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Clases Privadas - Relato Erotico con Imágenes - Cap 8

Clases Privadas - Relato Erotico con Imágenes - Cap 8
Capítulo 8: Guerra de Trincheras



Tenía que desnudarla poco a poco.Desarmar sus defensas como quien desactiva una bomba. Lo único que se meocurrió en ese momento, con mi pija latiendo tan fuerte que amenazaba conrasgarme el jean, gritándome que la penetrara ya mismo, fue sacarle las zapatillasblancas.


—Acomodate, a ver, estirá laspiernas... —le ordené con voz ronca, agarrándola por los tobillos.
Sorprendentemente, ella se dejóllevar. Tiré de los cordones y, una por una, fui quitándole las zapatillas,arrojándolas a un lado de la sala. Ahora ella estaba descalza, solo con lacalza gris ajustadísima y ese top blanco que apretaba sus ricas tetas hasta elpunto de la asfixia. No podía esperar un segundo más por saborearlas, pormorder esa tela hasta arrancársela. Sin embargo, tenía que pensar muy, pero muybien mi próximo movimiento.


Pero mi mente se quedó en blanco.El instinto me ganó. Mi cuerpo se abalanzó encima de ella en el sofá,intentando aplastarla con mi peso.


Ella reaccionó al instante,poniéndome las manos en el pecho desnudo y empujándome hacia atrás con fuerza.En el forcejeo, rodeé su cintura con mi brazo, buscando anclarme, y mis dedosencontraron la piel desnuda de su espalda baja, justo donde terminaba el top.Al deslizar mis dedos transpirados por su columna, ella pegó un respingo yestalló en una carcajada cristalina.


—¡Basta, Santi! ¡Jajaja, me hacéscosquillas, pará!


Esa fue otra maldita suerte caídadel cielo, porque me estaba quedando sin ideas. Entre la risa nerviosa, ella secubría la boca con las manos para no reír tan fuerte. La inercia del movimientohizo que se quedara echada en el sofá, de lado, con las piernas recogidas enuna posición casi fetal.


Era ahora o nunca.


Rápidamente, agarré sus rodillasy moví sus piernas. Tiré de ellas y las abrí de par en par. Estaba mucho másmanejable en esa posición. Sin darle tiempo a pensar, me metí de lleno en elmedio, arrodillado entre sus muslos separados.


Pero el instinto de ella era deacero. Apenas me instalé en el medio, llevó ambas manos directamente a suentrepierna. Aún tenía la calza puesta, pero instintivamente se cubría el sexocruzando las manos sobre el pubis. Mala señal para mí. El muro de contenciónseguía ahí.


No avancé más. No iba a forzar labarrera todavía. Puse mi brazo izquierdo sobre el respaldar del sofá y me quedéen reposo, encajado entre sus dos piernas, mi pelvis a centímetros de susmanos.
—Tranquila, Casidy... —le dije,exhalando profundamente para calmar mi propia taquicardia—. Solo quiero quesigamos conversando un poco más.


Ella me miró de reojo, larespiración aún agitada por la risa. —¿Ah, sí? ¿Conversar sobre qué?
—Pues sobre nosotros. Sobre cómote has convertido en mi alumna favorita... —tiré el anzuelo.


Ella soltó una risita floja.—¿Ah, sí? ¿Verdad? ¿Cómo es eso de que soy tu alumna favorita?


Le respondí con lo primero que seme vino a la mente, inventando halagos baratos.


—Ah... entonces, ¿eso quieredecir que tenés más alumnas? —me lo dijo achinando los ojos, como si sintieracelos reales.


—Sí, claro. Muchas alumnas —leafirmé, pinchándola a propósito.


Se puso roja al instante.—Entonces andate con esas alumnas, pues —dijo, haciendo un puchero infantil y,en un acto de rabieta irracional, cruzó los brazos sobre su pecho.


Bingo.


Al cruzar los brazos, dejócompletamente libre e indefensa su entrepierna.


—Tranquila, corazón... ninguna deellas tiene estas ricas tetas —le solté, y lancé mi mano derecha como unagarra, aterrizando directamente encima de su teta izquierda, agarrando la masade carne a través del top a mano llena.


Ella reaccionó como si le hubieradado una descarga eléctrica. Desarmó los brazos, bajó las manos a la velocidadde la luz y me apartó la mano de un manotazo. —¡No!


Volví a intentarlo, lanzando lamano hacia su pecho otra vez. Ella me la bloqueó. —¡No, sacá!
Era como un puto partido detenis. Un tira y afloja sudoroso y frustrante.


Para calmar las aguas, lepregunté si muchos otros hombres le daban halagos a sus tetas. Ella, orgullosay vulnerable a la vez, me dijo que sí.


—Todo el tiempo... y algunos seme las quedan mirando como idiotas... —confesó.


Jajaja. Nos reímos ambos,relajando la tensión. Ella me siguió contando sus experiencias de acosocallejero y miradas morbosas. Yo me apoyé sobre sus piernas, mi brazo en elrespaldar, escuchando su vocecita. No era momento de un asalto frontal.


Mientras ella hablaba y movía lasmanos gesticulando, estiré las mías sigilosamente. Fui hacia su cintura yempecé a jugar con el borde superior elástico de su calza. Le daba pequeñosmovimientos, trazando circulitos con los pulgares, sintiendo su piel calientemientras bajaba la tela milímetro a milímetro. Ella, distraída por su propiahistoria o simplemente dejándome avanzar, no dijo nada. Solo me seguía contandosus anécdotas.
De pronto, en un ataque deimpaciencia, agarré el elástico de ambos lados e intenté bajarle la calza de untirón seco en esa posición incómoda. Casi lo logro. La tela cedió un poco,dejando al descubierto una franja ancha de su piel pálida, el inicio del vellopúbico oscuro asomando por debajo, pero su tesoro aún no estaba visible.


Ella reaccionó a la fricción dela tela bajando y agarró la calza con ambas manos, tirando hacia arriba,bloqueándome el acceso.


Mierda. No aguanto más esto.

culona


La tenía de piernas abiertas,encajado en ella, pero no podía alcanzar lo que me quemaba la sangre. Culo,tetas o concha. Tenía que elegir un puto objetivo y concentrar el fuego ahí.


Las tetas se veían deliciosas,inmensas, a punto de reventar el top blanco. Eran el objetivo más lógico.
Así que fui con todo. Lancé misdos manos hacia sus pechos.


—¡NO! ¡Basta, Santi! —gritó ellae intentó levantarse de golpe.


No pudo. Tenía todo mi cuerpoacorralándola, mis hombros bloqueando su salida, y sus propias piernas merodeaban la cintura. La empujé con mi pecho, aplastándola de nuevo contra elsofá, usando toda mi fuerza. Y entonces, finalmente, puse mis dos manos sobresus ricas tetazas. Las agarré con brutalidad. Apreté y estrujé la carne pesada,sintiendo cómo se desbordaban por los costados del top.


Ella forcejeó, retorciéndose bajomi peso, pero esta vez no me empujaba a mí. Cruzó ambos brazos sobre suspechos, intentando atrapar mis manos.


—No, no, Santi, eso no...—suplicaba, pero su voz salía ahogada, temblorosa.


—Dale, corazón... dejamesentirlas nada más un poco... —gruñía yo, la cordura completamente evaporada.
Hasta que, en esa posición delucha, aún con ella con los brazos cruzados encima, me las arreglé para meterlos dedos por el escote del top, enganchar la tela elástica y tirar hacia abajocon violencia.


Plop.


Una teta saltó hacia afuera,liberada de su prisión. Era inmensa, pesada, de un tono pálido y lechoso,coronada por un pezón rosadito, erecto y hermoso. Se veía increíblementejugosa.


Mi cuerpo se movió solo. Meacomodé encima de ella, aplastando su cadera con mi ingle, estiré mi cuellotodo lo que pude, abrí la boca y me abalancé a chupársela.


Atrapé el pezón rosado entre mislabios y succioné con fuerza. Me supo a manjar de los dioses. A sudor dulce, avainilla y a pura lujuria. Finalmente tenía una parte de su desnudez en miboca.


—¡Nooo! ¡Hmfff... Ah...! —ellasoltó un grito que se rompió en la mitad, convirtiéndose en un gemidoinvoluntario cuando mi lengua empezó a azotar su pezón.


Desesperada, empujó mi cabeza porel pelo, intentando separarme. Yo no cedía. Mis manos iban por sus tetas yadescaradamente. En el forcejeo salvaje, logré bajarle el top por completo.Ahora sus dos tetas estaban desnudas, rebotando pesadamente sobre su pechoexpuesto.


Al verse completamente entopless, ella soltó mi pelo y se cubrió rápidamente, cruzando los brazos en Xsobre el pecho, una mano sobre cada teta. Estaba roja como un tomate,respirando por la boca, echada en mi sofá, con las piernas abiertas alrededorde mi cintura y yo metido en el medio, babeando.


Mierda, qué difícil es estapendeja. Pero la recompensa valía cada maldito segundo de la agonía quesentía en mi pija, que ya estaba tan dura que dolía y completamente mojada porel líquido preseminal, manchando la tela de mi calzoncillo.


Ella tenía sus dos manos ocupadascubriéndose la vergüenza. Así que estiré la mano izquierda, echando todo mipeso encima de ella, atrapándola, y le empecé a acariciar el rostro transpiradocon la derecha.
—Sos tan hermosa, Casy... lo quemás me gusta es tu carita preciosa... —le susurraba, usando un tono hipnótico,acariciando su pómulo, su barbilla.


Ella me miraba con los ojosinmensos, el pecho subiendo y bajando descontrolado, y sonreía débilmente antelos halagos. Pero no liberaba sus ricas tetas. Seguían enjauladas bajo susantebrazos.


—Y lo que sigue de tu cuerpo...me gustó mucho sentir estas ricas tetas...


Mientras lo decía, mi pacienciase esfumó. Dejé de pensar. Solo quería ver esa carne otra vez. Le agarré fuertede un brazo, por la muñeca, e intenté apartarlo por la fuerza para destaparleun pecho. Ella no se dejó. Tensó los músculos, resistiéndose.


Mierda, estoy a punto deperderlo todo.


Lo intenté una vez más, tirandode su muñeca izquierda, ya sintiéndome el gran perdedor de esta batalla. Ellaforcejeó un poco, tirando en dirección contraria, pero el instinto físico y lacalentura le ganaron a su moral. Sus músculos cedieron de golpe. Su brazo cayóa un lado, liberando una de las tetas inmensas.


Rápidamente, como un perrohambriento, metí la cara en su pecho y empecé a chupar. Succionaba su teta comoun cordero recién nacido, como si fuera agua en el medio del desierto. Lepasaba la lengua entera por la areola ancha y tragaba saliva.


Ella jadeaba. El sonido llenabala sala. Ah... ah... Santi... Esta vez no me empujaba. No me tirabahacia atrás. Dejó que se la devorara.


Llevé mi mano libre a su rostro eintenté meterle los dedos índice y medio en la boca, buscando que me loschupara, buscando sumisión total, pensando que ya la tenía domada. Pero ellaapretó los labios. No abrió la boca como lo había imaginado en mis fantasías.


Carajo, ¿qué más tengo quehacer para que esta pendeja se entregue por completo?


Mientras tanto, seguí chupando laúnica teta que tenía disponible. Ella jadeaba, arqueaba la espalda. Le estabagustando, pero no era suficiente. Aún no. Mierda, si solo voy a conseguirchuparle la teta hoy, lo voy a hacer tan bien que no se lo va a olvidar en suputa vida.


Hice vacío con la boca,succionando el pezón y tirando de la carne hacia arriba con fuerza.


El dolor y el placer mezcladossurtieron efecto. Ella emitió un sonido agudo en la garganta, soltó su otrobrazo, liberando la segunda teta, y clavó sus dos manos en la parte trasera demi cabeza, hundiéndome más contra su carne.


Fui directo a chuparle la otra. Quérica y deliciosa está esta pendeja. No podía creer que finalmente tenía unade sus enormes tetas en mi boca, mojándola de saliva, y la otra agarradafirmemente en mi mano, estrujándola.


Ya está. La resistencia se habíaroto. Ahora sí.


Lleno de confianza, bajé mi manolibre e intenté bajarle la calza desde la cintura.
Y OTRA VEZ ME DETUVO. Su manobajó como un rayo, agarrándome de la muñeca con una fuerza desesperada.


—¡No! —suplicó.


Mierda... mierda... ¿Qué mástengo que hacer?


Ya estaba completamente ido. Elcerebro me hervía. Me abalancé aún más encima de ella, aplastándola contra losalmohadones. La tenía de piernas totalmente abiertas, acorralada, sin salida.Apegué mi pelvis con toda mi brutalidad contra su entrepierna.


Empecé arestregarme. Quería que sintiera mi erección, esa barra de carne dura ypalpitante, moliendo contra su conchita, que estaba seguro de que a estasalturas ya debía estar empapando la tela de la calza.
Busqué sus labios. Ella se dejababesar. Ahora sí se entregaba a la boca. La agarré fuerte, firme, por lamandíbula, y mi lengua devoró la suya. Mientras nos dábamos un beso salvaje,húmedo y ruidoso, yo le hacía movimientos pélvicos de mete y saca directamentesobre su sexo. Fricción pura y dura.


Me separé bruscamente, dejándolajadeando, con los labios hinchados.


Ahora sí. Esta es la vencida.Llevé las manos a su cintura e intenté bajarle la calza una vez más.
Y OTRA VEZ NO SE DEJÓ. Se aferróa la pretina como si su vida dependiera de ello.


La frustración me reventó lasvenas del cuello.


Mierda. No me importa nada ya.Si no puedo entrar en ella, que lo vea. Que vea lo que me está haciendo.
En un movimiento rápido, ciego delujuria, me bajé el cierre del pantalón de un tirón agresivo. ¡Zzzzip!Metí la mano, aparté la tela empapada del calzoncillo y me saqué la pija.


Saltó hacia afuera, liberada alfin en el aire frío de la sala. Gruesa, inmensamente dura, roja, venosa ypalpitando furiosamente por ella. La gota de líquido preseminal brillaba en lapunta. Ya no me importaba si salía corriendo por la puerta gritando; la pija medolía físicamente por la congestión de sangre.


Casidy bajó la mirada. Vio mipija inmensa a escasos centímetros de su vientre desnudo. Abrió los ojos de paren par, las pupilas dilatadas por el shock de ver esa monstruosidad fuera de sujaula. Y luego, hizo su cara a un lado, cerrando los ojos fuertemente, como sino quisiera o no pudiera sostenerle la vista a la crudeza de lo que habíaprovocado.


Mi mente estaba en blanco. Agarrésu mano derecha, la que descansaba sobre el sofá. No se resistió. La trajehacia mi entrepierna y la envolví alrededor de mi verga.


El contacto de sus deditossuaves, fríos, cerrándose alrededor del grosor caliente y palpitante de mitronco, me sacó un gruñido gutural desde lo más profundo del pecho.


Ella se dejó guiar. Me dio un parde pajas. Uno. Dos. Movió la mano arriba y abajo torpemente, sintiendo lasvenas saltadas bajo la piel de mi pija.


Pero al segundo movimiento, lasoltó. Retiró la mano rápidamente, como si se hubiera quemado, y la pegó a supecho.


Mierdaaaaa.


Me dejé caer de espaldas contrael respaldo del sofá, dejando mi pija parada al aire, apuntando al techo. Mequedé mirando la pintura blanca descascarada, el pecho subiendo y bajandoerráticamente, sudando a mares, buscando alguna respuesta divina en el yeso.



No sabía qué más hacer. Estaba enun callejón sin salida táctico y moral. Pero de una cosa estaba absolutamenteseguro: mi próximo movimiento sería el último, para bien o para mal. El juegose terminaba acá.


¡Espero que te haya gustado! Ya casi estamos llegando al final, el próximo capítulo es el último... 


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