Hola. Me llamo Octavio. Tengo 42 años. Soy alto, grande, gordo y feo. No me ando con rodeos: siempre he sido así. Barriga prominente, cara ancha, pelo ralo y una cara que nunca le gustó a nadie. Llevo 15 años viudo. Mi esposa se murió cuando yo tenía 27 y desde entonces no he vuelto a tener a nadie. Ni ganas me han quedado… hasta ahora.
Les voy a contar cómo mi sobrina se convirtió en mi objeto más preciado.
Ella se llama Liliana. Tiene 19 años. La he visto crecer desde que era una niña de trenzas y rodillas raspadas. Siempre la quise mucho, de esa forma rara y pesada que un tío no debería sentir. Ahora es una jovencita morena de piel clara, cabello largo y negro que le cae hasta la mitad de la espalda, ojos oscuros y expresivos, labios gruesos y carnosos que siempre parecen húmedos, y un cuerpo delgado pero con curvas peligrosas: cintura estrecha, caderas anchas y un culo redondo y firme que se le marca en cualquier pantalón. Tiene un lunar pequeño cerca de la boca y cuando se maquilla se ve todavía más puta de lo que ya es.


Todo empezó un martes por la tarde. Mi hermana Claudia me llamó con la voz quebrada.
—Octavio… necesito un favor grande. Liliana no puede quedarse aquí. Su padre se volvió a emborrachar y esta vez sí la agarró a gritos. Yo me tengo que ir unos meses a cuidar a mamá al pueblo, está muy mal de salud. ¿Puede quedarse contigo? Solo un tiempo. Por favor. No tengo a nadie más de confianza.
Le dije que sí sin pensarlo dos veces. Colgué el teléfono y me quedé mirando la pared de mi casa vacía. Sentí cómo se me endurecía la polla solo de imaginarla durmiendo bajo mi techo.
Tres días después llegó.
Apareció en la puerta con una maleta pequeña, un crop top blanco que le dejaba ver la piel suave del vientre y unos leggins negros que se le pegaban al culo como una segunda piel. El cabello suelto, los labios brillantes y esa mirada un poco asustada de quien no sabe exactamente en qué se está metiendo.
—Hola, tío —dijo en voz baja, y me dio un abrazo corto.
Cuando la apreté contra mi cuerpo gordo noté lo pequeña y blanda que se sentía. Y supe, en ese preciso momento, que ya no iba a poder controlarme mucho tiempo.
La hice pasar. Le mostré su habitación. Le dije que se sintiera como en su casa.
Mentira.
Desde ese día su casa era mi casa… y su cuerpo empezaba a ser mío.
La primera noche dormí mal. Sabía que Liliana estaba a solo unos metros, en la habitación de invitados. Me toqué pensando en ella hasta correrme en mi propia mano, imaginando cómo se vería sin ropa.
Al día siguiente salió de la habitación con un short cortísimo y una camiseta holgada que se le caía de un hombro. El cabello negro le caía revuelto. Se fue a la cocina. Yo me senté en la mesa y la miré sin mucho disimulo mientras preparaba el café. Cada vez que se agachaba, el short se le subía un poco y me dejaba ver el arranque de las nalgas. Ella no dijo nada, pero noté que evitaba mirarme demasiado.
Durante los siguientes días la cosa se mantuvo en miradas y roces “accidentales”. Cuando pasábamos en el pasillo mi mano gorda rozaba su cintura o su culo. A veces me quedaba parado mirándola mientras ella estaba en el sofá con las piernas recogidas. Por las noches me masturbaba con la puerta entreabierta, imaginándome entrando a su cuarto.

La conversación importante ocurrió el cuarto día, por la noche.
Estábamos los dos en el sofá. Ella tenía el celular en la mano pero no lo miraba. Yo aproveché.
—¿Cómo está todo en tu casa? —le pregunté—. Tu mamá me contó por encima, pero no me dio detalles.
Liliana suspiró y dejó el celular a un lado.
—Mal. Papá cada vez bebe más. La última vez me gritó feo, me dijo cosas… y mamá ya no sabe qué hacer. Por eso se fue con la abuela. Yo solo quería salir de ahí un tiempo.
Asentí. Me quedé callado un momento y después pregunté, como si no fuera importante:
—¿Y tú? ¿Tienes novio?
Ella negó con la cabeza.
—No. Ni ganas.
—Yo tampoco tengo a nadie —le dije—. Llevo quince años solo. A veces se siente raro.
Hubo un silencio. Entonces ella me miró de reojo y preguntó:
—¿Tú… tienes novia, tío? ¿O algo?
Sonreí un poco, ladeando la cabeza.
—No. Nadie. Aunque… la verdad es que desde que llegaste me ha costado más estar solo.
Ella frunció el ceño, incómoda.
—¿Por qué?
La miré de arriba abajo sin disimulo. El short, las piernas, el bulto suave entre ellas, los labios carnosos.
—Porque has cambiado mucho, Liliana. Ya no eres la niña que yo recordaba. Te ves… diferente. Más mujer. Más rica. El cuerpo, la cara, hasta la forma en que caminas. Se te nota todo.
Ella se puso roja al instante. Se removió en el sofá y apartó la mirada.
—Tío… no digas esas cosas. Me haces sentir rara.
—Solo digo lo que veo —contesté con calma.
Ella se levantó de golpe.
—Voy a dormir. Buenas noches.
Se fue a su habitación. Escuché cómo cerraba la puerta… pero no del todo. Quedó entreabierta unos cuantos centímetros.
Esperé casi una hora. La casa estaba en silencio. Me levanté, con la polla ya dura dentro del pantalón, y caminé despacio hasta su puerta. La empujé con cuidado.
Liliana estaba boca abajo en la cama. Solo llevaba un calzón de encaje negro que se le perdía entre las nalgas y una camisa holgada que se le había subido hasta la mitad de la espalda. La luz del pasillo me dejaba ver perfectamente la curva de su culo, la piel morena clara y el borde del encaje.
Entré sin hacer ruido y cerré la puerta detrás de mí.
Me acerqué a la cama. Liliana seguía boca abajo, el calzón de encaje negro se le perdía entre las nalgas y la camisa holgada subida hasta la mitad de la espalda. La luz tenue del pasillo me dejaba ver la curva perfecta de su culo.
Extendí la mano gorda y la posé primero en su muslo. Subí despacio, muy despacio, hasta llegar a una nalga. Apreté lento. La carne se hundió bajo mis dedos. Suave, firme, caliente. Volví a apretar, esta vez con más fuerza, abriendo un poco los dedos para agarrar mejor. Se me puso la polla dura de inmediato, apretándome contra el pantalón.
Seguí. Deslicé la mano hacia el centro, rozando el borde del encaje. Después bajé y puse la palma completa sobre su coño, por encima del calzón. Estaba caliente. Muy caliente. Apreté un poco y empecé a tocarla en círculos lentos, sintiendo la forma de sus labios a través de la tela fina. Se sentía delicioso. Húmedo. Ya estaba un poco mojada.
Moví los dedos con más presión, frotando su clítoris por encima del encaje. El calor me subía por el brazo.
Liliana se removió. Un pequeño quejido salió de su garganta. Después abrió los ojos de golpe y giró la cabeza hacia mí.
—¿Tío…? —su voz salió ronca, confusa—. ¿Qué… qué estás haciendo?
No quité la mano. Seguí tocándola despacio.
—Shhh… —le dije en voz baja—. Quédate quieta.
Ella intentó girarse, pero le puse la otra mano en la espalda baja, sujetándola.
—No… esto no está bien —susurró. Su voz temblaba—. Tío, por favor… no.
Apreté un poco más el coño con los dedos. El calzón ya estaba húmedo bajo mi palma.
—Lo sé —contesté—. Pero no voy a parar.
Ella negó con la cabeza, el cabello negro esparcido por la almohada.
—No quiero… de verdad no quiero.
Seguí frotándola. Sus caderas se movieron solas un segundo, traicionándola. Noté cómo se le erizaba la piel.
—Mientes —le dije—. Tu coño está caliente y mojado. Ya se siente a través de la tela.
—Soy virgen —dijo de pronto, casi en un hilo de voz—. Nunca he… nunca he hecho nada. Por favor, tío… no.
Eso me calentó todavía más. Sonreí en la oscuridad.
—Mejor —contesté—. Entonces voy a ser el primero.


Enganché los dedos en el borde del calzón de encaje y se lo bajé despacio por las caderas. Liliana temblaba, pero no luchó de verdad. Cuando el encaje pasó sus nalgas y dejó su coño al descubierto, soltó un gemido bajo, agudo, y sola levantó un poco el culo hacia mí.
Sonreí.
Le puse las dos manos en las nalgas y se las abrí con fuerza, separándolas. El coño se le abrió delante de mis ojos: rosado, brillante, completamente mojado. Los labios hinchados y el agujerito apretado de su virginidad.
—Mírate… —le dije en voz ronca—. Qué rico se ve este coño, sobrina. Estás empapada. Y eso que todavía ni te he metido nada.
Ella enterró la cara en la almohada, pero el culo se le quedó arriba, temblando.
Me agaché y le di una lamida larga, lenta, desde el clítoris hasta la entrada. El sabor era dulce y caliente. Liliana soltó otro gemido más fuerte y sus piernas se tensaron. Volví a lamerla, esta vez más profundo, metiendo la punta de la lengua entre los labios y saboreando su humedad.
Después me incorporé.
Me puse de pie delante de ella, a la altura de su cara. Me bajé el short y me saqué la verga. Estaba dura, gruesa, venosa, la cabeza ya brillante de precum. La sostuve con una mano y se la acerqué a la boca.
—Mira, sobrina… —le dije—. Toda tuya. Lámela. Chúpala. Cómetela.
Liliana levantó la vista. Sus ojos oscuros estaban húmedos, asustados… y excitados. Me miró la polla unos segundos en silencio. Después, despacio, sacó la lengua y me dio una lamida tímida en la punta.
—Así… —gruñí—. Más. Ábrela esa boquita de puta y chúpale a tu tío.
Liliana sacó la lengua y me dio otra lamida más larga, desde las bolas hasta la punta. Después abrió la boca y se la metió adentro. Sus labios carnosos cerraron alrededor de mi verga y empezó a succionar, tímida al principio, después con un poco más de fuerza. La calor de su boca me recorrió entero.
Gimió un poco alrededor de mi polla. Yo dejé escapar un gemido lento, grave.
—Para ser tu primera vez… lo haces tan bien, sobrina —le dije, mirándola desde arriba—. Qué rica se siente esa boquita.
Ella me miró con los ojos húmedos mientras chupaba, las mejillas hundidas. Le agarré un poco el cabello negro para guiarla, pero sin empujar demasiado todavía. La dejé que chupara a su ritmo unos minutos, sintiendo cómo se iba mojando más la punta con su saliva.
Después me aparté un poco. Mi verga salió de su boca con un hilo de saliva uniéndonos todavía.
—Bueno, sobrina… mira cómo me dejaste —le dije, sosteniéndola con una mano—. Bien dura. Toda por ti.
Liliana respiraba agitada, los labios rojos e hinchados.
—Ahora ábrete las nalgas, Liliana. Déjame ver tu vagina virgen.
Ella dudó solo un segundo. Después, con las manos temblando, se las llevó atrás y se abrió las nalgas con los dedos. Su coño quedó completamente expuesto delante de mí: más mojado que antes, brillante, los labios entreabiertos y el agujerito apretado todavía intacto. Un hilo de lubricación le escurría hacia el muslo.
—Qué puta más mojada… —murmuré.
Me acerqué. Agarré mi verga por la base y empecé a frotarla despacio contra su vagina. Subía y bajaba la cabeza gruesa entre sus labios, empujando un poco contra la entrada sin meterla todavía, untándome con su humedad. Cada vez que rozaba su clítoris ella soltaba un temblor y un gemidito ahogado.
—Sientes eso, sobrina… —le dije en voz baja—. Esta va a ser la primera polla que te abra. Y es la de tu tío.
Seguí frotándome contra ella, más lento, más presionado, sintiendo cómo su coño virgen se abría un milímetro cada vez que empujabai
Liliana se abrió las nalgas con las dos manos, los dedos clavándose en su propia carne. Su coño virgen quedó completamente expuesto: rosado, hinchado, brillante de lo mojada que estaba. Un hilo transparente le escurría desde la entrada hasta el muslo.
Acomodé la cabeza de mi verga justo en su agujerito. Empujé un poco. Solo la punta. Liliana soltó un gemido agudo y enterró la cara en la almohada.
—Ahhhh… tío… duele…
—Shhh… respira —le dije, agarrándola de las caderas con mis manos gordas—. Voy despacio.
Empujé otro poco. La cabeza gruesa empezó a abrirle los labios. Se veía perfecto: mi verga oscura contrastando con su coño rosado, estirándolo milímetro a milímetro. La entrada se le abría alrededor de mí, apretada, caliente, resistiéndose.

—Más… —gimió ella de pronto, la voz rota—. Métela más…
Sonreí. Empujé otro tramo. Ahora ya tenía casi la mitad adentro. Liliana temblaba toda, las nalgas tensas entre sus propias manos. Su coño me apretaba como un puño caliente y mojado.
—Así de rico te sientes, sobrina… —gruñí—. Tan apretadita. Tan virgen.
—Más… por favor… métela toda —pidió entre gemidos, empujando un poco el culo hacia atrás ella sola.
Aguanté un segundo y después empujé constante, lento, sin parar. Fui entrando centímetro a centímetro. Se veía cómo su coño se iba tragando mi verga, los labios estirados alrededor del grosor, la humedad brillando. Liliana gemía sin parar, un sonido largo y agudo cada vez que avanzaba más.
—Ahhhh… tío… se siente… se siente muy grande…
Cuando por fin entré del todo, hasta la base, mis bolas quedaron pegadas contra su coño. Estaba completamente dentro de ella. Liliana soltó un gemido profundo, casi un grito ahogado, y sus dedos se apretaron más fuerte en sus propias nalgas.
Me quedé quieto un momento, sintiendo cómo su vagina virgen me latía alrededor, intentando acostumbrarse a mi tamaño.
—Ya está… —le dije jadeando—. Ya te la metí toda, sobrina. Ya no eres virgen. Ahora eres mía.

Me quedé quieto un momento dentro de ella, sintiendo cómo su coño virgen me apretaba y latía alrededor. Liliana respiraba agitada, la cara todavía enterrada en la almohada.
Empecé a moverme despacio. Saqué la verga casi hasta la punta y volví a entrar completo, lento, profundo. Cada embestida hacía que su culo temblara. Se veía perfecta: las nalgas abiertas por sus propias manos, mi verga gruesa desapareciendo dentro de ese coño rosado y brillante, los labios estirados alrededor de mí.
—Ahhhh… tío… —gimió ella, la voz temblorosa.
Fui aumentando la velocidad poco a poco. Las embestidas se volvieron más firmes, más largas. El sonido de mi cuerpo golpeando contra su culo empezó a llenar la habitación: plas… plas… plas…. Húmedo, sucio, constante.
Liliana ya no podía quedarse callada. Cada vez que le llegaba al fondo soltaba un gemido más fuerte. Su espalda se arqueaba sola. El cabello negro le caía desordenado sobre la almohada y la camisa holgada se le había subido del todo, dejando su espalda desnuda a la vista.
Agarre un puñado de su cabello largo y se lo jalé hacia atrás con fuerza. Su espalda se arqueó todavía más, el cuello estirado, la cara levantada. Desde esa posición se le veía el perfil: labios abiertos, ojos entrecerrados, el lunar cerca de la boca brillando de saliva.
—Así… mírate —le gruñí mientras le daba más fuerte—. Qué puta se ve mi sobrina con la verga de su tío hasta el fondo.
El sonido ya era escandaloso. El choque de mi barriga y mis caderas contra su culo resonaba en toda la habitación, mezclado con sus gemidos cada vez más altos y el ruido húmedo de su coño tragándome una y otra vez. Estaba empapada. Cada vez que sacaba la verga se veía brillante, cubierta de su lubricación, y cuando la volvía a meter entraba de un solo empujón hasta las bolas.
Liliana ya no pedía que parara. Al contrario: empujaba el culo hacia atrás cada vez que yo entraba, buscando que se la metiera más profundo. El cabello tenso entre mis dedos, la espalda curvada como un arco, los gemidos rotos saliéndole de la garganta…
Se veía completamente entregada. Mi puta de diecinueve años, abierta y follada por su tío gordo en mitad de la noche.
Después de follarla fuerte un buen rato, se la saqué lento. Mi verga salió de su coño brillante, cubierta de su lubricación, dejando un hilo viscoso uniéndonos todavía. Liliana soltó un gemido largo cuando quedó vacía, el agujero entreabierto y rosado, contrayéndose.
La giré con cuidado hasta dejarla boca arriba. Me incliné sobre ella y la besé. Un beso profundo, sucio, con lengua. Ella respondió casi de inmediato, abriendo la boca y dejándome explorarla mientras su respiración caliente se mezclaba con la mía. Le mordí el labio inferior y la volví a besar con más hambre.
Después me acosté a su lado. Mi polla seguía durísima, apuntando hacia arriba, brillante y latiente.
—Súbete —le ordené en voz baja—. Móntate, sobrina.
Liliana me miró con los ojos nublados, la respiración todavía agitada. Se incorporó temblando un poco y pasó una pierna sobre mi cuerpo. Se colocó a horcajadas encima de mí, el coño justo encima de mi verga. Con una mano se sostuvo de mi pecho y con la otra me agarró la polla para guiarla.
Empezó a bajar lento. La cabeza empujó sus labios hinchados y se fue abriendo paso otra vez. Liliana mordió su labio inferior y soltó un gemido agudo mientras bajaba centímetro a centímetro. Se veía perfecto desde abajo: su coño rosado tragándose mi verga gruesa, las nalgas tensas, el vientre suave contrayéndose.
Cuando por fin llegó hasta el final y me la empujó toda dentro, se quedó quieta un segundo, temblando, acostumbrándose otra vez a la profundidad.
Después empezó a moverse ella sola.
Subía y bajaba despacio al principio, después con más ganas. Sus caderas se mecían, el culo golpeando suavemente contra mis muslos. Cada vez que bajaba del todo soltaba un gemidito y cerraba los ojos.
Yo le agarré las caderas con mis manos gordas y la miré fijamente.
—Eso es… cabalga a tu tío como la putita que eres —le dije en voz ronca—. Mírate, Liliana… con la verga hasta el fondo y moviéndote sola. Qué rica te ves. Ese coño ya no es virgen… ahora es mío. Úsalo. Fóllatelo más fuerte. Quiero ver cómo se te marca por dentro.
Ella gimió más alto y empezó a moverse con más ritmo, las tetas suaves balanceándose bajo la camisa holgada, el cabello negro cayéndole sobre los hombros mientras se empalaba una y otra vez en mi polla…
Liliana seguía montándome. Al principio sus movimientos eran torpes, pero poco a poco fue encontrando el ritmo. Subía casi hasta la punta y bajaba de golpe, embistiéndose sola contra mi verga. Cada vez lo hacía mejor. El sonido húmedo de su coño tragándome llenaba la habitación, mezclado con sus gemidos cada vez más sueltos.
Le agarré la cintura con las dos manos gordas y la guié, obligándola a bajar más profundo cada vez. Sus caderas se movían con más seguridad, el culo golpeando contra mis muslos, las tetas suaves balanceándose bajo la camisa.
—Así… más rico —gruñí—. Fóllate esa verga, sobrina.
Ella mordió su labio y aceleró. Yo sentía cómo su coño me apretaba, caliente y empapado. La presión me subía rápido. Le apreté más fuerte la cintura y empecé a empujar hacia arriba al mismo tiempo que ella bajaba.
—Me voy a correr… —avisé entre dientes—. Me voy a correr dentro de ti.
Liliana solo gimió más alto y no se bajó. Al contrario: se empaló hasta el fondo justo cuando me corrí.
Solté un gruñido largo y empecé a llenarla. Chorros espesos y calientes de semen salían de mi verga una y otra vez, bombeando profundo dentro de su coño. Era mucho. Sentía cómo se me vaciaba entero dentro de ella. Liliana temblaba con cada chorro, el cuerpo sacudido por los espasmos, su propia orgasmo haciéndola apretarme más fuerte mientras se corría también.
Nos quedamos así un momento. Ella todavía sentada sobre mí, mi verga enterrada hasta las bolas, el semen empezando a escaparse un poco alrededor de la base. Ambos jadeábamos.
Después, despacio, Liliana se levantó. Mi polla salió de su coño con un sonido húmedo. Un hilo grueso de semen blanco la siguió, escurriendo de su agujero abierto y cayendo sobre mi vientre. Se veía perfecta: el coño rosado, hinchado, goteando mi corrida.
Se dejó caer a mi lado, todavía temblando. Los dos estábamos agitados, sudados, la respiración pesada.
Pasaron unos segundos en silencio. Solo se oía cómo recuperábamos el aire.
—Tío… —susurró ella al fin, la voz ronca.
—Dime.
—Esto… lo que acabamos de hacer… nadie puede saberlo. ¿Verdad?
Volteé la cabeza y la miré. Tenía el maquillaje corrido, los labios hinchados y el cabello revuelto. Se veía destrozada… y hermosa.
—Nadie —contesté—. Es nuestro secreto. Solo tuyo y mío.
Ella asintió despacio. Se quedó callada un momento y después preguntó, casi en un hilo de voz:
—¿Cómo te sientes… después de esto?
Sonreí un poco en la oscuridad.
—Como si por fin tuviera algo que realmente quiero. ¿Y tú, Liliana? ¿Cómo te sientes ahora que ya no eres virgen… y que fue tu tío quien te abrió?
Ella tragó saliva. Su mano se movió un poco sobre la sábana, rozando la mía sin llegar a tomarla.
—Rara… —admitió—. Me duele un poco. Pero… también me siento caliente. Como si quisiera que volviera a pasar.
La miré fijamente.
—Va a volver a pasar. Todos los días, si yo quiero. A partir de ahora eres mía. ¿Entendido?
Liliana bajó la mirada un segundo. Después asintió, casi imperceptible.
—Sí, tío…


Esa noche dormimos los dos desnudos. Liliana se acurrucó contra mi cuerpo gordo, todavía con mi semen escurriéndole entre las piernas. Yo la abracé por detrás, la verga semidura apoyada en su culo, y así nos quedamos hasta que nos venció el cansancio.
Al día siguiente la desperté ya duro. Sin decir mucho la puse en cuatro sobre la cama y me la follé otra vez, más despacio que la noche anterior, disfrutando cómo su coño, todavía sensible, me recibía. Me corrí otra vez dentro de ella. Después nos duchamos juntos. Le lavé el cuerpo con las manos, le metí los dedos mientras el agua caía y le recordé en voz baja que a partir de ese momento su coño era mío.
Así empezó nuestra rutina.
Por las mañanas ella se iba a la escuela. Yo me iba a trabajar. Por fuera todo parecía normal. Cuando su mamá venía de visita —una o dos veces al mes— hacíamos como si nada. Liliana me decía “tío” con voz educada, me daba un beso en la mejilla y conversábamos de cosas banales en la sala. Claudia nunca sospechó. Se iba contenta de que su hija estuviera “en buenas manos”.
Pero en cuanto la puerta se cerraba y quedábamos solos, la máscara caía.
Por las noches Liliana se convertía en mi puta.
Le compré lencería: conjuntos de encaje negros, rojos, tangas que se le perdían entre las nalgas, medias, ligueros. La hacía vestirse solo para mí antes de follármela. A veces la usaba apenas llegaba de la escuela, todavía con el uniforme, tirándola sobre la mesa de la cocina o contra la pared del pasillo.
Le enseñé a chupar bien. Al principio le costaba por el grosor, se le llenaban los ojos de lágrimas, pero poco a poco aprendió a tomármela hasta la garganta. Cuando me corría le obligaba a tragárselo todo. A veces le llenaba la boca y la hacía mostrármelo antes de tragar.
También le abrí el culo. La primera vez lloró y me pidió que parara, pero no paré. Fui despacio, con mucho lubricante, hasta que mi verga desapareció entre sus nalgas. Después de eso el sexo anal se volvió parte de la rutina. Le gustaba más de lo que admitía: se mojaba sola cuando le decía que esa noche se la iba a meter por detrás.
Para evitar problemas la llevé a una clínica discreta y le pusieron el implante anticonceptivo. Se lo hice poner apenas un par de semanas después de quitarle la virginidad. No quería que nada arruinara lo que teníamos. A partir de ese momento me corría dentro de ella sin preocuparme, una y otra vez, llenándole el coño o el culo según me diera la gana.
Con el tiempo Liliana dejó de resistirse. Dejó de decir “no está bien”. Empezó a buscarme ella sola. A veces llegaba de la escuela, se quitaba la ropa sin que yo se lo pidiera y se arrodillaba delante de mí. Otras noches se metía en mi cama ya mojada y me pedía en voz baja que se la metiera.
Se convirtió en exactamente lo que yo quería:
Mi sobrina.
Mi puta.
Mi objeto más preciado.
Y nadie, absolutamente nadie, lo sabía.
Les voy a contar cómo mi sobrina se convirtió en mi objeto más preciado.
Ella se llama Liliana. Tiene 19 años. La he visto crecer desde que era una niña de trenzas y rodillas raspadas. Siempre la quise mucho, de esa forma rara y pesada que un tío no debería sentir. Ahora es una jovencita morena de piel clara, cabello largo y negro que le cae hasta la mitad de la espalda, ojos oscuros y expresivos, labios gruesos y carnosos que siempre parecen húmedos, y un cuerpo delgado pero con curvas peligrosas: cintura estrecha, caderas anchas y un culo redondo y firme que se le marca en cualquier pantalón. Tiene un lunar pequeño cerca de la boca y cuando se maquilla se ve todavía más puta de lo que ya es.


Todo empezó un martes por la tarde. Mi hermana Claudia me llamó con la voz quebrada.
—Octavio… necesito un favor grande. Liliana no puede quedarse aquí. Su padre se volvió a emborrachar y esta vez sí la agarró a gritos. Yo me tengo que ir unos meses a cuidar a mamá al pueblo, está muy mal de salud. ¿Puede quedarse contigo? Solo un tiempo. Por favor. No tengo a nadie más de confianza.
Le dije que sí sin pensarlo dos veces. Colgué el teléfono y me quedé mirando la pared de mi casa vacía. Sentí cómo se me endurecía la polla solo de imaginarla durmiendo bajo mi techo.
Tres días después llegó.
Apareció en la puerta con una maleta pequeña, un crop top blanco que le dejaba ver la piel suave del vientre y unos leggins negros que se le pegaban al culo como una segunda piel. El cabello suelto, los labios brillantes y esa mirada un poco asustada de quien no sabe exactamente en qué se está metiendo.
—Hola, tío —dijo en voz baja, y me dio un abrazo corto.
Cuando la apreté contra mi cuerpo gordo noté lo pequeña y blanda que se sentía. Y supe, en ese preciso momento, que ya no iba a poder controlarme mucho tiempo.
La hice pasar. Le mostré su habitación. Le dije que se sintiera como en su casa.
Mentira.
Desde ese día su casa era mi casa… y su cuerpo empezaba a ser mío.
La primera noche dormí mal. Sabía que Liliana estaba a solo unos metros, en la habitación de invitados. Me toqué pensando en ella hasta correrme en mi propia mano, imaginando cómo se vería sin ropa.
Al día siguiente salió de la habitación con un short cortísimo y una camiseta holgada que se le caía de un hombro. El cabello negro le caía revuelto. Se fue a la cocina. Yo me senté en la mesa y la miré sin mucho disimulo mientras preparaba el café. Cada vez que se agachaba, el short se le subía un poco y me dejaba ver el arranque de las nalgas. Ella no dijo nada, pero noté que evitaba mirarme demasiado.
Durante los siguientes días la cosa se mantuvo en miradas y roces “accidentales”. Cuando pasábamos en el pasillo mi mano gorda rozaba su cintura o su culo. A veces me quedaba parado mirándola mientras ella estaba en el sofá con las piernas recogidas. Por las noches me masturbaba con la puerta entreabierta, imaginándome entrando a su cuarto.

La conversación importante ocurrió el cuarto día, por la noche.
Estábamos los dos en el sofá. Ella tenía el celular en la mano pero no lo miraba. Yo aproveché.
—¿Cómo está todo en tu casa? —le pregunté—. Tu mamá me contó por encima, pero no me dio detalles.
Liliana suspiró y dejó el celular a un lado.
—Mal. Papá cada vez bebe más. La última vez me gritó feo, me dijo cosas… y mamá ya no sabe qué hacer. Por eso se fue con la abuela. Yo solo quería salir de ahí un tiempo.
Asentí. Me quedé callado un momento y después pregunté, como si no fuera importante:
—¿Y tú? ¿Tienes novio?
Ella negó con la cabeza.
—No. Ni ganas.
—Yo tampoco tengo a nadie —le dije—. Llevo quince años solo. A veces se siente raro.
Hubo un silencio. Entonces ella me miró de reojo y preguntó:
—¿Tú… tienes novia, tío? ¿O algo?
Sonreí un poco, ladeando la cabeza.
—No. Nadie. Aunque… la verdad es que desde que llegaste me ha costado más estar solo.
Ella frunció el ceño, incómoda.
—¿Por qué?
La miré de arriba abajo sin disimulo. El short, las piernas, el bulto suave entre ellas, los labios carnosos.
—Porque has cambiado mucho, Liliana. Ya no eres la niña que yo recordaba. Te ves… diferente. Más mujer. Más rica. El cuerpo, la cara, hasta la forma en que caminas. Se te nota todo.
Ella se puso roja al instante. Se removió en el sofá y apartó la mirada.
—Tío… no digas esas cosas. Me haces sentir rara.
—Solo digo lo que veo —contesté con calma.
Ella se levantó de golpe.
—Voy a dormir. Buenas noches.
Se fue a su habitación. Escuché cómo cerraba la puerta… pero no del todo. Quedó entreabierta unos cuantos centímetros.
Esperé casi una hora. La casa estaba en silencio. Me levanté, con la polla ya dura dentro del pantalón, y caminé despacio hasta su puerta. La empujé con cuidado.
Liliana estaba boca abajo en la cama. Solo llevaba un calzón de encaje negro que se le perdía entre las nalgas y una camisa holgada que se le había subido hasta la mitad de la espalda. La luz del pasillo me dejaba ver perfectamente la curva de su culo, la piel morena clara y el borde del encaje.
Entré sin hacer ruido y cerré la puerta detrás de mí.
Me acerqué a la cama. Liliana seguía boca abajo, el calzón de encaje negro se le perdía entre las nalgas y la camisa holgada subida hasta la mitad de la espalda. La luz tenue del pasillo me dejaba ver la curva perfecta de su culo.
Extendí la mano gorda y la posé primero en su muslo. Subí despacio, muy despacio, hasta llegar a una nalga. Apreté lento. La carne se hundió bajo mis dedos. Suave, firme, caliente. Volví a apretar, esta vez con más fuerza, abriendo un poco los dedos para agarrar mejor. Se me puso la polla dura de inmediato, apretándome contra el pantalón.
Seguí. Deslicé la mano hacia el centro, rozando el borde del encaje. Después bajé y puse la palma completa sobre su coño, por encima del calzón. Estaba caliente. Muy caliente. Apreté un poco y empecé a tocarla en círculos lentos, sintiendo la forma de sus labios a través de la tela fina. Se sentía delicioso. Húmedo. Ya estaba un poco mojada.
Moví los dedos con más presión, frotando su clítoris por encima del encaje. El calor me subía por el brazo.
Liliana se removió. Un pequeño quejido salió de su garganta. Después abrió los ojos de golpe y giró la cabeza hacia mí.
—¿Tío…? —su voz salió ronca, confusa—. ¿Qué… qué estás haciendo?
No quité la mano. Seguí tocándola despacio.
—Shhh… —le dije en voz baja—. Quédate quieta.
Ella intentó girarse, pero le puse la otra mano en la espalda baja, sujetándola.
—No… esto no está bien —susurró. Su voz temblaba—. Tío, por favor… no.
Apreté un poco más el coño con los dedos. El calzón ya estaba húmedo bajo mi palma.
—Lo sé —contesté—. Pero no voy a parar.
Ella negó con la cabeza, el cabello negro esparcido por la almohada.
—No quiero… de verdad no quiero.
Seguí frotándola. Sus caderas se movieron solas un segundo, traicionándola. Noté cómo se le erizaba la piel.
—Mientes —le dije—. Tu coño está caliente y mojado. Ya se siente a través de la tela.
—Soy virgen —dijo de pronto, casi en un hilo de voz—. Nunca he… nunca he hecho nada. Por favor, tío… no.
Eso me calentó todavía más. Sonreí en la oscuridad.
—Mejor —contesté—. Entonces voy a ser el primero.


Enganché los dedos en el borde del calzón de encaje y se lo bajé despacio por las caderas. Liliana temblaba, pero no luchó de verdad. Cuando el encaje pasó sus nalgas y dejó su coño al descubierto, soltó un gemido bajo, agudo, y sola levantó un poco el culo hacia mí.
Sonreí.
Le puse las dos manos en las nalgas y se las abrí con fuerza, separándolas. El coño se le abrió delante de mis ojos: rosado, brillante, completamente mojado. Los labios hinchados y el agujerito apretado de su virginidad.
—Mírate… —le dije en voz ronca—. Qué rico se ve este coño, sobrina. Estás empapada. Y eso que todavía ni te he metido nada.
Ella enterró la cara en la almohada, pero el culo se le quedó arriba, temblando.
Me agaché y le di una lamida larga, lenta, desde el clítoris hasta la entrada. El sabor era dulce y caliente. Liliana soltó otro gemido más fuerte y sus piernas se tensaron. Volví a lamerla, esta vez más profundo, metiendo la punta de la lengua entre los labios y saboreando su humedad.
Después me incorporé.
Me puse de pie delante de ella, a la altura de su cara. Me bajé el short y me saqué la verga. Estaba dura, gruesa, venosa, la cabeza ya brillante de precum. La sostuve con una mano y se la acerqué a la boca.
—Mira, sobrina… —le dije—. Toda tuya. Lámela. Chúpala. Cómetela.
Liliana levantó la vista. Sus ojos oscuros estaban húmedos, asustados… y excitados. Me miró la polla unos segundos en silencio. Después, despacio, sacó la lengua y me dio una lamida tímida en la punta.
—Así… —gruñí—. Más. Ábrela esa boquita de puta y chúpale a tu tío.
Liliana sacó la lengua y me dio otra lamida más larga, desde las bolas hasta la punta. Después abrió la boca y se la metió adentro. Sus labios carnosos cerraron alrededor de mi verga y empezó a succionar, tímida al principio, después con un poco más de fuerza. La calor de su boca me recorrió entero.
Gimió un poco alrededor de mi polla. Yo dejé escapar un gemido lento, grave.
—Para ser tu primera vez… lo haces tan bien, sobrina —le dije, mirándola desde arriba—. Qué rica se siente esa boquita.
Ella me miró con los ojos húmedos mientras chupaba, las mejillas hundidas. Le agarré un poco el cabello negro para guiarla, pero sin empujar demasiado todavía. La dejé que chupara a su ritmo unos minutos, sintiendo cómo se iba mojando más la punta con su saliva.
Después me aparté un poco. Mi verga salió de su boca con un hilo de saliva uniéndonos todavía.
—Bueno, sobrina… mira cómo me dejaste —le dije, sosteniéndola con una mano—. Bien dura. Toda por ti.
Liliana respiraba agitada, los labios rojos e hinchados.
—Ahora ábrete las nalgas, Liliana. Déjame ver tu vagina virgen.
Ella dudó solo un segundo. Después, con las manos temblando, se las llevó atrás y se abrió las nalgas con los dedos. Su coño quedó completamente expuesto delante de mí: más mojado que antes, brillante, los labios entreabiertos y el agujerito apretado todavía intacto. Un hilo de lubricación le escurría hacia el muslo.
—Qué puta más mojada… —murmuré.
Me acerqué. Agarré mi verga por la base y empecé a frotarla despacio contra su vagina. Subía y bajaba la cabeza gruesa entre sus labios, empujando un poco contra la entrada sin meterla todavía, untándome con su humedad. Cada vez que rozaba su clítoris ella soltaba un temblor y un gemidito ahogado.
—Sientes eso, sobrina… —le dije en voz baja—. Esta va a ser la primera polla que te abra. Y es la de tu tío.
Seguí frotándome contra ella, más lento, más presionado, sintiendo cómo su coño virgen se abría un milímetro cada vez que empujabai
Liliana se abrió las nalgas con las dos manos, los dedos clavándose en su propia carne. Su coño virgen quedó completamente expuesto: rosado, hinchado, brillante de lo mojada que estaba. Un hilo transparente le escurría desde la entrada hasta el muslo.
Acomodé la cabeza de mi verga justo en su agujerito. Empujé un poco. Solo la punta. Liliana soltó un gemido agudo y enterró la cara en la almohada.
—Ahhhh… tío… duele…
—Shhh… respira —le dije, agarrándola de las caderas con mis manos gordas—. Voy despacio.
Empujé otro poco. La cabeza gruesa empezó a abrirle los labios. Se veía perfecto: mi verga oscura contrastando con su coño rosado, estirándolo milímetro a milímetro. La entrada se le abría alrededor de mí, apretada, caliente, resistiéndose.

—Más… —gimió ella de pronto, la voz rota—. Métela más…
Sonreí. Empujé otro tramo. Ahora ya tenía casi la mitad adentro. Liliana temblaba toda, las nalgas tensas entre sus propias manos. Su coño me apretaba como un puño caliente y mojado.
—Así de rico te sientes, sobrina… —gruñí—. Tan apretadita. Tan virgen.
—Más… por favor… métela toda —pidió entre gemidos, empujando un poco el culo hacia atrás ella sola.
Aguanté un segundo y después empujé constante, lento, sin parar. Fui entrando centímetro a centímetro. Se veía cómo su coño se iba tragando mi verga, los labios estirados alrededor del grosor, la humedad brillando. Liliana gemía sin parar, un sonido largo y agudo cada vez que avanzaba más.
—Ahhhh… tío… se siente… se siente muy grande…
Cuando por fin entré del todo, hasta la base, mis bolas quedaron pegadas contra su coño. Estaba completamente dentro de ella. Liliana soltó un gemido profundo, casi un grito ahogado, y sus dedos se apretaron más fuerte en sus propias nalgas.
Me quedé quieto un momento, sintiendo cómo su vagina virgen me latía alrededor, intentando acostumbrarse a mi tamaño.
—Ya está… —le dije jadeando—. Ya te la metí toda, sobrina. Ya no eres virgen. Ahora eres mía.

Me quedé quieto un momento dentro de ella, sintiendo cómo su coño virgen me apretaba y latía alrededor. Liliana respiraba agitada, la cara todavía enterrada en la almohada.
Empecé a moverme despacio. Saqué la verga casi hasta la punta y volví a entrar completo, lento, profundo. Cada embestida hacía que su culo temblara. Se veía perfecta: las nalgas abiertas por sus propias manos, mi verga gruesa desapareciendo dentro de ese coño rosado y brillante, los labios estirados alrededor de mí.
—Ahhhh… tío… —gimió ella, la voz temblorosa.
Fui aumentando la velocidad poco a poco. Las embestidas se volvieron más firmes, más largas. El sonido de mi cuerpo golpeando contra su culo empezó a llenar la habitación: plas… plas… plas…. Húmedo, sucio, constante.
Liliana ya no podía quedarse callada. Cada vez que le llegaba al fondo soltaba un gemido más fuerte. Su espalda se arqueaba sola. El cabello negro le caía desordenado sobre la almohada y la camisa holgada se le había subido del todo, dejando su espalda desnuda a la vista.
Agarre un puñado de su cabello largo y se lo jalé hacia atrás con fuerza. Su espalda se arqueó todavía más, el cuello estirado, la cara levantada. Desde esa posición se le veía el perfil: labios abiertos, ojos entrecerrados, el lunar cerca de la boca brillando de saliva.
—Así… mírate —le gruñí mientras le daba más fuerte—. Qué puta se ve mi sobrina con la verga de su tío hasta el fondo.
El sonido ya era escandaloso. El choque de mi barriga y mis caderas contra su culo resonaba en toda la habitación, mezclado con sus gemidos cada vez más altos y el ruido húmedo de su coño tragándome una y otra vez. Estaba empapada. Cada vez que sacaba la verga se veía brillante, cubierta de su lubricación, y cuando la volvía a meter entraba de un solo empujón hasta las bolas.
Liliana ya no pedía que parara. Al contrario: empujaba el culo hacia atrás cada vez que yo entraba, buscando que se la metiera más profundo. El cabello tenso entre mis dedos, la espalda curvada como un arco, los gemidos rotos saliéndole de la garganta…
Se veía completamente entregada. Mi puta de diecinueve años, abierta y follada por su tío gordo en mitad de la noche.
Después de follarla fuerte un buen rato, se la saqué lento. Mi verga salió de su coño brillante, cubierta de su lubricación, dejando un hilo viscoso uniéndonos todavía. Liliana soltó un gemido largo cuando quedó vacía, el agujero entreabierto y rosado, contrayéndose.
La giré con cuidado hasta dejarla boca arriba. Me incliné sobre ella y la besé. Un beso profundo, sucio, con lengua. Ella respondió casi de inmediato, abriendo la boca y dejándome explorarla mientras su respiración caliente se mezclaba con la mía. Le mordí el labio inferior y la volví a besar con más hambre.
Después me acosté a su lado. Mi polla seguía durísima, apuntando hacia arriba, brillante y latiente.
—Súbete —le ordené en voz baja—. Móntate, sobrina.
Liliana me miró con los ojos nublados, la respiración todavía agitada. Se incorporó temblando un poco y pasó una pierna sobre mi cuerpo. Se colocó a horcajadas encima de mí, el coño justo encima de mi verga. Con una mano se sostuvo de mi pecho y con la otra me agarró la polla para guiarla.
Empezó a bajar lento. La cabeza empujó sus labios hinchados y se fue abriendo paso otra vez. Liliana mordió su labio inferior y soltó un gemido agudo mientras bajaba centímetro a centímetro. Se veía perfecto desde abajo: su coño rosado tragándose mi verga gruesa, las nalgas tensas, el vientre suave contrayéndose.
Cuando por fin llegó hasta el final y me la empujó toda dentro, se quedó quieta un segundo, temblando, acostumbrándose otra vez a la profundidad.
Después empezó a moverse ella sola.
Subía y bajaba despacio al principio, después con más ganas. Sus caderas se mecían, el culo golpeando suavemente contra mis muslos. Cada vez que bajaba del todo soltaba un gemidito y cerraba los ojos.
Yo le agarré las caderas con mis manos gordas y la miré fijamente.
—Eso es… cabalga a tu tío como la putita que eres —le dije en voz ronca—. Mírate, Liliana… con la verga hasta el fondo y moviéndote sola. Qué rica te ves. Ese coño ya no es virgen… ahora es mío. Úsalo. Fóllatelo más fuerte. Quiero ver cómo se te marca por dentro.
Ella gimió más alto y empezó a moverse con más ritmo, las tetas suaves balanceándose bajo la camisa holgada, el cabello negro cayéndole sobre los hombros mientras se empalaba una y otra vez en mi polla…
Liliana seguía montándome. Al principio sus movimientos eran torpes, pero poco a poco fue encontrando el ritmo. Subía casi hasta la punta y bajaba de golpe, embistiéndose sola contra mi verga. Cada vez lo hacía mejor. El sonido húmedo de su coño tragándome llenaba la habitación, mezclado con sus gemidos cada vez más sueltos.
Le agarré la cintura con las dos manos gordas y la guié, obligándola a bajar más profundo cada vez. Sus caderas se movían con más seguridad, el culo golpeando contra mis muslos, las tetas suaves balanceándose bajo la camisa.
—Así… más rico —gruñí—. Fóllate esa verga, sobrina.
Ella mordió su labio y aceleró. Yo sentía cómo su coño me apretaba, caliente y empapado. La presión me subía rápido. Le apreté más fuerte la cintura y empecé a empujar hacia arriba al mismo tiempo que ella bajaba.
—Me voy a correr… —avisé entre dientes—. Me voy a correr dentro de ti.
Liliana solo gimió más alto y no se bajó. Al contrario: se empaló hasta el fondo justo cuando me corrí.
Solté un gruñido largo y empecé a llenarla. Chorros espesos y calientes de semen salían de mi verga una y otra vez, bombeando profundo dentro de su coño. Era mucho. Sentía cómo se me vaciaba entero dentro de ella. Liliana temblaba con cada chorro, el cuerpo sacudido por los espasmos, su propia orgasmo haciéndola apretarme más fuerte mientras se corría también.
Nos quedamos así un momento. Ella todavía sentada sobre mí, mi verga enterrada hasta las bolas, el semen empezando a escaparse un poco alrededor de la base. Ambos jadeábamos.
Después, despacio, Liliana se levantó. Mi polla salió de su coño con un sonido húmedo. Un hilo grueso de semen blanco la siguió, escurriendo de su agujero abierto y cayendo sobre mi vientre. Se veía perfecta: el coño rosado, hinchado, goteando mi corrida.
Se dejó caer a mi lado, todavía temblando. Los dos estábamos agitados, sudados, la respiración pesada.
Pasaron unos segundos en silencio. Solo se oía cómo recuperábamos el aire.
—Tío… —susurró ella al fin, la voz ronca.
—Dime.
—Esto… lo que acabamos de hacer… nadie puede saberlo. ¿Verdad?
Volteé la cabeza y la miré. Tenía el maquillaje corrido, los labios hinchados y el cabello revuelto. Se veía destrozada… y hermosa.
—Nadie —contesté—. Es nuestro secreto. Solo tuyo y mío.
Ella asintió despacio. Se quedó callada un momento y después preguntó, casi en un hilo de voz:
—¿Cómo te sientes… después de esto?
Sonreí un poco en la oscuridad.
—Como si por fin tuviera algo que realmente quiero. ¿Y tú, Liliana? ¿Cómo te sientes ahora que ya no eres virgen… y que fue tu tío quien te abrió?
Ella tragó saliva. Su mano se movió un poco sobre la sábana, rozando la mía sin llegar a tomarla.
—Rara… —admitió—. Me duele un poco. Pero… también me siento caliente. Como si quisiera que volviera a pasar.
La miré fijamente.
—Va a volver a pasar. Todos los días, si yo quiero. A partir de ahora eres mía. ¿Entendido?
Liliana bajó la mirada un segundo. Después asintió, casi imperceptible.
—Sí, tío…


Esa noche dormimos los dos desnudos. Liliana se acurrucó contra mi cuerpo gordo, todavía con mi semen escurriéndole entre las piernas. Yo la abracé por detrás, la verga semidura apoyada en su culo, y así nos quedamos hasta que nos venció el cansancio.
Al día siguiente la desperté ya duro. Sin decir mucho la puse en cuatro sobre la cama y me la follé otra vez, más despacio que la noche anterior, disfrutando cómo su coño, todavía sensible, me recibía. Me corrí otra vez dentro de ella. Después nos duchamos juntos. Le lavé el cuerpo con las manos, le metí los dedos mientras el agua caía y le recordé en voz baja que a partir de ese momento su coño era mío.
Así empezó nuestra rutina.
Por las mañanas ella se iba a la escuela. Yo me iba a trabajar. Por fuera todo parecía normal. Cuando su mamá venía de visita —una o dos veces al mes— hacíamos como si nada. Liliana me decía “tío” con voz educada, me daba un beso en la mejilla y conversábamos de cosas banales en la sala. Claudia nunca sospechó. Se iba contenta de que su hija estuviera “en buenas manos”.
Pero en cuanto la puerta se cerraba y quedábamos solos, la máscara caía.
Por las noches Liliana se convertía en mi puta.
Le compré lencería: conjuntos de encaje negros, rojos, tangas que se le perdían entre las nalgas, medias, ligueros. La hacía vestirse solo para mí antes de follármela. A veces la usaba apenas llegaba de la escuela, todavía con el uniforme, tirándola sobre la mesa de la cocina o contra la pared del pasillo.
Le enseñé a chupar bien. Al principio le costaba por el grosor, se le llenaban los ojos de lágrimas, pero poco a poco aprendió a tomármela hasta la garganta. Cuando me corría le obligaba a tragárselo todo. A veces le llenaba la boca y la hacía mostrármelo antes de tragar.
También le abrí el culo. La primera vez lloró y me pidió que parara, pero no paré. Fui despacio, con mucho lubricante, hasta que mi verga desapareció entre sus nalgas. Después de eso el sexo anal se volvió parte de la rutina. Le gustaba más de lo que admitía: se mojaba sola cuando le decía que esa noche se la iba a meter por detrás.
Para evitar problemas la llevé a una clínica discreta y le pusieron el implante anticonceptivo. Se lo hice poner apenas un par de semanas después de quitarle la virginidad. No quería que nada arruinara lo que teníamos. A partir de ese momento me corría dentro de ella sin preocuparme, una y otra vez, llenándole el coño o el culo según me diera la gana.
Con el tiempo Liliana dejó de resistirse. Dejó de decir “no está bien”. Empezó a buscarme ella sola. A veces llegaba de la escuela, se quitaba la ropa sin que yo se lo pidiera y se arrodillaba delante de mí. Otras noches se metía en mi cama ya mojada y me pedía en voz baja que se la metiera.
Se convirtió en exactamente lo que yo quería:
Mi sobrina.
Mi puta.
Mi objeto más preciado.
Y nadie, absolutamente nadie, lo sabía.
3 comentarios - Mi sobrina se hizo mi puta