You are now viewing Poringa in Spanish.
Switch to English

La dueña del gym

La dueña del gym

El gym estaba casi vacío. Eran casi las diez de la noche y solo quedaban las luces de la zona de pesas y el eco de alguna máquina lejana.
Vivi terminó su última serie de hip thrust y se quedó sentada en el banco un segundo, respirando agitada. El short negro le marcaba todo el culo y el top deportivo le apretaba las tetas de una forma que sabía que llamaba la atención. Se miró de reojo en el espejo. Recién separada, el cuerpo más firme que nunca, y una rabia mezclada con ganas de hacer algo que nunca había hecho.
Dos bancos más allá estaban Mateo y Lucas. Los había visto mil veces. Siempre entrenaban juntos, siempre se reían entre ellos, siempre la miraban cuando pensaban que ella no se daba cuenta. Mateo era el más alto, hombros anchos, mandíbula marcada. Lucas un poco más delgado, pero con brazos venosos y esa sonrisa de vivo.
Vivi se levantó, agarró su botella y caminó hacia ellos con paso lento, seguro. Por fuera se veía tranquila. Por dentro el corazón le latía fuerte.
—Che —dijo, deteniéndose frente a los dos—. ¿Me ayudan con algo?
Mateo dejó las mancuernas y la miró de arriba abajo sin disimulo.
—Decime.
Vivi sonrió de lado, esa sonrisa que usaba cuando quería conseguir algo.
—Estoy trabada con el peso muerto. Necesito que me corrijan la postura… los dos.
Lucas levantó una ceja, divertido.
—Los dos?
—Sí. Los dos. —Ella dio un paso más cerca, lo suficiente para que olieran su perfume mezclado con sudor—. A menos que les dé miedo.
Hubo un silencio corto. Mateo y Lucas se miraron. Después Mateo soltó una risa baja.
—Dale. Mostranos.
Vivi se puso frente a la barra, de espaldas a ellos, y se inclinó despacio, exagerando el arco de la espalda. El short se le subió un poco. Sintió las miradas clavadas en su culo.
—Así? —preguntó, sin girarse.
Mateo se acercó primero. Le puso una mano grande en la cadera, “corrigiendo”.
—Un poco más de tensión acá…
Lucas se puso del otro lado. Su mano fue más descarada: le tocó la parte baja de la espalda y después bajó hasta rozarle el arranque del culo.
Vivi cerró los ojos un segundo. Estaba nerviosa. Muy nerviosa. Nunca había hecho algo así. Nunca había tomado ella las riendas de esta forma. Pero cuando habló, su voz salió firme, casi fría:
—Más abajo.
Lucas se quedó quieto.
—¿Qué?
Ella se enderezó despacio, se dio la vuelta y los miró a los dos. Tenía las mejillas un poco coloradas, pero la mirada no le temblaba.
—Dije más abajo. Si van a tocar, toquen en serio. O se van a su casa a pajearse pensando en mí… otra vez.
El aire cambió.
Mateo soltó una risa corta, incrédula. Lucas se pasó la lengua por el labio.
Vivi dio un paso más, quedando en el medio de los dos. Les habló en voz baja, pero clara:
—El gym cierra en veinte minutos. El vestuario de hombres tiene llave desde adentro. Yo entro primero. Ustedes me siguen. Y esta noche… mando yo.
Sin esperar respuesta, agarró su toalla y su celular y se dirigió hacia los vestuarios con el corazón a mil, pero la espalda recta.
Detrás de ella, escuchó cómo Mateo le decía a Lucas:
—Estamos al horno.
Y Lucas respondió, casi riéndose:
—Re al horno.
Vivi sonrió sola mientras empujaba la puerta del vestuario.
Por primera vez iba a controlar todo.
Y estaba cagada de nervios… pero también más caliente que nunca.

puta

El vestuario de hombres olía a desodorante barato, sudor y metal. Vivi entró, dejó su bolso en un banco y se quedó de pie en el medio, todavía con el short y el top puestos. El corazón le golpeaba el pecho. ¿Qué carajos estoy haciendo? pensó. Nunca había controlado nada en la cama. Nunca había estado con dos al mismo tiempo. Pero cuando escuchó la puerta abrirse detrás de ella, se obligó a no girarse de inmediato.
Mateo y Lucas entraron. Cerraron con llave.
Vivi se dio la vuelta despacio. Los miró a los dos con la barbilla un poco levantada.
—Sáquense la remera. Los dos.
Lo dijeron al mismo tiempo, casi como si hubieran ensayado. Las remeras cayeron al piso. Pechos sudados, abdominales marcados, esa mirada de “no podemos creer que esto esté pasando”.
Ella dio un paso hacia Mateo, el más alto. Le puso una mano en el pecho y lo empujó hasta que su espalda tocó los lockers.
—Vos primero —dijo—. Bajate el pantalón.
Mateo obedeció. Se bajó el short de entrenamiento y el boxer de un tirón. Su pija ya estaba dura, gruesa, apuntando hacia arriba. Vivi la miró un segundo, después levantó la vista y le sostuvo la mirada mientras se arrodillaba frente a él.
—No me toques la cabeza hasta que yo te lo diga.
Mateo asintió, con la mandíbula apretada.
Vivi le pasó la lengua desde los huevos hasta la punta, despacio, saboreando el gusto a sal y piel limpia. Después abrió la boca y se la metió entera de un movimiento, hasta que la nariz le tocó el abdomen. Mateo soltó un gruñido profundo. Detrás de ella, escuchó a Lucas bajarse también la ropa.
Cuando sacó la pija de su boca, un hilo de saliva la unía a sus labios. Se giró hacia Lucas sin levantarse.
—Acércate.
Lucas obedeció. Ahora tenía dos vergas frente a la cara. Vivi las agarró con cada mano y empezó a masturbarlas al mismo tiempo, mirándolas como si estuviera eligiendo.
—Nunca había hecho esto —admitió en voz baja, casi para sí misma—. Así que van a portarse bien… o los dejo a los dos con las bolas hinchadas.
Les dio una chupada a cada uno, alternando, ensalivándolas, haciendo ruidos obscenos a propósito. Cada vez que uno intentaba tocarle el pelo, ella le apartaba la mano con un manotazo seco.
—Dije que no.
Cuando decidió que ya estaban lo suficientemente desesperados, se puso de pie. Se bajó el short y el top de un movimiento, quedando completamente desnuda. El espejo del vestuario le devolvió la imagen: tetas firmes, cintura estrecha, culo redondo y pesado, el coño ya brillante.
Se subió al banco largo del medio, se puso a cuatro patas y miró a Mateo por encima del hombro.
—Vos atrás. Y no te corras hasta que yo lo diga.
Mateo no necesitó que se lo repitieran. Se posicionó detrás de ella, le apoyó la pija gruesa entre las nalgas y empujó. Entró de un solo golpe. Vivi soltó un gemido largo, parte placer, parte sorpresa por el tamaño. Se sintió llena de golpe.
—Joder… —masculló él, agarrándole las caderas.
—Más fuerte —ordenó ella entre dientes—. Y vos —miró a Lucas—, acá adelante. Quiero que me la metás en la boca mientras él me coje.
Lucas se subió al banco de rodillas frente a su cara. Vivi le abrió la boca y se la engulló justo cuando Mateo empezó a embestirla en serio. El ritmo era brutal. Cada embestida de Mateo la empujaba hacia adelante, haciendo que se atragantara con la pija de Lucas. Baba le corría por la barbilla. El sonido de piel contra piel llenaba el vestuario.
Vivi sentía el pánico y la excitación mezclados. Estoy dejando que dos tipos me usen en el vestuario del gym… y soy yo la que está mandando. Esa idea la calentó todavía más. Empujó el culo hacia atrás, encontrando las embestidas de Mateo.
—Así… joder, así… más profundo.
Mateo le dio una palmada seca en el culo. Ella gritó alrededor de la pija de Lucas.
—Otra —ordenó.
Le dio otra, más fuerte. La marca empezó a enrojecerse.
Vivi se separó un segundo de la boca de Lucas, jadeando, con los ojos brillantes.
—Cámbiense. Ahora.
Obedecieron. Lucas se puso detrás y se la metió de una. Era un poco más fina, pero más larga. Llegó a un punto que le hizo arquear la espalda. Mateo se arrodilló frente a ella y le agarró la cara con las dos manos, follándole la boca con embestidas cortas y profundas.
Vivi estaba perdiendo el control del propio cuerpo, pero no de la situación. Cada vez que uno se pasaba de listo, ella los frenaba con la voz:
—Más despacio.
—Más fuerte.
—Tocame el clítoris. Ahora.
Cuando sintió que se venía, se lo dijo claro:
—No se corran adentro. Quiero que me la saquen y se corran en mi cara. Los dos.
Los dos gruñeron. Aceleraron. Vivi se corrió primero, apretando la pija de Lucas con el coño en espasmos fuertes, gimiendo con la boca llena. Justo cuando terminó de temblar, ellos se retiraron. Ella se arrodilló en el piso del vestuario, abrió la boca y sacó la lengua.
Mateo se corrió primero, grueso y caliente, pintándole la mejilla y la lengua. Lucas lo siguió casi inmediatamente, llenándole la boca y salpicándole las tetas.
Vivi se tragó lo que pudo, se limpió el resto con los dedos y se los chupó mirándolos a los dos. Todavía estaba temblando. Todavía no podía creer lo que acababa de hacer.
Pero cuando habló, su voz salió baja, ronca y dueña de todo:
—La próxima… quiero que me la metan los dos al mismo tiempo.
Mateo y Lucas se miraron, todavía recuperando el aire.
Y los dos dijeron al mismo tiempo:
—Sí, señora.

trio

El vestuario quedó en silencio, solo interrumpido por la respiración agitada de los tres y el goteo lejano de alguna ducha mal cerrada.
Vivi seguía de rodillas en el piso frío, con el semen de los dos corriéndole por la barbilla, el pecho y entre las tetas. Se pasó el dorso de la mano por la boca, se miró los dedos y después levantó la vista hacia Mateo y Lucas. Ellos todavía estaban de pie, semiduros, mirándola como si no pudieran creer lo que acababa de pasar.
Ella se rio bajito, una risa cansada pero satisfecha.
—Ayúdenme a levantarme, carajo… las piernas no me responden.
Los dos se acercaron al mismo tiempo. Mateo la tomó de un brazo y Lucas del otro. La subieron con cuidado hasta sentarla en el banco. Vivi se recostó contra la pared de lockers, abrió las piernas sin pudor y dejó que el aire fresco le tocara el coño hinchado y resbaladizo.
Por dentro todavía le temblaba todo.
Acabo de mandar a dos tipos en el vestuario del gym. Me los chupé, me dejé coger por los dos y les dije cómo y cuándo corrérse… y me escucharon.
La idea le dio un escalofrío que no era solo de frío.
Mateo se agachó frente a ella, le apartó un mechón de pelo de la cara y le preguntó, más suave de lo que había hablado en toda la noche:
—¿Estás bien?
Vivi lo miró. Después miró a Lucas. Los dos tenían esa expresión de “acabamos de tocar algo que no sabíamos que existía”.
—Estoy… —hizo una pausa, buscando la palabra—. Bien. Muy bien. Mejor de lo que estuve en mucho tiempo.
Se inclinó hacia adelante, agarró a Mateo por la nuca y lo besó. Lento, profundo, saboreando su propia saliva mezclada con el gusto de los dos. Después hizo lo mismo con Lucas. Cuando se separó, les sonrió con esa media sonrisa pícara que usaba cuando sabía que tenía el control.
—Escúchenme bien, porque no lo voy a repetir.
Esto no fue un “nos calentamos y pasó”. Yo lo decidí. Yo los elegí. Y si alguna vez quieren repetir… va a ser cuando yo diga, cómo yo diga y hasta donde yo diga. ¿Quedó claro?
Los dos asintieron al mismo tiempo.
—Claro —dijo Mateo.
—Re claro —agregó Lucas, todavía un poco atontado.
Vivi se levantó despacio. Las piernas le temblaban, pero se obligó a mantenerse firme. Se puso el short y el top sin apuro, sintiendo cómo el semen les seguía resbalando por el muslo dentro de la tela. Agarró su bolso, se miró una última vez en el espejo (pelo desordenado, labios hinchados, una mancha blanca todavía en el escote) y sonrió para sí misma.
Antes de salir, se giró hacia ellos.
—El martes entreno a la misma hora. Si se portan bien… capaz que los vuelva a usar.
Abrió la puerta, salió al pasillo vacío del gym y caminó hacia la salida con el culo marcándose en el short y la sensación caliente y sucia entre las piernas.
Afuera, el aire de la noche le pegó en la cara. Se quedó un segundo parada en la vereda, respirando hondo.
Recién separada.
Primera vez dominando.
Primera vez con dos.
Y lo único que podía pensar, mientras se tocaba disimuladamente el labio inferior todavía sensible, era:
¿Cuándo carajos es martes?
gimnasio

0 comentarios - La dueña del gym