Capítulo 1: El llamado de Asaias
La atmósfera en el corazón de la montaña más alta del este era sofocante, cargada de un calor subterráneo que hacía brillar el sudor en la piel de los presentes. El gran salón real de Asaias, tallado en pura roca volcánica negra, estaba iluminado por braseros que arrojaban sombras distorsionadas sobre los muros. El aire olía a una mezcla densa de azufre, perfumes embriagadores y el almizcle salvaje de docenas de razas distintas.




Allí se encontraban los representantes del mundo no humano: clérigos oscuros, nobles arrogantes y líderes de las facciones más poderosas. Sin embargo, no habían acudido por un deseo genuino de guerra, sino por pura obligación y curiosidad. Los últimos siglos habían sido sumamente provechosos para ellos. Disfrutaban de una paz cómoda; si algún aventurero humano despistado cruzaba la frontera, era capturado rápidamente y vendido como un cotizado esclavo sexual en los mercados negros. Más allá de esa trata de personas, las criaturas habían aprendido a vivir en armonía, encontrando el placer entre ellos mismos sin la necesidad de desatar un conflicto mundial.









En el fondo del salón, sentada de forma imponente en su trono de piedra viva, se encontraba Asaias. La diosa del inframundo y la perversión, dueña absoluta de los seres oscuros y una de las siete deidades de la creación, irradiaba un aura tan magnética que cortaba la respiración de cualquiera. Su sola presencia derramaba una mezcla de sumisión y una intensa excitación en el ambiente; gobernaba con una autoridad implacable, pero tan cargada de sensualidad que resultaba imposible odiarla.


Asaias se inclinó hacia adelante, cruzando sus piernas perfectas, y su voz —un ronroneo aterciopelado que vibró directamente en el pecho de los oyentes— inundó el salón:
—Mis queridas criaturas del mal, mis eternos compañeros del placer... —comenzó, regalándoles una sonrisa que prometía glorias inimaginables—. Estos siglos han sido un obsequio grato, debo reconocerlo. El primer asalto quedó atrás y este vasto este nos pertenece. Los humanos aprendieron a temernos, a respetarnos y, sobre todo, a complacernos. Pero la paz es una ilusión efímera. Me han llegado susurros alarmantes desde el oeste, cruzando el gran océano. Esos mortales infames están experimentando con los nuestros; no buscan coexistir, quieren encadenarnos y convertirnos en sus juguetes sexuales privados, en meros objetos para su entretenimiento y humillación. No esperaremos a que destruyan nuestro estilo de vida. Debemos asestar el primer golpe.
Un silencio espeso y tenso inundó la sala. Sin embargo, la sumisión se vio interrumpida desde el sector de los emisarios de la luz. Amelie, la máxima sacerdotisa y enviada de la diosa Calipso, dio un paso al frente. Era notablemente más pequeña que el resto de los líderes, una figura menuda que intentaba ensanchar los hombros para infundir un respeto que simplemente no lograba conseguir.
—Diosa Asaias, agradezco que comparta sus inquietudes con nosotros —habló Amelie. Su voz era dulce y limpia, pero sonaba peligrosamente tierna para un consejo de guerra—. Hablo en el sagrado nombre de Calipso. Sus temores son comprensibles, pero les aseguro que están infundados. Los hombres del oeste son codiciosos, sí, y están desquiciados, pero carecen por completo de ingenio. Son torpes, incapaces de coordinar una amenaza real contra nosotros. Sus planes son solo fantasías ridículas. No hay de qué preocuparse. De hecho, si me lo permiten, yo misma puedo guiar a mi gente hacia sus tierras para convertirlos, educarlos en la templanza y traerlos al camino de la rectitud.
Un murmullo de incredulidad, seguido de carcajadas ahogadas y expresiones de absoluto desprecio, recorrió el salón. Nadie la tomaba en serio; todos en la corte conocían la inocencia de las hadas, y más de uno miró de reojo la zona de su entrepierna, sabiendo el patético y diminuto bulto que escondía bajo sus ropas, un contraste ridículo con el resto de las razas.
De entre la multitud de los seres del oeste, una de las brujas se adelantó balanceando las caderas de forma perezosa, con una sonrisa maliciosa pintada en los labios. Miró a la pequeña criatura de arriba abajo, relamiéndose:
—Ay, Amelie, cosita hermosa... Todas en el oeste las adoramos, de verdad, pero decir semejante estupidez demuestra lo increíblemente inútiles que son ustedes. ¿De verdad pretendes educar a los hombres del oeste cuando no tienen la astucia ni para cuidar sus propios culos? Son demasiado tontas, preciosa.
Amelie se encendió en un vivo color carmín, apretando sus pequeños puños mientras sus alitas vibraban con indignación. Trató de agudizar la voz para sonar autoritaria, aunque solo logró verse más adorable:
—¡Silencio! ¿Con qué derecho te atreves a interrumpirme? Ni siquiera eres una líder formal en tu grupo para alzar la voz en este consejo.
La bruja soltó una risa descarada, acercándose un paso más y devorándola con la mirada, consciente de lo fácil que era intimidar y sonrojar a la criatura:
—No necesito un título nobiliario para cantarle las verdades a alguien tan deliciosamente tierno y manipulable como tú. Quédate quieta y deja que los adultos hablen.
—¿...Me estás diciendo tierna? —tartamudeó el hada, con la mente dispersa, completamente distraída y desarmada por el repentino coqueteo de la bruja, olvidando por completo su discurso político.
Asaias, aburrida del espectáculo de las hadas, a quienes despreciaba profundamente por su puritanismo, se puso en pie. Su figura dominante congeló las risas al instante. Miró a Amelie con una frialdad cortante, despojada de cualquier rastro de su habitual calidez seductora.





—¡Basta de desviarnos por nimiedades! —sentenció la diosa, y su tono hizo que varios nobles se estremecieran de excitación y pavor—. Amelie, valoro el protocolo que te obliga a estar aquí, pero, con todo el respeto que le debo a tu orden... cierra la boca y guarda tus opiniones. Yo no soy una paranoica. Los humanos albergan una crueldad que ustedes no alcanzan a comprender. Nuestro pueblo solo busca el gozo y el placer del sexo, pero ellos ansían la propiedad, el dominio absoluto de la creación. Hay que aplastarlos e imponer nuestro orden antes de que sea tarde.
En medio del tenso silencio que siguió a la reprimenda, la general y líder de las elfas dio un paso al frente de manera impecable. Su piel emitía un resplandor nocturno bellísimo y su postura era pura elegancia aristocrática. Cuando habló, su voz fluyó como una melodía dulce, sutil y sumamente cuidadosa, midiendo cada palabra para expresar su desacuerdo sin que la diosa lo tomara como una ofensa personal, pues confiaba plenamente en la benevolencia de Asaias hacia los suyos.

—Es un honor escuchar la sabiduría de todas las presentes en esta mesa, Gran Asaias —dijo la elfa con una reverencia perfecta y una sonrisa encantadora—. Sin embargo... no puedo evitar recordar que tuviste un discurso muy similar hace cien años, durante el primer asalto. No quisiera parecer impertinente, y bajo ningún concepto desearía ganarme tu desprecio, pero la situación se siente parecida. A todas aquí nos fascina el sexo, es nuestra naturaleza, pero la paz actual no nos ha privado de nada. Es maravilloso ver el estado de los mortales hoy en día; muchos ya olvidaron el terror de la antigua guerra y acuden voluntariamente a que les follemos la boca con devoción. La convivencia nos favorece.
Asaias la miró, suavizando sus facciones. No había ira en sus ojos hacia la elfa, solo la paciencia de quien tiene el triunfo asegurado.






—Mi preocupación es real, mi bella general. En aquel entonces detuvimos su avance, pero esta vez la amenaza ha madurado. Sé que mis palabras no bastan para arrancar la comodidad en la que se han asentado, así que dejaré de hablar... y permitiré que los hechos hablen por mí. Contemplen a Tumtum Caliope, el mismísimo rey del oeste.
Las pesadas puertas del gran salón se abrieron de golpe. Dos robustos demonios arrastraron hacia el centro del lugar a un hombre completamente desnudo, atado por gruesas cadenas que tintineaban contra el suelo de roca. El prisionero era un espécimen magnífico: alto, de músculos densos, limpios y esculpidos, y una melena de un rojo encendido. Su cuerpo estaba intacto, sin un solo rastro de tortura o maltrato físico; de hecho, su piel brillaba lubricada y todavía arrastraba el rastro de algún fluido o algo de semen de los juegos eróticos previos a los que sus captoras lo habían sometido durante el viaje.
El hombre forcejeó con salvajismo, con el orgullo completamente herido al verse exhibido de esa manera:
—¡Puta madre! —bramó, con una voz ronca que resonó en las vigas del techo—. ¡Yo no he hecho nada! ¡No tienen derecho a retenerme, soy el soberano del oeste!
Asaias descendió los escalones del estrado con la gracia lenta de un depredador. Se detuvo frente al imponente cuerpo del prisionero, observándolo con una mezcla de lascivia y absoluto desprecio dominante. El tipo no quería ser tratado como una mercancía barata ni como una ramera, y su mirada echaba chispas de pura indignación.




—Cállate. Solo eres una puta —le susurró al oído.
Antes de que el rey pudiera proferir otro insulto para defender su posición, la diosa lo tomó con firmeza por el cabello, obligándolo a echar la cabeza hacia atrás, y le plantó un beso voraz, violento y profundo: el Beso de la Verdad. La magia del inframundo fluyó de inmediato. Los ojos del rey se tornaron vacíos, perdiendo la conciencia de sí mismo, y su boca comenzó a parlotear sin control, vomitando cada uno de los secretos de estado del oeste: las flotas secretas que construían, los laboratorios donde planeaban diseccionar a las criaturas y el deseo de usarlas a todas como meros objetos de estudio sexual.
El ambiente en el salón cambió drásticamente. Los rostros de los líderes se transformaron; la pereza y el escepticismo desaparecieron, reemplazados por una furia colectiva y una violenta excitación. La diosa tenía razón.
Satisfecha, Asaias rompió el beso con un chasquido húmedo y empujó al quebrado rey al suelo de piedra. Mientras la diosa regresaba a su trono con total elegancia para exponer los detalles de su plan maestro.
un grupo de brujas de la corte se abalanzó sobre el indefenso Tumtum Caliope.
En cuestión de instantes, las brujas comenzaron a follárselo sin piedad en medio del salón real, desatando una mini orgía caótica a la vista de todo el consejo. El rey del oeste, a pesar de seguir encadenado y políticamente destruido, no pudo contener la respuesta de su cuerpo sano y vigoroso ante el estímulo; cayó rendido y jadeaba encantado, completamente entregado al vicio y al placer que le provocaban sus captoras, sirviendo como el telón de fondo perfecto para el inicio del gran segundo asalto mundial.










La atmósfera en el corazón de la montaña más alta del este era sofocante, cargada de un calor subterráneo que hacía brillar el sudor en la piel de los presentes. El gran salón real de Asaias, tallado en pura roca volcánica negra, estaba iluminado por braseros que arrojaban sombras distorsionadas sobre los muros. El aire olía a una mezcla densa de azufre, perfumes embriagadores y el almizcle salvaje de docenas de razas distintas.




Allí se encontraban los representantes del mundo no humano: clérigos oscuros, nobles arrogantes y líderes de las facciones más poderosas. Sin embargo, no habían acudido por un deseo genuino de guerra, sino por pura obligación y curiosidad. Los últimos siglos habían sido sumamente provechosos para ellos. Disfrutaban de una paz cómoda; si algún aventurero humano despistado cruzaba la frontera, era capturado rápidamente y vendido como un cotizado esclavo sexual en los mercados negros. Más allá de esa trata de personas, las criaturas habían aprendido a vivir en armonía, encontrando el placer entre ellos mismos sin la necesidad de desatar un conflicto mundial.









En el fondo del salón, sentada de forma imponente en su trono de piedra viva, se encontraba Asaias. La diosa del inframundo y la perversión, dueña absoluta de los seres oscuros y una de las siete deidades de la creación, irradiaba un aura tan magnética que cortaba la respiración de cualquiera. Su sola presencia derramaba una mezcla de sumisión y una intensa excitación en el ambiente; gobernaba con una autoridad implacable, pero tan cargada de sensualidad que resultaba imposible odiarla.


Asaias se inclinó hacia adelante, cruzando sus piernas perfectas, y su voz —un ronroneo aterciopelado que vibró directamente en el pecho de los oyentes— inundó el salón:
—Mis queridas criaturas del mal, mis eternos compañeros del placer... —comenzó, regalándoles una sonrisa que prometía glorias inimaginables—. Estos siglos han sido un obsequio grato, debo reconocerlo. El primer asalto quedó atrás y este vasto este nos pertenece. Los humanos aprendieron a temernos, a respetarnos y, sobre todo, a complacernos. Pero la paz es una ilusión efímera. Me han llegado susurros alarmantes desde el oeste, cruzando el gran océano. Esos mortales infames están experimentando con los nuestros; no buscan coexistir, quieren encadenarnos y convertirnos en sus juguetes sexuales privados, en meros objetos para su entretenimiento y humillación. No esperaremos a que destruyan nuestro estilo de vida. Debemos asestar el primer golpe.
Un silencio espeso y tenso inundó la sala. Sin embargo, la sumisión se vio interrumpida desde el sector de los emisarios de la luz. Amelie, la máxima sacerdotisa y enviada de la diosa Calipso, dio un paso al frente. Era notablemente más pequeña que el resto de los líderes, una figura menuda que intentaba ensanchar los hombros para infundir un respeto que simplemente no lograba conseguir.
—Diosa Asaias, agradezco que comparta sus inquietudes con nosotros —habló Amelie. Su voz era dulce y limpia, pero sonaba peligrosamente tierna para un consejo de guerra—. Hablo en el sagrado nombre de Calipso. Sus temores son comprensibles, pero les aseguro que están infundados. Los hombres del oeste son codiciosos, sí, y están desquiciados, pero carecen por completo de ingenio. Son torpes, incapaces de coordinar una amenaza real contra nosotros. Sus planes son solo fantasías ridículas. No hay de qué preocuparse. De hecho, si me lo permiten, yo misma puedo guiar a mi gente hacia sus tierras para convertirlos, educarlos en la templanza y traerlos al camino de la rectitud.
Un murmullo de incredulidad, seguido de carcajadas ahogadas y expresiones de absoluto desprecio, recorrió el salón. Nadie la tomaba en serio; todos en la corte conocían la inocencia de las hadas, y más de uno miró de reojo la zona de su entrepierna, sabiendo el patético y diminuto bulto que escondía bajo sus ropas, un contraste ridículo con el resto de las razas.
De entre la multitud de los seres del oeste, una de las brujas se adelantó balanceando las caderas de forma perezosa, con una sonrisa maliciosa pintada en los labios. Miró a la pequeña criatura de arriba abajo, relamiéndose:
—Ay, Amelie, cosita hermosa... Todas en el oeste las adoramos, de verdad, pero decir semejante estupidez demuestra lo increíblemente inútiles que son ustedes. ¿De verdad pretendes educar a los hombres del oeste cuando no tienen la astucia ni para cuidar sus propios culos? Son demasiado tontas, preciosa.
Amelie se encendió en un vivo color carmín, apretando sus pequeños puños mientras sus alitas vibraban con indignación. Trató de agudizar la voz para sonar autoritaria, aunque solo logró verse más adorable:
—¡Silencio! ¿Con qué derecho te atreves a interrumpirme? Ni siquiera eres una líder formal en tu grupo para alzar la voz en este consejo.
La bruja soltó una risa descarada, acercándose un paso más y devorándola con la mirada, consciente de lo fácil que era intimidar y sonrojar a la criatura:
—No necesito un título nobiliario para cantarle las verdades a alguien tan deliciosamente tierno y manipulable como tú. Quédate quieta y deja que los adultos hablen.
—¿...Me estás diciendo tierna? —tartamudeó el hada, con la mente dispersa, completamente distraída y desarmada por el repentino coqueteo de la bruja, olvidando por completo su discurso político.
Asaias, aburrida del espectáculo de las hadas, a quienes despreciaba profundamente por su puritanismo, se puso en pie. Su figura dominante congeló las risas al instante. Miró a Amelie con una frialdad cortante, despojada de cualquier rastro de su habitual calidez seductora.





—¡Basta de desviarnos por nimiedades! —sentenció la diosa, y su tono hizo que varios nobles se estremecieran de excitación y pavor—. Amelie, valoro el protocolo que te obliga a estar aquí, pero, con todo el respeto que le debo a tu orden... cierra la boca y guarda tus opiniones. Yo no soy una paranoica. Los humanos albergan una crueldad que ustedes no alcanzan a comprender. Nuestro pueblo solo busca el gozo y el placer del sexo, pero ellos ansían la propiedad, el dominio absoluto de la creación. Hay que aplastarlos e imponer nuestro orden antes de que sea tarde.
En medio del tenso silencio que siguió a la reprimenda, la general y líder de las elfas dio un paso al frente de manera impecable. Su piel emitía un resplandor nocturno bellísimo y su postura era pura elegancia aristocrática. Cuando habló, su voz fluyó como una melodía dulce, sutil y sumamente cuidadosa, midiendo cada palabra para expresar su desacuerdo sin que la diosa lo tomara como una ofensa personal, pues confiaba plenamente en la benevolencia de Asaias hacia los suyos.

—Es un honor escuchar la sabiduría de todas las presentes en esta mesa, Gran Asaias —dijo la elfa con una reverencia perfecta y una sonrisa encantadora—. Sin embargo... no puedo evitar recordar que tuviste un discurso muy similar hace cien años, durante el primer asalto. No quisiera parecer impertinente, y bajo ningún concepto desearía ganarme tu desprecio, pero la situación se siente parecida. A todas aquí nos fascina el sexo, es nuestra naturaleza, pero la paz actual no nos ha privado de nada. Es maravilloso ver el estado de los mortales hoy en día; muchos ya olvidaron el terror de la antigua guerra y acuden voluntariamente a que les follemos la boca con devoción. La convivencia nos favorece.
Asaias la miró, suavizando sus facciones. No había ira en sus ojos hacia la elfa, solo la paciencia de quien tiene el triunfo asegurado.






—Mi preocupación es real, mi bella general. En aquel entonces detuvimos su avance, pero esta vez la amenaza ha madurado. Sé que mis palabras no bastan para arrancar la comodidad en la que se han asentado, así que dejaré de hablar... y permitiré que los hechos hablen por mí. Contemplen a Tumtum Caliope, el mismísimo rey del oeste.
Las pesadas puertas del gran salón se abrieron de golpe. Dos robustos demonios arrastraron hacia el centro del lugar a un hombre completamente desnudo, atado por gruesas cadenas que tintineaban contra el suelo de roca. El prisionero era un espécimen magnífico: alto, de músculos densos, limpios y esculpidos, y una melena de un rojo encendido. Su cuerpo estaba intacto, sin un solo rastro de tortura o maltrato físico; de hecho, su piel brillaba lubricada y todavía arrastraba el rastro de algún fluido o algo de semen de los juegos eróticos previos a los que sus captoras lo habían sometido durante el viaje.
El hombre forcejeó con salvajismo, con el orgullo completamente herido al verse exhibido de esa manera:
—¡Puta madre! —bramó, con una voz ronca que resonó en las vigas del techo—. ¡Yo no he hecho nada! ¡No tienen derecho a retenerme, soy el soberano del oeste!
Asaias descendió los escalones del estrado con la gracia lenta de un depredador. Se detuvo frente al imponente cuerpo del prisionero, observándolo con una mezcla de lascivia y absoluto desprecio dominante. El tipo no quería ser tratado como una mercancía barata ni como una ramera, y su mirada echaba chispas de pura indignación.




—Cállate. Solo eres una puta —le susurró al oído.
Antes de que el rey pudiera proferir otro insulto para defender su posición, la diosa lo tomó con firmeza por el cabello, obligándolo a echar la cabeza hacia atrás, y le plantó un beso voraz, violento y profundo: el Beso de la Verdad. La magia del inframundo fluyó de inmediato. Los ojos del rey se tornaron vacíos, perdiendo la conciencia de sí mismo, y su boca comenzó a parlotear sin control, vomitando cada uno de los secretos de estado del oeste: las flotas secretas que construían, los laboratorios donde planeaban diseccionar a las criaturas y el deseo de usarlas a todas como meros objetos de estudio sexual.
El ambiente en el salón cambió drásticamente. Los rostros de los líderes se transformaron; la pereza y el escepticismo desaparecieron, reemplazados por una furia colectiva y una violenta excitación. La diosa tenía razón.
Satisfecha, Asaias rompió el beso con un chasquido húmedo y empujó al quebrado rey al suelo de piedra. Mientras la diosa regresaba a su trono con total elegancia para exponer los detalles de su plan maestro.
un grupo de brujas de la corte se abalanzó sobre el indefenso Tumtum Caliope.
En cuestión de instantes, las brujas comenzaron a follárselo sin piedad en medio del salón real, desatando una mini orgía caótica a la vista de todo el consejo. El rey del oeste, a pesar de seguir encadenado y políticamente destruido, no pudo contener la respuesta de su cuerpo sano y vigoroso ante el estímulo; cayó rendido y jadeaba encantado, completamente entregado al vicio y al placer que le provocaban sus captoras, sirviendo como el telón de fondo perfecto para el inicio del gran segundo asalto mundial.










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