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54: Entrega informal III (Parte I)




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Compendio III


54: ENTREGA INFORMAL III (Parte I)

54: Entrega informal III (Parte I)

• ¡Ahh, Marco! ¡Sí! ¡Más fuerte! ¡Por favor! - suplicó Celeste mientras yo daba lo mejor de mí, con ese acento británico sofisticado y delicado que me hacía sentir en las nubes.

Era curioso que el misionero fuera lo que más disfrutara: cara a cara, mezclando la respiración, observando cada destello de placer cruzar sus rasgos. La mayoría de las mujeres con las que había estado preferían algo más rápido, más brusco, pero Celeste se aferraba a esa intimidad como si fuera el último hilo de su dignidad.

Sus dedos se clavaron en mis hombros mientras yo empujaba más profundo, y sus piernas me rodearon con una desesperación que antes no estaba allí. Entonces, justo cuando estaba a punto de ajustar mi ritmo, su mano bajó rápidamente entre nosotros, y sus uñas rasparon mi muslo; no por pasión, sino por urgencia.

Era otro miércoles: nuestro día, arrancado del tiempo como un secreto ilícito. Celeste me había atraído fuera del edificio corporativo con una bandeja de sushi de aquel lugar caro cerca de Collins Street, el que tiene un wasabi lo suficientemente fuerte como para hacerte llorar.

• Reginald no tocaría esto ni, aunque se lo pagara. - había reído en el coche, mientras sus dedos recorrían mi muslo mientras yo conducía. - Dice que el pescado crudo es para animales.

Yo solté un bufido, pensando en mi padre, quien tampoco entendía que el pescado también podía saber delicioso crudo con un poco de arroz.

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Pero una vez que estacioné mi camioneta en el parque y me lo comí (mientras tanto, ella me dio una felación embriagadora y risueña... su acento británico convirtiendo las obscenidades en algo extrañamente refinado, como un chiste sucio recitado en una fiesta de té), llegamos al Hyatt con su lápiz labial corrido y mi cinturón aún a medio desatar. El valet ni pestañeó. Los miércoles ya eran predecibles, aunque nunca rutinarios.

No perdimos tiempo con las cortesías habituales del hotel: nada de desvestirse lentamente contra la pared, nada de juegos pervertidos en el balcón. Ese día era diferente. Ella se quitó los tacones y se zafó de esa blusa de seda antes siquiera de que la puerta se cerrara, con sus dedos ya en la hebilla de mi cinturón con un hambre que me hizo sonreír. Cuando me puse el condón, sus ojos siguieron el movimiento con una concentración que debería haber alertado mi atención. Pero yo estaba demasiado ocupado apreciando cómo sus caderas se arqueaban fuera del colchón cuando me deslicé dentro de ella, cómo su respiración se agitaba justo así.

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Los miércoles se habían convertido en su salvavidas. Ya no contaba los minutos hasta que Reginald llegara tropezando a casa, cansado como un perro tras estar todo el día atrapado en reuniones con los jefes de departamento, sin prestarle la mínima atención. Ya no más. Ahora, esperaba nuestro tiempo juntos libre de culpas con un hambre indisimulada y, ese día, esa hambre tenía dientes.

Y sé que esto puede sonar cruel, pero mis sentimientos por Celeste son... transaccionales. Más parecidos a una amistad con derechos que al amor. No me malinterpreten. No estoy jugando con sus sentimientos de ninguna manera y eso no significa que sea incapaz de generar vínculos más profundos. Marisol lo sabe mejor que nadie; ella ha visto cómo me he enamorado de otras mujeres anteriormente. Estuvo Emma, la madre de la compañera de clase de Bastián, con su lengua afilada y un ingenio aún más agudo, burlándose siempre de mí hasta que la acorralaba contra la encimera de la cocina solo para callarla.

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Luego Hannah, mi antigua "esposa de trabajo" en Broken Hill, que entendía tan bien la rutina agotadora de los turnos mineros que colapsábamos en las camas del otro como si fuera el destino natural de cada día exhaustivo.

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Y Pamela (¡Dios mío, Pamela!) la prima de Marisol, que todavía nos envía a Marisol y a mí fotos del niño que le dejé el año pasado.

54: Entrega informal III (Parte I)

Dicho esto, mi relación con Celeste sigue una línea similar a la de "hacerle un favor a una esposa sexualmente frustrada", con el valor añadido de que es la mujer de Reginald, mi detestable jefe temporal. No es que yo la haya buscado. Simplemente nos conocimos y sucedió...

En el momento en que las uñas de Celeste se clavaron en mis hombros, supe que estaba llegando al clímax. Su respiración se aceleró, cerró los ojos con fuerza y besó mi cuello para ahogar sus intensos gemidos: presiones húmedas y abiertas de sus labios que dejaban rastros de calor sobre mi piel. Pude saborear la sal de su sudor mientras se arqueaba debajo de mí, con sus caderas agitándose contra las mías en pequeños espasmos erráticos.

• ¡Sí! ¡Sííí! ¡Síííí! ¡Oh, Dios! - Su voz burbujeaba mientras mis embestidas la llenaban y yo me dejaba llevar.

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Ella sintió el condón hincharse en su interior, su útero envolviéndome en un abrazo cálido que parecía suplicar: no pares, no te salgas, todavía no. Por un momento suspendido, quedamos entrelazados, su cuerpo temblando bajo el mío, mi pulso rugiendo en mis oídos como los taladros subterráneos de una mina. Entonces, el mundo regresó de golpe: el aroma de su perfume mezclado con el sudor, el rasguño de sus uñas bajando por mi espalda, la forma en que su respiración se cortó cuando finalmente me retiré de encima de ella.

Jadeamos, sudorosos y agotados, nuestros labios encontrándose en un beso suave y perezoso que sabía a sal y a cansancio compartido. Las yemas de los dedos de Celeste trazaban círculos distraídos en mi pecho, su respiración aún irregular mientras se acurrucaba contra mí.

• ¡Eso fue espléndido! ¡Gracias! - exclamó Celeste, educada y animada, con las mejillas teñidas de rosa por el esfuerzo.

Sonaba como si acabara de recibir una taza de Earl Grey perfectamente preparada en lugar de haber sido follada a fondo; ese tono británico y recatado contrastaba con la forma en que sus muslos aún temblaban contra los míos.

Solté una risita suave, girándome de costado para mirarla.

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- No tienes que darme las gracias, Celeste. Yo también lo disfruté. - Mis dedos apartaron un mechón de cabello húmedo de su frente, colocándolo detrás de su oreja con más ternura de la que pretendía. Su piel estaba caliente, el pulso en su sien aún acelerado.

• ¡Oh, pero sí debo hacerlo! - Su tono alegre no vaciló, aunque sus dedos trazaban caricias sobre mi pecho como si estuviera mapeando un territorio. - ¡Ha sido el mejor sexo que he tenido en años! ¡Me siento tan viva y eléctrica!

La última palabra salió sin aliento, mientras sus caderas se movían inconscientemente contra el colchón, como si persiguieran el fantasma de mis embestidas.

Me sentí alegre por ello. Hasta la primera vez que estuvimos juntos, la estancia de Celeste en Melbourne había sido un tedio; su aburrimiento era tan denso que podría haberse asfixiado con él. La obsesión de Reginald por el trabajo la había dejado varada en la habitación del hotel como una maleta olvidada: desempacada, sin usar. Aquella primera tarde en que la encontré en el vestíbulo corporativo, girando el anillo de bodas alrededor de su dedo mientras miraba las puertas del ascensor como si pudieran entregarle mágicamente a su marido, casi pasé de largo. Pero entonces se abrió, clavó esos ojos avellana en mí (no suplicantes, sino simplemente cansados) y dijo:

• Me he dejado las llaves dentro del hotel. Como una completa boba.

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Sin teléfono, sin tarjeta, solo una blusa de seda arrugada por el nerviosismo. Ayudarla a entrar de nuevo en esa habitación se sintió menos como un acto de caballerosidad y más como forzar la apertura de una jaula. Cuando me besó junto al minibar, sus labios sabían a alivio.

Ahora, después de casi dos meses de intimidad, Celeste ha florecido convertida en un ser radiante y sexual. Lo habíamos hecho por toda su habitación de hotel y en diferentes poses, sin mencionar que le emociona hacerme felaciones en lugares públicos, tal como hace Marisol. Y, aun así, mis sentimientos hacia ella no son más profundos que una modesta camaradería.

Una vez que la hinchazón desapareció y pude retirarme, Celeste miró fijamente mi miembro y el condón, con la mirada clavada en la forma en que el látex se adhería a mí, aún lubricado por ella.

El aire acondicionado zumbaba suavemente mientras yo anudaba el condón, el látex girando bajo mis dedos como un globo desinflado. La voz de Celeste cortó el silencio, vacilante y extrañamente formal, como si estuviera pidiendo el té de la tarde en lugar de pedirme que la follara sin protección.

• Marco, hay algo que me inquieta y que he querido preguntarte desde hace tiempo...

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Arrojé la goma enrollada al cubo de basura junto a la cama; la bolsa de plástico crujió al caer.

- ¿Sí?

Al girarme, la sorprendí mordiéndose el labio inferior, con sus ojos color avellana evitando los míos. La rejilla del aire acondicionado sobre nosotros suspiró un aire fresco sobre mis hombros húmedos, provocando un escalofrío a su paso.

Sus dedos tironeaban de las sábanas arrugadas, mientras se mordía el labio inferior y bajaba la mirada.

• Me he estado preguntando... si tal vez...

Un rubor trepó por su cuello, rosado como el tono frambuesa de sus labios. Inhaló bruscamente por la nariz, cuadrando los hombros como si se estuviera preparando para una batalla.

• ¿Podríamos hacerlo... sin que uses preservativo?

Las palabras salieron disparadas en un torrente, con su acento británico recortando las sílabas.

Sus palabras me golpearon como una bofetada en la cara. No del tipo juguetón que Marisol me da cuando la molesto demasiado; este era el tipo de bofetada que te deja los oídos zumbando. Parpadeé, seguro de haber oído mal.

• ¿Qué? - La palabra salió plana, mi voz despojada de su tono habitual.

Celeste se mordió el labio, los dedos retorciendo la sábana entre nosotros.

• ¡Solo una vez! ¡Lo prometo!

Su voz subió de tono, ese acento sofisticado deshilachándose en los bordes. Extendió la mano hacia mí, presionando su palma contra mi pecho como si pudiera estabilizarme físicamente.

• A decir verdad... hace bastante tiempo que no lo hago usando condones...

La risa que escapó de mí sonó más bien como una tos.

- ¡Sí, porque estás casada!

Mis manos buscaron mi cabello, agarrándolo con fuerza como si fuera a arrancármelo. Dios, podía sentir cómo me subía la presión arterial. Esta no era la negociación habitual de los miércoles (el '¡Más fuerte!' o '¡Más lento!' o '¡Contra la ventana, sí, justo así!'); esto era territorio desconocido con ella. Un área en la que no estaba tan seguro de aventurarme todavía...

Bufó con exasperación, como si no estuviéramos hablando en la misma frecuencia. Sus dedos se clavaron en mi antebrazo, con las uñas presionando justo al límite del dolor.

• Reggie nunca los usa... - me reprendió, como si aquello fuera la cosa más obvia del mundo.

Su acento hacía que sonara casi primorosa, como si estuviera corrigiendo mis modales en la mesa en lugar de proponerme sexo imprudente.

- ¡Sí, porque es tu marido! - respondí bruscamente, con la voz descendiendo a ese tono rasposo que solía hacer estremecer a las mujeres.

A Celeste no; ese día no. Sus ojos avellana se entrecerraron y ese labio inferior carnoso sobresalió en un puchero tan exagerado que casi esperaba que zapateara con el pie. La escena habría sido risible si no tuviera la verga todavía medio erecta contra el muslo, palpitando ante la pura audacia de su petición.

- ¡Mira! - suspiré, midiendo mis palabras como si estuviera explicando el manejo de explosivos a un minero novato en la obra. - No es que no quiera… (Mis dedos acariciaron suavemente sobre su hueso de la cadera, sintiendo el calor húmedo de su piel.) Para serte honesto, es molesto ponerse uno cada vez que follamos. (Su respiración se detuvo ante la palabra vulgar y sus muslos se apretaron reflejo.) Sin embargo… (continué, levantándole la barbilla para que me mirara a los ojos.) dudo que estés tomando anticonceptivos... (Sus pestañas parpadearon, una señal reveladora de que no había considerado esto.) Y para que lo sepas… (añadí, observando cómo amanecía la comprensión en ella) La primera vez que mi esposa y yo tuvimos sexo sin protección, la dejé embarazada de gemelas.

Celeste contuvo el aliento; un pequeño y brusco jadeo que hizo que sus pechos se elevaran contra mi brazo. Por un segundo, pareció que le hubiera dado una bofetada, con esos ojos avellana abriéndose antes de bajar la mirada hacia mi verga, aún húmeda, apoyada contra mi muslo. Luego, lentamente, sus labios se curvaron en una sonrisa que era a partes iguales travesura y hambre.

• ¡Oh, Marco! – murmuró educada, mientras sus dedos jugaban con mi pecho. - ¿Desde cuándo te importa a ti respetar mi matrimonio?

54: Entrega informal III (Parte I)

Sus palabras se sintieron como si hubiera chocado contra un muro. Sin embargo, su actitud hacia los condones me transportó a los primeros días con Marisol: aquellas tardes a escondidas en el dormitorio de su infancia mientras sus padres pensaban que estábamos estudiando, sus quejas constantes sobre cómo los condones "le quitaban la magia". En aquel entonces, yo también me había negado, convencido de que ella merecía a alguien mejor que un nerd virgen de la universidad que podría dejarla embarazada y encadenarla a una vida que no deseaba. Es curioso cómo resultan las cosas: cuatro hijos después, con un quinto en camino mientras yo argumentaba con hacerme la vasectomía, y aquí estaba yo, sermoneando a Celeste sobre la responsabilidad como si fuera un santo hipócrita.

• Es solo que... - Celeste se giró sobre su costado, apoyando la cabeza en una mano mientras la otra bajaba por mi vientre, con las yemas de los dedos deslizándose peligrosamente cerca de donde yo ya empezaba a excitarme de nuevo. - Tengo curiosidad. (Su voz bajó hasta convertirse en un susurro, con los labios rozando mi oreja.) Cada vez que te corres dentro de mí… incluso a través del preservativo… puedo sentirlo. Mucho más caliente que los pequeños chorros de Reggie. (Su lengua acarició mi lóbulo, y sus dientes mordisquearon justo lo suficiente para hacerme gemir.) Quiero saber cómo se siente... sin filtros.

Mi risa salió estrangulada. Dios, no estaba jugando limpio; no con su rodilla deslizándose entre las mías, ni con ese acento sofisticado que convertía la suciedad en poesía. Pero cuando giré la cabeza para encontrar su mirada, el hambre cruda que había allí me sobresaltó. Esto no era solo un capricho temerario; Celeste había pensado en esto. Probablemente había fantaseado con ello mientras su marido roncaba a su lado. Esa comprensión envió una descarga de calor directo a mi miembro.

Durante el tiempo que pasamos juntos, aprendí que no solo era más joven y estaba más cachondo que Reginald, sino que también estaba más dotado y tenía el pene más grueso que él. Y ahora, aparentemente, mi descarga era más copiosa que la suya. El pensamiento debería haberme hecho sonreír con suficiencia; en cambio, se instaló incómodamente en mis entrañas.

Exhalé bruscamente, incorporándome contra el cabecero. El aire acondicionado zumbaba con más fuerza, enfriando el sudor de mi espalda mientras los dedos de Celeste danzaban por mi muslo.

- Entiendes… - dije lentamente, atrapando su muñeca antes de que pudiera distraerme más. - Que si hacemos esto, no hay vuelta atrás, ¿Verdad? (Su pulso saltó bajo mis dedos.) Marisol era igual; una vez que lo probó al natural, rechazó los condones para siempre.

Celeste parpadeó, con los labios entreabiertos en un suspiro silencioso. Luego, con la lenta precisión de un movimiento de ajedrez, se giró sobre el estómago, apoyando la barbilla en las manos. Las sábanas se amontonaron en la zona lumbar, enmarcando la curva de su columna.

• ¡Hablas en serio! - murmuró, más como una afirmación que como una pregunta.

- El sexo se vuelve infinitamente mejor. -continué con tono serio. - Y ni tú ni yo querremos volver a usar protección.

Celeste volvió a suspirar; ese pequeño jadeo agudo que soltaba cada vez que la sorprendía en la cama. Sus dedos se apretaron contra la sábana, dejando los nudillos pálidos.

- Estoy intentando ser el hombre más maduro aquí para mostrar al menos un esfuerzo de respeto hacia tu matrimonio. - dije, observando cómo sus pupilas se dilataban a medida que mis palabras calaban.

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El silencio se prolongó entre nosotros, llenado solo por el zumbido distante del tráfico de Melbourne veintitrés pisos más abajo. Los dedos de Celeste se agitaron contra las sábanas de algodón egipcio (esas estúpidamente caras que el hotel brinda para clientes refinados) antes de que, de repente, se incorporara, montándose sobre mí con una determinación que hizo que mi miembro, medio erecto, palpitara contra su muslo.

- Así que dejo en tus manos la decisión de cómo proceder.

Los labios de Celeste se entreabrieron ligeramente, mientras sus dedos seguían jugando cariñosamente mi pecho. El silencio se prolongó entre nosotros, denso por el peso de lo que ella estaba considerando.

• ¡Haces que parezca que voy a firmar un contrato con sangre! - exclamó, pero había un destello de entusiasmo en sus ojos.

Exhalé bruscamente por la nariz.

- Más bien como un boleto de ida, aunque en cierto modo lo es. ¿Alguna vez has intentado volver al café instantáneo después de beber el real?

Ella se rió (un sonido brillante y sorprendido), pero la risa murió rápidamente. Sus dedos se quedaron quietos.

• ¡No lo sé! - admitió, y su voz británica sonaba a la vez dulce y vulnerable. - ¡Nunca me había sentido así mientras tenía sexo...!

Me sonrojé. Aunque ahora, siendo un adulto hecho y derecho y un hombre de familia, de alguna manera me había convertido en un “donjuán”. Pero en aquel entonces, cuando los tiempos eran más sencillos y Marisol y yo solo estábamos saliendo, solía creer que era simplemente promedio en la cama y realmente me esforzaba por complacerla todo lo posible. En esos tiempos, medía mi resistencia por cuántos elementos de la tabla periódica podía recordar antes de correrme. Hoy en día, las mujeres la miden por cuántas veces se corren ellas primero, una métrica en la que, al parecer, había estado sobresaliendo sin darme cuenta.

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Aun así, mujeres como Celeste me miran así más a menudo ahora; como si hubieran descubierto algo en mí que vale la pena saborear, siendo su única duda si yo las dejaré deleitarse.

El aire acondicionado zumbaba débilmente, empujando aire fresco sobre nuestra piel húmeda. El pulso de Celeste latía visiblemente en su garganta: un aleteo rápido que yo podía sentir donde su muslo presionaba contra el mío. Sus dedos retomaron sus jugueteos ociosos, aventurándose esta vez más abajo, rozando la punta de mi ardiente pene. La sensación me provocó una sacudida, pero la tomé suavemente de la muñeca.

- ¡Estás pensando demasiado! - exclamé, observando el juego de la luz de la lámpara sobre sus pómulos.

Ella arrugó la nariz.

• ¡Tú eres quien hizo que pareciera un maldito pacto fáustico! - Su acento envolvía las palabras, haciéndolas sonar casi juguetonas a pesar de la gravedad de lo que estábamos discutiendo.

Una risa contenida retumbó en mi pecho.

- Solo soy honesto. Tú preguntaste.

El colchón se hundió cuando ella se giró sobre el estómago, apoyándose en los codos. Las sábanas susurraron contra su piel, un sonido como de hojas secas. Su mirada bajó y luego volvió a mi rostro con una coquetería deliberada.

• ¿Y si...? (se humedeció los labios.) ¿Y si prometo empezar a tomar las píldoras antes del próximo miércoles?

Arqueé una ceja.

- ¿Conseguirías una receta tan rápido?

• Clínica privada. - Su sonrisa era pura astucia. - El seguro de Reggie cubre consultas discretas.

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Balanceó las caderas ligeramente, un movimiento que presionó su muslo desnudo contra mi erección creciente.

• Aunque tendría que empezar a tomarlas el mismo día para que sean efectivas la próxima semana. - Sus dedos recorrieron mi pecho, deteniéndose justo antes de la clavícula. - Lo que nos deja con el... dilema de hoy.

La mención de su marido me revolvió el estómago ligeramente. Me incorporé, haciendo que el cabecero crujiera detrás de mí, y busqué el vaso de agua sobre la mesa de noche. El hielo se había derretido, dejándolo tibio. Celeste me observaba beber, sus ojos siguiendo el movimiento de mi nuez.

- ¡De verdad te estás planteando esto! - dije, dejando el vaso con un clic.

Sus dedos tironeaban de un hilo suelto del edredón.

• ¿Sabes cuánto tiempo ha pasado desde que Reggie me tocó sin mirar primero su reloj? ¿O sin pensar que tiene que llegar temprano al trabajo?

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La amargura silenciosa en su voz me hizo mirarla. La vulnerabilidad había regresado: cruda e inesperada. Afuera, un coche tocó la bocina tres pisos más abajo, el sonido amortiguado por las ventanas de doble cristal. El reloj digital de la mesa de noche cambió de las 3:42 a las 3:43PM.

Pero la tapa de su caja de Pandora estaba abierta y ella comenzó a desahogar su frustración...

• Además, aunque su tamaño parecía considerable... no duraba mucho... - la voz de Celeste bajó hasta convertirse en un susurro, mientras sus dedos trazaban el contorno de mi muslo donde la sábana se había deslizado. - La mayoría de las veces, yo tenía que terminar lo que él no lograba... y para entonces, él ya estaba roncando ruidosamente. (Soltó una risa suave y sin humor que no llegó a sus ojos.) Y luego, estás tú...

Sus ojos color avellana me miraban, de la misma forma que Marisol lo hacía (y sigue haciendo) después de que empezáramos a salir: esa mirada líquida y curiosa que atraviesa todas tus defensas y encuentra al animal que hay debajo.

54: Entrega informal III (Parte I)

Solo que esta vez, Celeste no estaba admirando las manos vacilantes de un chico universitario; estaba mirando a un hombre adulto cuyo miembro ya se estaba endureciendo de nuevo solo por la suciedad que brotaba de su boca sofisticada.

• ¡Haces que me corra una, dos, tres veces! - murmuró, mientras sus dedos se deslizaban por mi esternón. - y sigues dando en el punto exacto como si tuvieras un GPS instalado en las caderas. (La sábana se tensó entre nosotros cuando tuve un espasmo, y su risa se sintió cálida contra mi cuello.) ¡Me estiras hasta el punto en que me siento viva y plena...! (Su lengua salió brevemente para humedecer sus labios.) Y aun así actúas como un caballero, asegurándote de que esté bien después. (Su palma se deslizó más abajo, con los dedos envolviéndome hasta hacerme gemir.) Así que es normal que una chica como yo se pregunte... ¿Qué tan bien se sentiría ser llenada por tu semen?

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Las palabras me atravesaron como un taladro sobre roca sólida. Mi miembro dio un salto en su agarre, con un relieve inconfundible incluso a través de la sábana. El aliento de Celeste se agitó; no por el tamaño (ya me había tomado las veces suficientes para saber qué esperar), sino por la inmediatez de mi reacción. Sus dientes se hundieron en ese mullido labio inferior, manchando ligeramente el brillo color frambuesa mientras observaba la tela moverse contra sus dedos.

• Entonces, ¿Por qué no lo intentamos...? (Su voz bajó hasta convertirse en un susurro sensual, mientras su pulgar rodeaba la cabeza con cadencia), solo una vez... ¿Para ver qué se siente?

La pregunta quedó entre nosotros, tan ferviente como una plegaria.

Pero eso era la raíz de todo. Había escuchado la misma pregunta (o alguna variación de ella) docenas de veces antes. Y siempre era el punto de no retorno. Una vez que cruzabas esa línea, ya no había vuelta atrás a las barreras de látex y a ese tenue olor a goma que se quedaba pegado a los dedos después. Te volvías responsable; no solo de tu propio placer, sino de rastrear ciclos de fertilidad, recordar horarios de pastillas y mantener anticonceptivos de emergencia guardados en la billetera como una versión obsesiva de una máquina expendedora de condones.

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Sin embargo, internamente, estaba procesando todo el espectro de nuestras acciones. Aunque detesto a Reginald por ser un imbécil arrogante y condescendiente, mi intención nunca fue sabotear su matrimonio; solo disfrutar de su esposa descuidada mientras Edith se recuperaba y retomaba su puesto como CEO de nuestra sucursal. Pero el regreso de Edith era inminente: los susurros corporativos crecían cada semana, y la postura cada vez más tensa de Reginald durante las reuniones traicionaba sus nervios desbordados. Si Edith regresaba, Celeste y Reginald desaparecerían de vuelta a Inglaterra como fantasmas, dejando atrás solo recibos de habitaciones de hotel y el calor fantasma de mis muslos alrededor de sus caderas, mientras Reginald seguiría descuidándola sexualmente.

El aire acondicionado se encendió de nuevo, y su zumbido ahogó el tráfico distante de Melbourne mientras yo estudiaba el rostro de Celeste: el leve temblor de su labio inferior, la forma en que sus dedos se apretaron contra la sábana. El aroma a sudor y sexo aún se aferraba a nosotros, mezclado con el frescor de la lencería del hotel y algo vagamente floral; su champú, quizá.

Exhalé lentamente, frotando el pulgar sobre la condensación del vaso de agua.

- ¿Te das cuenta de que, si hacemos esto, las cosas cambian? - pregunté, dándole mi última advertencia. Los cubitos de hielo tintinearon al dejar el vaso.

Celeste se movió, y la sábana se deslizó revelando la curva de su cadera.

• ¿Cambian en qué sentido?

- Se acabó el fingir que esto es solo una aventura. - Atrapé su muñeca antes de que sus dedos pudieran bajar otra vez. - Empiezas a ansiarlo: el calor, la forma en que late dentro de ti. Lo siguiente que sabes es que estás fingiendo migrañas para evitar los avances de Reginald y que así te deje en paz.

Su garganta se movió al tragar saliva.

• Lo dices como si él realmente lo hiciera...

Sus dedos se flexionaron contra los míos; no intentaba soltarse, solo ponía a prueba la resistencia. El pulso en su muñeca aleteaba como un pájaro atrapado. El silencio se prolongó entre nosotros, llenado únicamente por el zumbido del minibar y el pitido distante del ascensor del hotel.

La verdad en sus ojos llegó tan brusca como el golpe de un martillo. Aunque Reginald le brindaba compañía (ella todavía lo llamaba “Reggie” en los momentos más tiernos), ella había sido quien perseguía la intimidad. Quizás era que él rozaba los cincuenta, o el estrés que esculpía surcos en su frente más profundos que los pozos de una mina, o simplemente porque el hombre era un imbécil de primera categoría. Pero hasta que nuestros caminos se cruzaron, Celeste había doblado sus deseos en cuadrados perfectos, guardándolos como servilletas sin usar en una cena formal.

- Lo es, si no estás preparada para lo que viene después.

Mis palabras se asentaron entre nosotros como el polvo tras un derrumbe: el regreso de Edith acechando, el traslado de Reginald pendiente, nuestro inevitable adiós esperando entre bambalinas como el final de una ópera trágica.

Celeste se giró sobre su costado, y su rodilla rozó mi muslo en un susurro de piel contra piel. La luz de la lámpara iluminó los vellos dorados de su antebrazo, convirtiéndolos en filamentos de cable de cobre.

• ¿Y si no me importa el después? - Su voz vaciló en la mentira.

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- A todo el mundo le importa el después. - La punta de mi dedo trazó la delicada espiral de su oreja, sintiendo cómo el escalofrío se propagaba por su cuerpo. - ¿Crees que no me he fijado en cómo saltas cada vez que vibra tu teléfono? ¿O en cómo siempre miras el reloj antes de desabrocharme los pantalones?

Mi pulgar presionó suavemente debajo de su mandíbula, inclinando su rostro hacia arriba.

Ella se tensó. El reloj digital marcó las 3:47.

Celeste bajó la mirada. La verdad era que Reginald nunca enviaba mensajes significativos; solo notificaciones cortantes de "TRABAJANDO HASTA TARDE" y recordatorios para pedir el servicio de habitaciones. En su mente, el papel de Celeste como esposa era esperar como una perrita bien arreglada, no desordenar la suite. Lo cual, irónicamente, nos daba horas de libertad para follarnos cada centímetro de ella.

• Solo... lo quiero. - dijo finalmente con un suspiro cansado, sintiendo que ella era consciente del peso detrás de su petición.

La besé suavemente, tomándola por sorpresa. Sus labios sabían ligeramente a Earl Grey y a algo más penetrante: desesperación, tal vez. Se puso rígida contra mí durante medio latido antes de fundirse en el beso con un suspiro que estremeció sus costillas. Cuando me separé, sus ojos avellana estaban muy abiertos, con las pupilas dilatadas por el deseo. Mi verga ardía contra su muslo, ya totalmente dura de nuevo: una respuesta más clara que las palabras. No íbamos a volver al látex...


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