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Su esposo

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SU ESPOSO

A veces sentía vivir a la sombra. No sé si me explico. Como si estuviéramos siempre un escalón abajo, aunque hiciéramos todo lo posible por llegar. Federico, mi marido, trabajaba en una línea de colectivos desde los veintidós años. Laburaba como un burro, pobre, y volvía hecho polvo. Yo soy maestra jardinera en un jardín público del barrio, uno de esos donde falta de todo y te pagan tarde. Entre los dos tiramos, como cualquiera. No nos sobra, pero tampoco nos falta. Al menos eso decimos.

Pero siempre bastó con mirar por la ventana para que se me apriete el pecho.

Nuestros vecinos… son otra historia. No porque nos hagan algo. Al contrario: siempre saludan, sonríen, invitan. Son simpáticos, de revista. Ella es hermosa, rubia de salón, con una figura de gimnasio y ropa que le calza como a una modelo. Él… bueno, él parece salido de una propaganda de slips: alto, bronceado, con esa seguridad que solo tienen los tipos que saben que pueden tener a quien quieran. Y encima andan en un auto negro enorme, que brilla hasta en días nublados.

A veces me preguntaba si nos veían. Si cuando pasamos con las bolsas del súper, o cuando estaba colgando la ropa con un jogging viejo, pensaban algo. Federico decía que no, que eran puro cartón pintado. Pero yo sé que siempre le molestó. Y lo entiendo. Porque a mí también me pasaba algo que nunca supe bien cómo nombrar.

No sé si era bronca, envidia… o ganas, ó solo una mezcla de todo. Porque cuando los miraba, no era solo resentimiento lo que sentía, era otra cosa.

Era deseo.
Y eso, a esa altura, me daba un poco de miedo.

Recuerdo una vez, una de tantas, que discutimos por lo mismo. Fue hace meses, pero me quedaron grabadas cada una de las palabras. Como si esas escenas se pegaran en la memoria y volvieran solas cuando menos lo esperas. Federico había llegado tarde, de mal humor, y apenas me saludó. Yo estaba en la cocina, con una remera vieja y sin corpiño, como para provocarlo sin que se notara. Me miró, claro. Pero no dijo nada.

Hasta que salió el tema. Otra vez.

—¿Y? ¿te saludó hoy tu “novio”? —me preguntó, mientras se servía un vaso de agua.

Su tono era burlón. Pero esa forma de escupir la palabra “novio” me caló hondo.

—¿Quién? —dije yo, ya sabiendo a quién se refería.

—El rubio del lado, el modelo. El que te sonríe como si fueras la única mina del planeta.

Rodé los ojos, fastidiada.

—Ni me miró. Como siempre. Si querés, pasamos a saludarlo juntos, así te fijás vos también cómo le queda esa remerita ajustada a la doncella.

No era la respuesta más madura, pero me salió así. Como una daga. Él apoyó el vaso con fuerza sobre la mesada.

—¿Te calienta ese pelotudo?

Me lo preguntó sin rodeos. Sin siquiera fingir que bromeaba.
Me encogí de hombros. No supe qué decir.

Porque sí.
Claro que sí. Me calentaba, como ella a él.

Lo habíamos hablado, más de una vez, entre las sábanas, en esos momentos donde el pudor se afloja y el cuerpo manda. Fantaseamos. Jugamos a imaginarlos. A veces nos dijimos cosas sucias usando sus nombres, solo para ver qué nos hacía eso. Para ver si podíamos excitarnos más.
Y a veces funcionaba.
Pero otras… se nos iba de las manos.

Como esa vez.

Él me dijo que no me aguantaba más. Que me veía caliente todo el día. Que seguro me tocaba pensando en el vecino. Y me lo decía con rabia, pero también con los ojos bajos, como si se imaginara la escena y le doliera… o le diera morbo, o tal vez, solo porque sus palabras escondían lo que él hacia en sus pensamientos con la vecina

Entonces, yo le contesté que él tampoco era un santo. Que cada vez que ella pasaba a buscar algo al buzón con esa calza apretada, él se hacía el distraído, pero que yo lo conocía mejor que nadie y sabia las erecciones que le provocaba ese culo.
Nos callamos.
Nos miramos.
Y después, él se fue a bañar y yo me quedé en la cocina, con la remera sin corpiño y el corazón hecho un nudo.

Yo fantaseaba demasiado. Lo sabía. Me gustaba jugar con su nombre cuando estaba sola, repitiéndolo bajito, en la ducha o mientras me cambiaba, como si eso hiciera más reales las escenas que me armaba en la cabeza. A veces me excitaba tanto con solo pensar en él —en su cuerpo, en cómo me miraba o no me miraba— que tenía que encerrarme en el baño y tocarme en silencio, rápido, como con culpa.

Lo peor era que a veces, en medio del sexo con Federico, él me preguntaba si pensaba en el rubio. Lo decía en tono sucio, como parte del juego… pero yo no me animaba a decir la verdad. Porque sí, a veces pensaba en él. Y no era solo una fantasía. Era deseo, crudo, animal.
Incluso alguna vez, en mis pensamientos más oscuros, había imaginado un cambio de parejas. Un desliz. Algo prohibido. Algo sucio y desbordado. Pero de eso no se hablaba. Ni en broma.
Sabía que no tenía chances con los vecinos. Ni él tampoco. No éramos nadie para ellos.


Su esposo



Hasta que un día, Federico volvió a casa con una sonrisa torcida y un sobre en la mano.

—¿Y eso? —le pregunté mientras me secaba las manos en la cocina.

—La empresa me cambió de línea —dijo, sin rodeos—. Ahora voy a hacer turismo.

Lo miré sin entender.

—¿Turismo?

—Sí. Recorridos largos. Salidas a otras provincias. Excursiones de varios días. Más guita, menos rutina.

Me quedé callada. No sabía si sonreír o preocuparme.

—¿Y eso qué significa? —dije, sin mirarlo del todo.

—Significa que vamos a estar mejor. Pero también que… voy a estar menos.

Lo dijo como si no fuera grave. Como si fuera un pequeño ajuste. Pero yo sentí que el piso se corría un poco debajo de mis pies.
Más dinero. Más tiempo sola.
Más espacio para pensar.
Para mirar.

Esa noche no discutimos. Al contrario. Cenamos tranquilos, con una copa de vino improvisada, y hasta hicimos el amor. De esas veces que duran poco pero te dejan temblando. Él me susurró cosas sucias al oído. Me dijo que si me portaba bien, me iba a regalar algo con el dinero del primer viaje mientras me hacía la tanga a un lado antes de penetrarme, y yo, como siempre, fingí no pensar en el vecino mientras me lo hacía con fuerzas

Pero en el fondo…
Yo ya sabía que algo estaba por cambiar.
Que esa nueva vida, con Federico ausente y yo sola entre las paredes de siempre, me iba a mostrar cosas que prefería no ver.
O que, en el fondo, quería ver hacía rato.

Fue apenas Federico empezó con sus viajes. No había pasado ni una semana, y yo ya notaba algo raro. Algo en el aire. En las miradas. Como si los vecinos hubieran cambiado el foco, como si de pronto yo ya no fuera invisible para ellos.

Ellos siempre habían sido los lindos del barrio. Así les decía yo en mi cabeza, con un poco de bronca y otro tanto de envidia. A veces también los llamaba los perfectos, o los de la película.
Ella, Julieta, trabajaba desde casa. Algo con redes sociales o diseño, no sé. Siempre estaba impecable, con ropa que sabía sexi y elegante al mismo tiempo, el pelo brillante, uñas hechas. Nunca un grito. Nunca una ojera.
Él, Tomás, tenía un pequeño gimnasio en el centro. Personal trainer, creo. Salía temprano y volvía tarde, siempre con una botella de agua en la mano y esa sonrisa que le quedaba bien hasta cuando no decía nada.
No tenían hijos. Ni perro. Ni gato. Solo ellos. Y eso bastaba.

Durante años, las palabras entre nosotros habían sido apenas saludos cortos. Una sonrisa forzada en la vereda, un "buen día" cuando coincidíamos sacando la basura. Nunca una charla larga, nunca una visita.
Y yo me moría de curiosidad.

Pero ahora…
Ahora sentía que algo se había roto. O abierto.

Tomás me saludaba distinto. Más directo. Me miraba a los ojos.
Julieta me cruzaba en la entrada y hacía comentarios sobre mi ropa, mi pelo, hasta sobre las plantas del frente, como si de repente yo fuera alguien en quien se podía reparar.

Y entonces empecé a prestar atención.
A los horarios. A los movimientos.
A cómo Tomás regaba las plantas del frente sin apuro cuando yo salía con el delantal puesto, como si esperara cruzarme.
A cómo Julieta me hablaba más suave, más lento, cuando Federico no estaba.
A cómo me sentía distinta. Observada.
Vista, esa era la palabra, por primera vez me sentía existir en su mundo perfecto

Nunca había tenido eso de ellos.
Y ahora no podía sacarme la sensación de encima.
Ni las ganas.

Obviamente no le conté nada a Federico. Ni una palabra.
Apenas me preguntó cómo iba todo, le dije lo que quería oír: que los días se me pasaban rápido, que aprovechaba para ordenar cosas, que miraba series, que dormía más.
Mentiras piadosas.
Mentiras necesarias.

No le dije que Julieta me había invitado a su casa.
No le conté que me había cruzado con ella ese miércoles a la tarde, justo cuando salía a comprar pan, y que me frenó en la vereda con esa sonrisa perfecta.

—Ey, ¿qué hacés hoy a la tarde? Estoy sola. Tomás tiene un turno largo en el gimnasio. ¿Te tomás un té conmigo? Tengo uno nuevo de jengibre y vainilla que seguro te gusta…

Lo dijo casual, como si fuera algo natural entre vecinas, como si supiera de mis gustos, pero no lo era, nunca lo había sido.
Y esa forma en que sus ojos se clavaron en los míos, esa pausa antes de decir “sola”, me dejó en claro que no era solo un té.

Sentí un nudo en el estómago. De esos que no duelen. De esos que arden.

—Sí, claro —le dije sin pensar. O quizás porque ya lo venía pensando desde antes.

Por las dudas de que el diablo metirera la cola, a Federico le dije por mensaje que iba a pasar por la librería después de clases, que capaz se me hacía tarde. No preguntó mucho. Supongo que confiaba.

A las cinco en punto, al volver del colegio, crucé la reja de los vecinos, aun con mi inocente delantal de maestra jardinera
Tenía las manos frías. Las piernas también. Pero adentro, todo hervía.

Julieta me abrió con un vestido claro, suelto, llamativo, me gustó demasiado como se veía y lo noté enseguida, entre mis piernas, por eso, solo aparté la vista.
La casa olía a incienso y té caliente. Y algo más.
No era jengibre.
Era otra cosa.

—Pasá, sentate donde quieras —me dijo mientras cerraba la puerta con una lentitud que no supe si era suya o mía.

Me senté en un sillón amplio. Todo era suave, beige, pulcro. Un mundo sin hijos, sin barro, sin mochilas escolares.
Un mundo sin Federico.

Charlamos un rato. De la escuela, de series, de cosas tontas. Pero cada frase parecía cargada. Cada pausa, medida.
Yo sabía. Lo sentía.
Ella también.

Tomás llegó antes de lo que había dicho, muy convenienbtemente. Entró sin hacer ruido, con una bolsa en la mano y esa sonrisa tibia que siempre me descolocaba.

—No sabía que teníamos visita —dijo, pero no sonó como un reproche.

—Se quedó a tomar un té conmigo —contestó Julieta, sin mirarlo. Pero su mano se apoyó sobre la mía cuando dijo esas palabras. Un toque leve. Innecesario. Perfecto.

Y ahí lo supe.
No era un té.
Era una invitación.
A algo más.

Y yo ya no pensaba en escaparme.

Yo sabía lo que estaba haciendo.
Y también sabía por qué.
En parte era por él, en parte era por ella, pero en el fondo, solo era por mi...

Julieta, me dió las instrucciones para empezar el juego, asumí que ellos, alguna vez también habían fantaseado con lo que estaba por suceder.
Se acomodó para miraba desde ese sillón, como en una función, en primera fila, con las piernas recogidas bajo el vestido, el rostro en sombras y esa sonrisa entre cruel y fascinada.

Me arrodillé porque quería que me viera así, vulnerable, entregada, temblando pero decidida.

Sentí el cuerpo de Tomás frente a mí. Calor, firmeza, presencia.
Y al fondo, el murmullo leve del vibrador que Julieta encendía sin apuro, apenas audible, como un secreto.

—No te detengas —dijo ella—. Quiero ver cómo te lo ganás.

Ese tono...
Era como una orden disfrazada de caricia.

Lo tomé entre las manos. No dudé. No esta vez. Lo hice por ella, para mostrarle que yo también podía ser deseada.
Que no todo en mi vida era obediencia y rutina.

Comencé jugando despacio con ese pene erecto entre mis manos, sintiendo su respiración cambiar. Jugando con la lengua como me gustaba que me lo hicieran a mí, Tomás cerró los ojos, pero yo no, yo los tenía fijos en Julieta.

Ella tenía una mano disimulada en sus pechos, y la otra entre las piernas. Apenas movía los dedos, pero su expresión era todo. Se mordía el labio. Me observaba como si pudiera desarmarme con la mirada.

Y entonces, en el momento más tenso, más caliente, me habló de nuevo:

—Mirame cuando termine. No lo mires a él. Solo a mí.

Obedecí.

Sentí el ritmo, el cuerpo de él tensarse. El gemido breve y contenido. El movimiento constante de mi mano
Y después... el estallido.
Cálido, húmedo, súbito.
Sobre mi boca, mi mejilla, mi frente. Como si hubiera sido marcada.
Como si fuera parte de un rito.

No le aparté la mirada. No limpié nada.
Quería que me viera así.
Sucias. Las dos.
Mi sexo ardía, me estaba cogiendo a mi vecino en los ojos de mi vecina, era perverso

No sé si fue la mirada de Julieta.
O el aliento entrecortado de Tomás.
O mi propia piel, húmeda, palpitante, manchada aún por la prueba de mi entrega.

Pero cuando me tomó de los brazos y me levantó del suelo, supe que no iba a dejarme ir así nomás.
No esa noche.

Me recostó sobre el sillón, de espaldas. No dijo nada, pero sus manos hablaban: estaban apuradas, urgentes. Me subió el vestido escolar con un solo movimiento, y cuando quiso apartar mi ropa interior, gruñó con una mezcla de furia y deseo.

—Esto no te sirve más —murmuró, y la tanga se rompió como si fuera papel.

Me abrí sin pudor. No por él, por Julieta, y por mi
Quería que viera lo que había logrado.
Quería que escuchara cómo gemía por su culpa.

Porque fue eso. Apenas su boca me tocó, apenas su lengua me rozó con esa mezcla de hambre y devoción, que un gemido me escapó del pecho como si ya no pudiera callar nada.

Y entonces escuché a Julieta.
Un jadeo seco que hacía quedar en segundo plano el sonido del pequeño vibrador
Después otro, más profundo, más fuerte, mas placentero

Me giré apenas. No la veía, pero la imaginaba. La imaginaba desnuda, con el vibrador aún entre las piernas, los ojos clavados en nosotros, su cuerpo temblando en silencio.
Y eso me encendió más que cualquier caricia.

Tomás me devoraba, con su cabeza entre mis piernas y sus manos que se habían escurrido por debajo del vestido hasta mis tetas
Y yo gemía por las dos.
Cada lamida, cada beso en esa parte sensible que ya no me pertenecía, era una ofrenda para ella.
No me importaba nada. Ni las reglas, ni la moral, ni Federico.
Quería estallar.

Y estallé.
Como una gata salvaje.
Con un grito que no supe si era mío… o si era el eco del gemido que soltó Julieta al otro lado del cuarto, cuando también ella llegó.

Fue todo en simultáneo.
Tres cuerpos en tensión.
Tres respiraciones desacompasadas.
Y un silencio después...
lleno de cosas que nadie se atrevía aún a nombrar.

Yo siempre había querido esto.
Nunca me lo permití, ni siquiera en pensamientos completos.
Pero estaba ahí. Latente. Como una fiebre.

Y ahora lo tenía delante, desnudo, jadeando por mí.
Por mí.
No por Julieta.
Ella ya había tenido lo suyo… y ahora me miraba como si esperara algo más de mí. Como si me estuviera probando.

No dije una palabra.
Tomé la iniciativa para escibir un desenlace que no estaba en el libreto tan estudiado de Julieta
Solo lo monté.

Lentamente.
Sintiéndolo entrar en mí como si fuera la primera vez.
Como si mi cuerpo se abriera solo para él.

Me moví despacio al principio. Midiendo cada embestida, cada ángulo, como si moldeara el placer a mi antojo.
Lo miraba a los ojos. Quería que supiera que era mía esa noche.
No de Julieta. No de nadie.
Mía.

Dije las palabras justas que ambos querían escuchar, que hermosa pija tenía, que me encantaba tenerla toda a dentro y que quería que me llenara de leche, cosas que un matrimonio perfecto no dejaría pasar por alto

Pero ella no se apartó.
Se acercó por detrás, sigilosa.
Y sentí sus manos sobre mis caderas, en mi cintura, sobre mis glúteos, acompasadas
Después sus palabras, como ronroneos suaves, cerca de mi oído, hasta percibí su perfume

Me acariciaba con suavidad, con esa mezcla de ternura y control que solo alguien como ella podía tener.
—Así —retrucando a mis palabras—. Mostrale cómo lo querías, me calienta que te lo cojas

Sentí un escalofrío.
Y redoblé el ritmo.

Tomás me besaba los pechos con una ansiedad adolescente.
Los lamía, los mordía, los adoraba como si fueran el centro del mundo.
Y yo me arqueaba, empapada, perdida entre los dos.
Una puta.
Sí, me sentí una puta.
Una que se lo permitía todo, que no pedía permiso, que se entregaba porque sí. Porque le daba la gana.

Julieta gemía muy cerca, excitada con mi entrega, con mi manera de moverme, con la forma en que lo hacía sola, una y otra vez, sobre su marido.

—Eso, Vero… seguí. No pares. Te ves hermosa así —me dijo, mientras sus dedos se deslizaban suaves entre mis muslos, humedeciéndome aún más.

Y yo no paré.
Porque no quería que terminara y cuando el eyaculó dentro de mi vagina, bueno... al fin me sentí viva

Pasé al baño a lavarme un poco, el semen estaba ya seco sobre mi rostro, me miré incrédula al espejo
Lugo me despedí con un dejo de vergüenza, crucé la calle descalza, con los zapatos entre mis dedos, sin bombacha, desnuda y sucia bajo mi inocente vestido de maestra
Parecía sentir el semen deslizándose aún entre mis piernas, lento, pegajoso.
Como un recuerdo imposible de borrar.

Llegué a casa y me tiré sobre una de las sillas
No quise limpiarme.
No todavía.

Cada pensamiento me devolvía una imagen.
Su boca.
Las manos de Julieta en mi cintura.
Sus gemidos.
Mi voz perdida entre los de ellos.

Me dolía el cuerpo. De placer.
Pero más me dolía la cabeza, la conciencia.

¿Lo había hecho por deseo?
¿Por rebeldía?
¿Por demostrarme algo a mí misma?

No lo sabía.
Y eso me asustaba más que todo.

La cocina estaba en penumbras. El living en silencio.
Federico no estaba, claro, seguro dormiría sola.
El reloj marcaba casi las tres de la mañana, me pregunté que le hubiera dicho al regresar a esa hora, lo de la librería no tendría retorno
Y tuve miedo, miedo a perderlo todo

Perdida, aun sintiendo mi sexo desnudo, los muslos húmedos y teniendo la tanga hecha jirones en la bolsa del jardín, entre dibujos a colores que me regalaban mis pequeños inocentes.

Necesitaba pensar.
Lo hecho, hecho estaba.
No podía borrarlo.
Me sentía feliz.
Y culpable.
Plena.
Y vacía.
Un poco más libre… y un poco más atada.

¿Cómo se sigue después de algo así?

¿Se confiesa? ¿Se calla?
¿Se repite?

¿Fue solo una vez?
¿O fue la primera de muchas?

¿Y si lo buscan de nuevo?
¿Y si yo lo busco?

¿Y si...?

Me toqué los labios sin querer.
Tenían aún el sabor de su piel.
Y, sin darme cuenta, sonreí.

Lo sabía.
No había vuelta atrás.
Y el mayor de los interrogantes…
…era qué haría yo con todo eso.


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