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La Chica Buena (Infidelidad)

Capítulo 1: Ausencia temporal
El departamento en el barrio de Almagro era pequeño pero acogedor. Olía a café recién molido y a las velas aromáticas que Mili insistía en comprar. Era una de esas tardes tranquilas de principios de diciembre en Buenos Aires, con el calor todavía pegando fuerte.
Mili estaba sentada en el sofá con las piernas cruzadas, vestida con una remera oversize negra y shorts, revisando su teléfono. Alejo salía del baño terminando de cerrar su mochila.
—¿Ya tenés todo? —preguntó ella, levantando la vista. Su voz sonaba serena, pero había un pequeño puchero disimulado.
Alejo se acercó y se sentó a su lado, pasándole un brazo por los hombros.
—Creo que sí. Cepillo, ropa, el regalo para mi vieja… —Suspiró—. Sabés que no quiero ir, ¿no?
Mili apoyó la cabeza en su pecho.
—Lo sé. Pero es Navidad, y hace dos años que no pasás las fiestas con ellos. Te van a extrañar un montón. Y yo… yo me voy a portar bien —dijo con una sonrisa tímida.
Alejo sonrió apenas, esa sonrisa seria y contenida que ella tanto conocía.
—Vos siempre te portás bien. Demasiado bien. A veces pienso que nadie creería que mi novia tiene toda esa tinta en los brazos y manos —bromeó, acariciando suavemente el dorso de su mano tatuada.
Mili soltó una risita suave.
—Shh, no arruines mi reputación de chica buena. ¿A qué hora sale tu colectivo?
—En una hora. ¿Me acompañás hasta la terminal?
—Obvio.
Se quedaron un rato en silencio, solo escuchando la música. Alejo le besó la coronilla.
—Te voy a extrañar, Mili.
—Yo más —susurró ella—. Pero son solo unos días… ¿no?
—Solo unos días —confirmó él.
Tres días después
El chat de ambos no paraba de tener mensajes.
Alejo (23:47):
Ya comí el asado. Mi vieja te mandó saludos y preguntó cuándo venís vos también. Acá todo bien, pero la casa se siente rara sin vos. ¿Cómo estuvo tu día, amor?
Mili (23:51):
El turno en la cafetería estuvo movido. Un tipo me preguntó si los tatuajes de las manos me dolieron mucho y se quedó como 20 minutos charlando mientras tomaba su latte. Le dije que sí, pero que valió la pena jajaja. Te extraño mucho. El departamento está demasiado silencioso sin tu seriedad por todos lados.
Alejo (23:55):
¿Demasiado charlatán el tipo? 😒
Decime que le cobraste extra por la terapia.
Mili (23:57):
Jajaja no seas celoso. Era inofensivo. Yo solo quiero que vuelvas para que me abraces mientras escuchamos música.

Cinco días después
La estadía de Alejo se había extendido. Primero fue porque su papá no se sentía bien, después porque su hermana insistió en organizar una reunión familiar más grande. Mili lo entendía, pero la ausencia ya pesaba.
En la cafetería, Mili seguía con su rutina. Con el delantal negro puesto y el cabello recogido en una coleta alta, atendía con su habitual calma y sonrisa gentil.
—Buen día, ¿qué te preparo hoy? —preguntó al siguiente cliente, un chico de unos treinta años con acento porteño marcado.
—Un flat white bien cargado y… ¿me recomendás algo dulce? —respondió él, mirándola con interés—. Por cierto, me encantan tus tatuajes. Tienen mucha onda.
—Gracias —contestó Mili con una sonrisa tímida, bajando un poco la mirada mientras preparaba el café—. Y sí, te recomiendo la medialuna de almendra. Es de las mejores que tenemos.
El chico se quedó conversando mientras esperaba. Le preguntó de dónde era, si vivía cerca, y hasta bromeó sobre el K-pop que sonaba bajito en los parlantes de la cafetería (ella había convencido al dueño de ponerlo de vez en cuando).
Más tarde, otro cliente habitual —un ingeniero que siempre pedía cortado— también se animó a charlar más de lo normal:
—Oye Mili, ¿nunca pensaste en volver a volar? Con lo que estudiaste de tripulante de cabina…
—Estoy pensando en retomar —respondió ella mientras limpiaba la máquina de espresso—. Pero por ahora me gusta estar acá, tranquila. Aunque a veces extraño viajar.
Cada vez que volvía al departamento después del turno, Mili ponía música de BTS, se sacaba las zapatillas y se tiraba en la cama. A veces hablaba sola, o le mandaba audios a Alejo.
—Hoy conocí a tres chicos distintos que se pusieron a charlar de más… —dijo en un audio, riendo bajito—. Ninguno tan serio y lindo como vos, obvio. Apurate a volver, Alejo. El departamento huele a café y a tu falta.

Habían pasado ya ocho días desde que Alejo se fue. Los mensajes seguían llegando todas las noches, pero la distancia se sentía más pesada.
Esa tarde, mientras Mili limpiaba la máquina de café al final del turno, su compañera y amiga Sofía se acercó con una sonrisa pícara.
—Miliii, hoy no podés decir que no. Es viernes, hace mil años que no salimos. Vamos a tomar unos tragos, nada loco. Te prometo que volvemos temprano.
Mili dudó, secándose las manos en el delantal.
—No sé, Sofi… estoy re cansada y Alejo me dijo que me cuide.
—Alejo está a 400 km comiendo asados con la familia. Vos merecés divertirte un rato. Además, te ves linda últimamente, con esa cara de “me hacen falta mimos”. Dale, una salida de chicas.
Mili mordió su labio, pensativa. Finalmente sonrió con timidez.
—Está bien… pero solo unos tragos.

A las once de la noche, Mili salió del departamento transformada. Llevaba una blusa negra transparente con dragones rojos y naranjas brillantes, maquillaje marcado con delineado felino y labios rojos, el cabello suelto cayéndole sobre los hombros y unos jeans negros ajustados. Se miró en el espejo grande del living antes de salir.
—Ay, Dios… si Alejo me ve así me mata —murmuró sonriendo para sí misma.
Sofía la esperaba abajo y soltó un silbido cuando la vio.
—¡Reina! Mirá cómo te lucís. Hoy rompés corazones, tatuada y todo.
—Callate, boluda —respondió Mili riendo, algo avergonzada.
Fueron a un bar en Palermo primero. Dos tragos después, ya estaban más sueltas. Mili reía con más facilidad y hablaba animadamente.
—Te juro que extraño a Alejo como loca… pero está bueno salir un rato —confesó mientras tomaba un sorbo de su gin tonic.
—Obvio que sí. Dejá de ser tan buena todo el tiempo.
De ahí decidieron ir a un boliche cercano. La música latina y electrónica retumbaba. Apenas entraron, Mili ya estaba moviéndose al ritmo, tímida al principio, pero poco a poco soltándose.
En medio de la pista, mientras bailaban, Mili entrecerró los ojos y reconoció una cara conocida.
—¿Lucas? —dijo en voz alta, sorprendida.
El chico, que había trabajado con ellas en la cafetería seis meses atrás, se giró y sonrió ampliamente.
—¡Mili! ¡No lo puedo creer! ¿Cómo estás, tatuada?
Se dieron un abrazo de saludo. Lucas venía acompañado de su amigo Matías.
—Vení, únanse —propuso Sofía rápido.
El grupo se armó rápido. Lucas era divertido y hablador, Matías más tranquilo. Bailaron todos juntos. Mili, que normalmente era más reservada, se dejó llevar por la música y el alcohol. Giraba, reía, levantaba los brazos y dejaba que los dragones de su blusa brillaran bajo las luces.
En un momento, Lucas se acercó mientras bailaban y le gritó por encima de la música:
—Te ves increíble, Mili. Me acuerdo cuando trabajábamos juntos, siempre tan calladita detrás de la barra. ¿Qué te pasó hoy?
Mili se rio, algo mareada ya.
—Nada… solo que tenía ganas de bailar. Pero no te ilusiones, eh. Tengo novio.
—Tranquila, solo estoy disfrutando la noche —respondió Lucas con una sonrisa, levantando las manos.
Siguieron bailando. Sofía y Matías se pusieron a charlar aparte. En un momento más tranquilo, Lucas le preguntó:
—¿Y Alejo? ¿Todo bien?
—Está en lo de su familia por las fiestas… se alargó más de lo esperado —contestó Mili, sintiendo un pequeño pinchazo de culpa mezclado con el mareo.
Pasaron las horas. Entre tragos, risas y bailes, Mili terminó bastante más borracha de lo que planeaba.

Eran casi las 5 de la mañana cuando llegó al departamento. Entró tambaleándose, se sacó los zapatos de una patada y se dejó caer en la cama todavía vestida. El departamento estaba en silencio.
Sacó su teléfono con dificultad y le mandó un audio a Alejo, con la voz pastosa y risueña:
—Amor… volví. Salí con Sofía… bailé mucho. Te extraño un montón, ¿sabés? Nadie me abraza como vos… Te quiero. No te enojes, ¿sí? Mañana te cuento todo… o hoy, no sé qué hora es.
Dejó el teléfono a un lado y se durmió casi al instante, con el maquillaje corrido y una sonrisa tonta en la cara.

Capítulo 2: Reencuentro
Esa misma tarde, poco después de las seis, la llave giró en la cerradura del departamento de Almagro.
Mili estaba tirada en el sofá en pijama, todavía con resaca leve y remordimiento por la salida de la noche anterior, cuando escuchó la puerta. Se levantó de un salto.
—¿Alejo? —preguntó, casi sin creerlo.
Y ahí estaba él, con la mochila al hombro, cara de cansado pero con una sonrisa que rara vez dejaba ver tan amplia. Dejó caer la mochila y abrió los brazos.
—Vení acá, vos.
Mili corrió y se tiró contra su pecho. Alejo la abrazó fuerte, levantándola un poco del piso.
—Te extrañé tanto… —murmuró él contra su cabello—. Diez días se sintieron eternos.
—Yo más —respondió ella con la voz ahogada contra su remera—. No sabés lo vacío que estuvo todo sin vos.
Alejo se separó apenas para mirarla a la cara, le acarició la mejilla y la besó. Primero suave, después con más ganas, de esos besos que acumulan ausencia.
—Estás hermosa —dijo, bajando la mirada por su cuerpo—. Aunque te haya agarrado en pijama.
Mili se rio, algo tímida.
—Estaba muerta de vergüenza por el audio que te mandé borracha… ¿Te enojaste?
—Un poco celoso, sí —admitió él con honestidad, pero sonriendo—. Pero después pensé que era bueno que salieras y te diviertas. Solo no me acostumbro a que otros te vean tan linda.
Pasaron los siguientes dos días casi pegados. Por la mañana iban juntos a la cafetería cuando les tocaba turno, volvían tomados de la mano por las calles de Almagro, cocinaban juntos (Mili quemó el arroz una vez y Alejo se rio de ella durante media hora), escuchaban música en el living y se quedaban hasta tarde hablando de todo y de nada.

Tercer día
Alejo tenía turno temprano en la cafetería. Se estaba terminando de vestir mientras Mili todavía estaba medio dormida en la cama.
—Amor, me voy —dijo él, inclinándose para darle un beso—. Hoy cerrás vos, ¿no?
—Sí… —bostezó Mili—. Pero mañana tengo franco, así que hoy me tomo todo con calma.
Alejo le dio otro beso más largo y le acarició la cadera por encima de la sábana.
—Portate bien. Te amo.
—Te amo —respondió ella con una sonrisa somnolienta.
Cuando la puerta se cerró, Mili se estiró en la cama y decidió tomarse el día con tranquilidad. Se metió a la ducha y estuvo casi cuarenta minutos debajo del agua caliente, dejando que el vapor le relajara los músculos. Salió envuelta en una toalla grande blanca, con el cabello húmedo cayéndole por la espalda y otra toalla más pequeña en la cabeza.
Hizo su rutina de skincare completa frente al espejo del baño: cleanser, tónico, serum, crema hidratante y protector solar. Se sentía fresca y mimada.
Todavía en toalla, caminó hasta la cocina, preparó un mate y puso música bajita. Se sentó en el sofá a responder algunos mensajes, cruzó las piernas y la toalla se abrió un poco en el muslo, pero no le importó, estaba sola.
Después se levantó a ordenar un poco el departamento. Mientras juntaba ropa sucia, la toalla empezó a molestarle. Miró hacia la puerta (cerrada con llave) y, con esa confianza que solo tenía cuando estaba completamente sola en casa, se sacó la toalla y la dejó sobre una silla.
Completamente desnuda, con el cabello todavía húmedo y la piel suave por la crema, siguió ordenando. Sus tatuajes destacaban bajo la luz que entraba por la ventana: los de las manos, los del antebrazo, el que tenía en las costillas. Se movía con naturalidad, tarareando la canción, recogiendo cosas del piso, doblando una remera de Alejo que había quedado tirada.
En un momento se detuvo frente al espejo grande del living, se miró de cuerpo entero y sonrió con timidez.
—Qué rara se siente una sin ropa por la casa… —murmuró para sí misma, divertida.
Se quedó unos segundos observándose, girando un poco para verse de costado, pasando la mano por su cadera. Luego sacudió la cabeza, como avergonzada de su propio atrevimiento, y siguió con sus tareas, todavía desnuda y cómoda en la intimidad de su departamento.

Mili seguía desnuda en el departamento, disfrutando de esa rara libertad, cuando sonó su teléfono. Era un mensaje de su jefa en la cafetería:
Jefa: Mili, hoy no hace falta que vengas. La máquina de café se complicó y estamos con menos personal en turno. Tomate el día libre, mañana nos recuperamos. Beso!
—Uy, qué bueno… —murmuró ella sonriendo.
Le mandó un mensaje rápido a Alejo:
Mili: Amor, hoy no tengo que ir al laburo. ¿A qué hora volvés? Te espero en casa 🖤
Alejo: En serio? Qué suerte. Trato de salir temprano entonces. Te amo.
Contenta con el imprevisto, Mili siguió ordenando un rato más, puso una lavadora y finalmente se tiró en el sofá con el teléfono en la mano. Todavía desnuda, se tapó las piernas con una manta liviana y abrió Instagram, scrolleando sin mucho interés.
De repente, mientras revisaba las sugerencias, apareció el perfil de una chica que no conocía: @ valenxx. Rubia, muy producida, muchas fotos de fiestas. Algo en una de las fotos de perfil le resultó familiar, pero no supo por qué.
Por pura curiosidad pinchó el perfil.
Empezó a ver las historias destacadas. En una que se llamaba “Noches de Diciembre” había varias fotos y videos. Mili fue pasando… y se le heló la sangre.
En varias historias aparecía Alejo.
En una estaba riendo con un vaso en la mano, en otra jugando al truco con un grupo. Pero en la tercera foto… ahí estaba.
Una chica (la dueña de la cuenta) abrazando a Alejo por el cuello, pegada a él, con la cara prácticamente hundida en su pecho. Alejo tenía una mano en la cintura de ella. La foto estaba tomada de noche, con luces de boliche. Se veían muy cómodos.
Mili se incorporó de golpe en el sofá, el corazón latiéndole fuerte.
—¿Qué carajo…? —susurró.
Siguió pasando. Había más fotos del mismo grupo. En una de ellas, Alejo aparecía sonriendo al lado de la chica. Y abajo, en los comentarios de esa historia, vio el username de Alejo:
alejo.b ❤️
“Qué noche bb, la rompimos 🔥”
Mili sintió que le faltaba el aire. Se quedó mirando la pantalla sin parpadear, con los ojos llenos de furia y confusión.
—No puede ser… —dijo en voz alta, la voz temblándole—. ¿Esto fue mientras me decía que extrañaba la casa y que todo estaba tranquilo con su familia?
Se levantó del sofá de un salto, todavía desnuda, y empezó a caminar de un lado a otro del living. Las manos le temblaban mientras volvía a mirar las historias destacadas, agrandando la foto donde la chica tenía los brazos alrededor del cuello de su novio.
—Hijo de puta… —murmuró, con la voz quebrada entre la bronca y la tristeza—. Tres años… tres putos años.
Se sentó nuevamente, esta vez sin manta, con la mirada fija en la pantalla. Las lágrimas empezaron a caer, pero eran más de rabia que de dolor. Abrió el chat con Alejo y se quedó mirando la última conversación, sin saber qué escribir.
En ese momento escuchó el ruido de la llave en la puerta.
Alejo estaba llegando antes de lo esperado.
Mili escuchó la llave en la cerradura y entró en pánico. Rápidamente agarró la toalla que había dejado sobre la silla, se envolvió con ella y corrió al baño, cerrando la puerta justo cuando Alejo entraba al departamento.
—¿Mili? —llamó él desde el living.
—¡Estoy bañándome, amor! —respondió ella, tratando de que su voz sonara normal—. Llegaste temprano, esperame que salgo ya.
Se metió bajo la ducha con el agua tibia y abrió Instagram de nuevo. Revisó todo una vez más: las historias destacadas, la foto donde Valen tenía los brazos alrededor del cuello de Alejo, la cara hundida en su pecho, la mano de él en su cintura… y el comentario de Alejo: “Qué noche bb, la rompimos 🔥”.
Las lágrimas se mezclaron con el agua de la ducha. Apretó los dientes con fuerza.
—Hijo de puta… —susurró con rabia contenida.
Apagó el teléfono, respiró hondo varias veces y se obligó a recomponerse. Tenía un plan. No iba a confrontarlo todavía. Quería verlo disfrutar… y después destruirlo.
Salió del baño envuelta en la toalla, con el cabello húmedo y una sonrisa dulce y cariñosa que nadie hubiera podido sospechar que era falsa.
—Amor… —dijo con voz melosa, acercándose a él y abrazándolo fuerte—. Qué bueno que volviste temprano. Te extrañé todo el día.
Alejo la rodeó con los brazos, sorprendido pero feliz por el recibimiento.
—¿Todo bien? Te siento… más cariñosa que nunca.
—Claro que todo bien. Hoy tuve el día libre y solo pensé en vos —mintió ella, mirándolo con ojos brillantes y besándolo en los labios con fingida pasión.
El resto de la tarde y la noche fue una actuación impecable. Mili cocinó para él, se sentó en sus piernas mientras comían, le hizo masajes en los hombros, le puso música de BTS bajita y no dejó de tocarlo, besarlo y decirle lo mucho que lo necesitaba.
Cuando llegaron a la cama, Mili se sacó la toalla lentamente frente a él, dejando que la viera desnuda bajo la luz tenue de la lámpara.
—Vení… quiero sentirte —susurró con voz seductora.
Alejo no lo dudó. La besó con ganas, la acarició, la bajó a la cama y le hizo el amor con toda la pasión acumulada de los días separados. Mili gemía, se arqueaba, le clavaba las uñas en la espalda y le decía al oído todo lo que él quería escuchar:
—Más fuerte, amor… así… te extrañé tanto…
Pero por dentro era otra cosa.
Cada estocada de Alejo le generaba más bronca. Cada vez que él entraba en ella, Mili sentía asco. Su cuerpo estaba ahí, respondiendo mecánicamente, pero su mente repetía una y otra vez la imagen de esa rubia con los brazos alrededor del cuello de su novio. Fingía placer, gemía más fuerte cuando sentía que él se acercaba, pero no sentía absolutamente nada de excitación. Solo rabia y un nudo en la garganta.
Cuando Alejo estaba cerca del final, Mili lo empujó suavemente para que saliera de ella y tomó su miembro con la mano. Lo pajeó con movimientos rápidos y firmes, mirándolo a los ojos con una sonrisa falsa.
—Quiero que te corras para mí… —susurró dulcemente.
Alejo gimió fuerte y se corrió sobre la panza y pelvis de Mili, dejando varios chorros calientes sobre su piel tatuada. Ella siguió acariciándolo suavemente hasta que terminó, besándolo en el pecho como si estuviera encantada.
—Te amo… —dijo Alejo, jadeando, todavía recuperándose.
—Yo más, amor —respondió Mili, besándolo en los labios una última vez.
Se levantó rápido y fue al baño a limpiarse. Cerró la puerta, se miró en el espejo y se lavó el semen de Alejo de la piel con agua casi hirviendo, como si quisiera borrarlo. Las lágrimas volvieron, pero esta vez las contuvo. Se miró fijamente y murmuró bajito:
—Esto recién empieza, hijo de puta.
Volvió a la cama con una sonrisa dulce, se acurrucó contra el pecho de Alejo como siempre hacía y cerró los ojos. Alejo, exhausto y satisfecho, la abrazó sin sospechar absolutamente nada.

Capítulo 3: La nota
A la mañana siguiente, Mili se despertó antes que Alejo. Lo miró dormir plácidamente a su lado, con esa cara de inocente que ahora le daba náuseas. Se levantó en silencio, se puso una remera oversized y un short, y comenzó a actuar con frialdad y determinación.
Mientras Alejo todavía dormía, Mili sacó dos valijas grandes del placard y empezó a empacar todas las cosas de él. Ropa, zapatillas, cargador, el reloj que le había regalado en su segundo aniversario, algunos libros y hasta el mate que usaba siempre. Todo fue entrando en las valijas con movimientos precisos y silenciosos.
Cuando terminó, cerró las valijas y las dejó junto a la puerta de entrada. Después se sentó en la mesa de la cocina, respiró profundo y escribió una nota a mano en una hoja arrancada de su cuaderno:

Alejo,
Sé todo.
Vi las fotos y las historias de Valen. Te vi con ella, con sus brazos en tu cuello y tu cara metida en su pecho. Vi tu comentario. Sé que mientras yo te decía que te extrañaba y estaba sola en este departamento, vos estabas de fiesta con otra.
Tres años tirados a la mierda.
Tus cosas ya están empacadas. Cuando llegues esta tarde, agarrá todo y andate. No quiero verte, no quiero explicaciones, no quiero nada. Este ya no es tu departamento.
A la noche voy a volver y no quiero encontrar nada tuyo acá. Ni siquiera un mensaje.
No me llames. No me busques.
Mili

Dobló la nota y la apoyó encima de las valijas, bien visible. Después se duchó, se vistió con ropa cómoda, agarró sus cosas y salió del departamento antes de que Alejo despertara.
Pasó la mañana en un café lejos de su zona, con auriculares puestos, intentando no llorar en público. A media tarde le mandó un mensaje a Sofía:
Mili:
Sofi, ¿podés venir conmigo al depto esta noche? Terminó todo con Alejo. Te cuento en persona. No quiero estar sola.
Sofía:
¿Qué?! Ya estoy yendo para allá. ¿Estás bien? Decime dónde estás que te busco.

Alejo volvió cerca de las 19 hs, cansado del turno. Al abrir la puerta se encontró con las dos valijas y la nota encima.
La leyó una vez. La volvió a leer. Se quedó parado en el medio del living, pálido.
—Qué mierda… —murmuró.
Intentó llamarla varias veces, pero Mili tenía el teléfono en silencio. Le mandó mensajes:
Alejo: Mili, por favor hablame. No es lo que pensás.
Alejo: Fue solo una noche, estaba borracho. Te juro que no pasó nada más.
Alejo: Amor, dame una oportunidad de explicarte.
Ninguna respuesta.
A las 21:30 hs, Mili volvió al departamento acompañada de Sofía. Alejo ya no estaba. Solo quedaban las llaves de él sobre la mesa y un espacio vacío donde antes estaban sus cosas.
En cuanto cerró la puerta, Mili se derrumbó. Las lágrimas que había estado conteniendo todo el día salieron de golpe.
—Hijo de puta… —sollozó—. Tres años, Sofi… tres años y me hace esto.
Sofía la abrazó fuerte, acariciándole el cabello.
—Shhh, ya está, Mili. Ya está. Hiciste lo correcto. Nadie que te quiere te hace algo así. Vení, sentate.
Se sentaron en el sofá. Sofía preparó té y se quedó escuchándola durante casi dos horas. Mili le contó todo: las fotos, la noche anterior fingiendo placer, la bronca que sintió mientras él le hacía el amor, la nota, las valijas.
—…y lo peor es que una parte de mí todavía lo quiere —admitió Mili entre lágrimas—. Pero no puedo. No después de esto.
—Claro que no podés —dijo Sofía con firmeza—. Y no vas a estar sola. Esta noche me quedo a dormir con vos. Mañana si querés pedimos pizza, ponemos una peli de mierda y hablamos mal de todos los hombres. ¿Dale?
Mili asintió con una sonrisa débil, todavía con los ojos hinchados.
—Gracias, Sofi… de verdad.
Esa noche durmieron juntas en la cama de Mili. Sofía la abrazó como una hermana mayor mientras Mili, exhausta de tanto llorar, finalmente se durmió.

Capítulo 4: Hola
Los siguientes días pasaron en una especie de niebla espesa.
Mili se movía por el departamento como en piloto automático. Iba a la cafetería, atendía con su sonrisa tranquila de siempre, volvía a casa, se duchaba, ponía música de BTS y se quedaba mirando el techo durante horas. Apenas comía. Dormía mal. A veces lloraba en silencio en la ducha para que nadie la viera.
Alejo, por su lado, tampoco estaba mejor. Se había mudado temporariamente a lo de un amigo y pasaba los días entre mensajes sin respuesta y un vacío que no sabía cómo llenar. Le escribía casi todos los días, pero Mili solo leía y no contestaba.

Una noche, después del turno, Mili estaba sentada en el sofá con las piernas cruzadas, mirando sin ver la pantalla del teléfono. Sofía había venido a hacerle compañía otra vez.
—Sofi… —dijo Mili de repente, con voz baja y tranquila.
—¿Qué pasa, reina?
Mili se quedó callada unos segundos, como eligiendo las palabras.
—No quiero estar más encerrada pensando en él. ¿Me acompañás a salir el sábado? Nada muy loco… solo tomar algo, distraernos, bailar un poco. Necesito sacármelo de la cabeza aunque sea unas horas.
Sofía la miró con atención. Conocía a Mili lo suficiente como para saber que había algo más detrás de esa petición, pero no preguntó.
—Obvio que sí. Vamos a salir, nos ponemos lindas y que se pudra todo. ¿Querés que llame a Lucas y Matías también o preferís solo nosotras?
—Como quieras —respondió Mili con una sonrisa suave que no llegaba a sus ojos—. Solo quiero divertirme.
Por dentro, sin embargo, Mili ya estaba armando su plan. No lo dijo. Ni una palabra. Pero la idea ya había tomado forma en su cabeza: lastimarlo de la misma forma en que él la había lastimado. Hacerle sentir exactamente el mismo dolor.

La mañana siguiente
Eran las 9:47 am. Alejo estaba tomando mate en la cocina del departamento de su amigo cuando su teléfono vibró sobre la mesa.
Lo agarró rápido, casi desesperado. El nombre en la pantalla era Mili ❤️.
El mensaje era corto, casi inocente:
Mili: Hola.
Alejo se quedó mirando la pantalla durante casi un minuto entero, el corazón latiéndole fuerte. Dudó, escribió y borró varias veces antes de responder.
Alejo: Hola amor… ¿Cómo estás?
No recibió respuesta inmediata.

No pasaron ni diez minutos cuando llegó el primer video.
Era un video de 28 segundos. Mili estaba en medio de la pista del boliche, las luces de neón rojas y azules iluminándola. Llevaba la misma blusa transparente con dragones rojos que había usado la vez anterior, el maquillaje un poco corrido, el cabello suelto y alborotado. Se notaba claramente borracha, pero su voz sonaba firme, clara y cargada de una rabia helada.
En el video se veía cómo se acercaba más a la cámara (probablemente sostenida por Sofía) y empezaba a hablar mirando directo al lente:
—Alejo, hijo de puta… —dijo con la voz pastosa pero con una convicción brutal—. ¿Pensaste que me ibas a romper el corazón y yo me iba a quedar callada como la boluda buena que siempre fui? ¿Eh?
Se rio con amargura y siguió, casi gritando por encima de la música:
—Te vi, pelotudo. Vi todas las fotos con esa puta de Valen. Te vi con sus tetas en tu cara y tu mano en su cintura. ¡Tres años, Alejo! ¡Tres putos años y me salís con esta mierda!
Mili se acercó más a la cámara, los ojos brillando de furia y alcohol.
—Sos un sorete. Un sorete mentiroso y cobarde. Espero que te hayas cogido rico esa noche porque fue la última vez que tocaste algo mío. Andá y que te chupe la verga esa mina, porque yo ya no quiero saber nada de vos. ¡Nada!
El video terminaba con Mili levantando el dedo medio tatuado directo a la cámara mientras la música retumbaba.

Alejo se quedó congelado en la cocina, pálido, con el teléfono temblando en la mano.
No alcanzó a procesarlo cuando, dos minutos después, llegó el segundo video.
Este era más corto, 15 segundos. Mili seguía en el mismo lugar, pero ahora más cerca de la barra. Se veía más borracha, con los ojos rojos y la voz quebrada por la bronca.
—Ah, y otra cosa, boludo… —dijo acercando la cara a la cámara—. Esa noche que volviste, cuando te hice el amor… yo no sentí una mierda. Cero. Solo asco. Cada vez que me metías la pija pensaba en esa foto tuya con ella y me daban ganas de vomitar. Te fingí todo, Alejo. Todo. Y cuando te corríste encima mío… me limpié como si fueras una enfermedad.
Mili soltó una risa corta y dolorosa.
—Disfrutá tu vida de mierda. Yo voy a seguir adelante. Y si alguna vez pensás en mí, acordate que la “chica buena que nadie creería que rompe un plato” te rompió el corazón en pedazos.
Levantó el vaso que tenía en la mano y brindó hacia la cámara.
—Salud, hijo de puta.
El video se cortó.

Alejo se sentó en una silla, blanco como papel. Intentó llamarla inmediatamente, pero Mili rechazó la llamada. Luego le mandó varios mensajes seguidos, pero ya no aparecían como entregados.
Mili había bloqueado su número.

Pasaron las horas. Alejo no durmió ni un minuto. Se pasó la noche reproduciendo los videos, caminando de un lado a otro, fumando en la ventana y sintiendo cómo la culpa y los celos lo carcomían por dentro. Cuando amaneció, ya era un zombi: ojeras marcadas, cara hinchada y el alma hecha mierda.
A las 9:08 am llegó el video.
Duraba casi 7 minutos. Mili había grabado con el teléfono apoyado en la cómoda de la habitación del departamento. Se veía ella de frente, con el cabello revuelto, el delineado corrido, los ojos brillando de rabia, picardía y pura maldad.
—Hola de nuevo, hijo de puta… —dijo con una sonrisa torcida—. ¿No dormiste, verdad? Se te nota en la cara de mierda que tenés. Qué lindo, ¿no? Ahora sabés cómo me sentí yo cuando vi esas fotos.
Se rio bajito, casi sádica, y continuó:
—Te dije que te la iba a devolver. Y como soy buena, te traje la versión en vivo y en directo. Mirá bien, Alejo. Mirá lo que perdiste.
Mili giró el teléfono y abrió el plano. En la cama del departamento, completamente desnudo y ya excitado, estaba Lucas, el excompañero de la cafetería. Sonreía con arrogancia hacia la cámara.
Mili se subió a la cama gateando como una gata, se acercó a Lucas y lo besó con hambre, metiendo la lengua sin vergüenza. Mientras lo besaba, miró de reojo a la cámara y dijo:
—¿Ves esto, Alejo? Así es como besa alguien que realmente tiene ganas…
Lucas le agarró las tetas con fuerza, apretándoselas mientras Mili gemía exageradamente. Ella se dio vuelta hacia la cámara y habló directo:
—Mirá cómo me toca, boludo. Le encanta mi cuerpo… el cuerpo que vos ya no vas a volver a tocar nunca.
Se bajó rápido, tomó la verga dura de Lucas con su mano tatuada y empezó a chupársela con ganas, profunda y babosa. Hacía ruidos fuertes, escupía y lo miraba a la cámara de vez en cuando.
—Mmhh… qué rica la tiene… —dijo Mili sacándosela de la boca un segundo—. Mucho más grande que la tuya, Alejo. Y sabe mejor.
Lucas gruñó de placer y la agarró del pelo, empujándola más profundo. Mili se dejó, babeando toda, hasta que se atragantó un poco y sonrió a cámara con los ojos llorosos de esfuerzo.
Después se subió encima de él. Se sentó despacio, metiéndose la verga entera de una vez, y soltó un gemido largo y exagerado.
—¡Ahh, sí! —gritó—. Me llena toda… ¿escuchaste eso, Alejo? Así se siente cuando te cogen de verdad.
Empezó a cabalgarlo con fuerza, moviendo las caderas como una profesional, rebotando sus tetas y su culo curvy. Cada vez que bajaba, gemía fuerte y hablaba hacia la cámara:
—Esto es lo que te perdés, sorete… Mirá cómo me lo estoy cogiendo en nuestra cama. En la misma cama donde te corríste encima mío hace dos días como un gil.
Lucas la agarró de las caderas y empezó a embestirla desde abajo con fuerza. Mili se volvió loca, gritando:
—¡Más fuerte! ¡Así! ¡Rompe todo, Lucas!
Cambió de posición. Se puso en cuatro, arqueando la espalda y mirando a la cámara mientras Lucas la penetraba desde atrás con estocadas brutales. El sonido de piel contra piel era fuerte y obsceno.
—Decime cómo te gusta, Mili —gruñó Lucas.
—Me encanta que me cojan como una puta… más duro, dale. Quiero que me dejes marcada.
Después de varios minutos intensos, Lucas avisó que estaba por correrse.
—Venite afuera… —ordenó Mili, saliéndose rápido y arrodillándose frente a él.
Lucas se pajeó los últimos segundos y explotó. Chorros gruesos de semen cayeron sobre la cara de Mili, sus tetas, su cuello y su panza. Ella abrió la boca y sacó la lengua, recibiendo parte en ella.
Cuando Lucas terminó, Mili se acercó al teléfono, con la cara y el cuerpo cubiertos de semen. Se pasó la mano por la mejilla, recogió una buena cantidad y se la metió en la boca, chupando sus dedos lentamente mientras miraba directo a la cámara.
—Mmm… que rico —dijo con una sonrisa malévola—. Mucho más rico que el tuyo.
Se acercó más, casi pegando la cara a la lente, con semen goteándole por el mentón.
—Esto es para vos, Alejo. Que te duela. Que te joda. Que nunca lo olvides.

Andá y que te la chupe Valen, porque yo ya estoy siendo la puta que nunca fuiste capaz de tener.
Le tiró un beso con los labios manchados y cortó el video.

Alejo reprodujo el video con las manos temblando.
Al principio solo sintió un golpe seco en el pecho. Tristeza profunda, bronca, humillación. Ver a Mili, su Mili, besando con tanta hambre a Lucas, chupándosela con esa dedicación obscena, cabalgándolo como nunca lo había cabalgado a él… lo destrozó. Cada gemido, cada “más fuerte”, cada mirada a cámara diciendo que con él solo había sentido asco, le clavaba un cuchillo.
Pero a medida que el video avanzaba, algo enfermizo pasó.
Su verga se puso dura. Muy dura. Tanto que le dolía.
Se odió por eso. Se sintió asqueado de sí mismo… pero no pudo parar. Rebobinó el momento en el que Mili se arrodillaba y recibía toda la corrida en la cara y las tetas. Se bajó los pantalones con rabia y empezó a pajearse con violencia, casi con odio.
—Hija de puta… —gruñó mientras se corría por primera vez, chorros gruesos que salpicaron el piso del living.
No se detuvo. Volvió a poner el video desde el principio. Esta vez se fijó en cómo Mili gemía cuando Lucas la penetraba, en cómo movía el culo, en cómo lo miraba a cámara mientras la cogían. Se pajeó otra vez, más lento, saboreando la humillación. Se corrió por segunda vez.
Durante toda la mañana repitió el proceso. Cada vez que terminaba, exhausto y con la verga irritada, se prometía que era la última. Pero diez minutos después volvía a abrir el video.
A las 12:40 pm, completamente destruido, sudoroso y con los ojos rojos, le escribió a Mili. Un mensaje seco, directo, sin preámbulos:
Alejo: Más.

Mili estaba desayunando con Lucas cuando vio la notificación. Abrió el mensaje y soltó una carcajada fuerte, casi incrédula.
—Mirá este pelotudo… — Pensó
Se rio con ganas, una risa liberadora y vengativa. Abrió la cámara, se acercó a Lucas (que todavía estaba en la cama, desnudo y fumando), le dio un beso profundo y le sacó una foto bien explícita: ella de perfil con la mano en la verga semi-dura de Lucas, los dos marcados con chupones y sudor, claramente después de otra ronda.
Después escribió:
Mili: Jajajajaja Al final sos un cornudo pito chico.
Le adjuntó la foto.
Y bloqueó su número para siempre.
Fin.

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