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Mi hermana tetona me la chupa

El sol de la tarde entraba a rayazos por la persiana de mi habitación, iluminando las partículas de polvo que danzaban en el aire mientras mi mano subía y bajaba furiosamente por mi verga. Tenía los ojos cerrados, apretando los párpados con fuerza, imaginando la sensación de una boca húmeda y caliente envolviéndome, pero la realidad era la fricción de mi propia mano y el sonido pegajoso del lubricante que había derramado sobre mi miembro minutos antes. Jadeaba, el pecho subiendo y bajando rápido, sintiendo cómo la presión en mis testículos aumentaba, ese hormigueo familiar que anunciaba que estaba a punto de explotar. La puerta de mi habitación estaba entreabierta, solo un resquicio, un descuido imperdonable que en ese momento no me importaba nada mientras me acercaba al borde del orgasmo.
El chirrido de los goznes de la puerta al abrirse del todo sonó como un trueno en medio de mi silencio. Mi mano se congeló de inmediato, apretando la base de mi verga con fuerza, y abrí los ojos de golpe, paralizado por el terror y la vergüenza. Allí estaba Jazmín, mi hermana, con el pelo negro cayéndole en húmedas mechas sobre los hombros recién salidos de la ducha, envuelta en una toalla que apenas cubría su cuerpo excesivamente curvilíneo. Sus ojos verdes, brillantes y penetrantes, se clavaron en mi entrepierna, en mi erección todavía palpitante y expuesta. No dijo nada; su respiración se detuvo por un segundo, y su mirada recorrió mi cuerpo desde la cara ruborizada hasta mi mano agarrotada en el pene.
Esperaba un grito, un insulto, que saliera corriendo para contárselo a mis padres. En su lugar, vi cómo sus labios, pintados de un rojo carmesí oscuro, se curvaban en una esquina, formando una media sonrisa que no tenía nada de inocente. Jazmín cerró la puerta con un chasquido seco, girando el cerrojo con un clic metálico que resonó en la quietud de la habitación. Se acercó hacia la cama, sus caderas balanceándose con un ritmo hipnótico, y la toalla se deslizó lentamente hasta el suelo, dejando al descubierto sus tetas enormes, dos montículos de carne blanca y firmeza que rebotaban ligeramente con cada paso que daba.
—Parece que necesitas ayuda con eso, hermano —murmuró, con una voz ronca y cargada de una intención que me hizo estremecerse.
Se arrodilló entre mis piernas abiertas, sus rodillas hundiéndose en la colcha. Sin perderme de vista, sus manos frías y suaves reemplazaron las mías. Sus dedos largos, con las uñas pintadas de negro, rodearon mi miembro, apretando lo justo para hacerme soltar un gemido incontrolable. Escupió una cantidad generosa de saliva sobre la cabeza de mi verga, y el fluido cayó caliente, deslizándose por las venas pronunciadas mientras ella empezaba a mover la mano de arriba a abajo, despacio, saboreando cada centímetro de mi piel. La sensación de su tacto, tan diferente al mío, fue eléctrica; mis caderas se levantaron instintivamente del colchón, buscando más fricción.
Jazmín se inclinó, y sus labios calientes rozaron la punta de mi glande. Su lengua, húmeda y ágil, salió para lamer el precum que empezaba a brotar, dando pequeñas vueltas alrededor del borde sensible. La vista de sus ojos verdes mirándome desde abajo, mientras su boca se abría para tragarme la cabeza, fue casi suficiente para hacerme correrme en ese mismo instante. Pero ella tenía control. Bajó la cabeza, absorbiendo mi polla pulgada a pulgada, calentándola con el interior de su boca mientras aplicaba una succión poderosa con sus mejillas. Sentí cómo el techo de su boca rasuraba suavemente contra la parte inferior de mi glande, una tortura exquisita.
Sin previo aviso, Jazmín empujó hacia abajo con fuerza. Sentí mi verga golpeando el fondo de su garganta, y en lugar de retirarse, ella relajó los músculos y se tragó todo mi largo hasta los huevos. Mi glande se incrustó profundamente en su garganta, apretado por las contracciones musculares de su esófago. Se quedó así, inmóvil, con la nariz enterrada en mi vello púbico y mis pelotas apretadas contra su barbilla, respirando por la nariz con dificultad. El calor y la presión eran insoportables, un anillo de fuego apretándome la base del glande. Grité, mis manos agarrando las sábanas, los dedos encaneciendo por la fuerza mientras ella hacía garganta profunda, tragándose mi polla entera como si fuera un simple caramelo.
Se retiró de golpe, dejando mi verga cubierta de un cordel de saliva espesa y brillante que conectaba su boca con mi glande. Jadeó, tosiendo ligeramente, pero con una sonrisa de satisfacción en la cara. Entonces, se levantó un poco y tomó sus tetas inmensas, una en cada mano, presionándolas contra los costados de mi miembro erecto. La suavidad de su piel, el peso de sus mamas, era una sensación celestial. Jazmín escupió otra vez entre sus tetas y comenzó a mover el torso arriba y abajo, usándolas para masturbarme. La fricción de sus pezones duros rozando la carne sensible de mi verga mientras me la frotaba con ese par de melones naturales me hizo ver estrellas.
—Te gusta, ¿verdad? Maldito pervertido —susurró, acelerando el ritmo de sus tetas.
La presión en mis testículos era crítica, una bomba a punto de estallar. Jazmín debió sentir cómo se hinchaba mi verga dentro del túnel de carne que había formado con sus senos, porque se detuvo y volvió a bajar la cabeza. Esta vez, no hubo dulzura. Chupó con fuerza, su cabeza moviéndose como un pistón, arriba y abajo, su mano trabajando el tallo en sincronía con su boca. El sonido de los mocos y la saliva llenaba la habitación, un sonido obsceno y húmedo (glup, glup, glup) que me excitaba hasta la locura.
—Me voy a correr, hermana... me voy a venir —grité, avisándole.
Ella no se apartó. Al contrario, agarró mis nalgas con ambas manos, hundiendo sus uñas en mi piel, y me empujó hacia dentro de su boca, tomándome aún más profundo si era posible. Sentí el orgasmo recorrerme desde la columna vertebral, una ola de calor que estalló en mi entrepierna. Mi verga pulsó violentamente, disparando el primer chorro de semen directo al fondo de su garganta. Jazmín se traguó el líquido caliente sin dudar, su garganta trabajando para recibir cada descarga. Seguí eyaculando, llenando su boca con leche espesa y caliente, mientras ella gemía con mi polla dentro, lamiéndome para extraer hasta la última gota.
Cuando los espasmos de mi cuerpo cesaron y me dejé caer agotado sobre la almohada, ella se retiró lentamente, succionando la punta para limpiarla. Abrió la boca, mostrándome el charco blanco y brillante de semen sobre su lengua antes de cerrar los labios y tragar todo mi carga con un gesto fuerte y deliberado. Se limpió una gota que se le escapaba por la comisura con el dedo y se lo llevó a la boca, chupándolo con deleite.
Jazmín se puso de pie, recogiendo su toalla del suelo, pero no se la puso. Se quedó mirándome, sus ojos verdes brillando con una mezcla de complicidad y un hambre que no parecía satisfecha del todo.
—Esto no ha terminado —dijo, su voz todavía ronca por la garganta profunda. Su mirada bajó a mi verga, que empezaba a endurecerse de nuevo a pesar del agotamiento, y luego subió a mis ojos. —La próxima vez, quizás te deje probarme otro agujero.
Giró sobre sus talones, dejando que sus tetas se movieran con el impulso, y salió de la habitación, dejando la puerta abierta y el aroma a sexo y saliva flotando en el aire denso de la tarde.

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