Mis amores está es otra saga que los espera en mi loyal fans aclaro en mi loyal van a seguir teniendo los gif mis amores los espero
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Mi padre nos abandonó apenas se enteró de mi existencia. Mi madre, Elena, me tuvo cuando apenas tenía quince años, una adolescente sin experiencia que tuvo que salir adelante sola. Por esa razón, mientras yo crecía, ella también lo hacía. Cuando cumplí los dieciocho años, mi madre tenía apenas treinta y tres: una mujer en la plenitud de su juventud, madura, atractiva y con un cuerpo despampanante que robaba miradas en cualquier lugar.
Desde que tengo memoria, mi madre andaba sin ropa o extremadamente ligera por toda la casa. Al ser tan joven cuando me criaba, para ella era la cosa más natural del mundo prescindir del pudor.
Era habitual verla en la rutina diaria, lavando el baño totalmente al desnudo, dejando que el agua y el jabón le corrieran por la espalda, las caderas y las nalgas frente a mí, sin que le importara en lo absoluto mi presencia mientras se paseaba mojada por los pasillos.
En las mañanas, el panorama en la cocina no era distinto: preparaba el desayuno usando únicamente una camisa suelta sin nada debajo y una tanguita mínima que le dejaba las piernas y media cadera al descubierto. Se inclinaba sobre el mesón a propósito para servirme el café, dejando sus senos a la vista y sabiendo perfectamente que para un muchacho de mi edad era imposible no mirarla.
Dormíamos en la misma cama casi todas las noches. Para un niño eso no significaba nada, pero al entrar en la adolescencia, tener a una mujer de treinta y tres años tan sensual al lado mío hizo que mi cuerpo empezara a reaccionar de forma incontrolable.
Un día, teniendo catorce años, me desperté a su lado con una erección involuntaria que chocaba contra su pierna. Me moría de la vergüenza y del miedo, intentando distanciarme sin hacer ruido. Pero Elena se dio cuenta, me miró de lado con una sonrisa maliciosa y, en lugar de alejarse, deslizó su mano sobre mis calzoncillos, acomodándome la tela y rozando con lentitud mi anatomía despierta.
—*Tranquilo, mi amor...* —murmuró al oído, dejándome sentir su aliento tibio—. *Mira cómo ha crecido mi muchacho. Pensar que cuando eras chiquitico yo te limpiaba todo, y ahora miren en lo que te estás convirtiendo. Es totalmente normal que reaciones así cuando tienes al lado a una mujer de verdad.*
A partir de ese día, el contacto físico tomó un rumbo cargado de morbo. A veces, estando los dos acostados viendo televisión, su mano se deslizaba "por accidente" debajo de la cobija para darme masajes suaves en los muslos o acariciarme sobre la ropa interior con la excusa de consentirme para que me durmiera. Si yo me ponía rígido por el impacto y la excitación, ella se pegaba a mi espalda, respirándome en el cuello y pegando sus senos desnudos a mi piel.
Esa manipulación también se convirtió en un control obsesivo sobre mi vida social. Si me veía hablando por mensaje con alguna compañera de la universidad, me quitaba el teléfono de las manos con firmeza, fingiendo desinterés mientras leía las conversaciones. Luego se me acercaba de frente, reduciendo la distancia hasta que sus pezones casi tocaban mi camisa, me agarraba la barbilla y me decía en tono burlón pero posesivo:
—*¿De verdad te llaman la atención estas niñitas sin gracia? Míralas, no tienen ni cuerpo ni experiencia. Ninguna de esas muchachitas de la calle te va a dar ni la mitad de lo que una mujer como yo podría darte si te dejas enseñar.*
Yo me quedaba paralizado, sintiendo cómo el corazón me latía a mil por hora. Entre las imágenes de ella paseándose desnuda por la casa, sus caricias disimuladas por encima de los calzoncillos y sus comentarios cargados de doble sentido, mi mente no hacía más que dar vueltas. Para cuando cumplí los dieciocho años, el límite entre madre e hijo estaba completamente desdibujado en mi cabeza, y yo vivía obsesionado con la mujer que compartía mi mismo techo.
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Mi padre nos abandonó apenas se enteró de mi existencia. Mi madre, Elena, me tuvo cuando apenas tenía quince años, una adolescente sin experiencia que tuvo que salir adelante sola. Por esa razón, mientras yo crecía, ella también lo hacía. Cuando cumplí los dieciocho años, mi madre tenía apenas treinta y tres: una mujer en la plenitud de su juventud, madura, atractiva y con un cuerpo despampanante que robaba miradas en cualquier lugar.
Desde que tengo memoria, mi madre andaba sin ropa o extremadamente ligera por toda la casa. Al ser tan joven cuando me criaba, para ella era la cosa más natural del mundo prescindir del pudor.
Era habitual verla en la rutina diaria, lavando el baño totalmente al desnudo, dejando que el agua y el jabón le corrieran por la espalda, las caderas y las nalgas frente a mí, sin que le importara en lo absoluto mi presencia mientras se paseaba mojada por los pasillos.
En las mañanas, el panorama en la cocina no era distinto: preparaba el desayuno usando únicamente una camisa suelta sin nada debajo y una tanguita mínima que le dejaba las piernas y media cadera al descubierto. Se inclinaba sobre el mesón a propósito para servirme el café, dejando sus senos a la vista y sabiendo perfectamente que para un muchacho de mi edad era imposible no mirarla.
Dormíamos en la misma cama casi todas las noches. Para un niño eso no significaba nada, pero al entrar en la adolescencia, tener a una mujer de treinta y tres años tan sensual al lado mío hizo que mi cuerpo empezara a reaccionar de forma incontrolable.
Un día, teniendo catorce años, me desperté a su lado con una erección involuntaria que chocaba contra su pierna. Me moría de la vergüenza y del miedo, intentando distanciarme sin hacer ruido. Pero Elena se dio cuenta, me miró de lado con una sonrisa maliciosa y, en lugar de alejarse, deslizó su mano sobre mis calzoncillos, acomodándome la tela y rozando con lentitud mi anatomía despierta.
—*Tranquilo, mi amor...* —murmuró al oído, dejándome sentir su aliento tibio—. *Mira cómo ha crecido mi muchacho. Pensar que cuando eras chiquitico yo te limpiaba todo, y ahora miren en lo que te estás convirtiendo. Es totalmente normal que reaciones así cuando tienes al lado a una mujer de verdad.*
A partir de ese día, el contacto físico tomó un rumbo cargado de morbo. A veces, estando los dos acostados viendo televisión, su mano se deslizaba "por accidente" debajo de la cobija para darme masajes suaves en los muslos o acariciarme sobre la ropa interior con la excusa de consentirme para que me durmiera. Si yo me ponía rígido por el impacto y la excitación, ella se pegaba a mi espalda, respirándome en el cuello y pegando sus senos desnudos a mi piel.
Esa manipulación también se convirtió en un control obsesivo sobre mi vida social. Si me veía hablando por mensaje con alguna compañera de la universidad, me quitaba el teléfono de las manos con firmeza, fingiendo desinterés mientras leía las conversaciones. Luego se me acercaba de frente, reduciendo la distancia hasta que sus pezones casi tocaban mi camisa, me agarraba la barbilla y me decía en tono burlón pero posesivo:
—*¿De verdad te llaman la atención estas niñitas sin gracia? Míralas, no tienen ni cuerpo ni experiencia. Ninguna de esas muchachitas de la calle te va a dar ni la mitad de lo que una mujer como yo podría darte si te dejas enseñar.*
Yo me quedaba paralizado, sintiendo cómo el corazón me latía a mil por hora. Entre las imágenes de ella paseándose desnuda por la casa, sus caricias disimuladas por encima de los calzoncillos y sus comentarios cargados de doble sentido, mi mente no hacía más que dar vueltas. Para cuando cumplí los dieciocho años, el límite entre madre e hijo estaba completamente desdibujado en mi cabeza, y yo vivía obsesionado con la mujer que compartía mi mismo techo.
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