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El Doctor es nuestro Donante

El Doctor es nuestro Donante

Capítulo 1

El auto avanzaba despacio por la avenida, pero a mí se me hacía eterno. El semáforo en rojo, el tráfico de media mañana, la gente cruzando sin apuro: todo parecía conspirar para alargar un trayecto que yo hubiera querido terminar de una vez, aunque una parte de mí también quería que no terminara nunca, porque mientras estuviéramos en el auto, todavía existía la posibilidad de que todo saliera bien.

Miré de reojo a Laura. Tenía la mirada perdida en la ventana, una sonrisa pequeña dibujada en los labios, de esas que no se pueden fingir. Llevaba tres semanas así, desde que el doctor Hugo le había hecho la inseminación. Tres semanas de ilusión contenida, de manos sobre el vientre cuando creía que no la veía, de listas de nombres que empezaba y borraba en el celular, de preguntas silenciosas que yo no me atrevía a hacer en voz alta por miedo a romper esa burbuja de esperanza en la que vivía. Cada mañana la sorprendía tocándose el abdomen frente al espejo, como si pudiera sentir algo ahí adentro con solo desearlo lo suficiente.

—¿Nervioso? —me preguntó, sin dejar de mirar por la ventana.

—Un poco —le mentí. Estaba aterrado, pero no de la forma en que ella imaginaba. Tenía miedo de que no funcionara, sí, pero también tenía miedo de la otra posibilidad: que funcionara, y que ese niño que tanto deseábamos llevara en la sangre a un desconocido y no a mí.

Laura estiró la mano y la puso sobre la mía, sobre la palanca de cambios.

—Va a salir bien —dijo, más para convencerse a ella misma que a mí.

Nos conocimos en la universidad, en una clase de introducción a la economía que a ninguno de los dos nos interesaba demasiado. Ella se sentaba dos filas adelante, siempre con el pelo recogido en una cola alta y un cuaderno lleno de apuntes que después me prestaría más de una vez. Yo pasé semanas enteras buscando una excusa para hablarle, hasta que un martes cualquiera me armé de valor y le pedí prestado un lápiz que no necesitaba. Ella se dio cuenta, por supuesto —siempre fue más lista que yo para esas cosas— pero me lo prestó de todas formas, y sonrió de una manera que decía "sé exactamente lo que estás haciendo".

De ahí en adelante fuimos inseparables. Estudiábamos juntos en la biblioteca, compartíamos el almuerzo en la banca bajo el árbol grande del patio central, nos quedábamos hablando por teléfono hasta tarde aunque al día siguiente tuviéramos examen. Cuatro años después, el día que nos graduamos, ya sabíamos que queríamos casarnos. No hubo grandes sorpresas ni pedidas de mano elaboradas con anillos costosos ni restaurantes de cinco tenedores; simplemente un día, sentados en esa misma banca de siempre, hablamos del futuro como si ya estuviera decidido, porque en el fondo lo estaba desde hacía tiempo.

La boda fue sencilla. Un salón pequeño que alquilamos por precio de amigos, comida casera preparada por mi tía y la mamá de Laura, los compañeros de la facultad y las dos familias —las dos de clase media, las dos acostumbradas a hacer rendir cada peso, sin lujos pero sin quejas—. No hubo mesa de regalos extravagante ni banda en vivo, solo un parlante conectado al celular de mi primo y una lista de canciones que armamos entre risas dos días antes. Pero recuerdo esa noche como una de las más felices de mi vida. Laura bailando descalza porque los tacones ya no aguantaban después de la segunda hora, mi papá llorando en el discurso sin poder terminar la frase, mi suegra abrazándome fuerte y diciéndome al oído que cuidara a su hija. Esa noche, bailando abrazados casi al final de la fiesta, nos hicimos la promesa silenciosa de construir algo juntos, despacio, sin apuros, pero con la certeza de que sabíamos hacia dónde íbamos.

Ese "algo" siempre incluyó una casa con patio. Nos costó tres años de ahorro, de decir que no a viajes, a ropa nueva, a salidas que otros amigos sí se daban el lujo de tener, para meter cada peso extra en la cuenta del banco. Recuerdo las tardes de domingo recorriendo barrios, viendo casas que no podíamos pagar, hasta que encontramos la nuestra: no era la más grande del sector, ni la más moderna, pero tenía un patio con espacio suficiente para una hamaca, un perro algún día, y —lo que más nos importaba— un niño corriendo entre las plantas que Laura insistió en sembrar apenas nos entregaron las llaves, "para cuando llegue", decía, aunque todavía no hubiera ni señales de que fuera a llegar nada.

El problema es que no llegaba.



Pasaron tres años desde la boda intentándolo. Primero sin pensarlo demasiado, disfrutando el proceso sin presión. Después empezamos a contar los días del ciclo de Laura, comprando pruebas de embarazo que terminaban en el basurero del baño, una tras otra. Y después, sin darnos cuenta, se instaló entre nosotros esa ansiedad silenciosa que carcome a dos personas que se aman pero que empiezan a temer, sin decirlo en voz alta, que algo no está bien. Hace tres meses decidimos hacernos los análisis. Los resultados llegaron en un sobre que Laura no quiso abrir sola, sentada en el sillón de la sala, y que yo tampoco quise abrir sin ella.

El problema era mío.

Baja motilidad espermática, decía el papel, con palabras frías y técnicas que no alcanzaban a explicar lo que sentí al leerlas. Recuerdo quedarme mirando esas dos palabras un buen rato, como si releerlas fuera a cambiar algo. Laura me abrazó esa noche más fuerte de lo que me había abrazado nunca, me dijo que no importaba, que lo íbamos a resolver juntos, que eso no cambiaba nada de lo que sentía por mí. Y le creí, o quise creerle. Pero aunque ella no dijo una sola palabra que me hiciera sentir menos hombre, yo ya me sentía así de todas formas, tirado en la cama esa noche mirando el techo mientras ella dormía abrazada a mí, preguntándome en silencio si algún día dejaría de doler.

Fuimos con un especialista —el doctor Hugo Paz, que nos habían recomendado en la clínica del seguro— y entre consulta y consulta, entre gráficos y explicaciones que yo apenas lograba procesar del todo, terminamos decidiendo intentar la inseminación artificial. Saber que el hijo que tanto queríamos quizás no llevaría mi sangre, sino la de un donante anónimo elegido de un catálogo, me pesó más de lo que jamás le confesé a Laura. Hubo noches en que me quedé despierto imaginando a ese niño con los ojos de otro hombre, con los gestos de otro hombre, y sentía algo parecido al duelo, como si estuviera renunciando a algo antes incluso de tenerlo. Pero cada vez que veía a Laura ilusionada, calculando fechas en el calendario del celular, mirando cunas y ropa de bebé en internet a las once de la noche con esa sonrisa que yo tanto amaba, ese dolor se hacía pequeño frente a las ganas de verla feliz.

El doctor Hugo había sido paciente desde el primer día. Nos explicó todo con calma, sin apurarnos nunca, dibujando diagramas en una hoja para que entendiéramos el proceso, advirtiéndonos con honestidad que ni siquiera con el procedimiento el embarazo estaba garantizado, y que el costo —alto para nuestro bolsillo, la mitad de lo que habíamos logrado ahorrar en meses— corría bajo nuestro propio riesgo, sin devoluciones si no funcionaba. Lo hablamos varias noches, sentados en la mesa de la cocina con calculadora en mano, revisando cuánto nos quedaría después, cuánto tendríamos que ajustar los gastos del mes. Decidimos arriesgarnos igual. Y hoy íbamos rumbo a su consultorio, a hacernos la prueba que confirmaría si las últimas tres semanas de ilusión habían valido la pena.

Llegamos, saludamos a la recepcionista de siempre —que ya nos reconocía y siempre nos regalaba una sonrisa cómplice— y el doctor Hugo nos recibió con esa amabilidad que ya nos resultaba familiar. Nos hizo pasar a su consultorio, nos ofreció algo de tomar, y mientras esperábamos los resultados del laboratorio nos hizo conversación —preguntó por mi trabajo, por cómo iba el pago del préstamo de la casa, cosas sin importancia que en otro momento se habrían sentido como puro relleno, pero que ese día agradecí porque llenaban el silencio que me apretaba el pecho. Laura, en cambio, hablaba con una energía que no le había visto en semanas. Le contaba al doctor sobre el cuarto que ya tenía medio planeado, sobre el color que quería pintar las paredes. Estaba segura. Tenía fe, esa fe que solo tienen las personas que necesitan creer en algo con todas sus fuerzas.

El doctor salió de vuelta al consultorio con la hoja de resultados en la mano, y antes de que dijera una sola palabra, ya supe, por la forma en que apretaba los labios, que algo no iba bien.
cornudo

—Lo siento mucho —dijo, sentándose despacio frente a nosotros, con esa seriedad que contrastaba fuerte con la calidez de minutos atrás—. La prueba salió negativa. A veces estas cosas suceden, aunque todo se haya hecho correctamente. El cuerpo no siempre responde como uno espera, y menos en el primer intento.



Laura no pudo disimular lo que sintió. Vi cómo su rostro se apagaba en cámara lenta, cómo la sonrisa de hacía apenas media hora se deshacía en algo que no encontraba dónde sostenerse, los ojos llenándose de agua que trataba de contener sin lograrlo del todo. Intenté abrazarla, decirle algo, pero no había palabras que sirvieran para ese momento. Los dos nos derrumbamos ahí mismo, en silencio, en esas dos sillas frente al escritorio del doctor, pensando en el cuarto que ya habíamos decorado en nuestra cabeza mil veces, en el color de las paredes que Laura acababa de describir con tanto entusiasmo, en el rincón del patio donde imaginábamos un columpio bajo el árbol.

El doctor nos dejó unos segundos, respetando el silencio, antes de continuar con cuidado. Nos explicó que existía la fecundación in vitro, un procedimiento distinto, con una tasa de éxito considerablemente más alta, aunque tampoco garantizado al cien por cien. El problema, como siempre, era el dinero. Le expliqué, con la voz más firme de lo que en verdad me sentía, que la casa la habíamos comprado con un préstamo que todavía estábamos pagando mes a mes, que ya habíamos hecho un esfuerzo enorme para llegar hasta la inseminación, vendiendo hasta el auto viejo de mi papá que guardábamos para emergencias, y que juntar una cantidad todavía mayor, y tan pronto, era casi imposible sin endeudarnos más de lo que ya estábamos.

El doctor nos miró, primero a mí, después a Laura, y algo en su expresión cambió, como si estuviera decidiendo, en tiempo real, si decir o no lo que estaba a punto de decir.

—Hay otras opciones —dijo finalmente, bajando un poco la voz—. Más económicas. Más rústicas, si se quiere llamar así, pero opciones al fin.

Laura levantó la cabeza de golpe, con esa esperanza que nunca terminaba de apagarse del todo, por más golpes que recibiera.

—¿Qué tipo de opciones, doctor?

El doctor se tomó un momento largo, casi incómodo, se acomodó en la silla, se inclinó un poco hacia adelante y bajó todavía más la voz, como si lo que iba a decir no debiera salir de esas cuatro paredes.

—Esto se los comento solo a ustedes, porque veo que de verdad quieren un hijo, y porque llevan meses luchando por esto. Es solo una opción, nada más, ustedes deciden. Podríamos intentar una inseminación más directa, sin todo el costo del procedimiento clínico de por medio. Usando muestras del banco de esperma, pero aplicadas directamente en tu cuerpo, Laura, en un ambiente más... controlado, digamos, fuera del protocolo habitual.

No terminó de decir la frase completa que ya sentía la sangre subírseme a la cara. La sola idea de imaginarlo a él, con sus propias manos, depositando algo dentro de mi esposa, en lugar de una máquina y un procedimiento impersonal detrás de una cortina, me nubló la vista de rabia. No supe distinguir en ese momento si era orgullo, celos, humillación, o las tres cosas revueltas al mismo tiempo, pero no pude ni articular una respuesta. Laura tampoco dijo nada. Le lanzó al doctor una mirada de rechazo que no necesitó palabras, se puso de pie de golpe, tomó su cartera y caminó hacia la salida. Yo la seguí, todavía sin poder ordenar lo que estaba sintiendo.

—La oferta sigue en pie, cuando quieran pensarlo —nos dijo el doctor desde la puerta del consultorio, con una calma que en ese momento me pareció casi insultante, como si no hubiera notado nuestra reacción, o como si ya la hubiera anticipado.

No hablamos en todo el camino a casa. Laura miraba por la ventana, con los brazos cruzados y la mandíbula tensa. Yo miraba la carretera, con las manos apretando el volante más de lo necesario, repitiendo en mi cabeza la frase del doctor una y otra vez, tratando de decidir si lo que sentía era rechazo total o algo más incómodo, algo que no quería nombrar todavía. Entre los dos había un silencio que pesaba más que cualquier palabra que hubiéramos podido decir en ese momento.

Estacioné el auto frente a la casa, frente al patio con las plantas que Laura había sembrado tres años atrás "para cuando llegue". Apagué el motor. El silencio del motor apagándose se sintió más fuerte que cualquier ruido de la calle. Ninguno de los dos se movió para bajar.

—¿Tú qué crees? —preguntó Laura, sin mirarme, con la voz apenas más alta que un susurro.

Nota del autor: Espero que hayas disfrutado de este relato. Si no quieres esperar a la siguiente entrega para saber qué pasa, el próximo capítulo y la versión narrada en audio ya están disponibles en Patreon.
Escucha el audio y lee por adelantado aquí: [FUEGOENLAPIEL]

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