Me quedé ahí parado en la cocina de mis suegros, con el vapor del café subiéndome a la cara y el eco de los azotes de arriba todavía retumbando en el techo. Sentía la mente adormecida, como si todo esto fuera una pesadilla ajena. Don Héctor me miraba con esa calma asquerosa de quien tiene la vida resuelta, tomando su pocillo a sorbos lentos mientras yo sentía que me deshacía por dentro.
JULIÁN: —Don Héctor... yo... no sé qué hacer, de verdad. La cabeza me dice que coja mis cosas y me abra de aquí hoy mismo, pero el cuerpo me traiciona cuando la veo a ella con Camilo... Siento una mierda en el pecho que me quema y me excita al mismo tiempo.
Don Héctor soltó una carcajada ronca, cínica, y me pegó un palmadón en la espalda que por poco me hace regar el café.
DON HÉCTOR: —Mijo, quítese esos prejuicios de trapo viejo de la cabeza. A mí nunca me gustó que mi hija anduviera moteliando por ahí corriendo peligros en la calle. En la casa de ustedes, Sofía tiene que tener la libertad de traer a Camilo o al que le dé la gana a la misma cama donde usted duerme con ella. Así es como funciona un hogar sin mentiras. Usted es el oficial, el que tiene la firma, el dueño del carro... lo demás son juegos de muchachos para no aburrirse de la rutina. Aprenda a disfrutar del privilegio que tiene, no sea pendejo.
Me quedé callado, tragándome el veneno. El viejo me estaba vendiendo la humillación como si fuera un título de propiedad. Y lo peor de todo es que, mientras lo escuchaba, la verga se me ponía dura dentro del pantalón, traicionándome por completo.
Pasaron unas tres semanas. Regresamos a nuestro apartamento en la ciudad y la rutina pareció congelar la pesadilla. Yo trabajaba de ocho a seis, cenábamos juntos, veíamos televisión y volvíamos a tener sexo en nuestra cama. Empecé a relajarme, a convencerme de que lo de la casa de los suegros había sido una locura de fin de semana, una calentura del momento. Pensé que por fin había recuperado mi hogar. Qué idiota.
Llegó un viernes por la tarde. Llegué molido del trabajo, me quité los zapatos en la entrada y, apenas caminé hacia la sala, me encontré con la sorpresa: Camilo estaba tirado en mi sofá, en bermudas, descalzo, viendo televisión con una pola de mi nevera en la mano.
CAMILO: —¡Habla, Juli! ¿Cómo va todo, hermano?
Antes de que pudiera reaccionar, Sofía salió de la cocina secándose las manos, radiante, con esa sonrisa de perra satisfecha que le salía cada vez que ese man estaba cerca. Se me acercó, me dio un beso rápido en los labios y me soltó el golpe seco, en la cara, sin anestesia ni rodeos:
SOFÍA: —Hola, mi amor... Cami llegó hace un ratico. Nos vamos a tomar unas polas arriba y a escuchar música. Hazme un favor, mi vida, hoy te quedas en el sofá de la sala para que nos dejes hablar tranquilos, ¿sí, mi gordo? Que descanses.

Ni me dejó responder. Le agarró la mano a Camilo y se lo llevó para nuestro cuarto. Escuché el chasquido seco de la puerta al cerrarse, pero no le pasaron seguro.
Me quedé parado en la mitad de mi propia sala, con el bolso del trabajo en la mano, sintiéndome el fantasma de mi propia casa. No grité, no armé show. La inercia de la sumisión me aplastó. Me acosté en el sofá, vestido, mirando las grietas del techo en medio del silencio asfixiante de la noche.
A eso de las dos de la mañana, fue imposible seguir fingiendo que dormía. El cabezal de mi propia cama matrimonial empezó a golpear rítmicamente contra la pared del pasillo.
TAC, TAC, TAC.
No se molestaron en disimular nada. Los gemidos de Sofía, altos, descarados, sin un gramo de pena por mí, retumbaban por todo el apartamento. Me levanté en trance, descalzo, caminando por el pasillo como si fuera un perro buscando a su dueño. La puerta del cuarto estaba entreabierta de par en par, dejando salir el olor espeso a sudor y a sexo reciente.
Me asomé por la rendija y la vi. Sofía estaba en cuatro patas sobre el plumón de mi cama. Tenía las nalgas rojas, marcadas por los azotes que Camilo le estaba metiendo mientras la agarraba de las caderas y se la hundía hasta el fondo.
PLAS, PLAS, PLAS / PLOC, PLOC, PLOC.



FÍA: (Gimiendo desatada, con la garganta seca) —¡Ah... ah... sí, Cami! ¡Métamela toda, uff... qué verga tan rica!... ¡Eso, revienta a tu perra!
CAMILO: (Gruñendo, dándole un nalgazo seco) —¡Mire cómo suena esta perra cuando se la hundo! ¡Usted nació para estar bien rellenada!
Camilo la volteó de un tirón, le abrió las piernas de par en par y se le montó en misionero. Sofía le rodeó el cuello con los brazos, pegándole la boca con una lengua voraz, gimiendo ahogada bajo el peso del man en la cama que yo pagaba a cuotas.

Luego, ella misma se le acomodó encima, en cuclillas, agarrándose del espaldar y rebotando rítmicamente. Las tetas le sacudían y el sudor le brillaba en la piel a la luz de la lámpara.


Me quedé petrificado en el pasillo, sintiendo cómo la verga se me ponía rígida como una piedra, rozando contra la tela de la pantaloneta. El morbo de ver cómo la destruían en mi propio cuarto me quemaba las entrañas.
No entré. No dije nada. Di media vuelta como un zombie y regresé al sofá. Me bajé el pantalón, me saqué la verga tiesa y me pegué una paja salvaje, desesperada, ahogando los jadeos en el cojín mientras escuchaba los gritos de mi mujer al otro lado de la pared. Me vine violentamente en mi propio abdomen, sintiendo una mezcla asquerosa de placer y derrota absoluta.
A la mañana siguiente, me desperté en el sofá con el semen seco en la barriga y el cuerpo molido. Sofía bajó a la cocina despeinada, oliendo a la ducha y vestida con una de mis camisetas anchas que apenas le tapaba las nalgas. Se sirvió café directo de la jarra, fresca, con esa luz radiante de quien ha sido bien atendida toda la noche.
Camilo salió del cuarto a los cinco minutos, en pantaloneta, estirándose con toda la soltura del mundo.
CAMILO: —Uy, Sofi, ese café huele sabroso... Buenos días, Juli.
SOFÍA: (Sin mirarme a la cara, dándole el pocillo a Camilo) —Hola, mi amor. Oye, Juli, hazme un favor... pásame el sartén y la mantequilla para hacerle unos huevos a Cami, que quedó muerto de hambre.
Los miré a los dos desde la mesa, en un silencio absoluto, mientras me tomaba mi café amargo. Abrí el cajón, le entregué el sartén en la mano a mi mujer y volví a sentarme, aceptando por fin la verdad: mi casa, mi cama y mi vida ya no eran mías. Yo solo era el sirviente oficial de esa trampa.
JULIÁN: —Don Héctor... yo... no sé qué hacer, de verdad. La cabeza me dice que coja mis cosas y me abra de aquí hoy mismo, pero el cuerpo me traiciona cuando la veo a ella con Camilo... Siento una mierda en el pecho que me quema y me excita al mismo tiempo.
Don Héctor soltó una carcajada ronca, cínica, y me pegó un palmadón en la espalda que por poco me hace regar el café.
DON HÉCTOR: —Mijo, quítese esos prejuicios de trapo viejo de la cabeza. A mí nunca me gustó que mi hija anduviera moteliando por ahí corriendo peligros en la calle. En la casa de ustedes, Sofía tiene que tener la libertad de traer a Camilo o al que le dé la gana a la misma cama donde usted duerme con ella. Así es como funciona un hogar sin mentiras. Usted es el oficial, el que tiene la firma, el dueño del carro... lo demás son juegos de muchachos para no aburrirse de la rutina. Aprenda a disfrutar del privilegio que tiene, no sea pendejo.
Me quedé callado, tragándome el veneno. El viejo me estaba vendiendo la humillación como si fuera un título de propiedad. Y lo peor de todo es que, mientras lo escuchaba, la verga se me ponía dura dentro del pantalón, traicionándome por completo.
Pasaron unas tres semanas. Regresamos a nuestro apartamento en la ciudad y la rutina pareció congelar la pesadilla. Yo trabajaba de ocho a seis, cenábamos juntos, veíamos televisión y volvíamos a tener sexo en nuestra cama. Empecé a relajarme, a convencerme de que lo de la casa de los suegros había sido una locura de fin de semana, una calentura del momento. Pensé que por fin había recuperado mi hogar. Qué idiota.
Llegó un viernes por la tarde. Llegué molido del trabajo, me quité los zapatos en la entrada y, apenas caminé hacia la sala, me encontré con la sorpresa: Camilo estaba tirado en mi sofá, en bermudas, descalzo, viendo televisión con una pola de mi nevera en la mano.
CAMILO: —¡Habla, Juli! ¿Cómo va todo, hermano?
Antes de que pudiera reaccionar, Sofía salió de la cocina secándose las manos, radiante, con esa sonrisa de perra satisfecha que le salía cada vez que ese man estaba cerca. Se me acercó, me dio un beso rápido en los labios y me soltó el golpe seco, en la cara, sin anestesia ni rodeos:
SOFÍA: —Hola, mi amor... Cami llegó hace un ratico. Nos vamos a tomar unas polas arriba y a escuchar música. Hazme un favor, mi vida, hoy te quedas en el sofá de la sala para que nos dejes hablar tranquilos, ¿sí, mi gordo? Que descanses.

Ni me dejó responder. Le agarró la mano a Camilo y se lo llevó para nuestro cuarto. Escuché el chasquido seco de la puerta al cerrarse, pero no le pasaron seguro.
Me quedé parado en la mitad de mi propia sala, con el bolso del trabajo en la mano, sintiéndome el fantasma de mi propia casa. No grité, no armé show. La inercia de la sumisión me aplastó. Me acosté en el sofá, vestido, mirando las grietas del techo en medio del silencio asfixiante de la noche.
A eso de las dos de la mañana, fue imposible seguir fingiendo que dormía. El cabezal de mi propia cama matrimonial empezó a golpear rítmicamente contra la pared del pasillo.
TAC, TAC, TAC.
No se molestaron en disimular nada. Los gemidos de Sofía, altos, descarados, sin un gramo de pena por mí, retumbaban por todo el apartamento. Me levanté en trance, descalzo, caminando por el pasillo como si fuera un perro buscando a su dueño. La puerta del cuarto estaba entreabierta de par en par, dejando salir el olor espeso a sudor y a sexo reciente.
Me asomé por la rendija y la vi. Sofía estaba en cuatro patas sobre el plumón de mi cama. Tenía las nalgas rojas, marcadas por los azotes que Camilo le estaba metiendo mientras la agarraba de las caderas y se la hundía hasta el fondo.
PLAS, PLAS, PLAS / PLOC, PLOC, PLOC.



FÍA: (Gimiendo desatada, con la garganta seca) —¡Ah... ah... sí, Cami! ¡Métamela toda, uff... qué verga tan rica!... ¡Eso, revienta a tu perra!
CAMILO: (Gruñendo, dándole un nalgazo seco) —¡Mire cómo suena esta perra cuando se la hundo! ¡Usted nació para estar bien rellenada!
Camilo la volteó de un tirón, le abrió las piernas de par en par y se le montó en misionero. Sofía le rodeó el cuello con los brazos, pegándole la boca con una lengua voraz, gimiendo ahogada bajo el peso del man en la cama que yo pagaba a cuotas.

Luego, ella misma se le acomodó encima, en cuclillas, agarrándose del espaldar y rebotando rítmicamente. Las tetas le sacudían y el sudor le brillaba en la piel a la luz de la lámpara.


Me quedé petrificado en el pasillo, sintiendo cómo la verga se me ponía rígida como una piedra, rozando contra la tela de la pantaloneta. El morbo de ver cómo la destruían en mi propio cuarto me quemaba las entrañas.
No entré. No dije nada. Di media vuelta como un zombie y regresé al sofá. Me bajé el pantalón, me saqué la verga tiesa y me pegué una paja salvaje, desesperada, ahogando los jadeos en el cojín mientras escuchaba los gritos de mi mujer al otro lado de la pared. Me vine violentamente en mi propio abdomen, sintiendo una mezcla asquerosa de placer y derrota absoluta.
A la mañana siguiente, me desperté en el sofá con el semen seco en la barriga y el cuerpo molido. Sofía bajó a la cocina despeinada, oliendo a la ducha y vestida con una de mis camisetas anchas que apenas le tapaba las nalgas. Se sirvió café directo de la jarra, fresca, con esa luz radiante de quien ha sido bien atendida toda la noche.
Camilo salió del cuarto a los cinco minutos, en pantaloneta, estirándose con toda la soltura del mundo.
CAMILO: —Uy, Sofi, ese café huele sabroso... Buenos días, Juli.
SOFÍA: (Sin mirarme a la cara, dándole el pocillo a Camilo) —Hola, mi amor. Oye, Juli, hazme un favor... pásame el sartén y la mantequilla para hacerle unos huevos a Cami, que quedó muerto de hambre.
Los miré a los dos desde la mesa, en un silencio absoluto, mientras me tomaba mi café amargo. Abrí el cajón, le entregué el sartén en la mano a mi mujer y volví a sentarme, aceptando por fin la verdad: mi casa, mi cama y mi vida ya no eran mías. Yo solo era el sirviente oficial de esa trampa.
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