El domingo amanecimos sin despertador.
Todavía medio dormida, durante unos segundos no supebien dónde estaba. Después abrí los ojos, miré alrededor y se me escapó unasonrisa. Costa del Este.
Había algo especial en despertarse sin saber qué horaera, sin tener que correr a ningún lado ni pensar en las urgencias que nosesperaban en Buenos Aires.
Miré a Ignacio. Seguía durmiendo boca abajo, con unbrazo colgando al costado de la cama y el pelo revuelto.
Me levanté despacio, esquivando las cosas tiradas por elpiso, puse la pava eléctrica y preparé unos mates. Salí al frente del chaletcon la taza humeante, me senté en una de las sillas de madera de la galería yme quedé ahí, contemplando el silencio.
La calle de tierra estaba tranquila. Algunas personascaminaban abrigadas hacia la playa, otras paseaban perros y cada tanto pasabaalguna bicicleta haciendo crujir las hojas de pino.
Al rato apareció Ignacio, zarpado en sueño, con unaremera vieja y los ojos entrecerrados.
—Buen día —murmuró ronco.
—Buen día.
Se sentó enfrente, estirando las manos para agarrar elmate que le tendí.
—¿Dormiste bien?
—Sí, una locura lo que se descansa acá.
Lo miré y no pude evitar sonreír.
—¿Qué? —me preguntó de inmediato, achicando los ojos.
—Nada.
—Te conozco.
—¿Qué tiene?
—Esa cara. La de cuando estás por decir alguna pavada.
Se largó a reír, frotándose la cara con las manos.
—Estaba pensando en ayer.
—¿En la playa?
—Sí.
—No me hagas acordar, qué vergüenza.
—Vos aceptaste el desafío.
—Porque me provocaste mal.
—Pero corriste. Y me encantó verte correr.
Me quedé mirándolo mientras cebaba otro mate, sintiendocómo el calorcito me subía por dentro. Todavía me hacía gracia recordar el díaanterior: horas enteras en la playa, caminando, metiéndonos al agua helada y terminandoen esa carrera pelotuda entre los médanos. Eso era muy nuestro. Nonecesitábamos planes faraónicos ni grandes lujos para pasarla bien; podíamostransformar cualquier estupidez cotidiana en un juego cómplice.
—¿Qué hacemos hoy? —preguntó él, mordiendo unagalletita.
—No sé.
—Tenemos las bicicletas.
—Podemos salir a dar una vuelta por el bosque.
—Dale.
—Pero te aviso: sin competir.
—¿Por qué?
—Porque ya sé cómo terminan nuestras competencias,Ignacio.
—No siempre gano yo.
—No, no siempre. Pero siempre terminamos haciendoalguna boludez al borde de que nos vea todo el mundo.
—Eso es parte de la gracia.
Sonreí. Y tenía toda la razón.
Después del desayuno sacamos las bicicletas. Costa delEste te pedía eso: calles de tierra, pinos altos, chalets escondidos entre lavegetación y esa sensación de pueblo fantasma fuera de temporada.
No teníamos rumbo fijo. Pedaleábamos a la par, a vecesuno adelantándose unos metros para esperarlo al otro en la esquina, jugando aperdernos entre las cuadras idénticas.
En un momento frenamos en una esquina y nos cruzamoscon una pareja que venía en bici, muy prolijitos, cargando bolsitos térmicos.Los miré de costado y después a Ignacio.
—Mirá qué organizados.
—¿Nosotros no?
—Nosotros salimos a ver dónde terminamos.
—Eso se llama flexibilidad estratégica.
Me largué a reír a carcajadas.
Más tarde paramos a descansar. Me senté en el borde deuna vereda alta, tomando agua de la cantimplora, mientras Ignacio se quedaba depie al lado de su bici, respirando hondo con las manos en la cintura.
—¿Te imaginás viviendo acá? —soltó de la nada.
—¿Acá? ¿En serio?
—Sí. ¿Por qué no?
Me quedé pensando.
—Por un tiempo largo, ponele que sí. Pero te aburriríasa los dos meses, amor.
—¿Yo? ¿Por qué?
—Porque necesitás tener todo a mano, las corridas, elcentro, la vorágine de la ciudad.
—Puede ser. ¿Y vos?
—Yo también. Necesito el caos de Buenos Aires. Y vosnecesitás tener un supermercado cerca para comparar precios y enojarte con lainflación.
Me miró fingiendo seriedad.
—Eso es administración inteligente.
—¿Ves? —le dije, negando con la cabeza.
—¿Qué?
—Por eso te amo.
—¿Por mi capacidad de encontrar ofertas en elhipermercado?
—Entre otras cosas maravillosas, sí.
Se acercó, me agarró de la nuca con su mano tibia y medio un beso corto, de esos que no necesitan explicación porque ya nos sabemosde memoria.
Al mediodía volvimos al chalet. Preparamos algo rápidoy nos sentamos a comer afuera, en el frente. Sin planearlo, ese pedacito degalería se había convertido en nuestro búnker favorito del fin de semana;podíamos pasarnos horas sentados ahí, mirando pasar la nada misma.
—¿La estás pasando bien? —me preguntó, sirviéndose unvaso de agua.
—Muchísimo.
—¿Qué fue lo que más te gustó de todo?
—Todo.
—No vale esa respuesta genérica. Elegí una sola cosa.
Me quedé pensativa unos segundos, jugando con laservilleta.
—La sensación de no tener horarios.
—Eso no es una cosa puntual.
—Bueno, entonces la playa.
—¿La playa o cómo terminamos corriendo en los médanos?
Lo miré con complicidad.
—No te voy a seguir el juego.
Se empezó a reír.
—Ya sé la respuesta, Nati. Te conozco de memoria.
—No sabés nada.
—Te conozco.
Otra vez esa frase. Siempre la misma frase. Y eraverdad, o al menos eso creíamos nosotros hasta ese momento: que no nos quedabanrecovecos por descubrir.
La tarde pasó lenta, perezosa. Salimos a caminar denuevo y bajamos un rato a la playa, pero esta vez sin correr ni hacer locuras.Nos sentamos sobre la arena fría, con la campera puesta porque el viento delsur empezaba a picar. Apoyé la cabeza en su hombro y él me rodeó con el brazo,apretándome contra su cuerpo.
No hablamos durante un buen rato. Miraba el movimientorítmico de las olas y pensaba en lo bien que estábamos. Cero crisis, ceroproblemas reales, una pareja sólida como pocas. Sabía perfectamente cómopensaba Ignacio, qué cosas lo ponían loco de atar, qué temas le daban miedo ycuáles lo hacían reír. Pero, en medio de esa paz absoluta, una parte tonta demí empezó a preguntarse si de verdad nos conocíamos tanto o si solo nosmovíamos dentro de un libreto recontra sabido.
—¿En qué pensás? —me preguntó bajito, rompiendo elsilencio.
—En nada.
—Mentira.
—¿Por qué va a ser mentira?
—Porque cuando te ponés así, con esa mirada perdida,estás armando alguna película en la cabeza.
Sonreí, enderezándome.
—Estaba pensando en nosotros.
—¿En nosotros? ¿Para bien o para mal?
—Para bien. Que estamos bien.
Se quedó callado un instante. Después me dio un besosuave en la cabeza.
—Sí —dijo con voz ronca—. Estamos muy bien.
Al volver al chalet empezó la parte más densa decualquier viaje: armar los bolsos.
Las cosas que el viernes habían entrado cómodas en elbaúl de la camioneta ahora parecían haberse reproducido por mitosis.
—Esto no entra ni de casualidad —le dije, sosteniendola heladera portátil en el aire.
—Sí entra, dejámela a mí.
—No, Ignacio, mirá el tamaño de la caja, nos faltameter las bicis y los bolsos grandes.
—Ya tuve esta discusión con vos.
—Y vas a perder, porque no entra.
—Acordate que siempre gano yo en el Tetris del baúl.
—No ganaste la vez pasada, sacaste la mitad de lascosas y las acomodaste de nuevo a los ponchazos.
—Pero entró.
—Eso no significa que hayas tenido razón en tu planteoinicial.
Me sonrió con esa carita de Canchero que me daba ganasde tirarle algo por la cabeza. Cinco minutos después, efectivamente, laheladera no entraba.
Lo miré cruzándome de brazos.
—¿Qué? —preguntó él, aguantándose la risa.
—Nada.
—No digas nada.
—No estoy diciendo nada, Ignacio.
—Pero tenés esa sonrisa de "tenías razón".
—Porque literalmente tenías la heladera trabada alrevés.
—Bueno, listo, ya está, corréte que lo acomodo bien.
Terminamos los dos achicharrados de risa en medio dela entrada de autos, empujándonos como dos tontos. Era una pavada absoluta,pero esas pequeñas peleas estúpidas eran parte de nuestro código íntimo.
Al caer la tarde, con todo ya medio listo paraarrancar al día siguiente, volvimos a sentarnos en el frente. El sol se ibaapagando entre los pinos y la calle se ponía fresca.
—¿Te imaginás viviendo acá? —volvió a tirar él, de lanada.
—Otra vez con lo mismo.
—Pregunto en serio. ¿Te ves? |
—No sé, quizás de viejos. Ahora nos aburriríamos a losdiez días.
Se hizo un silencio espeso, de esos que pesan un pocomás de la cuenta. Me acordé entonces de la charla del día anterior, la quehabía quedado flotando a medias durante la cena.
—Che... —le dije, mirándolo de costado.
—¿Qué?
—Me acordé de lo que dijiste ayer en el bodegón. Delas fantasías.
Ignacio no preguntó a qué me refería; se quedó mirandofijo hacia la picada de tierra por donde ya no pasaba nadie.
—Yo también me acordé —respondió con voz baja.
—¿Y?
—Nada.
—No me hagás la gran "nada", Ignacio. Teconozco.
Se rio despacito, pasándose una mano por la nuca.
—¿Vos nunca tenés curiosidad? —soltó, girándose paraclavarme los ojos claros.
—¿Curiosidad por qué?
—No te hagas la distraída.
—Decímelo bien.
Respiró hondo, como si le costara redondear la idea.
—Curiosidad por otras personas. Por saber qué sesiente estar con alguien más, pero estando nosotros bien, ¿vistas? Como unjuego mental, o algo más.
La frase quedó suspendida en el aire fresco de latarde, flotando entre nosotros como una bofetada suave. No hubo drama, nigritos, ni caras de culo. Simplemente la tiró sobre la mesa.
Lo miré fijo, sintiendo un latido extraño, un picor enel estómago que me sacó de axis por completo.
—¿Y a vos te da curiosidad eso? —le pregunté, midiendocada palabra.
Se encogió de hombros, con una sinceridad que medescolocó.
—Puede ser. Me da curiosidad saber qué sentirías vos,y qué nos pasaría a nosotros si en vez de mirarnos solo entre nosotros, abrimosun poquito el juego.
No contesté enseguida. Hasta ese momento, lasfantasías habían sido siempre eso: cosas abstractas, películas mentales que unose hace en la ducha o a oscuras para calentarse un rato. Pero esto era otracosa. Era una pregunta directa, una puerta abierta que ya no se podía cerrarsoplando.
—¿Y qué sentirías vos si me ves con otro? —leretruqué, desafiándolo con la mirada, sintiendo que la sangre me circulaba aotra velocidad.
Ignacio me miró un segundo largo, con una intensidadoscura que rara vez le veía.
—No sé —admitió con la voz más áspera—. Supongo que medaría una mezcla de locura y fuego que me volaría la cabeza. O quizás memataría de celos. Por eso te pregunto... porque no lo sé.
Me quedé helada un segundo, y después largué una risanerviosa.
—Estamos locos, Ignacio.
—Un poco sí —concedió él, sonriendo de costado, aunquesus ojos seguían fijos en los míos, analizando cada reacción.
Hablamos un rato más, bordeando el precipicio del temacon torpeza, hasta que nos dio vértigo y decidimos cambiar de rumbo. Volvimos alas pavadas de siempre: a qué hora salíamos al día siguiente, qué frenoshacíamos en la ruta, quién manejaba la primera hora. Pero aquella conversaciónya se había metido adentro de casa.
Esa noche, la tensión con la que nos metimos a la camafue completamente distinta a la de las noches anteriores. Ya no había cansanciofísico que valiera; había una corriente eléctrica cruzando el colchón.
Apagamos la luz y nos miramos a oscuras. No hizo faltaque mediara una sola palabra.
Ignacio se me vino encima con una urgencia nueva, casidesesperada, como si necesitara marcar territorio, recordarme con cada músculode su cuerpo que yo era suya y que nadie más entraba en esa habitación. Me diovuelta con una firmeza que me hizo arquear la espalda contra las sábanas,respirándome pesado en la nuca mientras me separaba las piernas sin suavidad.
—Mirame —me exigió con voz ronca contra mi oído.
Giré la cabeza en la oscuridad y lo encontré mirándomecon los ojos inyectados de deseo, con esa cara de tipo posesivo y fogoso que mehacía perder la razón.
—¿De quién sos? —me susurró apretándome la cadera conlos dedos marcados, tan fuerte que casi me dolió.
— tuya, idiota —le contesté con un hilito de voz quese quebró cuando supe lo que estaba haciendo.
Sentí su peso caliente encima, su miembro durísimobuscando el centro de mi deseo sin preámbulos, empujando adentro de un sologolpe seco, profundo, que me arrancó un gemido larguísimo contra la almohada.Las sábanas empezaron a sonar revueltas, empapadas de sudor, mientras él semovía con un ritmo febril, áspero, con una intensidad que rozaba la bronca y laadoración al mismo tiempo.
Me agarraba del pelo, me tiraba la cabeza hacia atráspara besarme la boca con desesperación, y yo le clavaba las uñas en la espalda,dejándome llevar por esa fricción salvaje, por el vértigo caliente de saber quehabíamos cruzado una línea invisible.
Terminamos los dos agitados, con el pecho subiendo ybajando al mismo compás, pegados el uno al otro en la oscuridad, transpirados ytemblando levemente.
Antes de que nos ganara el sueño, Ignacio me apretócontra su pecho y me besó la frente.
—¿La pasaste bien este finde, Nati? —murmuró contra mipelo.
—Muchísimo —le contesté cerrando los ojos, sintiendoel pulso todavía acelerado.
—¿Volveríamos?
—Obvio que sí.
Me acomodé mejor contra su cuerpo, respirando su olora tabaco, vino y piel. En ese momento, yo todavía creía que conocíaperfectamente los límites de nuestra relación, que esas charlas eran solofuegos artificiales de fin de semana.
Mucho después entendí que aquel fin de semana nohabíamos descubierto ningún límite.
Habíamos empezado a romperlos.
Todavía medio dormida, durante unos segundos no supebien dónde estaba. Después abrí los ojos, miré alrededor y se me escapó unasonrisa. Costa del Este.
Había algo especial en despertarse sin saber qué horaera, sin tener que correr a ningún lado ni pensar en las urgencias que nosesperaban en Buenos Aires.
Miré a Ignacio. Seguía durmiendo boca abajo, con unbrazo colgando al costado de la cama y el pelo revuelto.
Me levanté despacio, esquivando las cosas tiradas por elpiso, puse la pava eléctrica y preparé unos mates. Salí al frente del chaletcon la taza humeante, me senté en una de las sillas de madera de la galería yme quedé ahí, contemplando el silencio.
La calle de tierra estaba tranquila. Algunas personascaminaban abrigadas hacia la playa, otras paseaban perros y cada tanto pasabaalguna bicicleta haciendo crujir las hojas de pino.
Al rato apareció Ignacio, zarpado en sueño, con unaremera vieja y los ojos entrecerrados.
—Buen día —murmuró ronco.
—Buen día.
Se sentó enfrente, estirando las manos para agarrar elmate que le tendí.
—¿Dormiste bien?
—Sí, una locura lo que se descansa acá.
Lo miré y no pude evitar sonreír.
—¿Qué? —me preguntó de inmediato, achicando los ojos.
—Nada.
—Te conozco.
—¿Qué tiene?
—Esa cara. La de cuando estás por decir alguna pavada.
Se largó a reír, frotándose la cara con las manos.
—Estaba pensando en ayer.
—¿En la playa?
—Sí.
—No me hagas acordar, qué vergüenza.
—Vos aceptaste el desafío.
—Porque me provocaste mal.
—Pero corriste. Y me encantó verte correr.
Me quedé mirándolo mientras cebaba otro mate, sintiendocómo el calorcito me subía por dentro. Todavía me hacía gracia recordar el díaanterior: horas enteras en la playa, caminando, metiéndonos al agua helada y terminandoen esa carrera pelotuda entre los médanos. Eso era muy nuestro. Nonecesitábamos planes faraónicos ni grandes lujos para pasarla bien; podíamostransformar cualquier estupidez cotidiana en un juego cómplice.
—¿Qué hacemos hoy? —preguntó él, mordiendo unagalletita.
—No sé.
—Tenemos las bicicletas.
—Podemos salir a dar una vuelta por el bosque.
—Dale.
—Pero te aviso: sin competir.
—¿Por qué?
—Porque ya sé cómo terminan nuestras competencias,Ignacio.
—No siempre gano yo.
—No, no siempre. Pero siempre terminamos haciendoalguna boludez al borde de que nos vea todo el mundo.
—Eso es parte de la gracia.
Sonreí. Y tenía toda la razón.
Después del desayuno sacamos las bicicletas. Costa delEste te pedía eso: calles de tierra, pinos altos, chalets escondidos entre lavegetación y esa sensación de pueblo fantasma fuera de temporada.
No teníamos rumbo fijo. Pedaleábamos a la par, a vecesuno adelantándose unos metros para esperarlo al otro en la esquina, jugando aperdernos entre las cuadras idénticas.
En un momento frenamos en una esquina y nos cruzamoscon una pareja que venía en bici, muy prolijitos, cargando bolsitos térmicos.Los miré de costado y después a Ignacio.
—Mirá qué organizados.
—¿Nosotros no?
—Nosotros salimos a ver dónde terminamos.
—Eso se llama flexibilidad estratégica.
Me largué a reír a carcajadas.
Más tarde paramos a descansar. Me senté en el borde deuna vereda alta, tomando agua de la cantimplora, mientras Ignacio se quedaba depie al lado de su bici, respirando hondo con las manos en la cintura.
—¿Te imaginás viviendo acá? —soltó de la nada.
—¿Acá? ¿En serio?
—Sí. ¿Por qué no?
Me quedé pensando.
—Por un tiempo largo, ponele que sí. Pero te aburriríasa los dos meses, amor.
—¿Yo? ¿Por qué?
—Porque necesitás tener todo a mano, las corridas, elcentro, la vorágine de la ciudad.
—Puede ser. ¿Y vos?
—Yo también. Necesito el caos de Buenos Aires. Y vosnecesitás tener un supermercado cerca para comparar precios y enojarte con lainflación.
Me miró fingiendo seriedad.
—Eso es administración inteligente.
—¿Ves? —le dije, negando con la cabeza.
—¿Qué?
—Por eso te amo.
—¿Por mi capacidad de encontrar ofertas en elhipermercado?
—Entre otras cosas maravillosas, sí.
Se acercó, me agarró de la nuca con su mano tibia y medio un beso corto, de esos que no necesitan explicación porque ya nos sabemosde memoria.
Al mediodía volvimos al chalet. Preparamos algo rápidoy nos sentamos a comer afuera, en el frente. Sin planearlo, ese pedacito degalería se había convertido en nuestro búnker favorito del fin de semana;podíamos pasarnos horas sentados ahí, mirando pasar la nada misma.
—¿La estás pasando bien? —me preguntó, sirviéndose unvaso de agua.
—Muchísimo.
—¿Qué fue lo que más te gustó de todo?
—Todo.
—No vale esa respuesta genérica. Elegí una sola cosa.
Me quedé pensativa unos segundos, jugando con laservilleta.
—La sensación de no tener horarios.
—Eso no es una cosa puntual.
—Bueno, entonces la playa.
—¿La playa o cómo terminamos corriendo en los médanos?
Lo miré con complicidad.
—No te voy a seguir el juego.
Se empezó a reír.
—Ya sé la respuesta, Nati. Te conozco de memoria.
—No sabés nada.
—Te conozco.
Otra vez esa frase. Siempre la misma frase. Y eraverdad, o al menos eso creíamos nosotros hasta ese momento: que no nos quedabanrecovecos por descubrir.
La tarde pasó lenta, perezosa. Salimos a caminar denuevo y bajamos un rato a la playa, pero esta vez sin correr ni hacer locuras.Nos sentamos sobre la arena fría, con la campera puesta porque el viento delsur empezaba a picar. Apoyé la cabeza en su hombro y él me rodeó con el brazo,apretándome contra su cuerpo.
No hablamos durante un buen rato. Miraba el movimientorítmico de las olas y pensaba en lo bien que estábamos. Cero crisis, ceroproblemas reales, una pareja sólida como pocas. Sabía perfectamente cómopensaba Ignacio, qué cosas lo ponían loco de atar, qué temas le daban miedo ycuáles lo hacían reír. Pero, en medio de esa paz absoluta, una parte tonta demí empezó a preguntarse si de verdad nos conocíamos tanto o si solo nosmovíamos dentro de un libreto recontra sabido.
—¿En qué pensás? —me preguntó bajito, rompiendo elsilencio.
—En nada.
—Mentira.
—¿Por qué va a ser mentira?
—Porque cuando te ponés así, con esa mirada perdida,estás armando alguna película en la cabeza.
Sonreí, enderezándome.
—Estaba pensando en nosotros.
—¿En nosotros? ¿Para bien o para mal?
—Para bien. Que estamos bien.
Se quedó callado un instante. Después me dio un besosuave en la cabeza.
—Sí —dijo con voz ronca—. Estamos muy bien.
Al volver al chalet empezó la parte más densa decualquier viaje: armar los bolsos.
Las cosas que el viernes habían entrado cómodas en elbaúl de la camioneta ahora parecían haberse reproducido por mitosis.
—Esto no entra ni de casualidad —le dije, sosteniendola heladera portátil en el aire.
—Sí entra, dejámela a mí.
—No, Ignacio, mirá el tamaño de la caja, nos faltameter las bicis y los bolsos grandes.
—Ya tuve esta discusión con vos.
—Y vas a perder, porque no entra.
—Acordate que siempre gano yo en el Tetris del baúl.
—No ganaste la vez pasada, sacaste la mitad de lascosas y las acomodaste de nuevo a los ponchazos.
—Pero entró.
—Eso no significa que hayas tenido razón en tu planteoinicial.
Me sonrió con esa carita de Canchero que me daba ganasde tirarle algo por la cabeza. Cinco minutos después, efectivamente, laheladera no entraba.
Lo miré cruzándome de brazos.
—¿Qué? —preguntó él, aguantándose la risa.
—Nada.
—No digas nada.
—No estoy diciendo nada, Ignacio.
—Pero tenés esa sonrisa de "tenías razón".
—Porque literalmente tenías la heladera trabada alrevés.
—Bueno, listo, ya está, corréte que lo acomodo bien.
Terminamos los dos achicharrados de risa en medio dela entrada de autos, empujándonos como dos tontos. Era una pavada absoluta,pero esas pequeñas peleas estúpidas eran parte de nuestro código íntimo.
Al caer la tarde, con todo ya medio listo paraarrancar al día siguiente, volvimos a sentarnos en el frente. El sol se ibaapagando entre los pinos y la calle se ponía fresca.
—¿Te imaginás viviendo acá? —volvió a tirar él, de lanada.
—Otra vez con lo mismo.
—Pregunto en serio. ¿Te ves? |
—No sé, quizás de viejos. Ahora nos aburriríamos a losdiez días.
Se hizo un silencio espeso, de esos que pesan un pocomás de la cuenta. Me acordé entonces de la charla del día anterior, la quehabía quedado flotando a medias durante la cena.
—Che... —le dije, mirándolo de costado.
—¿Qué?
—Me acordé de lo que dijiste ayer en el bodegón. Delas fantasías.
Ignacio no preguntó a qué me refería; se quedó mirandofijo hacia la picada de tierra por donde ya no pasaba nadie.
—Yo también me acordé —respondió con voz baja.
—¿Y?
—Nada.
—No me hagás la gran "nada", Ignacio. Teconozco.
Se rio despacito, pasándose una mano por la nuca.
—¿Vos nunca tenés curiosidad? —soltó, girándose paraclavarme los ojos claros.
—¿Curiosidad por qué?
—No te hagas la distraída.
—Decímelo bien.
Respiró hondo, como si le costara redondear la idea.
—Curiosidad por otras personas. Por saber qué sesiente estar con alguien más, pero estando nosotros bien, ¿vistas? Como unjuego mental, o algo más.
La frase quedó suspendida en el aire fresco de latarde, flotando entre nosotros como una bofetada suave. No hubo drama, nigritos, ni caras de culo. Simplemente la tiró sobre la mesa.
Lo miré fijo, sintiendo un latido extraño, un picor enel estómago que me sacó de axis por completo.
—¿Y a vos te da curiosidad eso? —le pregunté, midiendocada palabra.
Se encogió de hombros, con una sinceridad que medescolocó.
—Puede ser. Me da curiosidad saber qué sentirías vos,y qué nos pasaría a nosotros si en vez de mirarnos solo entre nosotros, abrimosun poquito el juego.
No contesté enseguida. Hasta ese momento, lasfantasías habían sido siempre eso: cosas abstractas, películas mentales que unose hace en la ducha o a oscuras para calentarse un rato. Pero esto era otracosa. Era una pregunta directa, una puerta abierta que ya no se podía cerrarsoplando.
—¿Y qué sentirías vos si me ves con otro? —leretruqué, desafiándolo con la mirada, sintiendo que la sangre me circulaba aotra velocidad.
Ignacio me miró un segundo largo, con una intensidadoscura que rara vez le veía.
—No sé —admitió con la voz más áspera—. Supongo que medaría una mezcla de locura y fuego que me volaría la cabeza. O quizás memataría de celos. Por eso te pregunto... porque no lo sé.
Me quedé helada un segundo, y después largué una risanerviosa.
—Estamos locos, Ignacio.
—Un poco sí —concedió él, sonriendo de costado, aunquesus ojos seguían fijos en los míos, analizando cada reacción.
Hablamos un rato más, bordeando el precipicio del temacon torpeza, hasta que nos dio vértigo y decidimos cambiar de rumbo. Volvimos alas pavadas de siempre: a qué hora salíamos al día siguiente, qué frenoshacíamos en la ruta, quién manejaba la primera hora. Pero aquella conversaciónya se había metido adentro de casa.
Esa noche, la tensión con la que nos metimos a la camafue completamente distinta a la de las noches anteriores. Ya no había cansanciofísico que valiera; había una corriente eléctrica cruzando el colchón.
Apagamos la luz y nos miramos a oscuras. No hizo faltaque mediara una sola palabra.
Ignacio se me vino encima con una urgencia nueva, casidesesperada, como si necesitara marcar territorio, recordarme con cada músculode su cuerpo que yo era suya y que nadie más entraba en esa habitación. Me diovuelta con una firmeza que me hizo arquear la espalda contra las sábanas,respirándome pesado en la nuca mientras me separaba las piernas sin suavidad.
—Mirame —me exigió con voz ronca contra mi oído.
Giré la cabeza en la oscuridad y lo encontré mirándomecon los ojos inyectados de deseo, con esa cara de tipo posesivo y fogoso que mehacía perder la razón.
—¿De quién sos? —me susurró apretándome la cadera conlos dedos marcados, tan fuerte que casi me dolió.
— tuya, idiota —le contesté con un hilito de voz quese quebró cuando supe lo que estaba haciendo.
Sentí su peso caliente encima, su miembro durísimobuscando el centro de mi deseo sin preámbulos, empujando adentro de un sologolpe seco, profundo, que me arrancó un gemido larguísimo contra la almohada.Las sábanas empezaron a sonar revueltas, empapadas de sudor, mientras él semovía con un ritmo febril, áspero, con una intensidad que rozaba la bronca y laadoración al mismo tiempo.
Me agarraba del pelo, me tiraba la cabeza hacia atráspara besarme la boca con desesperación, y yo le clavaba las uñas en la espalda,dejándome llevar por esa fricción salvaje, por el vértigo caliente de saber quehabíamos cruzado una línea invisible.
Terminamos los dos agitados, con el pecho subiendo ybajando al mismo compás, pegados el uno al otro en la oscuridad, transpirados ytemblando levemente.
Antes de que nos ganara el sueño, Ignacio me apretócontra su pecho y me besó la frente.
—¿La pasaste bien este finde, Nati? —murmuró contra mipelo.
—Muchísimo —le contesté cerrando los ojos, sintiendoel pulso todavía acelerado.
—¿Volveríamos?
—Obvio que sí.
Me acomodé mejor contra su cuerpo, respirando su olora tabaco, vino y piel. En ese momento, yo todavía creía que conocíaperfectamente los límites de nuestra relación, que esas charlas eran solofuegos artificiales de fin de semana.
Mucho después entendí que aquel fin de semana nohabíamos descubierto ningún límite.
Habíamos empezado a romperlos.
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