El aire en la sala de estar se sentía pesado, denso, cargado con un olor a sudor y a perfume barato que se mezclaba con el aroma acre del deseo crudo. Me senté en el rincón, en el sillón de terciopelo desgastado, con la mano ya envolviendo mi miembro, observando la escena que se desarrollaba frente a mí como si fuera una pintura obscena que cobrara vida. Marcelo, mi padre, estaba de pie frente al sofá, con su camisa desabrochada y el pantalón ya en el suelo, dejando al descubierto esa verga enorma que colgaba entre sus piernas como un arma pesada y amenazante. No había nada de ternura en sus movimientos, solo una urgencia animal, un hambre voraz que dirigía exclusivamente hacia Cinthia, mi esposa.
Cinthia, con sus cincuenta años y ese cuerpo rellenito que tanto me excitaba, estaba recostada hacia atrás, con los brazos abiertos en una postura de rendición total. Su blusa estaba ya rasgada por el escote, dejando salir esos pechos inmensos, montañas de carne blanda y pálida que se desbordaban por todos lados. Marcelo no perdió tiempo. Sus manos rugosas y venosas se lanzaron sobre el busto de mi esposa, hundiendo los dedos en la piel con tal fuerza que dejaron marcas rojas al instante. La obsesión de mi padre por las tetas de Cinthia era patológica; las agarraba como si quisiera estrujarlas, hacerlas suyas, mordiéndolas con una violencia que hacía que ella gimiera, no de dolor, sino de un placer profundo y gutural.
—Mira estas tetas, putaza —gruñó mi padre, su voz ronca y quebrada por la edad pero cargada de autoridad—. Son unas ubres perfectas para ser usadas.
Bajó la cabeza y sus labios cerraron alrededor de un pezón oscuro y hinchado, chupando con fuerza, haciendo ruidos húmedos y repugnantes que resonaban en la habitación. Cinthia arqueó la espalda, empujando su pecho hacia la boca de ese viejo, sus carnas rebotando con el movimiento. Yo me apreté el pene más fuerte, sintiendo cómo la glande palpitaba en mi mano, incapaz de apartar la mirada de cómo mi padre maltrataba el cuerpo de mi mujer. Pasaba la lengua por el surco entre sus senos, babeando sobre ellos, humedeciendo esa piel blanca hasta que brillaba bajo la luz de la lámpara. La forma en que sus manos, grandes y callosas, no podían abarcar toda la masa de sus pechos, cómo la carne se escapaba entre sus dedos, me producía una vergüenza excitante que me recorría la espalda.
Sin previo aviso, mi padre se separó, agarró a mi esposa por las caderas y la giró con brusquedad, colocándola a cuatro patas sobre el sofá. La vista de su trasero grande y blando, temblando ante la inminencia de la penetración, me cortó la respiración. Mi padre se colocó detrás de ella, alineando esa verga gigantesca, gruesa como una muñeca, con la entrada de su coño ya húmedo y abierto. No hubo preparación lenta, no hubo delicadeza. Con un empujón seco y brutal, se hundió hasta el fondo.
El grito de Cinthia fue agudo, mezclado con un sollozo de satisfacción absoluta. El impacto fue tal que todo su cuerpo se estremeció. Sus tetas enormes, colgando ahora bajo su peso, comenzaron a bailar de forma salvaje, golpeándose entre sí y contra sus brazos con cada embestida de Marcelo. El viejo no tenía piedad; la cogía con una fuerza bestial, sus testículos golpeando el clítoris de mi esposa con un ritmo frenético. La carne de Cinthia, sus muslos, sus glúteos y sobre todo sus pechos, rebotaban en todas direcciones, una ola de movimiento desenfrenado que hipnotizaba mis sentidos.
—¡Sí, dale! ¡Mete esa verga hasta el fondo! —gritaba ella, con la voz distorsionada por los golpes.
Yo me masturbaba al mismo ritmo que las embestidas de mi padre, imaginando la sensación de ese calor, de esa profundidad, sabiendo que yo nunca podría llenarla como él lo hacía. Marcelo la agarraba del pelo, obligándola a levantar la cabeza, mientras con la otra mano le daba bofetadas en el trasero, dejando sus huellas en la piel blanca. El sonido de los choques, el chap-chap húmedo de la penetración y los jadeos de los dos llenaban la sala. Era una sinfonía de lujuria, sucia y real.
De pronto, mi padre aceleró, sus movimientos se volvieron erráticos y profundos. Gruñó como un animal, apretando los dientes, y se clavó con violencia dentro de ella. Vi cómo sus testículos se contraían, y supe que estaba llenándola. Cinthia gritó que sentía la leche caliente entrando en su vientre, una explosión de semen que parecía no tener fin. Pero mi padre no se detuvo. Se quedó un momento dentro, disfrutando la contracción de los músculos de ella, y luego sacó su pene todavía tieso y chorreando, rociando el resto de su carga sobre la espalda y las nalgas de mi esposa, cubriendo su piel con hilos blancos y espesos.
No hubo descanso. Mi padre, con una resistencia inhumana para su edad, volvió a penetrarla casi de inmediato, esta vez boca arriba, levantándole las piernas hasta que sus rodillas tocaron sus hombros. Sus tetas, libres de gravedad, se desplomaban hacia su rostro, y él las mordía mientras la follaba de nuevo, buscando su segundo orgasmo. La idea de que la estaba dejando embarazada, de que su semilla fértil estaba buscando el óvulo de mi esposa, me hizo sentir un vértigo nauseabundo y delicioso. La vi perder el control, sus ojos desencajados, su boca abierta, pidiendo más leche, más verga, más vida.
Después de lo que pareció una eternidad, después de haberla llenado tres veces, por dentro y por fuera, mi padre se retiró, exhausto y satisfecho, cayendo pesadamente en el sofá al lado de ella. Cinthia yacía allí, con las piernas abiertas, el coño rojo y hinchado, goteando semen, su pecho hechizado, marcado por los dientes y las manos del viejo, su aliento agitado. Me levanté entonces, con las piernas temblando, caminando hacia ellos como un zombie. Mi mano seguía moviéndose en mi miembro, rápido y desesperado.
Me arrodillé junto a la cabeza de Cinthia. Ella me miró con ojos vidriosos, una sonrisa perezosa y sucia en los labios hinchados. Apoyé mi verga en su boca, y ella la recibió con la lengua de fuera, lamiendo la punta. No pude aguantar más. Con un gemido ahogado, me corrí, eyaculando en su boca abierta, llenándola con mi propia leche mientras ella tragaba con avidez, mezclando mi semen con el sabor de mi padre. Me incliné y le besé la frente, sintiendo el sudor frío de su piel.
—Te amo, Cinthia —susurré, mientras veía cómo una gota de semen blanco escurría por la comisura de sus labios—. Te amo.
Cinthia, con sus cincuenta años y ese cuerpo rellenito que tanto me excitaba, estaba recostada hacia atrás, con los brazos abiertos en una postura de rendición total. Su blusa estaba ya rasgada por el escote, dejando salir esos pechos inmensos, montañas de carne blanda y pálida que se desbordaban por todos lados. Marcelo no perdió tiempo. Sus manos rugosas y venosas se lanzaron sobre el busto de mi esposa, hundiendo los dedos en la piel con tal fuerza que dejaron marcas rojas al instante. La obsesión de mi padre por las tetas de Cinthia era patológica; las agarraba como si quisiera estrujarlas, hacerlas suyas, mordiéndolas con una violencia que hacía que ella gimiera, no de dolor, sino de un placer profundo y gutural.
—Mira estas tetas, putaza —gruñó mi padre, su voz ronca y quebrada por la edad pero cargada de autoridad—. Son unas ubres perfectas para ser usadas.
Bajó la cabeza y sus labios cerraron alrededor de un pezón oscuro y hinchado, chupando con fuerza, haciendo ruidos húmedos y repugnantes que resonaban en la habitación. Cinthia arqueó la espalda, empujando su pecho hacia la boca de ese viejo, sus carnas rebotando con el movimiento. Yo me apreté el pene más fuerte, sintiendo cómo la glande palpitaba en mi mano, incapaz de apartar la mirada de cómo mi padre maltrataba el cuerpo de mi mujer. Pasaba la lengua por el surco entre sus senos, babeando sobre ellos, humedeciendo esa piel blanca hasta que brillaba bajo la luz de la lámpara. La forma en que sus manos, grandes y callosas, no podían abarcar toda la masa de sus pechos, cómo la carne se escapaba entre sus dedos, me producía una vergüenza excitante que me recorría la espalda.
Sin previo aviso, mi padre se separó, agarró a mi esposa por las caderas y la giró con brusquedad, colocándola a cuatro patas sobre el sofá. La vista de su trasero grande y blando, temblando ante la inminencia de la penetración, me cortó la respiración. Mi padre se colocó detrás de ella, alineando esa verga gigantesca, gruesa como una muñeca, con la entrada de su coño ya húmedo y abierto. No hubo preparación lenta, no hubo delicadeza. Con un empujón seco y brutal, se hundió hasta el fondo.
El grito de Cinthia fue agudo, mezclado con un sollozo de satisfacción absoluta. El impacto fue tal que todo su cuerpo se estremeció. Sus tetas enormes, colgando ahora bajo su peso, comenzaron a bailar de forma salvaje, golpeándose entre sí y contra sus brazos con cada embestida de Marcelo. El viejo no tenía piedad; la cogía con una fuerza bestial, sus testículos golpeando el clítoris de mi esposa con un ritmo frenético. La carne de Cinthia, sus muslos, sus glúteos y sobre todo sus pechos, rebotaban en todas direcciones, una ola de movimiento desenfrenado que hipnotizaba mis sentidos.
—¡Sí, dale! ¡Mete esa verga hasta el fondo! —gritaba ella, con la voz distorsionada por los golpes.
Yo me masturbaba al mismo ritmo que las embestidas de mi padre, imaginando la sensación de ese calor, de esa profundidad, sabiendo que yo nunca podría llenarla como él lo hacía. Marcelo la agarraba del pelo, obligándola a levantar la cabeza, mientras con la otra mano le daba bofetadas en el trasero, dejando sus huellas en la piel blanca. El sonido de los choques, el chap-chap húmedo de la penetración y los jadeos de los dos llenaban la sala. Era una sinfonía de lujuria, sucia y real.
De pronto, mi padre aceleró, sus movimientos se volvieron erráticos y profundos. Gruñó como un animal, apretando los dientes, y se clavó con violencia dentro de ella. Vi cómo sus testículos se contraían, y supe que estaba llenándola. Cinthia gritó que sentía la leche caliente entrando en su vientre, una explosión de semen que parecía no tener fin. Pero mi padre no se detuvo. Se quedó un momento dentro, disfrutando la contracción de los músculos de ella, y luego sacó su pene todavía tieso y chorreando, rociando el resto de su carga sobre la espalda y las nalgas de mi esposa, cubriendo su piel con hilos blancos y espesos.
No hubo descanso. Mi padre, con una resistencia inhumana para su edad, volvió a penetrarla casi de inmediato, esta vez boca arriba, levantándole las piernas hasta que sus rodillas tocaron sus hombros. Sus tetas, libres de gravedad, se desplomaban hacia su rostro, y él las mordía mientras la follaba de nuevo, buscando su segundo orgasmo. La idea de que la estaba dejando embarazada, de que su semilla fértil estaba buscando el óvulo de mi esposa, me hizo sentir un vértigo nauseabundo y delicioso. La vi perder el control, sus ojos desencajados, su boca abierta, pidiendo más leche, más verga, más vida.
Después de lo que pareció una eternidad, después de haberla llenado tres veces, por dentro y por fuera, mi padre se retiró, exhausto y satisfecho, cayendo pesadamente en el sofá al lado de ella. Cinthia yacía allí, con las piernas abiertas, el coño rojo y hinchado, goteando semen, su pecho hechizado, marcado por los dientes y las manos del viejo, su aliento agitado. Me levanté entonces, con las piernas temblando, caminando hacia ellos como un zombie. Mi mano seguía moviéndose en mi miembro, rápido y desesperado.
Me arrodillé junto a la cabeza de Cinthia. Ella me miró con ojos vidriosos, una sonrisa perezosa y sucia en los labios hinchados. Apoyé mi verga en su boca, y ella la recibió con la lengua de fuera, lamiendo la punta. No pude aguantar más. Con un gemido ahogado, me corrí, eyaculando en su boca abierta, llenándola con mi propia leche mientras ella tragaba con avidez, mezclando mi semen con el sabor de mi padre. Me incliné y le besé la frente, sintiendo el sudor frío de su piel.
—Te amo, Cinthia —susurré, mientras veía cómo una gota de semen blanco escurría por la comisura de sus labios—. Te amo.
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