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Norma y su nieto Andre

Norma y su nieto Andre

Norma era una mujer chaparrita de setenta años, con el cabello blanco recogido en un moño suave, ojos castaños llenos de bondad y una sonrisa que siempre transmitía calidez. Medía apenas un metro cincuenta, con un cuerpo suave y redondeado por los años: pechos grandes y caídos, caderas anchas, y un trasero generoso y blando que se movía con ternura cuando caminaba por la casa. Viuda de espíritu alegre, vivía con su esposo Roberto, un hombre de setenta y cinco años ya algo cansado y medio sordo, en una casita modesta en las afueras de la ciudad. Su nieto, Andrés, de veintidós años, se había mudado temporalmente con ellos para preparar sus exámenes universitarios en paz, lejos del bullicio de la residencia estudiantil.Andrés era un joven alto, atlético y lleno de esa energía hormonal que no siempre sabía controlar. Desde que llegó, no podía evitar mirar a su abuela con una mezcla de cariño y un deseo prohibido que crecía cada día. Norma era tan cariñosa, siempre preparándole comidas, acariciándole el cabello y tratándolo como su niño grande...Una tarde calurosa, mientras Roberto dormitaba en su sillón frente al televisor con el volumen alto, Norma estaba en la cocina lavando platos. Llevaba un vestido ligero de algodón floral que se pegaba suavemente a sus curvas por el sudor. Andrés se acercó por detrás con la excusa de buscar un vaso de agua. El corazón le latía fuerte. Sin pensarlo dos veces, sus manos grandes se posaron en las nalgas generosas de su abuela, apretándolas con firmeza por encima de la tela.Norma se sobresaltó, soltando un plato que casi se le cae.
—¡Andrés! ¿Qué haces, mijo? —susurró escandalizada, girando la cabeza con los ojos muy abiertos. Su rostro se puso rojo como un tomate.Pero no gritó. Roberto roncaba a solo unos metros. Las manos del joven siguieron masajeando esas nalgas suaves y pesadas, separándolas ligeramente. Uno de sus dedos índice se deslizó audazmente por la hendidura, presionando la tela contra el ano arrugado y cálido de la anciana.—¡Ay, Dios mío! ¡Para eso, Andrés! ¡Estás loco! —murmuró Norma entre dientes, apretando los muslos. Sentía una mezcla de shock, vergüenza y una extraña cosquilla que no había experimentado en décadas. Su cuerpo viejo reaccionó involuntariamente: un leve calor entre las piernas.Andrés retiró la mano cuando oyó que Roberto se movía en el sillón, pero le guiñó un ojo con picardía antes de irse a su cuarto. Norma se quedó temblando, lavando los platos con las manos agitadas, el corazón acelerado.Esa misma noche, cuando todos se habían acostado, el teléfono de Norma vibró en la mesita de noche. Era un mensaje de WhatsApp de Andrés.Andrés: Abuelita... perdón por lo de hoy. No sé qué me pasó. Tu culo se veía tan rico con ese vestido Norma: ¡Andrés! ¿Cómo te atreves a escribirme eso? Soy tu abuela, por el amor de Dios. ¡Tienes que respetarme! Lo que hiciste fue muy malo. Muy muy malo. Casi me muero del susto. ¿Y si tu abuelo se hubiera dado cuenta?
Norma: Andrés, hijo, todavía estoy temblando en la cama. No puedo dormir. Lo que hiciste hoy y que yo te dejara… ¡Ay, Dios mío! Soy tu abuela, una señora de 70 años. ¿Cómo se te ocurre tocarme así? Andrés: Abue… perdóname. Es que no pude resistirme. Tu culito se siente tan suave y calentito… Norma: ¡No me digas “culito”! Eso es una falta de respeto enorme. Me agarraste delante de tu abuelo casi. Si Roberto se despierta y ve algo… me muero de la vergüenza. Norma: Cuando me pusiste la mano en las nalgas primero sentí como un rayo. El corazón me saltó. Luego cuando bajaste el dedito y presionaste… ¡ay virgencita santa! Sentí un calor raro ahí atrás. Me quedé helada y al mismo tiempo me ardía la cara. Andrés: ¿Te gustó aunque sea un poquito, abuelita? Sentí que te relajaste un segundo… Norma: ¡No digas eso! Me escandalicé muchísimo. Pero sí… sentí calor. Y cuando metiste un poquito el dedo… se sintió raro. Como una cosquilla profunda que nunca había sentido. Me apretó todo el cuerpo. Norma: Y lo peor es que me mojé las bragas un poquito Me da mucha vergüenza escribirte esto. Una vieja como yo no debería estar mojada por esas cosas. Andrés: Jajaja no eres vieja, abue. Eres hermosa. Me encanta que te mojaras. A mí se me puso el pitote durísimo solo de tocarte. Todavía lo tengo medio duro pensando en ti. Norma: Pobrecito… ¿Tanto te duele? Las hormonas de los jóvenes son muy fuertes, ¿verdad? Yo entiendo eso… pero igual está mal. Eres mi nieto. Mi sangre. Andrés: Abue, fantaseo todo el día con tus nalgas. Cuando estás lavando los platos se te mueven suavecito y yo solo quiero agarrarlas, abrirlas y meterte el dedo más profundo. A veces me masturbo en el baño pensando en eso. Imagino que te bajo las bragas y te beso el culito arrugadito. Norma: ¡Andrés! ¡Qué cosas tan sucias dices! Me estás poniendo más nerviosa. ¿De verdad te masturbas pensando en el trasero de tu abuela? Eso es pecado grave, mijo. Norma: Pero… dime la verdad. ¿Cómo lo haces? ¿Rápido o despacio? ¿Piensas en mi olor también? Porque cuando me metiste el dedo yo sentía que olía a sudor y a… a mí. Me daba mucha vergüenza que olieras eso. Andrés: Sí, abue. Me encanta tu olor. Ese olorcito a señora mayor, a piel calentita. Me jalo el pitote despacio imaginando que es tu mano la que me aprieta. Hoy cuando me tocaste por encima del pantalón casi me vengo. Norma: Ay, mijo… no sé ni qué decir. Me tiemblan las manos escribiendo. Cuando te apreté el pitote sentí cómo palpitaba. Está muy grande y muy duro. Pobrecito mi niño, sufriendo tanto. Yo solo quería calmarte un poquito… Norma: El dedito tuyo se sentía caliente adentro. Me dio como una punzada de gusto y al mismo tiempo de culpa. Pensé “Norma, ¿qué estás haciendo? Tu marido está a tres metros”. Casi me orino de los nervios Andrés: Me pone muy caliente que te diera gusto, abue. Mañana quiero meter el dedo más adentro. ¿Me dejas? Solo un poquito más. Norma: No tan profundo, Andrés. Solo hasta donde yo diga. Y solo cuando tu abuelo esté dormido o en la siesta. Si te pasas te doy un coscorrón aunque seas grande. Norma: Pero… sí. Puedes tocarme el trasero mañana otra vez. Y si te duele mucho el pitote… te dejo que te calmes con mi mano. Pero solo con la mano, ¿eh? Nada más. Soy tu abuela y te quiero mucho, no quiero que andes con esa calentura. Andrés: Te amo, abuelita. Eres la mejor. Mañana voy a oler tu culito mientras te meto el dedo. ¿Te da vergüenza que haga eso? Norma: Muchísima vergüenza Pero si te gusta… está bien. Solo un ratito. No me vayas a dejar oliendo raro después. Y dime si mi olor te gusta de verdad o solo lo dices para calarme. Andrés: Me encanta, abue. Es rico y natural. Me pone loco. Norma: Ay, Dios… qué conversación estamos teniendo. Una señora decente como yo hablando de olores y de pitotes con su nieto. Mañana en la cocina tienes que portarte bien. Solo cuando yo te diga. Y si Roberto se mueve, te quitas rapidito.  
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Norma: Duérmete ya, mi niño. Mañana te ayudo con esa calentura otra vez. Pero esto tiene que parar pronto, ¿eh? Aunque… me da gustito saber que puedo calmar a mi nieto. Andrés: Buenas noches, abuelita hermosa. Soñaré con tus nalguitas suaves y con tu manita apretándome. Norma: Buenas noches, travieso. No sueñes cosas tan sucias. Aunque… si sueñas, no me cuentes todo mañana Norma: (1:47 AM) Una cosa más… ¿de verdad te gusta mi culito aunque esté blandito y con arrugas? No me mientas para no herirme. Andrés: Me vuelve loco precisamente porque es blandito y de señora mayor. Es perfecto. Norma: Bueno… entonces está bien. Duérmete. Mañana hablamos más. Te quiero, mi Andrés.  

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