Habían salido temprano, sin demasiado plan. Una mochila con algo de comida, agua, una cámara y la idea de caminar hasta un rincón del río que ella conocía desde hacía años.
Eran amigos desde hacía tanto tiempo que habían aprendido a estar juntos sin llenar cada silencio. Caminaron durante horas entre árboles, bromas y pequeñas discusiones sobre qué sendero tomar. Cuando finalmente llegaron, el lugar parecía apartado del resto del mundo: piedras enormes, agua transparente y el sonido constante de las hojas moviéndose con el viento.
Ella fue la primera en sacar el teléfono.
—Parate ahí —le dijo—. Con las montañas atrás.
Él obedeció. Después intercambiaron lugares. Una foto seria, otra riéndose, otra junto al agua. Hasta que ella se alejó unos metros y levantó los brazos frente al paisaje.
—Sacame una así.
El sol atravesaba las ramas y le daba de lleno. Ella miró alrededor. No había nadie.
Primero se quitó la remera.
Él bajó la cámara por un instante, sorprendido.
—¿Qué hacés?
Ella sonrió.
—Una buena foto.
Había algo diferente en su expresión. Una libertad que él no le conocía. Se soltó el pelo y siguió desnudándose lentamente, más pendiente del viento sobre su piel que de él.
Quedó desnuda frente al paisaje.
Durante unos segundos ninguno dijo nada.
Él tomó la fotografía.
Ella la miró y negó con la cabeza.
—Otra.
Caminó descalza hasta una roca y se quedó allí, con el río detrás. Ya no parecía estar posando. Cerraba los ojos cuando soplaba el viento, respiraba profundamente y sonreía como si hubiera descubierto una versión desconocida de sí misma.
Cuando volvió hacia él tenía las mejillas encendidas.
—No sé qué me pasa —murmuró—. Este lugar me está volviendo loca.
Él sonrió, pero ella no.
Se acercó.
La amistad de tantos años quedó suspendida en esos últimos centímetros que ninguno se animaba a cruzar.
Fue ella quien lo hizo.
Lo besó.
Al principio fue apenas un roce, casi una pregunta. Él respondió y entonces el beso cambió. Todo aquello que durante años había permanecido escondido detrás de bromas, miradas demasiado largas y oportunidades desperdiciadas apareció de golpe.
Ella lo abrazó con fuerza.
El río continuaba corriendo a pocos metros. El viento agitaba las ramas sobre ellos. Ya no había fotografías.
Se tumbaron sobre una manta entre los árboles y dejaron que aquella atracción inesperada siguiera su propio camino, entre besos, caricias y risas nerviosas. Lo que ocurrió después perteneció solamente a ellos y a ese pequeño rincón perdido entre las montañas.
Mucho más tarde permanecieron juntos mirando el cielo entre las copas de los árboles.
Ella rompió el silencio.
—Bueno… esto complicó bastante nuestra amistad.
Él soltó una carcajada.
—Bastante.
Ella apoyó la cabeza sobre su pecho.
—¿Borramos las fotos?
Él miró hacia la cámara.
—Ni loco.
Ella levantó la cabeza, fingiendo indignación, y enseguida volvió a reír.
El regreso comenzó cuando el sol ya estaba bajando. Caminaron por el mismo sendero por el que habían llegado aquella mañana.
Pero ninguno de los dos regresaba siendo exactamente el mismo.

Eran amigos desde hacía tanto tiempo que habían aprendido a estar juntos sin llenar cada silencio. Caminaron durante horas entre árboles, bromas y pequeñas discusiones sobre qué sendero tomar. Cuando finalmente llegaron, el lugar parecía apartado del resto del mundo: piedras enormes, agua transparente y el sonido constante de las hojas moviéndose con el viento.
Ella fue la primera en sacar el teléfono.
—Parate ahí —le dijo—. Con las montañas atrás.
Él obedeció. Después intercambiaron lugares. Una foto seria, otra riéndose, otra junto al agua. Hasta que ella se alejó unos metros y levantó los brazos frente al paisaje.
—Sacame una así.
El sol atravesaba las ramas y le daba de lleno. Ella miró alrededor. No había nadie.
Primero se quitó la remera.
Él bajó la cámara por un instante, sorprendido.
—¿Qué hacés?
Ella sonrió.
—Una buena foto.
Había algo diferente en su expresión. Una libertad que él no le conocía. Se soltó el pelo y siguió desnudándose lentamente, más pendiente del viento sobre su piel que de él.
Quedó desnuda frente al paisaje.
Durante unos segundos ninguno dijo nada.
Él tomó la fotografía.
Ella la miró y negó con la cabeza.
—Otra.
Caminó descalza hasta una roca y se quedó allí, con el río detrás. Ya no parecía estar posando. Cerraba los ojos cuando soplaba el viento, respiraba profundamente y sonreía como si hubiera descubierto una versión desconocida de sí misma.
Cuando volvió hacia él tenía las mejillas encendidas.
—No sé qué me pasa —murmuró—. Este lugar me está volviendo loca.
Él sonrió, pero ella no.
Se acercó.
La amistad de tantos años quedó suspendida en esos últimos centímetros que ninguno se animaba a cruzar.
Fue ella quien lo hizo.
Lo besó.
Al principio fue apenas un roce, casi una pregunta. Él respondió y entonces el beso cambió. Todo aquello que durante años había permanecido escondido detrás de bromas, miradas demasiado largas y oportunidades desperdiciadas apareció de golpe.
Ella lo abrazó con fuerza.
El río continuaba corriendo a pocos metros. El viento agitaba las ramas sobre ellos. Ya no había fotografías.
Se tumbaron sobre una manta entre los árboles y dejaron que aquella atracción inesperada siguiera su propio camino, entre besos, caricias y risas nerviosas. Lo que ocurrió después perteneció solamente a ellos y a ese pequeño rincón perdido entre las montañas.
Mucho más tarde permanecieron juntos mirando el cielo entre las copas de los árboles.
Ella rompió el silencio.
—Bueno… esto complicó bastante nuestra amistad.
Él soltó una carcajada.
—Bastante.
Ella apoyó la cabeza sobre su pecho.
—¿Borramos las fotos?
Él miró hacia la cámara.
—Ni loco.
Ella levantó la cabeza, fingiendo indignación, y enseguida volvió a reír.
El regreso comenzó cuando el sol ya estaba bajando. Caminaron por el mismo sendero por el que habían llegado aquella mañana.
Pero ninguno de los dos regresaba siendo exactamente el mismo.

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