You are now viewing Poringa in Spanish.
Switch to English

Rosa y Mateo

Rosa y Mateo
Al día siguiente, muy temprano, cuando el sol apenas empezaba a filtrarse por las cortinas del viejo dormitorio de la casa de campo, doña Rosa se levantó con cuidado. Tenía setenta y dos años, el cabello blanco recogido en un moño flojo, la bata de algodón floreada y esa mirada bondadosa que siempre la había caracterizado. Caminó despacio por el pasillo, sintiendo cada paso como un recordatorio vivo de la noche anterior. El culo le ardía de una forma extraña, profunda, y cada movimiento le arrancaba un pequeño gemido contenido.Llegó a la puerta de la habitación de su nieto, Mateo, de veinticuatro años, y tocó suavemente antes de entrar sin esperar respuesta. Él estaba medio despierto, todavía en calzoncillos, el cuerpo joven y firme contrastando con la luz suave de la mañana.—Cabron… —dijo ella en voz baja, cerrando la puerta detrás de sí, con ese tono de abuela recatada que siempre usaba para regañarlo—. Todavía me duele el culo. No pude dormir casi nada. Pero… me gustó la reventada de culo que me diste. Todavía siento tu verga adentro. Me lo gané, no te culpo. Lo que se perdió el abuelo…Mateo se incorporó de golpe, la sonrisa pervertida ya dibujándose en su cara. Doña Rosa se quedó de pie junto a la cama, las manos cruzadas sobre el pecho como si todavía intentara protegerse de su propia vergüenza, pero los ojos le brillaban con una mezcla de culpa y algo más caliente.Todo había empezado días atrás.Doña Rosa siempre había sido la abuela dulce, la que hacía tamales, la que le daba besitos en la frente y le decía “mi niño” con esa voz suave de quien nunca imagina maldad. El abuelo, don Humberto, vivía en su propio mundo: sordo de un oído, despistado, pasaba las tardes en el sillón viendo el noticiero o dormitando. Nunca se enteraba de nada.Mateo, en cambio, llevaba meses mirándola de otra forma. La veía agacharse a recoger algo del suelo y se le endurecía la verga viendo ese culote ancho, pesado, todavía firme para su edad, envuelto en las faldas modestas. Empezó con toqueteos “accidentales”: al abrazarla, las manos se le resbalaban más abajo de la cintura; al pasar por detrás en la cocina, rozaba sus nalgas con la entrepierna. Doña Rosa se sonrojaba, lo empujaba con suavidad y le decía:—Ay, Mateo, no seas travieso… soy tu abuela, hijo.Pero él insistía. Una tarde, mientras el abuelo dormía la siesta en el patio, Mateo la encontró en la cocina. Se le pegó por detrás, rodeándola con los brazos, y empezó a apretar suavemente ese culo grande contra su erección ya dura.—Abuelita… tienes el culo más rico que he visto —susurró contra su oído—. Déjame tocarlo un poquito… solo un ratito.Doña Rosa se quedó rígida, el corazón latíéndole fuerte. Por dentro pensaba: Dios mío, qué está diciendo este chamaco… es mi nieto… no puedo… es pecado… pero… ¿por qué siento ese calor aquí abajo?—Mateo, no… quita las manos, por favor… —dijo en voz baja, intentando sonar firme, pero las manos le temblaban mientras intentaba soltarse.Él no paró. Le subió la falda despacio, acariciando las medias y luego la piel suave de los muslos. Cuando llegó a las bragas amplias y de algodón, las bajó un poco y empezó a amasar las nalgas con ambas manos, separándolas, mirando el agujerito rosado y el coño ya un poco húmedo de la vergüenza.—Míralo, abuela… qué culote tan hermoso… quiero metértela toda aquí atrás. Te voy a reventar este culo hasta que no puedas caminar.Ella se escandalizó de verdad esa primera vez. Se dio la vuelta, le dio una cachetada suave en el pecho y salió casi corriendo, con las mejillas encendidas y el corazón desbocado. Esa noche no pudo dormir, pensando una y otra vez en las manos de su nieto, en cómo le había hablado, en lo gruesa que se sentía esa verga contra su trasero.Pero Mateo no se rindió. Al día siguiente volvió a la carga: más toqueteos, más palabras sucias dichas al oído mientras el abuelo estaba a pocos metros, completamente ajeno. Le pellizcaba las tetas por encima del vestido cuando nadie miraba, le metía la mano bajo la falda en el sofá y le frotaba el coño por encima de las bragas hasta que ella empezaba a humedecerse a pesar de sí misma.—Abuelita… estás mojadita… tu cuerpo quiere lo que tu boca niega —le decía.Doña Rosa pasaba de la indignación a una confusión profunda. Esto está mal… soy una mujer mayor, recatada… ¿cómo puede gustarme que mi propio nieto me manosee así? Pero cada vez que él la tocaba, el calor le subía más rápido. Empezó a ceder centímetro a centímetro: primero permitió que le besara el cuello, luego que le chupara los pezones ya caídos y sensibles, después que le metiera un dedo en el coño mientras le hablaba de cómo le iba a destrozar el culo.La noche definitiva llegó cuando el abuelo se fue temprano a dormir, roncando fuerte en su habitación. Mateo la esperó en la cocina. Doña Rosa entró a tomar un vaso de agua y él la acorraló contra la mesa.—Esta noche sí, abuela. Ya no más juegos. Quiero ese culote.Ella temblaba. —Mateo… no puedo… es demasiado… nunca he hecho… eso por atrás… tu abuelo nunca…—Entonces lo que se perdió el abuelo lo voy a disfrutar yo —contestó él, ya bajándole las bragas y haciendo que se inclinara sobre la mesa.La preparó con paciencia y lujuria: le lamió el culo largo rato, le metió un dedo, luego dos, estirándola mientras ella gemía entre protestas y placer. Cuando por fin alineó la cabeza gruesa de su verga contra el agujero apretado, doña Rosa tenía los ojos cerrados y las manos aferradas al borde de la mesa.—Despacio… por favor, niño… me va a doler…Mateo empujó. Primero solo la punta. Ella soltó un grito ahogado. Luego más, centímetro a centímetro, hasta que la verga gruesa y joven quedó completamente enterrada en ese culo virgen de abuela. Doña Rosa lloraba un poco del ardor, pero también jadeaba. Mateo empezó a moverse, despacio al principio y luego más fuerte, agarrándola de las caderas anchas y reventándole el culo con embestidas profundas.—¡Ay… ay Dios… qué gruesa… me estás rompiendo…! —gemía ella, ya sin poder fingir solo dolor.Él le hablaba al oído mientras la follaba: —Tómalo todo, abuelita… este culote es mío ahora… mira cómo se abre para mi verga…Doña Rosa pasó de la resistencia a empujar hacia atrás, buscando más. El sonido de las nalgas chocando contra la pelvis de su nieto llenaba la cocina. Cuando Mateo se corrió adentro, llenándole el intestino de semen caliente, ella se vino también, temblando, con el coño chorreando sobre el suelo.Después se quedó apoyada en la mesa, respirando agitadamente, el semen escurriéndole por los muslos.Y así llegaron a esa mañana.Ahora, de pie junto a la cama, doña Rosa lo miraba con esa expresión ingenua de abuela que todavía no sabía del todo cómo procesar lo que había pasado… y sin embargo, ya un poco traviesa.—Todavía lo siento adentro, Mateo… cada vez que me siento, me arde y me acuerdo de cómo me la metiste toda. No te culpo, de verdad. Me lo gané por dejarme manosear tanto… —bajó un poco la voz, casi sonriendo con timidez—. El abuelo nunca me tocó así… nunca me reventó el culo como tú. Si quieres… esta noche… cuando él se duerma otra vez… puedes… volver a hacerlo. Pero más despacio al principio, ¿eh? Que todavía estoy sensible…Mateo la jaló hacia la cama, le subió la bata y le dio una nalgada sonora en ese culo todavía marcado y adolorido.—Esta noche te la voy a meter más duro, abuelita. Y después te voy a hacer que me la chupes para limpiártela.Doña Rosa se cubrió la cara con las manos, sonrojada hasta las orejas, pero no se apartó. Por dentro pensaba, con esa mezcla de vergüenza y deseo que ya no podía negar: Qué va a ser de mí… me estoy convirtiendo en una vieja cochina por mi propio nieto… y lo peor es que… me gusta.El abuelo seguía roncando en su habitación, completamente ajeno a que su esposa, la abuela bondadosa y recatada, ya no lo era del todo

0 comentarios - Rosa y Mateo