
Días después de aquella tarde prohibida, Alex no podía quitarse a su madre de la cabeza. Laura, por su parte, intentaba comportarse con normalidad, pero cada vez que lo miraba recordaba el grosor de su polla llenándola y cómo se había corrido dentro de ella. Sin embargo, Alex decidió intentar “normalizar” su vida y empezó a salir con Valeria, una chica de 19 años, guapa, de cuerpo atlético y muy abierta sexualmente.
Una tarde, mientras Laura estaba supuestamente en el gimnasio, Alex llevó a Valeria a casa. La excitación del peligro los dominó y, en vez de ir a su habitación, terminaron en la cama de su madre. La misma cama donde él la había follado días atrás.
—Joder, qué cama tan grande… —rió Valeria mientras se quitaba la ropa.
Alex la empujó sobre las sábanas, le abrió las piernas y empezó a comerle el coño con ganas. Valeria gemía fuerte, agarrándole el pelo. Pronto la penetró con fuerza, follando duro, haciendo que la cama crujiera. Los gemidos llenaban la habitación:
—¡Sí, Alex! ¡Más fuerte! ¡Me encanta tu polla!
Lo que no sabían era que Laura había vuelto antes. Al escuchar ruidos desde la puerta entreabierta, se acercó sigilosamente. Cuando vio la escena se quedó congelada: su hijo follando con fuerza a una chica joven sobre su cama. El culo firme de Alex subiendo y bajando, su polla gruesa entrando y saliendo de ese coño apretado.
En vez de enfadarse o interrumpirlos, Laura sintió un calor intenso entre las piernas. Se mordió el labio y, sin hacer ruido, metió la mano dentro de sus shorts. Sus dedos encontraron su clítoris hinchado y empezó a masturbarse lentamente, mirando cómo su hijo follaba a otra. Verlo tan dominante, tan macho, la ponía muchísimo. Se bajó los shorts un poco más y metió dos dedos en su coño mojado, sincronizando sus movimientos con las embestidas de Alex.
—Así… fóllatela bien —susurró para sí misma, casi sin voz, mientras sus tetas tatuadas subían y bajaban con la respiración agitada.
Valeria se corrió gritando, y Alex la siguió poco después, corriéndose dentro de ella con gruñidos. Laura, escondida en el pasillo, también llegó al orgasmo mordiéndose el brazo para no gemir.
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