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El nuevo vecino 3

El espejo del vestidor de la tienda reflejaba una extraña. Delia se observó con la misma ropa que había usado como Derek: una camiseta gris de cuello redondo que ocultaba la forma de sus pechos, pantalones de chándal que colgaban de sus caderas sin marcar nada, y esas zapatillas de running blancas que tanto amaba por su comodidad. Parecía un chico delgado con buen cabello, nada que ver con las mujeres que veía entrar y salir del apartamento de Isaiah.

Recordaba a la rubia de la semana pasada: un vestido de latex negro que parecía pintado sobre su cuerpo, dejando los pezones erectos visibles bajo la tela, y tacones de aguja de quince centímetros que hacían que sus piernas parecieran interminables. O la morena de anteayer: un conjunto de encaje rojo translúcido que dejaba ver el vello púbico recortado en forma de corazón, y sandalias con correas que subían hasta sus muslos.

Delia se tocó el pecho a través de la gruesa tela de la camiseta. ¿Era esto lo que quería? ¿O simplemente estaba tratando de cumplir una fantasía que no le pertenecía? Su reflejo en el espejo pareció dividirse por un segundo: el Derek del pasado, confundido y avergonzado, y la Delia emergente, hambrienta y desesperada por ser vista.

El sexshop estaba en el sótano de un edificio destartalado, con una escalera que olía a incienso barato y a algo más dulce, más primitivo. Delia bajó los escalones como quien camina hacia el patíbulo, cada paso una batalla contra el instinto de huir. Cuando empujó la puerta de cristal esmerilado, una campanilla anunció su entrada con un tintineo obsceno.

—¿Primera vez? —la voz vino de detrás del mostrador, perteneciente a una chica con el pelo rapado y un piercing en la ceja que brillaba bajo la luz roja de la tienda.

Delia asintió, incapaz de articular palabra. Sus ojos recorrieron los estantes: consoladores de todos los tamaños colgando como salchichas en una carnicería, lencería que parecía hecha de hilos y buenas intenciones, esposas de cuero, máscaras, lubricantes en sabores que nunca había considerado.

—No te pongas nerviosa, cariño —la chica salió de detrás del mostrador, evaluando el cuerpo de Delia con una mirada profesional—. ¿Buscas algo específico? ¿Para ti sola? ¿Para pareja?

—Para... para que me vean —susurró Delia, sorprendiéndose a sí misma con la honestidad brutal de su respuesta.

La chica sonrió, mostrando un diente de oro.

—Ah, una de esas. Ven, tengo justo lo que necesitas.

La llevó hacia una sección donde los vestidos parecían hechos de aire y tentación. Delia eligió tres: uno negro de latex que chirriaba al moverlo, otro rojo de satén que apenas cubriría sus glúteos, y uno transparente de malla con estrategias aberturas en los pezones y la entrepierna. Luego vinieron los zapatos: plataformas de dieciocho centímetros que la obligarían a caminar con las nalgas prominentes, a balancearse, a ofrecerse.

—¿Y ropa interior? —preguntó la chica, y cuando Delia mostró su ropa interior básica de algodón, la expresión de la vendedora se transformó en algo entre la lástima y la determinación.

—Esto no servirá —dijo, casi arrancando las bragas de las manos de Delia—. Si quieres que te vean, deben ver que te esfuerzas. Mira esto.

Abrió un cajón bajo el mostrador sacando piezas de lencería que parecían más adornos que prendas. Tangas con lazos de satén que se deshacían con un tirón, algunas con perlas que colgaban justo donde Delia sabía que rozarían su clítoris con cada paso. Sostenes con aros que empujarían sus pechos hacia arriba, hacia afuera, hacia la boca de quien se atreviera a mirar.

—Este conjunto —dijo la chica, sosteniendo un body de encaje negro con aberturas en los pezones y un panel de perlas en la entrepierna— es para clientes VIP. Cuesta, pero cuando te lo pongas, entenderás por qué.

Delia pagó sin mirar el total, su tarjeta caliente entre los dedos, las bolsas pesadas con la promesa de transformación.

En su apartamento, extendió las compras sobre la cama como si fueran piezas de un rompecabezas erótico. La tarjeta con el número de Isaiah seguía en la mesita de noche, esperando. Delia se desvistió de su ropa de chico, mirando cada prenda caer al suelo como despojándose de su pasado.

Se puso el body primero. Las perlas se ajustaron contra su sexo con presión perfecta, un recordatorio constante de su propia excitación. Luego el vestido de latex, que se pegó a su piel como una segunda piel húmeda, dejando los pezones erectos y visibles bajo la teda brillante. Los zapatos fueron los últimos: cuando se puso de pie, su centro de gravedad cambió, sus caderas se proyectaron, su trasero se elevó.
El nuevo vecino 3
gender bender

Se miró en el espejo de cuerpo entero y no reconoció a la mujer que la miraba de vuelta. Era una puta gloriosa, una diosa del sexo, una invitación andante.

*A la mierda*, pensó, alcanzando la tarjeta.

Su mano temblaba cuando marcó los dígitos. Sonó una vez. Dos. Tres.

—Delia —la voz de Isaiah respondió al cuarto tono, profunda, segura, como si supiera que ella llamaría—. Estaba esperando tu llamada.

—¿Cómo...?

—He escuchado tus gemidos, vecina —su risa fue un gruñido bajo—. Y he visto tus luces encenderse a la hora que enciendo las mías. ¿Crees que no sé cuando alguien está pidiendo que se la follen de verdad?

Delia se apoyó contra la pared, el latex chirriando, las perlas presionando, su corazón desbocado.

—Ven a mi apartamento —continuó Isaiah—. Trae ese juguete que tanto usas. Quiero verte metértelo mientras te preparas para mí.

La llamada terminó con un clic.

Delia miró el consolador negro sobre su mesita de noche, luego su reflejo en el espejo, y finalmente la puerta. No había vuelta atrás. Su antiguo ser había muerto en algún punto entre la timidez del sexshop y la audacia del body de perlas.

Cogió el consolador, sus llaves, y salió al pasillo sin mirar atrás.

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