La maestra de mis sueños
Capítulo 1

El aula estaba vacía.
La luz del atardecer entraba por las ventanas altas y pintaba rayas doradas sobre los pupitres. El olor a tiza y madera vieja flotaba en el aire. Yo estaba sentado en mi lugar de siempre, al fondo, cuando la puerta se cerró con un clic suave.
La maestra Renata estaba delante de la pizarra.
La misma blusa blanca con el nudo bajo el pecho. La misma falda de cuadros que le llegaba a mitad de muslo. Solo que ahora me miraba de una forma distinta, más lenta, más pesada, como si ya no hubiera nadie más en el mundo además de los dos.
Caminó hacia mí sin prisa. Los tacones sonaban despacio contra el suelo. Cada paso hacía que sus caderas se movieran con un ritmo suave y que la falda se pegara un segundo a sus muslos antes de soltarse.
—Qué quieto estás… —dijo con una media sonrisa—. ¿Tanto te pongo nervioso?
No pude responder. El corazón me golpeaba tan fuerte que estaba seguro de que ella lo oía. No lograba apartar los ojos de ella. La miraba como si fuera la primera vez, aunque la había visto cientos de veces en clase.
Se detuvo a un paso de mi pupitre. Levantó una mano y se tocó el pecho por encima de la tela, despacio, rozando el escote con la yema de los dedos.
—Te he visto mirarme todo el semestre… imaginando tener esto, ¿verdad?
Se apretó un poco más. La blusa se tensó. El escote se abrió lo suficiente para que yo viera la curva suave de su piel y el comienzo de la sombra entre sus pechos. Se me secó la boca. Quería decir que no, que nunca había pensado en eso, pero mi cuerpo me delataba. Estaba duro desde el momento en que ella había cerrado la puerta, y cada segundo que pasaba se volvía más evidente.
La maestra notó la tensión en mi regazo. La sonrisa se le hizo más lenta, casi perezosa.
—¿Quieres que me quite esto?
Eso te gustaría… ¿quieres verme desnuda solo para ti?
Tragué saliva. Asentí sin darme cuenta.
Renata deshizo el nudo de la blusa con dos dedos. La tela se abrió y cayó hacia los lados con un roce suave, dejando al aire el sujetador negro y la generosa forma de sus pechos. Se quedó así un segundo, dejándome mirar, respirando tranquila, antes de llevarse las manos a la espalda y desabrocharse el sujetador.
Los pechos quedaron libres. Pesados, redondos, con los pezones ya duros y un tono ligeramente más oscuro. Se movieron apenas cuando ella bajó los brazos.
—Mírame bien —susurró—. ¿Esto es lo que te gusta? ¿Quieres tocarlas?
Levanté una mano temblorosa. Casi la toqué. Los dedos me hormigueaban. El aire entre nosotros parecía más caliente.
Entonces ella se dio la vuelta.
De espaldas a mí, bajó las manos a la cintura y empezó a deslizar la falda hacia abajo. Se agachó despacio, empujando la tela por sus caderas y a lo largo de sus muslos. La falda cayó al suelo con un sonido suave.
Me quedó la respiración trabada.
Su trasero estaba justo frente a mí, redondo y firme, apenas cubierto por una tanga negra tan fina que casi no tapaba nada. El hilo se perdía entre sus nalgas. Al agacharse, los músculos de sus muslos se tensaron y sus piernas se vieron largas, suaves, poderosas, con esa curva que subía desde la rodilla hasta la cadera. La piel se veía tersa bajo la luz del atardecer. La curva de su espalda baja bajaba hasta ese punto exacto donde la tanga desaparecía. No pude dejar de mirar. Ni siquiera parpadeé.
Se enderezó con calma, dejando que yo siguiera viéndola unos segundos más, y se giró otra vez hacia mí. Ahora solo llevaba la tanga. El resto de su cuerpo estaba desnudo: pechos, vientre, caderas, muslos.
La maestra dio un paso más y se inclinó sobre mí. El perfume a vainilla y piel caliente me envolvió. Sentí su respiración cerca de mi oreja. Su voz bajó todavía más.
—Estás excitado solo de verme…
¿Tanto así te gustó?
Antes de que pudiera responder, ella tomó mi muñeca y la guió hasta su pecho. La piel estaba caliente. Suave. Real. Sentí el peso en la palma, el pezón endurecido contra los dedos, y un gemido bajo se me escapó de la garganta. Ella presionó un poco mi mano, invitándome a apretar.
Renata sonrió contra mi oído.
—Así… Despacio.
Su otra mano bajó entonces por mi pecho, abrió el botón de mi pantalón con dedos firmes y me tocó por encima de la ropa interior. La presión fue exacta, precisa, como si ya supiera exactamente cuánta fuerza necesitaba. El placer me subió tan rápido por la espalda que cerré los ojos y apoyé la cabeza hacia atrás.
Estaba a punto de correrme cuando la voz de mi madre atravesó todo como un balde de agua fría.
—¡Pedro! ¡Te vas a hacer tarde!
Abrí los ojos de golpe.
La habitación estaba en penumbra. Tenía la respiración entrecortada, el pijama pegado a la piel y el corazón todavía acelerado. Me pasé una mano por la cara, todavía sintiendo el peso de los pechos de Renata en la palma y el calor de su trasero frente a mis ojos.
Me quedé un momento con los ojos cerrados antes de moverme, tratando de no perder ni un segundo más de lo que quedaba del sueño.
—¡Pedro, en serio, se te hace tarde!
La voz de mi madre atravesó la puerta otra vez. Me senté en la cama, todavía con la respiración un poco irregular, y me pasé las manos por la cara. El techo de mi cuarto, tan gris y tan normal, no tenía nada que ver con el aula bañada de luz dorada que acababa de dejar atrás.
No sentía vergüenza. Nunca la sentía, ni siquiera ahora, con el pijama pegado al cuerpo y la evidencia de lo que acababa de soñar todavía ahí, difícil de ignorar. Me quedé sentado un rato más de lo necesario, dejando que la sensación se apagara sola, sin apuro.
Era raro, pensé mientras me metía a bañar. Con cualquier otra chica —si es que alguna vez hubiera tenido la oportunidad de fijarme en alguien más— probablemente me habría sentido incómodo al despertar así. Pero con Renata era distinto. No había ni un rastro de culpa. Solo ganas de que la noche siguiente llegara rápido para que pasara otra vez.
Nunca había tenido novia. Ni siquiera algo parecido. En la secundaria era el que se sentaba al fondo, el que escuchaba las conversaciones de los demás sin meterse, el que prefería observar antes que hablar. No es que no quisiera acercarme a nadie —tenía deseos, curiosidad, ganas normales de cualquiera de mi edad—, pero cada vez que se me presentaba la oportunidad, algo en mi cabeza me frenaba. Pensaba demasiado. Calculaba demasiado. Y para cuando terminaba de decidir qué decir, el momento ya había pasado.
Con la Maestra era distinto porque no había ninguna posibilidad real, y eso, de manera extraña, me liberaba. No tenía que decir nada, no tenía que arriesgarme a nada. Solo mirarla, memorizarla, guardar cada detalle para después, de noche, cuando mi cabeza hacía con esos detalles lo que la vida real nunca me iba a permitir.
El agua fría me ayudó a bajar el calor del cuerpo, pero no a sacarme a Renata de la cabeza. Me vestí despacio, todavía perdido en el recuerdo, y solo el grito de mi madre desde la cocina me hizo apurar el paso.
El camino a la universidad lo hice casi sin darme cuenta, la mente en otro lado. Pensé en la primera clase del semestre, cuando ella entró con esa blusa blanca y esa voz tranquila que no pegaba para nada con el efecto que me causó. Pensé en la manera en que se detenía a pensar antes de responder una pregunta, como si cada palabra la eligiera con cuidado. Pensé en cómo, a veces, sin darse cuenta, se mordía el labio inferior cuando escribía algo largo en el pizarrón, absorta, sin saber que alguien la miraba con tanta atención.
Llegué al salón de los primeros, me senté en mi lugar de siempre —al fondo, como en la secundaria, como en todos lados— y esperé.
Renata entró unos minutos después. Llevaba un saco gris sobre una blusa más cerrada que la del sueño, el cabello recogido en una cola baja, todo mucho más formal que la imagen que me había perseguido toda la mañana. Y sin embargo no importó. Bastó con que dejara sus cosas sobre el escritorio y empezara a hablar con esa voz calmada para que la escena del sueño volviera completa, superpuesta sobre la clase real como una segunda capa invisible.
Yo fingía tomar apuntes. En realidad, dibujaba líneas sin sentido en el cuaderno mientras la miraba caminar de un lado a otro del salón, explicando algo en lo que no lograba concentrarme. Cada gesto suyo —una mano apoyada en el escritorio, un giro para escribir en el pizarrón, el sonido de sus tacones contra el piso— me devolvía un fragmento distinto del sueño. La voz baja pegada a mi oído. El peso exacto que había sentido en la palma de la mano. El calor de su piel.
Me moví incómodo en la silla y bajé la vista al cuaderno, como si eso pudiera esconder algo.
—Tú, el de atrás.
Levanté la cabeza de golpe. Renata me miraba desde el frente del salón, con la cabeza ligeramente ladeada.
—¿Puedes leer el párrafo que acabo de escribir?
Silencio. Todos los demás también me miraban ahora. Sentí el calor subirme por el cuello.
—Eh... sí, disculpe.
Leí lo que pude del pizarrón, con la voz más ronca de lo que hubiera querido, y ella asintió, sin darle más importancia, y siguió con la clase. Pero por un segundo —capaz solo me lo imaginé, capaz no— me pareció que ella me miró un poco más de lo normal antes de girarse hacia el pizarrón otra vez.
Cuando terminó la clase, guardé mis cosas más lento que los demás, dejando que el salón se vaciara, todavía con la cabeza llena de ella. Salí al pasillo con el teléfono en la mano, revisando mensajes que no me importaban, más que nada para tener algo que hacer con las manos. En el fondo seguía ahí, la escena del sueño superpuesta a todo lo que veía, como si mis ojos no hubieran terminado de despertar del todo.
Fue ahí cuando la vi.
La maestra salía del salón de al lado, con la carpeta bajo el brazo, caminando hacia el otro extremo del pasillo, en dirección a su siguiente clase. Bajé el teléfono sin darme cuenta y me quedé mirándola, y por un instante el pasillo entero se mezcló con el aula dorada del sueño, como si Renata caminara todavía dentro de esa otra escena que yo no había terminado de soltar.
Caminaba despacio, sin apuro, con esa tranquilidad que tenía siempre, como si nada a su alrededor pudiera alterarla. El saco gris se le ajustaba a la cintura de una forma que en clase no había notado tanto, quizás porque ahora la veía de perfil, alejándose. La falda —más larga que la del sueño, pero igual de ajustada— le marcaba las caderas con cada paso, y ese balanceo lento me tenía completamente clavado donde estaba. Bajé la mirada sin poder evitarlo, siguiendo la línea de sus piernas, la forma en que la tela se estiraba un poco en cada zancada.
Empecé a caminar yo también, en dirección contraria a la de ella —mi próxima clase quedaba del otro lado del edificio— pero sin dejar de mirarla por encima del hombro. La maestra se había girado un momento para saludar a alguien, y ese giro hizo que el saco se abriera apenas, lo suficiente para que viera el inicio del escote por debajo de la blusa. Fue solo un segundo, pero se me quedó grabado, superpuesto otra vez sobre la imagen del sueño, sobre el recuerdo de lo que había debajo de esa tela.
No vi el carrito de limpieza que alguien había dejado en medio del pasillo.
Choqué contra él con la cadera, perdí el equilibrio, y en el intento de no caer di dos pasos torpes hacia adelante, justo en el momento en que ella, distraída con lo mismo que yo, giraba la cabeza de vuelta hacia el frente.
El golpe fue seco. Nuestras frentes chocaron primero, un dolor agudo y sorpresivo que me hizo cerrar los ojos, y después todo pasó demasiado rápido: mi mano buscando algo de donde sostenerme, la carpeta de ella cayendo al piso y desparramando papeles, su cuerpo perdiendo el equilibrio hacia atrás y el mío hacia adelante, arrastrado por el mismo impulso que no pude frenar.

Cuando el suelo nos alcanzó, ya era tarde para evitarlo.
Caí sobre ella. Traté de frenar la caída con un brazo, pero no fue suficiente, y por un instante todo mi peso quedó encima de su cuerpo. Sentí el golpe seco de su espalda contra el piso, su respiración cortada de golpe por la sorpresa, y entonces lo noté: mi pecho contra el suyo, un segundo de contacto directo antes de que lograra levantar los codos y aliviar el peso.
Fue apenas un roce. Nada más que eso. Pero algo en esa presión breve —el calor de su cuerpo atravesando la tela, la forma en que sus pechos se aplastaron un momento contra mí— me dejó sin aire de una manera que no tenía nada que ver con el golpe en la cabeza. Era distinto a todo lo que había imaginado en el sueño. Ahí no había tela deshaciéndose ni palabras susurradas al oído; había algo más simple y, por alguna razón, mucho más fuerte: el peso real de su cuerpo debajo del mío, la certeza de que esa piel, ese calor, no eran un invento de mi cabeza.
—¡Ay, perdón, perdón! —dije, apoyando las manos en el suelo para levantarme lo más rápido que pude, con la cara ardiendo.
La maestra se quedó un segundo más de lo necesario mirándome fijo, con el ceño apenas fruncido, la mano en la frente donde el golpe todavía le
dolía. Por un instante me pareció que ella también se había quedado sin palabras, aunque no supe decir si era por el golpe o por algo más.
Nota del autor: Espero que hayas disfrutado de este relato. Si no quieres esperar a la siguiente entrega para saber qué pasa, el próximo capítulo y la versión narrada en audio ya están disponibles en Patreon.
Escucha el audio y lee por adelantado aquí: [FUEGOENLAPIEL]
Capítulo 1

El aula estaba vacía.
La luz del atardecer entraba por las ventanas altas y pintaba rayas doradas sobre los pupitres. El olor a tiza y madera vieja flotaba en el aire. Yo estaba sentado en mi lugar de siempre, al fondo, cuando la puerta se cerró con un clic suave.
La maestra Renata estaba delante de la pizarra.
La misma blusa blanca con el nudo bajo el pecho. La misma falda de cuadros que le llegaba a mitad de muslo. Solo que ahora me miraba de una forma distinta, más lenta, más pesada, como si ya no hubiera nadie más en el mundo además de los dos.
Caminó hacia mí sin prisa. Los tacones sonaban despacio contra el suelo. Cada paso hacía que sus caderas se movieran con un ritmo suave y que la falda se pegara un segundo a sus muslos antes de soltarse.
—Qué quieto estás… —dijo con una media sonrisa—. ¿Tanto te pongo nervioso?
No pude responder. El corazón me golpeaba tan fuerte que estaba seguro de que ella lo oía. No lograba apartar los ojos de ella. La miraba como si fuera la primera vez, aunque la había visto cientos de veces en clase.
Se detuvo a un paso de mi pupitre. Levantó una mano y se tocó el pecho por encima de la tela, despacio, rozando el escote con la yema de los dedos.
—Te he visto mirarme todo el semestre… imaginando tener esto, ¿verdad?
Se apretó un poco más. La blusa se tensó. El escote se abrió lo suficiente para que yo viera la curva suave de su piel y el comienzo de la sombra entre sus pechos. Se me secó la boca. Quería decir que no, que nunca había pensado en eso, pero mi cuerpo me delataba. Estaba duro desde el momento en que ella había cerrado la puerta, y cada segundo que pasaba se volvía más evidente.
La maestra notó la tensión en mi regazo. La sonrisa se le hizo más lenta, casi perezosa.
—¿Quieres que me quite esto?
Eso te gustaría… ¿quieres verme desnuda solo para ti?
Tragué saliva. Asentí sin darme cuenta.
Renata deshizo el nudo de la blusa con dos dedos. La tela se abrió y cayó hacia los lados con un roce suave, dejando al aire el sujetador negro y la generosa forma de sus pechos. Se quedó así un segundo, dejándome mirar, respirando tranquila, antes de llevarse las manos a la espalda y desabrocharse el sujetador.
Los pechos quedaron libres. Pesados, redondos, con los pezones ya duros y un tono ligeramente más oscuro. Se movieron apenas cuando ella bajó los brazos.
—Mírame bien —susurró—. ¿Esto es lo que te gusta? ¿Quieres tocarlas?
Levanté una mano temblorosa. Casi la toqué. Los dedos me hormigueaban. El aire entre nosotros parecía más caliente.
Entonces ella se dio la vuelta.
De espaldas a mí, bajó las manos a la cintura y empezó a deslizar la falda hacia abajo. Se agachó despacio, empujando la tela por sus caderas y a lo largo de sus muslos. La falda cayó al suelo con un sonido suave.
Me quedó la respiración trabada.
Su trasero estaba justo frente a mí, redondo y firme, apenas cubierto por una tanga negra tan fina que casi no tapaba nada. El hilo se perdía entre sus nalgas. Al agacharse, los músculos de sus muslos se tensaron y sus piernas se vieron largas, suaves, poderosas, con esa curva que subía desde la rodilla hasta la cadera. La piel se veía tersa bajo la luz del atardecer. La curva de su espalda baja bajaba hasta ese punto exacto donde la tanga desaparecía. No pude dejar de mirar. Ni siquiera parpadeé.
Se enderezó con calma, dejando que yo siguiera viéndola unos segundos más, y se giró otra vez hacia mí. Ahora solo llevaba la tanga. El resto de su cuerpo estaba desnudo: pechos, vientre, caderas, muslos.
La maestra dio un paso más y se inclinó sobre mí. El perfume a vainilla y piel caliente me envolvió. Sentí su respiración cerca de mi oreja. Su voz bajó todavía más.
—Estás excitado solo de verme…
¿Tanto así te gustó?
Antes de que pudiera responder, ella tomó mi muñeca y la guió hasta su pecho. La piel estaba caliente. Suave. Real. Sentí el peso en la palma, el pezón endurecido contra los dedos, y un gemido bajo se me escapó de la garganta. Ella presionó un poco mi mano, invitándome a apretar.
Renata sonrió contra mi oído.
—Así… Despacio.
Su otra mano bajó entonces por mi pecho, abrió el botón de mi pantalón con dedos firmes y me tocó por encima de la ropa interior. La presión fue exacta, precisa, como si ya supiera exactamente cuánta fuerza necesitaba. El placer me subió tan rápido por la espalda que cerré los ojos y apoyé la cabeza hacia atrás.
Estaba a punto de correrme cuando la voz de mi madre atravesó todo como un balde de agua fría.
—¡Pedro! ¡Te vas a hacer tarde!
Abrí los ojos de golpe.
La habitación estaba en penumbra. Tenía la respiración entrecortada, el pijama pegado a la piel y el corazón todavía acelerado. Me pasé una mano por la cara, todavía sintiendo el peso de los pechos de Renata en la palma y el calor de su trasero frente a mis ojos.
Me quedé un momento con los ojos cerrados antes de moverme, tratando de no perder ni un segundo más de lo que quedaba del sueño.
—¡Pedro, en serio, se te hace tarde!
La voz de mi madre atravesó la puerta otra vez. Me senté en la cama, todavía con la respiración un poco irregular, y me pasé las manos por la cara. El techo de mi cuarto, tan gris y tan normal, no tenía nada que ver con el aula bañada de luz dorada que acababa de dejar atrás.
No sentía vergüenza. Nunca la sentía, ni siquiera ahora, con el pijama pegado al cuerpo y la evidencia de lo que acababa de soñar todavía ahí, difícil de ignorar. Me quedé sentado un rato más de lo necesario, dejando que la sensación se apagara sola, sin apuro.
Era raro, pensé mientras me metía a bañar. Con cualquier otra chica —si es que alguna vez hubiera tenido la oportunidad de fijarme en alguien más— probablemente me habría sentido incómodo al despertar así. Pero con Renata era distinto. No había ni un rastro de culpa. Solo ganas de que la noche siguiente llegara rápido para que pasara otra vez.
Nunca había tenido novia. Ni siquiera algo parecido. En la secundaria era el que se sentaba al fondo, el que escuchaba las conversaciones de los demás sin meterse, el que prefería observar antes que hablar. No es que no quisiera acercarme a nadie —tenía deseos, curiosidad, ganas normales de cualquiera de mi edad—, pero cada vez que se me presentaba la oportunidad, algo en mi cabeza me frenaba. Pensaba demasiado. Calculaba demasiado. Y para cuando terminaba de decidir qué decir, el momento ya había pasado.
Con la Maestra era distinto porque no había ninguna posibilidad real, y eso, de manera extraña, me liberaba. No tenía que decir nada, no tenía que arriesgarme a nada. Solo mirarla, memorizarla, guardar cada detalle para después, de noche, cuando mi cabeza hacía con esos detalles lo que la vida real nunca me iba a permitir.
El agua fría me ayudó a bajar el calor del cuerpo, pero no a sacarme a Renata de la cabeza. Me vestí despacio, todavía perdido en el recuerdo, y solo el grito de mi madre desde la cocina me hizo apurar el paso.
El camino a la universidad lo hice casi sin darme cuenta, la mente en otro lado. Pensé en la primera clase del semestre, cuando ella entró con esa blusa blanca y esa voz tranquila que no pegaba para nada con el efecto que me causó. Pensé en la manera en que se detenía a pensar antes de responder una pregunta, como si cada palabra la eligiera con cuidado. Pensé en cómo, a veces, sin darse cuenta, se mordía el labio inferior cuando escribía algo largo en el pizarrón, absorta, sin saber que alguien la miraba con tanta atención.
Llegué al salón de los primeros, me senté en mi lugar de siempre —al fondo, como en la secundaria, como en todos lados— y esperé.
Renata entró unos minutos después. Llevaba un saco gris sobre una blusa más cerrada que la del sueño, el cabello recogido en una cola baja, todo mucho más formal que la imagen que me había perseguido toda la mañana. Y sin embargo no importó. Bastó con que dejara sus cosas sobre el escritorio y empezara a hablar con esa voz calmada para que la escena del sueño volviera completa, superpuesta sobre la clase real como una segunda capa invisible.
Yo fingía tomar apuntes. En realidad, dibujaba líneas sin sentido en el cuaderno mientras la miraba caminar de un lado a otro del salón, explicando algo en lo que no lograba concentrarme. Cada gesto suyo —una mano apoyada en el escritorio, un giro para escribir en el pizarrón, el sonido de sus tacones contra el piso— me devolvía un fragmento distinto del sueño. La voz baja pegada a mi oído. El peso exacto que había sentido en la palma de la mano. El calor de su piel.
Me moví incómodo en la silla y bajé la vista al cuaderno, como si eso pudiera esconder algo.
—Tú, el de atrás.
Levanté la cabeza de golpe. Renata me miraba desde el frente del salón, con la cabeza ligeramente ladeada.
—¿Puedes leer el párrafo que acabo de escribir?
Silencio. Todos los demás también me miraban ahora. Sentí el calor subirme por el cuello.
—Eh... sí, disculpe.
Leí lo que pude del pizarrón, con la voz más ronca de lo que hubiera querido, y ella asintió, sin darle más importancia, y siguió con la clase. Pero por un segundo —capaz solo me lo imaginé, capaz no— me pareció que ella me miró un poco más de lo normal antes de girarse hacia el pizarrón otra vez.
Cuando terminó la clase, guardé mis cosas más lento que los demás, dejando que el salón se vaciara, todavía con la cabeza llena de ella. Salí al pasillo con el teléfono en la mano, revisando mensajes que no me importaban, más que nada para tener algo que hacer con las manos. En el fondo seguía ahí, la escena del sueño superpuesta a todo lo que veía, como si mis ojos no hubieran terminado de despertar del todo.
Fue ahí cuando la vi.
La maestra salía del salón de al lado, con la carpeta bajo el brazo, caminando hacia el otro extremo del pasillo, en dirección a su siguiente clase. Bajé el teléfono sin darme cuenta y me quedé mirándola, y por un instante el pasillo entero se mezcló con el aula dorada del sueño, como si Renata caminara todavía dentro de esa otra escena que yo no había terminado de soltar.
Caminaba despacio, sin apuro, con esa tranquilidad que tenía siempre, como si nada a su alrededor pudiera alterarla. El saco gris se le ajustaba a la cintura de una forma que en clase no había notado tanto, quizás porque ahora la veía de perfil, alejándose. La falda —más larga que la del sueño, pero igual de ajustada— le marcaba las caderas con cada paso, y ese balanceo lento me tenía completamente clavado donde estaba. Bajé la mirada sin poder evitarlo, siguiendo la línea de sus piernas, la forma en que la tela se estiraba un poco en cada zancada.
Empecé a caminar yo también, en dirección contraria a la de ella —mi próxima clase quedaba del otro lado del edificio— pero sin dejar de mirarla por encima del hombro. La maestra se había girado un momento para saludar a alguien, y ese giro hizo que el saco se abriera apenas, lo suficiente para que viera el inicio del escote por debajo de la blusa. Fue solo un segundo, pero se me quedó grabado, superpuesto otra vez sobre la imagen del sueño, sobre el recuerdo de lo que había debajo de esa tela.
No vi el carrito de limpieza que alguien había dejado en medio del pasillo.
Choqué contra él con la cadera, perdí el equilibrio, y en el intento de no caer di dos pasos torpes hacia adelante, justo en el momento en que ella, distraída con lo mismo que yo, giraba la cabeza de vuelta hacia el frente.
El golpe fue seco. Nuestras frentes chocaron primero, un dolor agudo y sorpresivo que me hizo cerrar los ojos, y después todo pasó demasiado rápido: mi mano buscando algo de donde sostenerme, la carpeta de ella cayendo al piso y desparramando papeles, su cuerpo perdiendo el equilibrio hacia atrás y el mío hacia adelante, arrastrado por el mismo impulso que no pude frenar.

Cuando el suelo nos alcanzó, ya era tarde para evitarlo.
Caí sobre ella. Traté de frenar la caída con un brazo, pero no fue suficiente, y por un instante todo mi peso quedó encima de su cuerpo. Sentí el golpe seco de su espalda contra el piso, su respiración cortada de golpe por la sorpresa, y entonces lo noté: mi pecho contra el suyo, un segundo de contacto directo antes de que lograra levantar los codos y aliviar el peso.
Fue apenas un roce. Nada más que eso. Pero algo en esa presión breve —el calor de su cuerpo atravesando la tela, la forma en que sus pechos se aplastaron un momento contra mí— me dejó sin aire de una manera que no tenía nada que ver con el golpe en la cabeza. Era distinto a todo lo que había imaginado en el sueño. Ahí no había tela deshaciéndose ni palabras susurradas al oído; había algo más simple y, por alguna razón, mucho más fuerte: el peso real de su cuerpo debajo del mío, la certeza de que esa piel, ese calor, no eran un invento de mi cabeza.
—¡Ay, perdón, perdón! —dije, apoyando las manos en el suelo para levantarme lo más rápido que pude, con la cara ardiendo.
La maestra se quedó un segundo más de lo necesario mirándome fijo, con el ceño apenas fruncido, la mano en la frente donde el golpe todavía le
dolía. Por un instante me pareció que ella también se había quedado sin palabras, aunque no supe decir si era por el golpe o por algo más.
Nota del autor: Espero que hayas disfrutado de este relato. Si no quieres esperar a la siguiente entrega para saber qué pasa, el próximo capítulo y la versión narrada en audio ya están disponibles en Patreon.
Escucha el audio y lee por adelantado aquí: [FUEGOENLAPIEL]
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