You are now viewing Poringa in Spanish.
Switch to English

Hija enyesada, papá cuidador (3)

Hija enyesada, papá cuidador (3)

Los días se acomodaron a la nueva rutina. Martín entraba cada noche, cerraba la puerta, y Valentina ya estaba boca abajo, esperando con la respiración alterada y los yesos blancos pesando sobre la almohada a ambos lados de su cabeza.

Los chirlos y la charla sucia dejaron de ser una sorpresa: él le decía putita y ella gemía; él le pegaba en la cola y ella levantaba las caderas. Pero los orgasmos otra vez se volvieron esquivos, otra vez por los antidepresivos. Llegaban, pero a veces necesitaba más tiempo, más chirlos, más dedos, más palabras sucias, y más rebuscadas.

Y siempre, en el momento de mayor calentura, ella pedía lo mismo: pija, dame pija. Lo decía entre gemidos, con la voz rota y la cara hundida en la almohada, y Martín se quedaba con esa palabra resonándole en la cabeza mucho después de apagar la luz.

Esa tarde Martín entró con algo más en el bolsillo. Valentina estaba boca abajo como siempre, con una bombachita de algodón rosa ajustada sobre las nalgas, algo mojada por el sudor, los yesos de los brazos extendidos a los lados como alas rotas.

Él se sentó en el borde de la cama y empezó como siempre: la mano abierta recorriéndole la espalda, bajando por el hueco de la cintura, hasta apoyarse sobre la tela rosa. La acarició por encima de la bombacha, trazando con los dedos el contorno de la cola, bajando hasta la concha, donde la tela ya se humedecía con el calor de su cuerpo. Valentina cerró los ojos y dejó escapar un suspiro sordo.

Martín agarró el elástico de la bombachita y se la bajó hasta media cola, dejando las nalgas expuestas bajo la luz cálida del velador. Levantó la mano y soltó un chirlo seco, fuerte, que hizo temblar la carne y dejó una marca rosada extendiéndose como una mancha de tinta. Valentina gimió, un sonido agudo que se perdió en la almohada.

—Hoy te voy a garchar, putita —dijo él, con la voz ronca.

Valentina se estremeció. Las palabras le golpearon el estómago antes que los oídos. Garchar. No era la primera vez que él usaba esa palabra, pero esta vez sonó distinto. Sonó como una promesa. Una parte de ella —esa que se retorcía húmeda y hambrienta cada noche— lo deseaba con una urgencia casi dolorosa. Otra parte, más pequeña y asustada, se preguntaba si su papá realmente se animaría a cruzar esa línea.

Martín le dio otro chirlo, y otro, cada uno con un sonido húmedo y seco al mismo tiempo, la carne que se sacudía y volvía a su lugar. Luego bajó la mano y le metió dos dedos en la concha de golpe, encontrándola ya mojada, resbalosa, abierta. Los movió adentro con esa cadencia que conocía bien, curvándolos hacia el frente, buscando el punto que la hacía jadear. Valentina arqueó la espalda, los yesos crujieron contra la almohada.

—Ay sí, cogéme, necesito pija —gimió ella, con la voz entrecortada y los ojos cerrados.
—Pedí por favor —dijo él, sin sacar los dedos, moviéndolos más lento.
—Porfi, papi, pija, dame pija, no doy más —suplicó ella, y la palabra papi le salió con una mezcla de vergüenza y deseo que le encendió las mejillas.

Martín sacó los dedos lentamente, con un sonido mojado, dejándola vacía y temblorosa, su conchita abierta y entregada. Con la mano libre, sacó del bolsillo del pantalón la pija de goma que había comprado esa mañana en un sexshop del centro, una pieza grande, realista, con venas moldeadas y una cabeza bien definida. Valentina no la vio. Tenía la cara hundida en la almohada, esperando, las caderas levantadas como una ofrenda. Él la apoyó en la entrada de la concha, justo la puntita, y la humedad de ella hizo que se deslizara fácilmente, casi sin resistencia, entrando un par de centímetros.

Valentina soltó un gemido largo, gutural, distinto a todos los anteriores. Se sorprendió. “Papá me va a coger de verdad!”, pensó, alarmada y excitada. La sensación era mucho más grande que los dedos, más ancha, más llena. Se retorció de placer, levantando las caderas como para recibir más, como para metersela toda de una vez, su concha quería tragarse toda es pija. Pero entonces notó algo raro. El tamaño, la textura, la extrañeza de algo que no era carne aunque la imitaba bien. Se sacudió hacia adelante, trabajosamente se la sacó, y el consolador salió de ella con un sonido húmedo y suave.

Se quedaron en silencio. Solo se escuchaba la respiración de ambos, entrecortada.

—Papá —dijo Valentina, con la voz pequeña, casi un hilo—, soy virgen. No quiero que me desvirgue una pija de goma.

Martín se quedó quieto. La miró de costado, la nuca sudada, los yesos temblando levemente. Soltó el consolador sobre la sábana y le puso la mano en la cadera, con suavidad.

—Perdón, muñeca —dijo, y su voz volvió a ser la de siempre, la del cuidador, la del que cambia sábanas y trae bandejas de comida—. Perdón. Pensé que te iba a servir, que te iba a gustar la sorpresa ¿Querés que cortemos acá?

Valentina negó con la cabeza sin levantar la cara de la almohada. Las mejillas le ardían.

—No —dijo, tragando saliva—. Sigamos. Nomás no me desvirgues, no así. Pero tengo ganas de acabar. Si querés lo hacemos rápido.
—Dale, muñeca, tranqui —dijo él, y le acarició el pelo con la mano que todavía olía a ella.

Le acarició la espalda con la palma abierta, trazando un camino lento desde la nuca hasta la base de la columna. Valentina tardó un momento en responder, pero su respiración fue cambiando, volviéndose más profunda, más lenta. Cuando Martín le dio un chirlo seco en la nalga derecha, ella levantó la cadera apenas un centímetro y soltó un quejido. Él recogió la pija de goma, todavía húmeda del flujo de ella, y se la apoyó en la cola, justo sobre el ano.

Valentina se tensó, pero esta vez no se apartó. Levantó la cadera un poco más, como dando una señal de que esto sí lo autorizaba, y la puntita entró. Martín empujó con cuidado, milímetro a milímetro, y ella respondió con un movimiento de caderas que fue ganando confianza.

Primero fue apenas un roce, después un centímetro más, y después otro. La progresión fue lenta, casi involuntaria, como si el cuerpo de ella decidiera por sí solo. Martín acompañaba acariciandole la conchita con la otra mano. Estaba empapada. Lamentó no tener una mano libre para tocarse él. Se estaba excitando mucho.

Valentina gemía, con la cara perdida contra la almohada, mientras encontraba el ritmo exacto en el que a su cola le gustaba comerse ese consolador.

No podía creerlo. La estaban culeando por primera vez. Era una fantasía que tuvo desde hacía años, desde que empezó a pensar en esas cosas, y nunca imaginó que sería así —boca abajo, con los brazos inmovilizados en yeso, y que sería su papá quien lo hiciera, aunque fuera con una pija de goma. La idea le recorrió el cuerpo como una descarga eléctrica y la dejó temblando.

Martín de vez en cuando, entre embestida y embestida, le daba un chirlo que hacía que la nalga se ondulara y se pusiera roja, y que le hacía mover el orto de golpe de tal forma que la pija de goma se le revolvía adentro y la hacía sentir un placer que la dejaba al borde del desmayo.

—¿Te gusta que te coja, putita?
—Sí, sí, me encanta —respondió ella, y su voz se quebró en un gemido.
—Decime quién te culea, de quién te gustaría que sea esta pija.
Ella hizo silencio, con el último resto de pudor que le quedaba.
Su papá le dio otro chirlo, bien fuerte, e insistió con la pregunta. Era charla sucia, y también era que Martín tenía ganas de saber más de las fantasías de su hija, en quien pensaba, que cosas quería que le hicieran, y quién.
—Thiago... me culea Thiago.
Thiago, un amigo del hermano. Un chico dos años mayor que Valen. Así que esa era su fantasía oculta.

Siguió así unos minutos, con el cuarto lleno de gemidos, el sonido húmedo de la pija entrando y saliendo, y los chirlos que estallaban en su cola. Los gemidos se entrecortaban con unos “Thiago cogeme”, “Thiago que bien que me culeás”.
Hasta que Valentina dijo, con la voz entrecortada:
—Chupame la concha, Thiago.
Martín se detuvo un instante. La frase quedó flotando en el aire.
—Querés qué? Repetilo, putita.
Ella lo repitió.
—Chupame la concha, Thiago. Por favor.

Él dudó. La deseaba —eso era innegable, y lo había sido desde hacía tiempo— y a la vez sentía que era su deber complacerla, pero esto le parecía un paso moralmente prohibido, una línea que no podía cruzar. Y no sabía si ella realmente lo quería, o si era parte del juego sucio para poder acabar. Siguió cogiéndola despacio, sin detenerse, mientras la idea le daba vueltas en la cabeza. Ella lo pidió una tercera vez, con un hilo de voz que sonaba casi como un llanto.

Sin dejar de mover la pija de goma dentro de ella, Martín bajó el torso y acercó la cara a la conchita de Valentina. La encontró deliciosa: rosadita, prolija, con los labios finos y apenas entreabiertos por la humedad. Soltó un aroma único, mezcla de jabón y algo más intenso, algo que le hizo la boca agua. Llevaba años sin probar una. La última había sido la de la mamá de Valen.

Valentina notó el cambio de posición y se alarmó. Giró la cabeza.

—Ay no, papi, estaba jugando. ¿Cómo te voy a pedir que hagas eso?
Martín se asustó. Pero Valen agregó:
—Es un asco para vos, mi concha. Demasiado que la tenes que tocar.
—Relajate, muñeca —dijo él, con la boca a centímetros de su hendidura hermosa y excitada—. No te preocupes por mí. Es tu momento.

Le pasó la lengua de abajo hacia arriba, suave, lento, sintiendo cada pliegue. Valentina arqueó la espalda y soltó un gemido que resonó contra las paredes del cuarto.
—Ay, sí, papi, sí, me encanta —dijo, y su voz se quebró en un sollozo de placer.

Martín le metió la lengua profundo, lamiendo con avidez, mientras empujaba la pija de goma a fondo. El doble estímulo la hizo perder el control. Valentina se retorció, levantó las caderas, y sus gemidos se volvieron gritos ahogados que se perdían en la almohada. El orgasmo la atravesó como una ola: todo su cuerpo se tensó, su culo se contrajo apretando la pija de goma, los yesos temblaron contra la sábana, y después se deshizo en espasmos largos que la dejaron sin aliento. Martín siguió chupando a su hija unos segundos más.

Después le sacó la pija de goma con cuidado, despacio, y le bajó la bombachita rosa, ya toda mojada y manchada, hasta sacarla del todo. Valentina respiraba con la boca abierta, transpirada, con los mechones pegados a la frente.

—Papi —dijo, sin abrir los ojos—. No terminaste.
Martín se sobresaltó. Si bien había acabado más de una vez en estas sesiones, su orgasmo nunca había sido parte de lo explícito entre ellos.
—No, hija. Esto es para vos.
—Por favor, papi, aunque sea algo rápido, así no me siento mal por todo esto que tenés que hacer por mi —insistió ella, con la cara colorada y transpirada, los ojos entrecerrados—. No seas tonto, acabá ahora, en mi bombacha, hacelo por mí. Después me limpiás.

Él tenía la bombachita rosa en la mano, arrugada y húmeda. Ella giró apenas la cabeza y lo miró.
—Por favor, papi. Así yo me siento mejor.
Pero agregó, casi susurrada, y en tono de chiste, una frase inquietante:
— Ya que no me quisiste coger para sacarte las ganas...

Martín sacó su pija, que estaba dura y húmeda, y se la envolvió en la bombachita rosa. Empezó a tocarse, mientras observaba el culito desnudo de su hija. No tardó más que unos segundos. La tela se oscureció con una mancha de semen que la empapó, tibia y densa. Valentina sonrió sin abrir los ojos.

Martín se levantó, se acomodó, y salió de la habitación. Cerró la puerta con cuidado. Caminó hasta el lavadero con la bombachita en la mano. Antes de tirarla al lavarropas, se la acercó a la nariz y respiró hondo. El olor a flujo y semen, mezclado, le arrancó una sonrisa. Su cabeza volvió a lo último que le había dicho Valentina.

Se imaginó cogiendola, así indefensa como estaba, cola para arriba, enyesada. Se imaginó dejandole toda la leche adentro, ella disfrutandolo, diciendole gracias Papi. Su pija se volvió a parar. Se la envolvió con la bombachita enlechada y se hizo una paja muy rápida. Hacía tiempo que no acababa así dos veces seguidas. Se limpió hasta la última gota, la dejó caer en el tambor y accionó el lavado.

0 comentarios - Hija enyesada, papá cuidador (3)