Era sábado a la tarde cuando Camila me tiró la idea.
—Tengo ganas de salir a bailar. Vamos a algún lado?
—Obvio. Preguntales a las chicas, yo le escribo a los pibes.
Pasaron las horas y no enganchamos a nadie. Los chicos todos con excusas y de sus amigas no contestó ninguna. Quedamos solos, y en algún momento de la tarde eso dejó de ser un problema y pasó a ser otra cosa.
Cuando empezó a caer la noche se puso a probarse ropa para ver que le gusta mas para salir. Yo estaba en la cocina armando un fernet cuando apareció en la puerta.
— Qué opinás?
Pollera negra suelta, un body rojo que le levantaba las tetas y me volvia loco. Le quedaba perfecto. Tardé dos segundos en decidir que le iba a mentir.
— Mmm. No me convence.
— No? A mí me gusta.
— Le falta algo. El top gris no te lo probaste?
— Sí, pero no sé, se ve raro.
— A ver, mostrame.
La acompañé al cuarto. Se cambió de espaldas, con esa naturalidad de años, y yo aproveché para abrir el cajón "especial" y sacar dos cosas.
— Ves? No me gusta — dijo girando frente al espejo.
— Me encanta cómo te queda. Pero con esto te va a quedar mejor.
Le apoyé en la mano un plug de corazón rojo que habíamos comprado hacía un tiempo y una tanga roja. Ella miró las dos cosas. Después me miró a mí.
Camila siempre se pone un short abajo de la pollera. Siempre.
—Esta noche no te pongas el short.
No dije nada más. No hacía falta. Se quedó quieta un segundo largo, con las cosas en la mano, y en ese segundo entendió todo.
— No da. Nos vamos a cruzar gente conocida.
— No. Nos vamos lejos. A un lugar donde no nos conozca nadie.
Puso una cara que no le había visto nunca. Algo entre la vergüenza y la diversión, pero sobre todo una cara de trolita que pocas veces le vi. Cerró la puerta del baño.
A los cinco minutos salió.
— Listo. Vamos.
— A ver?
— No. Vas a tener que esperar.
---
Manejé unos 180 km sin decir mucho. Ella iba con la ventanilla baja, mirando para afuera, pensando en anda a saber que.
Estacioné a dos cuadras del boliche. Abrió la puerta, y se le callo en el pasto el encendedor, se inclino sentada en el auto a buscar el encendedor que se le había caído de una forma que no era casual. La pollera se le subió sola, dejando a mi vista un corazon birllozo. Ahí entendí lo que venía pensando.
Me bajé del auto y la agarré contra la puerta. Me besó y me sacó las manos de encima.
—No. Todavía no podés hacerme nada.
---
Adentro la música estaba altísima. Nos hicimos lugar cerca de una columna, en un rincón con gente por todos lados.
Bailamos. Cada vez que le pasaba la mano por la espalda y la agarra de la cintura sentia la pollera más arriba, y ella se hacía la que no se daba cuenta.
—Amor. La pollera.
—Hace rato que la tengo así —me dijo al oído, sin dejar de moverse.
Y entonces lo vi.
Un tipo de unos cincuenta, a diez metros, apoyado contra la barra. La estaba mirando a ella, y no disimulaba ni un poco.
Me acerqué a su oído.
—Hay uno que no te saca los ojos de encima.
— Dónde?
— Atrás tuyo. En la barra. Un tipo grande.
Camila no se dio vuelta enseguida. Siguió bailando 2 temas mas. Y recién ahí giró la cabeza apenas, lo justo para cruzarle la mirada un segundo y volver.
—Jajaja. Que disfrute el viejito.
Y se inclinó hacia adelante.
No fue un movimiento de baile. Fue otra cosa, hecha a propósito, sostenida un segundo más de lo necesario. Yo no la miré a ella. Lo miré a él. Vi el momento exacto en que registró lo que estaba viendo y se agarró la cabeza con las dos manos.
Por el ángulo calculo que le vio el plug.
—Che, ahora vengo. Voy al baño.
Se acomodó la pollera como pudo y se metió entre la gente. La seguí con la vista tres metros y la perdí.
---
Al principio no pensé nada.
Miré el celular: y cinco. Pedí un vaso de agua, me lo tomé, miré de nuevo: y doce. Me dije que en el baño de mujeres siempre hay cola, que es sábado, que está lleno. Me lo dije como quien se explica algo a sí mismo en voz alta para no escuchar otra cosa.
Y veinte.
Me di vuelta hacia la barra sin querer darme vuelta.
El tipo no estaba.
Me entro una calentura que no había sentido hacia rato. Con el espectáculo que le dio seguro estaba re caliente y se la fue chamullar.
Arranqué para el pasillo del baño a ver que onda y ahí apareció, cruzando la gente, con una sonrisa que le ocupaba toda la cara.
—Hola, be. Acá estoy.
— Qué pasó que tardaste tanto?
—Nada, un montón de gente.
— Segura?
—Sí. Por?
La miré. Le pasé el dedo por la pera, despacio, juntando un hilo de leche y se lo mostré.
— Y esto?
No se puso colorada. No se rió nerviosa. Me sostuvo la mirada como si hubiera estado esperando esa pregunta toda la noche, me agarró la muñeca y se llevó mi dedo a la boca.
— No sabes que pija hermosa y cargada de leche que tenia el viejo ese, bebé.
—Camila.
—Vos pediste esto, jodete. Me tenes hace horas con un plug en el orto, estoy re caliente. Me quiero cojer a todo el mundo.
Y ahí me di cuenta de que tenía razón. De que lo había pedido en la puerta del cuarto, sin decirlo, y de que ella lo había escuchado perfecto.
—Contame.
—Después.
—Contame ahora.
—No —me dijo, te voy a contar mientras me rompes la cola. Aunque ya te la dejaron bastante preparadita bebe.
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—Tengo ganas de salir a bailar. Vamos a algún lado?
—Obvio. Preguntales a las chicas, yo le escribo a los pibes.
Pasaron las horas y no enganchamos a nadie. Los chicos todos con excusas y de sus amigas no contestó ninguna. Quedamos solos, y en algún momento de la tarde eso dejó de ser un problema y pasó a ser otra cosa.
Cuando empezó a caer la noche se puso a probarse ropa para ver que le gusta mas para salir. Yo estaba en la cocina armando un fernet cuando apareció en la puerta.
— Qué opinás?
Pollera negra suelta, un body rojo que le levantaba las tetas y me volvia loco. Le quedaba perfecto. Tardé dos segundos en decidir que le iba a mentir.
— Mmm. No me convence.
— No? A mí me gusta.
— Le falta algo. El top gris no te lo probaste?
— Sí, pero no sé, se ve raro.
— A ver, mostrame.
La acompañé al cuarto. Se cambió de espaldas, con esa naturalidad de años, y yo aproveché para abrir el cajón "especial" y sacar dos cosas.
— Ves? No me gusta — dijo girando frente al espejo.
— Me encanta cómo te queda. Pero con esto te va a quedar mejor.
Le apoyé en la mano un plug de corazón rojo que habíamos comprado hacía un tiempo y una tanga roja. Ella miró las dos cosas. Después me miró a mí.
Camila siempre se pone un short abajo de la pollera. Siempre.
—Esta noche no te pongas el short.
No dije nada más. No hacía falta. Se quedó quieta un segundo largo, con las cosas en la mano, y en ese segundo entendió todo.
— No da. Nos vamos a cruzar gente conocida.
— No. Nos vamos lejos. A un lugar donde no nos conozca nadie.
Puso una cara que no le había visto nunca. Algo entre la vergüenza y la diversión, pero sobre todo una cara de trolita que pocas veces le vi. Cerró la puerta del baño.
A los cinco minutos salió.
— Listo. Vamos.
— A ver?
— No. Vas a tener que esperar.
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Manejé unos 180 km sin decir mucho. Ella iba con la ventanilla baja, mirando para afuera, pensando en anda a saber que.
Estacioné a dos cuadras del boliche. Abrió la puerta, y se le callo en el pasto el encendedor, se inclino sentada en el auto a buscar el encendedor que se le había caído de una forma que no era casual. La pollera se le subió sola, dejando a mi vista un corazon birllozo. Ahí entendí lo que venía pensando.
Me bajé del auto y la agarré contra la puerta. Me besó y me sacó las manos de encima.
—No. Todavía no podés hacerme nada.
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Adentro la música estaba altísima. Nos hicimos lugar cerca de una columna, en un rincón con gente por todos lados.
Bailamos. Cada vez que le pasaba la mano por la espalda y la agarra de la cintura sentia la pollera más arriba, y ella se hacía la que no se daba cuenta.
—Amor. La pollera.
—Hace rato que la tengo así —me dijo al oído, sin dejar de moverse.
Y entonces lo vi.
Un tipo de unos cincuenta, a diez metros, apoyado contra la barra. La estaba mirando a ella, y no disimulaba ni un poco.
Me acerqué a su oído.
—Hay uno que no te saca los ojos de encima.
— Dónde?
— Atrás tuyo. En la barra. Un tipo grande.
Camila no se dio vuelta enseguida. Siguió bailando 2 temas mas. Y recién ahí giró la cabeza apenas, lo justo para cruzarle la mirada un segundo y volver.
—Jajaja. Que disfrute el viejito.
Y se inclinó hacia adelante.
No fue un movimiento de baile. Fue otra cosa, hecha a propósito, sostenida un segundo más de lo necesario. Yo no la miré a ella. Lo miré a él. Vi el momento exacto en que registró lo que estaba viendo y se agarró la cabeza con las dos manos.
Por el ángulo calculo que le vio el plug.
—Che, ahora vengo. Voy al baño.
Se acomodó la pollera como pudo y se metió entre la gente. La seguí con la vista tres metros y la perdí.
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Al principio no pensé nada.
Miré el celular: y cinco. Pedí un vaso de agua, me lo tomé, miré de nuevo: y doce. Me dije que en el baño de mujeres siempre hay cola, que es sábado, que está lleno. Me lo dije como quien se explica algo a sí mismo en voz alta para no escuchar otra cosa.
Y veinte.
Me di vuelta hacia la barra sin querer darme vuelta.
El tipo no estaba.
Me entro una calentura que no había sentido hacia rato. Con el espectáculo que le dio seguro estaba re caliente y se la fue chamullar.
Arranqué para el pasillo del baño a ver que onda y ahí apareció, cruzando la gente, con una sonrisa que le ocupaba toda la cara.
—Hola, be. Acá estoy.
— Qué pasó que tardaste tanto?
—Nada, un montón de gente.
— Segura?
—Sí. Por?
La miré. Le pasé el dedo por la pera, despacio, juntando un hilo de leche y se lo mostré.
— Y esto?
No se puso colorada. No se rió nerviosa. Me sostuvo la mirada como si hubiera estado esperando esa pregunta toda la noche, me agarró la muñeca y se llevó mi dedo a la boca.
— No sabes que pija hermosa y cargada de leche que tenia el viejo ese, bebé.
—Camila.
—Vos pediste esto, jodete. Me tenes hace horas con un plug en el orto, estoy re caliente. Me quiero cojer a todo el mundo.
Y ahí me di cuenta de que tenía razón. De que lo había pedido en la puerta del cuarto, sin decirlo, y de que ella lo había escuchado perfecto.
—Contame.
—Después.
—Contame ahora.
—No —me dijo, te voy a contar mientras me rompes la cola. Aunque ya te la dejaron bastante preparadita bebe.
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