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La Sombra de la Duda: Inversión Carnal - CAP 7

La Sombra de la Duda: Inversión Carnal - CAP 7


Capítulo 7: Luz Verde



Ese momento de rechazo, con ella cruzada de brazos diciéndome “esto es lo máximo que vas a obtener”, pareció durar horas. El silencio dentro del Audi era asfixiante. Solo se oía mi respiración pesada y el motor apagado tintineando por el calor.

Mi mente buscaba desesperadamente una salida en las páginas borrosas del PDF de Néstor, pero la frustración me ganó. Dejé que la impulsividad, la adrenalina tóxica y la excitación de tener la pija al aire tomaran el control absoluto. Si ella quería jugar al límite, yo la iba a empujar por el precipicio.

—Entonces chupá bien, perra —le solté, con una voz tan oscura y cargada de veneno que ni yo me reconocí.
No le di tiempo a procesar el insulto. La agarré fuerte, enterré los dedos sin delicadeza en la nuca y el cabello, y la jalé con firmeza hacia abajo, aplastándole la cara directamente contra mi pija.

El impacto fue brutal. Y la respuesta, gloriosa.

Eso, al parecer, le encantó. Su fachada de indignación se hizo pedazos. En lugar de pelear o asfixiarse, abrió la garganta y se atragantó ella sola, llevándose la verga hasta la base. Las lágrimas le asomaron a los ojos azules, pero no de tristeza: era el reflejo nauseoso mezclado con lujuria pura.

Y entonces vino la mejor parte.

Para acomodarse mejor al ángulo y recibirla más profundo, ella sola se movió. Levantó las rodillas, las apoyó en la butaca de cuero y se puso en cuatro en el asiento del copiloto.

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No era la mejor vista por el espacio reducido —la consola central estorbaba—, pero ver ese culazo monumental empinado hacia el techo del auto, rebotando sutilmente mientras su boca, su lengua y su garganta me chupaban con furia, fue una experiencia religiosa.

El calor dentro del auto subió de golpe. Ella, sudando por el esfuerzo y la calentura, hizo algo que me paró el corazón. Sin soltar mi verga de la boca, levantó los brazos, agarró el borde del top negro y se lo quitó por la cabeza de un tirón. Lo tiró descuidadamente hacia el asiento de atrás.

Dios santo.

Debajo llevaba un sostén negro de encaje, finísimo, que apenas contenía el peso de sus tetas. Los pezones duros empujaban la tela translúcida. Volvió a acomodarse en cuatro, hundió la cara en mi ingle y siguió chupando.

De repente se detuvo. Sacó la pija con un pop húmedo, dejando un hilo de saliva conectando sus labios con el glande. Se relamió, respirando por la boca, y me miró desde abajo. Los ojos azules estaban inyectados, dilatados, rebosantes de un deseo enfermo.

—¿Aún no acabás? —susurró, con la voz ronca, ronquísima—. Sigue estando muy dura…
—Ahhh… cómo te gusta la pija, ¿no, pendeja? —le respondí, acariciándole la cara empapada en sudor y saliva.

Ella había puesto la regla minutos antes: “Yo nomás te toco, dejame”. Pero al ver ese culazo monstruoso en cuatro, envuelto en la calza negra, a escasos centímetros de mi mano, la razón se me esfumó. No me pude resistir.

Estiré el brazo. Crucé la barrera de lo prohibido.

Y finalmente, después de tanto consumir ese culo en una pantalla de cuarenta y nueve pulgadas, después de pagar mis putos ahorros por esta fantasía, lo pude tocar. Sentí la calidad, el peso, la temperatura y la suavidad de sus inmensas nalgas bajo la tela de lycra.

Mi mano entera se apoyó sobre su nalga derecha.

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Me quedé congelado un milisegundo, esperando la reacción. Esperaba que saltara, que me gritara que no, que me mandara a la mierda y se bajara del auto de una vez.

No dijo absolutamente nada.

Suspiró por la nariz, cerró los ojos, volvió a abrir la boca y se tragó mi pija de nuevo.

Era mi puta luz verde.

Me volví loco.

Estiré el brazo todo lo que pude para abarcar ambas nalgas, para recorrer ese culo y apretarlo en todo su esplendor. Empecé con roces suaves, midiendo el terreno. Cuando me di cuenta de que la luz verde era absoluta y que la dominación la excitaba, me transformé.

Empecé a devorar ese culo con las manos. Agarraba puñados inmensos de carne, estrujaba las nalgas con fuerza, las separaba, marcaba los dedos en su piel a través de la calza.
 Y después vinieron los golpes.
Empecé con nalgadas suaves. Plas.

—Qué rico chupás, pendeja… —le decía.

¡PLAS! El golpe sonó fuerte, seco, rebotando en los vidrios del Audi.

—Ujumfff… ahhhh… ahhh… —gemía ella alrededor de mi verga. El dolor del azote alimentaba su morbo. El culazo temblaba con cada impacto.

Estaba tardando demasiado. O al menos eso sentía. No sé cuánto tiempo llevábamos perdidos en ese callejón, pero mi pija seguía durísima, a punto de reventar. Si me venía ahora, en su boca, todo se terminaba. Tenía que dar el salto final.

La agarré del pelo y tiré suavemente hacia atrás, obligándola a soltar mi verga.

—Ya voy a acabar… —le mentí, jadeando—. Solo dejame pajearme viéndote el culazo.

Ella dudó. Parpadeó un par de veces, volviendo un poco a la realidad de la cabina. 

Pero la lujuria en su cuerpo era más fuerte. Sonrió. Una sonrisa coqueta, sucia.

—Está bien… —susurró.

Llevó las manos a la cinturilla de la calza negra y enganchó los pulgares, dispuesta a bajársela ahí mismo, en el asiento del copiloto.

El corazón me dio un vuelco, pero la frené agarrándole la muñeca.

—Acá estamos muy incómodos —le dije, la adrenalina quemándome la garganta—. Bajate. Vamos a la puerta de atrás.

Esta vez no hubo un “NO”. El morbo del peligro exterior la anuló.

Abrí mi puerta y salí. El aire fresco y húmedo de la tarde me golpeó la piel transpirada. La calle estaba vacía, silenciosa. Di la vuelta al auto por delante, con el short por las rodillas y la pija latiendo al aire libre.

Llegué al lado del copiloto. Ella bajó, descalza, pisando el asfalto. Temblando de excitación y de frío, se acomodo en la puerta del copiloto.

Le indiqué con un gesto mudo. Ella entendió.

Se paró frente a la apertura, metió el torso dentro de la cabina y se apoyó con ambas manos y el pecho en el suave cuero del asiento, dejando los pies firmemente plantados en el suelo de la calle. Quedó medio inclinada hacia adentro, empinando la cintura.

El resultado visual me dejó sin oxígeno.

Ofrecía su culo entero hacia la calle, enmarcado por el umbral de la puerta del Audi. El peligro de que algún vecino asomara la cabeza por un balcón o alguien pasara caminando era aterradoramente real. Esa exposición pública era la droga que Néstor había prometido.

Yo me paré directamente detrás de ella.

Tenía mi oportunidad de oro, tal y como lo había dicho el puto PDF. Iba a poder verle el culazo desnudo al aire libre… y, si hacía bien las cosas de acá en más, la iba a tener en cuatro, apoyada en mi auto, entregada de una vez por todas.

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