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En moto por los bosques...

El rugido de mi moto corta elsilencio húmedo de la noche mientras avanzo por la zona roja de Palermo. Lasluces de los autos proyectan sombras alargadas sobre los árboles, creando unaatmósfera cargada de deseo y peligro. Mis ojos recorren las figuras femeninasque se ofrecen a la orilla del camino, mujeres hermosas con vestidos ajustadosy maquillaje impecable que destacan entre la oscuridad del bosque.
La adrenalina corre por mis venasmientras doy vueltas, buscando algo que me acelere el pulso. De repente, veo auna de ellas. Se destaca del resto; es increíblemente femenina, con una melenalarga y oscura que cae sobre sus hombros y un vestido que apenas cubre suscurvas. Su mirada es intensa, desafiante.
Frenó mi moto justo frente aella, Ella no retrocedió ante el ruido de la moto; al contrario, dio un pasoadelante con una confianza que me hizo apretar el manillar. Sus labios pintadosde un rojo intenso se curvaron en una sonrisa depredadora.
¿Buscas diversión? —su voz era suave,pero con un filo de autoridad que me erizó la piel. Sin esperar mi respuesta,se acercó y acarició mi brazo con sus uñas largas y cuidadas. Con un movimientofluido y decidido, rodeó mi cintura con su brazo y señaló hacia la espesura delos árboles, lejos de la luz de los autos. Vamos?.
Me quedé helado un segundo, perola urgencia de su presencia fue más fuerte que cualquier duda. Encendí la motode nuevo y ella se acomodó detrás de mí con una facilidad asombrosa, pegando sucuerpo al mío. Podía sentir el calor de su pecho y el aroma de su perfumemezclándose con el olor del bosque. Conduje siguiendo su señal, alejándome dela calle principal y adentrándome en la penumbra del bosque. Los árboles secerraban sobre nosotros, bloqueando la poca luz que llegaba de la zona roja.
Finalmente, dejamos atrás laúltima línea de árboles iluminados y nos detuvimos en un claro oculto, donde laoscuridad era casi absoluta y el único sonido era el crujir de las hojas secasbajo los neumáticos. Apagué el motor y el silencio cayó cargado de tensiónsexual. Ella bajó de la moto y se giró hacia mí. Antes de que pudiera siquieraquitarme el casco, ya estaba encima de mí. Sus manos, frías y decididas,sujetaron mi rostro y me atraparon en un beso voraz, profundo, que sabía adeseo acumulado. Mientras nos besábamos, sentí su mano bajar con rapidez,deslizándose por mi abdomen hasta agarrar mi pija con firmeza a través de latela de mi pantalón.
El contacto de su mano calientesobre mi miembro me sacudió por completo. El beso se volvió más salvaje,exigente, mientras su agarre se volvía más rítmico y experto. Sentí cómo mirespiración se aceleraba, perdiendo el control ante su dominio. De repente,rompió el beso, pero no me dejó ir. Sus ojos brillaban en la oscuridad, fijosen los míos con una intensidad que me hacía sentir vulnerable. Sin mediarpalabra, tomó mi mano derecha con fuerza. Sus dedos entrelazaron los míos y,con una determinación que no admitía réplica, guio mi mano hacia abajo,presionándola directamente contra su entrepierna. —Ahora te toca a ti—sentenció—. Agárramela.
Mis dedos se cerraron alrededorde su pija, sorprendido por la firmeza y el tamaño de su miembro. La sensaciónde tenerla ahí, tan cerca y tan real, me hizo soltar un gemido ahogado. Ellaarqueó la espalda ligeramente, disfrutando de mi reacción, y clavó sus uñas enmis hombros, reclamando mi atención total. Sin previo aviso, se dejó caer derodillas frente a mí. Sus ojos seguían fijos en los míos, manteniendo ese airede superioridad incluso mientras se posicionaba entre mis piernas. Con unmovimiento rápido y decidido, desabrochó mi cinturón y bajó la cremallera de mipantalón, liberando mi pija que ya palpitaba con fuerza, erecta y goteandopreseminal. No perdió tiempo.
Se inclinó hacia delante yenvolvió mi miembro con sus labios calientes. Al principio fue un roce suave,casi un juego, pero rápidamente se transformó en una succión poderosa yexperta. Sentí la humedad de su lengua recorriendo todo el tronco de mi pija mientrassu boca trabajaba con una intensidad que me hizo arquear la espalda. Sus manosse aferraron a mis muslos, succionando con una fuerza que parecía quererextraer hasta la última gota de mi esencia. Mis manos buscaron instintivamentesu cabello, apretándolo mientras intentaba controlar los espasmos de placer querecorrían mi cuerpo. El sonido de su succión resonaba en el silencio delbosque, mezclándose con mi respiración agitada. De pronto, se detuvo.
Se incorporó lentamente,limpiándose la comisura de los labios con el dorso de la mano.  Me miró de arriba abajo, evaluando mi estadode excitación, y entonces soltó una pequeña risa cargada de arrogancia. —Ahoraes mi turno bebe— declaró, con un tono que no dejaba lugar a discusión. Antesde que pudiera procesarlo, me agarró con fuerza de la nuca. Sus dedos sehundieron en mi pelo y me tiró hacia adelante, obligándome a inclinarme haciaella. Su pija, ya completamente erecta y brillante por la saliva, quedó justofrente a mi cara. Intenté protestar o quizás simplemente pedirle un momentopara recuperar el aliento, pero ella no tenía paciencia.
Me obligó a abrir la boca, usandosu mano en mi nuca para dirigir mi cabeza con una fuerza que me dejó sinopciones. El sabor de su piel y el aroma de su excitación inundaron missentidos cuando finalmente la tomé. Era gruesa y palpitante, y su textura meresultó abrumadora. Ella soltó un suspiro de satisfacción, echando la cabezahacia atrás mientras yo empezaba a lamerla y succionarla, tratando decomplacerla bajo su mirada vigilante. Después de unos minutos de ese juego depoder, ella decidió que ya había tenido suficiente. Con un movimiento brusco,me apartó y me obligó a girarme. —Date la vuelta — ordenó.
Obedecí casi por puro instinto,girándome para quedar de espaldas a ella. Sentí su presencia acechándome justodetrás, una sombra cálida y cargada de intención. Escuché el sonido de unpaquete siendo rasgado; se estaba poniendo un preservativo. El roce del látexcontra su piel me puso los pelos de punta. Sentí sus manos en mis caderas,apretándome con fuerza mientras me empujaba ligeramente hacia adelante,obligándome a apoyar las palmas de las manos contra el tronco de un árbolcercano. El frío de la corteza contrastaba violentamente con el calor queemanaba de su cuerpo. Entonces, sentí algo húmedo y cálido en mi retaguardia.
Su lengua comenzó a trabajar enmi entrada con una insistencia hambrienta, lamiendo y saboreando mi ano con unadestreza que me hizo temblar. Podía escuchar su respiración agitada justodetrás de mi, mezclándose con el sonido de su lengua humedeciéndome. —Te voy acomer esa colita apretada... —susurró con una voz cargada de lujuria, rozandomi cuello con sus labios—. No tienes idea de cuánto deseo meterla en tu culitoy hacerte mía. Sentí cómo su excitación crecía, palpable en el aire pesado delbosque.
De repente, sentí la punta de supija, presionando con fuerza contra mi ano. No hubo preámbulos suaves esta vez;su impaciencia era evidente. Con un empuje seco y decidido, me penetró degolpe. Solté un grito ahogado que se perdió entre las copas de los árboles,sintiendo cómo mi cuerpo se estiraba para recibir su grosor.  El dolor inicial fue rápidamente reemplazadopor una sensación de plenitud abrumadora. Ella no esperó a que me acostumbrara;empezó a embestirme con un ritmo frenético y brutal, haciendo que mi cuerpo chocaracon el tronco del árbol con cada uno de sus embestidas. —¡Eso es! ¡toda adentro!Dijo-
Sus palabras fueron el detonantepara que perdiera cualquier rastro de compostura. El ritmo de sus embestidas sevolvió errático, cada vez que su pelvis chocaba contra mis glúteos, sentía unimpacto sordo que me sacudía desde la base de la columna hasta la punta de losdedos. Mis dedos se enterraron profundamente en la corteza del árbol, buscandoapoyo mientras mis piernas flaqueaban. El placer era tan agudo que bordeaba eldolor, una mezcla eléctrica que nublaba mi juicio. Podía sentir cómo su pijallenaba cada milímetro de mi interior, expandiéndome, reclamándome.
El clímax llegó como unaexplosión incontrolable. Sentí cómo su pija palpitaba dentro de mí, descargandosu semen con oleadas ardientes que parecieron quemarme por dentro. Un gemidoprolongado y desgarrador escapó de mis labios mientras mi propio orgasmo mesacudía violentamente, vaciándome por completo. Mis músculos se tensaron hastael límite y mi visión se nubló por un instante. Cuando el último espasmoterminó, ella no se retiró de inmediato. Se quedó pegada a mi espalda, jadeandopesadamente, con su corazón latiendo. Lentamente, se deslizó fuera de mí, quitándoseel forro, dejando que el aire fresco del bosque golpeara mi interior aúnsensible y húmedo.
Permanecí apoyado contra el árboldurante lo que parecieron eternidades, recuperando el aliento mientras mispiernas temblaban de forma incontrolable. Poco a poco, logré enderezarme. Ellase acercó a mí, rodeándome con sus brazos desde atrás en un abrazo posesivo,apoyando su barbilla en mi hombro. Su respiración aún era irregular, pero suvoz recuperaba esa calma dominante. —Ufff... te gustó putito? Te dejé el culo hechoun desastre —murmuró contra mi oído, dejando un pequeño beso húmedo en milóbulo—.
Solté una risa débil, casi sinfuerzas, mientras me giraba entre sus brazos para quedar frente a ella. Mismejillas estaban encendidas y mi ropa desaliñada, era el testimonio mudo de loque acababa de ocurrir. La miré a los ojos, pero solo encontré esa chispa detriunfo depredador. — si me gustó, aunque me resultó entraño —respondí con lavoz quebrada. Me acercó a su rostro, acortando la distancia hasta que nuestrasnarices se rozaron. El olor a sexo, sudor nos envolvía.
Ella soltó una carcajada seca, yme sujetó la mandíbula con una mano, obligándome a sostenerle la mirada. Susdedos estaban fríos comparados con el fuego que todavía corría por mis venas. —¿Extraño?—repitió,—. No hay nada extraño en lo que es natural, nene. Tú querías estotanto como yo. Te vi cómo me mirabas desde el principio, Se acercó más,reduciendo el espacio hasta que pude sentir el calor de su aliento en mislabios. Sus ojos bajaron un segundo hacia mi boca y luego volvieron a subir,desafiantes.
De repente, el ambiente, que haceapenas unos segundos era puramente erótico y privado, se congeló de golpe. Unavoz femenina, cargada de una confianza depredadora, cortó el aire como uncuchillo. – pero mira que lindo culito te estas comiendo, veamos a ver si ahorase banca esta.
Me quedé petrificado, con elcorazón martilleando contra mis costillas, mientras veía cómo una figuraemergía de la penumbra de los árboles. Era otra mujer, pero su aura eradistinta; menos juguetona y mucho más amenazante. La travesti que me acababa deposeer ni se inmutó. Al contrario, soltó una sonrisa lenta y maliciosa. Meapretó la cintura con actitud posesiva. —Vaya, vaya...
—No seas envidiosa, preciosa—respondió la primera travesti, sin soltarme, Pero tienes razón, este culito esuna joya. Y sí, parece que aguanta bastante, aunque hoy ya ha trabajado duro. Larecién llegada dio un paso hacia nosotros, ignorando por completo mi mirada dedesconcierto y miedo. Sus ojos recorrieron mi cuerpo desnudo y sudoroso con unavoracidad que me hizo estremecer. Entonces, con un gesto lento y deliberado,llevó su mano a su entrepierna y extrajo su miembro. Mi respiración se detuvo.Era mucho más grande que el anterior, una vena palpitante que parecía desafiarcualquier lógica de resistencia humana.
El terror y la excitaciónlucharon por el control de mi mente. Miré alternativamente a la primeratravesti, que me observaba con una diversión cruel, y a la nueva, cuya erecciónmonstruosa parecía brillar bajo la tenue luz filtrada por las hojas. Mi cuerpo,todavía sensible por el encuentro anterior, reaccionó involuntariamente ante lavisión de aquella nueva verga. —¿Me la vas a dejar así parada o vas ademostrarme si es verdad que aguanta? —provocó la segunda travesti, dando otropaso adelante, invadiendo mi espacio personal. Su voz era grave, casi gutural,y su presencia física era aplastante. La primera travesti soltó una risita y,con un movimiento rápido, me empujó suavemente hacia la nueva.
Perdí el equilibrio por elempujón y terminé chocando directamente contra el torso firme de la nuevatravesti. Su piel estaba caliente y olía a una mezcla de perfume fuerte. Antesde que pudiera estabilizarme, sus manos grandes y fuertes se cerraron alrededorde mis muslos, levantándome ligeramente del suelo para pegarme a su enormeerección. —Tranquilo, putito te va a gustar... —ronroneó ella, su alientorozando mi mejilla—. Solo vamos a ver si te la aguantas. La primera travesti secruzó de brazos, recostándose contra el árbol con una expresión de absolutasatisfacción, disfrutando del espectáculo.
La nueva travesti no perdió ni unsegundo. Sin previo aviso, me giró con una facilidad asombrosa y me obligó aapoyar las manos nuevamente contra el tronco del árbol, exactamente en la mismaposición en la que había estado con la anterior. Pero esta vez, la sensaciónera radicalmente distinta. El tamaño de su miembro era intimidante; y no llevabapreservativo. podía sentir la presión de su glande contra mi abertura,dilatándola incluso más antes de entrar. —Vamos a ver si este agujero saberecibir a una pija de verdad —gruñó ella, tomando mis caderas con fuerza. Sinninguna preparación, sin lubricación adicional más allá de la que mi propiocuerpo ya producía por el encuentro anterior, lanzó una embestida profunda.
Un grito ahogado, mitad dolor ymitad sorpresa, escapó de mi garganta cuando sentí cómo esa masa colosal meabría el culo. Fue una invasión total; sentí que mis entrañas eran desplazadas,estiradas hasta el límite absoluto de lo que creía posible. Mis dedos seenterraron en la corteza rugosa del árbol, buscando desesperadamente un puntode apoyo mientras mi cuerpo se arqueaba hacia atrás por el impacto. —¡Ah...!¡Es demasiado grande...! —logré articular entre jadeos, con la vista nublándosepor la intensidad de la sensación. Pero la nueva travesti no tenía intención deser delicada. Ignoró mi protesta y comenzó a embestirme con un ritmo brutal yconstante.
Cada impacto era como un golpeseco que resonaba en todo mi cuerpo. Sentía que me partían por la mitad, queese grosor inhumano estaba reclamando cada centímetro de mi interior, llegandoa lugares que nunca habían sido tocados. Mis rodillas flaquearon y tuve queapoyar la frente contra la madera fría del árbol para no desplomarme. —Eso esputito...— jadeaba la nueva travesti, su voz mezclada con el sonido rítmico denuestros cuerpos chocando—. La primera travesti, que seguía allí observando, seacercó y pasó su mano por mi espalda, acariciando el recorrido de mi columnamientras yo sufría las embestidas.
Mientras mi cuerpo era sacudido porlas embestidas brutales de la nueva travesti, sentí que mi mundo se reducíaúnicamente al dolor y al placer abrumador que me llenaba. Estaba completamentea merced de ellas, incapaz de protestar o de moverme por mi cuenta. En medio deese caos, sentí una presencia justo frente a mi rostro. La primera travesti, queme había estado abrazando, se posicionó con una sonrisa triunfal. Con unmovimiento fluido, liberó su propia erección, que también era imponente, y lacolocó justo delante de mis labios. El olor intenso de su virilidad inundó missentidos, —Ya que tu culo está ocupado trabajando... tu boca también deberíaestar trabajando —moviendo su pelvis hacia adelante para presionar el glandehúmedo contra mis labios—. Vamos, chupala toda. Estaba atrapado en una tortura: por detrás, la nueva travesti medesgarraba con su tamaño descomunal, hundiéndose en mí con una fuerza que mehacía perder el sentido de la realidad; y por delante, la primera travestiexigía mi atención oral. Tenía que elegir o intentar hacer ambas cosas, pero micerebro apenas podía procesar el estímulo. Sentí cómo la punta de su miembrocomenzaba a forzar mi boca, obligándome a abrir las mandíbulas mientras susdedos se hundían en mi cabello para dirigir mis movimientos.
Intenté jadear, cuando la puntade su pija empezó a presionar, obligándome a abrir la boca. Era una situaciónde pura dominación; mi cuerpo estaba siendo utilizado de dos formassimultáneas, y la coordinación necesaria para sobrevivir a ambos ataques eracasi imposible. —Eso es... chúpamela bien— ordenó la primera travesti,aumentando la presión mientras su mano se cerraba con fuerza en mi nuca,guiándome—. Quiero sentir tu lengua mientras te destroza por detrás. En esepreciso instante, la nueva travesti me dio una embestida tan profunda yviolenta que perdí el control de mis músculos faciales.
El choque de sensaciones fuedevastador. La profundidad de la nueva travesti me golpeó tan fuerte que mimandíbula se abrió de par en par en un espasmo involuntario, permitiendo que laprimera travesti deslizara su grueso miembro directamente hacia mi garganta.Sentí el sabor metálico y salado de su pija cubriendo toda mi boca, bloqueandomi capacidad de respirar correctamente. Mis ojos se pusieron en blanco por unsegundo, mareado por la falta de oxígeno y el exceso de estimulación. Pordetrás, la nueva travesti aprovechó mi vulnerabilidad para aumentar el ritmo,convirtiendo la penetración en una serie de impactos profundos que hacían quemi cuerpo entero vibrara contra el árbol. —¡tomala toda putito!
La primera travesti soltó unacarcajada de puro deleite al sentir cómo mi garganta se contraía alrededor desu miembro. Me agarró con más fuerza de la nuca, impidiendo que retrocediera,obligándome a tragar su grosor mientras sus movimientos se volvían erráticos ysalvajes.
Estaba siendo devorado por amboslados; mi boca llena de carne y mi ano estirado hasta el límite. —¡Mira cómo selo traga! —exclamó la primera travesti, mirando a la nueva con complicidad—. Lanueva travesti respondió con un gruñido ronco, sus manos apretando mis caderas.
De repente, la nueva travestisoltó un bramido gutural. Sus embestidas se volvieron frenéticas ydescontroladas. Podía sentir cómo su pulso latía con violencia dentro de mí. —¡Voya acabar ¡te voy al llenar el culo de leche, putito —rugió, su voz cargada deuna lujuria. Al mismo tiempo, la primera travesti, aceleró sus movimientos enmi boca. Sus estocadas se volvieron cortas y rápidas.
Primero, sentí la explosión de lanueva travesti disparando su semen profundamente en mi interior. El calor de sueyaculación llenó mi culo, haciéndome estremecer violentamente mientras susespasmos internos me golpeaban desde adentro. Casi al mismo instante, laprimera travesti soltó un gemido de triunfo y, con un último empuje voraz,descargó su propia carga en mi garganta. El sabor amargo y espeso de su lecheinundó mi boca, obligándome a tragar compulsivamente mientras intentaba noahogarme.
Quedé con las piernas temblandode forma incontrolable y la cabeza pesada. El silencio del bosque regresó degolpe, roto solo por nuestras respiraciones agitadas. Tenía la boca llena de unsabor amargo y denso, y sentía un peso cálido y extraño recorriendo mi interior.La primera travesti retiró su miembro de mi boca con un sonido húmedo, dejandoun hilo de saliva y semen colgando de mis labios. Se limpió con indiferencia,mirándome con una mezcla de desprecio y satisfacción.— La otra travesti, dejosus últimos lechazos sobre mis nalgas dándome una fuerte palmada en el culo-
Ambas travestis se alejaron, lasrisas de las dos mujeres se fueron perdiendo entre la espesura de los árboles, Mequedé allí, solo, aferrado al tronco rugoso con los nudillos blancos, tratandode recuperar el aliento. Mis piernas temblaban tanto que apenas podíamantenerme en pie. Al intentar separarme del árbol, sentí una punzada de doloragudo que me hizo jadear; mi retaguardia palpitaba con una intensidad extraña,abierta y expuesta, incapaz de cerrarse por completo debido al estiramientoextremo que acababa de sufrir. Con movimientos torpes y lentos, me subí lospantalones, sintiendo el roce de la tela contra mi piel sensible, lo cual meprovocó un escalofrío de incomodidad.
Me costó horrores subirme denuevo a la moto. Cada milímetro de movimiento enviaba oleadas de dolor y unasensación de plenitud persistente a través de mi zona íntima. Al sentarme en elasiento, el contacto directo de la superficie dura contra mi trasero abierto mehizo soltar un gemido ahogado. Ignoré el ardor y el temblor de mis manosmientras metía la llave en el contacto. El motor rugió bajo mi cuerpo,transmitiéndome una vibración que, aunque me molestaba, me ayudó a enfocarme enalgo que no fuera el dolor.
Aceleré con cuidado, evitandocualquier bache o irregularidad en el camino que pudiera hacerme saltar en elasiento. Cada pequeña sacudida de la motocicleta enviaba una descarga eléctricade dolor y una extraña sensación de vaciado hacia mi interior, recordándomeconstantemente que seguía abierto y lleno de ellas. El viento frío de la nochegolpeaba mi rostro, ayudándome a despejar la niebla mental que aún me envolvía.Mientras conducía, no podía evitar repasar mentalmente cada detalle de losucedido. La humillación, la fuerza bruta, la forma en que me habían tratadocomo un simple objeto de placer... todo eso se mezclaba con una adrenalinaresidual que no terminaba de desaparecer. Llegué a mi apartamento con las manostemblorosas, apagando el motor de la moto con un movimiento brusco. Me quedésentado en el asiento unos segundos, simplemente respirando, tratando deconvencer a mi mente de que todo había terminado.

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