La habitación de Edu estaba sumida en una penumbra densa, solo interrumpida por el resplandor azulado y frío de la pantalla de su teléfono. El aire se sentía pesado, cargado con el aroma a humedad y el rancio olor de las sábanas que no habían sido cambiadas en días. Edu yacía desparramado sobre el colchón, su cuerpo robusto hundiéndose en la espuma. Sus dedos, cortos y gruesos, se deslizaban con apatía sobre la superficie de vidrio, saltando de una publicación a otra en sus redes sociales sin encontrar nada que realmente capturara su atención. El aburrimiento era una capa espesa que lo envolvía, una inercia que lo mantenía anclado a la cama mientras el reloj de la pared marcaba los segundos con un tictac monótono.
De repente, una notificación vibró contra su palma. El corazón de Edu dio un salto violento contra sus costillas. Era un mensaje de Joaquín.
Al abrir el chat, una imagen saturó la pantalla. Era una fotografía cruda, sin filtros. El pene de Joaquín se erguía imponente, una columna de carne tensa, venosa y brillante por el preseminal que coronaba el glande. La piel estaba estirada al límite, revelando la potencia de esos veinticuatro centímetros de longitud. Debajo de la imagen, un texto corto y cortante: "Mira esto, gordo. Así de dura está mi verga pensando en cómo voy a destrozarte el culo hoy. Prepárate, porque no voy a tener piedad contigo".
Edu sintió una descarga eléctrica que nació en la base de su cráneo y descendió en cascada hasta su entrepierna. Sus pupilas se dilataron. De repente, el aire de la habitación se volvió insuficiente. Un calor súbito inundó sus mejillas y su pene, aunque aún pequeño, comenzó a endurecerse con una urgencia dolorosa. Pero lo más intenso ocurrió abajo, en su esfínter. Sintió un espasmo, una contracción involuntaria que le hizo arquear la espalda. Su ano palpitaba, reclamando una plenitud que solo Joaquín sabía otorgar.
"Dios, lo quiero ya", susurró Edu, con la voz quebrada por la excitación.
Con movimientos torpes y apresurados, comenzó a despojarse de la ropa. La camiseta se quedó enganchada en su vientre prominente antes de caer al suelo, seguida por los pantalones que revelaron sus muslos pesados y su piel pálida. Quedó totalmente desnudo, expuesto a la penumbra. Sus pezones, pequeños y rosados sobre la masa de sus pechos, estaban erectos.
Se giró sobre su costado y alcanzó la mesa de noche, donde guardaba sus juguetes. Sus dedos temblaban mientras buscaba un plug anal con vibrador. Era un objeto de silicona negra, con una base ancha y un motor interno que prometía sacudir sus entrañas. Aplicó una generosa cantidad de lubricante, el sonido viscoso del gel deslizándose sobre su piel llenando el silencio. Con un gemido, empujó la punta del plug contra su orificio. El músculo se resistió un segundo antes de ceder, tragando el juguete con un succionador húmedo.
"Ah... mierda", jadeó Edu, cerrando los ojos.
Activó el vibrador. La sensación fue inmediata. Una vibración aguda y constante comenzó a masajear su próstata, enviando ondas de placer que lo hacían temblar. Mientras el plug trabajaba en su interior, Edu comenzó a masturbarse. Su mano envolvió su pene, moviéndose en un ritmo frenético, sintiendo la fricción del lubricante que aún tenía en los dedos. Para potenciar la fantasía, tomó el teléfono y buscó un video que Joaquín le había enviado meses atrás.
En la pantalla, la imagen era brutal. Joaquín, con su cuerpo delgado y fibroso, estaba detrás de Edu, quien aparecía en el video gemido y humillado, con el rostro hundido en la almohada mientras la verga de Joaquín entraba y salía de él con una fuerza animal. El sonido del video, el impacto de los huevos de Joaquín golpeando las nalgas del gordo, se mezcló con la respiración agitada de Edu en la vida real.
"Sí... así... fóllame así otra vez", gimió Edu, acelerando el movimiento de su mano.
La excitación alcanzó un punto crítico. El plug ya no era suficiente; necesitaba sentir la escala de su amante. Con un esfuerzo coordinado, extrajo el vibrador con un sonido húmedo y succionante y tomó un dildo de dimensiones colosales. Era una réplica exacta del miembro de Joaquín: grueso, largo y con una cabeza prominente.
Edu se puso en cuatro, levantando el trasero hacia el techo. El dildo esperaba, brillante bajo la luz del teléfono. Con un suspiro largo, comenzó a introducirlo. El esfínter se expandió violentamente, la piel se estiró hasta casi volverse transparente. El dolor inicial se transformó rápidamente en un placer abrumador a medida que el juguete penetraba profundamente, llegando a puntos que hacían que Edu viera estrellas.
"Oh, Dios... es tan grande... me llena todo", gritó Edu, mientras empezaba a grabarse.
Sostuvo el teléfono frente a él, capturando la imagen de su propio cuerpo sacudiéndose, la masa de sus nalgas envolviendo la base del dildo mientras este entraba y salía con fuerza. Sus pechos rebotaban con cada embestida manual. El sudor comenzó a perlar su frente y a deslizarse por el valle de su vientre.
"Mira, Joaquín... mira cómo me abro para ti... estoy tan desesperado... por favor, ven ya y hazme tuyo", decía Edu a la cámara, con la voz cargada de lujuria y sumisión.
Cuando terminó, exhausto y con el dildo aún clavado en su interior, envió el video y un mensaje simple: "Estoy listo. Ven ahora".
No pasaron más de treinta minutos antes de que el timbre de la puerta resonara en la casa. Edu, que había tenido tiempo de prepararse, se miró al espejo una última vez. Llevaba una tanga de encaje rojo que se perdía entre los pliegues de sus glúteos, una pollera negra diminuta que apenas cubría la base de su trasero y un sostén que comprimía sus pechos gordos, resaltando sus pezones.
Abrió la puerta. Joaquín estaba allí, con una expresión de fría dominación. Sus ojos recorrieron el cuerpo de Edu desde arriba hacia abajo, deteniéndose en la ridiculez y la erótica provocación del atuendo.
"Pero mira qué puta gorda tengo en mi casa", dijo Joaquín, con una sonrisa depredadora.
Edu bajó la mirada, sintiéndose pequeño a pesar de su tamaño. "Hola, amo... te estaba esperando".
Joaquín no respondió con palabras. Entró en la casa cerrando la puerta de un golpe y tomó a Edu por la nuca, estrellando sus labios contra los suyos. Fue un beso agresivo, cargado de saliva y hambre. Joaquín introdujo la lengua con fuerza, succionando la de Edu en un intercambio húmedo y desesperado. Mientras se besaban, la mano derecha de Joaquín descendió con violencia, apretando la carne de la nalga de Edu a través de la fina tela de la tanga, mientras la izquierda se hundía en uno de sus senos, apretando el tejido blando con garras.
"Me pone enfermo lo mucho que necesitas que te use", gruñó Joaquín contra sus labios.
"Lo necesito... por favor, quítame esto", suplicó Edu, jadeando.
Joaquín se separó lo suficiente para desnudarse con una eficiencia mecánica. Se deshizo de la ropa, revelando su cuerpo magro y, sobre todo, su pene, que ya estaba completamente erecto, apuntando hacia el pecho de Edu. La verga era una bestia de carne, imponente y oscura.
"Primero, vamos a ver qué hay debajo de este trapo", dijo Joaquín.
Con un movimiento brusco, desabrochó el sostén de Edu. Los pechos del gordo quedaron libres, saltando levemente. Joaquín se abalanzó sobre ellos, empezando a besar los pezones con avidez. No eran besos tiernos; eran mordiscos y pellizcos. Joaquín succionó la punta del pezón de Edu, tirando de él con los dientes, provocando que el gordo soltara un grito que mezclaba el dolor con el éxtasis.
Edu, mientras tanto, no podía quedarse quieto. Sus manos gruesas rodearon la verga de Joaquín, apretándola con fuerza. Comenzó a subir y bajar la mano, sintiendo la textura rugosa de las venas y el calor abrasador que emanaba la piel.
"Está tan dura... es increíble", susurró Edu.
"No hables, gordo. Solo sirve para lo que naciste", ordenó Joaquín.
Joaquín empujó a Edu hacia abajo. El gordo se agachó, quedando de rodillas frente a su macho. La visión del glande humedecido por el preseminal estaba a centímetros de su nariz. Edu abrió la boca y envolvió la cabeza del pene, saboreando el rastro salado de la piel.
"Trágatelo todo", ordenó Joaquín, agarrando el cabello de Edu para controlar el movimiento.
Joaquín comenzó a embestir la boca de Edu. No hubo sutileza. Empujó el miembro profundamente, obligando a Edu a abrir la garganta. El pene de veinticuatro centímetros llegó hasta el fondo, golpeando la pared posterior de la faringe. Edu comenzó a ahogarse, sus ojos se llenaron de lágrimas y un sonido gutural, un gorgoteo húmedo, escapó de su garganta mientras intentaba procesar la invasión.
"¡Gulp... ahhh!", Edu intentaba respirar, pero Joaquín no le daba tregua, entrando y saliendo con fuerza, llenando la cavidad oral por completo. El sonido del choque entre la carne y los labios, el squelch de la saliva que escurría por la comisura de la boca de Edu, llenaba la habitación.
"Buen perro. Así es como me limpias", dijo Joaquín, sacando la verga con un sonido pop que dejó a Edu tosiendo y babeando.
Sin darle tiempo a recuperarse, Joaquín lo tomó del brazo y lo lanzó sobre la cama. Lo obligó a ponerse boca abajo, con el trasero elevado. Con una rapidez sorprendente, Joaquín sacó unas cuerdas de cuero que tenía en el bolsillo y ató las muñecas de Edu a los postes del cabezal, estirando sus brazos y dejando su espalda arqueada y vulnerable.
"Ahora vamos a ponerte el culo en su lugar", sentenció Joaquín.
El primer golpe llegó sin aviso. La palma de la mano de Joaquín impactó contra la nalga izquierda de Edu con un sonido seco y potente. ¡Plap!
"¡Ah!", gritó Edu, sintiendo el fuego instantáneo.
"¿Te gusta que te pegue, gordo? ¿Te gusta sentir cómo te marco?", preguntó Joaquín, lanzando otro golpe, esta vez en la nalga derecha.
Los azotes continuaron en un ritmo implacable. Joaquín no se detenía. Cada golpe dejaba una marca roja brillante sobre la piel pálida. El sonido era rítmico: plap, plap, plap. Edu sollozaba, pero sus caderas se movían instintivamente, buscando más. El dolor estaba despertando una sensibilidad extrema en su ano, que ahora estaba dilatado y palpitando, rogando por la penetración. Las nalgas de Edu estaban ahora de un color carmesí intenso, calientes al tacto y vibrando por la agresión.
"Mírate... estás rojo como un tomate, puta", se burló Joaquín, acariciando la zona inflamada antes de pasar al siguiente paso.
Joaquín alcanzó el lubricante y vertió una cantidad industrial sobre sus dedos y el orificio de Edu. Introdujo el dedo índice con un movimiento lento, sintiendo la resistencia del esfínter que, aunque excitado, aún intentaba protegerse.
"Relájate, gordo. Sabes que voy a entrar", susurró Joaquín al oído de Edu, mientras mordía el lóbulo de su oreja.
El dedo se hundió profundamente. Luego entró el segundo, y luego el tercero. Edu gemía, sintiendo cómo su interior se expandía. Joaquín no se detuvo ahí. Comenzó a doblar los dedos, empujando más y más carne dentro del canal anal. El proceso fue lento y deliberado. Edu sentía que su cuerpo se abría, que el límite de su capacidad estaba siendo puesto a prueba.
"Más... por favor, más", suplicó Edu, con la voz rota.
Joaquín cerró el puño y, con un empuje firme y constante, comenzó a introducir la mano entera. El fisting fue una experiencia trascendental para Edu. Sintió la presión masiva de los nudillos abriendo el anillo anal, la sensación de estar siendo desgarrado y llenado al mismo tiempo. Sus ojos se pusieron en blanco y comenzó a llorar, no de dolor, sino de un placer tan intenso que se volvió agonizante.
"Estás tan abierto... parece que no tienes fondo", dijo Joaquín, moviendo el puño dentro de él, sintiendo las paredes internas del recto contraerse alrededor de su mano.
Finalmente, Joaquín retiró la mano con un sonido húmedo y succionante que dejó el ano de Edu totalmente dilatado, un orificio rojo y abierto que ya no ofrecía resistencia. Era el momento.
Joaquín se posicionó detrás de él. Guio la cabeza de su verga hacia la entrada y, con un único y potente empuje, se hundió por completo.
"¡AAGHH!", el grito de Edu desgarró el silencio de la habitación.
El pene de veinticuatro centímetros entró sin freno, llegando hasta lo más profundo del colon de Edu. El impacto fue seco, visceral. Joaquín comenzó a moverse con una violencia coordinada, embistiendo con toda su fuerza. Cada golpe hacía que el cuerpo de Edu saltara sobre el colchón, sus pechos gordos sacudiéndose violentamente, sus muñecas tirando de las cuerdas.
"¡Eres mía, gorda puta! ¡Mira cómo te abro el culo!", gritaba Joaquín, su voz cargada de un dominio oscuro.
"¡Sí... sí! ¡Destrózame... fóllame más fuerte!", respondía Edu, perdiendo la noción del tiempo y el espacio.
El sonido del sexo era ensordecedor: el shlicking de la verga entrando y saliendo envuelta en lubricante y fluidos, el golpe seco de los huevos de Joaquín contra el perineo de Edu, y los gemidos desesperados del sumiso. Joaquín no tenía piedad; cambiaba el ángulo, clavando la verga más arriba, buscando la próstata y golpeándola con cada embestida.
En medio del frenesí, Joaquín miró hacia un lado y vio el dildo que Edu había usado antes. Una idea sádica cruzó su mente.
"¿Te gustó el juguete, verdad? Vamos a ver si puedes aguantar los dos", dijo Joaquín con una risa cruel.
Edu abrió los ojos, aterrorizado y excitado a la vez. Joaquín tomó el dildo y, mientras su propio pene seguía dentro de Edu, comenzó a empujar el juguete de silicona justo al lado de su miembro.
"¡No... no puede... es demasiado!", gritó Edu, sintiendo la presión insoportable.
"¡Cállate y aguanta!", ordenó Joaquín, empujando el dildo con fuerza bruta.
El dildo entró, forzando las paredes del ano a expandirse más allá de lo imaginable. Ahora, el interior de Edu estaba completamente ocupado por dos columnas de carne y silicona. La sensación era abrumadora. Edu sentía que su cuerpo se partía en dos, que el placer y el dolor se habían fusionado en una sola emoción eléctrica.
Joaquín comenzó a moverse nuevamente, haciendo que el pene y el dildo rozaran entre sí dentro del cuerpo de Edu. El sonido era ahora un squelching constante, una masa de fluidos y fricción. Edu agonizaba, sus gritos se convirtieron en jadeos cortos, su respiración era errática. Estaba en el límite del colapso sensorial.
"¡Voy a llenarte... voy a dejarte el culo lleno de mi leche!", rugió Joaquín.
El ritmo se volvió frenético. Joaquín aceleró las embestidas, sus músculos tensos, el sudor goteando de su frente sobre la espalda de Edu. Con un último empuje que enterró la verga hasta la raíz, Joaquín llegó al clímax.
Un chorro potente de semen caliente disparó dentro del ano de Edu, llenando la cavidad que ya estaba abierta al máximo. Edu sintió la pulsación de la verga liberando la carga, una calidez líquida que inundó sus entrañas. Joaquín siguió bombeando durante varios segundos, asegurándose de depositar cada gota de su semilla en el fondo del gordo.
Cuando terminó, Joaquín retiró el dildo con un sonido succionante y luego sacó su pene, que aún palpitaba. El ano de Edu quedó abierto, una herida de placer que goteaba una mezcla de lubricante y semen blanco que se deslizaba por sus nalgas rojas.
Sin darle descanso, Joaquín tomó a Edu del cabello y lo obligó a girarse. Se colocó la verga, aún brillante y sucia de fluidos anales, frente a la boca de Edu.
"Límpiala. Ahora", ordenó.
Edu obedeció instantáneamente. Comenzó a lamer el eje del pene, succionando los restos de semen y moco que quedaron adheridos a la piel. Usó su lengua con esmero, limpiando cada centímetro, desde la base hasta la corona del glande, saboreando la esencia de su amo.
Cuando terminó, Edu se quedó jadeando, con la mirada perdida. Sin embargo, había un problema: él no había eyaculado. Su pene estaba erecto, goteando preseminal, la tensión en sus testículos era casi insoportable.
"Amo... por favor... ¿puedo... puedo correrme?", pidió Edu con voz temblorosa.
Joaquín lo miró con frialdad, una chispa de sadismo en sus ojos.
"Puedes, gordo. Pero con una condición: no quiero que una sola gota toque las sábanas. Te vas a masturbar en tu mano y te vas a beber todo tu semen. No quiero que quede rastro de tu placer", sentenció Joaquín.
Edu asintió frenéticamente. "Sí, amo... lo haré".
Joaquín lo soltó de las cuerdas y se sentó a observar, con los brazos cruzados, disfrutando de la sumisión total de su amante. Edu, con el corazón latiendo a mil por hora, envolvió su pene con la mano. Estaba tan cerca del borde que cualquier roce era eléctrico. Comenzó a moverse rápidamente, imaginando la cara de Joaquín, el dolor de los azotes y la plenitud de la doble penetración.
En cuestión de segundos, la tensión estalló. Edu soltó un gemido largo y agudo mientras el semen salió disparado en varias ráfagas espesas y blancas, cayendo directamente sobre la palma de su mano. El placer fue breve pero intenso, una descarga que lo dejó exhausto.
Sin perder un segundo, y siguiendo la orden, Edu llevó su mano a la boca. Lamió el semen espeso, tragándolo con avidez, limpiando cada rastro de la palma de su mano con la lengua hasta que la piel quedó impecable. No dejó ni una sola gota.
Joaquín sonrió, satisfecho. Se levantó de la cama y comenzó a vestirse sin decir una palabra más.
"Limpia este desastre, gorda puta. Nos vemos la próxima semana", dijo Joaquín mientras caminaba hacia la puerta.
Edu se quedó allí, tendido en la cama, con el cuerpo temblando, el ano todavía abierto y el corazón lleno de una devoción oscura. Miró la puerta por donde Joaquín se había ido y, con una sonrisa débil y exhausta, cerró los ojos, saboreando aún el sabor salado de su propia sumisión.
De repente, una notificación vibró contra su palma. El corazón de Edu dio un salto violento contra sus costillas. Era un mensaje de Joaquín.
Al abrir el chat, una imagen saturó la pantalla. Era una fotografía cruda, sin filtros. El pene de Joaquín se erguía imponente, una columna de carne tensa, venosa y brillante por el preseminal que coronaba el glande. La piel estaba estirada al límite, revelando la potencia de esos veinticuatro centímetros de longitud. Debajo de la imagen, un texto corto y cortante: "Mira esto, gordo. Así de dura está mi verga pensando en cómo voy a destrozarte el culo hoy. Prepárate, porque no voy a tener piedad contigo".
Edu sintió una descarga eléctrica que nació en la base de su cráneo y descendió en cascada hasta su entrepierna. Sus pupilas se dilataron. De repente, el aire de la habitación se volvió insuficiente. Un calor súbito inundó sus mejillas y su pene, aunque aún pequeño, comenzó a endurecerse con una urgencia dolorosa. Pero lo más intenso ocurrió abajo, en su esfínter. Sintió un espasmo, una contracción involuntaria que le hizo arquear la espalda. Su ano palpitaba, reclamando una plenitud que solo Joaquín sabía otorgar.
"Dios, lo quiero ya", susurró Edu, con la voz quebrada por la excitación.
Con movimientos torpes y apresurados, comenzó a despojarse de la ropa. La camiseta se quedó enganchada en su vientre prominente antes de caer al suelo, seguida por los pantalones que revelaron sus muslos pesados y su piel pálida. Quedó totalmente desnudo, expuesto a la penumbra. Sus pezones, pequeños y rosados sobre la masa de sus pechos, estaban erectos.
Se giró sobre su costado y alcanzó la mesa de noche, donde guardaba sus juguetes. Sus dedos temblaban mientras buscaba un plug anal con vibrador. Era un objeto de silicona negra, con una base ancha y un motor interno que prometía sacudir sus entrañas. Aplicó una generosa cantidad de lubricante, el sonido viscoso del gel deslizándose sobre su piel llenando el silencio. Con un gemido, empujó la punta del plug contra su orificio. El músculo se resistió un segundo antes de ceder, tragando el juguete con un succionador húmedo.
"Ah... mierda", jadeó Edu, cerrando los ojos.
Activó el vibrador. La sensación fue inmediata. Una vibración aguda y constante comenzó a masajear su próstata, enviando ondas de placer que lo hacían temblar. Mientras el plug trabajaba en su interior, Edu comenzó a masturbarse. Su mano envolvió su pene, moviéndose en un ritmo frenético, sintiendo la fricción del lubricante que aún tenía en los dedos. Para potenciar la fantasía, tomó el teléfono y buscó un video que Joaquín le había enviado meses atrás.
En la pantalla, la imagen era brutal. Joaquín, con su cuerpo delgado y fibroso, estaba detrás de Edu, quien aparecía en el video gemido y humillado, con el rostro hundido en la almohada mientras la verga de Joaquín entraba y salía de él con una fuerza animal. El sonido del video, el impacto de los huevos de Joaquín golpeando las nalgas del gordo, se mezcló con la respiración agitada de Edu en la vida real.
"Sí... así... fóllame así otra vez", gimió Edu, acelerando el movimiento de su mano.
La excitación alcanzó un punto crítico. El plug ya no era suficiente; necesitaba sentir la escala de su amante. Con un esfuerzo coordinado, extrajo el vibrador con un sonido húmedo y succionante y tomó un dildo de dimensiones colosales. Era una réplica exacta del miembro de Joaquín: grueso, largo y con una cabeza prominente.
Edu se puso en cuatro, levantando el trasero hacia el techo. El dildo esperaba, brillante bajo la luz del teléfono. Con un suspiro largo, comenzó a introducirlo. El esfínter se expandió violentamente, la piel se estiró hasta casi volverse transparente. El dolor inicial se transformó rápidamente en un placer abrumador a medida que el juguete penetraba profundamente, llegando a puntos que hacían que Edu viera estrellas.
"Oh, Dios... es tan grande... me llena todo", gritó Edu, mientras empezaba a grabarse.
Sostuvo el teléfono frente a él, capturando la imagen de su propio cuerpo sacudiéndose, la masa de sus nalgas envolviendo la base del dildo mientras este entraba y salía con fuerza. Sus pechos rebotaban con cada embestida manual. El sudor comenzó a perlar su frente y a deslizarse por el valle de su vientre.
"Mira, Joaquín... mira cómo me abro para ti... estoy tan desesperado... por favor, ven ya y hazme tuyo", decía Edu a la cámara, con la voz cargada de lujuria y sumisión.
Cuando terminó, exhausto y con el dildo aún clavado en su interior, envió el video y un mensaje simple: "Estoy listo. Ven ahora".
No pasaron más de treinta minutos antes de que el timbre de la puerta resonara en la casa. Edu, que había tenido tiempo de prepararse, se miró al espejo una última vez. Llevaba una tanga de encaje rojo que se perdía entre los pliegues de sus glúteos, una pollera negra diminuta que apenas cubría la base de su trasero y un sostén que comprimía sus pechos gordos, resaltando sus pezones.
Abrió la puerta. Joaquín estaba allí, con una expresión de fría dominación. Sus ojos recorrieron el cuerpo de Edu desde arriba hacia abajo, deteniéndose en la ridiculez y la erótica provocación del atuendo.
"Pero mira qué puta gorda tengo en mi casa", dijo Joaquín, con una sonrisa depredadora.
Edu bajó la mirada, sintiéndose pequeño a pesar de su tamaño. "Hola, amo... te estaba esperando".
Joaquín no respondió con palabras. Entró en la casa cerrando la puerta de un golpe y tomó a Edu por la nuca, estrellando sus labios contra los suyos. Fue un beso agresivo, cargado de saliva y hambre. Joaquín introdujo la lengua con fuerza, succionando la de Edu en un intercambio húmedo y desesperado. Mientras se besaban, la mano derecha de Joaquín descendió con violencia, apretando la carne de la nalga de Edu a través de la fina tela de la tanga, mientras la izquierda se hundía en uno de sus senos, apretando el tejido blando con garras.
"Me pone enfermo lo mucho que necesitas que te use", gruñó Joaquín contra sus labios.
"Lo necesito... por favor, quítame esto", suplicó Edu, jadeando.
Joaquín se separó lo suficiente para desnudarse con una eficiencia mecánica. Se deshizo de la ropa, revelando su cuerpo magro y, sobre todo, su pene, que ya estaba completamente erecto, apuntando hacia el pecho de Edu. La verga era una bestia de carne, imponente y oscura.
"Primero, vamos a ver qué hay debajo de este trapo", dijo Joaquín.
Con un movimiento brusco, desabrochó el sostén de Edu. Los pechos del gordo quedaron libres, saltando levemente. Joaquín se abalanzó sobre ellos, empezando a besar los pezones con avidez. No eran besos tiernos; eran mordiscos y pellizcos. Joaquín succionó la punta del pezón de Edu, tirando de él con los dientes, provocando que el gordo soltara un grito que mezclaba el dolor con el éxtasis.
Edu, mientras tanto, no podía quedarse quieto. Sus manos gruesas rodearon la verga de Joaquín, apretándola con fuerza. Comenzó a subir y bajar la mano, sintiendo la textura rugosa de las venas y el calor abrasador que emanaba la piel.
"Está tan dura... es increíble", susurró Edu.
"No hables, gordo. Solo sirve para lo que naciste", ordenó Joaquín.
Joaquín empujó a Edu hacia abajo. El gordo se agachó, quedando de rodillas frente a su macho. La visión del glande humedecido por el preseminal estaba a centímetros de su nariz. Edu abrió la boca y envolvió la cabeza del pene, saboreando el rastro salado de la piel.
"Trágatelo todo", ordenó Joaquín, agarrando el cabello de Edu para controlar el movimiento.
Joaquín comenzó a embestir la boca de Edu. No hubo sutileza. Empujó el miembro profundamente, obligando a Edu a abrir la garganta. El pene de veinticuatro centímetros llegó hasta el fondo, golpeando la pared posterior de la faringe. Edu comenzó a ahogarse, sus ojos se llenaron de lágrimas y un sonido gutural, un gorgoteo húmedo, escapó de su garganta mientras intentaba procesar la invasión.
"¡Gulp... ahhh!", Edu intentaba respirar, pero Joaquín no le daba tregua, entrando y saliendo con fuerza, llenando la cavidad oral por completo. El sonido del choque entre la carne y los labios, el squelch de la saliva que escurría por la comisura de la boca de Edu, llenaba la habitación.
"Buen perro. Así es como me limpias", dijo Joaquín, sacando la verga con un sonido pop que dejó a Edu tosiendo y babeando.
Sin darle tiempo a recuperarse, Joaquín lo tomó del brazo y lo lanzó sobre la cama. Lo obligó a ponerse boca abajo, con el trasero elevado. Con una rapidez sorprendente, Joaquín sacó unas cuerdas de cuero que tenía en el bolsillo y ató las muñecas de Edu a los postes del cabezal, estirando sus brazos y dejando su espalda arqueada y vulnerable.
"Ahora vamos a ponerte el culo en su lugar", sentenció Joaquín.
El primer golpe llegó sin aviso. La palma de la mano de Joaquín impactó contra la nalga izquierda de Edu con un sonido seco y potente. ¡Plap!
"¡Ah!", gritó Edu, sintiendo el fuego instantáneo.
"¿Te gusta que te pegue, gordo? ¿Te gusta sentir cómo te marco?", preguntó Joaquín, lanzando otro golpe, esta vez en la nalga derecha.
Los azotes continuaron en un ritmo implacable. Joaquín no se detenía. Cada golpe dejaba una marca roja brillante sobre la piel pálida. El sonido era rítmico: plap, plap, plap. Edu sollozaba, pero sus caderas se movían instintivamente, buscando más. El dolor estaba despertando una sensibilidad extrema en su ano, que ahora estaba dilatado y palpitando, rogando por la penetración. Las nalgas de Edu estaban ahora de un color carmesí intenso, calientes al tacto y vibrando por la agresión.
"Mírate... estás rojo como un tomate, puta", se burló Joaquín, acariciando la zona inflamada antes de pasar al siguiente paso.
Joaquín alcanzó el lubricante y vertió una cantidad industrial sobre sus dedos y el orificio de Edu. Introdujo el dedo índice con un movimiento lento, sintiendo la resistencia del esfínter que, aunque excitado, aún intentaba protegerse.
"Relájate, gordo. Sabes que voy a entrar", susurró Joaquín al oído de Edu, mientras mordía el lóbulo de su oreja.
El dedo se hundió profundamente. Luego entró el segundo, y luego el tercero. Edu gemía, sintiendo cómo su interior se expandía. Joaquín no se detuvo ahí. Comenzó a doblar los dedos, empujando más y más carne dentro del canal anal. El proceso fue lento y deliberado. Edu sentía que su cuerpo se abría, que el límite de su capacidad estaba siendo puesto a prueba.
"Más... por favor, más", suplicó Edu, con la voz rota.
Joaquín cerró el puño y, con un empuje firme y constante, comenzó a introducir la mano entera. El fisting fue una experiencia trascendental para Edu. Sintió la presión masiva de los nudillos abriendo el anillo anal, la sensación de estar siendo desgarrado y llenado al mismo tiempo. Sus ojos se pusieron en blanco y comenzó a llorar, no de dolor, sino de un placer tan intenso que se volvió agonizante.
"Estás tan abierto... parece que no tienes fondo", dijo Joaquín, moviendo el puño dentro de él, sintiendo las paredes internas del recto contraerse alrededor de su mano.
Finalmente, Joaquín retiró la mano con un sonido húmedo y succionante que dejó el ano de Edu totalmente dilatado, un orificio rojo y abierto que ya no ofrecía resistencia. Era el momento.
Joaquín se posicionó detrás de él. Guio la cabeza de su verga hacia la entrada y, con un único y potente empuje, se hundió por completo.
"¡AAGHH!", el grito de Edu desgarró el silencio de la habitación.
El pene de veinticuatro centímetros entró sin freno, llegando hasta lo más profundo del colon de Edu. El impacto fue seco, visceral. Joaquín comenzó a moverse con una violencia coordinada, embistiendo con toda su fuerza. Cada golpe hacía que el cuerpo de Edu saltara sobre el colchón, sus pechos gordos sacudiéndose violentamente, sus muñecas tirando de las cuerdas.
"¡Eres mía, gorda puta! ¡Mira cómo te abro el culo!", gritaba Joaquín, su voz cargada de un dominio oscuro.
"¡Sí... sí! ¡Destrózame... fóllame más fuerte!", respondía Edu, perdiendo la noción del tiempo y el espacio.
El sonido del sexo era ensordecedor: el shlicking de la verga entrando y saliendo envuelta en lubricante y fluidos, el golpe seco de los huevos de Joaquín contra el perineo de Edu, y los gemidos desesperados del sumiso. Joaquín no tenía piedad; cambiaba el ángulo, clavando la verga más arriba, buscando la próstata y golpeándola con cada embestida.
En medio del frenesí, Joaquín miró hacia un lado y vio el dildo que Edu había usado antes. Una idea sádica cruzó su mente.
"¿Te gustó el juguete, verdad? Vamos a ver si puedes aguantar los dos", dijo Joaquín con una risa cruel.
Edu abrió los ojos, aterrorizado y excitado a la vez. Joaquín tomó el dildo y, mientras su propio pene seguía dentro de Edu, comenzó a empujar el juguete de silicona justo al lado de su miembro.
"¡No... no puede... es demasiado!", gritó Edu, sintiendo la presión insoportable.
"¡Cállate y aguanta!", ordenó Joaquín, empujando el dildo con fuerza bruta.
El dildo entró, forzando las paredes del ano a expandirse más allá de lo imaginable. Ahora, el interior de Edu estaba completamente ocupado por dos columnas de carne y silicona. La sensación era abrumadora. Edu sentía que su cuerpo se partía en dos, que el placer y el dolor se habían fusionado en una sola emoción eléctrica.
Joaquín comenzó a moverse nuevamente, haciendo que el pene y el dildo rozaran entre sí dentro del cuerpo de Edu. El sonido era ahora un squelching constante, una masa de fluidos y fricción. Edu agonizaba, sus gritos se convirtieron en jadeos cortos, su respiración era errática. Estaba en el límite del colapso sensorial.
"¡Voy a llenarte... voy a dejarte el culo lleno de mi leche!", rugió Joaquín.
El ritmo se volvió frenético. Joaquín aceleró las embestidas, sus músculos tensos, el sudor goteando de su frente sobre la espalda de Edu. Con un último empuje que enterró la verga hasta la raíz, Joaquín llegó al clímax.
Un chorro potente de semen caliente disparó dentro del ano de Edu, llenando la cavidad que ya estaba abierta al máximo. Edu sintió la pulsación de la verga liberando la carga, una calidez líquida que inundó sus entrañas. Joaquín siguió bombeando durante varios segundos, asegurándose de depositar cada gota de su semilla en el fondo del gordo.
Cuando terminó, Joaquín retiró el dildo con un sonido succionante y luego sacó su pene, que aún palpitaba. El ano de Edu quedó abierto, una herida de placer que goteaba una mezcla de lubricante y semen blanco que se deslizaba por sus nalgas rojas.
Sin darle descanso, Joaquín tomó a Edu del cabello y lo obligó a girarse. Se colocó la verga, aún brillante y sucia de fluidos anales, frente a la boca de Edu.
"Límpiala. Ahora", ordenó.
Edu obedeció instantáneamente. Comenzó a lamer el eje del pene, succionando los restos de semen y moco que quedaron adheridos a la piel. Usó su lengua con esmero, limpiando cada centímetro, desde la base hasta la corona del glande, saboreando la esencia de su amo.
Cuando terminó, Edu se quedó jadeando, con la mirada perdida. Sin embargo, había un problema: él no había eyaculado. Su pene estaba erecto, goteando preseminal, la tensión en sus testículos era casi insoportable.
"Amo... por favor... ¿puedo... puedo correrme?", pidió Edu con voz temblorosa.
Joaquín lo miró con frialdad, una chispa de sadismo en sus ojos.
"Puedes, gordo. Pero con una condición: no quiero que una sola gota toque las sábanas. Te vas a masturbar en tu mano y te vas a beber todo tu semen. No quiero que quede rastro de tu placer", sentenció Joaquín.
Edu asintió frenéticamente. "Sí, amo... lo haré".
Joaquín lo soltó de las cuerdas y se sentó a observar, con los brazos cruzados, disfrutando de la sumisión total de su amante. Edu, con el corazón latiendo a mil por hora, envolvió su pene con la mano. Estaba tan cerca del borde que cualquier roce era eléctrico. Comenzó a moverse rápidamente, imaginando la cara de Joaquín, el dolor de los azotes y la plenitud de la doble penetración.
En cuestión de segundos, la tensión estalló. Edu soltó un gemido largo y agudo mientras el semen salió disparado en varias ráfagas espesas y blancas, cayendo directamente sobre la palma de su mano. El placer fue breve pero intenso, una descarga que lo dejó exhausto.
Sin perder un segundo, y siguiendo la orden, Edu llevó su mano a la boca. Lamió el semen espeso, tragándolo con avidez, limpiando cada rastro de la palma de su mano con la lengua hasta que la piel quedó impecable. No dejó ni una sola gota.
Joaquín sonrió, satisfecho. Se levantó de la cama y comenzó a vestirse sin decir una palabra más.
"Limpia este desastre, gorda puta. Nos vemos la próxima semana", dijo Joaquín mientras caminaba hacia la puerta.
Edu se quedó allí, tendido en la cama, con el cuerpo temblando, el ano todavía abierto y el corazón lleno de una devoción oscura. Miró la puerta por donde Joaquín se había ido y, con una sonrisa débil y exhausta, cerró los ojos, saboreando aún el sabor salado de su propia sumisión.
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