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Edu es sometido por su bully

El silencio de la biblioteca era mi único refugio, un santuario de papel y polvo donde las ecuaciones de cálculo y los versos de Baudelaire me protegían del caos del pasillo. Yo era el chico invisible, el estudiante ejemplar con el promedio perfecto, aquel que se encogía de hombros y bajaba la mirada para evitar cualquier roce. Pero para Gastón, mi invisibilidad era un desafío. Él no buscaba el silencio; buscaba el ruido, la ruptura, el dominio. Gastón era una masa de músculos tensos y arrogancia, un depredador que había convertido mi existencia en un juego de sumisión.
Durante meses, mi vida se redujo a una serie de pequeñas derrotas. El sonido de sus botas pesadas acercándose a mi pupitre me provocaba un espasmo en el estómago. Me arrebataba el almuerzo con una sonrisa cruel, me obligaba a escribir sus ensayos de historia bajo la amenaza de un golpe y vaciaba mis bolsillos de cualquier moneda que pudiera encontrar. Yo aceptaba todo, sumiso, temblando, convencido de que si no resistía, el tormento terminaría más rápido. Pero el hambre de poder de Gastón era insaciable.
El punto de quiebre llegó una tarde de octubre. No fue un gran acto de heroísmo, sino un momento de desesperación pura. Tras una humillación pública en el patio que me dejó llorando en el suelo, caminé hacia la oficina del director. Mis manos temblaban mientras relataba cada robo, cada golpe, cada insulto. No mentí; simplemente dejé que la verdad fluyera. La respuesta del colegio fue fulminante. Gastón, cuya hoja de vida ya era un catálogo de desastres, fue expulsado permanentemente.
Durante una semana, respiré. El aire se sentía más ligero, los pasillos menos peligrosos. Creí que había ganado. Creí que la justicia, aunque lenta, había puesto un muro entre él y yo. Qué ingenuo fui al pensar que un animal herido simplemente se retira. Gastón no se había ido; estaba esperando, alimentando un odio que se cocinaba a fuego lento, transformando su rabia en una estrategia de venganza que no buscaba la violencia física superficial, sino la destrucción total de mi voluntad.
Sucedió un martes, durante la última hora de clase. El colegio estaba extrañamente vacío, la mayoría de los estudiantes ya se habían dispersado hacia las actividades extracurriculares. Me dirigí a los baños del ala norte, los más alejados y silenciosos, buscando un momento de paz antes de irme a casa. El olor a cloro y humedad llenaba el aire. Me lavaba las manos, mirando mi reflejo pálido en el espejo, cuando la puerta se cerró con un golpe seco que resonó en las paredes de azulejos blancos.
Me giré bruscamente. Allí estaba él. Gastón no vestía el uniforme; llevaba una camiseta negra ajustada que marcaba sus pectorales y unos jeans oscuros. Sus ojos, cargados de una malicia fría, me clavaron la mirada. No dijo nada al principio. Solo caminó hacia mí con una lentitud calculada, acortando la distancia hasta que su sombra me envolvió por completo.
—Pensaste que habías ganado, ¿verdad, ratita? —su voz era un gruñido bajo que me erizó la piel.
Antes de que pudiera articular una palabra o retroceder, Gastón lanzó un golpe seco y brutal directamente a mi estómago. El impacto me robó el oxígeno al instante. Me doblé como un papel, el aire escapando de mis pulmones en un jadeo ahogado. Caí de rodillas sobre el suelo frío y húmedo, luchando por respirar, con la vista nublada y el corazón martilleando contra mis costillas.
—Ahora vas a aprender lo que pasa cuando traicionas al dueño —sentenció, agarrándome del cabello y obligándome a levantar la cabeza.
El dolor en mi vientre era una llama sorda, pero el terror era mucho más fuerte. Gastón me soltó bruscamente y se plantó frente a mí, con las piernas abiertas, dominando todo mi campo visual.
—Desnúdate. Ahora mismo. O te juro que el próximo golpe no será en el estómago, sino en la cara hasta que no reconozcas tu propio reflejo.
El pánico me paralizó. Miré la puerta cerrada y luego sus ojos implacables. Con dedos torpes y temblorosos, comencé a desabotonar mi camisa. Cada prenda que caía al suelo me hacía sentir más expuesto, más pequeño. Me quité los pantalones y la ropa interior, quedando completamente desnudo frente a él. Me sentía patético, encogido sobre mis rodillas, con mi pene de doce centímetros descansando lánguido contra mi piel pálida, mientras el frío del baño me hacía tiritar.
Gastón soltó una risa nasal, llena de desprecio. Sin dejar de mirarme, se bajó la bragueta y dejó caer sus pantalones. Su miembro emergió con una potencia aterradora; una bestia de veinticinco centímetros que ya mostraba una erección parcial, la cabeza rojiza y brillante por el pre-cum. Era una diferencia abismal. Me sentí insignificante, una hormiga frente a un gigante.
—Abre la boca, nerd. Vas a limpiar esto.
No tuve alternativa. Me arrastré hacia él, el contacto de mis rodillas con el azulejo frío enviando escalofríos por mi espalda. Miré aquel pene enorme, que parecía imposible de contener, y sentí una mezcla de asco y un miedo que rozaba la fascinación. Abrí los labios y, con lágrimas nublando mi vista, envolví la punta de su miembro con mi boca.
El sabor era salado y fuerte. Gastón soltó un gemido de satisfacción y, de repente, sentí la presión de su mano en mi nuca, empujándome con fuerza.
—Más profundo, putita. Quiero sentir tu garganta apretando.
Me ahogué. El pene de Gastón invadía todo mi espacio, golpeando el fondo de mi garganta y provocando que mis ojos se llenaran de más lágrimas. El sonido de mi propia saliva mezclándose con el roce de la carne creó un ruido húmedo, un shlick-shlick rítmico que llenaba el silencio del baño. Mientras yo luchaba por no vomitar, escuché el clic de un teléfono. Gastón estaba grabando.
—Mira esto, Edu. Mira cómo te humillas —se burlaba, moviendo la cadera con más vigor—. Mira qué cara de perro sumiso tienes mientras me chupas la polla. Esto va a ser un hit en el grupo de la escuela.
La humillación era un fuego que me consumía, pero algo extraño comenzó a suceder. A medida que Gastón se ponía más agresivo, a medida que su pene se erectaba por completo, volviéndose una columna de acero caliente en mi boca, sentí una chispa de excitación prohibida. El miedo se estaba transformando. La dominación absoluta de Gastón estaba despertando algo en mí que nunca había conocido: el placer de ser sometido.
Gastón me apartó de un empujón, dejándome jadeando y babeando sobre el suelo. Me agarró por los brazos y me dio la vuelta con una brusquedad que me dejó sin aliento, pegando mi pecho contra el espejo frío. El contraste del vidrio helado en mi piel y el calor del cuerpo de Gastón detrás de mí era embriagador.
—Ahora vamos a ver si ese culito apretado es tan bueno como parece.
Sentí sus dedos, ásperos y fuertes, abriendo mis nalgas. No hubo lubricante, solo la humedad de mis propios nervios. Entonces, sentí la punta de su miembro presionando contra mi esfínter. Solté un grito ahogado cuando empezó a penetrarme. Fue una invasión lenta, dolorosa, que parecía desgarrar mi anatomía. Mis dedos se clavaron en el espejo, dejando marcas de vapor y sudor.
—¡Duele! ¡Por favor, detente! —supliqué, aunque mi voz sonaba más como un gemido que como una orden.
—Cállate y aguanta, perra. Estás hecho para esto.
Gastón empujó con más fuerza, enterrando los veinticinco centímetros en mi interior. Sentí que mi cuerpo se expandía, que mi ano se dilataba hasta el límite. Pero entonces, el dolor comenzó a mutar. Cada embestida golpeaba un punto sensible, una chispa eléctrica que recorría mi columna vertebral. Empecé a emitir gemidos, ya no de dolor, sino de una necesidad desesperada.
Al oír mis gemidos, Gastón cambió el ritmo. Dejó de ser lento y comenzó a follarme con una brutalidad animal. El sonido de sus testículos golpeando contra mi perineo era un eco constante, un slap-slap húmedo y rítmico que se mezclaba con el sonido de la carne chocando.
—¿Te gusta, eh? ¿Te gusta que te rompa el culo el chico que expulsaste? —rugía él, mientras sus manos apretaban mis caderas con tanta fuerza que sabía que dejaría marcas.
—¡Sí! ¡Más fuerte! ¡Por favor, fóllame más fuerte! —grité, entregándome por completo.
Me había convertido en un objeto, en un juguete, y esa pérdida de control era la droga más potente que había probado jamás. Sentía cómo su pene llenaba cada rincón de mi interior, rozando paredes que nunca habían sido tocadas. El placer era tan intenso que mi propio pene, pequeño y erecto, rozaba el espejo con cada movimiento, lubricándose con mi propio pre-cum.
De repente, Gastón soltó un gruñido gutural y se hundió en mí una última vez, manteniendo la presión. Sentí la descarga caliente de su semen inundando mi recto, una oleada de calor que me hizo arquear la espalda y soltar un grito desgarrador. Casi al mismo tiempo, llegué a mi propio orgasmo, eyaculando contra el espejo en un espasmo de placer puro y humillación.
Me desplomé en el suelo, temblando, con el semen de Gastón goteando de mi ano sobre los azulejos. Él se retiró lentamente, sacando el teléfono para tomar una última foto de mi estado deplorable.
—Ahora eres mi putita, Edu. Mi juguete personal —me susurró al oído, con una voz que prometía más tormentos—. Te voy a follar cuando quiera, donde quiera, y tú vas a pedirlo por favor.
Se vistió en silencio y salió del colegio, dejándome solo, desnudo y completamente roto, pero con una semilla de deseo oscuro plantada en lo más profundo de mi ser.
Pasaron tres días. Tres días de ansiedad, de mirar el teléfono cada cinco minutos, temiendo que el video se filtrara, pero al mismo tiempo anhelando que Gastón volviera a reclamarme. Cuando la llamada finalmente llegó, mi corazón casi salta de mi pecho.
—Ven al departamento que te voy a decir. Ahora —ordenó Gastón. Su voz no admitía discusiones.
—No... no quiero ir —mentí, aunque mi cuerpo ya estaba reaccionando, mi pene despertando bajo la ropa.
—Recuerda que tengo los videos, ratita. Y recuerda que ahora eres mi putita. Si quieres que sigan siendo un secreto, vendrás. Y escucha bien: quiero que vengas vestido de mujer. Si llegas con ropa de hombre, publicaré todo en el grupo de graduados antes de que cruces la puerta.
Colgó. Me quedé mirando el teléfono, aterrado y excitado. La idea de vestirme así era humillante, pero la posibilidad de volver a sentir esa invasión bruta era irresistible. Entré en la habitación de mi hermana mientras ella no estaba. Mis manos temblaban mientras hurgaba en su cajón de ropa interior. Elegí una bombacha tipo tanga de encaje negro, tan pequeña que parecía un hilo. Luego, un corpiño pequeño que apenas cubriría mis pezones, una falda plisada super corta y una blusa blanca semitransparente.
Para finalizar, tomé su lápiz labial de un rojo intenso y me pinté los labios con cuidado. Me miré al espejo. Me veía ridículo, frágil, feminizado. Pero al ver mi reflejo, sentí una descarga de excitación que me hizo jadear. Me sentía vulnerable, una presa lista para ser devorada.
Caminé hacia la dirección que me había dado, evitando las calles principales, sintiendo cómo la brisa fría se colaba por la falda y rozaba mis muslos. Cada paso que daba, la tanga se enterraba en mi trasero, recordándome mi nueva condición.
Al llegar al departamento, llamé a la puerta. Gastón abrió. Me miró de arriba abajo con una sonrisa depredadora.
—Vaya, vaya... pero si es la putita más linda del colegio —dijo, y antes de que pudiera responder, me dio una palmada sonora y fuerte en el trasero que me hizo saltar—. Entra, preciosa.
Al entrar, el aire se sentía pesado, cargado de un olor a tabaco y colonia masculina. Mi corazón se detuvo cuando vi que no estábamos solos. Había cuatro hombres en la sala, todos desnudos, con erecciones que parecían competir entre sí. Sus miradas eran hambrientas, evaluando cada centímetro de mi cuerpo vestido de mujer.
—Ellos pagaron para follarten, Edu —explicó Gastón, apoyándose contra la pared y sacando su teléfono para empezar a grabar—. Recuerda que eres mi putita, y una buena putita hace felices a sus clientes.
El pánico regresó, pero fue rápidamente aplastado por la anticipación. Los hombres se acercaron a mí como una manada de lobos. Manos grandes y rudas empezaron a tocarme, apretando mis pechos bajo el corpiño, acariciando mis muslos, tirando de mi falda. Gastón se reía mientras captaba cada detalle con la cámara.
—Quítenle esos trapos —ordenó Gastón.
En segundos, la ropa fue arrancada de mi cuerpo. La blusa se rasgó, el corpiño voló y la tanga fue retirada con un tirón brusco. Me quedé desnudo en el centro de la habitación, temblando, rodeado de cinco hombres dominantes.
Uno de ellos, un tipo robusto con vello en el pecho, se posicionó frente a mí. Me obligó a arrodillarme y me puso su pene en la boca. Era grueso y caliente, y lo succioné con desesperación, queriendo complacer. Mientras tanto, otro hombre se posicionó detrás de mí. Sentí sus dedos dilatando mi ano, preparándolo, mientras otros dos se colocaban a mis costados, obligándome a masturbarlos simultáneamente con mis manos.
Estaba sobrepasado. Mis sentidos gritaban. El sonido de la respiración agitada de los hombres, el olor a sudor y sexo, el tacto de múltiples pieles contra la mía. De repente, el hombre que estaba detrás de mí empujó con fuerza.
—¡Ahhh! —gemí cuando me penetró.
No fue tan lento como la primera vez. Fue un ataque directo. Me follarón en masa, rotando posiciones. Uno me penetraba por el culo mientras otro me besaba con brusquedad, succionando mi lengua y llenando mi boca de saliva. Luego cambiaban. Sentía penes entrando y saliendo de mi cuerpo, alternando entre mi boca y mi ano.
La intensidad era insoportable y maravillosa. Me encontraba en un estado de hiper-excitación. Cada embestida, cada gemido ajeno, cada insulto que me lanzaban mientras me llamaban "perra" y "putita", me llevaba más cerca del borde. Tuve múltiples orgasmos, eyaculando una y otra vez sobre mi propio vientre y el de los hombres, mientras ellos se turnaban para vaciarse dentro de mí. Mi interior se sentía caliente, lleno de una mezcla de semenes que me hacía sentir marcado, reclamado.
Finalmente, los otros hombres se retiraron, exhaustos y satisfechos. Me quedé tendido en la alfombra, jadeando, con las piernas abiertas y el cuerpo cubierto de fluidos. Entonces, sentí la presencia de Gastón.
Él estaba allí, con una erección de campeonato, sus ojos brillando con una posesividad oscura. Se posicionó detrás de mí, sin ninguna delicadeza, y me penetró brutalmente de un solo golpe.
—Ahora es mi turno, putita —gruñó.
Como mi ano ya estaba sensible y dilatado por los otros cuatro, la entrada de Gastón fue como una explosión. Sus veinticinco centímetros se hundieron en mí con una potencia que me hizo ver estrellas. Sus embestidas eran violentas, sin piedad, golpeando mi próstata con una precisión quirúrgica.
—¡Sí! ¡Fóllame más duro, Gastón! ¡Rómpeme! —gritaba yo, arqueando la espalda, entregándome totalmente al placer destructivo.
Gastón no se detuvo. Me follarlo con una furia que parecía querer borrar cualquier rastro de los otros hombres. El sonido del impacto de sus nalgas contra las mías era ensordecedor en la habitación. Sentía que me estaba abriendo, que me estaba reclamando como su propiedad absoluta. Finalmente, con un rugido que sacudió mi pecho, Gastón eyaculó profundamente en mi interior, una descarga masiva que me dejó sin palabras, sumido en un trance de placer y sumisión.
Minutos después, cuando el silencio regresó, Gastón me levantó del suelo con suavidad, casi con ternura, aunque sus palabras seguían siendo firmas.
—Ve a bañarte. Te prestaré ropa para que vuelvas a casa.
Me duché lentamente, dejando que el agua caliente limpiara la superficie de mi piel, aunque sabía que la marca de Gastón permanecería dentro de mí. Me puse la ropa que él me dio: una camiseta demasiado grande y unos pantalones deportivos. Me miré al espejo una última vez. Ya no era el estudiante ejemplar, el chico invisible.
—Recuerda que eres mi putita, Edu —me dijo antes de que saliera.
—Sí, Gastón —respondí sin rechistar, con una sonrisa sumisa dibujada en mis labios—. Soy tu putita.
Caminé de regreso a casa bajo la luz de la luna, sintiendo el vacío en mi interior que solo él podía llenar, esperando ansiosamente la próxima llamada, el próximo castigo, la próxima vez que me obligaría a arrodillarme. Había perdido mi dignidad, pero había encontrado un propósito en la oscuridad de su dominio.

1 comentarios - Edu es sometido por su bully

Agussur
que hermoso y excitante relato