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El Técnico Descarado

El departamento del tercer piso olía a pintura fresca y a polvo de obra. Elena había mandado a limpiarlo esa misma mañana. Las paredes blancas, el piso de cemento pulido todavía sin barnizar, las ventanas abiertas de par en par para que entrara el aire caliente de la ciudad. No había muebles. Solo un par de cajas de herramientas del técnico y el rollo de cable azul que había dejado junto a la puerta.



El muchacho se llamaba Diego. Llegó con la camisa de la compañía arremangada hasta los codos, el pantalón de mezclilla demasiado ajustado y una gorra puesta al revés. Tenía veinticuatro años y una sonrisa fácil que no escondía nada. Desde el momento en que Elena le abrió la puerta, sus ojos no se movieron de ella.



—Buenas tardes, señora. Vengo a instalar el internet.



Elena lo dejó pasar. Llevaba una falda de tiro medio y una blusa sin mangas que el calor de la tarde hacía pegajosa. Diego entró, dejó la caja de herramientas en el centro del cuarto vacío y se quedó mirándola un segundo de más.



—¿Usted es la dueña?



—Sí. Yo contraté el servicio.



—Qué suerte la mía entonces.



Elena levantó una ceja. Diego se agachó a abrir la caja. Al hacerlo, el pantalón se le tensó detrás y ella pudo ver el contorno claro de un bulto grueso. No era casualidad. Cuando se enderezó, se pasó la mano por delante, abiertamente, acomodándose la verga como si estuviera solo. No apartó la mirada de ella mientras lo hacía.



Elena sintió un calor lento subirle por el vientre.



—¿Dónde quiere el módem? —preguntó él.



—Ahí, junto a la ventana.



Diego caminó hasta el lugar indicado. Cada paso hacía que el bulto se moviera bajo la tela. Elena se quedó de pie cerca de la puerta, fingiendo revisar el contrato en el celular, pero no leía nada. Solo lo miraba de reojo. Él se arrodilló, abrió un panel de la pared y empezó a trabajar. Cada vez que se inclinaba, el pantalón se le pegaba más. Y cada vez que se incorporaba un poco, se tocaba otra vez. Descarado. Sin disimulo.



—Hace calor aquí, ¿verdad? —dijo de pronto, sin girarse.



—Sí.



—Yo me estoy asando. Si no le molesta…



Se levantó la camisa y se la quitó de un tirón. La dejó tirada sobre la caja de herramientas. El torso quedó al descubierto: pecho amplio, abdomen marcado, un vello negro que bajaba en línea recta hasta desaparecer bajo el cinturón. El sudor le brillaba en la piel. Elena tragó saliva. Diego se volvió a arrodillar y siguió trabajando, pero ahora se tocaba con más frecuencia. La mano derecha bajaba, apretaba el bulto a través del pantalón, lo acomodaba, y volvía a subir como si nada.



—¿Siempre trabaja así de… cómodo? —preguntó ella, la voz más baja de lo que pretendía.



Diego se rio. Se giró a medias, todavía de rodillas, y la miró directo a los ojos mientras se pasaba la palma abierta por encima de la erección ya evidente.



—Solo cuando la clienta se ve como usted. No es mi culpa. Usted entró y se me paró sola.



Elena sintió que el coño se le humedecía de golpe. No dijo nada. Solo dio un paso más adentro del cuarto vacío.



Diego se levantó. Se limpió las manos en el pantalón y caminó hacia ella sin prisa. Se detuvo a un metro.



—Si quiere que termine rápido el trabajo, no me mire así. Porque me distraigo. Y cuando me distraigo… me toco más.



Elena no apartó la vista. Él volvió a bajar la mano y esta vez sí se apretó con fuerza, dejando que se notara el contorno completo: grueso, largo, ladeado hacia la izquierda.



—Usted también se está mojando —dijo él, sin rodeos—. Se le nota en la forma en que junta las piernas.



Elena soltó una risa corta, nerviosa y excitada al mismo tiempo.



—Qué descarado eres.



—Y usted qué rica se ve cuando se pone colorada.



Diego dio el último paso. Le tomó una mano y se la llevó directo al bulto. La hizo apretar. Elena sintió el calor a través de la tela, el latido, el grosor que apenas cabía en su palma.fin del primer capitulo 2 en la red social del autor original aqui 
https://x.com/leonelly777/status/2086916664256278908

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