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Relato Marina Rivers episodio 1.

Aviso: El siguiente relato será completamente falso, y creado solo para fines de entretenimiento y lectura, no obstante, está hecho de la manera más realista posible para que el lector pueda disfrutarlo
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Relato Marina Rivers episodio 1.
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Llevaba meses con el móvil lleno de vídeos suyos. TikTok, Instagram, reels… La puta Marina Rivers. Siempre Marina. La veía bailar en bañador, entrenar en el gimnasio, sonreír a la cámara con esa cara de niña buena que me ponía duro en segundos. Me corría pensando en ella casi todas las noches. Me imaginaba follándola contra la pared, agarrándole ese culo redondo que enseñaba a veces, metiéndole la polla hasta el fondo mientras ella gemía con esa voz tan cercana. Y ahora, de repente, estaba aparcando delante de su casa.

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Una urbanización de lujo. Casa de dos plantas, jardín cuidado, piscina azul brillante.
El parte decía “problema de fontanería – ducha sin presión”. Yo llevaba apenas unos meses de fontanero. Me dolía la espalda, me había dejado el cuerpo hecho mierda el día anterior y estaba de un humor de perros. Hasta que leí la dirección, no sabía lo que me esperaba.
Subí las escaleras del porche con la caja de herramientas en la mano.
La puerta se abrió y ahí estaba ella.
Marina.
El corazón me golpeaba tan fuerte que pensé que se iba a oír. Me quedé paralizado por unos segundos.

Más alta de lo que imaginaba, alrededor de 1,68. Piel clara, perfecta. Cabello castaño oscuro suelto, un poco ondulado. Llevaba un top corto blanco que le dejaba el ombligo al aire y unos leggins negros que se le pegaban al cuerpo como una segunda piel. El culo… joder, el culo. Redondo, firme, entrenado a base de sentadillas. Se notaba cada curva. Las tetas, de tamaño medio, naturales, se movían un poco al caminar. Sin sujetador. Se le marcaban los pezones a través de la tela fina.
Me miró con esos ojos marrones grandes y sonrió con esa sonrisa amplia que yo había visto mil veces en pantalla.

—Hola, buenos días. ¿Eres el fontanero?
La voz era exactamente igual que en los vídeos. Cercana, clara, un poco rápida.
—Sí… buenos días. Me llamaron por la ducha.
—Pasa, por favor. Está arriba, en el baño de mi habitación.
Entré. La casa olía a limpio y a algún ambientador caro. Madera clara, cristales enormes, todo impecable. Detrás de ella apareció un tío alto, fuerte, moreno. Saulo. El novio. Llevaba camiseta negra ajustada y se notaba que tiraba hierro. Me miró un segundo, asintió y se dirigió a ella.
—Me voy con los chicos, ¿vale? Vuelvo por la tarde.
—Vale, que te vaya bien —respondió ella, y le dio un beso rápido en la boca.
Él salió. La puerta se cerró. Nos quedamos solos.

Me subió un calor por todo el cuerpo. Estaba a solas con Marina. La misma que me había hecho correrme tantas noches. La misma que ahora caminaba delante de mí subiendo las escaleras, moviendo ese culo perfecto a cada paso. Me mordí la lengua por dentro. Tenía la polla semi-dura ya y llevaba solo treinta segundos dentro de la casa.

—Es por aquí —dijo, entrando en un pasillo amplio—. La habitación es esta.
Abrimos la puerta. Cama grande, deshecha. Encima de la sábana había dos bañadores: uno negro de tirantes finos y otro de color nude casi transparente. A un lado, un cesto de ropa sucia. De él sobresalía un tanga negro de encaje. Se me quedó la mirada clavada un segundo de más.
Ella lo notó, pero no dijo nada. Solo sonrió un poco y señaló el baño.
—Es esta. Desde ayer no sale agua. Probé a abrir y cerrar, pero nada.

El baño era grande, con ducha de cristal y mármol blanco. Entré detrás de ella. El espacio no era enorme. Estábamos cerca. Demasiado cerca. Ella se quedó de pie junto a la puerta, con los brazos cruzados bajo las tetas, empujándolas un poco hacia arriba. El top se le había subido un centímetro y se le veía más piel del vientre plano, con esa línea suave del abdomen.
Me arrodillé frente a la grifería para no mirarla. Abrí la caja de herramientas. Las manos me temblaban un poco.

“Concéntrate, hijo de puta. Eres el fontanero. Solo el fontanero. No te la vas a follar. No te la puedes follar.”
Pero la cabeza no paraba. Me imaginaba levantándome, agarrándola por la cintura, bajándole esos leggins de un tirón y metiéndole la cara contra el cristal de la ducha. Me imaginaba el sonido que haría al entrar en ella. Me imaginaba cómo se le moverían esas tetas naturales mientras yo la empotraba desde atrás.

—¿Necesitas que te pase algo? —preguntó ella desde la puerta.
—No… gracias. Voy a mirar primero.
Abrí la llave de paso que había debajo del lavabo. El problema parecía estar en el limitador de caudal. Algo sencillo, por suerte. Mientras trabajaba, sentía su presencia. No se movía. Me observaba. De vez en cuando oía cómo se desplazaba el peso de un pie a otro. El leggin se le tensaba en los muslos.
Me giré un segundo para coger una llave inglesa y la pillé mirándome. Ella no apartó la vista de inmediato. Sonrió otra vez, esa sonrisa de siempre.

—Perdona que te mire, es que no estoy acostumbrada a tener a alguien trabajando aquí arriba.
—No pasa nada —contesté, intentando que la voz no me temblara—. Es normal.
“Normal, mi polla. Si supieras lo que estoy pensando ahora mismo… Si supieras que tengo ganas de levantarte ese top y chuparte los pezones hasta dejártelos hinchados. Si supieras que ese tanga negro del cesto me está volviendo loco.”

Seguí trabajando. El sudor me corría por la frente aunque el aire acondicionado estaba puesto. Ella se apoyó en el marco de la puerta y cruzó los tobillos. Desde abajo se le veía el contorno perfecto del coño a través del leggin. Se notaba que no llevaba nada debajo. O quizás un tanga finísimo. La tela se le marcaba en la ranura.
Me apreté la mandíbula.
“Arréglalo y vete. Arréglalo y vete. No mires más. No pienses en cómo sería correrse dentro de ella. No pienses en cómo se le pondría la cara cuando se corriera.”

El mecanismo estaba atascado por cal. Lo limpié, cambié la junta y volví a montarlo. Cuando abrí el grifo, el agua salió con fuerza. Perfecto.
—¿Ya está? —preguntó ella, acercándose un paso.
—Sí. Era el limitador. Ya debería ir bien.
Se acercó más. Se inclinó un poco para mirar el grifo y el top se le abrió por delante. Vi el arranque de sus tetas, la curva suave, el pezón rozando la tela. El olor de su perfume me llegó de lleno. Dulce y limpio.

Me levanté. Estábamos a menos de medio metro. Ella me miró a los ojos y sonrió.
—Muchas gracias, de verdad. No sabes la faena que me estabas quitando. Si no llegas a venir, me tenía que duchar abajo y es un rollo.
—De nada. Es mi trabajo.
Salimos del baño. Ella fue hasta un cajón de la habitación, sacó la cartera y me tendió varios billetes.
—Toma. Y un poco más, por la molestia de venir tan pronto.
Conté. Era más de lo normal. Bastante más.
—Gracias… no hacía falta.
—Sí hacía falta. Has sido muy amable y rápido. Además… —se rió un poco— has tenido que aguantar mi desorden. Perdona lo de la ropa por ahí.
Miré de reojo el tanga que seguía asomando del cesto y los bañadores encima de la cama. Me tragué saliva.

—No pasa nada.
Me acompañó hasta la puerta principal. Antes de abrirla se detuvo y me miró otra vez.
—Oye… si me vuelve a pasar cualquier cosa de fontanería o lo que sea, ¿te puedo llamar directamente a ti? Así no paso por la empresa.
El corazón me dio un vuelco.
—Claro. Te dejo el número.
Se lo dicté. Ella lo guardó en el móvil y me sonrió una última vez, esa sonrisa que yo conocía de memoria.
—Perfecto. Gracias otra vez. Que te vaya bien el día.
—Igualmente.

Salí. Cerré la puerta del coche y me quedé un segundo mirando la casa. La polla me dolía dentro del pantalón. Me había aguantado las ganas de saltar sobre ella, de tirarla en esa cama llena de bañadores y follármela hasta que no pudiera más. Pero lo había hecho. Había aguantado. Había fingido ser solo el fontanero.
Arranqué el coche con la sensación de que esto no había terminado.
Porque ahora ella tenía mi número.
Y yo seguía teniendo todas las ganas del mundo de volver a entrar en esa casa.

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