Capítulo 2
“Selena, qué placer conocerte en persona. Soy Alexander, tu anfitrión. Tu creador, Bryan, no ha exagerado en absoluto. Eres aún más deslumbrante que en las fotografías.”
Su voz era un susurro seductor, pero sus ojos la desnudaron con una evaluación fría y clínica, como la de un entomólogo examinando una mariposa rara. Bryan le apretó el hombro, un gesto de posesión que ahora reconfortaba a Selena.
“Alexander, tal como acordamos, es completamente sumisa, pero su espíritu permanece intacto. Eso es lo que la hace tan valiosa.”
El trayecto en un silencioso coche eléctrico hasta la villa principal fue como un recorrido por un Jardín del Edén diseñado para el pecado. Estatuas de dioses y diosas en poses lascivas se escondían entre hibiscos y orquídeas. La villa era una estructura de cristal y madera que parecía flotar sobre el océano, con vistas infinitas.
—La exposición abre esta noche —dijo Alexander, guiándolos a través de una inmensa sala repleta de arte erótico de todas las épocas—. Pero no se preocupen, no estarán solos en un pedestal. Oh, no, eso sería demasiado... convencional.
La condujo a través de una puerta oculta hasta un balneario subterráneo. El aire era cálido y olía a jazmín y a algo más: deseo puro. En el centro de la sala, bajo la suave luz de la luna que se filtraba por una claraboya circular, había una plataforma climatizada de mármol negro.
—Este será tu escenario —dijo Alexander—. Durante tres noches, serás la pieza central de mi colección viviente. Los invitados podrán admirarte, pero no tocarte. Al menos, no al principio. Tu primera prueba será la contemplación. Tendrás que mantener una serie de posturas que te indicaré, sin moverte, durante horas. Tu cuerpo se convertirá en una escultura de carne y deseo.
Esa noche, despojaron a Selena de sus ropas y la ungieron con un aceite brillante con aroma a sándalo. La condujeron a la plataforma y le indicaron que se arrodillara, con las manos entrelazadas a la espalda, la espalda arqueada y la cabeza ligeramente inclinada. Una máscara de plumas negras le cubría los ojos, intensificando así sus otros sentidos.
La sala se llenó de murmullos, el tintineo de las copas de champán y la suave música de un cuarteto de cuerdas. Selena sentía decenas de ojos sobre ella, devorándola, imaginando qué harían si no estuviera atada por las reglas de la exposición. Sentía el calor de sus miradas en sus pechos, en su vulva, en el pequeño anillo de su ano. El desafío era inmenso: su cuerpo clamaba por movimiento, por el roce de una mano, por la penetración, pero su voluntad, forjada en la cabaña y en la suite de Tokio, la mantenía inmóvil. Se convirtió en un objeto, en una fantasía, y en esa rendición, encontró un nuevo tipo de poder.
La segunda noche, la prueba cambió.
«La contemplación es para la vista», dijo Alexander, mientras dos asistentes con túnicas transparentes la preparaban. «Pero el verdadero arte involucra todos los sentidos. Esta noche, tú serás el festín».
Selena yacía sobre una mesa baja de mármol en el centro del comedor. Su cuerpo estaba adornado con pétalos de rosa, fruta fresca y trozos de chocolate negro. Los invitados, esta vez un grupo más reducido y selecto, se sentaron a su alrededor. No se les permitía tocarla.
—Comerán directamente de tu cuerpo —explicó Bryan, con los ojos brillando de orgullo—. Debes permanecer inmóvil mientras sus lenguas y labios te exploran. Era una prueba de control sensorial.
La primera lengua que la tocó fue la de una elegante mujer rubia, que lentamente lamió la miel de su ombligo. Selena contuvo la respiración, una oleada de calor recorrió su cuerpo. Luego fue un hombre mayor, con barba gris, quien mordisqueó una fresa colocada sobre su pezón. El contraste entre la fruta fría y su boca cálida la hizo estremecer. Una a una, las lenguas la exploraron, limpiando el "arte" de su cuerpo. Era una tortura deliciosa. Sintió que su coño se inundaba, sus pezones se endurecieron tanto que le dolían. El orgasmo la golpeó como una ola, inesperado y silencioso, un espasmo interno que solo ella y los dioses del placer podían sentir.
La noche final, la culminación, fue la prueba de la sumisión absoluta.
—Has superado la prueba de la vista y la del gusto —dijo Alexander, con la voz cargada de un deseo que ya no intentaba ocultar—. Pero el arte más sublime es aquel que se entrega por completo. Esta noche, no serás ni una escultura ni un banquete. Serás un instrumento.
La plataforma de mármol había sido modificada. Ahora lucía barras de plata pulida que se elevaban desde los bordes, como la jaula de un ave exótica. En el centro, una serie de anillos de cuero colgaban del techo.
—Esta noche —anunció Alexander a sus invitados, que ahora vestían máscaras y túnicas negras—, nuestra obra maestra se utilizará para crear una nueva obra de arte. El arte del placer compartido.
Selena fue colocada de pie en el centro de la plataforma. Sus muñecas y tobillos estaban sujetos a las anillas del techo y del suelo, dejándola en posición de "X", suspendida y completamente vulnerable. Esta vez no llevaba máscara. Tenía que verlo todo.
“El arte no solo está hecho para ser visto, sino para ser sentido”, continuó Alexander. “Y tú, mi querida Selena, lo sentirás todo”.
El primero en acercarse fue Bryan. Su tacto era familiar, un ancla en medio de la tormenta. La besó, una promesa silenciosa, antes de alejarse. Luego se acercó otro hombre. Ella no lo conocía. Era alto, con un torso musculoso tatuado con dragones. Sin decir palabra, se arrodilló y comenzó a lamerle la vagina. Selena gimió, arqueando el cuerpo contra las correas de cuero.
Mientras el hombre la complacía con la boca, una mujer se acercó y comenzó a succionar uno de sus senos, bebiendo la leche que goteaba de su pezón. La sobrecarga de sensaciones era abrumadora. Una tercera persona, un joven nervioso, comenzó a masajear su clítoris con sus hábiles dedos.
Perdió toda noción del tiempo, del espacio e incluso de quién era. Se convirtió en pura sensación, un lienzo sobre el que otros plasmaron sus deseos. Fue penetrada, lamida, tocada, mordida y venerada por una sucesión de extraños, mientras los demás observaban y se masturbaban, sus gemidos y susurros mezclándose con los de ella.
El clímax llegó cuando Alexander se acercó. Se quedó de pie frente a ella, con la mirada fija en la suya, mientras otro hombre la tomaba por detrás con una ferocidad que la hizo gritar.
—Ahora —dijo Alexander, desenvainando su pene ya erecto y brillante—, el toque final del artista.
Se lo llevó a la boca, y Selena, sumisa hasta la médula, lo recibió. Mientras la llenaba, sintió cómo el hombre que la penetraba por detrás eyaculaba dentro de ella con un rugido. El orgasmo final la golpeó como un tsunami, una explosión de luz y placer que la dejó colgando de sus ataduras, temblando y sin aliento.
Cuando terminó, ella yacía sobre la plataforma de mármol, cubierta de semen y sudor, con el cuerpo marcado por las manos y las bocas de una docena de desconocidos.
Publicado: 19/7/2026, 14:30:23
El jet privado aterrizó con una suavidad que contrastaba fuertemente con la tormenta de emociones que bullía en el interior de Selena. La isla privada del Caribe, bautizada como «El Paraíso de Eros», era un exuberante paraje verde rodeado de un agua tan azul que parecía irreal. Un hombre alto, impecablemente vestido con lino blanco, los esperaba en la pista, con una sonrisa apenas perceptible.“Selena, qué placer conocerte en persona. Soy Alexander, tu anfitrión. Tu creador, Bryan, no ha exagerado en absoluto. Eres aún más deslumbrante que en las fotografías.”
Su voz era un susurro seductor, pero sus ojos la desnudaron con una evaluación fría y clínica, como la de un entomólogo examinando una mariposa rara. Bryan le apretó el hombro, un gesto de posesión que ahora reconfortaba a Selena.
“Alexander, tal como acordamos, es completamente sumisa, pero su espíritu permanece intacto. Eso es lo que la hace tan valiosa.”
El trayecto en un silencioso coche eléctrico hasta la villa principal fue como un recorrido por un Jardín del Edén diseñado para el pecado. Estatuas de dioses y diosas en poses lascivas se escondían entre hibiscos y orquídeas. La villa era una estructura de cristal y madera que parecía flotar sobre el océano, con vistas infinitas.
—La exposición abre esta noche —dijo Alexander, guiándolos a través de una inmensa sala repleta de arte erótico de todas las épocas—. Pero no se preocupen, no estarán solos en un pedestal. Oh, no, eso sería demasiado... convencional.
La condujo a través de una puerta oculta hasta un balneario subterráneo. El aire era cálido y olía a jazmín y a algo más: deseo puro. En el centro de la sala, bajo la suave luz de la luna que se filtraba por una claraboya circular, había una plataforma climatizada de mármol negro.
—Este será tu escenario —dijo Alexander—. Durante tres noches, serás la pieza central de mi colección viviente. Los invitados podrán admirarte, pero no tocarte. Al menos, no al principio. Tu primera prueba será la contemplación. Tendrás que mantener una serie de posturas que te indicaré, sin moverte, durante horas. Tu cuerpo se convertirá en una escultura de carne y deseo.
Esa noche, despojaron a Selena de sus ropas y la ungieron con un aceite brillante con aroma a sándalo. La condujeron a la plataforma y le indicaron que se arrodillara, con las manos entrelazadas a la espalda, la espalda arqueada y la cabeza ligeramente inclinada. Una máscara de plumas negras le cubría los ojos, intensificando así sus otros sentidos.
La sala se llenó de murmullos, el tintineo de las copas de champán y la suave música de un cuarteto de cuerdas. Selena sentía decenas de ojos sobre ella, devorándola, imaginando qué harían si no estuviera atada por las reglas de la exposición. Sentía el calor de sus miradas en sus pechos, en su vulva, en el pequeño anillo de su ano. El desafío era inmenso: su cuerpo clamaba por movimiento, por el roce de una mano, por la penetración, pero su voluntad, forjada en la cabaña y en la suite de Tokio, la mantenía inmóvil. Se convirtió en un objeto, en una fantasía, y en esa rendición, encontró un nuevo tipo de poder.
La segunda noche, la prueba cambió.
«La contemplación es para la vista», dijo Alexander, mientras dos asistentes con túnicas transparentes la preparaban. «Pero el verdadero arte involucra todos los sentidos. Esta noche, tú serás el festín».
Selena yacía sobre una mesa baja de mármol en el centro del comedor. Su cuerpo estaba adornado con pétalos de rosa, fruta fresca y trozos de chocolate negro. Los invitados, esta vez un grupo más reducido y selecto, se sentaron a su alrededor. No se les permitía tocarla.
—Comerán directamente de tu cuerpo —explicó Bryan, con los ojos brillando de orgullo—. Debes permanecer inmóvil mientras sus lenguas y labios te exploran. Era una prueba de control sensorial.
La primera lengua que la tocó fue la de una elegante mujer rubia, que lentamente lamió la miel de su ombligo. Selena contuvo la respiración, una oleada de calor recorrió su cuerpo. Luego fue un hombre mayor, con barba gris, quien mordisqueó una fresa colocada sobre su pezón. El contraste entre la fruta fría y su boca cálida la hizo estremecer. Una a una, las lenguas la exploraron, limpiando el "arte" de su cuerpo. Era una tortura deliciosa. Sintió que su coño se inundaba, sus pezones se endurecieron tanto que le dolían. El orgasmo la golpeó como una ola, inesperado y silencioso, un espasmo interno que solo ella y los dioses del placer podían sentir.
La noche final, la culminación, fue la prueba de la sumisión absoluta.
—Has superado la prueba de la vista y la del gusto —dijo Alexander, con la voz cargada de un deseo que ya no intentaba ocultar—. Pero el arte más sublime es aquel que se entrega por completo. Esta noche, no serás ni una escultura ni un banquete. Serás un instrumento.
La plataforma de mármol había sido modificada. Ahora lucía barras de plata pulida que se elevaban desde los bordes, como la jaula de un ave exótica. En el centro, una serie de anillos de cuero colgaban del techo.
—Esta noche —anunció Alexander a sus invitados, que ahora vestían máscaras y túnicas negras—, nuestra obra maestra se utilizará para crear una nueva obra de arte. El arte del placer compartido.
Selena fue colocada de pie en el centro de la plataforma. Sus muñecas y tobillos estaban sujetos a las anillas del techo y del suelo, dejándola en posición de "X", suspendida y completamente vulnerable. Esta vez no llevaba máscara. Tenía que verlo todo.
“El arte no solo está hecho para ser visto, sino para ser sentido”, continuó Alexander. “Y tú, mi querida Selena, lo sentirás todo”.
El primero en acercarse fue Bryan. Su tacto era familiar, un ancla en medio de la tormenta. La besó, una promesa silenciosa, antes de alejarse. Luego se acercó otro hombre. Ella no lo conocía. Era alto, con un torso musculoso tatuado con dragones. Sin decir palabra, se arrodilló y comenzó a lamerle la vagina. Selena gimió, arqueando el cuerpo contra las correas de cuero.
Mientras el hombre la complacía con la boca, una mujer se acercó y comenzó a succionar uno de sus senos, bebiendo la leche que goteaba de su pezón. La sobrecarga de sensaciones era abrumadora. Una tercera persona, un joven nervioso, comenzó a masajear su clítoris con sus hábiles dedos.
Perdió toda noción del tiempo, del espacio e incluso de quién era. Se convirtió en pura sensación, un lienzo sobre el que otros plasmaron sus deseos. Fue penetrada, lamida, tocada, mordida y venerada por una sucesión de extraños, mientras los demás observaban y se masturbaban, sus gemidos y susurros mezclándose con los de ella.
El clímax llegó cuando Alexander se acercó. Se quedó de pie frente a ella, con la mirada fija en la suya, mientras otro hombre la tomaba por detrás con una ferocidad que la hizo gritar.
—Ahora —dijo Alexander, desenvainando su pene ya erecto y brillante—, el toque final del artista.
Se lo llevó a la boca, y Selena, sumisa hasta la médula, lo recibió. Mientras la llenaba, sintió cómo el hombre que la penetraba por detrás eyaculaba dentro de ella con un rugido. El orgasmo final la golpeó como un tsunami, una explosión de luz y placer que la dejó colgando de sus ataduras, temblando y sin aliento.
Cuando terminó, ella yacía sobre la plataforma de mármol, cubierta de semen y sudor, con el cuerpo marcado por las manos y las bocas de una docena de desconocidos.
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