El Pecado del Tío Fernando
Joder, Jimena… mira esa puta obra de arte. Esa cara de ángel con labios carnosos y brillantes, mirando hacia un lado como si no se diera cuenta de lo que provoca, pero yo sí. Esos ojos oscuros y esa piel suave, con un lunar justo encima de esas tetas que me están volviendo loco. Ese top rojo de punto, ceñido, con el escote abierto hasta el puto alma… se le ve el escote profundo, las tetas grandes, pesadas, redondas, apretadas una contra la otra, con ese canal delicioso que pide a gritos que le meta la cara y las chupe hasta dejarle marcas. Se le marcan perfectas bajo la tela, y se nota que son naturales, firmes pero suaves, de esas que rebotan cuando te la estás follando fuerte. Y el cuerpo… curvilíneo, de cintura marcada y caderas que se adivinan anchas bajo esos jeans. Tiene un culo de puta madre: redondo, firme, de esos que se levantan y se abren cuando se agacha, listo para agarrarlo con las dos manos y clavársela hasta el fondo mientras se le marcan las huellas de los dedos.
Me la imagino ahí mismo, en esa mesa blanca, con esa cara de inocente pero con la boca abierta gimiendo mi nombre. Quiero agarrarle el pelo, bajarle ese top, sacar esas tetas y follármelas primero con la boca y la polla, luego darle la vuelta, bajarle los jeans y metérsela por detrás mirando cómo se le mueve ese culo mientras se la clavo profundo, hasta que se le ponga roja la cara y se le escape saliva por la comisura de esos labios pintados.
Jimena es una zorra perfecta: cara de buena, cuerpo de puta y una actitud que pide a gritos que la destroce. Me la follaría sin piedad, una y otra vez, hasta dejarla temblando y llena.
PERO ES MI SOBRINA.
La hija de mi hermana Verónica. No conoció a su padre, fue criada por su mamá sola. Yo siempre había sido el tío soltero, el que visitaba en Navidad y cumpleaños, el que le daba regalos caros y le decía "qué grande estás, Jimenita". Pero nunca, jamás, la había visto con estos ojos.
Había pasado un año de remodelaciones en mi casa. Después de mi divorcio, decidí ampliarla, darle un nuevo aire. Los trabajos estaban en su punto más caótico y no podía vivir allí. Fue entonces que Verónica, mi hermana, me llamó.
-¿Por qué no te vienes a vivir con nosotras mientras terminas los arreglos? Me das la renta a mí y te hacemos un lugar.
Me sentí mal al principio. Como si estuviera invadiendo su espacio. Pero me trataron bien desde que llegué. Me dieron la habitación de Jimena, porque solo tenían dos en su casa, y ella se mudó a un cuarto más pequeño que usaban como depósito.
Al principio, todo fue normal. Verónica trabajaba todo el día, llegaba cansada, se quejaba de que Jimena no hacía nada. La joven de 18 años había dejado los estudios. Decía que no le gustaba, que los profesores eran unos idiotas, que no servía para eso. Su madre le pedía que entonces trabajara, pero ella se negaba.
-No quiero que algún pendejo de su edad la vaya a preñar -decía Verónica con preocupación- Pero tampoco puede quedarse en casa todo el día viendo el celular.
Yo no me involucraba. Me limitaba a escuchar, a asentir, a decir "ya Verónica, déjala, es joven". Pero algo estaba cambiando dentro de mí.
Comencé a notarla con otros ojos. Esos shorts que usaba para estar en casa. Esas licras que se le marcaban hasta el último pliegue. Esos tops sin sujetador que dejaban ver el bulto de sus pezones cuando hacía frío.
Un día, la vi tumbada boca abajo en el sofá, viendo su celular. Llevaba una licra gris, tan ajustada que parecía pintada sobre su piel. Su culo se alzaba ligeramente, redondo, firme, perfecto. Sentí un calor en la entrepierna que no podía controlar. Mi polla se endureció al instante.
-Ay, Jimenita -dije en voz baja, casi para mí- Qué buena estás, sobrinita.
Ella no me escuchó. Siguió desplazándose por la pantalla, ajena al depredador que la observaba desde la cocina.
Fui perdiendo la cordura poco a poco. Cada día era peor. Me levantaba con la imagen de ella en la cabeza. Me masturbaba en la ducha pensando en su cuerpo, en su boca, en cómo gemiría si la tuviera debajo de mí.
"Se me hace que uno de estos días te voy a penetrar y a hacer mi mujer", pensaba mientras la veía pasar. "Ya estás madurita para recibir verga todas las noches y en edad fértil para darme hijos."
Eran pensamientos prohibidos. Enfermizos. Pero no podía detenerlos.
Comencé a sembrar la cizaña. Le decía a Verónica, siempre en tono de preocupación, que Jimena necesitaba disciplina, que debía trabajar, que no podía estar todo el día de vaga. Mis palabras caían como gotas de veneno, y las peleas entre madre e hija se hicieron más constantes.
Jimena lloraba. Verónica se salía de la casa furiosa, diciendo que ya no soportaba a su hija. Y ahí estaba yo, el lobo, esperando mi momento.
-¿Por qué lloras, sobrinita? -pregunté una tarde, sentándome a su lado en el sofá.
-Mi mamá no me entiende -sollozó, limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano- Dice que soy una floja, que no sirvo para nada. Pero yo no quiero trabajar en un lugar horrendo, atendiendo gente idiota...
-Claro que no -dije, acariciando su cabello- Una princesa como tú no tiene que trabajar. Con esa belleza podrías vivir como una reina, Jimenita.
Ella me miró, extrañada por mis palabras. Pero sonrió. Esa sonrisa fue mi primer triunfo.
Pasaron los días y ella comenzó a buscar mi consuelo. Cada vez que discutía con su madre, corría hacia mí. Primero fueron palabras. Luego, abrazos. Yo la envolvía con mis brazos, sintiendo su cuerpo tembloroso contra el mío, sus tetas presionando mi pecho.
-Cualquier hombre mataría por tenerte en casa -susurraba en su oído- Eres demasiado hermosa para desperdiciarte en un trabajo mediocre.
Ella levantaba la vista, sus ojos brillantes por las lágrimas, y yo veía en ellos algo nuevo: curiosidad. Confianza. Y tal vez, solo tal vez, un atisbo de deseo.
Fue una tarde cualquiera. Verónica se había ido a trabajar, y estábamos solos en la casa. Jimena estaba en la cocina, preparándose un té. Llevaba puesto un vestido corto que apenas le cubría las nalgas, sin sostén, con los pezones marcándose bajo la tela.
No pude resistirlo más.
Caminé hacia ella, la tomé por los hombros y la giré. Antes de que pudiera reaccionar, mis labios estaban sobre los suyos.
Fue un beso tierno al principio. Suave, casi paternal. Pero luego sentí su sabor, el dulzor de su boca, y me volví loco. Apreté su cuerpo contra el mío, sintiendo sus tetas aplastadas contra mi pecho.
Ella se separó de golpe, jadeando.
-¿Q-qué estás haciendo, tío? -preguntó, con los ojos desorbitados.
-Te quiero, Jimena -dije, sin soltarla- No como tío. Como hombre. He estado soñando con esto desde que llegué.
-Pero... somos familia... mi mamá...
-Olvídate de tu mamá -la interrumpí, acariciando su mejilla- Ella no te entiende. Yo sí. Yo sé lo que necesitas.
La vi dudar. Su pecho subía y bajaba agitadamente. Sus labios estaban húmedos por el beso.
-¿Qué es lo que necesito? -preguntó en un susurro.
-A alguien que te cuide. Que te mantenga. Que te dé todo lo que quieras sin pedir nada a cambio. Yo puedo ser ese hombre, Jimenita.
-¿Pero cómo? ¿Qué le digo a mi mamá?
-Le dices que te voy a poner a estudiar -mentí- Pero la verdad es que te voy a llevar a vivir conmigo a mi casa cuando esté lista. Tú vas a mandar en el hogar, que vas a ser mi princesa, mi reina. Nunca tendrás que trabajar, nunca tendrás que preocuparte por nada. Solo tienes que... aceptarme.
Ella mordió su labio inferior. Sus ojos brillaron con algo que no era miedo. Era deseo.
-¿Y qué más tendría que hacer? -preguntó, su voz temblorosa pero curiosa.
-Ser mi mujer -respondí, acercándome a su oído- En todos los sentidos, Jimenita. Mi mujer, mi amante. Todo lo que quieras ser, pero solo mía.
Su resistencia se dobló como un junco al viento.
No sé si fue mi labia, mi dinero prometido o la necesidad de sentirse deseada. Pero esa misma noche, mientras Verónica dormía profundamente después de su turno, Jimena vino a mi cuarto.
Llevaba un camisón blanco, corto, traslúcido. Se veía todo bajo la tela: sus tetas firmes, sus pezones rosados, el triángulo oscuro entre sus piernas.
-No puedo dormir -dijo, con voz ronca- Solo pienso en lo que me dijiste.
La tomé en mis brazos y la besé con furia. Esta vez no hubo ternura. Era un beso de posesión, de hambre, de lujuria contenida durante meses.
-Quiero verte desnuda -ordené- Quiero ver todo lo que has estado escondiendo.
Ella obedeció. Se quitó el camisón lentamente, dejando su cuerpo desnudo frente a mí. Era perfecta. Sus tetas grandes y redondas, sus caderas anchas, su vientre liso, su coño apenas cubierto por un vello oscuro y sedoso.
La tumbé en la cama y bajé mi boca a sus pechos. Chupé sus pezones hasta que se pusieron duros como piedras, mordí suavemente la carne, dejando marcas rojas. Ella gemía, arqueando la espalda, enredando sus dedos en mi cabello.
-Chúpamelas, tío -suplicó- Me encanta como me las chupas.
Pero yo quería más. Mucho más.
-Ponte de rodillas -dije, desabrochándome el pantalón- Quiero ver cómo te la comes.
Jimena bajó de la cama y se arrodilló frente a mí. Sus ojos se abrieron cuando vio mi polla. No era la más larga, pero era gruesa y dura, con la cabeza morada y brillante por el deseo.
-¿Te asusta? -pregunté, acariciando su cabello- No temas. Solo quiero que la pruebes.
Ella tragó saliva y, lentamente, abrió la boca. Su lengua tocó la punta y un escalofrío recorrió mi cuerpo. Luego, sin previo aviso, se la metió entera.
-¡Joder, Jimena! -exclamé- ¿Dónde aprendiste a hacer esto?
Ella no respondió. Siguió chupando, moviendo la cabeza arriba y abajo, usando su lengua como si supiera exactamente qué hacer. Hacía ruidos húmedos y obscenos, y yo veía cómo su mano izquierda se deslizaba entre sus piernas, acariciándose.
-Eres una condenada zorra -dije, agarrándole el cabello y empujándola más profundo- Te ha gustado esto desde siempre, ¿verdad? Has estado esperando que un hombre te domine.
Ella gimió con la polla en la boca y yo sentí cómo se corría, su cuerpo temblaba mientras me la seguía mamando.
La levanté del suelo y la arrojé a la cama. La puse boca arriba, abrí sus piernas y me coloqué entre ellas.
-¿Estás lista, Jimenita? -pregunté, rozando la cabeza de mi polla contra su coño mojado- Esto va a doler un poco al principio.
-No me importa -dijo, con los ojos llenos de lujuria- Quiero sentirte dentro de mí. Quiero que me hagas tuya.
Empujé lentamente. Su coño era apretado, caliente, húmedo. Ella gimió cuando entré completamente, sus dedos clavándose en mi espalda.
-¡Dame duro! -pidió- ¡Fóllame como siempre has querido!
Y se lo di. Con embestidas profundas, rápidas, salvajes. Sus tetas rebotaban con cada movimiento, y yo las agarraba, las apretaba, las mordía. Sus gemidos se mezclaban con el ruido de mi cuerpo golpeando el suyo.
La puse en cuatro patas, como siempre la había imaginado. Su culo se alzaba perfecto, redondo, y yo lo agarraba con ambas manos mientras la penetraba desde atrás. Mis dedos se hundían en su carne, dejando marcas rojas.
-¡Así, tío! -gritaba- ¡Fóllame más fuerte!
Pero no era suficiente. Quería todo.
Escupí en su ano, y ella se tensó.
-¿Qué... qué estás haciendo? -preguntó nerviosa.
-Te voy a penetrar por aquí, Jimenita -dije, presionando la cabeza de mi polla contra su entrada- Es nuevo para ti, ¿verdad?
-Nunca... nunca me lo han hecho así… -respondió, temblando.
-Entonces seré el primero. El único. Siempre el único.
Empujé lentamente, sintiendo su resistencia. Ella lloró, apretó las sábanas, pero no dijo que me detuviera. Poco a poco, fui entrando, sintiendo cómo se abría para mí.
-Eres mi putita, Jimena -dije mientras la follaba por el culo- Toda tuya, ¿verdad?
-Sí -sollozó- Toda tuya, tío. Solo tuya.
Aceleré el ritmo, sintiendo cómo el placer se acumulaba. Su ano se ajustaba a mi grosor, y ella gemía entre lágrimas y placer. Cuando no pude más, me vine dentro de ella, llenándola con mi semen caliente.
Después del acto, la besé. La abracé. Le chupé las tetas hasta que se pusieron rojas, hasta que ella gimió de placer una vez más. Luego la llevé a la ducha y la bañé, acariciando cada centímetro de su cuerpo.
-Eres mía ahora -dije mientras la enjabonaba- No habrá otro hombre para ti, ¿entendido?
-Sí, tío -respondió, con los ojos brillantes- Solo tú.
La siguiente noche, cuando Verónica dormía profundamente, me levanté. Fui al cuarto de Jimena y la encontré despierta, esperándome. Sonrió cuando me vio, y la tomé en mis brazos.
La llevé a mi habitación y la follé una vez más. Y otra. Y otra. Hasta que el sol comenzó a asomarse por la ventana.
Los días se convirtieron en semanas, las semanas en meses. Follábamos a diario. En la cocina, en el baño, en el sofá cuando Verónica no estaba. Nos volvimos adictos el uno al otro.
Cuando mi casa estuvo lista, cumplí mi promesa. Le dije a Verónica que me llevaría a Jimena para que estudiara.
-Es lo mejor para ella -mentí- Una carrera en línea, pero necesito supervisarla, que esté en un ambiente adecuado.
Verónica, agradecida, nos ayudó a empacar sus cosas. No sabía que su hija se iba a convertir en mi esposa, mi puta, mi todo. No sabía lo que sucedía detrás de las puertas cerradas.
Ahora, Jimena vive conmigo. Estudia en línea, según su madre. Pero la verdad es que pasa la mayoría del tiempo desnuda, esperándome.
-Tío -me dice cuando llego del trabajo-, ¿me vas a follar? ¿Me vas a meter toda tu verga?
Y yo cumplo cada día…
Joder, Jimena… mira esa puta obra de arte. Esa cara de ángel con labios carnosos y brillantes, mirando hacia un lado como si no se diera cuenta de lo que provoca, pero yo sí. Esos ojos oscuros y esa piel suave, con un lunar justo encima de esas tetas que me están volviendo loco. Ese top rojo de punto, ceñido, con el escote abierto hasta el puto alma… se le ve el escote profundo, las tetas grandes, pesadas, redondas, apretadas una contra la otra, con ese canal delicioso que pide a gritos que le meta la cara y las chupe hasta dejarle marcas. Se le marcan perfectas bajo la tela, y se nota que son naturales, firmes pero suaves, de esas que rebotan cuando te la estás follando fuerte. Y el cuerpo… curvilíneo, de cintura marcada y caderas que se adivinan anchas bajo esos jeans. Tiene un culo de puta madre: redondo, firme, de esos que se levantan y se abren cuando se agacha, listo para agarrarlo con las dos manos y clavársela hasta el fondo mientras se le marcan las huellas de los dedos.
Me la imagino ahí mismo, en esa mesa blanca, con esa cara de inocente pero con la boca abierta gimiendo mi nombre. Quiero agarrarle el pelo, bajarle ese top, sacar esas tetas y follármelas primero con la boca y la polla, luego darle la vuelta, bajarle los jeans y metérsela por detrás mirando cómo se le mueve ese culo mientras se la clavo profundo, hasta que se le ponga roja la cara y se le escape saliva por la comisura de esos labios pintados.
Jimena es una zorra perfecta: cara de buena, cuerpo de puta y una actitud que pide a gritos que la destroce. Me la follaría sin piedad, una y otra vez, hasta dejarla temblando y llena.
PERO ES MI SOBRINA.
La hija de mi hermana Verónica. No conoció a su padre, fue criada por su mamá sola. Yo siempre había sido el tío soltero, el que visitaba en Navidad y cumpleaños, el que le daba regalos caros y le decía "qué grande estás, Jimenita". Pero nunca, jamás, la había visto con estos ojos.
Había pasado un año de remodelaciones en mi casa. Después de mi divorcio, decidí ampliarla, darle un nuevo aire. Los trabajos estaban en su punto más caótico y no podía vivir allí. Fue entonces que Verónica, mi hermana, me llamó.
-¿Por qué no te vienes a vivir con nosotras mientras terminas los arreglos? Me das la renta a mí y te hacemos un lugar.
Me sentí mal al principio. Como si estuviera invadiendo su espacio. Pero me trataron bien desde que llegué. Me dieron la habitación de Jimena, porque solo tenían dos en su casa, y ella se mudó a un cuarto más pequeño que usaban como depósito.
Al principio, todo fue normal. Verónica trabajaba todo el día, llegaba cansada, se quejaba de que Jimena no hacía nada. La joven de 18 años había dejado los estudios. Decía que no le gustaba, que los profesores eran unos idiotas, que no servía para eso. Su madre le pedía que entonces trabajara, pero ella se negaba.
-No quiero que algún pendejo de su edad la vaya a preñar -decía Verónica con preocupación- Pero tampoco puede quedarse en casa todo el día viendo el celular.
Yo no me involucraba. Me limitaba a escuchar, a asentir, a decir "ya Verónica, déjala, es joven". Pero algo estaba cambiando dentro de mí.
Comencé a notarla con otros ojos. Esos shorts que usaba para estar en casa. Esas licras que se le marcaban hasta el último pliegue. Esos tops sin sujetador que dejaban ver el bulto de sus pezones cuando hacía frío.
Un día, la vi tumbada boca abajo en el sofá, viendo su celular. Llevaba una licra gris, tan ajustada que parecía pintada sobre su piel. Su culo se alzaba ligeramente, redondo, firme, perfecto. Sentí un calor en la entrepierna que no podía controlar. Mi polla se endureció al instante.
-Ay, Jimenita -dije en voz baja, casi para mí- Qué buena estás, sobrinita.
Ella no me escuchó. Siguió desplazándose por la pantalla, ajena al depredador que la observaba desde la cocina.
Fui perdiendo la cordura poco a poco. Cada día era peor. Me levantaba con la imagen de ella en la cabeza. Me masturbaba en la ducha pensando en su cuerpo, en su boca, en cómo gemiría si la tuviera debajo de mí.
"Se me hace que uno de estos días te voy a penetrar y a hacer mi mujer", pensaba mientras la veía pasar. "Ya estás madurita para recibir verga todas las noches y en edad fértil para darme hijos."
Eran pensamientos prohibidos. Enfermizos. Pero no podía detenerlos.
Comencé a sembrar la cizaña. Le decía a Verónica, siempre en tono de preocupación, que Jimena necesitaba disciplina, que debía trabajar, que no podía estar todo el día de vaga. Mis palabras caían como gotas de veneno, y las peleas entre madre e hija se hicieron más constantes.
Jimena lloraba. Verónica se salía de la casa furiosa, diciendo que ya no soportaba a su hija. Y ahí estaba yo, el lobo, esperando mi momento.
-¿Por qué lloras, sobrinita? -pregunté una tarde, sentándome a su lado en el sofá.
-Mi mamá no me entiende -sollozó, limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano- Dice que soy una floja, que no sirvo para nada. Pero yo no quiero trabajar en un lugar horrendo, atendiendo gente idiota...
-Claro que no -dije, acariciando su cabello- Una princesa como tú no tiene que trabajar. Con esa belleza podrías vivir como una reina, Jimenita.
Ella me miró, extrañada por mis palabras. Pero sonrió. Esa sonrisa fue mi primer triunfo.
Pasaron los días y ella comenzó a buscar mi consuelo. Cada vez que discutía con su madre, corría hacia mí. Primero fueron palabras. Luego, abrazos. Yo la envolvía con mis brazos, sintiendo su cuerpo tembloroso contra el mío, sus tetas presionando mi pecho.
-Cualquier hombre mataría por tenerte en casa -susurraba en su oído- Eres demasiado hermosa para desperdiciarte en un trabajo mediocre.
Ella levantaba la vista, sus ojos brillantes por las lágrimas, y yo veía en ellos algo nuevo: curiosidad. Confianza. Y tal vez, solo tal vez, un atisbo de deseo.
Fue una tarde cualquiera. Verónica se había ido a trabajar, y estábamos solos en la casa. Jimena estaba en la cocina, preparándose un té. Llevaba puesto un vestido corto que apenas le cubría las nalgas, sin sostén, con los pezones marcándose bajo la tela.
No pude resistirlo más.
Caminé hacia ella, la tomé por los hombros y la giré. Antes de que pudiera reaccionar, mis labios estaban sobre los suyos.
Fue un beso tierno al principio. Suave, casi paternal. Pero luego sentí su sabor, el dulzor de su boca, y me volví loco. Apreté su cuerpo contra el mío, sintiendo sus tetas aplastadas contra mi pecho.
Ella se separó de golpe, jadeando.
-¿Q-qué estás haciendo, tío? -preguntó, con los ojos desorbitados.
-Te quiero, Jimena -dije, sin soltarla- No como tío. Como hombre. He estado soñando con esto desde que llegué.
-Pero... somos familia... mi mamá...
-Olvídate de tu mamá -la interrumpí, acariciando su mejilla- Ella no te entiende. Yo sí. Yo sé lo que necesitas.
La vi dudar. Su pecho subía y bajaba agitadamente. Sus labios estaban húmedos por el beso.
-¿Qué es lo que necesito? -preguntó en un susurro.
-A alguien que te cuide. Que te mantenga. Que te dé todo lo que quieras sin pedir nada a cambio. Yo puedo ser ese hombre, Jimenita.
-¿Pero cómo? ¿Qué le digo a mi mamá?
-Le dices que te voy a poner a estudiar -mentí- Pero la verdad es que te voy a llevar a vivir conmigo a mi casa cuando esté lista. Tú vas a mandar en el hogar, que vas a ser mi princesa, mi reina. Nunca tendrás que trabajar, nunca tendrás que preocuparte por nada. Solo tienes que... aceptarme.
Ella mordió su labio inferior. Sus ojos brillaron con algo que no era miedo. Era deseo.
-¿Y qué más tendría que hacer? -preguntó, su voz temblorosa pero curiosa.
-Ser mi mujer -respondí, acercándome a su oído- En todos los sentidos, Jimenita. Mi mujer, mi amante. Todo lo que quieras ser, pero solo mía.
Su resistencia se dobló como un junco al viento.
No sé si fue mi labia, mi dinero prometido o la necesidad de sentirse deseada. Pero esa misma noche, mientras Verónica dormía profundamente después de su turno, Jimena vino a mi cuarto.
Llevaba un camisón blanco, corto, traslúcido. Se veía todo bajo la tela: sus tetas firmes, sus pezones rosados, el triángulo oscuro entre sus piernas.
-No puedo dormir -dijo, con voz ronca- Solo pienso en lo que me dijiste.
La tomé en mis brazos y la besé con furia. Esta vez no hubo ternura. Era un beso de posesión, de hambre, de lujuria contenida durante meses.
-Quiero verte desnuda -ordené- Quiero ver todo lo que has estado escondiendo.
Ella obedeció. Se quitó el camisón lentamente, dejando su cuerpo desnudo frente a mí. Era perfecta. Sus tetas grandes y redondas, sus caderas anchas, su vientre liso, su coño apenas cubierto por un vello oscuro y sedoso.
La tumbé en la cama y bajé mi boca a sus pechos. Chupé sus pezones hasta que se pusieron duros como piedras, mordí suavemente la carne, dejando marcas rojas. Ella gemía, arqueando la espalda, enredando sus dedos en mi cabello.
-Chúpamelas, tío -suplicó- Me encanta como me las chupas.
Pero yo quería más. Mucho más.
-Ponte de rodillas -dije, desabrochándome el pantalón- Quiero ver cómo te la comes.
Jimena bajó de la cama y se arrodilló frente a mí. Sus ojos se abrieron cuando vio mi polla. No era la más larga, pero era gruesa y dura, con la cabeza morada y brillante por el deseo.
-¿Te asusta? -pregunté, acariciando su cabello- No temas. Solo quiero que la pruebes.
Ella tragó saliva y, lentamente, abrió la boca. Su lengua tocó la punta y un escalofrío recorrió mi cuerpo. Luego, sin previo aviso, se la metió entera.
-¡Joder, Jimena! -exclamé- ¿Dónde aprendiste a hacer esto?
Ella no respondió. Siguió chupando, moviendo la cabeza arriba y abajo, usando su lengua como si supiera exactamente qué hacer. Hacía ruidos húmedos y obscenos, y yo veía cómo su mano izquierda se deslizaba entre sus piernas, acariciándose.
-Eres una condenada zorra -dije, agarrándole el cabello y empujándola más profundo- Te ha gustado esto desde siempre, ¿verdad? Has estado esperando que un hombre te domine.
Ella gimió con la polla en la boca y yo sentí cómo se corría, su cuerpo temblaba mientras me la seguía mamando.
La levanté del suelo y la arrojé a la cama. La puse boca arriba, abrí sus piernas y me coloqué entre ellas.
-¿Estás lista, Jimenita? -pregunté, rozando la cabeza de mi polla contra su coño mojado- Esto va a doler un poco al principio.
-No me importa -dijo, con los ojos llenos de lujuria- Quiero sentirte dentro de mí. Quiero que me hagas tuya.
Empujé lentamente. Su coño era apretado, caliente, húmedo. Ella gimió cuando entré completamente, sus dedos clavándose en mi espalda.
-¡Dame duro! -pidió- ¡Fóllame como siempre has querido!
Y se lo di. Con embestidas profundas, rápidas, salvajes. Sus tetas rebotaban con cada movimiento, y yo las agarraba, las apretaba, las mordía. Sus gemidos se mezclaban con el ruido de mi cuerpo golpeando el suyo.
La puse en cuatro patas, como siempre la había imaginado. Su culo se alzaba perfecto, redondo, y yo lo agarraba con ambas manos mientras la penetraba desde atrás. Mis dedos se hundían en su carne, dejando marcas rojas.
-¡Así, tío! -gritaba- ¡Fóllame más fuerte!
Pero no era suficiente. Quería todo.
Escupí en su ano, y ella se tensó.
-¿Qué... qué estás haciendo? -preguntó nerviosa.
-Te voy a penetrar por aquí, Jimenita -dije, presionando la cabeza de mi polla contra su entrada- Es nuevo para ti, ¿verdad?
-Nunca... nunca me lo han hecho así… -respondió, temblando.
-Entonces seré el primero. El único. Siempre el único.
Empujé lentamente, sintiendo su resistencia. Ella lloró, apretó las sábanas, pero no dijo que me detuviera. Poco a poco, fui entrando, sintiendo cómo se abría para mí.
-Eres mi putita, Jimena -dije mientras la follaba por el culo- Toda tuya, ¿verdad?
-Sí -sollozó- Toda tuya, tío. Solo tuya.
Aceleré el ritmo, sintiendo cómo el placer se acumulaba. Su ano se ajustaba a mi grosor, y ella gemía entre lágrimas y placer. Cuando no pude más, me vine dentro de ella, llenándola con mi semen caliente.
Después del acto, la besé. La abracé. Le chupé las tetas hasta que se pusieron rojas, hasta que ella gimió de placer una vez más. Luego la llevé a la ducha y la bañé, acariciando cada centímetro de su cuerpo.
-Eres mía ahora -dije mientras la enjabonaba- No habrá otro hombre para ti, ¿entendido?
-Sí, tío -respondió, con los ojos brillantes- Solo tú.
La siguiente noche, cuando Verónica dormía profundamente, me levanté. Fui al cuarto de Jimena y la encontré despierta, esperándome. Sonrió cuando me vio, y la tomé en mis brazos.
La llevé a mi habitación y la follé una vez más. Y otra. Y otra. Hasta que el sol comenzó a asomarse por la ventana.
Los días se convirtieron en semanas, las semanas en meses. Follábamos a diario. En la cocina, en el baño, en el sofá cuando Verónica no estaba. Nos volvimos adictos el uno al otro.
Cuando mi casa estuvo lista, cumplí mi promesa. Le dije a Verónica que me llevaría a Jimena para que estudiara.
-Es lo mejor para ella -mentí- Una carrera en línea, pero necesito supervisarla, que esté en un ambiente adecuado.
Verónica, agradecida, nos ayudó a empacar sus cosas. No sabía que su hija se iba a convertir en mi esposa, mi puta, mi todo. No sabía lo que sucedía detrás de las puertas cerradas.
Ahora, Jimena vive conmigo. Estudia en línea, según su madre. Pero la verdad es que pasa la mayoría del tiempo desnuda, esperándome.
-Tío -me dice cuando llego del trabajo-, ¿me vas a follar? ¿Me vas a meter toda tu verga?
Y yo cumplo cada día…
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