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La Sombra de la Duda: Inversión Carnal - CAP 5

La Sombra de la Duda: Inversión Carnal - CAP 5
Capítulo 5: El Atajo del Cazador

La tenía a mi costado.

El aire acondicionado del Audi soplaba suave, pero la cabina se sentía como un horno presurizado. Se notaba nerviosa. Al darme las primeras indicaciones para llegar a la avenida, la voz le temblaba un poco. 

Se acomodaba el cabello rubio detrás de la oreja una y otra vez con movimientos rápidos, inquietos.
Según la página seis del PDF de Néstor, esas eran señales corporales positivas. La adrenalina de estar en el auto de un pervertido estaba superando su instinto de huida. Todo iba según el plan.

Empecé a manejar despacio, con una sola mano en el volante de cuero. Ella daba las instrucciones. Yo asentía como un idiota dócil. Seguimos su ruta hasta cierto punto.

Después llegamos a la intersección clave.

En lugar de seguir derecho hacia la avenida transitada, giré el volante a la derecha.
El PDF contenía las coordenadas exactas de un lugar a pocas cuadras: un parque cerrado por reformas. Un punto ciego. Un lugar donde podíamos estar solos.

Laura pareció no notarlo. O, lo que era mucho más retorcido y excitante, no quiso notarlo.
La conversación trivial sobre ropa seguía fluyendo, pero sus ojos azules bajaban una y otra vez, mirando de reojo la carpa abultada en mi short.

Llegué al punto ciego. Estacioné bajo la sombra densa de unos árboles y apagué el motor.
El silencio nos envolvió de golpe.

Me giré hacia ella, apoyando el brazo en el volante, y empecé a acorralarla.
—Oye… como ves, tengo un problema. Y vos sos la causante.

—¿Qué? —la respiración se le cortó.

—Desde que te vi caminar la tengo así de dura. Mirá.

No esperé permiso. Me bajé el short de un tirón y me saqué la pija otra vez. Saltó hacia afuera, más grande, más roja, más venosa que antes, palpitando en el espacio reducido entre los dos asientos. El olor a sexo fresco llenó la cabina de inmediato.

La sorpresa en su cara se hizo más grande.

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—¿Ah, sí? ¿Cómo así que yo soy el problema? —preguntó con voz de hilo, mirando mi pija y después girando la cabeza rápido hacia las ventanas, buscando mirones.

—Sí. No sé qué me hiciste —inyecté un tono de falsa vulnerabilidad—. Creo que con ese culazo me hiciste un encanto… y me tenés que ayudar a bajarme la erección.

Soltó una carcajada nerviosa, aguda, y se cruzó de brazos otra vez como para protegerse. Pero los ojos no se despegaban de mi verga.

—No. Ese problema es tuyo y vos lo solucionás solo. A mí no me metas.

—Pero es un problema, ¿no? —insistí, acercándome un milímetro.

—No sé… —murmuró, mordiéndose el labio inferior con fuerza.

—Está muy dura y grande, ¿no? —seguí las instrucciones de Néstor al pie de la letra. Obligarla a verbalizar lo que estaba viendo. A reconocer la amenaza física.

—Pues… no sé… —titubeó, las mejillas ardiendo—. Me mentiste. Dijiste que no te la ibas a sacar si subía.
—Es que te lo juro… —puse cara de sufrimiento—. Me estaba doliendo.

 La tela me raspaba. Tenía que liberarla. Ya… tocalo un segundo nada más. Para que sientas lo duro que está.

—¡Nooooo! Jajaja, estás loco. —Negó con la cabeza y se apretó contra la puerta del copiloto. Pero no hizo el menor intento de abrirla.

Ahí llegaba el punto de no retorno.

La instrucción más arriesgada del PDF para romper la barrera del primer contacto físico:
«No pidas permiso dos veces. Toma su mano y jálala hacia tu pija… con seguridad y firmeza.»
No sabía cómo iba a reaccionar. Podía gritar. Podía golpearme. 

Pero ya estaba ahí, en un lugar semiescondido, con la mujer de todas mis pajas. El corazón me latía a mil. No iba a dejar el trabajo a medias por cobarde.

Así que lo hice.

Estiré el brazo derecho, agarré su muñeca izquierda con seguridad y firmeza, y tiré de su mano hacia mi regazo. Dio un respingo. Un “¡ay!” ahogado. Pero no opuso verdadera resistencia. Los músculos se le habían puesto flojos.

Puse su mano abierta directamente encima de mi pija.

El contraste de su piel fría y suave contra la carne hirviendo y dura me hizo cerrar los ojos y soltar un gemido bajo.

Ella se quedó congelada un segundo, sintiendo el latido de mis venas contra la palma. Se mordió el labio otra vez, más fuerte. Y en lugar de apartar la mano asqueada… empezó a sobarme.


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Al principio lo hacía por encima, tímida, moviendo los dedos suavemente, como jugando con fuego. Como probando el agua. Así empezó. Pero la calentura es contagiosa, y la de ella era radiactiva. 

Después de unos segundos se animó. Los dedos se cerraron alrededor del tronco. Ya recorría con esa mano suavecita y delicada toda mi pija, desde la base hasta la punta húmeda, dándome tirones lentos.

Mientras me pajeaba no me miraba a mí. Miraba hacia todos lados. Al parabrisas. A los espejos. A la ventana de su lado. El miedo a que la atraparan —a que un vecino paseando al perro la viera haciéndole una paja a un desconocido en un auto— era su verdadero motor. Esa era su droga.

Néstor tenía razón.

—Ahhh… qué ricas manos tenés… L—

Mierda.

El pánico me atravesó el pecho como una bala de hielo. Casi le digo por su nombre. Casi delato que sabía perfectamente quién era y rompía la regla número uno del administrador.

Para encubrir el error tragué saliva y le pregunté rápido:

—¿Cómo te llamás?

Me miró de reojo, sin dejar de masajearme.

—Laura —susurró.

Le dije un nombre falso cualquiera.

—El mío… no es importante ahora.

Respirá, pelotudo, me dije. Finalmente tenía su mano en mi pija. Ella. Laura. La mujer del culazo monumental del subte. Estaba en mi auto, tocándome.

Su respiración se aceleraba a la par que la mía. El pecho le subía y bajaba rápido, empujando el top negro.
—Sí… sí, está muy duro… —confesó con una voz suave, ronca, completamente diferente a la vocecita cantarina y amable de la vereda. Esta era la voz de la mujer de los videos.

—Y… ¿no me querés ayudar a bajarla? —le susurré, arrastrando las palabras, mirándole la boca entreabierta—. Ahora que no hay gente por acá…

Dudó. Dejó la mano quieta sobre mi verga y miró hacia afuera otra vez. Vi sus ojos escaneando el callejón vacío, procesando el peligro, calculando el riesgo.

Mierda. Tenía el premio mayor al alcance. Sentía que si me inclinaba cinco centímetros ya podía sentir esos labios carnosos tragándome la pija.

Pero no dijo nada.

En un silencio cómplice y obsceno solo se acomodó mejor en el asiento de cuero, giró el torso hacia mí y separó un poco las rodillas. Y me empezó a hacer, sin lugar a dudas, una de las mejores pajas de mi vida. Las uñas pintadas me rozaban la piel. El agarre era firme. El ritmo, perfecto.

Estaba en la gloria. Podía venirme en su mano y dar por bien pagada la inversión.

Pero yo quería más.

Quería verla atragantarse. Quería escuchar esos jadeos que me quitaban el sueño.

Y, gracias a Dios y al psicópata que redactó el manual, tenía las siguientes instrucciones guardadas en la memoria.

Apoyé suavemente la mano en la nuca de Laura.

No la empujé todavía.

Solo la dejé ahí.

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