
La verdad es que nunca pensé que la vida me iba a dar un giro tan raro a los cuarenta y dos. Quince años atrás, cuando me separé, mi esposa se quedó con ella. Era una niña todavía. Yo trabajaba en la capital, pagaba lo que podía, la veía los fines de semana cuando el trabajo me lo permitía. Con el tiempo las visitas se hicieron más cortas, las llamadas más rápidas. Ella creció lejos, con su mamá. Yo me acostumbré a vivir solo. El departamento era chico, silencioso, ordenado a mi manera. Llegaba, me servía algo, veía tele un rato y me dormía. Así pasaron los años.
Cuando ella cumplió dieciocho y consiguió cupo para estudiaren la capital me llamó. Me dijo que si podía vivir conmigo un tiempo, que así ahorraría. Yo dije que sí. ¿Qué iba a decirle? Era mi hija. Tenía una habitación pequeña que usaba de depósito. La vacié, le puse una cama, un velador, un clóset viejo. El día que llegó con dos maletas me di cuenta de que ya no era la niña que yo recordaba.
Camila tiene unos ojos verdes enormes, de esos que se te quedan mirando y uno no sabe si sonreír o apartar la vista. El pelo le llega un poco más abajo de los hombros, de un rubio sucio, natural. El cuerpo… pues el cuerpo de una mujer joven. Caderas marcadas, cintura estrecha, piernas largas. Los primeros días andaba con ropa holgada, como para no incomodar. Después se relajó. Camisetas cortas, shorts, a veces una de esas poleras que se le suben un poco cuando se estira. Unas noches, viéndola sentada en el sofá con las piernas cruzadas, me di cuenta de que debajo de la camiseta no llevaba nada. Sele marcaban los pezones. Pequeños, duros cuando hacía fresco. Yo apartaba la mirada y me iba a la cocina a servirme agua que no necesitaba.
La convivencia me costó. Yo había vivido solo demasiado tiempo. Dejaba la toalla tirada, el plato en el lavabo, la tele alta. Ella cerraba la puerta de su cuarto, ordenaba sus cosas, ponía música bajito. Hablábamos poco al principio. “¿Comiste?”, “Sí, papá”. “¿Cómo te fue en clases?”. “Bien”. Y se acababa. Yo sentía que tenía a una extraña en la casa, una extraña que se parecía demasiado a la niña que yo había cargado en brazos años atrás.
El trabajo a veces es hasta las diez, las once. No tengo carro. El bus me deja a cinco cuadras. De ahí camino. Esa avenida, a esa hora, está llena de mujeres. Jóvenes, adultas, todas con poca ropa. Minifaldas, tops que apenas cubren, botas altas. Cuando paso, algunas se me acercan. Se bajan un poco la blusa, se alzan la falda, se dan la vuelta y me muestran. “¿Paseamos, papito?”, “Rico y barato”. Yo bajo la cabeza y sigo. Nunca paré. Siempre supe que era peligroso: un asalto, una enfermedad, un problema con la policía. Perolas imágenes se me quedaban pegadas. Llegaba a la casa, me encerraba en mi cuarto y me masturbaba pensando en esas tetas al aire, en esas nalgas que me habían enseñado dos cuadras antes. Después me sentía sucio y me dormía.
Con Camila en la casa eso se complicó. Ya no podía hacer ruido. Ya no podía quedarme en el baño tanto rato. Y encima ella andaba por ahí con esa ropa. Un día la vi salir de la ducha con una toalla corta, el pelo mojado pegado a la espalda, las piernas brillando. Otro día estaba tendida en el sofá boca abajo, el short subido, la camiseta levantada un poco en la cintura. Yo pasaba y sentía algo que no quería sentir. Pensamientos que medaban asco de mí mismo. “Es tu hija”, me decía. “Tiene dieciocho, pero es tu hija”. Y igual la imaginaba. Igual me duraba la verga en la cama, solo, con la puerta con seguro.
Esa noche llegué más tarde de lo normal. El bus se demoró. Caminé rápido. En la esquina una chica joven, de unos veinte, se me plantó enfrente. Me miró, sonrió y, sin decir nada, me puso la mano en la entre pierna. Me apretó un segundo, justo donde ya estaba medio duro de tanto ver minifaldas. “Rico está”, me dijo. Yo me quité, murmuré un “no, gracias” y seguí. El corazón me latía fuerte. La verga se me quedó semi erecta las cinco cuadras. Sentía el roce del pantalón, el calor. Pensé en meterme a cualquier callejón y terminar ahí mismo, pero no lo hice.
Llegué. Abrí la puerta. Camila estaba en el sofá, viendo tele, con una camiseta corta y un pantaloncito apretado. Me saludó sin levantar mucho la vista.
—Hola, papi. ¿Cansado?
—Un poco —dije—. Voy a ducharme.
Fui derecho al baño. Cerré la puerta… o creí cerrarla. Me desnudé. El agua caliente me cayó encima y por fin pude tocarme. Me agarré la verga, que ya estaba dura del todo, y empecé a mover la mano. Cerré los ojos. Vi las tetas de la chica de la esquina, las nalgas de otra que se había agachado, y de pronto, sin querer, vi a Camila en el sofá, la camiseta subida, los pezones marcados. Me corrí casi de inmediato, pero me contuve. Seguí. Más fuerte. El agua tapaba el sonido.
Entonces oí la voz.
—Papá.
Me congelé. El chorro seguía cayendo. La cortina se movió un poco.
—¿Qué pasa, hija?
—Escúchame.
La voz estaba cerca, al otro lado de la cortina.
—Quiero ayudarte.
Tragué saliva.
—¿Cómo me vas a ayudar?
—Con lo que estás haciendo.
El agua me golpeaba la cara. No supe qué decir.
—¿A qué te refieres?
—Yo te puedo ayudar a desahogarte.
—Eres mi hija. ¿Qué estás diciendo?
Hubo un silencio. Después su voz, más baja, más segura:
—Papá, tú eres un hombre. Yo soy una mujer. Los dos tenemos necesidades. Podemos ayudarnos mutuamente.
Iba a responderle, a echarla, a decirle que se fuera a su cuarto, cuando la cortina se corrió de lado. Camila estaba ahí. La camiseta corta, mojada ya por el vapor, pegada al cuerpo. No llevaba sostén. Los pezones se le veían oscuros, duros, a través de la tela. El pantaloncito apretado le marcaba el bulto del coño. Me miró a los ojos, sin sonreír siquiera. Entró bajo el agua. El chorro le cayó en el pecho y la camiseta se le transparentó del todo. Las tetas se le veían redondas, pesadas para su edad, los pezones parados.
Yo no pude moverme. Ella se sacó la camiseta de un tirón. Las tetas quedaron libres, gotas corriendo por los costados, por el medio. Se agachó, se bajó el short. No llevaba nada debajo. El vello era claro, recortado. Se arrodilló en el piso de la ducha, el agua cayéndole en la espalda, y me tomó la verga con las dos manos. Me la metió en la boca. No quise o no pude evitarlo.
Estaba caliente, húmeda. La lengua le daba vueltas en la cabeza, después bajaba. Chupaba despacio, como si estuviera aprendiendo el sabor. Yo me apoyé en la pared. El agua nos mojaba a los dos. Sentía sus tetas rozarme las piernas cuando se inclinaba más. Ella gemía bajito con la boca llena. Me miraba de vez en cuando con esos ojos verdes.
Después se levantó, se dio la vuelta, apoyó las manos en la pared y abrió las piernas.
—Métela —dijo—. Despacio.
Yo ya no pensaba. Agarré mi verga, la puse en la entrada de su coño. Estaba mojada, no solo por el agua. Empujé. Entré rico, suave, caliente. Ella soltó un ahogado. Me apreté contra su espalda, le agarré las caderas. Empecé a moverme despacio, como ella había pedido. Cada vez que entraba del todo ella empujaba hacia atrás. El agua resbalaba entre nosotros. Le agarré una teta, después la otra. Los pezones se le pusieron más duros todavía. Ella movía la cintura, pedía más, más profundo. Yo no aguanté. Sentí que se me venía y no me saqué. Me corrí adentro, apretándola contra mí, con la cara enterrada en su pelo mojado.
Ella se quedó quieta un momento. Después se dio la vuelta, todavía conmigo adentro, un poco. Me sonrió. Me besó en la boca, un beso largo, con lengua. El agua nos caía en la cara.
—No te preocupes, papá. Esto es nuestro secreto.
Tomó una toalla, se envolvió y salió. Yo me quedé bajo el chorro un rato más, sin saber si había soñado. Terminé de enjuagarme, me sequé, me puse el pijama y me fui a mi cuarto. No pude dormir.
Al día siguiente, en la mañana, ella estaba en la cocina haciéndose un café. Yo me senté. Quise hablar.
—Camila, anoche…
Ella me miró por encima de la taza.
—No. No te preocupes. Eso es nuestro secreto. Yo sé lo que estoy haciendo. Siempre que necesites algo, yo estoy disponible.
Y se fue a vestirse para clases.
Así empezó.
No fue todos los días. A veces pasaba una semana. A veces dos. Yo llegaba tarde, o no tan tarde. Entraba a su habitación. Ella ya sabía. Dejaba el celular, se sentaba en la cama. Nos besábamos primero, despacio, como si todavía estuviéramos midiendo hasta dónde podíamos llegar. Yo le subía la camiseta, le agarraba las tetas. Ella me desabrochaba el pantalón. Nos desnudábamos el uno al otro, sin apuro. A veces ella se arrodillaba y me la chupaba hasta que yo le decía que parara. Otras veces yo me bajaba entre sus piernas y le comía el coño hasta que se venía calladita, apretándome la cabeza con las manos. Aprendimos juntos. Ella encima, moviéndose despacio, las tetas rebotándole cerca de mi cara. Yo detrás, agarrándole el pelo. De lado, con una pierna de ella sobre mi cintura. En el sofá, cuando el departamento estaba a oscuras y nadie podía vernos. En la ducha otra vez, con el agua tapando los gemidos.
Había cariño. Había también mucha lujuria. Yo la miraba dormir después, el pelo revuelto, una teta afuera de la sábana, y sentía algo que no sabía nombrar. Culpa, alivio, ganas de volver a meterla. Ella a veces se quedaba un rato en mi cama, con la cabeza en mi pecho, y me decía que estaba bien, que no le hiciera problema, que así los dos estábamos menos solos.
Los días normales seguíamos como padre e hija. Desayuno, “¿te fue bien en la universidad?”, “sí, papi”. Ella tendía su cama, yo lavaba los platos. Pero en las noches, cuando la casa se quedaba en silencio y yo sentía que la verga se me ponía dura de solo pensar en ella, tocaba la puerta de su cuarto. A veces ni tocaba. Entraba. Ella me esperaba.
Nunca hablamos de lo que pasaría si alguien se enteraba. Nunca hablamos de su mamá, ni del futuro. Solo de eso que teníamos: el secreto, el cuerpo del otro, las ganas que no se iban. Yo seguía pasando por la avenida a esas horas. Las mujeres seguían insinuándose. Yo ya no las miraba tanto. Llegaba a la casa, saludaba a Camila y, si ella estaba despierta y me miraba de cierta forma, sabía que esa noche no iba a masturbarme solo.
A veces, después de correrme adentro de ella, ella se reía bajito y me decía:
—Otra vez, papi. Todavía tengo ganas.
Y yo, a los cuarenta y dos, con la hija de dieciocho que había venido a estudiar y se había quedado a vivir en la habitación chica, volvía a ponerme duro. La besaba. La penetraba otra vez. Más despacio, más hondo. Hasta que los dos nos quedábamos quietos, sudados, el uno contra el otro, y el departamento volvía a quedar en silencio.
Eso es lo que somos ahora. Padre e hija de día. Lo otro, de noche. Nuestro secreto.
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