Me desperté con el cuerpo gritando una verdad que solo yo conocía. Cada músculo de mis caderas y de mi espalda protestaba por la intensidad de la noche anterior; sentía un dolor sabroso en los muslos y una hipersensibilidad eléctrica en mi vulva, que todavía palpitaba con el recuerdo de las embestidas de Esteban y la dominación implacable de Daniel. Al moverme entre las sábanas, sentí la vagina pegajosa y el rastro seco de semen entre mis piernas, un recordatorio táctil de la profanación que había vivido. Pero no sentía arrepentimiento; sentía una euforia obscena, una conciencia de mi propio poder y de la capacidad destructiva de mi deseo.
Unas horas después, estaba sentada frente a Paola en un café pequeño y discreto. El aroma del café recién hecho contrastaba con la conversación que estábamos teniendo, una charla que habría horrorizado a cualquier persona decente.
LAURA: —Marica, no te imaginas lo que fue eso —le susurré, inclinándome sobre la mesa mientras una risa nerviosa y excitada se me escapaba—. Me comí a Esteban en el sofá, y después en nuestra propia cama... y cuando creía que ya no podía más, llegó Daniel y me agarró como a una perra. Me rellenó de una forma que me dejó temblando las piernas.
Paola soltó una carcajada sonora, sin importarle que las otras clientas nos miraran. Me tomó la mano y me la apretó con una complicidad feroz.
PAOLA: —¡Esa es mi perra! —exclamó en un susurro vibrante—. Te lo dije, Laura. Estás en otro nivel. Pero escúchame bien: alístate, porque esta noche en tu Despedida de Soltera no vas a mandar tú. Esta noche es para que te pierdas por completo.
El club nocturno nos recibió con, luces la realidad y ese olor denso y embriagador a alcohol, perfume caro y feromonas. El ambiente era asfixiante y perfecto.
Caminábamos por la pista cuando noté algo que me encendió la sangre. Paola iba unos pasos por delante de mí, con un vestido de seda tan ajustado que parecía una segunda piel. Al subir unos escalones hacia la zona VIP, el vuelo de su falda reveló la verdad: no llevaba calzones. Vi la curva de su culo desnudo y la ausencia total de encaje bajo la tela.

LAURA: —¡Pao, marica, no traes nada abajo! —le solté, con la voz cargada de una admiración morbosa.
Ella se giró con una sonrisa perversa, sus ojos brillando bajo las luces de neón. Se acercó a mi oído y su aliento caliente me erizó la piel.
PAOLA: —Mi amor, yo vine aquí a divertirme y a no perder el tiempo con lencería estorbando... —me susurró—. Usted debería haber hecho lo mismo.
No le di la razón con palabras, sino con la mirada. Empezamos con shots de tequila, uno tras otro, sintiendo cómo el alcohol caía por mi garganta y empezaba a derretir el último rastro de mi filtro social. La música era un golpe constante en mi pecho, y el calor del club empezaba a desarmarme. De repente, perdí de vista a Paola entre la multitud y el humo. La busqué con la mirada frenética hasta que la encontré: estaba arrinconada contra la barra, entregándose con todo el mundo mirando era rápido y descarado con un tipo de hombros anchos. La veía mover sus caderas con una urgencia animal .

Ese espectáculo fue el detonante final. Mi propia vagina empezó a empaparse de forma descontrolada. Sentí que la Laura "esposa perfecta" y la Laura "manipuladora" se morían en ese instante para dar paso a algo mucho más primario. Me solté las trenzas, dejé que mi pelo cayera sobre mis hombros y me fundí en la masa de cuerpos.
El asedio comenzó casi de inmediato. En la pista de baile, el contacto físico dejó de ser casual para volverse una invasión consentida. Sentía las manos de desconocidos recorriéndome; manos calientes que me subían la falda, dedos que se clavaban en mis nalgas con una fuerza que me hacía gemir sin cuidado.


Un tipo, con la mirada nublada por el deseo, se acercó por detrás y metió dos dedos gruesos y calientes por debajo de mi tela, encontrando mi vaguina desbordada me metió los dedos

LAURA: —¡Mmh!... ¡Uff!... ¡Sí!... —jadeé cuando sentí la fricción de sus dedos entrando en mi vagina mientras seguía bailando.
La excitación era insoportable. Ya no quería más dedos quería sentir una verga abriendome; quería ser poseída. Agarré al hombre que me rodeaba, un tipo con el torso musculoso y la mirada de un depredador. Sin decir una palabra, lo arrastre hacia un rincón de la zona VIP, un pasillo estrecho y helado donde la música sonaba como un latido lejano.
Lo empujé contra la pared y le abrí las piernas. Él no perdió el tiempo; sacó su verga, una pieza de carne dura y palpitante que brillaba bajo la luz del rincón. Me senté sobre él de inmediato, buscando su pene con una desesperación que me hacía quererplacer.
Cuando me penetró, el impacto fue un estallido de sensaciones: ¡Ahhh!... ¡Mmh!... La sensación de su verga abriéndose paso, estirando mis paredes y rellenándome hasta el fondo me hizo arquear la espalda y clavar las uñas en sus hombros. Empezamos un ritmo salvaje, un choque de carne sin tregua: ¡Chlap, chlap, chlap!.
LAURA: —¡Puta!... ¡Qué rico!... ¡No me aguantaba las ganas de que alguien me reventara así!... —grité, sin importarme quién escuchara.

Él me agarraba de las caderas con una fuerza brutal, impulsándome contra el mientras la lubricación de mi vagina y el semen de la tarde previa creaban un sonido húmedo y asfixiante: ¡Plap, plap, plap!. La fricción era tan intensa que sentía que mi interior se incendiaba. Estaba perdiendo el control muscular, mis piernas temblaban y mi mente solo existía en ese punto de contacto violento y glorioso.
Luego el me dijo que nos fuéramos para la pista de baile , yo no quería ir quería seguir montandolo , pero me dijo que no me iba arrepentir , llegamos me tomo por la sirntura , me dijo bailamos , me also una pierna y sentí su verga entras de un empujón
AHHH Dios , que rico , no pares sigue DIOS

Sentía cad estocada , como entraba y salía , estaba llegando al orgasmo y loo miraba a los ojos al tipo y le decía , eso coje a esta perra
En medio de mi orgasmo, mientras sentía cómo él se venía profundamente dentro de mí, una ráfaga de voz me llegó desde la distancia, como un grito de guerra:
PAOLA: —¡Eso, perra! ¡Celebre su libertad, Laura! —era Paola, gritando desde la pista.
Me quedé allí, apoyada contra la pared helada, con la respiración rota y el cuerpo empapado de sudor y fluidos, sintiendo cómo la mujer que yo era se desintegraba para dar paso a una criatura que solo vivía por y para la depravación. La noche no había hecho más que empezar.
Unas horas después, estaba sentada frente a Paola en un café pequeño y discreto. El aroma del café recién hecho contrastaba con la conversación que estábamos teniendo, una charla que habría horrorizado a cualquier persona decente.
LAURA: —Marica, no te imaginas lo que fue eso —le susurré, inclinándome sobre la mesa mientras una risa nerviosa y excitada se me escapaba—. Me comí a Esteban en el sofá, y después en nuestra propia cama... y cuando creía que ya no podía más, llegó Daniel y me agarró como a una perra. Me rellenó de una forma que me dejó temblando las piernas.
Paola soltó una carcajada sonora, sin importarle que las otras clientas nos miraran. Me tomó la mano y me la apretó con una complicidad feroz.
PAOLA: —¡Esa es mi perra! —exclamó en un susurro vibrante—. Te lo dije, Laura. Estás en otro nivel. Pero escúchame bien: alístate, porque esta noche en tu Despedida de Soltera no vas a mandar tú. Esta noche es para que te pierdas por completo.
El club nocturno nos recibió con, luces la realidad y ese olor denso y embriagador a alcohol, perfume caro y feromonas. El ambiente era asfixiante y perfecto.
Caminábamos por la pista cuando noté algo que me encendió la sangre. Paola iba unos pasos por delante de mí, con un vestido de seda tan ajustado que parecía una segunda piel. Al subir unos escalones hacia la zona VIP, el vuelo de su falda reveló la verdad: no llevaba calzones. Vi la curva de su culo desnudo y la ausencia total de encaje bajo la tela.

LAURA: —¡Pao, marica, no traes nada abajo! —le solté, con la voz cargada de una admiración morbosa.
Ella se giró con una sonrisa perversa, sus ojos brillando bajo las luces de neón. Se acercó a mi oído y su aliento caliente me erizó la piel.
PAOLA: —Mi amor, yo vine aquí a divertirme y a no perder el tiempo con lencería estorbando... —me susurró—. Usted debería haber hecho lo mismo.
No le di la razón con palabras, sino con la mirada. Empezamos con shots de tequila, uno tras otro, sintiendo cómo el alcohol caía por mi garganta y empezaba a derretir el último rastro de mi filtro social. La música era un golpe constante en mi pecho, y el calor del club empezaba a desarmarme. De repente, perdí de vista a Paola entre la multitud y el humo. La busqué con la mirada frenética hasta que la encontré: estaba arrinconada contra la barra, entregándose con todo el mundo mirando era rápido y descarado con un tipo de hombros anchos. La veía mover sus caderas con una urgencia animal .

Ese espectáculo fue el detonante final. Mi propia vagina empezó a empaparse de forma descontrolada. Sentí que la Laura "esposa perfecta" y la Laura "manipuladora" se morían en ese instante para dar paso a algo mucho más primario. Me solté las trenzas, dejé que mi pelo cayera sobre mis hombros y me fundí en la masa de cuerpos.
El asedio comenzó casi de inmediato. En la pista de baile, el contacto físico dejó de ser casual para volverse una invasión consentida. Sentía las manos de desconocidos recorriéndome; manos calientes que me subían la falda, dedos que se clavaban en mis nalgas con una fuerza que me hacía gemir sin cuidado.


Un tipo, con la mirada nublada por el deseo, se acercó por detrás y metió dos dedos gruesos y calientes por debajo de mi tela, encontrando mi vaguina desbordada me metió los dedos

LAURA: —¡Mmh!... ¡Uff!... ¡Sí!... —jadeé cuando sentí la fricción de sus dedos entrando en mi vagina mientras seguía bailando.
La excitación era insoportable. Ya no quería más dedos quería sentir una verga abriendome; quería ser poseída. Agarré al hombre que me rodeaba, un tipo con el torso musculoso y la mirada de un depredador. Sin decir una palabra, lo arrastre hacia un rincón de la zona VIP, un pasillo estrecho y helado donde la música sonaba como un latido lejano.
Lo empujé contra la pared y le abrí las piernas. Él no perdió el tiempo; sacó su verga, una pieza de carne dura y palpitante que brillaba bajo la luz del rincón. Me senté sobre él de inmediato, buscando su pene con una desesperación que me hacía quererplacer.
Cuando me penetró, el impacto fue un estallido de sensaciones: ¡Ahhh!... ¡Mmh!... La sensación de su verga abriéndose paso, estirando mis paredes y rellenándome hasta el fondo me hizo arquear la espalda y clavar las uñas en sus hombros. Empezamos un ritmo salvaje, un choque de carne sin tregua: ¡Chlap, chlap, chlap!.
LAURA: —¡Puta!... ¡Qué rico!... ¡No me aguantaba las ganas de que alguien me reventara así!... —grité, sin importarme quién escuchara.

Él me agarraba de las caderas con una fuerza brutal, impulsándome contra el mientras la lubricación de mi vagina y el semen de la tarde previa creaban un sonido húmedo y asfixiante: ¡Plap, plap, plap!. La fricción era tan intensa que sentía que mi interior se incendiaba. Estaba perdiendo el control muscular, mis piernas temblaban y mi mente solo existía en ese punto de contacto violento y glorioso.
Luego el me dijo que nos fuéramos para la pista de baile , yo no quería ir quería seguir montandolo , pero me dijo que no me iba arrepentir , llegamos me tomo por la sirntura , me dijo bailamos , me also una pierna y sentí su verga entras de un empujón
AHHH Dios , que rico , no pares sigue DIOS

Sentía cad estocada , como entraba y salía , estaba llegando al orgasmo y loo miraba a los ojos al tipo y le decía , eso coje a esta perra
En medio de mi orgasmo, mientras sentía cómo él se venía profundamente dentro de mí, una ráfaga de voz me llegó desde la distancia, como un grito de guerra:
PAOLA: —¡Eso, perra! ¡Celebre su libertad, Laura! —era Paola, gritando desde la pista.
Me quedé allí, apoyada contra la pared helada, con la respiración rota y el cuerpo empapado de sudor y fluidos, sintiendo cómo la mujer que yo era se desintegraba para dar paso a una criatura que solo vivía por y para la depravación. La noche no había hecho más que empezar.
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