La noche llegó tan rápido ese miércoles. El agua caliente de la ducha había borrado los rastros de lo vivido en mi piel, pero seguían en mi mente. Mi casa olía a limpio, a mi jabón de lavanda, y también a su olor, su sudor y a su deseo.
Los dos días siguientes, se fueron como una neblina. Me movía por mi casa, por mi trabajo, como si estuviera en piloto automático. Pero en las noches, en la soledad de mi cama, la rutina que me había mantenido cuerda durante una década se rompía.
No podía evitar deslizar el dedo sobre la pantalla de mi celular, abrir la galería de imágenes y buscar la misma foto que me había helado la sangre un día antes. Ya no era solo un miembro anónimo y obsceno. Ahora podía darle mentalmente un cuerpo, un rostro y una sonrisa arrogante como la que tenía cuando abrió la puerta y se marchó.
Me sentía como una tonta, como una adolescente, mirando la foto una y otra vez. No había romance, solo había crudeza y un placer tan intenso. En la oscuridad de mi dormitorio, mi cuerpo se despertaba de nuevo solo con mirar esa imagen.
Cerraba los ojos y no encontraba el vacío habitual. Mis dedos bajaban por mi vientre, directo entre mis piernas, que se abrían con una facilidad que me avergonzaba. Recreaba sus palabras y mi cuerpo respondía. Me tocaba con la memoria de su violencia, y cada noche alcanzaba un clímax silencioso.
Tan ricos eran esos momentos y terminaba tan ajena a la realidad que no escuche cuando mi teléfono vibró. Era un mensaje de mi hija. Cogí el aparato con manos que aún temblaban.
"Hola, mamá. ¿Todo bien? Te espero para comer el domingo entonces, después de misa, ¿vale?".
Le respondí con un corazón y escribiendo torpemente una afirmación un tanto vacía. El silencio del apartamento me envolvió de nuevo.
El sábado fue melancólico. No es que lo extrañara, no. Solo que la duda me carcomía mientras preparaba el café de la tarde. ¿Volvería? ¿O había sido solo un capítulo aislado? Él había dicho que sí. Pero…que más daba.
Fui a sentarme en el sofá, a matar el tiempo con alguna serie, ni siquiera fui a la junta comunitaria, igual no me importaba con esta inquietud que cargaba.
El móvil sobre la mesita de centro vibró. Abri el mensaje. La foto de perfil era reconocible. La de él. No lo había agregado como amigo, pero tampoco lo había bloqueado. Ahí estaban aquellos ojos oscuros que parecían mirarme a través de la pantalla.
El mensaje decía: "Hola 'señora' Alba, ¿qué tal su día?". Las comillas en la palabra "señora" me golpearon como un latigazo. Me molestaba ese exceso de confianza burlona.
Antes de que pudiera responder, aparecieron los tres puntitos indicando que estaba escribiendo. Y entonces llegó el segundo mensaje, corto y directo: "¿Ya está lista?".
¿Qué se supone que tenía que responder? ¿Qué demonios significaba "lista”? Lo del miércoles había sido una locura, un error, un desliz momentáneo en mi vida. ¿Volver a pasar por eso?
Intenté escribir algo, cualquier cosa. Una respuesta para él, y para mí misma.
"No sé a qué te refieres". Borré.
"Lo de la otra vez fue un error". Borré de nuevo.
"No debería contactarme". Las palabras aparecían y desaparecían de la pantalla, testigos de mi pánico.
Finalmente, sin saber por qué, con el corazón en un puño, tecleé un simple y estúpido: "Sí".
Miré el chat, mi "sí" solitario, colgando en el aire. El seguía escribiendo. Los tres puntitos parpadearon durante lo que me pareció una eternidad, anunciando un mensaje largo. Me apreté el móvil contra el pecho, como si eso pudiera protegerme de lo que estaba por venir.
Por fin, el texto apareció en pantalla, ocupando varios párrafos.
"La espero mañana a las 11:30 am".
A esa hora… a esa hora estaría a media misa con mi hija. Siempre íbamos los domingos a la once. Era nuestro ritual, nuestro momento. Mi mente chocaba con lo que leía.
"Usa una ropa muy cortita, una minifalda, tu elígela, quizás de tu hija y… su tanga también".
Los colores se me subieron a la cabeza. Mi cuerpo entero comenzó a temblar. ¿La ropa de mi hija? La idea era tan perversa que me sentí a punto de desmayar. El mensaje continuaba, y yo seguía leyendo, hipnotizada y aterrorizada.
"Ponte un escote pronunciado, maquíllate cargado, y usa unas zapatillas, quiero que el mundo te vea bien putita".
"¿Putita?". Era escandaloso. Esto era exponerme, era convertirme en un espectáculo.
Mis dedos volvieron a moverse sobre el teclado, con urgencia. Tenía que decirle que no, que el domingo era imposible. Escribí la frase con torpeza, preparándome para enviarla. Pero vi que ya era demasiado tarde. Se habia desconectado.
Esa noche algo punzaba en mis cienes, desparramándose en todo mi cuerpo. Despertaba sobresaltada cada hora. Me sentaba en la oscuridad, las instrucciones dándole vueltas en mi cabeza como un mantra perverso, para luego volver a caer rendida sobre el colchón en un sueño agitado.
Cuando por fin abrí los ojos, sentía un peso en los párpados, era agotamiento puro. Cogí el móvil de la mesita. ¡Las diez y media! Dentro de media hora empezaba la misa. Lore debía de estar preparándose ya. No había tiempo, no había tiempo para nada más que para cambiarme.
Salí disparada de la cama hacia la cómoda y al estar frente al espejo, me miré fijamente, sin reconocer a la mujer que me devolvía la mirada. Inconscientemente había ido mis prendas de siempre: los pantalones cómodos, las blusas discretas. Pero las instrucciones danzaban en mi memoria, como una lápida.
Salí de mi cuarto con la vista fija en el suelo del corredor que conducía a la habitación de al lado. Mi hija ya no vivía conmigo desde hacía dos años, pero en su cuarto guardaba parte de la ropa que dejó.
Toqué a la puerta. Qué tonta, pensé. Al abrir, el aroma de su perfume, dulce y juvenil, me envolvió.
Su cómoda estaba frente a mí de manera casi retadora. Apreté mis manos contra la manija del cajón y respiré hondo. Tiré del cajón lentamente descubriendo sus diminutas prendas, ordenadas e inocentes.
Me decía, toma cualquier cosa para cumplir la orden, pero mis ojos se fijaron en el fondo, en una tanga roja de delicados encajes. La agarré pasando saliva. Abrí el siguiente cajón, y tomé la falda más corta que recordaba que tenía, una blanca de algodón que yo misma le compré para los veranos calurosos.
Por último, de un perchero, saqué una blusa azul, de un tejido tan fino que casi transparentaba.
Al darme la vuelta me miré en el espejo de su puerta. La mujer que sostenía las prendas de su propia hija, a punto de vestirlas por orden de un desconocido, ya no me parecía del todo ajena.
Extendí las prendas sobre la cama, una sobre otra. Comencé a desnudarme, dejando que mi camisón de algodón cayera al suelo.
Fue imposible no verme. Mi cuerpo maduro. Conservo el encanto de lo que fui, pero la edad no tiene piedad. Mis pechos, antes firmes, ahora caían por su peso rematados por pezones rosados y aureolas grandes. Mi pubis, cubierto por un vello espeso que en todos estos días nunca se me ocurrió arreglar. Recordé sus palabras del miércoles, su indiferencia total.
Inicié con la diminuta tanga. La levanté frente a mí, tratando de encontrarle el frente o el revés. Nunca las he usado. Me costó mucho subirla, el elástico era tenso y mis piernas muy gruesas. Me la ceñí con tal fuerza que el hilo trasero desapareció por completo entre mis nalgas.
El pequeño triángulo de adelante, era completamente incapaz de contener los pelos que se escapaba por los bordes, una selva oscura contra el rojo del encaje. Intentaba que no se marcara la rayita de mi vagina, fracasando y exponiéndola ridículamente.
Luego me puse la minifalda blanca. La imagen era tan vulgar. El borde de la tela se detenía justo en la curva inferior de mis glúteos, dejando casi todo al descubierto. Sabía que cualquier brisa, cualquier movimiento brusco, la levantaría y mostraría mucho más de lo debido.
Por último, la blusa azul tan fina. No elegí sostén, pensé que así estaría bien, quizás era lo que él esperaba. La tela se pegó a mis pechos, dibujando su forma y marcando mis pezones. Antes de salir, en el espejo de cuerpo entero, vi una versión envejecida y patética de mi propia hija, una mujer de cincuenta años disfrazada de veinte.
Regresé a mi habitación y busqué las únicas zapatillas con tacón que tenía, unas negras muy finas que usaba en bodas. Me senté en el borde de la cama y me los puse. Dios, como sentía los hilos de la tanga cortándome. Luego, fui a maquillarme.
Con precisión pinté con labial rojo intenso, en mis labios. Apliqué sombras oscuras en mis párpados y varias capas de rímel, que hacían que mis ojos se vieran más grandes y profundos. Me recogí el pelo en una coleta alta. Cuando terminé, me miré. Y sonreí. Estaba lista.
Eran casi las 10:50. Tenía diez minutos para llegar a la iglesia. Salí de casa y me puse en marcha. No había ningún mensaje extra en mi celular, ninguna última instrucción.
Sentía un ardor en la cara que no era del sol. El aire frío de la mañana me lamía las piernas blancas y desnudas, se colaba por debajo de la falda, rozándome. Cada golpe de tacón en la acera jalaba alguna que otra mirada de algún curioso. Escuché uno que otro chiflido que me hizo apretar los dientes, pero seguí caminando.
Cuando llegué a la iglesia entre cruzando por el pasillo lateral, fue imposible que los presentes no abrieran los ojos grandes. Sentí todas las miradas sobre mí, juzgando mi minifalda, mi blusa casi transparente.
En uno de las bancas delanteras encontré a mi hija. Nuestras miradas se cruzaron. Vi el shock en su cara, pensé que me diría algo, pero mantuvo la calma. Asintió con la cabeza, señalándome el espacio a su lado. La ceremonia ya había comenzado.
Y yo Alba estaba sentada en la banca como un espectáculo impúdico en medio de la santidad. Pero yo seguí atenta a la lectura, o al menos fingí, sintiendo el peso de cada sílaba sobre mi piel. Notaba la mirada de mi hija, escaneándome de reojo, llena de preguntas y confusión que no se atrevía a formular.
A mitad de la ceremonia, justo cuando el reloj marcó las 11:30, sentí la vibración de mi celular en el bolso que llevaba sobre las rodillas. Siempre puntual, pensé con una mezcla de terror y admiración.
Abrí el mensaje con discreción. Decía: "Sal al estacionamiento". Creo que el color de mi cara era evidente. Rojo fuego. Me incliné hacia mi hija, y le susurré al oído que iría al baño. Salí sin mirar a nadie, con la espalda recta, interrumpiendo sin querer los rezos de una que otra mujer piadosa. Y llevándome los ojos de uno que otro niño curioso.
Las escaleras de la entrada de la iglesia eran mi calvario. Cada peldaño hacía que mi minifalda de vuelo se levantara un poco más. Estoy segura de que el sacristán o el jardinero, tuvieron gratis un flashazo de mi tanga y el vello que se escapaba por ella.
Ya en el estacionamiento, me sentía perdida, buscando una señal, un coche, cualquier cosa que me indicara dónde estaba él.
Al fondo del estacionamiento, el cambio de luces de un auto se encendió dos veces, una señal inequívoca que me indicó el camino. Casi para llegar, la puerta del copiloto se abrió. Me subí al asiento delantero, el cuero frío rozando mis muslos.
Él no me miró. Tenía la vista fija al frente, como si yo fuera solo un paquete que acababa de recoger. El silencio era denso, cargado. Dudaba si debía decir algo, si debía romper esa tensión.
En eso, su mano descendió desde el volante hasta mi pierna. La sentí caliente y firme. Me sobaba el muslo hasta que se deslizó hacia el interior con una lentitud tortuosa, y se quedó allí, posada a centímetros de donde mi piel ardía.
Giró la cabeza lentamente y por primera vez me miró de frente, con una sonrisa de satisfacción en los labios.
"Sabía que esas ropas te sentarían perfecto", dijo, su voz un murmullo bajo y autoritario. "¿Me vas a negar que te gusta estar así?". Yo no respondí de inmediato. No pude. Solo moví la cabeza, un gesto casi imperceptible que lo era todo.
"Veamos", dijo.
Con su mano, levantó mi falda blanca, dejándola acumulada sobre mi vientre. Sus ojos se clavaron en mi entrepierna, en cómo la tela de la tanga se hundía y dibujaba perfectamente la línea de mi vagina. Me sujetó del pelo, tirando de mi coleta hacia atrás con una fuerza que me obligó a mirarle a los ojos.
"Dime", susurró con su aliento caliente en mi cara. "¿Pensaste mucho en mi verga? ¿Cuál de tus hoyos la desea más?".
Su pregunta era tan cruda, tan directa. Sentía en mi estómago un vacío. ¿Cómo me sentía? Era una madre sentada en un coche, a metros de una iglesia donde su hija rezaba, mientras un chico me preguntaba qué agujero quería que me violara.
Y sin embargo... sin embargo, una humedad caliente se derramaba de mí, empapando el diminuto trozo de encaje. Sentía que cada célula de mi cuerpo estaba vibrando, respondiendo a su dominio. Era la contradicción más absoluta. Su mirada no me dejaba escapar, me despojaba de cualquier defensa.
Mi voz salió como un hilo, temblorosa y rota. "Sí", susurré, casi sin aliento. "Pensé en ella... en tu verga". Cerré los ojos un instante, vencida por la vergüenza de admitirlo. "La pensé... en mi culo".
La palabra me salió de la boca como una confesión pecaminosa, casi gimo. Le había dicho exactamente lo que quería, lo que me había dado vueltas en la cabeza durante noches sin dormir. Había entregado mi deseo más oscuro.
Me tocó la barbilla con la punta de los dedos, obligándome a mantener la mirada. "Vaya, te punza el culo", dijo con una risita baja. "Creo que la otra vez faltó llenártelo de leche, ¿correcto?". Sentí cómo mi ano se contraía, implorando, escuchando sus palabras como una promesa. Era una sensación tan extraña, tan perversa, que me hizo temblar.
Acerco su lengua y la paso por mi mejilla. "Esta tarde, sin falta, te lo reviento", continuó, "Pero antes... mámame la verga. Hazlo rápido, antes de que vuelvas con tu hija". Fue entonces cuando lo entendí con una claridad absoluta. La obediencia no era una obligación, era la acción que yo misma anhelaba. Era la llave que abría la puerta de todo esto.
Mis manos se movieron con una urgencia que me asustaba. Le bajé la cremallera de sus pantalones y me peleé un poco con el bóxer, el besaba mi cuello al mismo tiempo que me olfateaba. Saqué su miembro. No había salido por completo y aun así era más grande y grueso que cualquiera que hubiera visto en mis cincuenta años.
No esperé a que hubiera ninguna otra orden. No hubo ninguna coerción en mi mente, solo un deseo abrumador. Bajé la cabeza, mi coleta cayendo sobre mi espalda, y envolví con mis labios ese glande que ya conocía a ciegas. Quería levantar la mirada hacia él mientras mi boca comenzaba a trabajar, mientras me llenaba de su sabor y su olor. Pero me resultaba imposible.
Una necesidad feroz me consumía: quería demostrarle lo mucho que deseaba ese trozo de carne. Con mi lengua y mis labios, con dedicación salivaba sin recato, dejando que la baba mojara su piel y mis propias mejillas.
Lo comía con tal avidez que mi nariz terminaba hundiéndose en sus pantalones en cada embestida. Hacía arcadas y ruidos obscenos, sonidos guturales que me humillaban y excitaban a la vez, sonidos que nunca pensé que saldrían de mi garganta.
Sentía que tenía el control. Sus manos no me forzaban. Una de ellas descansaba sobre mi cabeza, como una recompensa. Y la otra ya había levantado mi falda exponiendo mis nalgas, y su índice comenzaba a jugar con mi ano. Mis manos por su parte se movían, masturbando lo que no cabía en mi boca. Mis labios succionaban con una fuerza desesperada haciendo que su glande saliera de mi boca pálido y brillante.
Y sin querer, sin pensarlo, unas palabras salieron de mi boca, entrecortadas por el movimiento y la falta de aire. Palabras que a la Alba de otro tiempo la habrían hecho desmayarse de la vergüenza.
Le susurré: "¿Te gusta, papi? ¿Te gusta cómo te mama la verga tu puta?".
No hubo respuesta de él en palabras. Solo sentí su miembro crecer y endurecerse todavía más dentro de mi boca, un latido poderoso que me golpeaba el paladar. Y me arriesgué, metí más de él, forzándome hasta el fondo.
La explosión fue repentina, violenta. Un chorro de semen caliente me golpeó el fondo de la boca, acompañado de un gruñido bajo y animal que salió de su pecho. Cada latigazo se estrellaba contra mi garganta, y podía contarlos, ocho descargas potentes que llenaban mi boca por completo, pero no quería tragar, no todavía. Quería aguantarlo, demostrarle que podía con todo, que podía contener su esencia hasta que él diera por terminado.
Después de unos segundos en los que sentí como su cuerpo tenso comenzó a relajarse, fue mi señal. Empecé a tragar, lentamente, saboreando cada gota. Era dulce, sorprendentemente dulce. Cerré los ojos con su verga todavía entre mis labios, sintiendo cómo su sabor se extendía por mi lengua.
Como si fuera un ritual, le limpie el resto de semen de su miembro, que quedó flácido y aún enorme como una serpiente dormida. Él seguía jadeando, con la cabeza echada hacia atrás en el reposacabezas.
Me arreglé la falda lo mejor que pude y, sin mirarlo a los ojos, le dije: "Espero tu mensaje en la tarde". Él no dijo nada, solo levantó una mano y me hizo un gesto vago con los dedos, un "sí" perezoso y soberbio.
Salí del auto. El aire del mediodía me golpeó la cara. Sentía mis pezones duros y marcados a través de la tela de mi blusa y la tanga empapada de mi hija, era devorada por mis labios vaginales, se sentía tan rico que no la acomode.
Eran las doce. Fui en busca de mi princesa. La encontré justo en la puerta de la iglesia, hablando con una de sus amigas. La amiga me miró de arriba abajo con una disimulada mueca de asombro antes de despedirse apresuradamente. Mi hija se giró hacia mí, y su cara era una mezcla de preocupación y reproche.
"Mamá, ¿qué ha pasado? ¿Estás bien?", me preguntó, su voz más baja de lo normal.
"Claro que sí, cariño, ¿por qué?", respondí, intentando que mi voz sonara casual, mientras sentía el sabor del semen todavía impregnado en mi paladar.
"¿Por qué? ¿Mamá, te has mirado? Esa falda, esa blusa... el maquillaje... no eres tú. ¿Y el baño? Te has tardado una eternidad".
Caminamos en silencio un momento, mientras mi mente buscaba una excusa creíble. "Es que... necesito un cambio, hija. Llevo diez años igual. Diez años vestida de gris, de negro, de mamá abnegada. Hoy me he despertado y he pensado que ya era hora de sentirme... viva, ¿sabes? De usar colores".
Me miró con los ojos entornados, analizando cada palabra. "¿Viva? Mamá, te ves... provocadora. No es lo mismo".
"¡Ay, hija!", solté una risa que sonó falsa hasta para mí. "Es que estás acostumbrada a ver a tu vieja. A veces las viejas también queremos sentirnos guapas". Nos detuvimos en una esquina. "No te preocupes por mí, ¿vale? Estoy bien. Mejor que nunca".
Me incliné y le di un beso prolongado en la mejilla, un beso que olía a mi perfume, al suyo, y al sexo secreto que acababa de tener.
"Está bien, mamá", susurró, vencida. "Si tú dices que estás bien... ¿Vamos a comer a ese sitio de pasta que te gusta?".
"Si", sonreí, y la tomé del brazo. "Hoy te invito yo".
Caminamos hacia el restaurante, y aunque sonreía y le hablaba de trivialidades, mi mente estaba en otro lugar. En la tarde, en el mensaje que llegaría, en lo que me esperaba. Mientras comíamos, ella se relajó poco a poco, y terminamos riendo como antes.
Mi hija se fue en un taxi y decidí caminar hasta casa, sentía un extraño placer en la provocación de mi vestimenta. El sol casi se ocultaba pintando el cielo de naranjas y morados, y la penumbra comenzaba a camuflar mi imagen con luz tenue.
Unos chicos que estaban en la acera de enfrente, me gritaron piropos obscenos mientras pasaba: "¡Mamacita, te lo mamo!" y "¡Qué nalgas, abuela! ¡Me como todo lo que salga de ahí!". Un par de autos pitaron a mi paso, uno con el vidrio bajo lanzó un grito: ¿Cuánto? Yo seguía tranquila disfrutando de esa atención, de esa mirada codiciosa que nunca antes había tenido.
Justo cuando giraba la esquina de mi calle, mi teléfono vibró. Abrí el mensaje con el corazón encogido.
Decía: "Date prisa, estoy dentro de tu patio".
Nunca cerraba la reja de entrada, era un hábito de confianza en un barrio que ya no era el mismo. Así que no me pareció raro que el estuviera en el interior.
La noche ya había caído por completo. Entré al patio, a mi jardín con sus rosales y la pequeña fuente que mi ex esposo instaló hacía tanto tiempo.
Busqué alguna figura, una promesa entre las sombras, pero solo vi el silencio y las formas vegetales meciéndose con la brisa.
Entonces, una voz surgió desde detrás de los setos. Era su voz, baja y autoritaria. "Mi verga te espera bien parada. ¿Por qué tardaste tanto?".
Mi boca se abrió para disculparse, para explicarle que había caminado, que mi hija se había ido tarde, pero fui interrumpida por una orden que cortó el aire.
"Te toca castigo. Ponte a cuatro patas como una perra".
Al escucharlo, sentí como si el suelo se abriera bajo mis pies. La palabra "castigo" resonó en mi mente como una campana. Sentí cómo empapaba la tanga. Ser tratada como un animal en mi propio espacio me llenó de una excitación tan potente que me dejó sin aliento.
Mis rodillas tocaron el césped húmedo. Me apoyé en las manos, sintiendo la tierra bajo mis palmas. Mi trasero quedaba en alto, expuesto, vulnerable. La falda se me subió por completo, dejando a la vista el hilo rojo y mis nalgas pálidas a la luz de la luna.
Permanecí así, en silencio, esperando. Escuché sus pasos acercándose lentamente. No dijo nada más. De repente, un chasquido seguido de un dolor agudo en mi nalga derecha. Me había azotado con su cinturón. "Así te gusta, ¿verdad, Perra?", susurró.
Solo pude emitir un gemido ahogado. Otro golpe resonó en el silencio del patio, y luego otro más, cada uno más duro que el anterior. Mis ojos se llenaron de lágrimas de la pura sensación física. Mi piel se enrojecía, marcándose con el relieve del cinturón.
Sentí sus dedos agarrar el hilo de la tanga y tirar de él hacia arriba, con una fuerza brutal. La tela delgada se clavó en mi carne, desapareciendo por completo en mi vagina, cortándome, partiéndome en dos. Un poco más y me levantaría del suelo.
Comencé a sentir un espasmo, pero no fue de excitación. Era una urgencia primaria, animal. Mi vejiga, llena desde la comida en el restaurante, gritaba pidiendo alivio. El miedo se mezcló con el pánico. Intenté decirle, con la voz rota por los golpes: "Espera... por favor... espera un poco".
Intenté explicarle, "Voy a ir adentro... al baño... un segundo... y vuelvo, te lo juro, vuelvo a tomar la pose tal cual como estoy". Mis palabras eran un suplicio humillante, una interrupción de su juego.
Pero recibí un rotundo "No". Su voz era fría, definitiva. No era una negociación. Era una orden. Me quedé quieta, sobre mis manos y rodillas, sintiendo cómo la presión en mi bajo vientre se volvía insoportable, mezclándose con el dolor de la tanga clavada en mí y el ardor de mis nalgas marcadas.
Sentí cómo su mano se apoderaba de mi cadera y un dedo frío presionaba mi ano. No hubo delicadeza. Metió el dedo hasta el nudillo y hurgó dentro de mí, girando, explorando.
"Siempre has sido una puerca desde que te conocí", siseó. "Así que no te guardes nada. Venga, hazlo aquí".
Intenté apretarlo con todos mis músculos. Después de todo, mi jardín daba a la calle. Cualquiera que pasara podría verme. Pero su dedo presionó desde dentro, empujando las paredes de mi culo contra mi vejiga llena. La presión era insoportable.
No pude más.
Un calor húmedo comenzó a manchar la tanga de mi hija. Al principio fue solo un goteo. Pero luego, el control se rompió por completo. Comencé a orinar, cada vez más abundante. El chorro líquido y caliente salpicaba mis muslos y mis rodillas. El sonido de mi orina cayendo era humillante.
Mi vejiga se vaciaba y el chico seguía masajeando mi ano por dentro. Cerré los ojos, abandonándome a la sensación, era un placer extraño y oscuro. Era paz, era rendición total.
Pero ese final se rompió cuando su voz volvió a cortar el aire, fría y llena de desdén. "¿Solo eso vas a sacar?".
Con un movimiento seco, me arrancó la tanga de un tirón. Hundió su dedo aún más dentro de mí, con una fuerza que me hizo arquear la espalda. "Anda, puedo sentir algo aquí dentro". Recordé cuan sucia me vio la primera vez, cómo me usó sin importarle nada. Y en ese instante, mis intestinos dieron una respuesta involuntaria a su invasión.
Él sacó el dedo lentamente, y mi ano, ahora libre se contraía y pulsaba hacia afuera, ofreciéndose. Se abría lentamente, como una flor nocturna y perversa, mostrándole el interior. Mantenía la vista al frente sin mirar atrás, concentrándome en contener mis impulsos.
De pronto siento el cuero del cinturón rodear mi cuello. Por un instante, solo hay desconcierto, pero la duda se desvanece cuando él lo aprieta. La correa se hunde en mi carne, cortando el aire de golpe. Un calor abrasador me sube por la cara roja por el esfuerzo. Mis pulmones arden, mantengo la pose a gatas, temblando.
Sin pensarlo, mi mano izquierda se dispara hacia atrás, mis dedos buscan desesperadamente la correa y jalan de ella hacia adelante. Es un gesto inútil, patético. Su fuerza es absoluta. Pequeños puntos negros comienzan a bailar ante mis ojos, y el único sonido que oigo es el martilleo de mi propia sangre en mis oídos.
Justo cuando siento que mi cabeza va a estallar en mil pedazos, un dolor agudo y nuevo me parte por la mitad. Él me penetra brutalmente por la vagina. La presión en mi cuello se mezcla con una sensación de desgarro en mi cadera, como si intentara abrirme a la fuerza desde abajo.
Es un tormento dual, una asfixia que me sube por el rostro mientras un fuego me quema desde adentro.
Antes de que la oscuridad me consuma decide liberar la presión en mi cuello dándome alivio. Con él viene una conciencia agudizada y eso es peor. Cada embestida de su miembro ahora se siente más profunda.
Mis brazos se vencen. Mis codos se doblan y mi cara cae contra el césped. El impacto me obliga a levantar el culo más alto, en una oferta involuntaria, una postura aún más degradante que la anterior facilitándole la entrada.
Un hilo ininterrumpido de mi propia excitación se escapa de mí, un hilillo brillante que desciende hasta el suelo, un testimonio del placer que me están destrozando.
Él solo sigue gruñendo. Son sonidos animales, que me confirman que para él solo soy un cuerpo que está usando. Y yo, en mi locura, ya no pienso. Mi cerebro se ha ido, se ha refugiado en mi útero. Me están violando con mi propio consentimiento, y cada célula de mi ser clama por más.
Ya no me importa nada. Los gemidos que salen de mi garganta son cada vez más altos. No me importa que a pocos metros haya una calle, que alguien pueda oírme. La vergüenza ha muerto en mi propia humillación. Necesito que me rompa, que me llene por completo.
—¡Sí, papito, así! ¡Lléname! ¡Y méteme tu vergota! —grito, con la voz rota. Las palabras salen porque sé lo que provocan en él.
Un torrente de obscenidades nacen de la parte más profunda y oscura de mi ser.
—¡Sí, revienta a esta vieja puta! ¡Destrózame! ¡Quiero sentirte hasta la garganta! ¡Hazme tuya, métemela toda, ! ¡Préñame, préñame como a una perra! ¡Quiero tu leche dentro! ¡Soy tu puta! —grito sin parar, perdiéndome por completo en la sumisión absoluta.
Él responde con pura brutalidad que me roba el aliento, me mete su verga tan adentro que siento cómo sus huevos me golpean el clítoris. Es un impacto seco, rítmico, que me lleva al borde del delirio. Y luego, añade su pulgar. Lo siento presionar mi ano y, sin previo aviso, se desliza hasta dentro.
Mi culo lo recibe con una serie de contracciones violentas, como si intentara tragárselo, devorarlo. Es la gota que derrama el vaso, el punto de quiebre de mi mente perdida. Ya no hay Alba. Solo un cuerpo que necesita liberarse. Y lo hace.
Ya no es solo el placer en mi vagina, es algo más profundo. En mi mente perdida, mis intestinos despiertan, se agitan, y quieren participar en mi placer. Es una necesidad animal, un impulso primitivo que se apodera de mí.
Siento cómo se relaja mi esfínter, abandonando el último vestigio de control que me quedaba. Mi excremento comienza a salir, deslizándose alrededor del dedo que me invade, una liberación cálida y humillante.
La penetración en mi vagina cesa de inmediato. Por un instante, hay un silencio aterrador, roto solo por mi jadeo. Y entonces, con una rapidez que me paraliza, retira su pulgar y, sin darme tiempo me mete su verga en el culo.
Es una invasión total. Y en ese preciso instante, siento el orgasmo venir. Es una explosión. Mi vagina descarga un chorro potente que empapa el césped. Y mientras mi cuerpo se convulsiona en el éxtasis, su verga, alojada en mi ano, actúa como un tapón, conteniendo el resto de mi excremento dentro de mí.
En ese estado, mis ojos y mi mente ya no están aquí. Pero mi culo... ese agujero sucio es todo lo que existe. Cada terminal nerviosa de mi cuerpo se ha concentrado ahí, fusionando mi clítoris con mi ano.
Es el centro de mi universo. Él no tarda en seguirme, y siento cómo se derrama dentro de mí una cantidad inmensa de su semen. Su leche, finalmente ha bautizado el único hueco que le faltaba.
Después de los espasmos finales que sacuden mi cuerpo, él se retira. Siento el vacío de repente. Se marcha como la otra vez, pero esta vez sin decir una sola palabra. Me deja tirada sobre el pasto de mi jardín.
Y ahí estoy. Con la falda de mi hija toda arrollada en mi cintura, la blusa dejando escapar uno de mis pechos, la tanga rota a unos metros de mí, y yo... increíblemente feliz.
Tan feliz que con gusto amanecería en este mismo lugar. Mi vagina sigue mojada, y mi ano, sin vergüenza alguna, escupe lentamente su semen y mi propio excremento, una mezcla de él y de mí que me marca como suya.
Soy Alba, la mujer de 50 años y la puta más feliz del mundo.
Los dos días siguientes, se fueron como una neblina. Me movía por mi casa, por mi trabajo, como si estuviera en piloto automático. Pero en las noches, en la soledad de mi cama, la rutina que me había mantenido cuerda durante una década se rompía.
No podía evitar deslizar el dedo sobre la pantalla de mi celular, abrir la galería de imágenes y buscar la misma foto que me había helado la sangre un día antes. Ya no era solo un miembro anónimo y obsceno. Ahora podía darle mentalmente un cuerpo, un rostro y una sonrisa arrogante como la que tenía cuando abrió la puerta y se marchó.
Me sentía como una tonta, como una adolescente, mirando la foto una y otra vez. No había romance, solo había crudeza y un placer tan intenso. En la oscuridad de mi dormitorio, mi cuerpo se despertaba de nuevo solo con mirar esa imagen.
Cerraba los ojos y no encontraba el vacío habitual. Mis dedos bajaban por mi vientre, directo entre mis piernas, que se abrían con una facilidad que me avergonzaba. Recreaba sus palabras y mi cuerpo respondía. Me tocaba con la memoria de su violencia, y cada noche alcanzaba un clímax silencioso.
Tan ricos eran esos momentos y terminaba tan ajena a la realidad que no escuche cuando mi teléfono vibró. Era un mensaje de mi hija. Cogí el aparato con manos que aún temblaban.
"Hola, mamá. ¿Todo bien? Te espero para comer el domingo entonces, después de misa, ¿vale?".
Le respondí con un corazón y escribiendo torpemente una afirmación un tanto vacía. El silencio del apartamento me envolvió de nuevo.
El sábado fue melancólico. No es que lo extrañara, no. Solo que la duda me carcomía mientras preparaba el café de la tarde. ¿Volvería? ¿O había sido solo un capítulo aislado? Él había dicho que sí. Pero…que más daba.
Fui a sentarme en el sofá, a matar el tiempo con alguna serie, ni siquiera fui a la junta comunitaria, igual no me importaba con esta inquietud que cargaba.
El móvil sobre la mesita de centro vibró. Abri el mensaje. La foto de perfil era reconocible. La de él. No lo había agregado como amigo, pero tampoco lo había bloqueado. Ahí estaban aquellos ojos oscuros que parecían mirarme a través de la pantalla.
El mensaje decía: "Hola 'señora' Alba, ¿qué tal su día?". Las comillas en la palabra "señora" me golpearon como un latigazo. Me molestaba ese exceso de confianza burlona.
Antes de que pudiera responder, aparecieron los tres puntitos indicando que estaba escribiendo. Y entonces llegó el segundo mensaje, corto y directo: "¿Ya está lista?".
¿Qué se supone que tenía que responder? ¿Qué demonios significaba "lista”? Lo del miércoles había sido una locura, un error, un desliz momentáneo en mi vida. ¿Volver a pasar por eso?
Intenté escribir algo, cualquier cosa. Una respuesta para él, y para mí misma.
"No sé a qué te refieres". Borré.
"Lo de la otra vez fue un error". Borré de nuevo.
"No debería contactarme". Las palabras aparecían y desaparecían de la pantalla, testigos de mi pánico.
Finalmente, sin saber por qué, con el corazón en un puño, tecleé un simple y estúpido: "Sí".
Miré el chat, mi "sí" solitario, colgando en el aire. El seguía escribiendo. Los tres puntitos parpadearon durante lo que me pareció una eternidad, anunciando un mensaje largo. Me apreté el móvil contra el pecho, como si eso pudiera protegerme de lo que estaba por venir.
Por fin, el texto apareció en pantalla, ocupando varios párrafos.
"La espero mañana a las 11:30 am".
A esa hora… a esa hora estaría a media misa con mi hija. Siempre íbamos los domingos a la once. Era nuestro ritual, nuestro momento. Mi mente chocaba con lo que leía.
"Usa una ropa muy cortita, una minifalda, tu elígela, quizás de tu hija y… su tanga también".
Los colores se me subieron a la cabeza. Mi cuerpo entero comenzó a temblar. ¿La ropa de mi hija? La idea era tan perversa que me sentí a punto de desmayar. El mensaje continuaba, y yo seguía leyendo, hipnotizada y aterrorizada.
"Ponte un escote pronunciado, maquíllate cargado, y usa unas zapatillas, quiero que el mundo te vea bien putita".
"¿Putita?". Era escandaloso. Esto era exponerme, era convertirme en un espectáculo.
Mis dedos volvieron a moverse sobre el teclado, con urgencia. Tenía que decirle que no, que el domingo era imposible. Escribí la frase con torpeza, preparándome para enviarla. Pero vi que ya era demasiado tarde. Se habia desconectado.
Esa noche algo punzaba en mis cienes, desparramándose en todo mi cuerpo. Despertaba sobresaltada cada hora. Me sentaba en la oscuridad, las instrucciones dándole vueltas en mi cabeza como un mantra perverso, para luego volver a caer rendida sobre el colchón en un sueño agitado.
Cuando por fin abrí los ojos, sentía un peso en los párpados, era agotamiento puro. Cogí el móvil de la mesita. ¡Las diez y media! Dentro de media hora empezaba la misa. Lore debía de estar preparándose ya. No había tiempo, no había tiempo para nada más que para cambiarme.
Salí disparada de la cama hacia la cómoda y al estar frente al espejo, me miré fijamente, sin reconocer a la mujer que me devolvía la mirada. Inconscientemente había ido mis prendas de siempre: los pantalones cómodos, las blusas discretas. Pero las instrucciones danzaban en mi memoria, como una lápida.
Salí de mi cuarto con la vista fija en el suelo del corredor que conducía a la habitación de al lado. Mi hija ya no vivía conmigo desde hacía dos años, pero en su cuarto guardaba parte de la ropa que dejó.
Toqué a la puerta. Qué tonta, pensé. Al abrir, el aroma de su perfume, dulce y juvenil, me envolvió.
Su cómoda estaba frente a mí de manera casi retadora. Apreté mis manos contra la manija del cajón y respiré hondo. Tiré del cajón lentamente descubriendo sus diminutas prendas, ordenadas e inocentes.
Me decía, toma cualquier cosa para cumplir la orden, pero mis ojos se fijaron en el fondo, en una tanga roja de delicados encajes. La agarré pasando saliva. Abrí el siguiente cajón, y tomé la falda más corta que recordaba que tenía, una blanca de algodón que yo misma le compré para los veranos calurosos.
Por último, de un perchero, saqué una blusa azul, de un tejido tan fino que casi transparentaba.
Al darme la vuelta me miré en el espejo de su puerta. La mujer que sostenía las prendas de su propia hija, a punto de vestirlas por orden de un desconocido, ya no me parecía del todo ajena.
Extendí las prendas sobre la cama, una sobre otra. Comencé a desnudarme, dejando que mi camisón de algodón cayera al suelo.
Fue imposible no verme. Mi cuerpo maduro. Conservo el encanto de lo que fui, pero la edad no tiene piedad. Mis pechos, antes firmes, ahora caían por su peso rematados por pezones rosados y aureolas grandes. Mi pubis, cubierto por un vello espeso que en todos estos días nunca se me ocurrió arreglar. Recordé sus palabras del miércoles, su indiferencia total.
Inicié con la diminuta tanga. La levanté frente a mí, tratando de encontrarle el frente o el revés. Nunca las he usado. Me costó mucho subirla, el elástico era tenso y mis piernas muy gruesas. Me la ceñí con tal fuerza que el hilo trasero desapareció por completo entre mis nalgas.
El pequeño triángulo de adelante, era completamente incapaz de contener los pelos que se escapaba por los bordes, una selva oscura contra el rojo del encaje. Intentaba que no se marcara la rayita de mi vagina, fracasando y exponiéndola ridículamente.
Luego me puse la minifalda blanca. La imagen era tan vulgar. El borde de la tela se detenía justo en la curva inferior de mis glúteos, dejando casi todo al descubierto. Sabía que cualquier brisa, cualquier movimiento brusco, la levantaría y mostraría mucho más de lo debido.
Por último, la blusa azul tan fina. No elegí sostén, pensé que así estaría bien, quizás era lo que él esperaba. La tela se pegó a mis pechos, dibujando su forma y marcando mis pezones. Antes de salir, en el espejo de cuerpo entero, vi una versión envejecida y patética de mi propia hija, una mujer de cincuenta años disfrazada de veinte.
Regresé a mi habitación y busqué las únicas zapatillas con tacón que tenía, unas negras muy finas que usaba en bodas. Me senté en el borde de la cama y me los puse. Dios, como sentía los hilos de la tanga cortándome. Luego, fui a maquillarme.
Con precisión pinté con labial rojo intenso, en mis labios. Apliqué sombras oscuras en mis párpados y varias capas de rímel, que hacían que mis ojos se vieran más grandes y profundos. Me recogí el pelo en una coleta alta. Cuando terminé, me miré. Y sonreí. Estaba lista.
Eran casi las 10:50. Tenía diez minutos para llegar a la iglesia. Salí de casa y me puse en marcha. No había ningún mensaje extra en mi celular, ninguna última instrucción.
Sentía un ardor en la cara que no era del sol. El aire frío de la mañana me lamía las piernas blancas y desnudas, se colaba por debajo de la falda, rozándome. Cada golpe de tacón en la acera jalaba alguna que otra mirada de algún curioso. Escuché uno que otro chiflido que me hizo apretar los dientes, pero seguí caminando.
Cuando llegué a la iglesia entre cruzando por el pasillo lateral, fue imposible que los presentes no abrieran los ojos grandes. Sentí todas las miradas sobre mí, juzgando mi minifalda, mi blusa casi transparente.
En uno de las bancas delanteras encontré a mi hija. Nuestras miradas se cruzaron. Vi el shock en su cara, pensé que me diría algo, pero mantuvo la calma. Asintió con la cabeza, señalándome el espacio a su lado. La ceremonia ya había comenzado.
Y yo Alba estaba sentada en la banca como un espectáculo impúdico en medio de la santidad. Pero yo seguí atenta a la lectura, o al menos fingí, sintiendo el peso de cada sílaba sobre mi piel. Notaba la mirada de mi hija, escaneándome de reojo, llena de preguntas y confusión que no se atrevía a formular.
A mitad de la ceremonia, justo cuando el reloj marcó las 11:30, sentí la vibración de mi celular en el bolso que llevaba sobre las rodillas. Siempre puntual, pensé con una mezcla de terror y admiración.
Abrí el mensaje con discreción. Decía: "Sal al estacionamiento". Creo que el color de mi cara era evidente. Rojo fuego. Me incliné hacia mi hija, y le susurré al oído que iría al baño. Salí sin mirar a nadie, con la espalda recta, interrumpiendo sin querer los rezos de una que otra mujer piadosa. Y llevándome los ojos de uno que otro niño curioso.
Las escaleras de la entrada de la iglesia eran mi calvario. Cada peldaño hacía que mi minifalda de vuelo se levantara un poco más. Estoy segura de que el sacristán o el jardinero, tuvieron gratis un flashazo de mi tanga y el vello que se escapaba por ella.
Ya en el estacionamiento, me sentía perdida, buscando una señal, un coche, cualquier cosa que me indicara dónde estaba él.
Al fondo del estacionamiento, el cambio de luces de un auto se encendió dos veces, una señal inequívoca que me indicó el camino. Casi para llegar, la puerta del copiloto se abrió. Me subí al asiento delantero, el cuero frío rozando mis muslos.
Él no me miró. Tenía la vista fija al frente, como si yo fuera solo un paquete que acababa de recoger. El silencio era denso, cargado. Dudaba si debía decir algo, si debía romper esa tensión.
En eso, su mano descendió desde el volante hasta mi pierna. La sentí caliente y firme. Me sobaba el muslo hasta que se deslizó hacia el interior con una lentitud tortuosa, y se quedó allí, posada a centímetros de donde mi piel ardía.
Giró la cabeza lentamente y por primera vez me miró de frente, con una sonrisa de satisfacción en los labios.
"Sabía que esas ropas te sentarían perfecto", dijo, su voz un murmullo bajo y autoritario. "¿Me vas a negar que te gusta estar así?". Yo no respondí de inmediato. No pude. Solo moví la cabeza, un gesto casi imperceptible que lo era todo.
"Veamos", dijo.
Con su mano, levantó mi falda blanca, dejándola acumulada sobre mi vientre. Sus ojos se clavaron en mi entrepierna, en cómo la tela de la tanga se hundía y dibujaba perfectamente la línea de mi vagina. Me sujetó del pelo, tirando de mi coleta hacia atrás con una fuerza que me obligó a mirarle a los ojos.
"Dime", susurró con su aliento caliente en mi cara. "¿Pensaste mucho en mi verga? ¿Cuál de tus hoyos la desea más?".
Su pregunta era tan cruda, tan directa. Sentía en mi estómago un vacío. ¿Cómo me sentía? Era una madre sentada en un coche, a metros de una iglesia donde su hija rezaba, mientras un chico me preguntaba qué agujero quería que me violara.
Y sin embargo... sin embargo, una humedad caliente se derramaba de mí, empapando el diminuto trozo de encaje. Sentía que cada célula de mi cuerpo estaba vibrando, respondiendo a su dominio. Era la contradicción más absoluta. Su mirada no me dejaba escapar, me despojaba de cualquier defensa.
Mi voz salió como un hilo, temblorosa y rota. "Sí", susurré, casi sin aliento. "Pensé en ella... en tu verga". Cerré los ojos un instante, vencida por la vergüenza de admitirlo. "La pensé... en mi culo".
La palabra me salió de la boca como una confesión pecaminosa, casi gimo. Le había dicho exactamente lo que quería, lo que me había dado vueltas en la cabeza durante noches sin dormir. Había entregado mi deseo más oscuro.
Me tocó la barbilla con la punta de los dedos, obligándome a mantener la mirada. "Vaya, te punza el culo", dijo con una risita baja. "Creo que la otra vez faltó llenártelo de leche, ¿correcto?". Sentí cómo mi ano se contraía, implorando, escuchando sus palabras como una promesa. Era una sensación tan extraña, tan perversa, que me hizo temblar.
Acerco su lengua y la paso por mi mejilla. "Esta tarde, sin falta, te lo reviento", continuó, "Pero antes... mámame la verga. Hazlo rápido, antes de que vuelvas con tu hija". Fue entonces cuando lo entendí con una claridad absoluta. La obediencia no era una obligación, era la acción que yo misma anhelaba. Era la llave que abría la puerta de todo esto.
Mis manos se movieron con una urgencia que me asustaba. Le bajé la cremallera de sus pantalones y me peleé un poco con el bóxer, el besaba mi cuello al mismo tiempo que me olfateaba. Saqué su miembro. No había salido por completo y aun así era más grande y grueso que cualquiera que hubiera visto en mis cincuenta años.
No esperé a que hubiera ninguna otra orden. No hubo ninguna coerción en mi mente, solo un deseo abrumador. Bajé la cabeza, mi coleta cayendo sobre mi espalda, y envolví con mis labios ese glande que ya conocía a ciegas. Quería levantar la mirada hacia él mientras mi boca comenzaba a trabajar, mientras me llenaba de su sabor y su olor. Pero me resultaba imposible.
Una necesidad feroz me consumía: quería demostrarle lo mucho que deseaba ese trozo de carne. Con mi lengua y mis labios, con dedicación salivaba sin recato, dejando que la baba mojara su piel y mis propias mejillas.
Lo comía con tal avidez que mi nariz terminaba hundiéndose en sus pantalones en cada embestida. Hacía arcadas y ruidos obscenos, sonidos guturales que me humillaban y excitaban a la vez, sonidos que nunca pensé que saldrían de mi garganta.
Sentía que tenía el control. Sus manos no me forzaban. Una de ellas descansaba sobre mi cabeza, como una recompensa. Y la otra ya había levantado mi falda exponiendo mis nalgas, y su índice comenzaba a jugar con mi ano. Mis manos por su parte se movían, masturbando lo que no cabía en mi boca. Mis labios succionaban con una fuerza desesperada haciendo que su glande saliera de mi boca pálido y brillante.
Y sin querer, sin pensarlo, unas palabras salieron de mi boca, entrecortadas por el movimiento y la falta de aire. Palabras que a la Alba de otro tiempo la habrían hecho desmayarse de la vergüenza.
Le susurré: "¿Te gusta, papi? ¿Te gusta cómo te mama la verga tu puta?".
No hubo respuesta de él en palabras. Solo sentí su miembro crecer y endurecerse todavía más dentro de mi boca, un latido poderoso que me golpeaba el paladar. Y me arriesgué, metí más de él, forzándome hasta el fondo.
La explosión fue repentina, violenta. Un chorro de semen caliente me golpeó el fondo de la boca, acompañado de un gruñido bajo y animal que salió de su pecho. Cada latigazo se estrellaba contra mi garganta, y podía contarlos, ocho descargas potentes que llenaban mi boca por completo, pero no quería tragar, no todavía. Quería aguantarlo, demostrarle que podía con todo, que podía contener su esencia hasta que él diera por terminado.
Después de unos segundos en los que sentí como su cuerpo tenso comenzó a relajarse, fue mi señal. Empecé a tragar, lentamente, saboreando cada gota. Era dulce, sorprendentemente dulce. Cerré los ojos con su verga todavía entre mis labios, sintiendo cómo su sabor se extendía por mi lengua.
Como si fuera un ritual, le limpie el resto de semen de su miembro, que quedó flácido y aún enorme como una serpiente dormida. Él seguía jadeando, con la cabeza echada hacia atrás en el reposacabezas.
Me arreglé la falda lo mejor que pude y, sin mirarlo a los ojos, le dije: "Espero tu mensaje en la tarde". Él no dijo nada, solo levantó una mano y me hizo un gesto vago con los dedos, un "sí" perezoso y soberbio.
Salí del auto. El aire del mediodía me golpeó la cara. Sentía mis pezones duros y marcados a través de la tela de mi blusa y la tanga empapada de mi hija, era devorada por mis labios vaginales, se sentía tan rico que no la acomode.
Eran las doce. Fui en busca de mi princesa. La encontré justo en la puerta de la iglesia, hablando con una de sus amigas. La amiga me miró de arriba abajo con una disimulada mueca de asombro antes de despedirse apresuradamente. Mi hija se giró hacia mí, y su cara era una mezcla de preocupación y reproche.
"Mamá, ¿qué ha pasado? ¿Estás bien?", me preguntó, su voz más baja de lo normal.
"Claro que sí, cariño, ¿por qué?", respondí, intentando que mi voz sonara casual, mientras sentía el sabor del semen todavía impregnado en mi paladar.
"¿Por qué? ¿Mamá, te has mirado? Esa falda, esa blusa... el maquillaje... no eres tú. ¿Y el baño? Te has tardado una eternidad".
Caminamos en silencio un momento, mientras mi mente buscaba una excusa creíble. "Es que... necesito un cambio, hija. Llevo diez años igual. Diez años vestida de gris, de negro, de mamá abnegada. Hoy me he despertado y he pensado que ya era hora de sentirme... viva, ¿sabes? De usar colores".
Me miró con los ojos entornados, analizando cada palabra. "¿Viva? Mamá, te ves... provocadora. No es lo mismo".
"¡Ay, hija!", solté una risa que sonó falsa hasta para mí. "Es que estás acostumbrada a ver a tu vieja. A veces las viejas también queremos sentirnos guapas". Nos detuvimos en una esquina. "No te preocupes por mí, ¿vale? Estoy bien. Mejor que nunca".
Me incliné y le di un beso prolongado en la mejilla, un beso que olía a mi perfume, al suyo, y al sexo secreto que acababa de tener.
"Está bien, mamá", susurró, vencida. "Si tú dices que estás bien... ¿Vamos a comer a ese sitio de pasta que te gusta?".
"Si", sonreí, y la tomé del brazo. "Hoy te invito yo".
Caminamos hacia el restaurante, y aunque sonreía y le hablaba de trivialidades, mi mente estaba en otro lugar. En la tarde, en el mensaje que llegaría, en lo que me esperaba. Mientras comíamos, ella se relajó poco a poco, y terminamos riendo como antes.
Mi hija se fue en un taxi y decidí caminar hasta casa, sentía un extraño placer en la provocación de mi vestimenta. El sol casi se ocultaba pintando el cielo de naranjas y morados, y la penumbra comenzaba a camuflar mi imagen con luz tenue.
Unos chicos que estaban en la acera de enfrente, me gritaron piropos obscenos mientras pasaba: "¡Mamacita, te lo mamo!" y "¡Qué nalgas, abuela! ¡Me como todo lo que salga de ahí!". Un par de autos pitaron a mi paso, uno con el vidrio bajo lanzó un grito: ¿Cuánto? Yo seguía tranquila disfrutando de esa atención, de esa mirada codiciosa que nunca antes había tenido.
Justo cuando giraba la esquina de mi calle, mi teléfono vibró. Abrí el mensaje con el corazón encogido.
Decía: "Date prisa, estoy dentro de tu patio".
Nunca cerraba la reja de entrada, era un hábito de confianza en un barrio que ya no era el mismo. Así que no me pareció raro que el estuviera en el interior.
La noche ya había caído por completo. Entré al patio, a mi jardín con sus rosales y la pequeña fuente que mi ex esposo instaló hacía tanto tiempo.
Busqué alguna figura, una promesa entre las sombras, pero solo vi el silencio y las formas vegetales meciéndose con la brisa.
Entonces, una voz surgió desde detrás de los setos. Era su voz, baja y autoritaria. "Mi verga te espera bien parada. ¿Por qué tardaste tanto?".
Mi boca se abrió para disculparse, para explicarle que había caminado, que mi hija se había ido tarde, pero fui interrumpida por una orden que cortó el aire.
"Te toca castigo. Ponte a cuatro patas como una perra".
Al escucharlo, sentí como si el suelo se abriera bajo mis pies. La palabra "castigo" resonó en mi mente como una campana. Sentí cómo empapaba la tanga. Ser tratada como un animal en mi propio espacio me llenó de una excitación tan potente que me dejó sin aliento.
Mis rodillas tocaron el césped húmedo. Me apoyé en las manos, sintiendo la tierra bajo mis palmas. Mi trasero quedaba en alto, expuesto, vulnerable. La falda se me subió por completo, dejando a la vista el hilo rojo y mis nalgas pálidas a la luz de la luna.
Permanecí así, en silencio, esperando. Escuché sus pasos acercándose lentamente. No dijo nada más. De repente, un chasquido seguido de un dolor agudo en mi nalga derecha. Me había azotado con su cinturón. "Así te gusta, ¿verdad, Perra?", susurró.
Solo pude emitir un gemido ahogado. Otro golpe resonó en el silencio del patio, y luego otro más, cada uno más duro que el anterior. Mis ojos se llenaron de lágrimas de la pura sensación física. Mi piel se enrojecía, marcándose con el relieve del cinturón.
Sentí sus dedos agarrar el hilo de la tanga y tirar de él hacia arriba, con una fuerza brutal. La tela delgada se clavó en mi carne, desapareciendo por completo en mi vagina, cortándome, partiéndome en dos. Un poco más y me levantaría del suelo.
Comencé a sentir un espasmo, pero no fue de excitación. Era una urgencia primaria, animal. Mi vejiga, llena desde la comida en el restaurante, gritaba pidiendo alivio. El miedo se mezcló con el pánico. Intenté decirle, con la voz rota por los golpes: "Espera... por favor... espera un poco".
Intenté explicarle, "Voy a ir adentro... al baño... un segundo... y vuelvo, te lo juro, vuelvo a tomar la pose tal cual como estoy". Mis palabras eran un suplicio humillante, una interrupción de su juego.
Pero recibí un rotundo "No". Su voz era fría, definitiva. No era una negociación. Era una orden. Me quedé quieta, sobre mis manos y rodillas, sintiendo cómo la presión en mi bajo vientre se volvía insoportable, mezclándose con el dolor de la tanga clavada en mí y el ardor de mis nalgas marcadas.
Sentí cómo su mano se apoderaba de mi cadera y un dedo frío presionaba mi ano. No hubo delicadeza. Metió el dedo hasta el nudillo y hurgó dentro de mí, girando, explorando.
"Siempre has sido una puerca desde que te conocí", siseó. "Así que no te guardes nada. Venga, hazlo aquí".
Intenté apretarlo con todos mis músculos. Después de todo, mi jardín daba a la calle. Cualquiera que pasara podría verme. Pero su dedo presionó desde dentro, empujando las paredes de mi culo contra mi vejiga llena. La presión era insoportable.
No pude más.
Un calor húmedo comenzó a manchar la tanga de mi hija. Al principio fue solo un goteo. Pero luego, el control se rompió por completo. Comencé a orinar, cada vez más abundante. El chorro líquido y caliente salpicaba mis muslos y mis rodillas. El sonido de mi orina cayendo era humillante.
Mi vejiga se vaciaba y el chico seguía masajeando mi ano por dentro. Cerré los ojos, abandonándome a la sensación, era un placer extraño y oscuro. Era paz, era rendición total.
Pero ese final se rompió cuando su voz volvió a cortar el aire, fría y llena de desdén. "¿Solo eso vas a sacar?".
Con un movimiento seco, me arrancó la tanga de un tirón. Hundió su dedo aún más dentro de mí, con una fuerza que me hizo arquear la espalda. "Anda, puedo sentir algo aquí dentro". Recordé cuan sucia me vio la primera vez, cómo me usó sin importarle nada. Y en ese instante, mis intestinos dieron una respuesta involuntaria a su invasión.
Él sacó el dedo lentamente, y mi ano, ahora libre se contraía y pulsaba hacia afuera, ofreciéndose. Se abría lentamente, como una flor nocturna y perversa, mostrándole el interior. Mantenía la vista al frente sin mirar atrás, concentrándome en contener mis impulsos.
De pronto siento el cuero del cinturón rodear mi cuello. Por un instante, solo hay desconcierto, pero la duda se desvanece cuando él lo aprieta. La correa se hunde en mi carne, cortando el aire de golpe. Un calor abrasador me sube por la cara roja por el esfuerzo. Mis pulmones arden, mantengo la pose a gatas, temblando.
Sin pensarlo, mi mano izquierda se dispara hacia atrás, mis dedos buscan desesperadamente la correa y jalan de ella hacia adelante. Es un gesto inútil, patético. Su fuerza es absoluta. Pequeños puntos negros comienzan a bailar ante mis ojos, y el único sonido que oigo es el martilleo de mi propia sangre en mis oídos.
Justo cuando siento que mi cabeza va a estallar en mil pedazos, un dolor agudo y nuevo me parte por la mitad. Él me penetra brutalmente por la vagina. La presión en mi cuello se mezcla con una sensación de desgarro en mi cadera, como si intentara abrirme a la fuerza desde abajo.
Es un tormento dual, una asfixia que me sube por el rostro mientras un fuego me quema desde adentro.
Antes de que la oscuridad me consuma decide liberar la presión en mi cuello dándome alivio. Con él viene una conciencia agudizada y eso es peor. Cada embestida de su miembro ahora se siente más profunda.
Mis brazos se vencen. Mis codos se doblan y mi cara cae contra el césped. El impacto me obliga a levantar el culo más alto, en una oferta involuntaria, una postura aún más degradante que la anterior facilitándole la entrada.
Un hilo ininterrumpido de mi propia excitación se escapa de mí, un hilillo brillante que desciende hasta el suelo, un testimonio del placer que me están destrozando.
Él solo sigue gruñendo. Son sonidos animales, que me confirman que para él solo soy un cuerpo que está usando. Y yo, en mi locura, ya no pienso. Mi cerebro se ha ido, se ha refugiado en mi útero. Me están violando con mi propio consentimiento, y cada célula de mi ser clama por más.
Ya no me importa nada. Los gemidos que salen de mi garganta son cada vez más altos. No me importa que a pocos metros haya una calle, que alguien pueda oírme. La vergüenza ha muerto en mi propia humillación. Necesito que me rompa, que me llene por completo.
—¡Sí, papito, así! ¡Lléname! ¡Y méteme tu vergota! —grito, con la voz rota. Las palabras salen porque sé lo que provocan en él.
Un torrente de obscenidades nacen de la parte más profunda y oscura de mi ser.
—¡Sí, revienta a esta vieja puta! ¡Destrózame! ¡Quiero sentirte hasta la garganta! ¡Hazme tuya, métemela toda, ! ¡Préñame, préñame como a una perra! ¡Quiero tu leche dentro! ¡Soy tu puta! —grito sin parar, perdiéndome por completo en la sumisión absoluta.
Él responde con pura brutalidad que me roba el aliento, me mete su verga tan adentro que siento cómo sus huevos me golpean el clítoris. Es un impacto seco, rítmico, que me lleva al borde del delirio. Y luego, añade su pulgar. Lo siento presionar mi ano y, sin previo aviso, se desliza hasta dentro.
Mi culo lo recibe con una serie de contracciones violentas, como si intentara tragárselo, devorarlo. Es la gota que derrama el vaso, el punto de quiebre de mi mente perdida. Ya no hay Alba. Solo un cuerpo que necesita liberarse. Y lo hace.
Ya no es solo el placer en mi vagina, es algo más profundo. En mi mente perdida, mis intestinos despiertan, se agitan, y quieren participar en mi placer. Es una necesidad animal, un impulso primitivo que se apodera de mí.
Siento cómo se relaja mi esfínter, abandonando el último vestigio de control que me quedaba. Mi excremento comienza a salir, deslizándose alrededor del dedo que me invade, una liberación cálida y humillante.
La penetración en mi vagina cesa de inmediato. Por un instante, hay un silencio aterrador, roto solo por mi jadeo. Y entonces, con una rapidez que me paraliza, retira su pulgar y, sin darme tiempo me mete su verga en el culo.
Es una invasión total. Y en ese preciso instante, siento el orgasmo venir. Es una explosión. Mi vagina descarga un chorro potente que empapa el césped. Y mientras mi cuerpo se convulsiona en el éxtasis, su verga, alojada en mi ano, actúa como un tapón, conteniendo el resto de mi excremento dentro de mí.
En ese estado, mis ojos y mi mente ya no están aquí. Pero mi culo... ese agujero sucio es todo lo que existe. Cada terminal nerviosa de mi cuerpo se ha concentrado ahí, fusionando mi clítoris con mi ano.
Es el centro de mi universo. Él no tarda en seguirme, y siento cómo se derrama dentro de mí una cantidad inmensa de su semen. Su leche, finalmente ha bautizado el único hueco que le faltaba.
Después de los espasmos finales que sacuden mi cuerpo, él se retira. Siento el vacío de repente. Se marcha como la otra vez, pero esta vez sin decir una sola palabra. Me deja tirada sobre el pasto de mi jardín.
Y ahí estoy. Con la falda de mi hija toda arrollada en mi cintura, la blusa dejando escapar uno de mis pechos, la tanga rota a unos metros de mí, y yo... increíblemente feliz.
Tan feliz que con gusto amanecería en este mismo lugar. Mi vagina sigue mojada, y mi ano, sin vergüenza alguna, escupe lentamente su semen y mi propio excremento, una mezcla de él y de mí que me marca como suya.
Soy Alba, la mujer de 50 años y la puta más feliz del mundo.
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