Los días posteriores al primer encuentro fueron un tormento de tensión para don Ernesto. El viejo andaba como un alma en pena por los pasillos del edificio, tratando de mantener su postura de hombre respetable y de iglesia, pero se le notaba a leguas que la cabeza la tenía metida entre mis piernas. Se hacía el desentendido cuando nos cruzábamos, bajaba la mirada, pero yo le sentía la respiración agitada y cómo me escaneaba el cuerpo entero cada vez que me le ponía cerca.
El viernes en la noche, por cosas del destino, se organizó una pequeña reunión informal en el salón social del edificio para hablar de unas reparaciones del ascensor. Éramos pocos: Juan, don Ernesto con su esposa —una señora santurrona de falda larga y cara de pocos amigos— y yo, vestida con un vestido ajustado de tirantas que me marcaba cada curva.
En medio de la charla sobre las cuotas de administración, la conversación derivó entre risas en temas de pareja e infidelidades en la ciudad.
Juan, sosteniendo su copa de vino con una tranquilidad pasmosa, soltó con una sonrisa confiada:
Juan: —No, yo por ese lado vivo bendecido. Yo salgo a trabajar todos los días súper tranquilo porque sé perfectamente la mujer fiel y juiciosa que tengo en la casa... Daniela no es de las que le da entrada a nadie, es de una sola pieza.
Don Ernesto, que en ese momento estaba tomando un sorbo de agua, casi se ahoga. Soltó una tos disimulada mientras la esposa le sobaba la espalda diciéndole *"Cuidado, mijo"*.
El viejo levantó la mirada y por primera vez lo vi perder el pudor: me miró directo a los ojos, recorriendo mis labios con la vista, y se le escapó una sonrisita de lado, morbosa y picante, recordando perfectamente a qué sabía la "mujer fiel" de mi esposo. Yo le devolví la mirada mordiéndome el labio inferior despacio por encima del borde de mi copa. El contraste entre la ingenuidad aparente de Juan, la inocencia de la esposa y la verdad sucia que compartíamos los dos en silencio nos encendió la sangre a ambos.
Dos días después, la esposa de Ernesto tuvo que viajar a visitar a una hermana fuera de la ciudad. El viejo no aguantó ni cuatro horas solo. A las dos de la tarde escuché tres golpes secos y ansiosos en mi puerta.

Al abrir, Ernesto me agarró del brazo, me haló hacia el pasillo y me metió a su propio apartamento antes de que alguien pudiera vernos.
Ernesto: —Usted me tiene loco, Daniela... no puedo sacarme su olor de la cabeza —murmuró pegándome contra la pared de su sala, buscando mi boca con una desesperación devoradora


.
Esa tarde en su apartamento no hubo culpas. El santurrón había probado el pecado y ya era un adicto. Nos fuimos directo a la cama matrimonial que compartía con su esposa. Me quitó la ropa con una destreza hambrienta, admirando mi cuerpo desnudo sobre las sábanas pulcras de su casa.
Se hincó entre mis piernas y me hizo el oral más largo, dedicado y sucio que me habían hecho jamás. Usó la punta de la lengua con una lentitud desesperante, saboreando cada pliegue de mi cuca, chupándome el clítoris con una succión suave que me hacía arquear la espalda y gemir alto, sin importarme que los vecinos escucharan. Quería complacerme, quería que yo me retorciera de placer antes de meterse. Y lo logró: me sacó dos orgasmos seguidos a pura lengua antes de montárseme encima y culearme con una fuerza descomunal en la cama de su mujer, dejándome los muslos marcados de sus agarrones.





El clímax absoluto de esta locura llegó el jueves por la mañana.
Juan estaba alistándose para salir a una cita de trabajo larga fuera de la ciudad. Yo me había metido a la ducha a bañarme. Mientras el agua caliente caía sobre mi cuerpo, escuché de fondo cómo Juan abría la puerta principal para salir y se tropezaba a don Ernesto en el pasillo, que iba bajando las escaleras.
Juan: —¡Epa, don Ernesto! Buenos días. Oiga, de pura casualidad, ¿se va a quedar por aquí cerquita hoy?
Ernesto: —Hola, Juan... sí, claro, hoy estoy haciendo unos trabajos aquí en el apartamento. ¿Por qué?
Juan: —Ah, buenísimo... Es que imagínese que me toca salir todo el día a trabajar y la verdad me da como angustia dejar a Daniela tan sola. Ella dura todo el día encerrada y me da miedo que le pase algo, o que le dé un mareo, o que se meta alguien... Le encargo que me le eche un ojito al apartamento, por si escucha cualquier cosa rara o si necesita alguna cosita, ¿sí?
Ernesto: —Tranquilo, Juan... claro que sí. Vaya tranquilo que yo le echo el ojo a su señora.
Juan cerró la puerta y escuché sus pasos alejarse hacia el ascensor. Sabía perfectamente que había dejado el apartamento sin seguro.
Don Ernesto no tardó ni un minuto. Escuché el suave chasquido de la puerta al abrirse y los pasos apresurados del viejo buscando hacia el baño. El vapor del agua caliente llenaba todo el espacio y la puerta de cristal de la ducha estaba empañada.
Cuando abrió la puerta de la ducha y me vio parada ahí, desnuda, con el agua bajándome por los senos y el cuerpo brillante, al santurrón se le desencajó la cara. La verga se le marcaba como una piedra dentro del pantalón. Se quitó la camisa, se bajó el pantalón empapado y se metió directo bajo el chorro de agua hirviente.


Me agarró de la nuca y me pegó un beso salvaje, húmedo, intercambiando saliva y agua caliente. Pero esta vez no lo dejé tomar el control de una. Lo empujé suavemente contra los azulejos fríos del baño y me arrodillé frente a él en el suelo mojado.
Daniela: —Déjeme consentir a mi vecino como se merece... —le dije mirándolo desde abajo con los ojos llenos de morbo.
Le agarró la verga tiesa con la mano mojada y empecé a pajearlo despacio mientras le pegaba la boca a los testículos. Se los metí en la boca uno por uno, chupándoselos con fuerza, sintiendo el sabor a su piel mojada y el calor que emanaba de su entrepierna. El viejo soltó un jadeo gutural, clavándome las manos en el pelo mojado.

Le subí la lengua por todo el tronco, saboreándole el líquido preseminal que le salía por la punta, y se la metí toda en la boca de un solo trago, hundiéndomela hasta la garganta. Empecé a hacerle un oral agresivo, profundo, goteando agua y saliva, succionándole la cabeza con rabia mientras le masajeaba las bolas con la mano.
Ernesto: —¡Hijaputa... qué rico chupa, Daniela! ¡Me voy a venir... me voy a venir en esa boca! —gemía el santurrón perdiendo el control por completo.
No me detuve. Apreté el ritmo de mis succiones hasta que el viejo se estremeció entero y me disparó los chorros de semen hirviente directo en la garganta. Sentí la leche espesa y caliente mezclarse con el agua de la ducha. Me la tragué todita frente a él, abriendo la boca después para mostrarle cómo me había limpiado hasta la última gota de su venida.

Ernesto, completamente loco del morbo, me levantó del suelo, me pegó de espaldas contra la pared húmeda de la ducha, me subió una pierna y me metió la verga de nuevo, todavía dura y sensible, penetrándome con rabia bajo el chorro de agua. Tuvimos un sexo rápido, húmedo y sonoro contra los azulejos, donde los dos terminamos jadeando de la excitación.

Salimos de la ducha empapados, chorreando agua por todo el pasillo hasta la habitación principal. Nos secamos a medias con la sábana, pero el calor que teníamos encima no nos dejaba respirar.
Nos tiramos en la cama del cuarto. Me puse en cuatro frente a él, levantándole el culo bien alto, mostrándole mi vagina dilatada y mi ano apretado y limpio.
Daniela: —Don Ernesto... ya me probó la cuca y le gustó... pero hoy quiero que me rompa el culo como ningún hombre lo ha hecho —le dije mirándolo por encima del hombro con la mirada más pervertida que pude poner.
Al viejo casi le da un infarto de la emoción. Agarró un frasco de crema de la mesa de noche, se embadurnó los dedos y me empezó a sobajear el anito, metiéndome un dedo y luego dos para ir dilatándome mientras me besaba la espalda y las nalgas.


Cuando sintió que estaba lista, apoyó la cabeza de su verga gruesa en mi entrada anal. Empezó a empujar despacio, abriéndome paso centímetro a centímetro.

Daniela: —¡Uff... hijaputa, don Ernesto! ¡Métamela toda! —chillé apretando las sábanas al sentir cómo esa masa de carne me abría el culo por completo.
Se me metió hasta la raíz. El santurrón empezó a embestirme por el anal con un ritmo constante, pesado y sucio. Cada estocada me retumbaba en el vientre. Me agarró del moño de cabello para echarme la cabeza hacia atrás mientras me daba tironazos secos que hacían sonar mis nalgas contra sus muslos. Nos entregamos a un placer salvaje, mutuo y descarado, donde los dos gozamos sin ningún tipo de límite.

Ernesto aceleró al fondo, dándome los últimos golpes profundos en el culo, hasta que soltó un rugido de animal y volvió a venirse adentro, llenándome el canal anal con su segunda tanda de leche caliente.

Nos dejamos caer en la cama, exhaustos, sudados y completamente saciados. El santurrón había caído del todo en la tentación, sabiendo que ya no había vuelta atrás: cada vez que Juan saliera a trabajar, él estaría listo para cruzar el pasillo y volver a pecar.
El viernes en la noche, por cosas del destino, se organizó una pequeña reunión informal en el salón social del edificio para hablar de unas reparaciones del ascensor. Éramos pocos: Juan, don Ernesto con su esposa —una señora santurrona de falda larga y cara de pocos amigos— y yo, vestida con un vestido ajustado de tirantas que me marcaba cada curva.
En medio de la charla sobre las cuotas de administración, la conversación derivó entre risas en temas de pareja e infidelidades en la ciudad.
Juan, sosteniendo su copa de vino con una tranquilidad pasmosa, soltó con una sonrisa confiada:
Juan: —No, yo por ese lado vivo bendecido. Yo salgo a trabajar todos los días súper tranquilo porque sé perfectamente la mujer fiel y juiciosa que tengo en la casa... Daniela no es de las que le da entrada a nadie, es de una sola pieza.
Don Ernesto, que en ese momento estaba tomando un sorbo de agua, casi se ahoga. Soltó una tos disimulada mientras la esposa le sobaba la espalda diciéndole *"Cuidado, mijo"*.
El viejo levantó la mirada y por primera vez lo vi perder el pudor: me miró directo a los ojos, recorriendo mis labios con la vista, y se le escapó una sonrisita de lado, morbosa y picante, recordando perfectamente a qué sabía la "mujer fiel" de mi esposo. Yo le devolví la mirada mordiéndome el labio inferior despacio por encima del borde de mi copa. El contraste entre la ingenuidad aparente de Juan, la inocencia de la esposa y la verdad sucia que compartíamos los dos en silencio nos encendió la sangre a ambos.
Dos días después, la esposa de Ernesto tuvo que viajar a visitar a una hermana fuera de la ciudad. El viejo no aguantó ni cuatro horas solo. A las dos de la tarde escuché tres golpes secos y ansiosos en mi puerta.

Al abrir, Ernesto me agarró del brazo, me haló hacia el pasillo y me metió a su propio apartamento antes de que alguien pudiera vernos.
Ernesto: —Usted me tiene loco, Daniela... no puedo sacarme su olor de la cabeza —murmuró pegándome contra la pared de su sala, buscando mi boca con una desesperación devoradora


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Esa tarde en su apartamento no hubo culpas. El santurrón había probado el pecado y ya era un adicto. Nos fuimos directo a la cama matrimonial que compartía con su esposa. Me quitó la ropa con una destreza hambrienta, admirando mi cuerpo desnudo sobre las sábanas pulcras de su casa.
Se hincó entre mis piernas y me hizo el oral más largo, dedicado y sucio que me habían hecho jamás. Usó la punta de la lengua con una lentitud desesperante, saboreando cada pliegue de mi cuca, chupándome el clítoris con una succión suave que me hacía arquear la espalda y gemir alto, sin importarme que los vecinos escucharan. Quería complacerme, quería que yo me retorciera de placer antes de meterse. Y lo logró: me sacó dos orgasmos seguidos a pura lengua antes de montárseme encima y culearme con una fuerza descomunal en la cama de su mujer, dejándome los muslos marcados de sus agarrones.





El clímax absoluto de esta locura llegó el jueves por la mañana.
Juan estaba alistándose para salir a una cita de trabajo larga fuera de la ciudad. Yo me había metido a la ducha a bañarme. Mientras el agua caliente caía sobre mi cuerpo, escuché de fondo cómo Juan abría la puerta principal para salir y se tropezaba a don Ernesto en el pasillo, que iba bajando las escaleras.
Juan: —¡Epa, don Ernesto! Buenos días. Oiga, de pura casualidad, ¿se va a quedar por aquí cerquita hoy?
Ernesto: —Hola, Juan... sí, claro, hoy estoy haciendo unos trabajos aquí en el apartamento. ¿Por qué?
Juan: —Ah, buenísimo... Es que imagínese que me toca salir todo el día a trabajar y la verdad me da como angustia dejar a Daniela tan sola. Ella dura todo el día encerrada y me da miedo que le pase algo, o que le dé un mareo, o que se meta alguien... Le encargo que me le eche un ojito al apartamento, por si escucha cualquier cosa rara o si necesita alguna cosita, ¿sí?
Ernesto: —Tranquilo, Juan... claro que sí. Vaya tranquilo que yo le echo el ojo a su señora.
Juan cerró la puerta y escuché sus pasos alejarse hacia el ascensor. Sabía perfectamente que había dejado el apartamento sin seguro.
Don Ernesto no tardó ni un minuto. Escuché el suave chasquido de la puerta al abrirse y los pasos apresurados del viejo buscando hacia el baño. El vapor del agua caliente llenaba todo el espacio y la puerta de cristal de la ducha estaba empañada.
Cuando abrió la puerta de la ducha y me vio parada ahí, desnuda, con el agua bajándome por los senos y el cuerpo brillante, al santurrón se le desencajó la cara. La verga se le marcaba como una piedra dentro del pantalón. Se quitó la camisa, se bajó el pantalón empapado y se metió directo bajo el chorro de agua hirviente.


Me agarró de la nuca y me pegó un beso salvaje, húmedo, intercambiando saliva y agua caliente. Pero esta vez no lo dejé tomar el control de una. Lo empujé suavemente contra los azulejos fríos del baño y me arrodillé frente a él en el suelo mojado.
Daniela: —Déjeme consentir a mi vecino como se merece... —le dije mirándolo desde abajo con los ojos llenos de morbo.
Le agarró la verga tiesa con la mano mojada y empecé a pajearlo despacio mientras le pegaba la boca a los testículos. Se los metí en la boca uno por uno, chupándoselos con fuerza, sintiendo el sabor a su piel mojada y el calor que emanaba de su entrepierna. El viejo soltó un jadeo gutural, clavándome las manos en el pelo mojado.

Le subí la lengua por todo el tronco, saboreándole el líquido preseminal que le salía por la punta, y se la metí toda en la boca de un solo trago, hundiéndomela hasta la garganta. Empecé a hacerle un oral agresivo, profundo, goteando agua y saliva, succionándole la cabeza con rabia mientras le masajeaba las bolas con la mano.
Ernesto: —¡Hijaputa... qué rico chupa, Daniela! ¡Me voy a venir... me voy a venir en esa boca! —gemía el santurrón perdiendo el control por completo.
No me detuve. Apreté el ritmo de mis succiones hasta que el viejo se estremeció entero y me disparó los chorros de semen hirviente directo en la garganta. Sentí la leche espesa y caliente mezclarse con el agua de la ducha. Me la tragué todita frente a él, abriendo la boca después para mostrarle cómo me había limpiado hasta la última gota de su venida.

Ernesto, completamente loco del morbo, me levantó del suelo, me pegó de espaldas contra la pared húmeda de la ducha, me subió una pierna y me metió la verga de nuevo, todavía dura y sensible, penetrándome con rabia bajo el chorro de agua. Tuvimos un sexo rápido, húmedo y sonoro contra los azulejos, donde los dos terminamos jadeando de la excitación.

Salimos de la ducha empapados, chorreando agua por todo el pasillo hasta la habitación principal. Nos secamos a medias con la sábana, pero el calor que teníamos encima no nos dejaba respirar.
Nos tiramos en la cama del cuarto. Me puse en cuatro frente a él, levantándole el culo bien alto, mostrándole mi vagina dilatada y mi ano apretado y limpio.
Daniela: —Don Ernesto... ya me probó la cuca y le gustó... pero hoy quiero que me rompa el culo como ningún hombre lo ha hecho —le dije mirándolo por encima del hombro con la mirada más pervertida que pude poner.
Al viejo casi le da un infarto de la emoción. Agarró un frasco de crema de la mesa de noche, se embadurnó los dedos y me empezó a sobajear el anito, metiéndome un dedo y luego dos para ir dilatándome mientras me besaba la espalda y las nalgas.


Cuando sintió que estaba lista, apoyó la cabeza de su verga gruesa en mi entrada anal. Empezó a empujar despacio, abriéndome paso centímetro a centímetro.

Daniela: —¡Uff... hijaputa, don Ernesto! ¡Métamela toda! —chillé apretando las sábanas al sentir cómo esa masa de carne me abría el culo por completo.
Se me metió hasta la raíz. El santurrón empezó a embestirme por el anal con un ritmo constante, pesado y sucio. Cada estocada me retumbaba en el vientre. Me agarró del moño de cabello para echarme la cabeza hacia atrás mientras me daba tironazos secos que hacían sonar mis nalgas contra sus muslos. Nos entregamos a un placer salvaje, mutuo y descarado, donde los dos gozamos sin ningún tipo de límite.

Ernesto aceleró al fondo, dándome los últimos golpes profundos en el culo, hasta que soltó un rugido de animal y volvió a venirse adentro, llenándome el canal anal con su segunda tanda de leche caliente.

Nos dejamos caer en la cama, exhaustos, sudados y completamente saciados. El santurrón había caído del todo en la tentación, sabiendo que ya no había vuelta atrás: cada vez que Juan saliera a trabajar, él estaría listo para cruzar el pasillo y volver a pecar.
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