El virus SR-47 no había sido más que un rumor en los foros oscuros de internet hasta que afectó a Derek. Una fiebre de tres días, dolores insoportables en cada hueso, y cuando despertó, su cuerpo ya no era el suyo. Ahora era Delia, con curvas pronunciadas que requerían nueva ropa, piel suave como seda cruda, y una sensibilidad que la tomaba por sorpresa cada mañana al despertar.

Se mudó a un apartamento en la periferia de Chicago, buscando anonimato. Los primeros meses fueron de adaptación: aprender a caminar con aquellas caderas más anchas, a lidiar con el peso de un pecho que rebotaba con cada paso, a descubrir que su nuevo cuerpo respondía al tacto de manera completamente diferente.
El apartamento 4B estaba vacío hasta que una tarde de octubre escuchó la mudanza. Muebles pesados arrastrándose, una voz profunda y melódica dando instrucciones. Cuando salió a recoger su correo, lo vio: el nuevo vecino ocupaba todo el marco de la puerta, un monumento de piel oscura y músculos que estiraban una camiseta blanca hasta sus límites. Debía medir casi dos metros, con hombros que parecían capaces de sostener el mundo.
—Isaiah —se presentó, extendiendo una mano del tamaño de una pala, pero con un apretón sorprendentemente gentil—. Disculpa el escándalo de la mudanza.
Delia tartamudeó su nombre, sintiendo un calor inesperado subiendo por su cuello. Se apresuró a entrar, confundida por la reacción de su nuevo cuerpo ante aquella presencia masculina tan abrumadora.
La primera noche, creyó imaginarlo. Gemidos ahogados, ritmicos, provenientes del apartamento contiguo. La pared que compartían era delgada, casi de cartón. Se tapó la cabeza con la almohada, avergonzada, pero su cuerpo traicionero ya estaba despierto, respondiendo a cada sonido con un pulso entre sus piernas que no podía ignorar.
Las noches siguientes se convirtieron en tortura. Isaiah traía compañía: una rubia alta una noche, una morena con acento extranjero otra, una pelirroja que reía con voz de campanas. Siempre diferentes, siempre voces femeninas que se quebraban en gemidos que Delia podía escuchar con claridad indecente.
Se negaba a ser una mirona, una pervertida que se deleitaba con la intimidad ajena. Pero su mano comenzaba a vagar por sí sola, deslizándose bajo la cintura de sus bragas mientras escuchaba. Se tocaba con furia reprimida, imaginando que aquellos sonidos eran para ella, que era ella quien hacía que aquel gigante gruñera de esa manera.
Una noche de diciembre, el frío había llegado con fuerza. Delia estaba en la cama, dedos entre sus pliegues, cuando escuchó algo diferente. No gemidos de mujer, sino la voz grave de Isaiah, baja y ronca, diciendo palabras que no podía distinguir pero que sentía en la boca del estómago. Luego, el golpe rítmico de la cabecera contra la pared compartida, cada impacto acompañado por jadeos que parecían sincronizados con su propia respiración acelerada.
Se deslizó dos dedos dentro de sí misma, arqueando la espalda. Era la primera vez que se penetraba así, y el estiramiento la hizo jadear más fuerte de lo que pretendía. Su otra mano encontró su pezón, ahora erecto y sensible, y lo pellizcó con la misma fuerza que imaginaba que Isaiah usaría.

Los sonidos del otro lado se intensificaron. Una voz femenina suplicaba "más duro", y Delia obedeció en su imaginación, frotando su clítoris con movimientos circulares desesperados mientras se penetraba con tres dedos ahora, sintiendo cómo su nueva anatomía se abría y contráía, húmeda y caliente.
—Dios, eres enorme —escuchó a la mujer gemir, y Delia imaginó aquella polla que debía tener Isaiah, proporcional a su tamaño, gruesa y negra como el ébano, estirando a su acompañante hasta hacerla gritar.
Delia se volcó boca abajo, levantando las caderas contra su propia mano, simulando que alguien la tomaba por detrás. Su cama crujía, y por un momento de pánico excitado, creyó que Isaiah podría escucharla también, que sabría que su vecina se masturbaba escuchándolo follar.
La idea la empujó al borde. Se mordió el cojín para ahogar sus propios gemidos mientras el orgasmo la atravesaba con violencia inesperada. Contracciones que parecían partirla en dos, visión borrosa, y un grito ahogado que salió de su garganta pese a sus esfuerzos.
Del otro lado, los sonidos también cesaron. Una carcajada masculina, baja y satisfecha.
Delia yació en la oscuridad, jadeante, sintiendo el pulso entre sus piernas disminuir lentamente. Su mano seguía húmeda, y la llevó a los labios por pura curiosidad, probando su propio sabor por primera vez. Dulce y salado, extrañamente adictivo.
Al día siguiente, se cruzó con Isaiah en el pasillo. Llevaba solo un pantalón de chándal colgado de sus caderas, el torso desnudo brillando con gotas de agua de la ducha. Delia sintió que su rostro se incendiaba, consciente de que probablemente olía a sexo y excitación, imposible de disimular.
Isaiah la miró con esos ojos oscuros que parecían ver demasiado. Una sonrisa lenta, casi arrogante, se dibujó en su rostro.
—Buenos días, vecina —dijo, y su voz resonó en la espina dorsal de Delia como un presagio—. Espero que hayas dormido bien.
Delia huyó sin responder, pero esa noche, cuando los gemidos comenzaron de nuevo, no se molestó en fingir resistencia. Se desnudó completamente, abrió las piernas hacia la pared compartida, y se permitió gemir tan alto como quiso, sincronizando sus propios jadeos con los de la mujer que Isaiah estaba haciendo gritar al otro lado.
Si él podía escucharla, que escuchara. Que supiera que ella estaba lista, dispuesta, y hambrienta de ser la siguiente en su lista.

Se mudó a un apartamento en la periferia de Chicago, buscando anonimato. Los primeros meses fueron de adaptación: aprender a caminar con aquellas caderas más anchas, a lidiar con el peso de un pecho que rebotaba con cada paso, a descubrir que su nuevo cuerpo respondía al tacto de manera completamente diferente.
El apartamento 4B estaba vacío hasta que una tarde de octubre escuchó la mudanza. Muebles pesados arrastrándose, una voz profunda y melódica dando instrucciones. Cuando salió a recoger su correo, lo vio: el nuevo vecino ocupaba todo el marco de la puerta, un monumento de piel oscura y músculos que estiraban una camiseta blanca hasta sus límites. Debía medir casi dos metros, con hombros que parecían capaces de sostener el mundo.
—Isaiah —se presentó, extendiendo una mano del tamaño de una pala, pero con un apretón sorprendentemente gentil—. Disculpa el escándalo de la mudanza.
Delia tartamudeó su nombre, sintiendo un calor inesperado subiendo por su cuello. Se apresuró a entrar, confundida por la reacción de su nuevo cuerpo ante aquella presencia masculina tan abrumadora.
La primera noche, creyó imaginarlo. Gemidos ahogados, ritmicos, provenientes del apartamento contiguo. La pared que compartían era delgada, casi de cartón. Se tapó la cabeza con la almohada, avergonzada, pero su cuerpo traicionero ya estaba despierto, respondiendo a cada sonido con un pulso entre sus piernas que no podía ignorar.
Las noches siguientes se convirtieron en tortura. Isaiah traía compañía: una rubia alta una noche, una morena con acento extranjero otra, una pelirroja que reía con voz de campanas. Siempre diferentes, siempre voces femeninas que se quebraban en gemidos que Delia podía escuchar con claridad indecente.
Se negaba a ser una mirona, una pervertida que se deleitaba con la intimidad ajena. Pero su mano comenzaba a vagar por sí sola, deslizándose bajo la cintura de sus bragas mientras escuchaba. Se tocaba con furia reprimida, imaginando que aquellos sonidos eran para ella, que era ella quien hacía que aquel gigante gruñera de esa manera.
Una noche de diciembre, el frío había llegado con fuerza. Delia estaba en la cama, dedos entre sus pliegues, cuando escuchó algo diferente. No gemidos de mujer, sino la voz grave de Isaiah, baja y ronca, diciendo palabras que no podía distinguir pero que sentía en la boca del estómago. Luego, el golpe rítmico de la cabecera contra la pared compartida, cada impacto acompañado por jadeos que parecían sincronizados con su propia respiración acelerada.
Se deslizó dos dedos dentro de sí misma, arqueando la espalda. Era la primera vez que se penetraba así, y el estiramiento la hizo jadear más fuerte de lo que pretendía. Su otra mano encontró su pezón, ahora erecto y sensible, y lo pellizcó con la misma fuerza que imaginaba que Isaiah usaría.

Los sonidos del otro lado se intensificaron. Una voz femenina suplicaba "más duro", y Delia obedeció en su imaginación, frotando su clítoris con movimientos circulares desesperados mientras se penetraba con tres dedos ahora, sintiendo cómo su nueva anatomía se abría y contráía, húmeda y caliente.
—Dios, eres enorme —escuchó a la mujer gemir, y Delia imaginó aquella polla que debía tener Isaiah, proporcional a su tamaño, gruesa y negra como el ébano, estirando a su acompañante hasta hacerla gritar.
Delia se volcó boca abajo, levantando las caderas contra su propia mano, simulando que alguien la tomaba por detrás. Su cama crujía, y por un momento de pánico excitado, creyó que Isaiah podría escucharla también, que sabría que su vecina se masturbaba escuchándolo follar.
La idea la empujó al borde. Se mordió el cojín para ahogar sus propios gemidos mientras el orgasmo la atravesaba con violencia inesperada. Contracciones que parecían partirla en dos, visión borrosa, y un grito ahogado que salió de su garganta pese a sus esfuerzos.
Del otro lado, los sonidos también cesaron. Una carcajada masculina, baja y satisfecha.
Delia yació en la oscuridad, jadeante, sintiendo el pulso entre sus piernas disminuir lentamente. Su mano seguía húmeda, y la llevó a los labios por pura curiosidad, probando su propio sabor por primera vez. Dulce y salado, extrañamente adictivo.
Al día siguiente, se cruzó con Isaiah en el pasillo. Llevaba solo un pantalón de chándal colgado de sus caderas, el torso desnudo brillando con gotas de agua de la ducha. Delia sintió que su rostro se incendiaba, consciente de que probablemente olía a sexo y excitación, imposible de disimular.
Isaiah la miró con esos ojos oscuros que parecían ver demasiado. Una sonrisa lenta, casi arrogante, se dibujó en su rostro.
—Buenos días, vecina —dijo, y su voz resonó en la espina dorsal de Delia como un presagio—. Espero que hayas dormido bien.
Delia huyó sin responder, pero esa noche, cuando los gemidos comenzaron de nuevo, no se molestó en fingir resistencia. Se desnudó completamente, abrió las piernas hacia la pared compartida, y se permitió gemir tan alto como quiso, sincronizando sus propios jadeos con los de la mujer que Isaiah estaba haciendo gritar al otro lado.
Si él podía escucharla, que escuchara. Que supiera que ella estaba lista, dispuesta, y hambrienta de ser la siguiente en su lista.
1 comentarios - El. Nuevo vecino