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Mi nueva vida de cornudo (parte 2)

Los días siguientes se convirtieron en una rutina agridulce. En algún momento de la tarde o la noche, Isabel se sentaba a mi lado y, sin mediar palabra, su mano encontraba camino entre mis piernas.
Entonces me masturbaba lentamente, sin prisa, hasta que yo empezaba a gemir. Y en ese momento me hablaba de Adrián. De lo grande que la tenía, de cómo la miraba cuando se lo cruzaba por la urbanización o de que ya habían quedado para tomar otro café. Y al final, de cómo se le mojaba el coño pensando en él, y de las ganas que tenía de follárselo.
Y yo, como siempre, me corría en su mano mientras imaginaba a otro hombre haciéndole lo que yo había dejado de hacer. Reconozco que me resultaba humillante y adictivo, y que cada día necesitaba un poco más.
Hasta que llegó otro de esos días donde algo cambió.
Era viernes, e Isabel solía llegar a casa sobre las ocho, justo cuando empezaba a oscurecer. Aquel día, pasaron las ocho, y las nueve, y las diez. No me llamó. Tampoco me escribió. Y cuando yo la llamaba sonaba en el buzón de voz. La cena estaba preparada y el sofá esperándola vacío.
Me quedé sentado en el sofá, mirando la puerta, sin saber muy bien qué hacer. Pero mi mente empezó a hacer lo que siempre hacía cuando tenía demasiado tiempo para pensar. La imaginé en casa de Adrián, en la urbanización, a cuatro calles de la mía. Con esas manos grandes y esa espalda ancha que ella describía con tanta precisión. Con su polla enorme, esa que ella nunca dejaba de mencionar y que yo no podía dejar de imaginar.
Mi polla, mientras tanto, se había endurecido sola. Sin que nadie la tocara, sin que nadie dijera nada. Solo con la ausencia, con el silencio y con la certeza creciente de que quizá ese era el día. El día en que ella cumplía su promesa.
Quise llevarme la mano a la entrepierna. Quise hacer lo que siempre hacía cuando la tensión se volvía insoportable, pero algo me detuvo. No quería tocarme sin su permiso, porque ya no era lo mismo. Así que me quedé quieto, con las manos apoyadas en los muslos, sintiendo el latido de mi polla contra la tela de los pantalones, imaginando a Isabel en la cama de otro hombre, mientras el reloj marcaba las once y luego las doce. Intentando pensar en otras cosas, sin conseguirlo.
No sabía si estaba excitado o aterrorizado. Quizá las dos cosas. No las diferenciaba bien desde que empecé a correrme en su mano mientras ella hablaba de otros.
Eran casi las doce y media cuando oí la puerta. El sonido de la llave en la cerradura me hizo saltar del sofá con el corazón golpeándome el pecho con tanta fuerza que casi podía oírlo. Llevaba horas sentado sin saber que hacer, que me aterraba lo que estaba a punto de saber.
Isabel entró y la luz del pasillo la iluminó un segundo antes de que cerrara la puerta. Llevaba una sonrisa enorme, de esas que no se ven todos los días, una sonrisa que le iluminaba toda la cara y que hacía que sus ojos verdes brillaran como nunca. Pero entonces me fijé en el resto de su cuerpo.
Su blusa blanca estaba mal abrochada, los botones movidos en la parte de arriba, dejando ver la curva de sus pechos sin sujetador. El pelo, siempre impecable, caía ahora alrededor de su cara, y no quedaba rastro del maquillaje que se había puesto por la mañana. Hasta la falda estaba torcida, como si alguien la hubiera subido y bajado varias veces sin preocuparse por dejarla bien.
—¿Qué... qué tal? —pregunté, y mi voz sonó como la de un extraño. Estaba intentando aparentar normalidad, pero mi garganta se negaba a cooperar.
Isabel dejó el bolso en el suelo y se acercó a mí con esa forma suya de caminar, lenta y segura, aunque esta vez había algo distinto en sus caderas, que no supe distinguir.
—Buenas noches, perrito, ¿Está todo bien? —preguntó, y su voz era un susurro que parecía llenar toda la habitación.
—¿Dónde has estado? —contesté—. Estaba preocupado.
Soltó una risa corta, casi infantil, y apoyó una mano en mi pecho. Sus dedos temblaban ligeramente. O quizá era yo quien temblaba.
—¿Preocupado? ¿O excitado? Porque te veo muy tenso, amor.
No pude esperar más.
—Isabel, ¿qué ha pasado?
Su sonrisa se hizo más grande. Sus ojos se clavaron en los míos y se acercó más.
—Ya ha pasado, perrito. Ya eres un cornudo. Acabo de follar con Adrián.
El mundo se detuvo y quedé paralizado, con las piernas demasiado débiles para sostenerme. Una mezcla imposible de excitación y humillación golpeó mi pecho. Mi polla se había endurecido en un instante.
—Pero... pero si tú... —tartamudeé.
—Pero nada —me cortó, y su mano se deslizó desde mi pecho hasta mi entrepierna, apretando justo donde yo estaba más duro—. Anda, vamos a la cama. Estoy deseando contártelo todo.
Me agarró de la mano con una fuerza que no sabía que tuviera y me arrastró hasta el dormitorio. Subí detrás de ella, viendo cómo su falda se movía, dándome cuenta de una mancha en la tela que no estaba allí por la mañana. No me atreví a preguntar de qué era.
En el dormitorio, se dio la vuelta y me miró con esos ojos brillantes. Luego, sin decir una palabra, empezó a desabrocharse la blusa. Los botones saltaron uno tras otro, y cuando la camisa cayó al suelo, vi su torso desnudo. Sus pechos estaban marcados por mordiscos rojos alrededor de los pezones, marcas en forma de dedos en los costados, y en sus costillas.
Se dio la vuelta para quitarse la falda. Su culo estaba lleno de marcas de manos. Marcas de azotes sobre la piel enrojecida. Nunca había visto su piel así.
—¿Ves lo que te has perdido, perrito? —dijo, y su voz era un ronroneo.
No pude responder. Mi polla estaba tan dura que me dolía.
Se tumbó en la cama, desnuda, y me hizo una señal con el dedo. Me desnudé tan rápido como pude, casi tropezándome con los pantalones, y me acosté a su lado. Su mano encontró mi polla al instante, con la misma seguridad de siempre, y empezó a masturbarme con movimientos lentos pero fuertes.
—¿Quieres saberlo? —preguntó, mientras sus dedos subían y bajaban—. ¿Quieres saber cómo ha sido?
Su mano se movía lenta sobre mi polla. Los dedos resbalaban por la piel con la misma seguridad de siempre, pero esta vez había algo distinto en su toque. Había emoción, y algo de cansancio.
—¿Quieres saberlo? —repitió, y sus ojos brillaban en la penumbra del dormitorio—. ¿Quieres saber cómo ha sido?
Asentí sin poder hablar. Mi garganta estaba tan seca como si hubiera estado corriendo durante horas.
—Ha sido increíble, perrito —dijo, y su voz parecía venir de muy lejos—. Pero no te lo voy a contar, mejor te lo enseño.
Se incorporó con un movimiento rápido que hizo que sus pechos se moviesen frente a mis ojos y estiró el brazo hacia la mesilla. Encendió el móvil con un gesto rápido, la pantalla iluminó su rostro y vi cómo sus labios se curvaban en esa sonrisa que había traído.
—Lo hemos grabado —dijo, y las palabras cayeron en la habitación como una bomba silenciosa—. Adrián quería que lo vieras. Le encanta presumir. Y yo quería que supieses exactamente lo que ha pasado.
Mi polla dio un salto bajo sus dedos. La idea de que alguien hubiera grabado a mi mujer y existiera un testimonio visual de lo que había hecho era demasiado. Era una humillación tan profunda que debería haberme puesto a gritar, pero en lugar de eso, sentí cómo mi cuerpo se inclinaba hacia adelante, hacia la pantalla, deseoso de saber más.
—¿Ves lo duro que te has puesto? —me dijo Isabel, y su mano empezó a moverse de nuevo, más rápido ahora—. Solo con saber que existe un vídeo ya estás temblando. Eres tan patético, perrito.
Me puso el móvil en las manos sin preguntar. La pantalla ya estaba abierta en un reproductor, el círculo de play esperando a que lo pulsara. Yo tenía los dedos tan rígidos que me costó moverlos, pero el vídeo empezó y la imagen me golpeó en el pecho como un puñetazo.
Adrián ocupaba la pantalla, con sus músculos y sus tatuajes a la vista. Sus hombros llenaban el encuadre, con los brazos cruzados sobre el pecho y la mirada perforando la cámara como si estuviera al otro lado de la habitación, mirándome a los ojos. Y su voz, profunda, se me clavó en el pecho como un cuchillo.
—Ya está aquí mi putita —dijo, y cada palabra caía con luna losa—. No te preocupes maridito, que lo vamos a grabar todo para que puedas verlo.
La cámara se movió y allí estaba Isabel. De rodillas. Desnuda. Con el pelo suelto, la cabeza gacha y las manos apoyadas en los muslos con las palmas hacia arriba. No parecía mi mujer, esa mujer fuerte y mandona, sino una perra amaestrada esperando su merecido.
—Mírala —dijo Adrián, y su mano se posó en la cabeza de Isabel, acariciándole el pelo con lentitud—. Mírala bien, para que veas lo zorra que es tu mujer.
Isabel levantó la mirada hacia la cámara. Sus ojos verdes estaban empañados, las pupilas tan dilatadas que parecían dos pozos. Sus labios se movieron formando palabras que nunca pensé escuchar.
—Adrián tiene razón. Soy su zorra, perrito.
Entonces Adrián la agarró del pelo como si fuera una muñeca, la levantó del suelo sin esfuerzo, la empujó contra su pecho, y sus bocas se encontraron con fuerza. La besó con violencia, con su lengua forzándola, sus manos agarrando su culo apretando hasta que los dedos se hundieron en la carne. Ella gemía con una entrega que yo nunca había visto.
Adrián se separó para hablar de nuevo.
—Llevo años esperando esto —dijo—. Años pensando en ti. En lo buena que estás y en lo puta que eres. ¿Y sabes qué, Isabel?
Ella tembló con todo su cuerpo.
—¿Qué, Adrián?
—Que seguro que esto no lo has olvido —dijo, y sus dedos rodearon su nuca, apretando—. Vas a guardar el sabor de esto en tu cerebro, puta. Vas a recordar el sabor de ser follada por un macho de verdad que va a hacerte gritar lo que tu marido jamás ha podido. ¿Has echado de menos ser mi puta durante todos estos años?
Yo, desde el otro lado de la pantalla, sentí cómo el aire se me escapaba de los pulmones. Esperaba una mentira cortés, pero Isabel, la mujer que había compartido mi cama durante años y que en ese momento me masturbaba con fuerza, abrió la boca y dijo:
—Sí, Adrián. Todos los días. Cada puto día he pensado en ti y en cómo me follabas. Nadie, absolutamente nadie, me ha vuelto a hacer sentir lo que me hacías sentir.
Adrián sonrió. Una sonrisa depredadora, como si estuviese a punto de darse un festín.
—Pues ahora vas a recordarlo, zorra. Te voy a follar hasta que te olvides de tu nombre. Hasta que solo sepas gritar y llamarme Amo de nuevo.
Su mano bajó y Adrián se desabrochó los pantalones, y entonces vi su polla. Era una cosa bestial. Gruesa como mi muñeca, venosa, y dura Mi polla, al lado era una broma de la naturaleza.
Adrián empujó a Isabel contra la mesa. La puso a cuatro patas y ella se dejó hacer. Sus caderas se levantaron, ofreciéndose instintivamente, con su coño brillando, mojado, con los labios hinchados y abiertos.
—Mira a la cámara, putita —ordenó Adrián—. Quiero que tu marido vea la cara que pones cuando te follo. Quiero que vea cómo te derrites por una polla de verdad.
Isabel levantó la cabeza, miró directo al objetivo y cuando él empujó hacia adentro, su cara se transformó. Era la cara de una mujer que había encontrado lo que buscaba. El placer la atravesó como un relámpago, su boca se abrió en un grito mudo, sus ojos se cerraron, y su cuerpo entero se arqueó contra el de él.
—Joder —dijo Adrián—. Qué coño tan cerradito. No me lo puedo creer, parece que llevan años sin usarlo.
Su cadera se movió, brutal pero sin prisa. El sonido de su piel chocando contra la de ella llenó la habitación, un chasquido húmedo y profundo.
—¿Has echado de menos esto, Isabel? —preguntó Adrián—. ¿Has echado de menos tener una polla de verdad dentro de ti?
—Sí, Amo—jadeó ella—. Sí, lo he echado de menos. Todos los días. Cada noche.
Adrián se inclinó sobre ella, su boca cerca de su oído.
—Pues ahora te voy a dar lo que necesitas, puta —susurró—. Te voy a follar hasta que no puedas andar. Hasta que tu marido tenga que llevarte a casa en brazos.
Su mano se cerró alrededor de la garganta de Isabel. Apretó justo lo suficiente para que su respiración se cortara, para que sus ojos se abrieran de par en par.
—Dile algo a tu maridito —ordenó—. Dile lo que sientes.
Isabel levantó la mirada hacia la cámara y sus ojos se fijaron en el objetivo, en mí, y una sonrisa se dibujó en sus labios.
—Mira, Daniel —dijo, y su voz era un jadeo roto—. Mira cómo me folla. Tú no eres nada a su lado. Nunca has sido nada como hombre, solo un perrito que se corre en mi mano mientras otro hombre me llena. ¿Ves lo que es un hombre de verdad? ¿Ves cómo me rompe?
Adrián soltó una risotada sin dejar de follarla.
—No eres nada, maridito —gritó, y su mano se estrelló contra el culo de Isabel con un chasquido seco que dejó una marca roja—. Una mierda de marido. Un perdedor que no sabe follar. Pero no te preocupes, tío, yo me encargo de tu mujer. La voy a follar como nunca y la voy a llenar como tú no puedes.
El vídeo siguió. Adrián la folló contra la mesa, después la levantó y la puso contra la pared, sosteniéndola en el aire mientras bombeaba hacia arriba. Isabel se aferraba a su cuello, gimiendo, suplicando, y él la trataba como una muñeca, moviéndola a su antojo. Cada embestida era más profunda, más brutal, pero su ritmo seguía siendo controlado, preciso, como si tuviera todo el tiempo del mundo.
—Eres increíble, puta —dijo Adrián, y por un momento su voz se suavizó, se volvió casi tierna—. Eres la mejor puta que he tenido. Y voy a tenerte siempre. ¿Lo oyes, Daniel? Siempre. Tu mujer es mía ahora. Mi puta, y tú solo vas a poder mirar.
Poco después se corrió y se quedó dentro de ella, llenándola, con el semen resbalando por sus muslos. Isabel tembló, su cuerpo arqueado, y su boca se abrió en un gemido que nunca antes había escuchado.
Adrián la soltó, pero su polla seguía dura.
—Venga, zorra —dijo—. Saca la lengua.
Isabel se arrodilló y chupó. Dejó la polla limpia, lo tragó todo, y cuando terminó, abrió la boca frente a la cámara para enseñar que estaba vacía.
—Gracias, perrito —dijo—. Por dejarme ser feliz.
El vídeo se detuvo y la pantalla se quedó en negro. Mi polla dolía bajo los dedos de Isabel y estaba tan dura que cada latido era una pequeña puñalada. Mi respiración era un jadeo de animal y mis manos, apoyadas en las sábanas, temblaban sin control.
Había visto a mi mujer suplicar, gemir y ofrecerse como una perra en celo a otro. A un hombre de verdad, metiéndole esa polla enorme mientras la trataba como lo que era, su puta.
Y lo único que sentía era excitación. Y la necesidad de que las manos de Isabel terminasen lo que habían empezado.
Continuará...

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