantaba su pollera mientras
paseábamos o cuando salía del baño con la toalla apenas atada y el vapor
todavía pegado a la piel. Su cuerpo sinuoso hacía que cada gesto mínimo
pareciera una exposición involuntaria, una invitación que ella ni
siquiera premeditaba. Pero nunca había pensado en ella de esa manera más
allá de esos instantes fugaces en los que mi mirada se quedaba clavada
en sus majestuosas nalgas, en la profundidad oscura de su ojete cuando
se inclinaba para recoger algo del piso, en los senos grandes y parados
que se marcaban bajo la ropa ajustada, y en esa cara hermosa que podía
pasar por la de un ángel si no fuera por ese cuerpo de diabla que
parecía diseñado para el pecado.
El pulso de la música seguía, las luces rojasy azules barrían los
rostros y los disfraces, y de pronto mamá giró la cabeza como si hubiera
sentido la mirada —aunque era imposible, la máscara no dejaba ver nada—
y rio con esa risa que yo conocía desde niño, la misma que usaba cuando
algo la sorprendía de verdad. En ese momento supe que iba a acercarme,
que iba a bailar con ella, que iba a hacer exactamente lo que la voz
dentro de la máscara me decía que hiciera.
Me acerqué, sin decir nada. Solo voy a bailarcon ella, pensé. Luego me
quito la máscara y los dos nos reiremos de la coincidencia.
Me abrí paso entre los cuerpos hasta quedardetrás de ella, lo bastante
cerca para que notara mi presencia. Mamá se volvió, me miró de arriba
abajo —lucía normal salvo por la máscara, y supongo que la oscuridad
hizo que no reconociera la ropa que usaba, que tantas veces ella misma
había lavado—, y en lugar de apartarse rio de nuevo y me dijo algo que
apenas pude escuchar por la música.
—Qué disfraz más tenebroso.
No dije nada.
Empezamos a bailar, y el baile no fueinocente ni siquiera desde el
primer compás. Ella tenía copas de más, eso era evidente en la forma en
que se movía: las caderas que giraban más lento de lo que marcaba la
música, el cuerpo que se pegaba al mío sin pedir permiso, el escote que
rozaba mi pecho cada vez que se inclinaba hacia adelante, la falda que
subía un poco más con cada giro y dejaba ver el comienzo de la piel
blanca del muslo. Puse las manos en su cintura —esa cintura de avispa
que hacía parecer a su culo mucho más grande de lo que ya de por sí era—
y ella no las apartó; al contrario, las cubrió con las suyas un segundo
y luego las dejó ahí, como si me diera permiso.
Bailamos pegados, la melodía vibrando en los huesos, el sudor de losdos
mezclándose donde los cuerpos se tocaban, el olor de ella —perfume
dulce, alcohol, un rastro de tabaco que debía haber fumado afuera con
las amigas— entrando por los orificios de la máscara y llenando mi
cabeza de confusión.
Aún estaba a tiempo de decirle la verdad.Nuestros cuerpos se habían
frotado de una forma que ninguna madre y ningún hijo deberían frotarse
jamás, con una intimidad que traspasaba cualquier límite decente, pero
no era más que eso: un baile subido de tono en una fiesta donde todos
estaban borrachos y disfrazados. Sin embargo, sostuve la mentira. Me
quedé callado, dejando que la máscara hablara por mí, que el demonio
siguiera ahí en lugar de Rocco, el hijo de dieciocho años que debería
estar en cualquier otro lado menos pegado a la espalda de su propia
madre, sintiendo cómo las nalgas redondas y firmes de ella rozaban mi
entrepierna con cada movimiento lento y deliberado.
En un momento ella se dio la vuelta y me pególa espalda contra mi
pecho, las nalgas redondas y firmes bajo la falda de tela liviana
rozando mi entrepierna donde la erección ya había comenzado sin que me
diera cuenta, y para mi consternación empezó a moverse con un ritmo más
lento, más ondulante, como si la canción electrónica se hubiera
transformado en algo más antiguo, en un tango torcido y satánico que
solo nosotros dos escuchábamos. Sentí el calor de su cuerpo a través de
la tela, el movimiento de los músculos de su espalda, el pelo rubio y
ondulado rozándome la máscara donde la mejilla debería estar, y por un
segundo pensé en decirlo. Pensé en inclinar la cabeza y susurrar “mamá,
soy yo, soy Rocco”, pero las palabras se quedaron pegadas en la
garganta.
Ella no me reconoció. Ni la voz —porque casino hablaba—, ni mi perfume
—aunque si prestara atención y si no estaría borracha lo notaría—, ni la
forma del mi cuerpo, y eso que en ese punto sí resalto sobre los chicos
de mi edad, bastante más corpulento, de físico marcado por el gimnasio y
el deporte.
Sus amigas se habían esfumado, como sihubieran comprendido que ella
necesitaba ese momento de soledad con el desconocido enmascarado.
Bailó conmigo como se baila con un extrañoque te excita en una fiesta
donde nadie te juzga, y cuanto más bailábamos más se apretaba contra mí,
más dejaba que mis manos subieran por los costados del vestido hasta
rozar la parte inferior de sus pechos, más permitía que una de esas
manos bajara hasta la falda y se quedara allí, sosteniendo la carne del
muslo. Yo no estaba borracho, pero mi cuerpo se movía por instinto sobre
ese cuerpo de vértigo.
En un momento se rio de nuevo, se dio lavuelta, me pasó los brazos por
el cuello y me habló al oído con la voz pastosa del alcohol:
—No te sacás la máscara nunca, ¿eh? Me gusta.Me gusta no saber quién
sos.
Sentí que algo se rompía dentro de mí, algoque era al mismo tiempo
alivio y decepción, porque si ella no me reconocía entonces todo era
posible, y al mismo tiempo nada de lo que estaba pasando era real.
Bailamos hasta que la música cambió y ella,sin soltarme, empezó a
caminar hacia atrás, tirando de mí con una mano que me había tomado la
muñeca, atravesando el salón lleno de disfraces que ya no importaban,
subiendo la escalera que crujía bajo los tacones de ella y bajo mis
zapatos negros, entrando en un pasillo oscuro donde la música llegaba
amortiguada y donde las luces de colores ya no llegaban. Abrió una
puerta al azar —un dormitorio que alguien había dejado con la luz de una
lámpara de noche encendida, la cama deshecha, abrigos y bolsos tirados
encima, una ventana entreabierta por la que entraba el olor a tierra
mojada—, cerró la puerta con el pie y se quedó mirándome a través de los
ojos huecos de la máscara.
Me pregunté si pretendía hacer lo que estabaimaginando, y me respondí
enseguida que era una pregunta tonta. La verdadera interrogante era qué
haría yo. Había mil motivos por los que tenía que detener esa locura,
desaparecer de ahí. Pero mi cuerpo no reaccionaba.
—No te la saques —dijo, y la voz ya no teníarisa, solo una urgencia
ronca que yo no le había oído nunca—. Quiero que te la dejes puesta.
Todo el tiempo. No quiero saber nada de vos. Ni tu nombre, ni tu edad.
Nada. Estoy harta de los hombres.
Y entonces se arrodilló.
Se arrodilló delante de mí como si estuvieraante un altar oscuro, el
pelo rubio y ondulado cayendo hacia adelante y rozando mis piernas, la
capa blanca extendiéndose en el piso como un manto de sacrificio. Yo la
miré desde dentro de la máscara, el corazón latiéndome en la garganta.
Era mamá. Mi mamá, la mujer que me había mecido de chico, que me hacía
el desayuno, que todavía me trataba como a un nene de vez en cuando. Y
ahora estaba ahí, de rodillas, con esa cara hermosa levantada hacia el
demonio, los ojos vidriosos por el alcohol y algo más profundo, los
labios carmesí entreabiertos.
 

madre




Los sentimientos se arremolinaban en mi pechocomo una tormenta: culpa
espesa que me apretaba el estómago, excitación traicionera que me
endurecía la pija hasta doler, miedo a que en cualquier segundo
reconociera algo —un olor, un gesto, una forma de pararme—, y debajo de
todo un deseo oscuro y caliente que me susurraba que ya era tarde, que
el desenlace era inevitable.
Con dedos que temblaban apenas por el alcoholo por la excitación o por
las dos cosas, me bajó el cierre del pantalón, y sacó mi pija ya dura,
pesada, que saltó hacia su cara como si hubiera estado esperando ese
momento desde que yo había entrado en la casa. Mamá la miró un segundo
—y la máscara roja del demonio la miraba a ella desde arriba, los
cuernos, la boca fija en el gruñido eterno—, y sonrió con los labios
carmesí entreabiertos.
—Qué linda pija tenés. A la par de tu cuerpo—murmuró, y la voz me llegó
como si viniera de muy lejos, a través de capas de látex y de culpa y de
deseo que ya no se podían separar.
“No, mamá”, pensé. Pero no me moví.
Empezó despacio, como si quisiera saborear elmomento, como si el hecho
de que yo no hablara, de que la máscara no tuviera expresión, le diera
permiso para hacer exactamente lo que quisiera. Me pasó la lengua por
todo el largo, desde la base donde el vello aparecía, subiendo lento por
la vena gruesa que latía bajo la piel, trazando cada relieve, cada
pulso, hasta la cabeza hinchada. Dejó un rastro brillante de saliva que
brillaba bajo la luz tenue de la lámpara. Yo sentí el calor húmedo de
esa lengua, la textura rugosa de las papilas rozando la piel sensible,
la forma en que se detenía justo debajo del glande y presionaba con la
punta antes de continuar.
La culpa me golpeó como un puñetazo en elestómago. Era mamá. La misma
que me había parido hacía dieciocho años, cuando ella tenía la misma
edad que yo tengo ahora. Y ahora estaba ahí, arrodillada delante de un
desconocido con máscara de demonio, sin tener idea de cuál es su
identidad, y me está lamiendo la pija como si fuera lo más natural del
mundo.
Debería haberla apartado. Pero ahora ya eratarde. Si me quitaba la
máscara, solo haría que ella se volviera loca. La vergüenza me quemaba
las sienes, mientras ella seguía lamiendo con esa lentitud deliberada
que parecía pensada para volverme loco.
Besó la punta, los labios suaves rodeandosolo el glande por un segundo,
la lengua asomando para lamer la rendija donde ya asomaba una gota de
presemen que ella recogió con un sonido suave y húmedo. Después me
terminó de bajar el pantalón, y empezó a lamer mis huevos con la misma
lentitud, uno primero, luego el otro, chupando suavemente cada uno
dentro de su boca caliente, la lengua girando alrededor mientras sus
uñas rojas me sujetaban la base de la pija con firmeza.
Cada movimiento era visible a través de losojos huecos de la máscara:
el pelo rubio y ondulado cayendo hacia adelante y rozando mis muslos,
las uñas largas agarrando y soltando rítmicamente, los ojos de mamá
mirando hacia arriba, hacia la cara que no era una cara, hacia el
demonio que la estaba dejando hacer lo que estaba haciendo.
Ya no había vuelta atrás. Mi mamá me estabachupando la pija como si la
vida se le fuera en ello, con un hambre que no tenía nada de maternal, y
no tenía ningún sentido que la detuviera. El daño ya estaba hecho, la
línea ya había sido cruzada cuando acepté bailar con ella, cuando dejé
que se pegara a mí, cuando subí las escaleras sabiendo exactamente
adónde íbamos. Ahora solo quedaba entregarse a eso: al calor húmedo de
su boca, al sonido obsceno de su garganta tragando, a la visión de su
cabeza subiendo y bajando mientras el demonio la observaba en silencio
desde arriba, sin decir una sola palabra.
El calor, la humedad, la presión de lagarganta cuando llegó al fondo y
se quedó allí un segundo, tragando alrededor de la cabeza, fue
demasiado. Tuve que apoyar una mano enguantada en la pared para no
caerme, y con la otra me agarré del marco de la puerta. Mamá empezó a
moverse entonces, subiendo y bajando la cabeza con un ritmo que iba de
lento a desesperado y volvía a lento, las mejillas hundidas cuando
succionaba fuerte, la lengua aplanada contra la parte inferior de la
pija cuando salía casi del todo y volvía a entrar hasta que los labios
le rozaban los huevos. Hacía ruidos húmedos, obscenos —slurp, gluck, el
sonido de la saliva espesándose y rompiéndose en hilos— que se mezclaban
con la música lejana y con el sonido de la lluvia contra la ventana.
De vez en cuando se detenía con la pija hastael fondo de la garganta,
los ojos llorosos por el esfuerzo, la nariz contra la pelvis, y me
miraba como si estuviera esperando que el demonio dijera algo, cualquier
cosa. Cuando yo no decía nada —porque las palabras “mamá, soy Rocco,
pará, esto no puede estar pasando” se me quedaban atoradas en la
garganta igual que el semen que ya empezaba a subir—, ella volvía a
moverse, más rápido, más profundo, con una hambre que no tenía nada de
fingido.
Veía, maravillado, cómo la saliva le corríapor la barbilla y caía al
piso, cómo se formaban hilos brillantes entre sus labios y mi pija cada
vez que salía para tomar aire, cómo sus ojos se entrecerraban de placer
o de esfuerzo o de las dos cosas.
Esto es una locura, pensé mientras ellavolvía a meterse la pija
completa en la bocas, haciendo que la saliva babeara aún más y le
corriera por la barbilla en un hilo grueso que terminó en el escote del
vestido. Es mi madre, pensaba una y otra vez. Está chupándome la pija
como una puta desesperada en una fiesta de disfraces y yo soy lo
suficientemente hijo de puta como para dejar que lo haga porque la
máscara me protege.
La culpa debería matarme… y sin embargoestaba más duro que nunca. ¿Qué
clase de monstruo soy? La vergüenza me ardía en la cara bajo el látex,
pero cada vez que ella bajaba hasta el fondo y tragaba alrededor de la
cabeza, mi cuerpo respondía traicionándome, empujando un poco hacia
adelante a pesar de mí mismo.
El orgasmo llegó como una ola que se habíaestado formando mucho antes
de que la descubriera en esa fiesta siquiera. Llegó en espasmos largos,
profundos, que me tensaron todo el cuerpo dentro de la túnica y la
máscara. Mamá no se apartó: se quedó con la boca abierta alrededor de la
cabeza, tragando cada chorro, los ojos entrecerrados ahora, la garganta
moviéndose visiblemente mientras se lo tragaba todo, sin derramar ni una
gota, como si hubiera estado esperando exactamente eso. Yo sentía cómo
cada pulsación disparaba semen directo a su garganta y ella lo recibía,
tragando rítmicamente, los músculos de su cuello trabajando, un sonido
suave y satisfecho saliendo de su nariz.
Cuando terminé —cuando los últimos espasmosme sacudieron las piernas y
la máscara se me empañó por dentro con el vaho de mi propia respiración
agitada— ella siguió chupando suave, limpiando, lamiendo la cabeza
sensible con la lengua plana hasta que yo tuve que apartarla con una
mano porque ya no podía más.
Se levantó despacio, se limpió la comisura delos labios con el dorso de
la mano, se arregló el corsé que se le había bajado un poco y el pelo
que se le había caído sobre la cara. Me miró —al demonio, no al hijo— y
sonrió con esa sonrisa que yo había visto mil veces en la cocina de la
casa que compartíamos, solo que ahora estaba manchada de carmesí y de
saliva y de algo que no tenía nombre.
—Gracias, hombre enmascarado —dijo, y la vozle tembló apenas, por el
alcohol o por otra cosa—. No te saques la máscara. Quedate así.
Y salió del cuarto sin mirar atrás, cerrandola puerta con cuidado,
volviendo al ruido de la fiesta como si nada hubiera pasado, como si no
acabara de arrodillarse delante de un desconocido de máscara completa y
tragarse hasta la última gota de lo que su propio hijo le había dado.
Yo me quedé ahí, de pie, con la pija todavíafuera, la máscara todavía
puesta, el sudor frío ahora sobre la piel, el corazón latiéndome tan
fuerte que me dolía. Me saqué la máscara por fin —el látex se despegó
con un sonido húmedo, el aire frío de la habitación me dio en la cara
como una bofetada— y me miré en el espejo que había sobre la cómoda,
entre los abrigos tirados. La cara que vi no era la de un demonio. Era
la cara de Rocco, de dieciocho años, el hijo que acababa de eyacular en
la boca de su madre sin que ella lo supiera.
La vergüenza me pesaba como una losa en elpecho. La culpa era un nudo
que no se desataría jamás. ¿Cómo iba a volver a mirarla a los ojos?
¿Cómo iba a sentarme frente a ella y fingir que todo seguía igual cuando
sabía exactamente cómo se sentía su boca cerrándose alrededor de mi
pija, cómo tragaba mi semen como si fuera lo más natural del mundo?
Afuera seguía lloviendo. La música seguíasonando. Y en algún lugar de
la casa, mamá estaba riendo otra vez con sus amigas, contándoles quizás
de ese tipo del que ni siquiera conocía su nombre, el mismo que ahora se
estaba sentando en la cama con la máscara en las manos y la certeza de
que algo se había roto para siempre, algo que no tenía arreglo posible.

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