Desde que la conocí, Laura fue un incendio difícil de controlar. Siempre tuvo ese brillo en la mirada, esa manera de mover las caderas que prometía una insaciabilidad latente, pero al principio todo era manejable, un fuego contenido en la chimenea de los encuentros furtivos en coches aparcados o sofás prestados. Se calentaba con nada; un roce en la barra de un bar, un susurro en la oreja, y ya estaba buscando la forma de que la tocara debajo de la mesa. Sin embargo, el verdadero caos estalló cuando nos fuimos a vivir juntos. Las cuatro paredes de nuestro departamento se convirtieron en el escenario de una pornografía en vivo, sin guion y sin pausas.
Con el tiempo, la vida doméstica y la comida casera comenzaron a dejar su huella en su cuerpo, una transformación que observaba con fascinación y lujuria cada mañana. Laura ganó un poco peso, y cada kilo extra parecía ir directo a sus tetas y a su culo, convirtiéndola en esa gordibuena deslumbrante que hoy me despierta cada madrugada. Sus pechos, antes firmes y pequeños, ahora eran dos montañas pesadas y suaves que desbordaban cualquier sostén que intentara contenerlos, rebotando salvajemente con cada paso que daba por la casa. Su culo se había vuelto inmenso, dos masas duras y temblorosas que exigían ser agarradas con ambas manos. Esa nueva curvatura no apagó su deseo; al contrario, fue como gasolina en la hoguera. Se volvió una loca por el sexo, una ninfómana sin remedio que no entendía la palabra "no".
La casa dejó de tener espacios destinados a otras funciones. La cocina, donde supuestamente preparábamos la cena, se convirtió en el lugar donde se doblaba sobre la encimera, levantando su vestido para tomarla por detrás mientras las ollas hervían. El pasillo era un campo de minas de ropa interior tirada y besos húmedos contra la pared. No importaba la hora ni el lugar; si le daba el calentón, Laura se tiraba al suelo y abría las piernas, mostrándome ese coño ya empapado y hambriento de verga. A cada rato quería que la cogiera, y yo, cegado por la belleza de su cuerpo transformado y por la vorágine de su lubricidad, accedía a todo.
El sexo con ella evolucionó hacia algo mucho más bestial. Ya no bastaba con el vaivén suave; Laura necesitaba violencia, una brutalidad física que reflejara la urgencia de su deseo. Recuerdo una tarde en el sofá, montada sobre mí, sus tetas pesadas golpeándome el pecho con fuerza mientras cabalgaba mi polla como si fuera su última comida. Me miraba con ojos inyectados en sangre, mordiéndose el labio inferior hasta hacerlo sangrar.
—¡Dámelo más duro, pendejo! —gritaba, arañando mi pecho—. ¡No me trates como si fuera de cristal!
Y yo respondía a esa llamada. Mis manos buscaban su cuello, apretando justo lo suficiente para cortarle un poco el aire, viendo cómo sus ojos se revolvían y se dilataban por el placer asfixiante. Le daba nalgadas tan fuertes que la palma de mi mano quedaba roja y marcada, y su piel se encendía en un color carmesí vibrante que duraba días. Ella gemía, una mezcla de quejido y alarido, pidiendo más, siempre más.
—¡Escúpeme en la boca! —suplicaba en un momento de frenesí, con la saliva corriendole por la barbilla.
Yo escupía, viendo cómo mi saliva caía sobre su lengua, y ella la tragaba como si fuera néctar, montándome aún más fuerte. Pero la violencia no era unilateral. En medio de la penetración, cuando yo creía tener el control, ella me agarraba por el cabello y me daba una bofetada que me retumbaba en los oídos, o sus dedos se cerraban alrededor de mi garganta, apretando con una fuerza sorprendente para una mujer que parecía tan blanda y suave al tacto. Yo le cacheteaba las tetas hasta dejarlas marcadas, moretones morados y rojos que adornaban su piel blanca como un mapa de nuestra pasión destructiva. Esa agresividad recíproca me calentaba como nada en el mundo; verla convertirse en un animal salvaje bajo mi cuerpo, sintiendo sus uñas clavarse en mi espalda hasta sacar sangre, era el éxtasis.
Lo aterrador era que, incluso después de que yo eyaculaba, agotado y temblando, ella no se detenía. Sentía cómo mi leche caliente llenaba su interior, pero en lugar de colapsar sobre mí, Laura seguía cabalgándome con una sed insaciable. Mi verga, sensible y flácida, era torturada por sus movimientos constantes, frotándose contra sus paredes húmedas y calientes, intentando recuperar la erección por pura fricción y voluntad. Ella no paraba, sudando, gimiendo, usando mi cuerpo como un simple juguete descartable para saciar su necesidad infinita. Podíamos estar todo el día cogiendo, rompiendo el ritmo de la realidad, ignorando llamadas y compromisos, encerrados en un bucle de carne y fluidos.
Pero con el tiempo, ese sexo interminable se volvió un problema para mí. Mi cuerpo comenzó a protestar. Empecé a perder peso de forma alarmante; mis costillas comenzaron a marcarse bajo la piel, mis pómulos se afilaron y la energía se me escurría por las piernas como agua. Me despertaba agotado, como si hubiera pasado la noche moviendo muebles en lugar de follando. Mis manos temblaban al intentar tomar una taza de café, y mis ojos tenían ojeras profundas, permanentes. Laura, en cambio, seguía igual o peor. Su piel brillaba, su energía parecía inagotable, su sed de ser usada brutalmente no menguaba ni un ápice. Ella estaba radiante, alimentándose de mi vitalidad, mientras yo me desmoronaba poco a poco.
Me miraba al espejo una mañana, mientras ella dormía desnuda a mi lado, con las tetas al aire y las marcas de mis dedos todavía visibles en su cuello y muslos. Vi un fantasma, alguien que no reconocía, demacrado y pálido. Ella se movió en el sueño, susurrando algo obsceno, y sentí una mezcla de terror y deseo absoluto. Sabía que no podía seguir así, que mi cuerpo no aguantaría mucho más ritmo, pero la idea de detenerla, de negarle ese placer brutal que ella tanto amaba, me parecía imposible. Algo debía hacer, antes de que su insaciable apetito me consumiera por completo...
Con el tiempo, la vida doméstica y la comida casera comenzaron a dejar su huella en su cuerpo, una transformación que observaba con fascinación y lujuria cada mañana. Laura ganó un poco peso, y cada kilo extra parecía ir directo a sus tetas y a su culo, convirtiéndola en esa gordibuena deslumbrante que hoy me despierta cada madrugada. Sus pechos, antes firmes y pequeños, ahora eran dos montañas pesadas y suaves que desbordaban cualquier sostén que intentara contenerlos, rebotando salvajemente con cada paso que daba por la casa. Su culo se había vuelto inmenso, dos masas duras y temblorosas que exigían ser agarradas con ambas manos. Esa nueva curvatura no apagó su deseo; al contrario, fue como gasolina en la hoguera. Se volvió una loca por el sexo, una ninfómana sin remedio que no entendía la palabra "no".
La casa dejó de tener espacios destinados a otras funciones. La cocina, donde supuestamente preparábamos la cena, se convirtió en el lugar donde se doblaba sobre la encimera, levantando su vestido para tomarla por detrás mientras las ollas hervían. El pasillo era un campo de minas de ropa interior tirada y besos húmedos contra la pared. No importaba la hora ni el lugar; si le daba el calentón, Laura se tiraba al suelo y abría las piernas, mostrándome ese coño ya empapado y hambriento de verga. A cada rato quería que la cogiera, y yo, cegado por la belleza de su cuerpo transformado y por la vorágine de su lubricidad, accedía a todo.
El sexo con ella evolucionó hacia algo mucho más bestial. Ya no bastaba con el vaivén suave; Laura necesitaba violencia, una brutalidad física que reflejara la urgencia de su deseo. Recuerdo una tarde en el sofá, montada sobre mí, sus tetas pesadas golpeándome el pecho con fuerza mientras cabalgaba mi polla como si fuera su última comida. Me miraba con ojos inyectados en sangre, mordiéndose el labio inferior hasta hacerlo sangrar.
—¡Dámelo más duro, pendejo! —gritaba, arañando mi pecho—. ¡No me trates como si fuera de cristal!
Y yo respondía a esa llamada. Mis manos buscaban su cuello, apretando justo lo suficiente para cortarle un poco el aire, viendo cómo sus ojos se revolvían y se dilataban por el placer asfixiante. Le daba nalgadas tan fuertes que la palma de mi mano quedaba roja y marcada, y su piel se encendía en un color carmesí vibrante que duraba días. Ella gemía, una mezcla de quejido y alarido, pidiendo más, siempre más.
—¡Escúpeme en la boca! —suplicaba en un momento de frenesí, con la saliva corriendole por la barbilla.
Yo escupía, viendo cómo mi saliva caía sobre su lengua, y ella la tragaba como si fuera néctar, montándome aún más fuerte. Pero la violencia no era unilateral. En medio de la penetración, cuando yo creía tener el control, ella me agarraba por el cabello y me daba una bofetada que me retumbaba en los oídos, o sus dedos se cerraban alrededor de mi garganta, apretando con una fuerza sorprendente para una mujer que parecía tan blanda y suave al tacto. Yo le cacheteaba las tetas hasta dejarlas marcadas, moretones morados y rojos que adornaban su piel blanca como un mapa de nuestra pasión destructiva. Esa agresividad recíproca me calentaba como nada en el mundo; verla convertirse en un animal salvaje bajo mi cuerpo, sintiendo sus uñas clavarse en mi espalda hasta sacar sangre, era el éxtasis.
Lo aterrador era que, incluso después de que yo eyaculaba, agotado y temblando, ella no se detenía. Sentía cómo mi leche caliente llenaba su interior, pero en lugar de colapsar sobre mí, Laura seguía cabalgándome con una sed insaciable. Mi verga, sensible y flácida, era torturada por sus movimientos constantes, frotándose contra sus paredes húmedas y calientes, intentando recuperar la erección por pura fricción y voluntad. Ella no paraba, sudando, gimiendo, usando mi cuerpo como un simple juguete descartable para saciar su necesidad infinita. Podíamos estar todo el día cogiendo, rompiendo el ritmo de la realidad, ignorando llamadas y compromisos, encerrados en un bucle de carne y fluidos.
Pero con el tiempo, ese sexo interminable se volvió un problema para mí. Mi cuerpo comenzó a protestar. Empecé a perder peso de forma alarmante; mis costillas comenzaron a marcarse bajo la piel, mis pómulos se afilaron y la energía se me escurría por las piernas como agua. Me despertaba agotado, como si hubiera pasado la noche moviendo muebles en lugar de follando. Mis manos temblaban al intentar tomar una taza de café, y mis ojos tenían ojeras profundas, permanentes. Laura, en cambio, seguía igual o peor. Su piel brillaba, su energía parecía inagotable, su sed de ser usada brutalmente no menguaba ni un ápice. Ella estaba radiante, alimentándose de mi vitalidad, mientras yo me desmoronaba poco a poco.
Me miraba al espejo una mañana, mientras ella dormía desnuda a mi lado, con las tetas al aire y las marcas de mis dedos todavía visibles en su cuello y muslos. Vi un fantasma, alguien que no reconocía, demacrado y pálido. Ella se movió en el sueño, susurrando algo obsceno, y sentí una mezcla de terror y deseo absoluto. Sabía que no podía seguir así, que mi cuerpo no aguantaría mucho más ritmo, pero la idea de detenerla, de negarle ese placer brutal que ella tanto amaba, me parecía imposible. Algo debía hacer, antes de que su insaciable apetito me consumiera por completo...
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