El bar casi siempre estaba vacío, pero ella nunca abandonaba supuesto. Con la llegada de otros bares menos solemnes y más ruidosos, lasituación no hizo más que empeorar. Vendía bebidas, pero no "atendía aborrachos", como solía decir. ¿Quieres una o dos copas? Bienvenido. ¿Peroemborracharte y armar lío? Estás en el sitio equivocado.
A pesar de todo, con el tiempo su clientela se redujo a los niños quevenían a comprar hilo para cometas, caramelos de menta, dulces de calabaza conforma de corazón o una Coca-Cola de dos litros para el almuerzo del domingo. Yestos niños crecieron y se convirtieron en los mejores amigos de Doña Inés.Luego llegó una época en que era más conocida entre los adolescentes que entrelos vecinos mayores, y como dicen, quienes se relacionan con la juventudterminan rejuveneciéndose. No era lo suficientemente radical como paraabandonar su gusto por los boleros que sonaban en el tocadiscos indestructiblejunto a ella en el mostrador, pero cualquiera que se detuviera a observarla conmás atención notaría un sutil cambio en su vestimenta.
Los escotes se volvieron más generosos, el maquillaje menos recargadoy, aunque nadie se dio cuenta porque siempre estaban al otro lado delmostrador, las faldas incluso se acortaron un poco, a veces dejando ver solo lapunta de la rodilla.

Osvaldo era uno de los más tímidos, con una sonrisa amable, una vozsuave y una mirada serena, como si viera algo que nadie más podía. Parecíaestar constantemente en trance, con la mente en otra parte. Pero nunca sesobresaltaba por nada, a diferencia de la gente distraída. Ese día se fijó enel cabello suelto de Doña Inés y lo miró fijamente un rato sin decir nada,apoyado en la barra, con la boca abierta en silencio. No había nadie más en elbar en ese momento. Solo él, Doña Inés y la alta y oscura barra de madera quelos separaba. Ella se impacientó por la demora y finalmente le preguntó quéquería.
“Un vodka, por favor.”
“¿Vodka? Lo siento, jovencito, pero no sirvo bebidas a menores, sinánimo de ofender.”
“No soy menor de edad, señora Inés. Cumplí 19 años el mes pasado.”
“¿19?, ¿Eso es verdad? ¿Me podrías mostrar tu documento?”
“Claro. Tome.”.
Todo parecía estar en orden. Después de tantos años, sabía muy biendistinguir una identidad verdadera de una falsa, y esta era sin duda legítima.

“Lo siento, es que tengo que tener cuidado con estas cosas. No quieroser responsable de infringir la ley, y no aparentás tener 19 años. ¿Quéesperabas?”
“No pasa nada, ya estoy acostumbrado. A donde quiera que vaya, tengoque mostrar mi identificación. Con dos cubitos de hielo y jugo de naranja, porfavor.”
Ya casi era la hora de cerrar y Doña Inés no se perdería la telenovelapor nada del mundo, así que Osvaldo tuvo que darse prisa y pedir su vodka;pagó, le dio las gracias y se marchó, mirando hacia atrás con esa mirada dealguien que ve cosas.
Mientras cerraba las puertas con llave y ordenaba todo para cerrar,Doña Inés observaba al joven.
No estaba acostumbrada a ese tipo de comportamiento. Hacía muchísimotiempo que un hombre no la miraba así. Sobre todo uno tan joven. Quizás fue unerror, pero aun así, aunque solo fuera por un instante, sintió una calidez quela invadió discretamente. Era una calidez ajena al tiempo. Era una reacción ala que ya no estaba acostumbrada, ni la recordaba, y de repente estaba ahí,como brasas bajo las cenizas.

Al día siguiente, a las ocho en punto, se oyó el sonido de las pesadaspuertas de madera abriéndose mientras la gente pasaba apresuradamente, sinprestar atención al ritual. Dentro, todo estaba ordenado, ya que las puertas seabrieron a las ocho, pero las tareas habían comenzado a las seis. La cafeteraya estaba encendida, exhalando ese aroma mágico y tentador, rodeado de pastelesen vitrinas transparentes, como si fuera una exposición. La radio emitíainformes policiales y boletines de tráfico para quienes querían escuchar y paraquienes no. El día prometía ser caluroso. Llevaba un vestido más escotado ycorto de lo habitual. Mientras guardaba las sillas, sintió que alguien laobservaba a sus espaldas. Giró y se encontró cara a cara con Osvaldo, con suhabitual mirada distante, de pie en el umbral justo detrás de ella. Doña Inésestaba molesta, sin saber qué decir. Él, a su vez, actuó con una naturalidadcasi inquietante, mirándola fijamente a los ojos. De vez en cuando, le echabaun vistazo a su escote y se detenía, sin ninguna formalidad, antes de volver amirarla directamente a los ojos.

Doña Inés pensó que lo mejor era no darle un respiro. Salió de suletargo y retomó sus tareas, hablando de espaldas con el cliente reciénllegado, mientras colocaba la última silla en su sitio.
“Buenos días, ¿qué vas a tomar? Espero que no sea vodka a estas horas,jovencito.”
“No, señora Inés. Olí el café. Buenos días.”
Ella notó su costumbre de responder a las cosas en orden inverso y lepareció gracioso.
Osvaldo devoró el pastel con un apetito pausado, sin prisa, dandosorbos ocasionales a su humeante taza de café. Doña Inés, al otro lado delmostrador, reponiendo los tarros de dulces, intentando actuar con naturalidad,miraba al chico de vez en cuando, y cada vez se encontraba con su mirada, quevagaba entre su escote y su rostro.
Una botella se le resbaló y cayó al suelo, produciendo un ruido quedelataba su estado de ánimo. Osvaldo apuró el último sorbo de café, se limpióla boca con una servilleta de papel y se ajustó la mochila al hombro. Alacercarse al mostrador, se detuvo justo delante de Doña Inés y le tendió lamano, entregándole el dinero. Ella, normalmente tan segura de sí misma, actuabacasi como una espectadora, tomando el dinero mecánicamente.
Osvaldo volvió a sumergir la mirada en aquel mar de pechos, para luegoalzarla hacia la mirada confusa de la mujer intimidada.

El joven se entretuvo más de lo habitual mientras ella retomaba surutina en el bar. Sentía su mirada sobrevolándola a todas partes, así que,siempre que podía, le daba la espalda, evitando su mirada. El negocio estabaflojo, como era habitual a esa hora, pero todas las puertas y ventanas estabanabiertas. Para una mujer «de la vieja escuela», como a veces se definía, estasituación resultaba sumamente inquietante.
Aun así, empezó a gustarle el juego y empezó a hacer movimientos apropósito atrevidos, sabiendo que Osvaldo la seguía todo el tiempo con lamirada. Respiró lo suficientemente profundo como para recuperar el control de símisma. Ella miró por encima del hombro y se aseguró de que el muchacho estuvieraallí mirando. Entonces finalmente decidió recoger la botella del suelo. MientrasDoña Inés se agachaba lentamente para recoger los trozos de cristal, Osvaldovislumbró el paraíso.

Osvaldo no pudo contener una palabrota, aunque salió ahogada junto conun gemido. Doña Inés oyó un “¡Mierda!” reprimido del joven justo en el momentoen que se inclinó y su vestido corto lo dejó todo al descubierto ante suadmirador. En otra ocasión, lo habría reprendido, pero en ese momento, sonócomo un halago. Sintió de nuevo ese calor intenso y repentino recorrer todo sucuerpo. Estaba despertando el deseo en un hombre otra vez. Y más aún, en uno muyjoven. Cuando terminó de recoger los cristales rotos y secar el suelo, girólentamente y vio, con los ojos muy abiertos, que Osvaldo se estaba masturbando,oculto tras el mantel. Esto era demasiado. Las puertas estaban abiertas, lagente pasaba por la calle. Se había dejado llevar por la situación, habíapropiciado una situación completamente inesperada, ajena a su comportamientohabitual.
Necesitaba detener eso. ¿Dónde estaba su cabeza? Pero…

Se acercó al muchacho, quien inmediatamente dejó de hacer lo queestaba haciendo. Entonces, se inclinó sobre la mesa, dejando al descubierto sugeneroso escote, casi restregándoselo en la cara.
“¿Qué creés que estás haciendo, muchacho?”
Osvaldo permaneció inmóvil, congelado, sin pronunciar palabra. Su manosujetaba firmemente su miembro erecto, parcialmente oculto por el mantel. DoñaInés miró la erección. Luego al joven, y de nuevo a la erección. Intentó mostrarsetranquila, con el control de la situación.
“Este no es el baño de tu casa, ¿entendés? Terminá con eso y andate”
Osvaldo fijó inmediatamente su mirada en su escote y reanudó elmovimiento rítmico de su mano. Ella estaba a punto de incorporarse, peropercibió el deseo del joven y permaneció inclinada frente a él. De hecho,incluso se acercó un poco más, facilitándole las cosas. Podía sentir larespiración cálida y jadeante del joven entre sus pechos, como si fueran dedoscálidos e invisibles rozando su piel. A Doña Inés se le erizó la piel de pies acabeza.

Osvaldo aceleró el ritmo, y la fricción en su miembro provocó que unasavia espesa y transparente rezumara de la cabeza rojiza, mezclándose en lamano del muchacho y produciendo un sonido húmedo y pegajoso. Doña Inés no habíavisto a una verga rígida frente a ella en mucho tiempo, y la visión de aquelmiembro joven y poderoso la cautivó. Y cuando pensó que la erección se debía aella, quedó aún más hipnotizada.
Mientras se masturbaba frenéticamente, el muchacho estiró el cuello,como si intentara alcanzar el interior de su escote, como si estuviera a puntode zambullirse. Sin pedir permiso, rozó suavemente el borde y, con un gestofluido pero directo, bajó el escote, dejando al descubierto esos magníficos yespléndidos senos.
Doña Inés no sabía qué decir ni qué hacer, así que permaneció callada,dejándose admirar.
No pudo reprimir un gemido prolongado cuando Osvaldo tomó uno de suspezones con la boca y comenzó a succionar con fuerza, su lengua intentandoabarcar todo el contorno de aquellos suculentos y aún firmes senos. Pero fueimposible.
No le cabía en la boca todo aquel pecho. El placer residíaprecisamente en intentarlo con persistencia.
Sonidos de coches en la calle, voces que pasaban por la acera. Algunoslentos, otros apresurados. Doña Inés gemía suavemente. Osvaldo eyaculó conentusiasmo. El primer chorro se disparó como un petardo y descendió, extendiéndosepor la piel expuesta del muslo de Doña Inés. Sintió un placer inimaginable alsaborear el contacto de aquella gota caliente y pegajosa sobre su piel. Pocodespués, llegaron más y más. El miembro del joven parecía ahora un volcánarrojando lava ardiente hacia arriba, hasta que la erupción finalmente cesó.

Los dos se miraron sin decir palabra. Osvaldo se metió la verga en elpantalón, mientras que Doña Inés se limpiaba la pierna y el vestido con elmismo paño que había usado para quitar el polvo de la barra. Se apartó y volvióa su sitio habitual detrás del mostrador, ordenando sus pensamientos y dándosecuenta de la imprudencia de lo que acababa de hacer, así como de la suerte quehabía tenido de que nadie hubiera entrado en el bar.
Osvaldo se ajustó la mochila al hombro muy lentamente, como si aúnquisiera algo más, pero no supiera exactamente qué.
Los dos se miraron una vez más, pero permanecieron en silencio. Luegoél dio la vuelta y se marchó, justo cuando entraban dos hombres charlando yriendo, pasando a su lado sin percatarse de nada extraño, sin sospechar lo queacababa de suceder.
Cruzó la calle y siguió caminando con su paso característico, peroantes de desaparecer al doblar la esquina, giró y miró una vez más hacia elinterior del bar. Esperaba otra mirada cómplice de ella, tal vez. Una señal deaprobación o simplemente un “hasta luego”; pero nada.
Doña Inés continuó con sus tareas dentro del bar, atendiendo a los dosclientes recién llegados.
Mientras servía café, jugo de naranja y bocadillos a los dos hombresque seguían riendo y charlando entre ellos, pensó para sí misma: "¿Quédemonios me está haciendo este pollito?"

En los días siguientes, con la misma puntualidad con la que Doña Inésabría y cerraba el bar religiosamente, Osvaldo aparecía por la mañana paratomar café y por la noche para tomar vodka. Nunca más de una taza, nunca más deun vaso. Sin darse cuenta, se acostumbró a la presencia del joven con susextrañas costumbres y, más aún, empezó a vestirse pensando en la reacción quesu ropa provocaría en su cliente especial. Vestidos, peinados y escotes. Sobretodo escotes. Él se encargaba de dejar bien claro cuánto apreciaba la visión deesos enormes pechos apretados en un escote que era a la vez abierto y ajustado.
Una noche de sábado, el bar estaba completamente vacío porque laselección nacional estaba jugando y todos los clientes estaban bebiendo ycharlando a gritos en otros bares que tenían televisores, a diferencia del barde Doña Inés. Faltaban cinco minutos para la hora de cierre. Miró a sualrededor, buscando sin admitirlo, pero sintiendo su ausencia. Cuando empezó a cerrarla puerta de madera, vio aparecer el rostro de Osvaldo, iluminado por el rayode luz que se filtraba por la rendija hacia la calle. Él no dijo nada. Ellatampoco; simplemente echó un vistazo a su alrededor. No había nadie cerca.Abrió la puerta un poco más, lo suficiente para que él entrara, y luego lacerró del todo, quedando encerrados. Osvaldo fue directamente a su mesa desiempre, pero cuando estaba a punto de sentarse, Doña Inés intervino:
“Disculpe, jovencito, pero como puede ver, el bar ya está cerrado. Sinexcepciones. Si quiere tomar algo, tendrá que subir.” Osvaldo, como si fuera lomás normal del mundo, se echó la mochila al hombro y pasó junto a Doña Inés endirección a la escalera que conducía a la casa de arriba.

"Sentite como en casa. Vuelvo enseguida", dijo Doña Inés,señalando el cómodo sofá en la esquina de la habitación.
Osvaldo se sentó sin timidez, pero también sin intimidad. Era unmaestro en estas cosas. Siempre parecía observar desde fuera, incluso cuandolas cosas le sucedían a él. Al examinar la habitación, se quedó absorto en ladecoración y el mobiliario. Parecía el decorado de una película de época. Nopodía imaginar que alguien pudiera tener una habitación así. Todo era tan..."anticuado". Y al mismo tiempo, tan limpio y ordenado. Perdido en suobservación, no se dio cuenta cuando Doña Inés regresó a la habitación con dos vasosde vodka. Le dedicó una leve, muy leve sonrisa, aprobando su atuendo. Erasencillamente deslumbrante. Combinaba a la perfección con la habitación.
Se había cambiado su ya sugerente vestido corto por un corsé yliguero. Sin duda, era un atuendo que las mujeres de hoy en día casi nuncausan. El joven quedó realmente impresionado, pero no fue la visión de eseconjunto lo que le provocó una erección violenta. La había tenido desde queentró al bar minutos antes. Ella lo había notado desde el primer momento yestaba nerviosa, algo indecisa, pero no lo suficiente como para echarse atrás.Había decidido ir más allá. Ver hasta dónde podía llegar.

Los dos se sentaron uno al lado del otro en el sofá, charlando como siella no estuviera vestida así y como si él no tuviera una ereccióninconfundible. Osvaldo se mantuvo tranquilo y sereno todo el tiempo, exceptocuando ella se movía de una manera que hacía que sus pechos resaltaran aún más.En esos momentos, el joven se quedaba quieto, admirándolos, y ella sonreía,notando el efecto que tenía sobre él. Luego, todo volvía a la normalidad yvolvían a beber.
“No sabía que a usted también le gustaba el vodka, señora Inés.”
“Nunca lo había probado. Pero después de servírtelo la primera vez, medio curiosidad y lo probé. Desde entonces, me gustó y lo tomo de vez en cuando”.En ese momento, se oyeron fuegos artificiales. El partido de la selecciónnacional estaba a punto de comenzar.
“¿Querés que encienda el televisor?”
“No hace falta. Me gusta el fútbol, pero solo mi equipo. No meimporta la selección nacional.”
“Sos un chico extraño.”
“Sí, lo escucho todo el tiempo.”
Ambos alzaron sus copas y bebieron al mismo tiempo, mientras Doña Inésacariciaba con firmeza su erección. No tenía sentido demorarse más. Si iba aseguir adelante, debía hacerlo de una vez, sin andarse con rodeos.

Doña Inés estaba a cuatro patas, justo entre sus piernas, con casitodo su miembro en la boca. No recordaba la última vez que lo había hecho, perosí recordaba que la verga de su marido no era tan grande como la de aqueljoven. Ni tan gruesa. Ni tan dura. Osvaldo, como un borracho, a veces la mirabamientras le chupaba la verga, a veces miraba detrás, lo que le daba una vistaperfecta de aquella magnífica mujer. ¡Ese culo! Era como un sueño. Una escenaimposible, pero que estaba ocurriendo de verdad. Y aquella ropa, aquellaselegantes medias negras, sujetas a la cintura por la liga. Aquella mujer teníasin duda un don para disfrazarse en la vida cotidiana. ¿Cómo pudo pasar todoeso desapercibido para todos?
Ella, a su vez, succionó con deleite. Sin prisas. Casi como siestuviera reaprendiendo los movimientos adecuados para complacer a un hombre. Observólas reacciones del muchacho mientras su lengua exploraba su miembro erecto,notando cómo reaccionaba cuando ella le lamía los testículos. El placer que élmostraba, especialmente en ese momento, se reflejaba en ella, e intensificó susesfuerzos, llevándolo al éxtasis.

Cuando se levantó para quitarse la bombacha, los genitales de DoñaInés quedaron a la altura de su cara, y él no pudo contenerse. Le bajó labombacha con ambas manos y hundió la cara entre sus muslos. Era la primera vezque le practicaba sexo oral a una mujer. Pero no lo parecía.
Los fluidos que exudaba, el olor, el sabor, la textura... todo era tanembriagador, tan seductor. Imposible que no le gustara. Era como si lo hubierahecho todo el tiempo. Le apretó los muslos con ambas manos y la atrajo haciasí, enterrando su rostro aún más profundamente, casi entrando en su cuerpo.Doña Inés tembló y sintió cada centímetro de su lengua invadir su intimidad,separando las piernas y arqueándose para facilitarlo. Después de un rato, eljoven se dio cuenta de dónde debía lamer con más intensidad, y entonces sevolvió aún más placentero. Pensó para sí misma que su marido nunca la habíachupado con tanto deseo. De hecho, pensándolo bien, nunca la había chupado, ycomo ella no había tenido esa experiencia con otro hombre, esta era la primeravez. Sin saberlo en ese momento, ambos estaban experimentando ese movimientopor primera vez en sus vidas.
Una ruidosa secuencia de explosiones de petardos se escuchó fuera dela habitación. Eso sugería que alguien había marcado un gol. En ese precisoinstante, Doña Inés se entregó por completo. La lengua del muchacho, adherida aella como una ventosa, exploró cada rincón de su vagina palpitante.

Osvaldo ya había visto a mujeres tener un orgasmo antes, pero solo enpelículas. En las dos ocasiones anteriores en las que había tenido relacionessexuales con chicas, solo él había eyaculado. Fueron experiencias rápidas eincómodas. Una vez en el bosque detrás de la escuela y otra en la escalera deun edificio.
Pero ahora estaba sucediendo justo ahí, ante sus ojos, alrededor de sulengua. Así que intentó aprovechar todo lo que pudo. Tan pronto como ellaterminó de llegar al clímax, la levantó y la giró por la cintura, de modo quequedó boca arriba. Volvió a enterrar su rostro en su carne, pero esta vez entresus voluptuosas nalgas. Había pensado en eso todo el día. Tanto como los pechosde Doña Inés, sus nalgas también lo volvían loco. Recorrió con su lengua cadarincón, enloqueciendo a la mujer. Cuando la punta de su lengua encontró laentrada de su orificio, se estiró aún más y entró hasta donde pudo. Ella dejóescapar un fuerte gemido. Estaba atónita. Sinceramente pensó que, cuando algosucediera entre ellos, tendría que explicarle todo al joven. No había esperadomucho para una primera vez, pero se había equivocado. Aunque no teníaexperiencia, Osvaldo la sorprendió con un entusiasmo desbordante, dejándoseguiar únicamente por el instinto.
"Este hijo de puta... me está matando", pensó para sí misma,mientras la lengua de Osvaldo seguía castigándola frenéticamente.

Con cierto esfuerzo, Doña Inés logró que el joven volviera a sentarseen el sofá. Tenía las piernas pesadas y débiles. Era agotador llegar al clímaxde pie. En su caso, lo era aún más porque no estaba acostumbrada.
Osvaldo se sentó y su verga apuntó hacia arriba, dura como una roca,contra la cual ella comenzó a apoyarse lentamente.
El primer encuentro sexual entre ambos les provocó escalofríos. Aunqueella acababa de llegar al clímax, sintió un placer inmenso durante el acto,mientras que él no movió ni los brazos ni las piernas. Simplemente observó cómosu verga desaparecía lentamente entre la piel de aquella mujer increíble.
A pesar de toda la lubricación, Doña Inés tuvo algunas dificultadespara cubrir la totalidad del miembro del joven, porque además de que no habíasido penetrada durante mucho tiempo, también estaba el problema del tamaño y elgrosor.
Cuando finalmente logró sentarse completamente sobre él, comenzó amoverse lentamente hacia arriba y hacia abajo, provocando suspiros y gemidosprolongados. Estaba devorando al descarado joven y obteniendo un placerespecial de ello.
Tiempo después, ya acostumbrada al tamaño y la forma, comenzó acabalgar con más facilidad, mientras Osvaldo solo podía gemir y morderse loslabios. A medida que aumentaba la sincronía entre ambos, él también movía lascaderas, facilitando la penetración desde abajo. A veces lo hacía con tantafuerza que levantaba el pesado cuerpo de la mujer, solo para dejarlo caer denuevo.

Osvaldo llegó al orgasmo gritando y, a petición de Doña Inés, ahogósus gritos, pues esta vez no iban acompañados de fuegos artificiales. En suposición, los chorros de semen subían con fuerza y bajaban lentamente, comosi la gravedad se invirtiera. Doña Inés lo observaba todo con asombro.
Era increíble cómo, hasta hacía poco, ni siquiera había pensado en elsexo, mucho menos en tener una experiencia con otro hombre, pero ahora estabaallí. Ese joven descarado estaba eyaculando allí mismo en el sofá de su sala, consu verga desproporcionada para su delgadez, haciendo que disfrutara tantoviéndolo como sintiéndolo dentro de ella. El joven terminó de eyacular, pero sudeseo era tan fuerte que su erección permaneció. Actuó como si el mundoestuviera a punto de acabarse y, sin perder más tiempo, la giró, le dio unassuaves caricias con la cabeza de su verga y la penetró de nuevo. Esta vez, pordetrás. Doña Inés tenía algo de experiencia en sexo anal con su marido, perohabía sido hace mucho tiempo. Cuando Osvaldo entró sin avisar, apenas podíacreerlo. Al principio le ardió mucho, pero el dolor desapareció mucho másrápido de lo que imaginaba. Quizás por la intensidad, por la emoción de ambos,tal vez debido a la cantidad de lubricación. Cualquiera que sea la razón, laverdad es que la penetración anal estaba siendo placentera. Mucho más de lo queimaginaba. El miembro duro la invadió con deseo y sin vacilación y todo lo quepudo hacer en ese momento fue prepararse para recibirlo de la mejor maneraposible.

Osvaldo la montó. Literalmente. La penetración era tan intensa que sustestículos chocaban con la mullida carne de Doña Inés. Embistió con tal furiaque su carne sudorosa crujió al chocar. Doña Inés le había dicho que bajara elritmo, pero él cedió tras pedírselo varias veces. El joven estaba en trance.Era un hombre penetrando a una mujer. En ese momento, nada más existía. Elnormalmente tranquilo Osvaldo estaba poseído. Aceleró sus movimientos y clavólos dedos en sus nalgas, indicando que estaba a punto de llegar al clímax unavez más. Y no tardó mucho. Tras unas cuantas embestidas más fuertes, volvió aeyacular, esta vez dentro del culo de la mujer. Ella rugió, él rugió... y estavez los fuegos artificiales estallaron en el momento justo. Tras el orgasmo,ambos se desplomaron sobre la alfombra del salón, donde permanecieron un buenrato.
Doña Inés fue la primera en levantarse y miró el reloj de pared. Yaera bastante tarde.
“Despertate. ¿No te vas a tu casa?”
“Le dije a mi tía que iba a dormir fuera de casa esta noche. Si no teimporta.”
“No, no me importa. Podés dormir acá.”
Doña Inés sonrió y condujo al muchacho a su cama. ¿Qué más podíahacer? No estaba acostumbrada a recibir visitas. En aquella casa solo había unacama. Al día siguiente era domingo. Como siempre, el bar cerraba al amanecer.El silencio solo se rompía al mediodía con el sonido del tocadiscos.
Quienes pasaban por la calle podían, como siempre, oír los sonidos de losviejos boleros.
Si alguien se percató de que cantaba la canción por primera vez, nodijeron nada. Al fin y al cabo, allí estaba Doña Inés, como siempre. Nadie lanotó, salvo aquel joven, que tenía la mirada de quien lo ve todo.

FIN
A pesar de todo, con el tiempo su clientela se redujo a los niños quevenían a comprar hilo para cometas, caramelos de menta, dulces de calabaza conforma de corazón o una Coca-Cola de dos litros para el almuerzo del domingo. Yestos niños crecieron y se convirtieron en los mejores amigos de Doña Inés.Luego llegó una época en que era más conocida entre los adolescentes que entrelos vecinos mayores, y como dicen, quienes se relacionan con la juventudterminan rejuveneciéndose. No era lo suficientemente radical como paraabandonar su gusto por los boleros que sonaban en el tocadiscos indestructiblejunto a ella en el mostrador, pero cualquiera que se detuviera a observarla conmás atención notaría un sutil cambio en su vestimenta.
Los escotes se volvieron más generosos, el maquillaje menos recargadoy, aunque nadie se dio cuenta porque siempre estaban al otro lado delmostrador, las faldas incluso se acortaron un poco, a veces dejando ver solo lapunta de la rodilla.

Osvaldo era uno de los más tímidos, con una sonrisa amable, una vozsuave y una mirada serena, como si viera algo que nadie más podía. Parecíaestar constantemente en trance, con la mente en otra parte. Pero nunca sesobresaltaba por nada, a diferencia de la gente distraída. Ese día se fijó enel cabello suelto de Doña Inés y lo miró fijamente un rato sin decir nada,apoyado en la barra, con la boca abierta en silencio. No había nadie más en elbar en ese momento. Solo él, Doña Inés y la alta y oscura barra de madera quelos separaba. Ella se impacientó por la demora y finalmente le preguntó quéquería.
“Un vodka, por favor.”
“¿Vodka? Lo siento, jovencito, pero no sirvo bebidas a menores, sinánimo de ofender.”
“No soy menor de edad, señora Inés. Cumplí 19 años el mes pasado.”
“¿19?, ¿Eso es verdad? ¿Me podrías mostrar tu documento?”
“Claro. Tome.”.
Todo parecía estar en orden. Después de tantos años, sabía muy biendistinguir una identidad verdadera de una falsa, y esta era sin duda legítima.

“Lo siento, es que tengo que tener cuidado con estas cosas. No quieroser responsable de infringir la ley, y no aparentás tener 19 años. ¿Quéesperabas?”
“No pasa nada, ya estoy acostumbrado. A donde quiera que vaya, tengoque mostrar mi identificación. Con dos cubitos de hielo y jugo de naranja, porfavor.”
Ya casi era la hora de cerrar y Doña Inés no se perdería la telenovelapor nada del mundo, así que Osvaldo tuvo que darse prisa y pedir su vodka;pagó, le dio las gracias y se marchó, mirando hacia atrás con esa mirada dealguien que ve cosas.
Mientras cerraba las puertas con llave y ordenaba todo para cerrar,Doña Inés observaba al joven.
No estaba acostumbrada a ese tipo de comportamiento. Hacía muchísimotiempo que un hombre no la miraba así. Sobre todo uno tan joven. Quizás fue unerror, pero aun así, aunque solo fuera por un instante, sintió una calidez quela invadió discretamente. Era una calidez ajena al tiempo. Era una reacción ala que ya no estaba acostumbrada, ni la recordaba, y de repente estaba ahí,como brasas bajo las cenizas.

Al día siguiente, a las ocho en punto, se oyó el sonido de las pesadaspuertas de madera abriéndose mientras la gente pasaba apresuradamente, sinprestar atención al ritual. Dentro, todo estaba ordenado, ya que las puertas seabrieron a las ocho, pero las tareas habían comenzado a las seis. La cafeteraya estaba encendida, exhalando ese aroma mágico y tentador, rodeado de pastelesen vitrinas transparentes, como si fuera una exposición. La radio emitíainformes policiales y boletines de tráfico para quienes querían escuchar y paraquienes no. El día prometía ser caluroso. Llevaba un vestido más escotado ycorto de lo habitual. Mientras guardaba las sillas, sintió que alguien laobservaba a sus espaldas. Giró y se encontró cara a cara con Osvaldo, con suhabitual mirada distante, de pie en el umbral justo detrás de ella. Doña Inésestaba molesta, sin saber qué decir. Él, a su vez, actuó con una naturalidadcasi inquietante, mirándola fijamente a los ojos. De vez en cuando, le echabaun vistazo a su escote y se detenía, sin ninguna formalidad, antes de volver amirarla directamente a los ojos.

Doña Inés pensó que lo mejor era no darle un respiro. Salió de suletargo y retomó sus tareas, hablando de espaldas con el cliente reciénllegado, mientras colocaba la última silla en su sitio.
“Buenos días, ¿qué vas a tomar? Espero que no sea vodka a estas horas,jovencito.”
“No, señora Inés. Olí el café. Buenos días.”
Ella notó su costumbre de responder a las cosas en orden inverso y lepareció gracioso.
Osvaldo devoró el pastel con un apetito pausado, sin prisa, dandosorbos ocasionales a su humeante taza de café. Doña Inés, al otro lado delmostrador, reponiendo los tarros de dulces, intentando actuar con naturalidad,miraba al chico de vez en cuando, y cada vez se encontraba con su mirada, quevagaba entre su escote y su rostro.
Una botella se le resbaló y cayó al suelo, produciendo un ruido quedelataba su estado de ánimo. Osvaldo apuró el último sorbo de café, se limpióla boca con una servilleta de papel y se ajustó la mochila al hombro. Alacercarse al mostrador, se detuvo justo delante de Doña Inés y le tendió lamano, entregándole el dinero. Ella, normalmente tan segura de sí misma, actuabacasi como una espectadora, tomando el dinero mecánicamente.
Osvaldo volvió a sumergir la mirada en aquel mar de pechos, para luegoalzarla hacia la mirada confusa de la mujer intimidada.

El joven se entretuvo más de lo habitual mientras ella retomaba surutina en el bar. Sentía su mirada sobrevolándola a todas partes, así que,siempre que podía, le daba la espalda, evitando su mirada. El negocio estabaflojo, como era habitual a esa hora, pero todas las puertas y ventanas estabanabiertas. Para una mujer «de la vieja escuela», como a veces se definía, estasituación resultaba sumamente inquietante.
Aun así, empezó a gustarle el juego y empezó a hacer movimientos apropósito atrevidos, sabiendo que Osvaldo la seguía todo el tiempo con lamirada. Respiró lo suficientemente profundo como para recuperar el control de símisma. Ella miró por encima del hombro y se aseguró de que el muchacho estuvieraallí mirando. Entonces finalmente decidió recoger la botella del suelo. MientrasDoña Inés se agachaba lentamente para recoger los trozos de cristal, Osvaldovislumbró el paraíso.

Osvaldo no pudo contener una palabrota, aunque salió ahogada junto conun gemido. Doña Inés oyó un “¡Mierda!” reprimido del joven justo en el momentoen que se inclinó y su vestido corto lo dejó todo al descubierto ante suadmirador. En otra ocasión, lo habría reprendido, pero en ese momento, sonócomo un halago. Sintió de nuevo ese calor intenso y repentino recorrer todo sucuerpo. Estaba despertando el deseo en un hombre otra vez. Y más aún, en uno muyjoven. Cuando terminó de recoger los cristales rotos y secar el suelo, girólentamente y vio, con los ojos muy abiertos, que Osvaldo se estaba masturbando,oculto tras el mantel. Esto era demasiado. Las puertas estaban abiertas, lagente pasaba por la calle. Se había dejado llevar por la situación, habíapropiciado una situación completamente inesperada, ajena a su comportamientohabitual.
Necesitaba detener eso. ¿Dónde estaba su cabeza? Pero…

Se acercó al muchacho, quien inmediatamente dejó de hacer lo queestaba haciendo. Entonces, se inclinó sobre la mesa, dejando al descubierto sugeneroso escote, casi restregándoselo en la cara.
“¿Qué creés que estás haciendo, muchacho?”
Osvaldo permaneció inmóvil, congelado, sin pronunciar palabra. Su manosujetaba firmemente su miembro erecto, parcialmente oculto por el mantel. DoñaInés miró la erección. Luego al joven, y de nuevo a la erección. Intentó mostrarsetranquila, con el control de la situación.
“Este no es el baño de tu casa, ¿entendés? Terminá con eso y andate”
Osvaldo fijó inmediatamente su mirada en su escote y reanudó elmovimiento rítmico de su mano. Ella estaba a punto de incorporarse, peropercibió el deseo del joven y permaneció inclinada frente a él. De hecho,incluso se acercó un poco más, facilitándole las cosas. Podía sentir larespiración cálida y jadeante del joven entre sus pechos, como si fueran dedoscálidos e invisibles rozando su piel. A Doña Inés se le erizó la piel de pies acabeza.

Osvaldo aceleró el ritmo, y la fricción en su miembro provocó que unasavia espesa y transparente rezumara de la cabeza rojiza, mezclándose en lamano del muchacho y produciendo un sonido húmedo y pegajoso. Doña Inés no habíavisto a una verga rígida frente a ella en mucho tiempo, y la visión de aquelmiembro joven y poderoso la cautivó. Y cuando pensó que la erección se debía aella, quedó aún más hipnotizada.
Mientras se masturbaba frenéticamente, el muchacho estiró el cuello,como si intentara alcanzar el interior de su escote, como si estuviera a puntode zambullirse. Sin pedir permiso, rozó suavemente el borde y, con un gestofluido pero directo, bajó el escote, dejando al descubierto esos magníficos yespléndidos senos.
Doña Inés no sabía qué decir ni qué hacer, así que permaneció callada,dejándose admirar.
No pudo reprimir un gemido prolongado cuando Osvaldo tomó uno de suspezones con la boca y comenzó a succionar con fuerza, su lengua intentandoabarcar todo el contorno de aquellos suculentos y aún firmes senos. Pero fueimposible.
No le cabía en la boca todo aquel pecho. El placer residíaprecisamente en intentarlo con persistencia.
Sonidos de coches en la calle, voces que pasaban por la acera. Algunoslentos, otros apresurados. Doña Inés gemía suavemente. Osvaldo eyaculó conentusiasmo. El primer chorro se disparó como un petardo y descendió, extendiéndosepor la piel expuesta del muslo de Doña Inés. Sintió un placer inimaginable alsaborear el contacto de aquella gota caliente y pegajosa sobre su piel. Pocodespués, llegaron más y más. El miembro del joven parecía ahora un volcánarrojando lava ardiente hacia arriba, hasta que la erupción finalmente cesó.

Los dos se miraron sin decir palabra. Osvaldo se metió la verga en elpantalón, mientras que Doña Inés se limpiaba la pierna y el vestido con elmismo paño que había usado para quitar el polvo de la barra. Se apartó y volvióa su sitio habitual detrás del mostrador, ordenando sus pensamientos y dándosecuenta de la imprudencia de lo que acababa de hacer, así como de la suerte quehabía tenido de que nadie hubiera entrado en el bar.
Osvaldo se ajustó la mochila al hombro muy lentamente, como si aúnquisiera algo más, pero no supiera exactamente qué.
Los dos se miraron una vez más, pero permanecieron en silencio. Luegoél dio la vuelta y se marchó, justo cuando entraban dos hombres charlando yriendo, pasando a su lado sin percatarse de nada extraño, sin sospechar lo queacababa de suceder.
Cruzó la calle y siguió caminando con su paso característico, peroantes de desaparecer al doblar la esquina, giró y miró una vez más hacia elinterior del bar. Esperaba otra mirada cómplice de ella, tal vez. Una señal deaprobación o simplemente un “hasta luego”; pero nada.
Doña Inés continuó con sus tareas dentro del bar, atendiendo a los dosclientes recién llegados.
Mientras servía café, jugo de naranja y bocadillos a los dos hombresque seguían riendo y charlando entre ellos, pensó para sí misma: "¿Quédemonios me está haciendo este pollito?"

En los días siguientes, con la misma puntualidad con la que Doña Inésabría y cerraba el bar religiosamente, Osvaldo aparecía por la mañana paratomar café y por la noche para tomar vodka. Nunca más de una taza, nunca más deun vaso. Sin darse cuenta, se acostumbró a la presencia del joven con susextrañas costumbres y, más aún, empezó a vestirse pensando en la reacción quesu ropa provocaría en su cliente especial. Vestidos, peinados y escotes. Sobretodo escotes. Él se encargaba de dejar bien claro cuánto apreciaba la visión deesos enormes pechos apretados en un escote que era a la vez abierto y ajustado.
Una noche de sábado, el bar estaba completamente vacío porque laselección nacional estaba jugando y todos los clientes estaban bebiendo ycharlando a gritos en otros bares que tenían televisores, a diferencia del barde Doña Inés. Faltaban cinco minutos para la hora de cierre. Miró a sualrededor, buscando sin admitirlo, pero sintiendo su ausencia. Cuando empezó a cerrarla puerta de madera, vio aparecer el rostro de Osvaldo, iluminado por el rayode luz que se filtraba por la rendija hacia la calle. Él no dijo nada. Ellatampoco; simplemente echó un vistazo a su alrededor. No había nadie cerca.Abrió la puerta un poco más, lo suficiente para que él entrara, y luego lacerró del todo, quedando encerrados. Osvaldo fue directamente a su mesa desiempre, pero cuando estaba a punto de sentarse, Doña Inés intervino:
“Disculpe, jovencito, pero como puede ver, el bar ya está cerrado. Sinexcepciones. Si quiere tomar algo, tendrá que subir.” Osvaldo, como si fuera lomás normal del mundo, se echó la mochila al hombro y pasó junto a Doña Inés endirección a la escalera que conducía a la casa de arriba.

"Sentite como en casa. Vuelvo enseguida", dijo Doña Inés,señalando el cómodo sofá en la esquina de la habitación.
Osvaldo se sentó sin timidez, pero también sin intimidad. Era unmaestro en estas cosas. Siempre parecía observar desde fuera, incluso cuandolas cosas le sucedían a él. Al examinar la habitación, se quedó absorto en ladecoración y el mobiliario. Parecía el decorado de una película de época. Nopodía imaginar que alguien pudiera tener una habitación así. Todo era tan..."anticuado". Y al mismo tiempo, tan limpio y ordenado. Perdido en suobservación, no se dio cuenta cuando Doña Inés regresó a la habitación con dos vasosde vodka. Le dedicó una leve, muy leve sonrisa, aprobando su atuendo. Erasencillamente deslumbrante. Combinaba a la perfección con la habitación.
Se había cambiado su ya sugerente vestido corto por un corsé yliguero. Sin duda, era un atuendo que las mujeres de hoy en día casi nuncausan. El joven quedó realmente impresionado, pero no fue la visión de eseconjunto lo que le provocó una erección violenta. La había tenido desde queentró al bar minutos antes. Ella lo había notado desde el primer momento yestaba nerviosa, algo indecisa, pero no lo suficiente como para echarse atrás.Había decidido ir más allá. Ver hasta dónde podía llegar.

Los dos se sentaron uno al lado del otro en el sofá, charlando como siella no estuviera vestida así y como si él no tuviera una ereccióninconfundible. Osvaldo se mantuvo tranquilo y sereno todo el tiempo, exceptocuando ella se movía de una manera que hacía que sus pechos resaltaran aún más.En esos momentos, el joven se quedaba quieto, admirándolos, y ella sonreía,notando el efecto que tenía sobre él. Luego, todo volvía a la normalidad yvolvían a beber.
“No sabía que a usted también le gustaba el vodka, señora Inés.”
“Nunca lo había probado. Pero después de servírtelo la primera vez, medio curiosidad y lo probé. Desde entonces, me gustó y lo tomo de vez en cuando”.En ese momento, se oyeron fuegos artificiales. El partido de la selecciónnacional estaba a punto de comenzar.
“¿Querés que encienda el televisor?”
“No hace falta. Me gusta el fútbol, pero solo mi equipo. No meimporta la selección nacional.”
“Sos un chico extraño.”
“Sí, lo escucho todo el tiempo.”
Ambos alzaron sus copas y bebieron al mismo tiempo, mientras Doña Inésacariciaba con firmeza su erección. No tenía sentido demorarse más. Si iba aseguir adelante, debía hacerlo de una vez, sin andarse con rodeos.

Doña Inés estaba a cuatro patas, justo entre sus piernas, con casitodo su miembro en la boca. No recordaba la última vez que lo había hecho, perosí recordaba que la verga de su marido no era tan grande como la de aqueljoven. Ni tan gruesa. Ni tan dura. Osvaldo, como un borracho, a veces la mirabamientras le chupaba la verga, a veces miraba detrás, lo que le daba una vistaperfecta de aquella magnífica mujer. ¡Ese culo! Era como un sueño. Una escenaimposible, pero que estaba ocurriendo de verdad. Y aquella ropa, aquellaselegantes medias negras, sujetas a la cintura por la liga. Aquella mujer teníasin duda un don para disfrazarse en la vida cotidiana. ¿Cómo pudo pasar todoeso desapercibido para todos?
Ella, a su vez, succionó con deleite. Sin prisas. Casi como siestuviera reaprendiendo los movimientos adecuados para complacer a un hombre. Observólas reacciones del muchacho mientras su lengua exploraba su miembro erecto,notando cómo reaccionaba cuando ella le lamía los testículos. El placer que élmostraba, especialmente en ese momento, se reflejaba en ella, e intensificó susesfuerzos, llevándolo al éxtasis.

Cuando se levantó para quitarse la bombacha, los genitales de DoñaInés quedaron a la altura de su cara, y él no pudo contenerse. Le bajó labombacha con ambas manos y hundió la cara entre sus muslos. Era la primera vezque le practicaba sexo oral a una mujer. Pero no lo parecía.
Los fluidos que exudaba, el olor, el sabor, la textura... todo era tanembriagador, tan seductor. Imposible que no le gustara. Era como si lo hubierahecho todo el tiempo. Le apretó los muslos con ambas manos y la atrajo haciasí, enterrando su rostro aún más profundamente, casi entrando en su cuerpo.Doña Inés tembló y sintió cada centímetro de su lengua invadir su intimidad,separando las piernas y arqueándose para facilitarlo. Después de un rato, eljoven se dio cuenta de dónde debía lamer con más intensidad, y entonces sevolvió aún más placentero. Pensó para sí misma que su marido nunca la habíachupado con tanto deseo. De hecho, pensándolo bien, nunca la había chupado, ycomo ella no había tenido esa experiencia con otro hombre, esta era la primeravez. Sin saberlo en ese momento, ambos estaban experimentando ese movimientopor primera vez en sus vidas.
Una ruidosa secuencia de explosiones de petardos se escuchó fuera dela habitación. Eso sugería que alguien había marcado un gol. En ese precisoinstante, Doña Inés se entregó por completo. La lengua del muchacho, adherida aella como una ventosa, exploró cada rincón de su vagina palpitante.

Osvaldo ya había visto a mujeres tener un orgasmo antes, pero solo enpelículas. En las dos ocasiones anteriores en las que había tenido relacionessexuales con chicas, solo él había eyaculado. Fueron experiencias rápidas eincómodas. Una vez en el bosque detrás de la escuela y otra en la escalera deun edificio.
Pero ahora estaba sucediendo justo ahí, ante sus ojos, alrededor de sulengua. Así que intentó aprovechar todo lo que pudo. Tan pronto como ellaterminó de llegar al clímax, la levantó y la giró por la cintura, de modo quequedó boca arriba. Volvió a enterrar su rostro en su carne, pero esta vez entresus voluptuosas nalgas. Había pensado en eso todo el día. Tanto como los pechosde Doña Inés, sus nalgas también lo volvían loco. Recorrió con su lengua cadarincón, enloqueciendo a la mujer. Cuando la punta de su lengua encontró laentrada de su orificio, se estiró aún más y entró hasta donde pudo. Ella dejóescapar un fuerte gemido. Estaba atónita. Sinceramente pensó que, cuando algosucediera entre ellos, tendría que explicarle todo al joven. No había esperadomucho para una primera vez, pero se había equivocado. Aunque no teníaexperiencia, Osvaldo la sorprendió con un entusiasmo desbordante, dejándoseguiar únicamente por el instinto.
"Este hijo de puta... me está matando", pensó para sí misma,mientras la lengua de Osvaldo seguía castigándola frenéticamente.

Con cierto esfuerzo, Doña Inés logró que el joven volviera a sentarseen el sofá. Tenía las piernas pesadas y débiles. Era agotador llegar al clímaxde pie. En su caso, lo era aún más porque no estaba acostumbrada.
Osvaldo se sentó y su verga apuntó hacia arriba, dura como una roca,contra la cual ella comenzó a apoyarse lentamente.
El primer encuentro sexual entre ambos les provocó escalofríos. Aunqueella acababa de llegar al clímax, sintió un placer inmenso durante el acto,mientras que él no movió ni los brazos ni las piernas. Simplemente observó cómosu verga desaparecía lentamente entre la piel de aquella mujer increíble.
A pesar de toda la lubricación, Doña Inés tuvo algunas dificultadespara cubrir la totalidad del miembro del joven, porque además de que no habíasido penetrada durante mucho tiempo, también estaba el problema del tamaño y elgrosor.
Cuando finalmente logró sentarse completamente sobre él, comenzó amoverse lentamente hacia arriba y hacia abajo, provocando suspiros y gemidosprolongados. Estaba devorando al descarado joven y obteniendo un placerespecial de ello.
Tiempo después, ya acostumbrada al tamaño y la forma, comenzó acabalgar con más facilidad, mientras Osvaldo solo podía gemir y morderse loslabios. A medida que aumentaba la sincronía entre ambos, él también movía lascaderas, facilitando la penetración desde abajo. A veces lo hacía con tantafuerza que levantaba el pesado cuerpo de la mujer, solo para dejarlo caer denuevo.

Osvaldo llegó al orgasmo gritando y, a petición de Doña Inés, ahogósus gritos, pues esta vez no iban acompañados de fuegos artificiales. En suposición, los chorros de semen subían con fuerza y bajaban lentamente, comosi la gravedad se invirtiera. Doña Inés lo observaba todo con asombro.
Era increíble cómo, hasta hacía poco, ni siquiera había pensado en elsexo, mucho menos en tener una experiencia con otro hombre, pero ahora estabaallí. Ese joven descarado estaba eyaculando allí mismo en el sofá de su sala, consu verga desproporcionada para su delgadez, haciendo que disfrutara tantoviéndolo como sintiéndolo dentro de ella. El joven terminó de eyacular, pero sudeseo era tan fuerte que su erección permaneció. Actuó como si el mundoestuviera a punto de acabarse y, sin perder más tiempo, la giró, le dio unassuaves caricias con la cabeza de su verga y la penetró de nuevo. Esta vez, pordetrás. Doña Inés tenía algo de experiencia en sexo anal con su marido, perohabía sido hace mucho tiempo. Cuando Osvaldo entró sin avisar, apenas podíacreerlo. Al principio le ardió mucho, pero el dolor desapareció mucho másrápido de lo que imaginaba. Quizás por la intensidad, por la emoción de ambos,tal vez debido a la cantidad de lubricación. Cualquiera que sea la razón, laverdad es que la penetración anal estaba siendo placentera. Mucho más de lo queimaginaba. El miembro duro la invadió con deseo y sin vacilación y todo lo quepudo hacer en ese momento fue prepararse para recibirlo de la mejor maneraposible.

Osvaldo la montó. Literalmente. La penetración era tan intensa que sustestículos chocaban con la mullida carne de Doña Inés. Embistió con tal furiaque su carne sudorosa crujió al chocar. Doña Inés le había dicho que bajara elritmo, pero él cedió tras pedírselo varias veces. El joven estaba en trance.Era un hombre penetrando a una mujer. En ese momento, nada más existía. Elnormalmente tranquilo Osvaldo estaba poseído. Aceleró sus movimientos y clavólos dedos en sus nalgas, indicando que estaba a punto de llegar al clímax unavez más. Y no tardó mucho. Tras unas cuantas embestidas más fuertes, volvió aeyacular, esta vez dentro del culo de la mujer. Ella rugió, él rugió... y estavez los fuegos artificiales estallaron en el momento justo. Tras el orgasmo,ambos se desplomaron sobre la alfombra del salón, donde permanecieron un buenrato.
Doña Inés fue la primera en levantarse y miró el reloj de pared. Yaera bastante tarde.
“Despertate. ¿No te vas a tu casa?”
“Le dije a mi tía que iba a dormir fuera de casa esta noche. Si no teimporta.”
“No, no me importa. Podés dormir acá.”
Doña Inés sonrió y condujo al muchacho a su cama. ¿Qué más podíahacer? No estaba acostumbrada a recibir visitas. En aquella casa solo había unacama. Al día siguiente era domingo. Como siempre, el bar cerraba al amanecer.El silencio solo se rompía al mediodía con el sonido del tocadiscos.
Quienes pasaban por la calle podían, como siempre, oír los sonidos de losviejos boleros.
Si alguien se percató de que cantaba la canción por primera vez, nodijeron nada. Al fin y al cabo, allí estaba Doña Inés, como siempre. Nadie lanotó, salvo aquel joven, que tenía la mirada de quien lo ve todo.

FIN
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