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El pacto 20 (Laura perspectiva )

Sentada frente a Paola en ese café con aroma a vainilla y complicidad, sentía que el mundo entero estaba a mis pies. Estábamos rodeadas de folletos de encajes y muestras de seda para la boda, pero mi mente estaba en otro lado: estaba en la adrenalina de mi doble vida. Miré a mi amiga y le sonreí con esa malicia que solo nosotras entendíamos.
—Gracias, Pao —le dije, bajando la voz mientras tomaba un sorbo de mi café—. De verdad, gracias por abrirme los ojos. Antes pensaba que la vida era solo ser la novia perfecta, la mujer tranquila... pero esto es otra cosa. Amo a Daniel, lo juro, es el hombre de mi vida y me voy a casar con él con todo el corazón del mundo... —hice una pausa dramática y solté una risita cínica— pero mis huevitos me los voy a seguir echando. No pienso renunciar a este fuego.
Paola soltó una carcajada y me apretó el brazo con una fuerza que delataba su orgullo por mí.
—Eres una perra sin remedio, Laura —me susurró al oído, con un tono que era puro cariño y admiración—. Y así te quiero. Pero escúchame bien: guárdate esa energía. Váyase preparando, mi reina, porque la Despedida de Soltera que le tengo lista va a ser una puta bomba. No te imaginas lo que te espera.
—¡No seas así! ¡Cuéntame algo! —le rogué, sintiendo un cosquilleo de anticipación en mi vulva.
—Ni hablar. Sorpresa —sentenció ella con un guiño. Me levanté con una sensación de victoria; tenía que irme, Daniel me había citado en la casa con Esteban para terminar de ver los detalles del Padrino.
La Farsa de la Fidelidad
Cuando llegué al apartamento, la escena era la estampa de la perfección doméstica. Daniel y Esteban estaban sentados en el sofá, rodeados de catálogos de bodas y carpetas de proveedores. Verlos ahí, los dos hombres más importantes de mi vida sentados como si fueran hermanos de sangre, me provocó una oleada de humedad instantánea en mis panties. La simple idea de que uno era mi futuro esposo y el otro mi amante más salvaje me hacía sentir una excitación eléctrica en cada poro.
—Laura, mi amor, qué bueno que llegas —dijo Daniel, levantando la vista con esa mirada llena de adoración que tanto me gustaba fingir que yo también sentía.
—Hola, mi vida —le respondí, dándole un beso suave en la mejilla mientras me sentaba al lado de Esteban.
Lo más irónico —y lo que más me hacía hervir la sangre de puro morbo— fue cuando Esteban empezó con su sermón. Con una seriedad que me resultaba casi cómica, se giró hacia Daniel.
—Mira, hermano —dijo Esteban, poniendo una mano en el hombro de mi prometido—, mi único consejo es que cuides a Laura. Que seas fiel, que la valores y que nunca le falte nada. Una mujer así es un tesoro que hay que proteger.
Por dentro, me estaba muriendo de la risa. Sentía una incredulidad tan brutal que por un momento temí que se me escapara una carcajada. ¿Este hombre? ¿Dándome lecciones de moral y fidelidad al hombre con el que planeaba compartir mi vida? Si tan solo supiera que apenas unas horas antes me tenía en cuatro en un motel, rellenándome el culo con su verga mientras yo le suplicaba que no parara. El contraste entre su discurso de santo y su realidad de animal era el afrodisíaco más potente que jamás había probado.
El Ataque en el Sofá
El detonante llegó cuando el celular de Daniel vibró sobre la mesa. Lo miró y sonrió con esa expresión de complicidad familiar.
—Es mi mamá —dijo Daniel—. Me está llamando para coordinar lo de la sorpresa de la boda, ese detalle que no quiero que Laura sepa todavía. No me demoro, voy a salir un momento al carro para hablar con ella tranquilamente y que no escuche nada. No quiero arruinar la sorpresa.
Se levantó, me dio un beso dulce y casto en los labios —un beso que sabía a mentira— y se despidió de Esteban con un apretón de manos.
—Compadre, los dejo un rato adelantando esto, ya regreso —dijo antes de cerrar la puerta.
En cuanto escuché el clic de la cerradura, mi instinto animal tomó el control. No esperé ni un segundo. Con una urgencia desesperada, me desabroché el pantalón y me lo bajé junto con los calzones de un solo tirón, dejándome la vulva al aire y la falda recogida. Me subí de horcajadas sobre Esteban en el sofá, aprisionándolo con mis piernas.
El pacto 20 (Laura perspectiva )


Nos empezamos a besar con furia, un intercambio de salivas sucio y hambriento. Mientras mi lengua exploraba su boca, bajé la mano hasta su bulto, abrí su cremallera y desenterré su verga, que ya estaba dura como una piedra. La rodeé con los dedos y empecé a pajearlo despacio, sintiendo la tibieza de su piel y la gota de líquido preseminal que humedecía la punta.
—¿Y entonces?... —le susurré entre besos, rozando mis labios con los suyos mientras apretaba mi agarre en su miembro—. ¿Mi padrinito estaba asustadito porque pensó que le iba a dejar de dar su bocado?
Esteban soltó un gemidoahogado, hundiéndome los dedos en las nalgas mientras yo no paraba de pajearlo.
—Sí... mi amor... puta, pensé que al casarte no me ibas a volver a mirar... —confesó con la voz entrecortada, apretándome contra su pelvis.
—Tranquilo, mi Estevita... tranquilo —le respondí, dándole besitos cortos en los labios y luego en el cuello, mientras le pasaba la punta de su verga por mis labios vaginales empapados—. Mientras usted coma callado y sepa cuál es su lugar, va a seguir cogiendo su pedacito de carne... así como me está cogiendo la nalga ahora mismo.
Sin darle tiempo a responder, me acomodé y me dejé caer de golpe sobre él. La verga de Esteban me atravesó por completo, encajando hasta el fondo en mi canal hirviendo.
—¡Ahhhh!... ¡Uff, Dios mío!... —grité, echando la cabeza hacia atrás mientras sentía cómo me estiraba por dentro.
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Empecé a cabalgarlo en un ritmo frenético, subiendo y bajando, sintiendo mis jugos chorrearle por la base del pene y mojarle los testículos. Esteban me agarraba duro de las caderas, impulsándome hacia abajo para que cada estocada tocara mi cuello uterino. El sonido era obsceno: un ¡chlap, chlap, chlap! húmedo y pesado que retumbaba en toda la sala.
—¡Mmh, sí!... ¡Sienta cómo lo aprieto, Padrino!... ¡Uff, qué rico me rellena!... —gemía fuera de mí, frotando mi clítoris contra su pubis mientras él me embestía desde abajo con una desesperación salvaje.
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Me volteó de lado en el mismo sofá, levantándome una pierna hasta el hombro para entrarme aún más profundo. Desde esa pose, sentía cómo su cabeza abría paso entre mis paredes vaginales, haciéndome jadear sin aire hasta dejar el sofá manchado con mis fluidos.
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—Vamos a la alcoba —le ordené entre respiraciones agitadas, sacándolo de mi cuerpo con un chupón líquido y arrastrándolo hacia nuestra habitación matrimonial.
Quería más. Quería profanar el lugar donde dormía con mi dani. Una vez en la cama, le exigí algo que me volvía loca:
—Ponte la camisa de Daniel. Quiero que huelas como él mientras me penetras —le dije con un cinismo que me quemaba la garganta.
Esteban se puso la camisa de mi prometido, y el fetiche se completó. Me puso en cuatro sobre las sábanas que Daniel todavía consideraba sagradas. Empezó a embestirme con una saña salvaje, golpeando mi culo con la palma de su mano mientras su verga entraba y salía sin piedad. El placer era tan intenso que mi cerebro se nubló; mi lengua se soltó y empecé a gritar nombres que no debían ser pronunciados en ese santuario.
—¡Sí, Dani!... ¡Siga, Dani, métamela más duro!... ¡Ahhh!... ¡Mmmh!... —gritaba yo, perdiendo la noción de quién era quién en medio del clímax.
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Esteban se detuvo un segundo, riendo entre dientes mientras me azotaba las nalgas.
—Usted sí es muy perra, ¿no? —me recriminó con voz ronca—. Llamándome con el nombre de su marido mientras le culeo el culo.
—¡Cállese y siga culeando, que para eso está aquí! —le respondí, arqueando la espalda para recibirlo de nuevo.
El clímax fue un estallido de fluidos y jadeos. Esteban se vino profundamente dentro de mí, rellenándome por completo, mientras yo sentía cómo mi propia vulva se contraía en espasmos incontrolables. Nos quedamos un momento tendidos, jadeando, mientras nos limpiábamos con una calma que me resultaba insultante. Nos quedamos en la sala charlando como si nada hubiera pasado, fingiendo una normalidad que ya no existía, hasta que escuchamos la llave girar en la cerradura.
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Esteban se levantó de inmediato, disimulando su agitación y su sudor. Se despidió de Daniel con un saludo dócil y respetuoso, saliendo de la casa sin mirar atrás.
Daniel entró. Pero no era el Daniel dulce y atento de antes. Había algo en su mirada, una dureza gélida que me erizó el vello de los brazos. Se cerró la puerta y se quedó mirándome. El silencio en la habitación era denso, casi asfixiante.
—A la alcoba principal. Ya —me dijo con una voz seca, autoritaria, que me cortó la respiración.
—¿Amor?... —intenté protestar, pero mi voz sonó pequeña, vulnerable.
—Y se me desnuda —sentenció, dándome un paso hacia adelante.
Ese tono, esa autoridad absoluta, destruyó instantáneamente mi fachada de manipuladora. Mi ego se desmoronó y fue reemplazado por un éxtasis de sumisión pura. Me sentía expuesta, vulnerable y terriblemente excitada. Me desnudé frente a él con las manos temblorosas, sintiendo cómo su mirada recorría cada centímetro de mi cuerpo como si estuviera reclamando una propiedad que había sido profanada.
Me tiró en la cama con una furia que no admitía réplica. Me agarró del cabello, obligándome a mirar hacia arriba mientras me poseía sin ninguna piedad. No era el sexo de un amante; era el sexo de un conquistador que reclamaba su territorio. Me penetró con una saña que me hacía ver estrellas, hablándome al oído con palabras sucias que me recordaban que, por más que jugara con otros hombres, yo era su perra, su posesión y su esclava. Me entregué a él, destruida por el placer y la autoridad de mi verdadero dueño, mientras el eco de la traición se disolvía en la gloria de su dominación.
El pacto 20 (Laura perspectiva )

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