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Compendio III
54: ENTREGA INFORMAL III (Final)

El beso se prolongó (suave, inquisitivo) antes de que los dedos de Celeste se enredaran en mi cabello, obligándome a profundizar. Su respiración se entrecortó cuando mi mano se deslizó por su costado, y el calor húmedo entre sus muslos presionó contra mi palma.
- ¿Estás segura? – me aseguré una vez más contra sus labios, saboreando la tenue sal del sudor y la pasta de dientes de menta del baño del hotel.
Su respuesta llegó en el clavado punzante de sus uñas en mi bíceps mientras guiaba mi mano hacia abajo.
• Segurísima.
El aire acondicionado se apagó abruptamente, dejando la habitación impregnada de un silencio denso. Afuera, una sirena distante aulló y luego se desvaneció, regresándonos temporalmente a la realidad afuera. El pulso de Celeste palpitaba bajo las yemas de mis dedos mientras rozaban su cuello.
La giré sobre su espalda, y las sábanas susurraron contra su piel como hojas secas. Sus piernas se abrieron instintivamente, sus caderas inclinándose hacia arriba para recibirme. Sin condón esta vez. El pensamiento me atravesó como una descarga, y mi miembro tuvo un espasmo contra su muslo interno. El aire entre nosotros chispeaba; no solo por la anticipación, sino por el entendimiento tácito de que estábamos cruzando una línea que ninguno de los dos podría volver a retroceder.

Ella jadeó cuando entré en ella (lentamente, con suavidad), su cuerpo estirándose para acomodarme. La diferencia fue inmediata: el calor lubricado de su interior, la forma en que sus músculos aleteaban a mi alrededor en pequeños pulsos involuntarios, como un latido. Sus ojos se abrieron de golpe, sus iris avellana dilatándose hasta que solo quedó un delgado anillo de color.
• ¡Oh, Dios...! - Su voz se quebró en un jadeo, y sus dedos se clavaron en mis hombros con fuerza suficiente para dejar marcas.
Me quedé quieto, apoyando el antebrazo junto a su cabeza.
- ¿Demasiado?
Ella negó con la cabeza violentamente, con mechones de cabello rubio pegados a su frente húmeda.
• No, solo que... es diferente. -Sus caderas se elevaron, instándome a profundizar con un pequeño y desesperado balanceo. - ¡Más!

La primera estocada arrancó de su garganta un gemido ahogado, más profundo y visceral que cualquier sonido que hubiera emitido antes. Sus uñas rasgaron mi espalda, marcando líneas rojas tenues que sentiría más tarde en la ducha, cuando el agua caliente escociera como sal en las heridas. El aroma del sexo y su perfume (algo floral con un toque cítrico) flotaba denso en el aire, mezclándose con el almizclado de la piel resbaladiza por el sudor.
Celeste se arqueó debajo de mí, con la respiración convertida en jadeos cortos y bruscos que golpeaban mi clavícula en ráfagas cálidas.
• ¡No pares... por favor...! - La súplica se quebró a la mitad, y su acento refinado se desmoronó bajo el peso de la sensación.

No me detuve. El ritmo creció entre nosotros, y la estructura de la cama crujía al compás de sus sollozos: tres golpes secos contra la pared antes de que yo pasara el brazo bajo su rodilla, elevando su pierna más arriba. El nuevo ángulo la hizo gritar, un sonido que ahogó contra mi hombro mientras sus dientes se hundían en mí durante la cima de su clímax. Seguí embistiendo a través de ello, observando la forma en que sus pechos pequeños rebotaban con cada golpe de mis caderas. Eran modestos comparados con los de Marisol, pero lo suficientemente turgentes como para saltar de forma seductora: un ritmo hipnótico que me hizo apretar su muslo con más fuerza.
• ¡Dios, Marco!... ¡Eres tan grande!
El gemido de Celeste estremeció todo su cuerpo mientras llegaba a su cuarto (o quizá quinto) orgasmo. Sus muslos se cerraron alrededor de mis caderas como tornillos, y sus uñas tallaron rasguños en mis hombros. Tenía razón: estaba dando justo en el clavo, ese ángulo perfecto que hacía que se encogiera los dedos de los pies y que su decoro británico se disolviera en ruidos primales que escandalizarían a sus amigos del club campestre.
Nuestros labios chocaron de nuevo; el beso sabía a pasta de dientes de menta y a algo más oscuro: la nota cobriza de donde ella había mordido mi labio durante su último clímax. Esto no era como nuestros besos anteriores, esos preludios educados donde ella aún recordaba mantener el dedo meñique delicadamente elevado. No, esto era sucio, desesperado; sus dientes arrastrándose por mi labio inferior mientras yo me hundía en ella con embestidas lentas y deliberadas.
A estas alturas, con otras mujeres, esto suele significar su acuerdo tácito de convertirse en mis "amigas con derechos": el preámbulo de encuentros más privados e íntimos... "para hablar de trabajo..." con compañeras, o "para hablar de nuestros hijos...", como ocurrió con Emma e Izzie hace un par de años.

El resultado es siempre el mismo: termino vaciándome dentro de ellas, usualmente probando diferentes poses o lugares. Pero Celeste no era como las demás: sus labios aún sabían a Earl Grey y a la pasta de dientes del hotel, y sus muslos temblaban alrededor de mis caderas con una urgencia que se sentía menos como una rendición y más como hambre.
El sabor de los labios de Celeste persistía: menta y algo más oscuro, un rastro metálico de donde me había mordido durante su último clímax. Nuestras frentes permanecieron presionadas, el sudor mezclándose mientras nuestra respiración se ralentizaba. Seguí empujando dentro de ella, disfrutando de cada nueva pulgada conquistada. Sus muslos se contrajeron alrededor de mis caderas con una desesperación que no era solo física; era el hambre de alguien a quien le habían dado migajas y que ahora se daba un festín.
• ¡Más fuerte, Marco!... ¡Más fuerte!... ¡Por favor! - la voz de Celeste destrozó el lujo silencioso de la suite del Hyatt, su acento británico deshilachándose en los bordes como encaje barato.

Sus dedos se retorcieron en las sábanas, los dedos blancos aferrándose con el algodón egipcio. Pude sentir el momento en que dejó de pensar, cuando su cuerpo tomó el control y sus caderas pistonearon hacia arriba para recibir cada embestida con un golpe húmedo que resonaba en las paredes insonorizadas.
Mi miembro tuvo un espasmo violento dentro de ella, la cabeza hinchada rozando ese punto perfecto en lo profundo de su útero que hizo que sus ojos se pusieran en blanco. El líquido preseminal goteaba libremente ahora, mezclándose con su lubricación de una manera que los condones nunca permitían. Los muslos de Celeste temblaban alrededor de mi cintura, su cortesía previa consumida por algo primario; algo que olía a sexo, a Earl Grey y al tenue aroma químico del detergente de la lavandería del hotel.
Para el séptimo u octavo orgasmo (había perdido la cuenta), sus clímax llegaban como ráfagas, cada contracción de sus músculos internos ordeñándome más cerca del límite. Mi verga estaba encajada al fondo de su útero, estimulándola constantemente con cada embestida. El ángulo era obsceno: sus rodillas enganchadas sobre mis codos, la pelvis inclinada justo lo necesario para que cada embestida arrastrara su clítoris hinchado contra mi abdomen. Sus pechos pequeños rebotaban salvajemente, con los pezones rosados y endurecidos por el aire acondicionado y el esfuerzo. Para entonces, sus besos eran mágicos.
A los ojos de ella, yo era su salvador. Su campeón. Su caballero de armadura brillante. Y lo que la punta de mi verga estaba reclamando era el regalo definitivo de una mujer a otro hombre.

Mientras me corría dentro de ella, todo su cuerpo tembló, su sexo apretándome en pulsaciones que me hicieron jadear mientras me vaciaba en ella una vez más.
Celeste quedó flácida debajo de mí, con el pecho subiendo y bajando en ráfagas superficiales y erráticas. Sus dedos (todavía enredados en mi cabello) se contrajeron débilmente antes de deslizarse para trazar la curva sudorosa de mis omóplatos. El aire olía a sexo y a champú de hotel derramado (algo excesivamente floral con un toque sintético), pero bajo aquello persistía el almizcle de la piel y la sal, de algo irrevocablemente transformado.
• ¡Tú sentiste eso! —susurró, con la voz ronca. Sus muslos temblaban donde abrazaban mis caderas, pegajosos por el sudor y el desastre que habíamos hecho.
Exhalé por la nariz, presionando mi frente contra la suya. Su respiración se cortó cuando me moví, con mi miembro, ya relajándose, todavía enterrado dentro de ella. Un lento hilo de calidez se filtró entre nosotros, pintando sus muslos internos.
- ¡Claro que lo hice! - aparté un mechón de pelo húmedo de su sien. - Como si intentaras ordeñarme hasta dejarme seco.
Ella rió (un sonido jadeante, agotado), pero sus dedos se apretaron contra mis hombros.
• No, quiero decir... ¡Dios, Marco...! - Su voz se quebró. - ¡Me llenaste! ¡Por completo! Como si... (tragó saliva con dificultad.) Como si pudiera sentir cómo se estancaba ahí dentro.
La confesión quedó entre nosotros, cruda y sin adornos. Afuera, el zumbido de la ciudad regresó sigilosamente: el estruendo lejano de un camión de basura, el eco metálico del estéreo de un coche tres pisos más abajo. El reloj digital parpadeó marcando las 4:02.
Me giré sobre mi costado, con cuidado de no arrastrarla conmigo. Celeste dejó escapar un pequeño ruido, como de herida, cuando me deslicé hacia fuera; su mano se lanzó rápidamente entre sus piernas, como si quisiera atrapar lo que se derramaba. Sus dedos quedaron brillantes.
• ¡Mira esto! - murmuró, levantándolos hacia la luz de la lámpara. Su voz era a partes iguales asombro y hambre. - ¡Me has arruinado!
Las sábanas se pegaban a nuestra piel húmeda, adhiriéndose en parches donde el sudor y el placer derramado se habían acumulado. Alcancé el vaso de agua otra vez; su contenido estaba ahora más caliente que la temperatura corporal. Los dedos de Celeste bajaron más: pasaron por mis abdominales, por el rastro de mi pecho lampiño; su toque era ligero como una pluma, pero deliberado.
- ¡Estás mirando! - dije, devolviendo sus palabras durante nuestros primeros encuentros, dejando el vaso con un clic que resonó en el silencio húmedo.
Gotas de agua resbalaban por mi pecho, trazando caminos entre el sudor y las tenues marcas rojas que sus uñas habían dejado.
Celeste atrapó una con la punta del dedo, siguiendo su descenso hasta que su mano se apoyó contra mi esternón.
• ¡No puedo evitarlo! - Su pulgar rozó mi pezón, observando cómo se endurecía bajo su tacto—. ¿Cuánto tiempo tardas en ...? (Sus dedos se deslizaron más abajo, bailando por el pliegue sensible de mi muslo.) ¿Recuperarte?
Arqueé una ceja, atrapando su muñeca antes de que pudiera envolver con la mano lo que ya se estaba espesando de nuevo.
- ¿Tanta prisa por la tercera ronda?
Sus mejillas se sonrojaron, pero no apartó la mirada.
• Solo tengo curiosidad… - Su pulgar rodeó mi ombligo distraídamente. - Reggie necesita una noche entera de sueño y dos whiskeys antes de que pueda siquiera pensar en…
La interrumpí sujetándola de la muñeca.
- ¡No lo hagas!
Ella parpadeó.
- ¡No nos compares! - Mi agarre se suavizó, y mi pulgar rozó los delicados huesos de su muñeca. - ¡No ahora!
Una sonrisa lenta y comprensiva curvó sus labios.
• Cierto. Es nuestro momento. - Se acercó, con el aliento cálido contra mi mandíbula. - ¿Y bien? ¿Cuánto tiempo?
Solté una risa brusca, lanzando el vaso vacío sobre la mesa de noche con un ruido metálico.
- Depende.
• ¿De qué? - Los dedos de Celeste trazaron el hueco de mi hueso de la cadera, con sus ojos color avellana brillando con picardía bajo la luz de la lámpara.
- De qué tan persuasiva seas.
Su sonrisa se volvió maliciosa. Se deslizó por la cama, con las sábanas crujiendo como hojas secas, y presionó un beso de boca abierta contra el hueso de mi cadera. Su lengua salió disparada, saboreando la sal de mi piel.
• ¡Dime cuándo parar!

La primera caricia de sus labios a lo largo de mi miembro semi erecto me arrancó un quejido. Ella tarareó con aprecio mientras me tomaba profundamente, sus labios mullidos formando un sello perfecto. La técnica de Celeste había mejorado considerablemente desde nuestro primer encuentro torpe; ya no había lametones tímidos de gatito ni movimientos vacilantes de cabeza. Ahora trabajaba conmigo con la confianza de una mujer que había estudiado su oficio, su lengua girando por la parte inferior de una manera que hacía que mis muslos se tensaran. Y al igual que Marisol, apostaría a que disfrutaría cualquier momento libre succionándome hasta dejarme seco.
La mirada en sus ojos había cambiado: ya no era esa cortés contención inglesa, sino algo más oscuro, posesivo. Había marcado su territorio (al menos por la tarde) y ahora estaba probando los límites, viendo hasta dónde podía llegar antes de que yo la frenara.
• ¡Dios mío, sabes tan bien! - jadeó Celeste entre respiraciones, olvidando sus modales, con un hilo plateado de líquido preseminal conectando aún sus labios brillantes de frambuesa con mi punta.
Lo apartó con el pulgar, lamiéndolo con un lento deslizamiento de la lengua que hizo que se me apretara el estómago.
• ¡Podría hacer esto toda la tarde! – y lo enfatizó, engulléndome a fondo.
Solté una carcajada sombría, entrelazando los dedos en sus ondas rubias mientras ella se sumergía de nuevo con un hambre renovada. Cielos, se había vuelto exactamente como Marisol: esa misma concentración obsesiva, la forma en que su garganta trabajaba a mi alrededor como si intentara memorizar cada relieve y cada vena solo a través de la memoria muscular. La revelación me provocó una extraña descarga: parte orgullo, parte peligro.
Cuando finalmente la aparté (con suavidad, pero con firmeza), sus pupilas estaban dilatadas, sus labios hinchados y brillantes. Se quedó allí, suspendida entre impulsos contradictorios: la parte de ella que quería tragarse hasta la última gota frente a esa parte más nueva y codiciosa que ansiaba sentirme pulsar dentro de ella otra vez. Sus dedos se flexionaron contra mis muslos, dejando leves medias lunas con las uñas sobre la piel.
- Esta vez, ponte a cuatro patas. Quiero darte en posición de perrito. - dije mientras sostenía mi miembro en las manos, aún brillante por su boca.
Me miró como un perro que espera a que su dueño lance un palo: con los ojos muy abiertos, los labios entreabiertos y esa compostura inglesa perfecta desmoronándose en algo mucho más necesitado. Sin vacilar, se puso sobre sus manos y rodillas, ofreciéndose con un entusiasmo que habría dejado conmocionado a su marido. Verla así (con la espalda arqueada, el culo elevado y ese pequeño y rollizo sexo brillando entre sus muslos) hizo que mi verga diera un espasmo en mi mano.

Sus glúteos se veían tersos: duraznos maduros envueltos en piel besada por el sol, temblando ligeramente mientras ella acomodaba las rodillas sobre las sábanas arrugadas. Demasiado perfectos. Demasiado intocados. Mi miembro dio un espasmo contra sus pliegues húmedos, untando líquido preseminal a lo largo de su hendidura antes de que yo me retirara lo justo para dejar que la cabeza hinchada golpeara su mejilla derecha. El azote resonó (seco, punzante) y Celeste jadeó, con los dedos retorciendo las sábanas. Pensó que la estaba provocando, sin saber realmente que estaba tanteando el terreno para nuestro siguiente encuentro.
- ¡Está bien, Celeste! ¡Esta será la última vez por hoy! - Mis pulgares abrieron sus pliegues relucientes mientras rozaba la entrada con la punta hinchada, observando cómo ella temblaba. El reloj digital marcaba las 4:17: tenía exactamente veintitrés minutos para ducharme antes de marcar la salida a las 5 pm. - ¡Tengo que volver al trabajo!
• Espera... ¿Entonces no nos vamos a tomar una ducha juntos después?
Celeste se tensó debajo de mí, su voz apretándose como la cuerda de un arco. La rigidez repentina de sus hombros traicionaba algo más que decepción: era el pánico de una mujer que se daba cuenta de que sus horas robadas se escapaban demasiado rápido.
Me quedé congelado a mitad de una estocada, con mi miembro palpitando dentro de ella. Normalmente, la ducha era donde prolongábamos las despedidas, sus manos jabonosas explorándome bajo el pretexto de lavarse mientras yo la acorralaba contra la pared de azulejos para una última ronda. El ritual tácito se había vuelto tan predecible como nuestra rutina de reuniones semanales de los miércoles.
Todo el cuerpo de Celeste se tensó; no solo por mis palabras, sino por el deliberado giro de mis caderas que siguió, presionando la cabeza hinchada de mi pene contra su punto más profundo. Un gemido ahogado escapó de su garganta, medio estrangulado por la comprensión de lo que realmente estábamos arriesgando ahora. Sus dedos retorcieron las sábanas con más fuerza, y la tela gimió bajo la tensión.
La sujeté por la cintura, empujando profundo.

- ¡A menos que quieras explicarle a Reginald por qué su esposa tiene un bastardo de un ingeniero de minas gestándose en su interior!
El fraseo crudo (tan diferente y frío a mi trato habitual y respetuoso con ella) la hizo jadear bruscamente.
Su risa salió estrangulada mientras entraba en ella en una sola estocada fluida. El sonido se transformó en un jadeo (agudo, repentino) mientras su cuerpo se estiraba para acomodarme. Sin resistencia esta vez, solo el calor lubricado de su interior apretándome como un tornillo.
• ¡Umph... Marco...!
Su voz se quebró cuando llegué al fondo, con mis caderas pegadas a su trasero. El chasquido de la piel resonó en la habitación silenciosa, subrayado por el crujido rítmico del armazón de la cama.
Me incliné sobre ella, apoyando una mano junto a su cabeza y la otra bajando por su columna hasta donde estábamos unidos. Mis dedos rodearon su clítoris, provocando un gemido. Celeste se estremeció, y sus músculos vibraron a mi alrededor como un latido.
Entré lentamente, saboreándolo: la forma en que su cuerpo cedía al mío, la manera en que su respiración se entrecortaba con ese ritmo familiar. Ella soltó un gemido suave, con los dedos enredándose en las sábanas como si se aferrara a la vida. Sus mejillas se veían tan invitadoras: duraznos tensos y temblorosos envueltos en piel besada por el sol, vibrando ligeramente con cada embestida deliberada.
En el momento en que mis dedos se hundieron en la suave curva de las caderas de Celeste, la tensión de su cuerpo se derritió como mantequilla bajo un cuchillo caliente. Ella arqueó la espalda instintivamente, ofreciéndose de una manera que envió una sacudida de satisfacción primaria directo a mi verga. El aire olía a sexo y a su champú (algo demasiado dulce, demasiado floral para una mujer como ella) pero debajo persistía el almizcle de nuestro sudor, el sabor acre de mi semen que aún goteaba de ella.
- ¡Dime que sientes eso! - gruñí, moviendo mis caderas en círculos lentos y profundos, horadando su interior conforme a mi tamaño y grosor, que hicieron que sus dedos de los pies se curvaran contra las sábanas arrugadas.

La respuesta de Celeste llegó en fragmentos: un jadeante "¡Dios!", un roto "¡Sí!", sus dedos buscando desesperadamente dónde sujetarse en el cabecero mientras yo aceleraba el ritmo. El slap rítmico de la piel llenó la habitación, subrayado por el tenue chirrido de los resortes del colchón. Afuera, la ciudad zumbaba (la bocina distante de un auto, el fragor de un avión pasando por encima) pero en este cuarto, solo existía el sonido de su respiración agitada y el deslizamiento húmedo de mi verga entrando en ella una y otra vez.
Sus muslos temblaron cuando alcancé a rozar su clítoris con el pulgar, la yema de mi dedo encontrando ese punto sensible justo por encima de donde estábamos unidos. Ella dejó escapar un sonido a medio camino entre un sollozo y un gemido, y sus paredes se cerraron sobre mí como un puño.
- ¿Cerca? - murmuré contra el pabellón de su oreja, atrapando el lóbulo entre mis dientes.
Ella asintió frenéticamente, con el cabello rubio pegado a su frente húmeda.
• ¡Tan... tan cerca...!

Cambié ligeramente el ángulo, apuntando a ese punto que sabía que la desmoronaría. En el momento en que lo toqué, todo su cuerpo se tensó (como un elástico llevado al límite) antes de hacerse añicos con un grito que rozaba el dolor. Su orgasmo la atravesó en olas, su vagina ordeñándome en pulsos rítmicos que me arrastraron justo al borde junto con ella.
- ¡Carajos... Celeste...!
Mi agarre en sus caderas se volvió lo suficientemente fuerte como para dejar marcas mientras luchaba por contenerme. Aunque acababa de conquistar su vagina por segunda vez, también quería su culo, así que mientras una mano acariciaba su clítoris, la otra introducía un dedo en su ano.
Ella jadeó y se puso rígida por la sorpresa.
• ¡Ahh, Marco!... ¿Qué estás haciendo? - Su refinado acento británico sonaba confundido y excitado al mismo tiempo.

El aliento de Celeste se entrecortó audiblemente cuando mi dedo la penetró, su cuerpo tensándose como un resorte enrollado. La intrusión repentina hizo que sus paredes apretaran mi verga con la fuerza suficiente para hacerme gemir.
- ¡Relájate! - murmuré contra la piel húmeda de su hombro, depositando un beso en la peca cercana a su hombro izquierdo, aquella que había trazado con mi lengua el miércoles anterior en el balcón, cuando ella todavía era recelosa para hacerlo al aire libre y que la vieran.
Su cuerpo se estremeció bajo mis labios, un temblor generalizado que comenzó en sus rodillas y ascendió hasta donde mi dedo la presionaba.
- Solo estoy viendo qué tan tensa estás en todas partes.
Celeste exhaló bruscamente por la nariz, un sonido rasposo contra la funda de la almohada. Sus músculos aletearon alrededor de mi dedo: primero resistiendo, luego cediendo en pulsos lentos y renuentes, como una flor abriéndose al amanecer. El contraste era obsceno: mi verga enterrada hasta la raíz en su calor lubricado mientras mi dedo índice traspasaba el anillo apretado de músculo justo debajo. Se sentía como dos mujeres diferentes: la sumisa y húmeda libertina arriba, la desconocida virginalmente tensa abajo.
• ¡Dios mío! - jadeó cuando flexioné el dedo, y su acento se fracturó en algo crudo y sin filtros, perdiendo todo decoro. La parte posterior de su cuello se tiñó de rosa bajo los mechones de cabello pegados a su piel sudorosa. - ¡Estás... ah... estás en todas partes!
(You’re… ahh… everywhere!)
Solté una risita, rozando con los dientes su hombro mientras esperaba el momento adecuado para añadir un segundo dedo. Todo su cuerpo se tensó, y las paredes internas apretaron mi verga con tanta fuerza que mi visión comenzó a nublarse en los bordes.
- Te dije que no volveríamos.
El estiramiento era exquisito: su cuerpo resistiendo y luego cediendo en olas alternas, cada rendición reacia más embriagadora que la anterior. El líquido preseminal escapaba libremente de mí, mezclándose con sus jugos de una manera que hacía que el deslizamiento fuera aún más húmedo, aún más sucio.
Su gemido de respuesta fue mitad protesta, mitad rendición. Sus caderas se balancearon hacia atrás instintivamente, empujando mi verga más profundo mientras mi dedo la estiraba aún más. El olor a sexo era abrumador ahora: almizclado y espeso, mezclándose con el detergente floral de las sábanas del hotel. Debajo de nosotros, las sábanas estaban húmedas de sudor y de la evidencia de nuestras rondas anteriores.
Los dedos de Celeste arañaban el cabecero, con los nudillos blancos.
• ¡Marco, no puedo...! ¡Oh, Dios!... ¡No puedo pensar cuando tú…!
- ¡Ese es el punto!
Añadí un segundo dedo, lento pero insistente, sintiendo cómo su cuerpo luchaba y luego cedía. Su espalda se arqueó, presentándose aún más desvergonzadamente, con el trasero pegado a mis caderas. La imagen era obscena: mi verga brillando con su excitación, mis dedos enterrados en su culo, sus muslos temblando por la sobreestimulación.
Un ruido ahogado escapó de la garganta de Celeste cuando mis dedos rozaron aquel lugar secreto en su interior; a medio camino entre el placer y el dolor, a juzgar por la forma en que su cuerpo se arqueó como una cuerda de arco demasiado tensa. Su sexo se contrajo alrededor de mi verga en pulsaciones erráticas, y su orgasmo alcanzó la cima sin previo aviso, como una ola traicionera rompiendo sobre ella. Llegó con un grito que sonaba más a sollozo que a placer, con el cuerpo temblando tan violentamente que tuve que agarrarla de las caderas solo para mantenerla erguida.
• ¡Dios mío! - sollozó Celeste, con la voz rota y rasposa. - ¡Nunca he... nunca...!
Sus palabras se disolvieron en un jadeo estremecedor mientras su cuerpo convulsionaba a mi alrededor, sus músculos internos palpitando en pulsos erráticos que amenazaban con arrastrarme al abismo con ella. El aroma de su clímax (almizclado y primordial) llenó el aire, mezclándose con el champú floral del hotel en su cabello enredado. Sus muslos temblaban violentamente, resbaladizos por el sudor y la evidencia de nuestras rondas anteriores.
No dejé que terminara. Retirando mis dedos, agarré sus caderas con fuerza suficiente para dejar marcas en su piel bronceada y entré en ella con una sola estocada brutal que le robó el aliento de los pulmones.
- ¡Ese era el objetivo! - gruñí contra el pabellón de su oreja, mis dientes rozando el delicado cartílago mientras su cuerpo convulsionaba a mi alrededor. La vibración de su gemido viajó por mi pecho, donde se presionaba contra su espalda empapada en sudor. - ¡Quiero que pases la noche despierta imaginando cómo mi verga estiraría ese culito tan apretado!
Su clímax golpeó como un cable que se rompe: violento, inmediato, sus músculos apretándome en pulsaciones rítmicas mientras sollozaba contra la almohada. Me la follé a través de ello, cada golpe de mis caderas prolongando su placer hasta que sus piernas cedieron por completo. Una vez más, su útero descendió, aceptándome plenamente, y la sensación de su cuello uterino hinchado besando la punta de mi verga arrancó otro grito de su garganta. Los orgasmos llegaban ahora con cada embestida, todo su cuerpo derritiéndose en un placer infinito; ya no era de Reginald, sino mía.

El reloj digital parpadeó marcando las 4:25 mientras Celeste colapsaba hacia adelante sobre el colchón, con el pecho agitado y los dedos aferrados a las sábanas como si fueran un salvavidas. El sudor brillaba a lo largo de la curva de su columna, acumulándose en el hueco de su espalda donde ahora presionaba mi palma. Su pulso fluctuaba salvajemente bajo mis dedos: el ritmo frenético de una mujer totalmente reclamada.
- ¿Estás bien? - murmuré, apartando un mechón de cabello enredado de su mejilla.
Ella emitió un sonido (algo entre un gemido y una risa), con la voz rota y áspera.
• ¡Maravillosamente devastada!
(Marvelously ravished!)
Su respiración se cortó cuando me moví, con mi verga aún enterrada dentro de ella. Un lento hilo de calidez se filtró entre nosotros, pintando sus muslos internos una vez más.
El aire acondicionado zumbaba, impulsando aire fresco sobre nuestra piel sobrecalentada. Celeste se estremeció, su cuerpo reaccionando al contraste: la piel de gallina surgiendo donde mis manos aún sujetaban sus caderas. El aroma del sexo se aferraba a nosotros, espeso y embriagador, subrayado por el toque floral del champú del hotel y el almizcle de las sábanas empapadas de sudor.
Me retiré lentamente, observando cómo hacía una mueca ante la sensación. Un hilo espeso de semen nos conectó brevemente antes de romperse, goteando por su muslo interno. Sus muslos temblaban mientras se giraba sobre la espalda, con las piernas abriéndose sin fuerza. La imagen de ella (expuesta, usada, mía) me provocó una sacudida de posesividad. La evidencia de nuestra tarde se acumulaba entre sus muslos, brillando bajo la luz de la lámpara.
Sus ojos avellana siguieron mis movimientos mientras me ponía de pie, y los tablones del suelo crujieron bajo mi peso. La alfombra se sentía áspera contra mis pies descalzos, con las fibras enredándose entre mis dedos. Ella me observaba con esa nueva hambre en la mirada: la mirada de una mujer que había probado algo que ya no podía olvidar.
- ¿Ducha? - ofrecí, extendiendo la mano.
Celeste se quedó mirando mis dedos un instante antes de tomarlos; su agarre era sorprendentemente fuerte para alguien que acababa de ser follada hasta perder el sentido. Se tambaleó ligeramente al levantarse, con las rodillas flaqueando por un momento antes de estabilizarse contra mi pecho.
- ¡Tranquila! - solté una risita, guiándola hacia el baño. Su piel estaba ardiente bajo mis palmas, y el aroma de su excitación se adhería a ambos.
El aire olía a sexo y agotamiento, de ese tipo que perdura mucho después del acto: almizclado, íntimo, innegable.
Los azulejos del baño estaban frescos bajo nuestros pies, y la luz del techo resultaba agresiva tras la tenue iluminación de la lámpara del dormitorio. Celeste me miró parpadeando, con las pupilas dilatadas y los labios hinchados de tanto contener los gemidos. Una sola gota de sudor recorrió la línea de su cuello antes de desaparecer entre sus pechos. El cabello se le pegaba a la frente en mechones húmedos; el rubio se había vuelto dorado allí donde el sudor lo había aplastado contra la piel.
Estiré el brazo por delante de ella para abrir la ducha; las tuberías gimieron antes de que el agua caliente cayera en cascada desde el rociador. El vapor surgió instantáneamente, empañando el espejo y envolviendo nuestros cuerpos. Celeste exhaló bruscamente cuando el primer chorro golpeó sus hombros, sus músculos tensándose para luego derretirse bajo el calor. El agua fluía entre nosotros, llevándose la evidencia de nuestra tarde en riachuelos que giraban hacia el desagüe.
Celeste entró bajo el chorro con un suspiro, inclinando el rostro para dejar que el agua resbalara sobre su piel. Sus pezones se endurecieron al instante bajo el calor y sus pechos brillaban mientras las gotas se acumulaban en la curva de su clavícula. El agua convirtió sus pestañas en púas oscuras y sus labios se abrieron ligeramente mientras el vapor se ondulaba entre nosotros. Un leve temblor la recorrió; no por frío, sino por las sacudidas que aún reverberaban en su cuerpo. Verla así, con el agua perlada sobre su piel encendida, hizo que mi pulso se acelerara.
La seguí, sintiendo el agua escocer ligeramente donde sus uñas habían arañado mis hombros hacía un momento. El aroma a jabón genérico de hotel llenaba el aire (cítrico y algo vagamente antiséptico) pero, debajo de eso, aún podía oler nosotros: la sal de su piel, el almizcle del sexo, el sabor metálico de mi semen filtrándose lentamente de ella. El calor relajó mis músculos, pero no mitigó el dolor renovado de quererla otra vez. Celeste se apoyó contra los azulejos, con las caderas inclinándose ligeramente hacia mí en una invitación inconsciente, el agua cayendo en cascada entre sus muslos de una manera que me dejó la boca seca.
Los dedos de Celeste encontraron mi cintura, con un tacto tentativo.
• ¡Estás mirando! - murmuró, con la voz juguetona apenas audible sobre el estruendo del agua.
Su pulgar rozó las tenues marcas que sus dientes habían dejado en mi pectoral anteriormente, y sus labios se curvaron cuando me estremecí bajo el contacto.
- ¡No puedo evitarlo! - Recorrí la línea de su hueso de la cadera, observando cómo las gotas perseguían mis dedos por la pendiente de su abdomen. Su piel estaba increíblemente suave bajo mi tacto, y el calor del agua hacía que su rubor se intensificara. - ¡Te ves bien así!

Su risa fue jadeante, gutural; el sonido de una mujer que había sido follada a fondo.
• ¿Arruinada? - preguntó, arqueándose hacia mi tacto mientras mis dedos bajaban, deslizándose sobre los leves moratones que mi agarre había dejado en sus muslos.
- ¡Reclamada! - corregí, presionando la palma de mi mano contra la parte baja de su vientre, donde mi semen aún se filtraba de ella.
La descarga posesiva que me atravesó cuando ella se estremeció fue más aguda que el calor del agua.
La palabra quedó suspendida entre nosotros, pesada como el vapor que espesaba el aire. El aliento de Celeste se entrecortó y sus dedos se apretaron en mis caderas. Se inclinó, rozando con sus labios el borde de mi oreja.
• ¡Hazlo otra vez!
No necesité preguntar a qué se refería.

Presionándola contra la pared de azulejos, enganché una de sus piernas sobre mi codo, mientras la otra se envolvía en mi cintura. El agua resbalaba entre nosotros mientras me hundía en ella en una sola estocada fluida; su cuerpo me recibía ahora sin esfuerzo. Ya estaba relajada y flexible por lo de hace un rato, pero el agua caliente la volvía aún más resbaladiza: un calor apretado que cedía ante mí como si hubiera sido creada para ello.
La cabeza de Celeste golpeó contra los azulejos, su gemido tragado por el vapor. Sus dedos arañaron mis hombros y sus uñas clavaron marcas en mi piel mientras yo seguía un ritmo implacable. El sonido de la piel chocando contra la piel resonaba en las paredes de cerámica, mezclándose con el torrente del agua y sus súplicas ahogadas. Gotas salpicaban desde donde nos conectábamos, golpeando el vidrio de la ducha en patrones erráticos.
• ¡Más fuerte...! -jadeó, con la voz quebrada. Sus dientes se hundieron en mi hombro, no en juego, sino con fuerza real, como si quisiera marcarme ella también. - ¡Quiero sentirlo mañana...!
Accedí, embistiendo con una fuerza que hizo que sus dedos se curvaran contra mis pantorrillas. El chasquido de la piel húmeda resonó en los azulejos de la ducha mientras Celeste se arqueaba contra mí, clavando sus uñas en mis hombros formando lunas crecientes. Su clímax llegó de repente (una convulsión de cuerpo completo que me apretó como un tornillo) y su grito se disolvió en mi boca mientras aplastaba mis labios contra los suyos. El sabor de ella estaba ahora en todas partes: agua de lluvia, brillo de frambuesa y algo indefiniblemente suyo bajo el jabón del hotel.

La seguí al borde con un gemido que vibró contra su garganta. Incluso a través del calor del chorro de la ducha, sentí el momento exacto en que mi liberación pulsó dentro de ella: caliente y espesa, fundiéndose con los restos de nuestras rondas anteriores hasta desbordarse por sus muslos temblorosos. Nos quedamos entrelazados, con mi frente presionada contra los azulejos empañados junto a su cabeza, nuestras respiraciones agitadas sincronizándose en el aire húmedo. Mi miembro, ya relajándose, seguía anidado en su interior, ambos reacios a romper la conexión.
Cuando finalmente me retiré, Celeste cayó de rodillas sin vacilar. El agua resbalaba entre nosotros mientras me tomaba en su boca; no para limpiarme, sino con una reverencia deliberada. Su lengua giraba alrededor de la cabeza, atrapando cada gota perdida, con sus ojos avellana clavados en los míos con una intensidad que hacía tropezar mi pulso.

• ¡Vi esto en un video pervertido que encontré en internet! - admitió entre lamidas cortas, su acento británico vuelto ronco por el agotamiento y el deseo. El tono frambuesa había sido besado hace tiempo de sus labios hinchados. - ¡Siempre quise intentarlo!
Sus palabras calaron hondo, ya que esta primorosa rosa británica estaba ahora viviendo cada fantasía sucia conmigo, y no con Reginald. Observé cómo su lengua rosada giraba alrededor de mi miembro que empezaba a ablandarse con una devoción que rozaba la adoración, sus ojos avellana sin apartarse nunca de los míos, incluso mientras el agua goteaba de sus pestañas. El tono frambuesa había desaparecido hace tiempo de sus labios hinchados, pero el hambre en su mirada era más fresca que cualquier brillo labial.
Una vez que me vestí, nos despedimos con besos: besos lentos y prolongados que sabían a frambuesas y arrepentimiento. Celeste se demoró en el marco de la puerta, envuelta en la bata del hotel que se abría lo justo para revelar los moratones frescos que yo había dejado a lo largo de su cuello. La tela de toalla se adhería a su piel húmeda, y el aroma de mi jabón se mezclaba con su champú floral: un reclamo territorial que ninguno de los dos reconoció.
Pero mientras me despedía una última vez, noté un ligero destello en sus ojos; no solo satisfacción, sino algo peligrosamente cercano a la devoción...

La comprensión me golpeó como una ducha fría:
Celeste estaba enamorada.
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