El sol de enero caía como un mazo sobre las calles de Buenos Aires, fundiendo el asfalto y espesando el aire con una humedad que pegaba la ropa a la piel. En el barrio, el ruido de los ventiladores y el murmullo lejano del tráfico componían la banda sonora de un verano asfixiante. Dentro de la casa de los padres de Edu, el ambiente era distinto; el aire acondicionado zumbaba en el dormitorio, creando un refugio gélido que contrastaba con el caos exterior.
Edu se ajustó los anteojos, que se deslizaban constantemente por su nariz debido al sudor. Sus dedos, cortos y regordetes, tamborileaban sobre la mesa de madera mientras miraba el libro de historia. A su lado, Diego parecía un animal enjaulado. El rubio, con los hombros anchos que tensaban la camiseta blanca y una mandíbula cuadrada que denotaba una virilidad prematura, soltaba suspiros de frustración cada cinco minutos.
—No puedo más con esto, Edu. Es una tortura. ¿A quién le importa qué pasó en la Revolución de Mayo hace dos siglos?
Edu lo miró de reojo. Su primo era todo lo que él no era: atlético, seguro de sí mismo, el centro de atención en cualquier fiesta. Edu, en cambio, se sentía como un satélite orbitando alrededor de la luz de Diego, cómodo en su gordura y en el silencio de sus videojuegos.
—Si no aprobás, repetís el año, Diego. No podés irte a la playa si tenés que rendir diciembre. Solo concentrate diez minutos más.
Diego soltó una carcajada seca y cerró el libro de golpe, provocando que Edu saltara en su asiento.
—Sos un maldito sabelotodo. Me das asco con esa actitud de alumno perfecto.
—Solo intento ayudarte porque me lo pediste.
La tensión que se había venido acumulando durante semanas estalló en un instante. Diego se puso de pie, su figura eclipsando la luz de la lámpara, y sin previo aviso, lanzó un golpe seco que impactó en la mejilla izquierda de Edu. El sonido del impacto resonó en la habitación. Edu cayó hacia atrás, su cuerpo pesado golpeando la silla, mientras un calor ardiente se extendía por su rostro. Sus ojos se llenaron de lágrimas instantáneamente, no solo por el dolor físico, sino por la humillación.
—Escuchame bien, gordo —siseó Diego, inclinándose sobre él, su voz cargada de un desprecio que hizo vibrar el aire—. No te confundas. Que me sirvas para pasar las materias no te hace mi igual. Acá el que manda soy yo. Vos hacés lo que yo diga, cuando yo quiera, y te callás la boca si no querés que te rompa la cara.
Edu sollozó, encogiéndose sobre sí mismo, sintiéndose pequeño a pesar de su volumen. Diego lo miró con una chispa nueva en los ojos, una mezcla de asco y curiosidad. Había descubierto que el miedo de Edu era un combustible potente, y la sensación de poder absoluto le resultó más adictiva que cualquier deporte.
Días después, el calor seguía siendo insoportable. Diego entró en la casa de Edu sin llamar, sabiendo que los padres de su primo habían salido por el fin de semana hacia el campo. La casa estaba sumida en un silencio sepulcral, solo interrumpido por el zumbido del aire acondicionado.
—¿Dónde estás, gordo? —gritó Diego, caminando hacia la habitación.
Edu apareció en el marco de la puerta, con una camiseta demasiado grande que no ocultaba su vientre prominente. Sus ojos evitaron los de Diego, manteniendo la mirada fija en el suelo.
—Estoy acá. Podemos empezar con geografía.
Diego lo ignoró, sentándose en la silla giratoria frente a la computadora de Edu. El ambiente estaba cargado. Pasaron un par de horas de un estudio mediocre, donde Diego apenas prestaba atención, más interesado en observar cómo Edu temblaba ligeramente cada vez que sus manos se rozaban al pasar un libro.
—Tengo sed. Buscá unas cervezas en la bodega de tu viejo —ordenó Diego, recostándose en la silla.
Edu asintió rápidamente, sin cuestionar. El miedo al temperamento de su primo se había convertido en una obediencia ciega. Mientras Edu descendía hacia la frescura húmeda de la bodega, Diego sintió una curiosidad impulsiva. Se acercó a la computadora y abrió el historial del navegador. Sus ojos se abrieron con sorpresa y luego se contrajeron en una sonrisa depredadora.
Pantallas llenas de imágenes explícitas. Hombres musculosos sometiendo a chicos gordos, actos de sumisión, penetraciones profundas y lenguaje vulgar. Edu, el primo tímido y estudioso, consumía porno gay.
Cuando Edu regresó, jadeando un poco por el esfuerzo de subir las escaleras y cargando un pack de cervezas, se encontró con una escena que le heló la sangre. Diego estaba sentado con las piernas abiertas, su mano derecha envolviendo su propio miembro, que ya se erguía con una fuerza imponente, rompiendo la tela del pantalón. Era una bestia de carne, un cilindro grueso y venoso que parecía demasiado grande para un cuerpo humano, alcanzando los veinticuatro centímetros de una longitud intimidante.
—Tengo un secreto, Edu —dijo Diego, su voz ahora suave, casi melódica, pero cargada de veneno—. Un secreto muy jugoso que encontré en tu computadora.
Edu dejó caer las cervezas. El sonido del vidrio chocando contra el piso fue el preludio de su caída.
—¿Qué... qué viste? —susurró, su voz quebrándose.
—Vi tus gustos. Vi que te gusta que te dominen, que te gusta ser el juguete de alguien más fuerte. Imaginate lo que diría el grupo de WhatsApp del colegio. Imaginate la cara de tus viejos cuando vean que su hijo perfecto es una puta que mira videos de hombres cogiéndose.
Edu se desplomó de rodillas, las lágrimas desbordándose. El pánico lo invadió, una marea negra que lo ahogaba.
—Por favor, Diego... te lo ruego. No lo hagas. Haré cualquier cosa. Lo que quieras, te juro que haré lo que sea, pero no lo digas.
Diego soltó una risita cruel. Se puso de pie, dejando que su enorme pene oscilara libremente frente a los ojos aterrados de Edu.
—Cualquier cosa, ¿eh? Me gusta esa actitud. Vamos a empezar con algo sencillo. Quiero que vayas al cuarto de tu madre y busques algo de ropa interior. Algo sexy. Ponetlo y volvé acá. Ahora.
Edu no dudó. El terror y una chispa de excitación prohibida, que había estado enterrada bajo capas de timidez, se encendieron en su vientre. Caminó hacia la habitación de su madre, el corazón martilleando contra sus costillas. Abrió el cajón de encajes y encontró un conjunto rojo vibrante: una tanga diminuta y un corpiño de encaje transparente.
Se encerró en el baño. Con manos temblorosas, se desnudó. Sus muslos gruesos y su vientre blando contrastaban violentamente con la delicadeza de la prenda. Se puso la tanga roja, que se hundía profundamente en sus glúteos carnosos, apretando su pequeño pene contra su cuerpo. El corpiño le quedaba ajustado, apretando sus pezones que ya estaban erectos por el miedo y el deseo. Se miró al espejo; se veía ridículo, vulnerable, completamente sometido. Y eso lo excitó hasta el punto de sentir un flujo caliente entre sus piernas.
Cuando regresó a la habitación, caminó con pasos cortos, tratando de cubrirse, aunque el encaje rojo dejaba casi todo a la vista. Diego lo esperaba sentado, con una cerveza en la mano y una mirada de absoluta superioridad.
—Miralo nada más —se burló Diego, soltando una carcajada que llenó la habitación—. Parecés una puta barata, gordo. Vení acá.
Edu se acercó, temblando. Diego sacó su teléfono y comenzó a tomar fotografías desde diferentes ángulos. El flash cegaba a Edu, quien se encogía, sintiendo cómo su dignidad se desmoronaba mientras Diego capturaba cada pliegue de su piel, cada centímetro de encaje rojo sobre su cuerpo rollizo.
—Quedate así, de rodillas —ordenó Diego, dejando el teléfono a un lado.
El rubio se separó el pantalón, liberando completamente su miembro. El pene de Diego era una mole de carne, la piel tensa y brillante, con una cabeza ancha y purpúrea que goteaba un hilo transparente de preseminal. Edu sintió un vacío en el estómago. Jamás había visto algo tan grande.
—Limpiame, puta. Usá esa boca que tanto sabe leer libros y empezá a trabajar.
Edu se inclinó, su respiración agitada. Abrió la boca y comenzó a lamer la punta del miembro, saboreando el rastro salado del preseminal. El sabor era intenso, masculino. Empezó a chupar la cabeza del pene como si fuera una paleta, moviendo la lengua alrededor del surco coronario, sintiendo la textura rugosa de la piel.
Diego soltó un gemido ronco y agarró el cabello negro de Edu, tirando hacia atrás para obligarlo a mirar hacia arriba.
—Más profundo, gordo. No quiero que solo lames, quiero sentir tu garganta.
Edu abrió la boca lo más que pudo y deslizó el miembro hacia adentro. El tamaño era abrumador. Sintió cómo la cabeza de Diego golpeaba el fondo de su garganta, provocando un reflejo inmediato de náuseas. Sus ojos se llenaron de lágrimas y empezó a ahogarse, emitiendo sonidos sordos y guturales.
—Tragalo todo, carajo —gruñó Diego, empezando a empujar rítmicamente.
El sonido del sexo oral llenó el silencio: el shlicking húmedo de la saliva mezclándose con la carne, el sonido del aire siendo expulsado de los pulmones de Edu con cada embestida. Diego no tenía piedad. Forzaba el pene hacia adentro, haciendo que Edu tosiera y babeara, mientras el rubio se arqueaba, disfrutando del control absoluto.
—Eso es... chupa como la perra que sos —jadeó Diego.
El ritmo aumentó. Diego empezó a embestir con fuerza, hundiendo los veinticuatro centímetros hasta el límite, haciendo que Edu se asfixiara, sus manos apretando las piernas atléticas de su primo. De repente, Diego soltó un grito ronco y se tensó. Un chorro caliente y espeso de semen disparó contra el fondo de la garganta de Edu.
Edu tragó por instinto, sintiendo el sabor fuerte y amargo del semen llenando su boca. Tosió violentamente cuando Diego retiró el miembro, dejando que el líquido blanco escurriera por la comisura de sus labios y cayera sobre el encaje rojo de su corpiño. Edu lloraba, sollozando en el suelo, pero su cuerpo decía otra cosa. Bajo la tanga roja, su pequeño pene estaba completamente erecto, palpitando de placer ante la humillación.
Diego tomó un sorbo de su cerveza, observando al chico roto a sus pies.
—Todavía no terminamos. Ponete en cuatro sobre la cama. Ahora.
Edu obedeció, trepando a la cama y apoyando las palmas contra las sábanas. Su trasero, ancho y pálido, sobresalía hacia arriba, resaltado por la fina tira roja de la tanga que se perdía entre sus nalgas. Diego se posicionó detrás de él, y antes de cualquier contacto sexual, comenzó a golpear la carne blanda del trasero de Edu con la palma de su mano.
El sonido era un estallido seco: ¡Plap! ¡Plap!
—¡Ah! ¡Diego, por favor! —gritó Edu, aunque el grito era una mezcla de dolor y una excitación eléctrica que recorría su columna.
—¿Te gusta que te pegue, puta? ¿Te gusta sentir que soy tu dueño?
Con un movimiento violento, Diego agarró la tela de la tanga roja y la rasgó, dejando que los trozos de encaje volaran por la habitación. Edu quedó completamente expuesto. Diego aplicó un poco de saliva en su mano y lubricó la entrada apretada del ano de Edu, que se contraía con espasmos de miedo.
Luego, apoyó la enorme cabeza de su pene contra el orificio.
—No... Diego, no... por favor, es la primera vez... me duele... —suplicó Edu, sollozando.
—Precisamente por eso voy a entrar —respondió Diego con una sonrisa cruel.
Sin previo aviso, Diego empujó con toda su fuerza. Edu lanzó un grito desgarrador que resonó en toda la casa. Sintió que se partía en dos. La presión era insoportable; el pene de veinticuatro centímetros se abría paso a través del esfínter apretado, estirando la piel hasta el límite.
—¡Sácalo! ¡Duele! ¡Sácalo! —gritaba Edu, enterrando la cara en la almohada.
Diego no se detuvo. Una vez que logró introducir la mitad, se quedó quieto un momento, permitiendo que el cuerpo de Edu se acostumbrara al volumen. Luego, con un empujón final y brutal, hundió el miembro hasta la base, haciendo que las bolas de Diego golpearan con un sonido húmedo contra el perineo de Edu.
—Mierda... estás tan apretado que casi no puedo moverme —jadeó Diego, su voz ahora cargada de lujuria.
Diego comenzó a moverse. Al principio eran estocadas lentas y profundas, que hacían que el cuerpo de Edu se sacudiera violentamente. El sonido era obsceno: el squelching de la carne húmeda, el roce de los vellos púbicos y el jadeo rítmico de ambos. A medida que el placer aumentaba, Diego aceleró el ritmo. Sus embestidas eran ahora golpes violentos que hacían que la cama crujiera.
Edu ya no gritaba de dolor. Sus gemidos se habían transformado en sollozos de placer. Cada vez que el pene de Diego golpeaba su próstata, una descarga eléctrica recorría su cuerpo. Sentía que su mente se borraba, que ya no era Edu el estudiante, sino simplemente un objeto para el placer de su primo.
—¡Sí! ¡Dame más! ¡Rómpeme, Diego! —gritó Edu, entregándose totalmente a la sumisión.
Diego, cegado por la lujuria, agarró las caderas de Edu, hundiendo sus dedos en la carne blanda, y comenzó a embestir con una ferocidad animal. El sudor goteaba de sus cuerpos, mezclándose en las sábanas. El sonido del impacto de sus pelvis era constante, un ritmo tribal y primitivo.
—Sos mi puta, Edu. Sos mi juguete —rugió Diego.
El clímax llegó como una tormenta. Diego sintió la presión subir por su columna y, con un último empujón que casi levantó a Edu de la cama, eyaculó profundamente dentro de él. El chorro de semen caliente inundó el recto de Edu, llenándolo, expandiéndolo.
En ese preciso instante, Edu sintió una explosión en su propio miembro. Sin haber tocado su pene, la intensidad del orgasmo provocado por la estimulación prostática y la humillación psicológica lo hizo estallar. El semen salió disparado en varios chorros cortos sobre las sábanas, mientras su cuerpo temblaba en una convulsión de placer absoluto.
El silencio regresó a la habitación, roto solo por la respiración agitada de ambos. Diego se retiró lentamente, dejando que el semen escurriera por el ano laxo de Edu, que quedó abierto y rojo.
Diego se sentó en la orilla de la cama y encendió un cigarrillo, mirando al chico que yacía desplomado a su lado, cubierto de fluidos y restos de encaje rojo.
—Escuchame bien, gordo —dijo Diego, exhalando el humo hacia el techo—. Esto no fue un evento único. A partir de hoy, sos mi puta. Me pertenecés. Me atwnderas cuando yo quiera, vendrás cuando yo quiera y harás exactamente lo que yo te ordene. ¿Quedó claro?
Edu, con los ojos nublados y el corazón aún latiendo con fuerza, se arrastró hacia Diego. Se puso de rodillas y, con una devoción casi religiosa, comenzó a lamer el semen y el sudor que quedaban en el cuerpo de su primo, limpiando la piel de su amo con la lengua, sellando así su destino en la oscuridad de aquel verano bonaerense.
Edu se ajustó los anteojos, que se deslizaban constantemente por su nariz debido al sudor. Sus dedos, cortos y regordetes, tamborileaban sobre la mesa de madera mientras miraba el libro de historia. A su lado, Diego parecía un animal enjaulado. El rubio, con los hombros anchos que tensaban la camiseta blanca y una mandíbula cuadrada que denotaba una virilidad prematura, soltaba suspiros de frustración cada cinco minutos.
—No puedo más con esto, Edu. Es una tortura. ¿A quién le importa qué pasó en la Revolución de Mayo hace dos siglos?
Edu lo miró de reojo. Su primo era todo lo que él no era: atlético, seguro de sí mismo, el centro de atención en cualquier fiesta. Edu, en cambio, se sentía como un satélite orbitando alrededor de la luz de Diego, cómodo en su gordura y en el silencio de sus videojuegos.
—Si no aprobás, repetís el año, Diego. No podés irte a la playa si tenés que rendir diciembre. Solo concentrate diez minutos más.
Diego soltó una carcajada seca y cerró el libro de golpe, provocando que Edu saltara en su asiento.
—Sos un maldito sabelotodo. Me das asco con esa actitud de alumno perfecto.
—Solo intento ayudarte porque me lo pediste.
La tensión que se había venido acumulando durante semanas estalló en un instante. Diego se puso de pie, su figura eclipsando la luz de la lámpara, y sin previo aviso, lanzó un golpe seco que impactó en la mejilla izquierda de Edu. El sonido del impacto resonó en la habitación. Edu cayó hacia atrás, su cuerpo pesado golpeando la silla, mientras un calor ardiente se extendía por su rostro. Sus ojos se llenaron de lágrimas instantáneamente, no solo por el dolor físico, sino por la humillación.
—Escuchame bien, gordo —siseó Diego, inclinándose sobre él, su voz cargada de un desprecio que hizo vibrar el aire—. No te confundas. Que me sirvas para pasar las materias no te hace mi igual. Acá el que manda soy yo. Vos hacés lo que yo diga, cuando yo quiera, y te callás la boca si no querés que te rompa la cara.
Edu sollozó, encogiéndose sobre sí mismo, sintiéndose pequeño a pesar de su volumen. Diego lo miró con una chispa nueva en los ojos, una mezcla de asco y curiosidad. Había descubierto que el miedo de Edu era un combustible potente, y la sensación de poder absoluto le resultó más adictiva que cualquier deporte.
Días después, el calor seguía siendo insoportable. Diego entró en la casa de Edu sin llamar, sabiendo que los padres de su primo habían salido por el fin de semana hacia el campo. La casa estaba sumida en un silencio sepulcral, solo interrumpido por el zumbido del aire acondicionado.
—¿Dónde estás, gordo? —gritó Diego, caminando hacia la habitación.
Edu apareció en el marco de la puerta, con una camiseta demasiado grande que no ocultaba su vientre prominente. Sus ojos evitaron los de Diego, manteniendo la mirada fija en el suelo.
—Estoy acá. Podemos empezar con geografía.
Diego lo ignoró, sentándose en la silla giratoria frente a la computadora de Edu. El ambiente estaba cargado. Pasaron un par de horas de un estudio mediocre, donde Diego apenas prestaba atención, más interesado en observar cómo Edu temblaba ligeramente cada vez que sus manos se rozaban al pasar un libro.
—Tengo sed. Buscá unas cervezas en la bodega de tu viejo —ordenó Diego, recostándose en la silla.
Edu asintió rápidamente, sin cuestionar. El miedo al temperamento de su primo se había convertido en una obediencia ciega. Mientras Edu descendía hacia la frescura húmeda de la bodega, Diego sintió una curiosidad impulsiva. Se acercó a la computadora y abrió el historial del navegador. Sus ojos se abrieron con sorpresa y luego se contrajeron en una sonrisa depredadora.
Pantallas llenas de imágenes explícitas. Hombres musculosos sometiendo a chicos gordos, actos de sumisión, penetraciones profundas y lenguaje vulgar. Edu, el primo tímido y estudioso, consumía porno gay.
Cuando Edu regresó, jadeando un poco por el esfuerzo de subir las escaleras y cargando un pack de cervezas, se encontró con una escena que le heló la sangre. Diego estaba sentado con las piernas abiertas, su mano derecha envolviendo su propio miembro, que ya se erguía con una fuerza imponente, rompiendo la tela del pantalón. Era una bestia de carne, un cilindro grueso y venoso que parecía demasiado grande para un cuerpo humano, alcanzando los veinticuatro centímetros de una longitud intimidante.
—Tengo un secreto, Edu —dijo Diego, su voz ahora suave, casi melódica, pero cargada de veneno—. Un secreto muy jugoso que encontré en tu computadora.
Edu dejó caer las cervezas. El sonido del vidrio chocando contra el piso fue el preludio de su caída.
—¿Qué... qué viste? —susurró, su voz quebrándose.
—Vi tus gustos. Vi que te gusta que te dominen, que te gusta ser el juguete de alguien más fuerte. Imaginate lo que diría el grupo de WhatsApp del colegio. Imaginate la cara de tus viejos cuando vean que su hijo perfecto es una puta que mira videos de hombres cogiéndose.
Edu se desplomó de rodillas, las lágrimas desbordándose. El pánico lo invadió, una marea negra que lo ahogaba.
—Por favor, Diego... te lo ruego. No lo hagas. Haré cualquier cosa. Lo que quieras, te juro que haré lo que sea, pero no lo digas.
Diego soltó una risita cruel. Se puso de pie, dejando que su enorme pene oscilara libremente frente a los ojos aterrados de Edu.
—Cualquier cosa, ¿eh? Me gusta esa actitud. Vamos a empezar con algo sencillo. Quiero que vayas al cuarto de tu madre y busques algo de ropa interior. Algo sexy. Ponetlo y volvé acá. Ahora.
Edu no dudó. El terror y una chispa de excitación prohibida, que había estado enterrada bajo capas de timidez, se encendieron en su vientre. Caminó hacia la habitación de su madre, el corazón martilleando contra sus costillas. Abrió el cajón de encajes y encontró un conjunto rojo vibrante: una tanga diminuta y un corpiño de encaje transparente.
Se encerró en el baño. Con manos temblorosas, se desnudó. Sus muslos gruesos y su vientre blando contrastaban violentamente con la delicadeza de la prenda. Se puso la tanga roja, que se hundía profundamente en sus glúteos carnosos, apretando su pequeño pene contra su cuerpo. El corpiño le quedaba ajustado, apretando sus pezones que ya estaban erectos por el miedo y el deseo. Se miró al espejo; se veía ridículo, vulnerable, completamente sometido. Y eso lo excitó hasta el punto de sentir un flujo caliente entre sus piernas.
Cuando regresó a la habitación, caminó con pasos cortos, tratando de cubrirse, aunque el encaje rojo dejaba casi todo a la vista. Diego lo esperaba sentado, con una cerveza en la mano y una mirada de absoluta superioridad.
—Miralo nada más —se burló Diego, soltando una carcajada que llenó la habitación—. Parecés una puta barata, gordo. Vení acá.
Edu se acercó, temblando. Diego sacó su teléfono y comenzó a tomar fotografías desde diferentes ángulos. El flash cegaba a Edu, quien se encogía, sintiendo cómo su dignidad se desmoronaba mientras Diego capturaba cada pliegue de su piel, cada centímetro de encaje rojo sobre su cuerpo rollizo.
—Quedate así, de rodillas —ordenó Diego, dejando el teléfono a un lado.
El rubio se separó el pantalón, liberando completamente su miembro. El pene de Diego era una mole de carne, la piel tensa y brillante, con una cabeza ancha y purpúrea que goteaba un hilo transparente de preseminal. Edu sintió un vacío en el estómago. Jamás había visto algo tan grande.
—Limpiame, puta. Usá esa boca que tanto sabe leer libros y empezá a trabajar.
Edu se inclinó, su respiración agitada. Abrió la boca y comenzó a lamer la punta del miembro, saboreando el rastro salado del preseminal. El sabor era intenso, masculino. Empezó a chupar la cabeza del pene como si fuera una paleta, moviendo la lengua alrededor del surco coronario, sintiendo la textura rugosa de la piel.
Diego soltó un gemido ronco y agarró el cabello negro de Edu, tirando hacia atrás para obligarlo a mirar hacia arriba.
—Más profundo, gordo. No quiero que solo lames, quiero sentir tu garganta.
Edu abrió la boca lo más que pudo y deslizó el miembro hacia adentro. El tamaño era abrumador. Sintió cómo la cabeza de Diego golpeaba el fondo de su garganta, provocando un reflejo inmediato de náuseas. Sus ojos se llenaron de lágrimas y empezó a ahogarse, emitiendo sonidos sordos y guturales.
—Tragalo todo, carajo —gruñó Diego, empezando a empujar rítmicamente.
El sonido del sexo oral llenó el silencio: el shlicking húmedo de la saliva mezclándose con la carne, el sonido del aire siendo expulsado de los pulmones de Edu con cada embestida. Diego no tenía piedad. Forzaba el pene hacia adentro, haciendo que Edu tosiera y babeara, mientras el rubio se arqueaba, disfrutando del control absoluto.
—Eso es... chupa como la perra que sos —jadeó Diego.
El ritmo aumentó. Diego empezó a embestir con fuerza, hundiendo los veinticuatro centímetros hasta el límite, haciendo que Edu se asfixiara, sus manos apretando las piernas atléticas de su primo. De repente, Diego soltó un grito ronco y se tensó. Un chorro caliente y espeso de semen disparó contra el fondo de la garganta de Edu.
Edu tragó por instinto, sintiendo el sabor fuerte y amargo del semen llenando su boca. Tosió violentamente cuando Diego retiró el miembro, dejando que el líquido blanco escurriera por la comisura de sus labios y cayera sobre el encaje rojo de su corpiño. Edu lloraba, sollozando en el suelo, pero su cuerpo decía otra cosa. Bajo la tanga roja, su pequeño pene estaba completamente erecto, palpitando de placer ante la humillación.
Diego tomó un sorbo de su cerveza, observando al chico roto a sus pies.
—Todavía no terminamos. Ponete en cuatro sobre la cama. Ahora.
Edu obedeció, trepando a la cama y apoyando las palmas contra las sábanas. Su trasero, ancho y pálido, sobresalía hacia arriba, resaltado por la fina tira roja de la tanga que se perdía entre sus nalgas. Diego se posicionó detrás de él, y antes de cualquier contacto sexual, comenzó a golpear la carne blanda del trasero de Edu con la palma de su mano.
El sonido era un estallido seco: ¡Plap! ¡Plap!
—¡Ah! ¡Diego, por favor! —gritó Edu, aunque el grito era una mezcla de dolor y una excitación eléctrica que recorría su columna.
—¿Te gusta que te pegue, puta? ¿Te gusta sentir que soy tu dueño?
Con un movimiento violento, Diego agarró la tela de la tanga roja y la rasgó, dejando que los trozos de encaje volaran por la habitación. Edu quedó completamente expuesto. Diego aplicó un poco de saliva en su mano y lubricó la entrada apretada del ano de Edu, que se contraía con espasmos de miedo.
Luego, apoyó la enorme cabeza de su pene contra el orificio.
—No... Diego, no... por favor, es la primera vez... me duele... —suplicó Edu, sollozando.
—Precisamente por eso voy a entrar —respondió Diego con una sonrisa cruel.
Sin previo aviso, Diego empujó con toda su fuerza. Edu lanzó un grito desgarrador que resonó en toda la casa. Sintió que se partía en dos. La presión era insoportable; el pene de veinticuatro centímetros se abría paso a través del esfínter apretado, estirando la piel hasta el límite.
—¡Sácalo! ¡Duele! ¡Sácalo! —gritaba Edu, enterrando la cara en la almohada.
Diego no se detuvo. Una vez que logró introducir la mitad, se quedó quieto un momento, permitiendo que el cuerpo de Edu se acostumbrara al volumen. Luego, con un empujón final y brutal, hundió el miembro hasta la base, haciendo que las bolas de Diego golpearan con un sonido húmedo contra el perineo de Edu.
—Mierda... estás tan apretado que casi no puedo moverme —jadeó Diego, su voz ahora cargada de lujuria.
Diego comenzó a moverse. Al principio eran estocadas lentas y profundas, que hacían que el cuerpo de Edu se sacudiera violentamente. El sonido era obsceno: el squelching de la carne húmeda, el roce de los vellos púbicos y el jadeo rítmico de ambos. A medida que el placer aumentaba, Diego aceleró el ritmo. Sus embestidas eran ahora golpes violentos que hacían que la cama crujiera.
Edu ya no gritaba de dolor. Sus gemidos se habían transformado en sollozos de placer. Cada vez que el pene de Diego golpeaba su próstata, una descarga eléctrica recorría su cuerpo. Sentía que su mente se borraba, que ya no era Edu el estudiante, sino simplemente un objeto para el placer de su primo.
—¡Sí! ¡Dame más! ¡Rómpeme, Diego! —gritó Edu, entregándose totalmente a la sumisión.
Diego, cegado por la lujuria, agarró las caderas de Edu, hundiendo sus dedos en la carne blanda, y comenzó a embestir con una ferocidad animal. El sudor goteaba de sus cuerpos, mezclándose en las sábanas. El sonido del impacto de sus pelvis era constante, un ritmo tribal y primitivo.
—Sos mi puta, Edu. Sos mi juguete —rugió Diego.
El clímax llegó como una tormenta. Diego sintió la presión subir por su columna y, con un último empujón que casi levantó a Edu de la cama, eyaculó profundamente dentro de él. El chorro de semen caliente inundó el recto de Edu, llenándolo, expandiéndolo.
En ese preciso instante, Edu sintió una explosión en su propio miembro. Sin haber tocado su pene, la intensidad del orgasmo provocado por la estimulación prostática y la humillación psicológica lo hizo estallar. El semen salió disparado en varios chorros cortos sobre las sábanas, mientras su cuerpo temblaba en una convulsión de placer absoluto.
El silencio regresó a la habitación, roto solo por la respiración agitada de ambos. Diego se retiró lentamente, dejando que el semen escurriera por el ano laxo de Edu, que quedó abierto y rojo.
Diego se sentó en la orilla de la cama y encendió un cigarrillo, mirando al chico que yacía desplomado a su lado, cubierto de fluidos y restos de encaje rojo.
—Escuchame bien, gordo —dijo Diego, exhalando el humo hacia el techo—. Esto no fue un evento único. A partir de hoy, sos mi puta. Me pertenecés. Me atwnderas cuando yo quiera, vendrás cuando yo quiera y harás exactamente lo que yo te ordene. ¿Quedó claro?
Edu, con los ojos nublados y el corazón aún latiendo con fuerza, se arrastró hacia Diego. Se puso de rodillas y, con una devoción casi religiosa, comenzó a lamer el semen y el sudor que quedaban en el cuerpo de su primo, limpiando la piel de su amo con la lengua, sellando así su destino en la oscuridad de aquel verano bonaerense.
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