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Compendio III
53: DEPURACIÓN Y PRUEBAS DE SOFTWARE
Era un día de junio frío y gélido, con una lluvia torrencial que lavaba todo el centro de Melbourne. Yo trabajaba bastante relajado, disfrutando del sonido de las gotas de lluvia golpeando suavemente las ventanas de mi oficina, cuando la puerta se abrió y Cassidy entró marchando.

Su cola de caballo se balanceaba como un péndulo mientras se inclinaba sobre mi escritorio; el aroma a algodón cálido y algo vagamente cítrico atravesaba el aire viciado de la oficina. Una gota de sudor se deslizó por su cuello y desapareció en la tela húmeda que se pegaba a su pecho. Mi hoja de cálculo, de repente, parecía irrelevante.
Llevaba una camiseta blanca ajustada que se ceñía a cada curva como una segunda piel; la tela húmeda se volvía translúcida donde el sudor la había empapado. Los pantalones cortos de mezclilla deshilachados que subían por sus muslos hicieron que se me secara la garganta, hasta que noté las manchas de grasa de la sala de servidores en sus rodillas desnudas. Pero lo más sorprendente era que estaba mojada, no por la lluvia, sino por sudor real, haciendo que su camiseta fuera casi transparente.
Me recosté en mi silla, el cuero crujiendo bajo mi peso mientras observaba la vista de su camiseta húmeda pegándose a cada relieve y curva de su torso. El aire acondicionado zumbaba suavemente sobre nosotros, sin lograr mitigar el calor que ella había traído consigo.
- Parece que acabas de correr un maratón. - dije, asintiendo hacia el sudor que brillaba a lo largo de su clavícula.
• ¡Hola, vaquero! - saludó ella con ese encantador acento texano, marchando hacia mi escritorio como si fuera la dueña del lugar.
La forma en que se balanceaban sus caderas hacía que los bordes deshilachados de sus pantalones cortos ondularan peligrosamente alto.
• Necesito tu set particular de habilidades por un ratito. - Se inclinó hacia adelante, apoyando las palmas en mi escritorio, haciendo que la tela, ya de por sí translúcida, de su camiseta de tirantes se tensara contra su pecho. - ¿Te animas a acompañarme, corazón?
Me recliné en la silla de mi escritorio, con una ceja levantada y contemplándola plenamente.
- ¿Ya te olvidaste de mi nombre?
Cassidy se posó en el borde de mi escritorio, sus glúteos redondeados expandiéndose como una canasta. El aroma de su cuerpo con olor a vainilla mezclado con el sudor era intenso: un cóctel embriagador que hacía que mis dedos se agitaran contra los reposabrazos.
• ¡No, no me he olvidado, *pookie*! - respondió ella, golpeando mi escritorio con impaciencia. El agudo tap-tap de sus uñas puntuaba cada sílaba. - ¡Pero llamarte "Marco" todo el tiempo se vuelve aburrido rápidamente, pastelito!
Su sonrisa se ensanchó mientras balanceaba una pierna, y el talón de su zapatilla rozó mi espinilla.
No podía discutir sus apodos; Cassidy tenía un don para retorcer el lenguaje y convertirlo en algo lúdico e íntimo. El año pasado, después de que finalmente nos conociéramos cara a cara tras la pandemia (y nos diéramos un buen par de sesiones de sexo para ponernos al día), empezó a llamarme de todo, desde "osito de azúcar" hasta "gran bronco". ¿La ironía? Se había olvidado de mi nombre real la primera vez que nos vimos durante sus prácticas hace casi 4 años. Probablemente debido a su constante coqueteo a través de nuestras videoconferencias.
Ella exhaló bruscamente, abanicándose con una mano mientras la otra golpeaba mi escritorio con un golpeteo acelerado. A pesar de que el aire acondicionado soplaba a 20°C, su piel aún brillaba con una capa de sudor. El aroma húmedo de su esfuerzo se mezclaba con algo vagamente eléctrico; probablemente ozono, proveniente de los servidores sobrecalentados con los que había estado luchando.

• ¿Tienen un termostato aquí o es simplemente un maldito adorno? - protestó, pero noté la forma en que sus pezones presionaban contra esa tela blanca y húmeda.
Las curiosidades eran su especialidad.
- En fin… —continuó, estirando los brazos sobre la cabeza de una manera que hizo que su camiseta se subiera, dejando al descubierto una franja de abdomen tonificado y la cintura de sus bragas: encaje negro, porque claro que lo eran. - Necesito tu ayuda, cowboy. He estado trasteando con una base de datos nueva para tus peones en los sitios de excavación. Hay algunos detalles (su sonrisa se volvió maliciosa) que necesitan pulirse. Pensé que serías el hombre ideal para el trabajo.
Me incliné hacia adelante, con los codos sobre el escritorio, observándola. La forma en que pronunció "trabajo" se curvó en su lengua como una promesa.
- ¿Y qué te hace pensar que estoy calificado?
Cassidy puso los ojos en blanco con tanta fuerza que casi pude oírlo.
• ¡Ay, por favor! Eres el único traje que conozco con experiencia de campo en este asunto. -dijo con su habitual acento texano. - Llevo toda la semana sudando como cerdo engrasado y no logro que el maldito sistema funcione correctamente. ¡Así que pensé en ti, claro, cielo! (bajó las piernas de mi escritorio y aterrizó con un golpe seco, agarrándome la muñeca antes de que pudiera protestar.) - ¡Ahora vamos, chico citadino! ¡Es hora de galopar!

Eso explicaba por qué se veía tan exhausta y sudada.
- ¡Llévame! - dije, dejando de lado mi propio trabajo.
Aunque había estado en el piso 14 un par de veces, la bóveda de la sala del servidor maestro era algo salido de una pesadilla de ciencia ficción: fila tras fila de imponentes bastidores de servidores zumbando como colmenas enfurecidas, con sus luces indicadoras parpadeando en patrones erráticos. El calor me golpeó como un impacto físico en el momento en que Cassidy deslizó su tarjeta de acceso; una pared de aire húmedo y sofocante que olía a cables quemados y al más leve rastro de su jabón corporal de vainilla luchando contra el hedor industrial. Mi camisa se pegó a mi espalda antes de que hubiéramos dado tres pasos adentro.

- ¡Cielos! - murmuré, arremangándome las mangas y desabrochándome la camisa y la corbata. - ¿Te pagan un bono de riesgo por trabajar en esta sauna?
Ella sonrió con picardía mientras se inclinaba sobre la terminal que había preparado para nosotros.
• ¡Ahora ya sabes que no me visto como una putita solo para tus ojos lujuriosos! —dijo Cassidy en tono juguetón.
(Now you know I ain't dressin' slutty jus' for yer horny eyes!)
En el momento en que se inclinó sobre la terminal, las luces LED del techo capturaron el brillo húmedo de sus hombros, haciendo que su piel reluciera como mármol pulido. Sus pantalones cortos se subieron aún más, revelando las curvas en media luna de su trasero, apenas contenidos por un encaje negro. El calor del cuarto de servidores nos presionaba como algo vivo: espeso, húmedo y vibrando con el zumbido de la maquinaria trabajando horas extra.

• ¡Muy bien, cielo! - murmuró, con los dedos volando sobre el teclado con una soltura nacida de largas horas sometiendo códigos tercos. - ¿Este bastardito de aquí? (Señaló con fuerza la pantalla, donde líneas de códigos de error parpadeaban en un rojo colérico.) No deja de montar un numerito cada vez que simulamos condiciones de carga. Como una mula pateando el poste de una valla.
Me acerqué más; el calor que emanaba de su cuerpo se mezclaba con la calidez opresiva de la sala de servidores. Mi antebrazo rozó el suyo, con su piel resbaladiza por el sudor y caliente como si tuviera fiebre. Ella no se apartó; simplemente se movió ligeramente, presionando más, como si invitara al contacto.
- ¡Déjame ver los diagnósticos! – Le pedí, entornando los ojos ante los archivos de registro que inundaban la pantalla en cascada.
Antes de que pudiera dar sentido a los datos, la pantalla parpadeó y, de repente, la imagen generada por IA de un hombre ridículamente musculoso y medio desnudo, con un casco de minero y nada más, llenó el monitor. Él sonreía con suficiencia frente al fondo de una mina subterránea, con el pico colgado al hombro como un accesorio fálico.

• ¡Perdón, cielo! - gorjeó Cassidy, tecleando un código a toda velocidad para desbloquear su portátil.
La pantalla volvió a mostrar su desordenado escritorio, repleto de accesos directos y carpetas etiquetadas con cosas como "¿PROBABLEMENTE IMPORTANTE??" y "NO BORRAR (en serio)". Me dedicó una sonrisa que era a partes iguales picardía y desfachatez.
• ¡Una chica tiene que desconectarse en su tiempo libre!
Lo que más me impactó fue lo inquietantemente que el físico del minero reflejaba el mío: hombros más anchos, la misma mandíbula cuadrada, incluso la longitud de su polla era como la mía. Solo que... más joven, absurdamente musculoso y brillante por un sudor digital. Parpadeé frente a la pantalla.
- Cassidy, ¿Qué demonios es eso?
• ¡Software de motivación mediante visualización! -exclamó ella, tecleando un comando rápido que hizo que el minero guiñara el ojo antes de desaparecer.
La pantalla cambió a una interfaz blanca y estéril, con filas de código irregular deslizándose como fichas de dominó cayendo.
• ¡Es un algoritmo personalizado! ¡Les pone cara a los datos! Lo hace más... atractivo. - Su sonrisa era pura travesura.
Su falsa jerga computacional no funcionaba conmigo…
• ¡Todo tuyo! - dijo ella, dando un paso atrás una vez aceptado el código; su codo rozó mis costillas de una manera que no podía ser accidental.
La pantalla de la terminal parpadeó, y el minero absurdamente fuerte desapareció con un guiño mientras filas de código irregular lo reemplazaban. La interfaz del software de minería floreció en la pantalla: un centro de datos elegante donde los gestores del sitio podían subir informes, métricas de producción y solicitudes de maquinaria. Funcional. Impresionante.
Cassidy sonrió con orgullo mientras yo empezaba a explorar sus funciones, sus dedos marcando un ritmo excitado contra su muslo. La pantalla se reflejaba en sus amplios ojos verde uva, haciéndolos brillar como esmeraldas retroiluminadas.

• Llevo pensándolo desde el año pasado. - dijo, dándome un toque en el hombro con el suyo. Una gota de sudor bajó por su sien, desapareciendo entre los mechones húmedos de cabello que enmarcaban su rostro. - Todo ese asunto de las finanzas te tenía completamente atado y atrapado como un cerdito. Pensé que te merecías una hoja de cálculo más bonita.
Me reí entre dientes, desplazándome por la interfaz: elegante, intuitiva, muy distinta a los múltiples softwares de plataformas corporativas con los que había estado luchando. La creación de Cassidy era elegante en su simplicidad: menús desplegables que se abrían como origami, datos en tiempo real transmitiéndose en fuentes nítidas. La subdivisión de los 117 emplazamientos australianos en regiones de la costa oeste y este era particularmente ingeniosa, codificada por colores como un mapa topográfico. Mi cursor flotó sobre Broken Hill, el sitio donde pasé un par de años con el agua al cuello en polvo rojo y grasa de maquinaria antes de escalar la jerarquía corporativa. Un clic, y…
• ¡Maldita sea! ¿Ves? ¡Esto es lo que pasa! - dijo Cassidy mientras la pantalla se bloqueaba en una barra de progreso de descarga, arrugando la nariz con una frustración exagerada.
La barra brillante pulsaba hipnóticamente (18%... 19%), mientras los ventiladores zumbaban como abejas agotadas.
• ¡El sistema se actualiza cada vez que buscas un sitio particular! ¡Agota todo el maldito servidor! - Arrastró las palabras en una queja lánguida mientras se abanicaba con una mano.
- ¿Ah, sí? - pregunté, observando que la barra de progreso se detuviera en el 23%, mientras las rejillas de la laptop exhalaban una débil ráfaga de aire caliente.
Ni siquiera había cargado el esquema del sitio de Broken Hill que yo buscaba con tanta emoción y, lo que era peor, la laptop entera se había bloqueado en el proceso. El muslo de Cassidy presionó contra el mío mientras se inclinaba, y su piel húmeda por el sudor se pegaba a mis pantalones.
- ¿Entonces qué hacemos ahora?
Cassidy sonrió; fue una sonrisa lenta, melosa, como el amanecer sobre un campo de trigo. Sus dedos trazaron líneas suaves sobre mi rodilla, subiendo un poco más con cada recorrido.
• Bueno, cielo... - el zumbido de la sala de servidores bajó momentáneamente, como si estuviera escuchando a escondidas. - Nada nos impide pasar un buen rato... (Su meñique se enganchó en el pasador de mi cinturón, tirando suavemente.) A menos que te asuste un poco de calor.

Antes de que me diera cuenta, Cassidy estaba bajando la cremallera de mis pantalones con la soltura practicada de alguien que había hecho esto cien veces; lo cual, dado nuestro historial, no estaba lejos de ser la verdad. El choque del aire frío contra mi miembro medio rígido me hizo dar un respingo, pero sus manos ya estaban allí, cálidas e insistentes. Una palma acunaba mis testículos con un apretón posesivo mientras la otra acariciaba el eje en bombeos lentos y apretados.

• ¡Ay, no seas tímido ahora! - murmuró contra el hueso de mi cadera, su aliento soplando sobre una piel que se erizaba de gallina a pesar del calor sofocante de la habitación.

Entonces sus labios me tocaron; no con timidez ni provocación, sino con el enfoque unidireccional de una mujer que sabía exactamente lo que quería. La primera lamida a lo largo de mi miembro hizo que me agarrara al borde del escritorio de la terminal con tanta fuerza que abollé el aluminio. La boca de Cassidy estaba caliente como un horno y lubricada por la saliva, su lengua lamiendo la cabeza de mi pene como si estuviera saboreando el primer bocado de algo decadente. El líquido preseminal goteaba en la ranura, y ella emitió un sonido entre un tarareo y un ronroneo mientras lo limpiaba con la punta de la lengua.

• ¡Mhm! ¡Tu jugo es sabroso, Marco!
La forma en que pronunció mi nombre (como si fuera un secreto solo entre nosotros) me envió una sacudida por la columna. Entonces hizo algo devastador: presionó la punta misma de su lengua contra mi uretra en un toque rápido y vibrante que hizo que mis muslos temblaran.
La boca de Cassidy me hizo pensar en un ternero hambriento succionando la teta de una vaca: succiones húmedas e insistentes que me dejaban palpitando entre sus labios antes siquiera de que me hubiera endurecido por completo. El contraste era obsceno: sus dedos delicados trazando las venas a lo largo de mi miembro mientras su lengua trabajaba en mí con una brusquedad propia de un corral. Mi pene tuvo un espasmo contra su paladar mientras ella hundía las mejillas, succionando con tanta fuerza que mi visión comenzó a nublarse en los bordes.
- ¡Santo cielo! - gemí, enredando mis dedos en su cola de caballo.
La banda elástica se rompió bajo mi agarre, dejando que los mechones rubios cayeran sobre mis muslos como una cuerda deshilachada.
Realmente me sentía atrapado, con ganas de decirle que nos podrían pillar. Pero a medida que succionaba con más y más ansia, me di cuenta de que me había arrastrado a su dominio, como una araña atrapando a una polilla en su telaraña. En resumen, un lugar donde ella ponía las reglas; donde el tenue zumbido de las luces fluorescentes y el giro rítmico de los ventiladores del servidor enmascaraban los obscenos sonidos húmedos de su boca trabajando mi polla. La idea de que alguien pasara su tarjeta de acceso en este momento me provocó una sacudida de pánico, pero los dedos de Cassidy se clavaron en mis muslos como si pudiera saborear mi vacilación, tragándosela junto con mi líquido preseminal.
El zumbido de la sala de servidores se desvaneció hasta convertirse en ruido blanco mientras la boca de Cassidy me llevaba a la máxima erección, su lengua girando en círculos practicados y provocadores. Mis dedos se enredaron en su cabello húmedo por el sudor; en parte para estabilizarme ante la ola de sensaciones, en parte para atraerla más hacia mí. El calor de la habitación pasó a segundo plano frente al calor que se acumulaba en lo bajo de mi vientre, tensándose con cada sorbo y cada gemido que ella soltaba, como si me estuviera saboreando. Una gota de sudor rodó por mi sien, pero no sabía si era por el aire opresivo de la sala o por la forma en que su garganta palpitaba alrededor de mi punta cuando, accidentalmente, empujé demasiado profundo.
Un ventilador de refrigeración particularmente agresivo se encendió en algún lugar detrás de nosotros, lanzando aire caliente contra mi cuello. Cassidy soltó una risita mientras me tenía en su boca, y la vibración envió una sacudida por mi columna, haciéndome sisear entre dientes apretados. Se separó con un chasquido obsceno, con los labios lubricados e hinchados y las pupilas dilatadas a pesar del resplandor de las luces del servidor.
• ¡Relájate, citadino! - murmuró, apartando con el pulgar un hilo de saliva que conectaba su labio inferior con mi miembro. - Nadie va a entrar aquí a menos que yo les dé acceso… (Su sonrisa era pura picardía mientras se inclinaba de nuevo, mordisqueando la piel sensible justo debajo de la cabeza.) Y apagué el maldito intercomunicador.
Y entonces, volvió a bajar. No sabía si pedirle que se detuviera o suplicarle clemencia...
• ¿Sabes? - murmuró, separándose apenas lo suficiente para hablar, con el aliento caliente contra mi piel. - Esta habitación tiene una política *muy* estricta de "prohibido los líquidos"… (Su pulgar se deslizó sobre mi punta húmeda, extendiendo el líquido preseminal a lo largo de mi miembro.) Supongo que somos infractores.
Abrí la boca para replicar, pero la pantalla de la laptop parpadeó: la barra de progreso alcanzó el 70%, una pequeña victoria que casi hace que me viniera en el acto, mientras Cassidy se tragaba mi polla hasta la garganta de un solo movimiento. La estrechez repentina, la forma en que su nariz se presionaba contra mi pelvis, el pequeño sonido ahogado que soltó... Dios, era como ser engullido por terciopelo vivo. Mis caderas dieron un sacudón involuntario y ella tuvo una ligera arcada antes de relajar la garganta y aceptarme más profundamente.
• ¡Estás distraído, cariño! - ronroneó, plantando un beso en el hueso de mi cadera. Sus labios dejaron una huella húmeda en mi piel. - ¡Ninguna caída de servidor ha sido nunca ni la mitad de divertida que esto!
Sus dientes rozaron la piel sensible de mi muslo interno; lo suficiente para hacerme sisear, pero no para hacerme sangrar. El escozor se fundió instantáneamente en un calor palpitante mientras su lengua calmaba la zona. Dios, esta mujer. Cassidy era el sexo encarnado: sus pechos mullidos presionaban contra mis rodillas mientras se encargaba de mí, su cola de caballo balanceándose como un péndulo con cada movimiento de su cabeza. Los desgastados shorts de mezclilla se pegaban a su trasero como una segunda piel, enmarcando unas mejillas lo suficientemente firmes como para que rebotara una moneda. Y Dios, la forma en que se movía... como si hubiera nacido para montar, ya fuera un caballo o mi polla.
Entrelacé mis dedos en su cabello húmedo de sudor, guiándola hacia lo más profundo. Su garganta palpitaba a mi alrededor, caliente y apretada, y por un momento delirante juraría que vi estrellas. El calor opresivo de la sala de servidores se desvaneció por completo comparado con el horno de su boca. Tuvo una ligera arcada cuando golpeé el fondo de su garganta, pero no se apartó; simplemente inclinó la cabeza, dejándome deslizar más profundo hasta que su nariz presionó contra mi pelvis. Sus uñas se clavaron en mis muslos, instándome a seguir.
Entonces… justo cuando la presión en mis entrañas se enrollaba hasta el punto de quiebre… me cortó el paso con un apretón similar a una prensa en la base de mi miembro.
• ¡Todavía no, vaquero! - siseó, retirándose con un chasquido húmedo.
Un hilo de líquido preseminal se estiró entre sus labios hinchados y mi punta brillante antes de romperse. Su pecho jadeaba, con la camiseta ajustada a cada respiración acelerada.
• ¡Esta chica también necesita enfriarse!

Cassidy giró con la gracia de una jinete de rodeo montando un semental, enganchando sus dedos en las costuras deshilachadas de sus pantalones cortos de mezclilla. La tela se deslizó con un susurro, revelando un encaje negro tan transparente que bien podría haber sido seda de araña extendida sobre la curva madura de su trasero. La tanga siguió después (un movimiento de su muñeca, un chasquido del elástico contra la piel) antes de revolotear hacia el suelo de la sala de servidores como un banderín. Su sexo brillaba bajo las luces fluorescentes, desnudo y resbaladizo como un durazno mojado por la lluvia, mientras el aroma de su excitación atravesaba el aire saturado de ozono.
• ¡Tu yegua está lista, mi gran bronco! —se burló ella, arqueando la espalda hasta que su trasero sobresalió hacia mí, redondo y desafiante. El contoneo que hizo no fue solo una invitación; fue una provocación, un reto escrito en el lenguaje de los músculos contraídos y la piel húmeda. - ¡Hazme tuya!
Ella no preguntó por condones. Mis manos encontraron sus caderas, con los pulgares presionando los hoyuelos en la base de su columna mientras me alineaba. El primer empuje fue una revelación: su cuerpo resistió lo justo para hacerme gemir, y luego cedió con un jadeo húmedo y estremecedor que escapó de sus labios. Estaba cerrada como un puño, caliente como las rejillas de escape de la sala de servidores, y tan mojada que podía sentir su pulso envolviéndome al ritmo de las luces parpadeantes del rack.

Obedecí, porque ¿Qué más podía hacer? La primera embestida fue leve, de prueba, pero Cassidy gruñó bajo en su garganta y se empujó hacia atrás contra mí, tomándome hasta la raíz en una sola estocada brutal. Su jadeo se disolvió en un gemido tembloroso mientras su frente se presionaba contra la pantalla de la terminal, emborronando la condensación sobre la barra de progreso congelada. El escritorio de aluminio traqueteó bajo nuestro peso combinado, y su eco hueco se perdió en el zumbido de los ventiladores del servidor.
Su sexo se contrajo alrededor de mí como un puño de terciopelo, apretando lo suficiente como para nublarme la vista.
• ¡Diablos! - gruñí, hundiendo los dedos en la mullida curva de sus caderas.
Los shorts de mezclilla bajo sus rodillas estaban empapados: mitad de sudor, mitad de su propio lubricante. El aroma de su excitación flotaba denso entre nosotros, mezclándose con el olor metálico de la electrónica sobrecalentada y el champú de vainilla que se aferraba a su cabello húmedo.
Cassidy se balanceó hacia atrás contra mí con un gruñido, mientras su trasero rebotaba contra mi pelvis.
• ¡Maldita sea, te sientes increíble! - jadeó, girándose para mirarme a través de sus pestañas. Sus ojos verde uva estaban vidriosos, con las pupilas dilatadas a pesar del resplandor fluorescente. - ¡Ahora deja de dar vueltas como un tractor averiado y fóllame como es debido!

No necesité que me lo dijeran dos veces. La siguiente estocada fue más fuerte, más profunda, empujándola hacia adelante hasta que sus pechos quedaron aplastados contra el teclado. Una cadena de caracteres garabateados se derramó por la pantalla: código sin sentido superpuesto a la barra de progreso congelada. La risa de Cassidy se disolvió en un grito ahogado mientras yo marcaba un ritmo castigador, y los racks del servidor temblaban a nuestro lado con cada golpe de mis caderas.
El escritorio de la terminal chirrió contra el suelo, sus patas de aluminio dejando arañazos irregulares en el revestimiento de epoxi. Los dedos de Cassidy arañaban buscando apoyo, manchando de condensación el monitor.
• ¿V-ves eso? - jadeó, señalando con la cabeza la barra de progreso, que seguía tercamente congelada al 70%. - ¡Hasta la *computadora* sabe que… ¡Ahh!... aún no has terminado!
Su burla encendió una mecha en mí. La levanté de un tirón por la coleta, haciendo que su espalda se arqueara contra mi pecho mientras embestía en ella. El nuevo ángulo la hizo gritar, y su sexo se cerró sobre mí como una prensa.
• ¡Diablos! ¡Diablos!… - Su cabeza cayó pesadamente sobre mi hombro, la piel empapada de sudor deslizándose contra la mía. - ¡Justo ahí, no te atrevas a parar…!
- ¡Válgame, estás más apretada que un tambor! - mascullé, sintiendo que sus paredes pulsaban a mi alrededor.
Cassidy soltó una risa jadeante, girándose para mirarme por encima del hombro.
• ¡No había oído esa antes, jefazo!
Su coleta se pegaba a su cuello en mechones húmedos. Estiró el brazo hacia atrás para clavarme las uñas en el muslo, apretando lo suficiente como para hacerme sisear.
• ¡Deja de parlotear y muévete más rápido!
El ruido ambiental de la sala de servidores (el zumbido de los ventiladores, el clic ocasional de los relés) se desvaneció bajo el sonido de la piel chocando contra la piel. Cassidy apoyó una mano contra el bastidor metálico de un rack, mientras la otra tanteaba a sus espaldas para agarrarme la muñeca y arrastrar mis dedos entre sus piernas.
• ¡Vamos, siente cuánto deseaba esto! - exigió, guiando mi tacto.
Sus pliegues estaban hinchados, empapados; el aroma de su excitación atravesaba el olor estéril a ozono como miel goteando sobre circuitos calientes. Circulé su clítoris con el pulgar, provocando un gemido ahogado mientras sus rodillas flaqueaban. La pantalla de la terminal parpadeó (seguía congelada al 70%), proyectando su perfil sudoroso bajo una luz azul estéril.
• ¡Que se jodan las…que se jodan las actualizaciones! - jadeó Cassidy, desplomándose hacia adelante hasta que su mejilla presionó el teclado. Una cadena de código sin sentido apareció en pantalla. - ¡Justo ahí, justo ahí…!
Su voz se quebró como hardware sobrecargado mientras mi pulgar presionaba con más fuerza su clítoris, y sus caderas se sacudían en círculos erráticos contra mi polla. Los racks de servidores a nuestro lado zumbaron en sintonía, sus ventiladores de refrigeración acelerándose para igualar el ritmo febril de nuestros cuerpos.
La sujeté las caderas con más fuerza, angularmente más profundo… justo ahí, donde su respiración se cortaba en pequeños espasmos cada vez que llegaba al fondo. El calor de la sala de servidores no era nada comparado con el ardor en mis músculos, la forma en que el cuerpo de Cassidy se contraía a mi alrededor como si intentara memorizar la forma de mi polla. Giró la cara lo justo para clavar sus ojos en los míos, con las pupilas dilatadas a pesar del resplandor fluorescente.
• ¿Vas a hacerme…?
No dejé que terminara. Una mano se deslizó desde su cadera, los dedos extendiéndose sobre el algodón empapado de sudor que se tensaba sobre sus tetas. Sin sujetador (Por supuesto que sin sujetador, no con este calor) solo una tela húmeda lo suficientemente fina como para rasgarse si tiraba demasiado fuerte. Su pezón se erizó contra mi palma incluso antes de que apretara, y Cassidy se arqueó hacia mi tacto con un gemido que vibró a través de nuestros dos cuerpos.

• ¡Diablos! ¡Sí…!
La azoté completamente con la palma, con el pulgar trazando círculos sobre el botón rígido a través de la tela. El algodón se adhería a su piel como una segunda capa, empapado de sudor y calor corporal, pero no ocultaba la forma en que sus tetas rebotaban con cada embestida. La respiración de Cassidy se volvió una serie de jadeos irregulares mientras yo le rodaba el pezón entre los dedos, y sus caderas se arqueaban erráticamente.
• ¡Sujétalas como si fueran tuyas, vaquero! - exigió, con la voz quebrándose en un gemido mientras yo obedecía, apretando sus tetas con brusquedad, amasando la carne suave hasta que su espalda se arqueó.
El cuerpo de Cassidy se cerró sobre mí como una prensa mientras llegaba al clímax, con los muslos temblando contra los míos. El olor penetrante de su sudor mezclado con el almizcle del sexo llenó el aire húmedo, superando el aroma estéril de la electrónica. Sus dedos arañaron el teclado, ingresando otra línea de código sin sentido —*"ERR_OVR_LOAD"*— antes de desplomarse contra el escritorio con un suspiro estremecedor.

No bajé el ritmo. El calor entre nosotros era insoportable, el sudor goteaba por mi columna mientras seguía moliéndome contra ella, buscando mi propia liberación. Los ventiladores de refrigeración de la sala de servidores zumbaban impotentemente, circulando un aire cálido que no servía para enfriar el rubor febril del cuello de Cassidy.
• ¡Maldita sea! - balbuceó, con la mejilla aún presionada contra el teclado. - No vas a parar solo porque yo me haya rendido, ¿Eh?
Su risa fue jadeante, su voz ronca. Una mano cayó hacia atrás, con los dedos entrelazándose perezosamente en el vello húmedo de mi pecho.
• ¡Móntame hasta que se me caigan las ruedas, bronco!
Le apreté las caderas con más fuerza, hundiendo los pulgares en los hoyuelos sobre su trasero.
- Tú querías pruebas de campo… - murmuré. - Esto es... ah... una evaluación de resistencia.
Ella se arqueó de nuevo con un gemido cuando golpeé ese punto en lo más profundo de ella, con la espalda tensa como una flecha armada. El bastidor del servidor detrás de nosotros traqueteó levemente cuando el codo de ella lo golpeó, un sonido ahogado por su jadeo.
• ¡Haces trampa! - acusó, pero sus caderas rotaron hacia atrás para recibir mis embestidas, codiciosas. - Usando... *oh, ¡Diablos!*... usando información privilegiada... ¡Ponme a prueba más fuerte, bastardo!

La pantalla de la terminal parpadeó. 70%. Seguía congelada. Seguía burlándose de nosotros.
Cassidy soltó una carcajada, medio histérica.
• ¡No cuentes con ello! - jadeó. - ¡No se moverá ni un centímetro!
Su mano tanteó detrás de ella, con los dedos resbaladizos por el sudor mientras se cerraban alrededor de mi muñeca.
• ¡Vamos, jefazo! ¡Enséñame... enséñame qué tienes antes de que esta maldita cosa se reinicie!
Su cuerpo todavía palpitaba a mi alrededor, hipersensible pero hambrienta. Me incliné sobre ella, pecho contra su espalda empapada de sudor, y mordí la unión de su hombro. Cassidy soltó un chillido y sus uñas arañaron el escritorio.
• ¡Marco...!
La forma en que Cassidy pronunció mi nombre (cruda, desesperada, las sílabas enroscándose en un jadeo) fue tan impactante como la forma en que su coño se contrajo a mi alrededor. Sus paredes pulsaban en espasmos irregulares, ordeñando mi polla con cada exhalación entrecortada. Gemí, con las caderas titubeando mientras mi ritmo flaqueaba. La terminal emitió un pitido agudo; seguía congelada al 70%, impasible a pesar de nuestros esfuerzos frenéticos. Canalicé esa frustración hacia Cassidy, embistiéndola con la fuerza suficiente para hacer que sus rodillas resbalaran sobre el suelo húmedo. Su risa ahogada me indicó que estaba disfrutando cada segundo.

Cassidy giró la cabeza para mirar con furia la obstinada barra de progreso, con la coleta azotándome el pecho.
• ¡Más fuerte, cielo! - exigió, con la voz quebrándose en la última sílaba. El sudor oscurecía la raíz de su cabello y su garganta trabajaba para contener otro gemido mientras yo accedía. - ¡Diablos!... ¡Rómpeme de una vez!
No respondí, no con palabras. Solo un golpe brutal de mis caderas que la mandó hacia adelante, aplastando sus pechos contra el teclado. Se le cortó la respiración y sus dedos buscaron desesperadamente dónde apoyarse mientras yo la mantenía fija en su sitio, embistiéndola con una precisión implacable. El nudo en mis entrañas se apretó más, y el calor sofocante de la sala de servidores convertía cada inhalación en almíbar. La camiseta de tirantes de Cassidy se había subido, revelando los planos tensos de su espalda reluciente. Por impulso, me incliné y lamí una franja a lo largo de su columna (salada, eléctrica) solo para escucharla maldecir.
• ¡Eres sucio! - jadeó, pero empujó hacia atrás con más fuerza, con el culo pegado al mío. - ¿Vas a... vas a...?".

La pantalla de la terminal se burlaba de nosotros: seguía congelada al 70%, con la barra de progreso pulsando perezosamente, como si se riera de nuestros esfuerzos. Ese maldito número se me clavó en el cráneo, provocándome como siempre lo hacía la sonrisita presumida de Cassidy. Apreté los dientes y la follé con más fuerza, buscando el clímax como un minero que persigue una veta de oro enterrada en lo profundo de la tierra. Los bastidores de los servidores traqueteaban con cada embestida, sus armazones de aluminio gimiendo en protesta.
Los dedos de Cassidy arañaban el teclado, con los nudillos blancos.
• ¡Diablos!... ¡Diablos!... - gimió, con la voz quebrándose como circuitos sobrecalentados.
Su sexo se contraía alrededor de mí en pulsaciones erráticas, arrastrándome más profundamente con cada espasmo. El calor entre nosotros era insoportable: su espalda empapada de sudor presionada contra mi pecho, nuestros aromas mezclados espesando el aire húmedo. Esa última embestida (la que me lanzó al abismo) fue menos una decisión consciente y más una rendición primitiva.
Me vine con un gruñido, con las caderas sacudiéndose erráticamente mientras me hundía hasta la raíz. Cassidy se estremeció debajo de mí, hipersensible pero aun ordeñándome, con la respiración convertida en jadeos cortos y entrecortados. El zumbido ambiental de la sala de servidores pareció volverse más fuerte de repente, y el calor se aferró a nuestros cuerpos agitados como una segunda piel.

Durante un largo momento, ninguno de los dos se movió. El único sonido era nuestra respiración agitada y el lejano zumbido de un ventilador librando una batalla perdida contra el aire sofocante. Cassidy se desplomó hacia adelante, con la frente apoyada en el teclado y el cuerpo laxo, a excepción de algún espasmo ocasional en los muslos. Mi polla, aún acomodada dentro de ella, palpitaba al ritmo de sus últimas sacudidas.
Cassidy despegó la mejilla del teclado con un chasquido húmedo.
• Bueno… - arrastró las palabras, con la voz áspera como la grava bajo los neumáticos de un camión. - ¡Depuración *y* pruebas de estrés! ¡Dos pájaros de un tiro!
Señaló perezosamente la pantalla: 70% y, aun así, la barra de progreso se burlaba de nosotros como una mula terca.
• Puede que necesitemos... una sesión de seguimiento. - Sus dedos se contrajeron sobre el teclado húmedo, emborronando la condensación sobre la tecla F9.
Solté una carcajada nasal, todavía enterrado en ella, sintiendo que sus paredes me daban un pulso lento.
- Tus métodos necesitan una revisión de pares… - Las palabras salieron roncas, con la garganta seca como un desierto.
Ella sonrió por encima del hombro, con la coleta deshilachada como una cuerda deshecha y los labios hinchados de tanto contener los gemidos.
• ¡Cariño, por favor! - Sus caderas se agitaron levemente, haciéndome gemir mientras mi polla, hipersensible, daba un respingo en su interior. - ¡Mi tasa de éxito es legendaria!
Las luces parpadeantes de la sala de servidores captaron el sudor que perlaba su cuello, convirtiéndolo en oro líquido.
Nos quedamos pegados, absurdos como dos tortugas apareándose: su espalda presionada contra mi pecho, mis manos sosteniendo sus pechos resbaladizos de sudor a través del algodón húmedo de su sudadera. La tela se había subido durante nuestro frenesí, exponiendo la suave curva de su vientre donde mis dedos se abrían posesivamente. Mi frente descansaba contra los relieves de su columna, escuchando cómo su corazón pasaba de un galope frenético a un trote. Debajo de nosotros, nuestros fluidos mezclados formaban un charco pegajoso sobre el suelo de grado industrial, con mis testículos aun brillando por sus jugos. El aire olía a sexo, sal y placas madre sobrecalentadas.
• ¡Siempre soñé que vendrías a follarme en mi lugar especial! - murmuró Cassidy, con una voz inesperadamente tierna mientras estiraba el brazo hacia atrás para trazar círculos distraídos en mi muslo.
Las palabras flotaron entre nosotros; demasiado suaves, demasiado vulnerables para la esterilidad industrial de la sala de servidores.
Parpadeé. Su «lugar especial» olía a ozono y café derramado, con el suelo repleto de cables Ethernet sueltos y algún que otro tornillo perdido. Pero la sonrisa de Cassidy era genuina, y sus ojos verde uva se arrugaron en las comisuras mientras se giraba para presionar un beso contra mi mandíbula hirsuta.
• ¡Justo aquí! - susurró, mordisqueando el lóbulo de mi oreja. - Donde los servidores zumban como grillos en julio y puedo pensar sola. ¿No es romántico?
Lo absurdo de la situación me arrancó una carcajada justo cuando mi polla, ya perdiendo firmeza, finalmente se deslizó fuera de ella con un pop húmedo. Cassidy no perdió ni un segundo: se dejó caer de rodillas con la gracia de una jinete de rodeo desmontando, con los dedos ya rodeando la base de mi eje.
• ¡Ay, cariño! - arrulló, limpiando con el pulgar una gota de semen que escapaba de la punta. - ¡Todavía no he terminado contigo!
Abrí la boca para protestar, pero sus labios me sellaron en un movimiento fluido, su lengua girando en pequeños círculos cerrados que hicieron que mis rodillas flaquearan. La sensación era eléctrica: carne hipersensible latiendo bajo sus mimos, su nariz rozando el desastre pegajoso de mi abdomen inferior mientras me limpiaba. Su coleta caía sobre mi muslo como una cuerda de oro deshilachada, balanceándose con cada movimiento de su cabeza.
Entonces, el pitido de la terminal me hizo levantar la vista. La pantalla seguía burlándose de nosotros: 70%, inmóvil, con el cursor parpadeando con suficiencia bajo el mensaje de error.
- ¡Diablos!, Cassidy... - gemí, enredando mis dedos en su cabello. - Sigue congelada.

Se separó con un schlick obsceno, sus ojos verde uva brillando con picardía.
• ¡Cariño, eso no está congelado! - Su pulgar se deslizó por mi hendidura, recogiendo otra perla de semen antes de llevársela a los labios. La succionó con un deleite exagerado. - Eso es una *kill screen*. No va a pasar de ahí.
- ¿Qué? - pregunté incrédulo, aun jadeando contra el rack de servidores mientras Cassidy se enderezaba.
Su camiseta de tirantes húmeda se adhería transparentemente a su pecho, y la tela oscurecida por el sudor no hacía nada por ocultar sus pezones erectos ni el rápido subir y bajar de su respiración. Con la cintura marcada por las huellas persistentes de mis manos y su coño desnudo brillando bajo las luces fluorescentes, parecía una especie de diosa pagana tallada en sal y deseo: todo curvas, aristas afiladas y un hambre imposible.
Cassidy se pasó una mano por la cola de caballo enredada, evitando repentinamente mi mirada.
• ¡Marco, estaba caliente! - admitió, con su acento tejano espesándose con una vulnerabilidad inusual. Una gota de sudor rodó por su sien mientras señalaba la pantalla congelada de la terminal. - ¡Llevabas días encerrado en tu oficina desde que apareció ese traje británico, todo «sí señor, no señor», como un maldito mayordomo! (Arrugó la nariz con fingido asco.) Necesitaba un poco de cariño... así que me inventé todo este lío.
El zumbido ambiental de la sala de servidores pareció intensificarse a medida que sus palabras calaban. Mi polla, todavía lubricada por ella, tuvo un espasmo lánguido contra mi muslo; traicionada.
- Espera... - la agarré de la muñeca, sintiendo su pulso acelerado bajo la yema de mis dedos. - ¿Esto no es real?
Cassidy sonrió suavemente, y las luces fluorescentes resaltaron el sudor que aún se aferraba a sus pestañas. Se encogió de hombros con un gesto perezoso, haciendo que su camiseta de tirantes húmeda se deslizara aún más por uno de sus hombros.
• ¡Qué va! ¡Solo escribí un poco de código y ya está! - Sus dedos descalzos se curvaron contra el suelo de epoxi de la sala de servidores mientras miraba hacia abajo, más al suelo que a mi polla. - Sé que eres más astuto que un zorro... (Lanzó su trenza sobre el hombro con un bufido.) Así que tuve que inventarme algo convincente para arrastrarte hasta aquí.
Me quedé asombrado y brevemente sin palabras, con el cerebro aun luchando por reconciliar la hora febril que acabábamos de pasar con el hecho de que nada de aquello había sido real. Sin embargo, el dolor en mis muslos y el desastre pegajoso entre nosotros se sentían bastante reales.
- Cassidy... - Alargué la mano, sujetando su barbilla para inclinar su rostro hacia arriba. Sus ojos verde uva estaban inusualmente tímidos, con la picardía habitual atenuada. - ¿Hay alguna posibilidad de que puedas hacer que esto se vuelva real? (Mi pulgar rozó su labio inferior, todavía hinchado por nuestros esfuerzos.) No solo... código.
Ella parpadeó y luego echó la cabeza hacia atrás con una carcajada que resonó en los racks de servidores.
• ¿Qué has dicho, calabacín?
Yo sonreía como un loco, con los dedos aun trazando la curva húmeda de sudor de la cintura de Cassidy donde su camiseta se había subido. El zumbido de la sala de servidores pareció intensificarse de repente, o quizá era solo la sangre bombeando en mis oídos.
- ¿Qué necesitas exactamente para que esta plataforma sea operativa? - Mi pulgar rozó la tecla F9 del teclado, emborronando la condensación sobre su superficie. - ¿Hay alguna información que pueda darte para hacerla funcional?
Cassidy se quedó congelada a mitad de un paso, con el pie descalzo suspendido sobre el charco de nuestros fluidos mezclados en el suelo de epoxi. Sus ojos verde uva se agrandaron, y las luces fluorescentes resaltaron las motas doradas de sus iris.

• ¡Espera!... ¿Te gustó? - Las palabras salieron pequeñas, con una vacilación impropia de una mujer que había tenido mi polla en su garganta hace veinte minutos.
La busqué, atrapándola de la muñeca y atrayéndola hacia mí. Su piel aún estaba caliente como la fiebre, su corazón latía rápido como un conejo bajo mi palma.
- ¡Me... me encantó! - La confesión brotó de mí, áspera y sin pulir. Mi otra mano acunó su mejilla, el pulgar rozando el rímel corrido bajo su ojo. - Tienes la esencia de todo lo que necesito. Así que, ¿Qué necesitas para hacerlo realidad?
Ella se sonrojó.
• ¡Caray, Marco! ¡Vaya que sabes cómo poner a una chica más roja que un betabel! —dijo Cassidy, cubriéndose las mejillas sudorosas con las manos. Las yemas de sus dedos presionaron la piel encendida, dejando hendiduras pálidas temporales al retirarlas. - ¡No lo sé! Quizás algo de código adicional... pruebas...
Las palabras salieron demasiado rápido, su confianza habitual reemplazada por algo tierno y vulnerable.
El calor del cuarto de servidores parecía amplificar el rubor que trepaba por el cuello de Cassidy mientras se mordía el labio inferior, un tic nervioso que yo solo había visto dos veces antes. Se limpió las palmas de las manos en sus pantalones cortos húmedos, dejando vetas más oscuras sobre la mezclilla.
• Bueno… - empezó ella, con su acento texano suavizándose. - no tengo los esquemas completos de los flujos de trabajo ni los requisitos de su planta. Tipo, cómo registran ustedes las fallas del equipo, o si esos capataces realmente presentan informes digitales o solo garabatean en servilletas.
Su risa fue jadeante, irregular.
Me acerqué, rozando nuestros hombros. El aroma del sexo aún flotaba entre nosotros, mezclándose con el olor metálico de los procesadores sobrecalentados.
- ¡Dame una semana! – Le respondí. - ¡Te conseguiré acceso a cada registro de planta, formulario de mantenimiento y solicitud manchada de café desde Perth hasta Brisbane!
La sonrisa de Cassidy se ensanchó, pero sus ojos se desviaron hacia los racks de servidores detrás de mí. Un ventilador de refrigeración chisporroteó, empujando una ráfaga de aire caliente contra mi espalda.
• ¿Sabes...? - Presionó una tecla y la pantalla se dividió en dos ventanas: una mostraba un diagrama de flujo rudimentario de las cadenas de suministro, la otra, nuestro reflejo entrelazado en el monitor oscuro. - ¡Esto ya no es solo mi proyecto, socio!
La palabra quedó suspendida en el aire húmedo como un desafío.
Afuera, la lluvia repiqueteaba contra las rejillas del edificio, un siseo distante bajo el zumbido de los servidores. Cassidy tomó una botella de agua a medio llenar sobre el escritorio, bebió un trago y me la ofreció. El plástico estaba tibio; el agua sabía tenuemente a su bálsamo labial: vainilla y sal.
Tragué saliva, con la garganta todavía seca por el esfuerzo.
- Tendremos que definir los parámetros.
Ella arqueó una ceja, con la coleta balanceándose mientras ladeaba la cabeza.
• ¿Parámetros? - La palabra goteaba burlona, y su acento texano la alargaba hasta convertirla en tres sílabas.
- Campos de datos. Roles de usuario. Niveles de seguridad…
Señalé la pantalla, donde su diagrama de flujo se ramificaba en un caos de flechas etiquetadas como «*MIERDAS DE INFO DE MINERÍA*» y «*PREGUNTAR A MARCO*». El cursor parpadeaba acusadoramente bajo el garabato rudimentario de un monigote conduciendo una excavadora.
Cassidy resopló, limpiándose la boca con el dorso de la mano, un gesto que dejó un rastro húmedo en su pómulo.
• ¡Cariño, acabo de revisar tu seguridad muy a fondo! - Su risa se desvaneció mientras me estudiaba, con sus ojos verde uva afilándose con una concentración inesperada. Se tronó los nudillos, y el sonido resonó con fuerza en la zumbante sala de servidores. - Pero está bien. Parámetros.
Su pie descalzo (todavía manchado de sudor seco) golpeaba el suelo de epoxi mientras enumeraba los puntos.
• ¡Primero: se acabaron las jornadas solitarias de catorce horas en este sauna de mierda! - pateó un cable ethernet suelto que estaba enrollado como una serpiente dormida. - ¡Segundo: me consigues datos reales de mineros, no solo hojas de cálculo corporativas garabateadas por oficinistas que jamás han tocado una pala!
- ¡Hecho!
• Tercero... —vaciló, frotando el pulgar contra la barra espaciadora del teclado. - Esto no lo toca la condenada junta.
Aquel *esto* tácito persistía: sus mejillas encendidas, mi camisa desfajada, la forma en que su coleta se había deshilachado bajo mi agarre. La ventilación de la sala de servidores se activó con un zumbido, soplando aire cálido sobre las manchas húmedas de su camiseta sin mangas donde mis dedos se habían hundido.
- Eso... en realidad nos conviene. - respondí, pensativo.
• ¿Ah, sí? - preguntó ella, desconcertada, mientras sus ojos verde uva se entrecerraban al reclinarse contra el rack de servidores. El metal gimió bajo su peso, o quizá eran solo mis rodillas recordando lo que habían soportado.
Los dedos de Cassidy se detuvieron en el aire, con el pulgar suspendido sobre la tecla escape del teclado.
- Reginald, nuestro actual CEO interino, realmente no se preocupará por nuestro pequeño proyecto ni por nosotros. —expliqué, observando cómo sus ojos verde uva destellaban con un interés repentino. Una gota de sudor resbaló por su sien; no sabía si era por el calor de la sala de servidores o por esta nueva información. - Pero cuando Edith regrese... (mis dedos trazaron la curva húmeda de sudor de su hombro) ...tendremos algo en qué pensar realmente.
Los dedos de Cassidy se congelaron en el aire, con el pulgar suspendido sobre la tecla escape del teclado.
• ¿Espera, entonces la súper jefa va a volver? —Sus ojos verde uva se agrandaron, reflejando los LED intermitentes de la sala de servidores como dos constelaciones gemelas. - ¿Y el viejo cascarrabias amargado se va?
(Wait… so the big boss lady's makin' a comeback? And the old grouch stick-in-the-mud's goin' out?)
Me reí de su acento texano mientras mi pulgar limpiaba una mancha de sudor de su pómulo. Probablemente Cristina, su jefa, le había soltado lo que Reginald nos había estado haciendo pasar durante las reuniones de la junta.

- ¡Sí, va a volver! - confirmé, observando cómo la cola de caballo húmeda de Cassidy se balanceaba mientras ella saltaba sobre las puntas de los pies. - Se lo ha pasado en grande visitando algunas explotaciones mineras; ha ganado experiencia práctica en los yacimientos del interior australiano… (Deslicé la palma de la mano hasta rodear la nuca, sintiendo que su pulso se aceleraba bajo mis dedos.) En cuanto reciba el alta médica, enviarán a Reginald de vuelta a Inglaterra con la cola entre las piernas.

Su sonrisa se ensanchó como si le hubiera prometido que mañana era Navidad; esa misma alegría salvaje e infantil iluminando sus ojos verde uva. Los LED intermitentes de la sala de servidores capturaban el sudor que aún se aferraba a sus pestañas inferiores, convirtiéndolas en pequeñas constelaciones.
- ¿Sabes una cosa? - me incliné, lo suficientemente cerca como para oler el toque a vainilla y sal de su bálsamo labial. - Cuanto más programes... más tendremos que vernos tú y yo para las pruebas beta.
Mi pulgar rozó el interior de su muñeca, donde su pulso brincaba como un conejo en una trampa. Los ojos verdes de Cassidy se encendieron, no solo de emoción, sino con algo más ardiente, más hambriento. El tipo de mirada capaz de derretir el acero.
• ¡Cuenta conmigo, socio! - Agarró mi mano, no para estrecharla, sino para arrastrarla entre sus muslos, donde la mezclilla de sus pantalones cortos aún estaba húmeda de sudor y de nosotros. Su sonrisa era puro colmillo. - ¡Te haré pruebas beta y te montaré hasta que supliques piedad!

Me reí; mitad porque era ridícula, mitad porque probablemente tenía razón.
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1 comentarios - 53: Depuración y prueba de software
Muy original lo de hacerlo en un cuarto de servidores, nunca se me hubiera ocurrido ajajaj