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Mi vecino

Era un sábado por la mañana, cuando desperté el reloj ya marcaba las 9:00 AM, estaba en tanguita y en blusa recién despierta después de haber tenido una noche increíble con mis dildos jajaja, el sol ya pegaba a mi habitación así que me levanté y abrí la persiana que da hacía el patio común donde está la alberca que comparten todas las casas. Cómo ya vivía sola era totalmente independiente así que decidí que ese día era día para hacer limpieza. Aun medio dormida baje a la cocina y me prepare un cereal para desayunar. Mientras desayunaba paseaba por la casa (costumbre la mía de caminar cuando como cereal por toda mi casa), abrí la puerta corrediza del patio trasero y salí para contemplar el día.
Mi vecino

sí andaba en mi casa una tanguita de hilo y mi blusa holgada que me cubre como tipo falda, me encanta estar así en mi casa.

Hacia un día soleado con unas cuantas nubes, el pasto se sentía agradable bajo mis pies desnudos, el calor del sol también me resultaba agradable y el viento movía ligeramente mi cabello. De pronto sentí que alguien me miraba, giré hacia mi izquierda y se trataba de uno de mis vecinos. Este vecino es de los que me había dado la bienvenida cuando llegué, había Sido bastante amable y súper atento. Era un tipo alto, de al menos 45 años, moreno, ojos de color negro, sin cabello y un poco llenito, brazos algo marcados y con bellos. Me miraba detenidamente y era algo que me dejó en shock jajaja no supe que hacer. Lo miré unos instantes y lo saludé sin querer como por cortesía, él me regresó el saludo con una sonrisa y pude ver que sus dientes eran de un color amarillo.

—Hey niña, buenos días, qué linda amaneciste hoy —me decía mientras se acercaba a la cerca que dividía nuestros patios, esa cerca yo la quería cambiar ya que como es del patio trasero para más privacidad quería poner muro pero mientras había una cerca.
—Amm hola, buenos días… gracias… jejeje —le devolví el saludo más fingido del mundo. Era un tipo que no me agradaba en lo más mínimo, no sabía por qué, había algo que no me gustaba y que no me cuadraba.

—Veo que te vas despertando —me dijo mientras me miraba de arriba abajo—. Me gusta tu pijama niña, se te miran unas lindas piernas —cuando lo escuché caí en la cuenta que había salido al patio solo en una camisola grande y vieja y en tanga, básicamente semi desnuda y yo se que me encanta o una de mis fantasías es exhibirme y me gusta pero con el no, me daba un poco de asco.

Dejé caer el plato de cereal en el pasto y me metí de inmediato a la casa roja de vergüenza. Subí hasta mi habitación y me quedé recostada un tiempo mientras se me pasaba la pena de que me viera en calzones jajaja. Una vez pasada la vergüenza me quité la blusa quedando solamente en tanga. Me puse frente al espejo y comencé a mirarme, quedé toda despeinada después de levantarme. Como mi cabello es largo y de color negro, me gusta llevarlo suelto. Seguí mirándome y noté que mis pezones comenzaron a ponerse duritos ya que hacía un poco de frío adentro de mi habitación.

Al final me puse una blusa top negra sin mangas, debajo un bra rosa, un short corto de mezclilla y unos tenis negros. Me encanta usar shorts ya que me deja lucir mis piernas y me hace sentir sexy aparte que me gusta enseñar jajaja. Al fin y al cabo, tenía que limpiar la casa y quería andar cómoda.

Cuando bajaba las escaleras escuché que llamaban a la puerta, pensé que era el señor del agua ya que pasa los sábados, así que abrí la puerta sin preguntar de quién se trataba. Sin embargo, no era el del agua quien tocaba sino mi vecino de antes. Me quedé parada en la puerta sin decir nada hasta que él habló.

—Hola vecina, ¿están tus papás en casa? —me preguntaba mientras me miraba como antes.

—No, lo siento, vivo sóla, mis papás viven en la ciudad de México—le contesté casi al instante.
Él no se movió, solo sonrió con esa mueca que me ponía los nervios de punta. Recordé cómo, una vez, en una junta de vecinos se me quedaba viendo ese día llevaba falda y una blusa y no paraba de verme, o cuando salía a la alberca en bikini estaba el y no me quitaba la vista de encima y su mirada se había quedado pegada en mí más tiempo del necesario. Sólo que el no sabía que vivía sola hasta ese momento Ahora, aquí estaba de nuevo, con esa presencia imponente que llenaba el umbral de la puerta.

—Ah, qué lástima. ¿Y tú? ¿Entonces vives sola? —preguntó, dando un paso adelante sin invitación.

Tragué saliva, sintiendo un escalofrío. No me gustaba nada de él: su cuerpo fornido, el sudor que brillaba en su piel oscura bajo el sol, esa forma de mirarme como si ya supiera algo que yo no. Intenté cerrar la puerta, pero su mano grande la detuvo con facilidad.

—Espera. Solo quiero charlar un rato. Eres tan... acogedora —dijo, su voz grave y ronca, como si estuviera probando el terreno.

—No, gracias. Tengo que salir porque voy a ver a unas amigas y se me está haciendo tarde—mentí, empujando la puerta con más fuerza, pero él era más fuerte. En un movimiento rápido, se coló adentro, cerrando la puerta detrás de él. Mi corazón latió con fuerza. ¿Qué demonios hacía? Intenté retroceder hacia las escaleras, pero él me alcanzó en dos zancadas, su mano rodeando mi muñeca.
—No seas así, niña. Solo quiero un poco de tu tiempo —murmuró, acercándose demasiado. Su aliento olía a café rancio, y su cuerpo me arrinconó contra la pared del pasillo. Lo empujé, pero sus brazos marcados me inmovilizaron. "¡Suéltame!", grité, pero él solo rio bajito, su peso presionándome.

No me agradaba, me parecía repulsivo con esa barriga que rozaba mi top y esos ojos negros que devoraban cada centímetro de mí. Intenté forcejear, arañando su brazo peludo, pero él era como una pared. Con una mano me levantó la blusa, exponiendo mi bra rosa, y su boca se abalanzó sobre mi cuello, mordisqueando con rudeza. "¡Para!", le espeté, pero mi voz salió entrecortada. Su otra mano bajó a mi short, desabrochándolo con torpeza, pero insistencia, tirando de él hacia abajo junto con mis pantis.

El aire fresco de la casa me golpeó la piel desnuda de las piernas, y sentí su rodilla separándome los muslos. Odiaba cómo su erección dura presionaba contra mi vientre a través de sus pantalones. Era forzada, todo esto me aterrorizaba, pero cuando sus dedos gruesos rozaron mi coño, un traicionero calor empezó a subir por mi cuerpo. No, no quería esto, pero mi cuerpo respondía traicionándome. Él gruñó satisfecho al sentirme húmeda, a pesar de mis protestas.

—Mira cómo te mojas. Sabes que lo quieres si te escucho gemir en las mañanas, en las tardes y en las noches, eso significa que te gusta el placer y usar tu vagina verdad —dijo, metiendo un dedo dentro de mí sin piedad. Gemí contra mi voluntad, el placer inesperado me hizo arquear la espalda. Lo odiaba, pero esa estimulación intensa, ese roce rudo, me estaba volviendo loca. Sus dedos se movían con fuerza, frotando mi clítoris hinchado, y pronto mis caderas se movían solas, traicionándome.

Me arrastró escaleras arriba, ignorando mis forcejeos débiles, directo a mi habitación. Me tiró en la cama, donde el espejo aún reflejaba mi imagen desarreglada de antes. Se quitó la camisa, revelando su pecho ancho y velludo, y luego los pantalones, liberando su polla gruesa y venosa, de un tono oscuro que contrastaba con mi piel. Era muy grande, palpitante, y me aterrorizó, pero también, no puedo negarlo, me intrigó en ese momento de confusión era bastante grande y eso me dió una excitación bastante intenso a mi cuerpo.

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