Para los que me pidieron que me mostrará en una foto bueno pues aquí la tienen. Una de perfil para visualizar que le ponía en la cara a Steven.

—Mami, préstame ese culito... quiero estrenarlo bien hoy —me susurró, quiero rompertelo estás bien nalgona y me excita hacerte gritar y ver esas nalgotas comiéndose mí verga.
Yo estaba prendida fuego. El miedo de hace unos minutos se había transformado en una entrega total.
—¡Dámelo, Steven! ¡Hazme lo que quieras! —le grité, perdiendo los estribos y sin importarme que mi hijo pudiera escuchar.
Escuché el sonido de su saliva cayendo de su boca a la entrada de mi culito, pero yo sabía que no i a ser suficiente así que le dije que en tocador había aceite de almendras. Agarró el frasco y empezó a untar su miembro y la entrada de mi culito. Se acomodó detrás de mí y, sin mucha ceremonia, sentí la punta de su vergón buscando la entrada prohibida jajaja. Con un empujón firme y lento, empezó a abrirse paso.

—¡Ay, cabrón! —se me escapó el grito y un gemido bastante fuerte por el dolor que empecé a sentir, clavando las uñas en el colchón. Sentía la presión en mi culito y el dolor por el grosor de su miembro.
Me dolía, me estiraba de una forma irreal, pero ese dolor venía acompañado de una corriente que me recorría la columna. Steven no tuvo piedad; una vez que entró la cabeza, dio un embestida seca que me llenó por completo pero a la vez me hizo dar un fuerte gemido mientras apretaba las sábanas.

Sentir ese grosor abriéndome el culo mientras él me agarraba del pelo para mantenerme en posición me hizo ver estrellas. Empezó a bombearme con una fuerza bruta, yo no paraba de gritar, con la voz ya ronca, mientras sentía cómo me desarmaba por dentro. El placer era tan intenso que me nublaba la vista; era una sensación de plenitud que me fascinaba y a la vez me desequilibrada del dolor haciendo incontrolables mis gemidos y mis gritos.
Estábamos en plena cogida cuando se escucha la puerta.
- ¿Mami estás bien? Era mi hijo tocando, si el decidia abrir ya que no tenía seguro me encontraría totalmente desnuda con Steven mi amante vergudo con todo su pene en mi culito hasta el fondo y yo en 4 con las nalgas levantadas enseñándole hasta mi alma a Steven.
Trate de contener mi respiración para sonar tranquila lo cual fue muy difícil recibiendo la cogida infernal de Steven que me hacía gemir demasiado.
-si mi amor estoy haciendo ejercicio, pero no entres porque eché insecticida.
-okey mami es que estabas gritando y me preocupé. Iré a ver la tele.
- si amor, estoy bien muy bien
Siguió penetrandome muy duro por mi culito.

De repente, Steven soltó un gruñido animal y dio las estocadas finales, enterrándome hasta la base de su verga sin ninguna piedad lo que me dolía bastante pero me excitaba mucho.

Sentí el calor de su eyaculación llenando todo mi culito, era mucha leche la que me estaba dando, una presión que me hizo pulsar las paredes del culo alrededor de él y apretar mis nalgas para exprimir hasta la última gota. Se quedó ahí, aplastándome con su peso, sudado y agotado, mientras yo me quedaba jadeando, con las piernas temblorinas, el alma por el piso de tanto placer y el culo adolorido y lleno de su semen.
Después nos quedamos ahí tirados en la cama revuelta. El silencio de la casa, que hace diez minutos era de terror, ahora era cómplice. Steven estaba acostado bocarriba, jadeando, con su torso perfecto brillando por el sudor y su vergón todavía semiduro descansando sobre su muslo y yo con con mi cabeza recargada sobre su pecho y mi culo expulsando todo su semen. Nos empezamos a reír, una risa nerviosa y cargada de adrenalina por lo cerca que estuvimos de que el policía nos cachara.
Me acerqué a su oído y, mientras le delineaba los abdominales con la punta de los dedos, solté la bomba:
—Steven... tengo que confesarte algo. Estoy embarazada.
Era un secreto que tenia guardado y que yo sabia que no era de el, pero quería espantarlo jajaja pero vi cómo se le pelaron los ojos de puro susto y se puso pálido en un segundo, seguramente imaginándose pañales y una patrulla persiguiéndolo por toda la ciudad. Pero antes de que dijera nada, solté una carcajada y lo tranquilicé.
—Cálmate, que es de mi marido. Él me pidió un segundo hijo y hemos estado cogiendo para tenerlo. Ya me hice la prueba y dio positivo pero quería ver tu reacción jajaja.
Steven soltó un suspiro de alivio y se empezó a reír conmigo, relajando los hombros.
—¡Que bueno, casi me matas del susto, mami! —me dijo, volviendo a jalarme hacia él—. ¿Y ahora qué? ¿Vamos a dejar de coger por eso? Aunque si me gustaría preñar te eh.
Le di un manotón juguetón en el brazo y le clavé la mirada.
—¡Ni loca! Te lo digo porque ahora que ya estoy embarazada, ya no hay riesgo de nada. A partir de ahora vamos a poder coger sin preocupaciones, además si me hubieras preñado le hubiera dicho a mi esposo que era de el por eso a pesar de que te corras en mi vagina no me tomaba la pastilla porque mi esposo me llenaba en las noches para quedar embarazada pero ahora Steven... No tienes de que preocuparte, lléname de tu leche.
En cuanto dije eso, vi cómo su vergón reaccionó de inmediato, poniéndose como un garrote otra vez. Steven se levantó de un salto, me agarró la cara con esas manos grandes y me plantó un beso emocionado, cargado de una lujuria nueva. Saber que ahora podría llenarme por completo sin preocupación, sin frenos y con la "excusa" perfecta del embarazo frente a mi marido, lo puso como un animal.
Steven no perdió ni un segundo. —¡Ven acá, mami! —me gruñó, agarrándome de los muslos y jalándome hacia la orilla de la cama con una fuerza que me hizo soltar un grito de pura excitación.
Me abrió de piernas por completo, exponiendo mi vagina ante su mirada hambrienta. Se acomodó entre mis muslos y, sin preámbulos, apoyó la cabeza de su verga contra mi entrada. Sentir el calor directo de su carne contra la mía, ese roce húmedo y vivo que tanto había extrañado, me hizo arquear la espalda antes de que siquiera entrara. Con un empujón profundo, Steven se hundió en mí de un solo golpe.
—¡Hijo de su madre! —gemí con la voz quebrada, sintiendo cómo su grosor me estiraba las paredes de la vagina de una forma muy agresiva pero rica.
Sentirlo ahí hasta el fondo de mi ser, era una sensación de plenitud absoluta. Steven empezó a bombearme con una cadencia bruta, sus abdominales de acero chocando contra mi vientre, donde ya crecía el hijo de otro, pero donde solo él mandaba en ese momento. Sus manos grandes me apretaban los senos con una posesión que me volvía loca, mientras me devoraba la boca con besos que sabían a gloria.

—¡Así te quería sentir, apretadita y caliente! —me decía al oído, acelerando el ritmo hasta que las estocadas se volvieron golpes rítmicos que hacían rechinar la cama de mi marido.
Yo no podía más. Me agarraba de sus hombros tensos, sintiendo el relieve de sus venas bajo mi tacto, mientras el placer me nublaba la vista. Saber que me estaba llenando de leche una y otra vez me encantaba, que sus jugos se estaba mezclando con la mía, me hizo llegar a un orgasmo tan violento que sentí que me desmayaba. Steven soltó un gruñido animal, se enterró hasta la raíz y se vació dentro de mí con una fuerza que me hizo pulsar alrededor de él durante un buen rato.
Nos quedamos ahí, fundidos en un abrazo sudado y pegajoso, disfrutando del secreto más sucio y delicioso del mundo. Mi marido creía que estaba formando una familia, sin saber que su segundo hijo me había ayudado para entregarme en cuerpo y alma al semental de 24 años que me hacía sentir mujer de verdad y que me llenaba mi boca, mi culo y mi vagina con su semen.
Después de ese round tan intenso, la adrenalina seguía por las nubes. Nos metimos a bañar juntos para quitarnos el rastro de la batalla, pero el agua caliente solo sirvió para encender de nuevo la chispa. Bajo la regadera, Steven me abrazaba por la espalda, pasando sus manos grandes por mi panza de embarazada que todavía no se notaba, acariciándola con una mezcla de morbo y ternura. Sentía su vergón rozándome las nalgas, todavía firme y caliente entre el agua y el jabón.
—Mami, no sabes lo que me prende pensar que te voy a coger cuando estés panzona y te voy a dar unas cileadas muy ricas—me susurraba al oído mientras me mordía el hombro—. Quiero sentir cómo me aprieta tu vagina estando prelada, sentirte toda mía de verdad.
Nos reíamos y nos besábamos bajo el chorro de agua, sintiéndonos los dueños del mundo por haber burlado al "cornudo" de mi marido de esa forma tan descarada. Pero el tiempo se nos iba y ya llevábamos demasiado encerrados en el baño. Salimos a secarnos y a cambiarnos rápido antes de que mi marido llegara.
Pero me quedé tonta viéndolo mientras se vestía. Steven se puso su bóxer gris y el bulto que se le marcaba era una cosa de locos. Verlo ahí parado, con sus abdominales perfectos, me hizo sentir una urgencia que no pude controlar. Estaba tan caliente que, sin pensarlo dos veces, me arrodillé en el suelo frente a él.
Él me miró con asombro, soltando una risa ronca.
—¿Otra vez, mami? No te llenas con nada —me dijo, pero se quedó quieto, disfrutando de mi entrega.
Le bajé el bóxer despacio y, al ver cómo esa verga venuda saltaba de nuevo hacia mi cara, se lo empecé a chupar con una gula desesperada. Me encantaba la vista desde abajo; ver sus músculos tensos, sus brazos venudos y esa mirada de poder que ponía cuando yo estaba a sus pies. Saborearlo crudo, sentir su olor y su sabor de verga rica, era la confirmación de que este embarazo era lo mejor que nos podía haber pasado para nuestro placer.
Después de ese último contacto en el suelo, Steven se terminó de vestir a toda prisa, todavía con la respiración agitada y esa sonrisa de suficiencia de quien sabe que te dejó marcada. Lo saqué por la puerta de atrás justo cuando el sol empezaba a caer. Verlo alejarse me dejó con un vacío en la vagina que solo el recuerdo de su vergón podía llenar.
Tuve apenas 2 horas cuando escuché la patrulla estacionarse de verdad para quedarse, el corazón me dio un vuelco, pero esta vez de pura adrenalina actoral. Mi marido entró con el uniforme puesto, viéndose cansado y con ese olor a calle y oficina que tanto me aburría. Me vio ahí, sentada en el sofá con una expresión que él confundió con ternura.
—Gordo, acércate... tengo algo que decirte —le solté, fingiendo que me temblaba la voz por la "emoción".
Él se quitó la gorra, se sentó a mi lado y me tomó de la mano. Cuando le solté que la prueba había dado positivo y que por fin tendríamos ese segundo hijo que tanto me pidió, se le iluminó la cara. Me abrazó con una fuerza que me hizo recordar cómo Steven me apretaba hace unas hora, y me plantó un beso largo en los labios.
Yo le correspondía el beso, cerrando los ojos y sintiendo todavía el rastro de Steven en mi boca, el sabor de ese semental que me había tenido de rodillas minutos antes. Mi marido me acariciaba la panza, jurando que nos cuidaría a todos, sin sospechar que ese bebé era mi ayuda para entregarme sin frenos al placer prohibido.
—Eres la mejor mujer del mundo —me dijo al oído, dándome un beso en la mejilla.
Yo solo sonreí, sintiéndome la dueña de un secreto absoluto: mientras mi esposo celebraba su paternidad, yo celebraba que, a partir de mañana, cada vez que Steven viniera, ya no habría nada que nos separara ni que pudieramos tener un error.
A pesar de las náuseas y el cansancio propio del embarazo, mi cuerpo de pedía a gritos su dosis de Steven de hecho andaba más cachonda. Me encantaba la sensación de su vergón entrando en mí. Al terminar, sentir cómo su leche se escurría de mi vagina me hacía sentir más viva y marcada por él que nunca.
Hasta el quinto mes, todavía nos escapábamos a moteles para darnos con todo, pero a medida que la panza crecía y los movimientos se hacían más pesados, cambiamos la estrategia. Mi marido, el policía, salía de madrugada a sus turnos de vigilancia, dejando la cama caliente. En cuanto escuchaba que la patrulla se alejaba, mi mano volaba al celular.
—Ya se fue. Ven rápido, que me muero de ganas —le escribía a Steven.
Él llegaba como un fantasma. Se metía en la cama que mi esposo acababa de dejar y me calmaba las ansias con una fuerza que me hacía olvidar cualquier achaque. Ver sus abdominales marcados bajo la luz de la luna que entraba por la ventana, mientras él me poseía con cuidado pero con firmeza, era mi ritual sagrado. Me cogía de perrito, lo cabalgaba y si me cogía duro pero cuidaba a mi bebé.
Así seguimos, mes tras mes, desafiando la lógica y el peligro, hasta que llegó el día de dar a luz. Después de que nació el bebé y las cosas se calmaron en casa, el fuego con Steven no se apagó, pero tuvimos que optar por el condón. Cuando mi marido salia de madrugada, Steven seguia llegando a mi cama, solo que ahora el condón se hizo nuestro aliado para evitar sorpresas, a veces si le daba el regalo de cogerme sin condón y me tomana la pastilla.
Él entraba en silencio, y nos perdiamos en el placer casual de esas horas prohibidas. Mi historia con Steven fue un fuego exquisito.
Pero el ambiente en casa empezó a cambiar. Mi marido, se volvió muy celoso. No sé si sospechaba del algun hombre o si simplemente intuía que su mujer estaba más radiante y satisfecha de lo normal o se me notaba algo aparte de las marcas que me dejaba jajaja.
Asi que por seguridad, decidimos darnos pausas. Pasábamos semanas sin vernos, pero cuando volvíamos, lo hacíamos recargados, con una hambre que hacía que las paredes de la casa temblaran. En esos intermedios, la vida de Steven también cambió; empezó a salir con otras chavas y, finalmente, me confesó que se había metido de lleno al mundo swinger como "single".
Ese fue un punto de quiebre. Aunque el deseo seguía ahí, la dinámica cambió y dejamos de tener esos encuentros semanales. Eso sí, no les voy a mentir: hubo un par de recaídas. Alguna que otra noche de copas donde la borrachera me ponía valiente y el cuerpo me pedía a gritos ese vergón que tan bien me conocía. Lo llamaba, él llegaba con esa agilidad de siempre, y por unas horas volvíamos a ser esos amantes fugitivos que burlaron a la ley en su propia habitación.
Hoy, cada vez que veo a mi marido con su uniforme, no puedo evitar soltar una sonrisita interna. Él cree que lo sabe todo, pero yo guardo en mi memoria cada rincón donde Steven me hizo sentir viva y como un dia lo escondi en la bodega de mi casa mientras el estaba en casa.

—Mami, préstame ese culito... quiero estrenarlo bien hoy —me susurró, quiero rompertelo estás bien nalgona y me excita hacerte gritar y ver esas nalgotas comiéndose mí verga.
Yo estaba prendida fuego. El miedo de hace unos minutos se había transformado en una entrega total.
—¡Dámelo, Steven! ¡Hazme lo que quieras! —le grité, perdiendo los estribos y sin importarme que mi hijo pudiera escuchar.
Escuché el sonido de su saliva cayendo de su boca a la entrada de mi culito, pero yo sabía que no i a ser suficiente así que le dije que en tocador había aceite de almendras. Agarró el frasco y empezó a untar su miembro y la entrada de mi culito. Se acomodó detrás de mí y, sin mucha ceremonia, sentí la punta de su vergón buscando la entrada prohibida jajaja. Con un empujón firme y lento, empezó a abrirse paso.

—¡Ay, cabrón! —se me escapó el grito y un gemido bastante fuerte por el dolor que empecé a sentir, clavando las uñas en el colchón. Sentía la presión en mi culito y el dolor por el grosor de su miembro.
Me dolía, me estiraba de una forma irreal, pero ese dolor venía acompañado de una corriente que me recorría la columna. Steven no tuvo piedad; una vez que entró la cabeza, dio un embestida seca que me llenó por completo pero a la vez me hizo dar un fuerte gemido mientras apretaba las sábanas.

Sentir ese grosor abriéndome el culo mientras él me agarraba del pelo para mantenerme en posición me hizo ver estrellas. Empezó a bombearme con una fuerza bruta, yo no paraba de gritar, con la voz ya ronca, mientras sentía cómo me desarmaba por dentro. El placer era tan intenso que me nublaba la vista; era una sensación de plenitud que me fascinaba y a la vez me desequilibrada del dolor haciendo incontrolables mis gemidos y mis gritos.
Estábamos en plena cogida cuando se escucha la puerta.
- ¿Mami estás bien? Era mi hijo tocando, si el decidia abrir ya que no tenía seguro me encontraría totalmente desnuda con Steven mi amante vergudo con todo su pene en mi culito hasta el fondo y yo en 4 con las nalgas levantadas enseñándole hasta mi alma a Steven.
Trate de contener mi respiración para sonar tranquila lo cual fue muy difícil recibiendo la cogida infernal de Steven que me hacía gemir demasiado.
-si mi amor estoy haciendo ejercicio, pero no entres porque eché insecticida.
-okey mami es que estabas gritando y me preocupé. Iré a ver la tele.
- si amor, estoy bien muy bien
Siguió penetrandome muy duro por mi culito.

De repente, Steven soltó un gruñido animal y dio las estocadas finales, enterrándome hasta la base de su verga sin ninguna piedad lo que me dolía bastante pero me excitaba mucho.

Sentí el calor de su eyaculación llenando todo mi culito, era mucha leche la que me estaba dando, una presión que me hizo pulsar las paredes del culo alrededor de él y apretar mis nalgas para exprimir hasta la última gota. Se quedó ahí, aplastándome con su peso, sudado y agotado, mientras yo me quedaba jadeando, con las piernas temblorinas, el alma por el piso de tanto placer y el culo adolorido y lleno de su semen.
Después nos quedamos ahí tirados en la cama revuelta. El silencio de la casa, que hace diez minutos era de terror, ahora era cómplice. Steven estaba acostado bocarriba, jadeando, con su torso perfecto brillando por el sudor y su vergón todavía semiduro descansando sobre su muslo y yo con con mi cabeza recargada sobre su pecho y mi culo expulsando todo su semen. Nos empezamos a reír, una risa nerviosa y cargada de adrenalina por lo cerca que estuvimos de que el policía nos cachara.
Me acerqué a su oído y, mientras le delineaba los abdominales con la punta de los dedos, solté la bomba:
—Steven... tengo que confesarte algo. Estoy embarazada.
Era un secreto que tenia guardado y que yo sabia que no era de el, pero quería espantarlo jajaja pero vi cómo se le pelaron los ojos de puro susto y se puso pálido en un segundo, seguramente imaginándose pañales y una patrulla persiguiéndolo por toda la ciudad. Pero antes de que dijera nada, solté una carcajada y lo tranquilicé.
—Cálmate, que es de mi marido. Él me pidió un segundo hijo y hemos estado cogiendo para tenerlo. Ya me hice la prueba y dio positivo pero quería ver tu reacción jajaja.
Steven soltó un suspiro de alivio y se empezó a reír conmigo, relajando los hombros.
—¡Que bueno, casi me matas del susto, mami! —me dijo, volviendo a jalarme hacia él—. ¿Y ahora qué? ¿Vamos a dejar de coger por eso? Aunque si me gustaría preñar te eh.
Le di un manotón juguetón en el brazo y le clavé la mirada.
—¡Ni loca! Te lo digo porque ahora que ya estoy embarazada, ya no hay riesgo de nada. A partir de ahora vamos a poder coger sin preocupaciones, además si me hubieras preñado le hubiera dicho a mi esposo que era de el por eso a pesar de que te corras en mi vagina no me tomaba la pastilla porque mi esposo me llenaba en las noches para quedar embarazada pero ahora Steven... No tienes de que preocuparte, lléname de tu leche.
En cuanto dije eso, vi cómo su vergón reaccionó de inmediato, poniéndose como un garrote otra vez. Steven se levantó de un salto, me agarró la cara con esas manos grandes y me plantó un beso emocionado, cargado de una lujuria nueva. Saber que ahora podría llenarme por completo sin preocupación, sin frenos y con la "excusa" perfecta del embarazo frente a mi marido, lo puso como un animal.
Steven no perdió ni un segundo. —¡Ven acá, mami! —me gruñó, agarrándome de los muslos y jalándome hacia la orilla de la cama con una fuerza que me hizo soltar un grito de pura excitación.
Me abrió de piernas por completo, exponiendo mi vagina ante su mirada hambrienta. Se acomodó entre mis muslos y, sin preámbulos, apoyó la cabeza de su verga contra mi entrada. Sentir el calor directo de su carne contra la mía, ese roce húmedo y vivo que tanto había extrañado, me hizo arquear la espalda antes de que siquiera entrara. Con un empujón profundo, Steven se hundió en mí de un solo golpe.
—¡Hijo de su madre! —gemí con la voz quebrada, sintiendo cómo su grosor me estiraba las paredes de la vagina de una forma muy agresiva pero rica.
Sentirlo ahí hasta el fondo de mi ser, era una sensación de plenitud absoluta. Steven empezó a bombearme con una cadencia bruta, sus abdominales de acero chocando contra mi vientre, donde ya crecía el hijo de otro, pero donde solo él mandaba en ese momento. Sus manos grandes me apretaban los senos con una posesión que me volvía loca, mientras me devoraba la boca con besos que sabían a gloria.

—¡Así te quería sentir, apretadita y caliente! —me decía al oído, acelerando el ritmo hasta que las estocadas se volvieron golpes rítmicos que hacían rechinar la cama de mi marido.
Yo no podía más. Me agarraba de sus hombros tensos, sintiendo el relieve de sus venas bajo mi tacto, mientras el placer me nublaba la vista. Saber que me estaba llenando de leche una y otra vez me encantaba, que sus jugos se estaba mezclando con la mía, me hizo llegar a un orgasmo tan violento que sentí que me desmayaba. Steven soltó un gruñido animal, se enterró hasta la raíz y se vació dentro de mí con una fuerza que me hizo pulsar alrededor de él durante un buen rato.
Nos quedamos ahí, fundidos en un abrazo sudado y pegajoso, disfrutando del secreto más sucio y delicioso del mundo. Mi marido creía que estaba formando una familia, sin saber que su segundo hijo me había ayudado para entregarme en cuerpo y alma al semental de 24 años que me hacía sentir mujer de verdad y que me llenaba mi boca, mi culo y mi vagina con su semen.
Después de ese round tan intenso, la adrenalina seguía por las nubes. Nos metimos a bañar juntos para quitarnos el rastro de la batalla, pero el agua caliente solo sirvió para encender de nuevo la chispa. Bajo la regadera, Steven me abrazaba por la espalda, pasando sus manos grandes por mi panza de embarazada que todavía no se notaba, acariciándola con una mezcla de morbo y ternura. Sentía su vergón rozándome las nalgas, todavía firme y caliente entre el agua y el jabón.
—Mami, no sabes lo que me prende pensar que te voy a coger cuando estés panzona y te voy a dar unas cileadas muy ricas—me susurraba al oído mientras me mordía el hombro—. Quiero sentir cómo me aprieta tu vagina estando prelada, sentirte toda mía de verdad.
Nos reíamos y nos besábamos bajo el chorro de agua, sintiéndonos los dueños del mundo por haber burlado al "cornudo" de mi marido de esa forma tan descarada. Pero el tiempo se nos iba y ya llevábamos demasiado encerrados en el baño. Salimos a secarnos y a cambiarnos rápido antes de que mi marido llegara.
Pero me quedé tonta viéndolo mientras se vestía. Steven se puso su bóxer gris y el bulto que se le marcaba era una cosa de locos. Verlo ahí parado, con sus abdominales perfectos, me hizo sentir una urgencia que no pude controlar. Estaba tan caliente que, sin pensarlo dos veces, me arrodillé en el suelo frente a él.
Él me miró con asombro, soltando una risa ronca.
—¿Otra vez, mami? No te llenas con nada —me dijo, pero se quedó quieto, disfrutando de mi entrega.
Le bajé el bóxer despacio y, al ver cómo esa verga venuda saltaba de nuevo hacia mi cara, se lo empecé a chupar con una gula desesperada. Me encantaba la vista desde abajo; ver sus músculos tensos, sus brazos venudos y esa mirada de poder que ponía cuando yo estaba a sus pies. Saborearlo crudo, sentir su olor y su sabor de verga rica, era la confirmación de que este embarazo era lo mejor que nos podía haber pasado para nuestro placer.
Después de ese último contacto en el suelo, Steven se terminó de vestir a toda prisa, todavía con la respiración agitada y esa sonrisa de suficiencia de quien sabe que te dejó marcada. Lo saqué por la puerta de atrás justo cuando el sol empezaba a caer. Verlo alejarse me dejó con un vacío en la vagina que solo el recuerdo de su vergón podía llenar.
Tuve apenas 2 horas cuando escuché la patrulla estacionarse de verdad para quedarse, el corazón me dio un vuelco, pero esta vez de pura adrenalina actoral. Mi marido entró con el uniforme puesto, viéndose cansado y con ese olor a calle y oficina que tanto me aburría. Me vio ahí, sentada en el sofá con una expresión que él confundió con ternura.
—Gordo, acércate... tengo algo que decirte —le solté, fingiendo que me temblaba la voz por la "emoción".
Él se quitó la gorra, se sentó a mi lado y me tomó de la mano. Cuando le solté que la prueba había dado positivo y que por fin tendríamos ese segundo hijo que tanto me pidió, se le iluminó la cara. Me abrazó con una fuerza que me hizo recordar cómo Steven me apretaba hace unas hora, y me plantó un beso largo en los labios.
Yo le correspondía el beso, cerrando los ojos y sintiendo todavía el rastro de Steven en mi boca, el sabor de ese semental que me había tenido de rodillas minutos antes. Mi marido me acariciaba la panza, jurando que nos cuidaría a todos, sin sospechar que ese bebé era mi ayuda para entregarme sin frenos al placer prohibido.
—Eres la mejor mujer del mundo —me dijo al oído, dándome un beso en la mejilla.
Yo solo sonreí, sintiéndome la dueña de un secreto absoluto: mientras mi esposo celebraba su paternidad, yo celebraba que, a partir de mañana, cada vez que Steven viniera, ya no habría nada que nos separara ni que pudieramos tener un error.
A pesar de las náuseas y el cansancio propio del embarazo, mi cuerpo de pedía a gritos su dosis de Steven de hecho andaba más cachonda. Me encantaba la sensación de su vergón entrando en mí. Al terminar, sentir cómo su leche se escurría de mi vagina me hacía sentir más viva y marcada por él que nunca.
Hasta el quinto mes, todavía nos escapábamos a moteles para darnos con todo, pero a medida que la panza crecía y los movimientos se hacían más pesados, cambiamos la estrategia. Mi marido, el policía, salía de madrugada a sus turnos de vigilancia, dejando la cama caliente. En cuanto escuchaba que la patrulla se alejaba, mi mano volaba al celular.
—Ya se fue. Ven rápido, que me muero de ganas —le escribía a Steven.
Él llegaba como un fantasma. Se metía en la cama que mi esposo acababa de dejar y me calmaba las ansias con una fuerza que me hacía olvidar cualquier achaque. Ver sus abdominales marcados bajo la luz de la luna que entraba por la ventana, mientras él me poseía con cuidado pero con firmeza, era mi ritual sagrado. Me cogía de perrito, lo cabalgaba y si me cogía duro pero cuidaba a mi bebé.
Así seguimos, mes tras mes, desafiando la lógica y el peligro, hasta que llegó el día de dar a luz. Después de que nació el bebé y las cosas se calmaron en casa, el fuego con Steven no se apagó, pero tuvimos que optar por el condón. Cuando mi marido salia de madrugada, Steven seguia llegando a mi cama, solo que ahora el condón se hizo nuestro aliado para evitar sorpresas, a veces si le daba el regalo de cogerme sin condón y me tomana la pastilla.
Él entraba en silencio, y nos perdiamos en el placer casual de esas horas prohibidas. Mi historia con Steven fue un fuego exquisito.
Pero el ambiente en casa empezó a cambiar. Mi marido, se volvió muy celoso. No sé si sospechaba del algun hombre o si simplemente intuía que su mujer estaba más radiante y satisfecha de lo normal o se me notaba algo aparte de las marcas que me dejaba jajaja.
Asi que por seguridad, decidimos darnos pausas. Pasábamos semanas sin vernos, pero cuando volvíamos, lo hacíamos recargados, con una hambre que hacía que las paredes de la casa temblaran. En esos intermedios, la vida de Steven también cambió; empezó a salir con otras chavas y, finalmente, me confesó que se había metido de lleno al mundo swinger como "single".
Ese fue un punto de quiebre. Aunque el deseo seguía ahí, la dinámica cambió y dejamos de tener esos encuentros semanales. Eso sí, no les voy a mentir: hubo un par de recaídas. Alguna que otra noche de copas donde la borrachera me ponía valiente y el cuerpo me pedía a gritos ese vergón que tan bien me conocía. Lo llamaba, él llegaba con esa agilidad de siempre, y por unas horas volvíamos a ser esos amantes fugitivos que burlaron a la ley en su propia habitación.
Hoy, cada vez que veo a mi marido con su uniforme, no puedo evitar soltar una sonrisita interna. Él cree que lo sabe todo, pero yo guardo en mi memoria cada rincón donde Steven me hizo sentir viva y como un dia lo escondi en la bodega de mi casa mientras el estaba en casa.
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