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Fotos con mama en el pueblo

⚠️ Aviso / Disclaimer
Esta obra es completamente ficticia y ha sido creada únicamente con fines narrativos y de entretenimiento.
Todos los personajes que aparecen o son mencionados en esta historia son personajes ficticios y mayores de 18 años, independientemente de cualquier descripción, contexto o situación presentada durante el relato.
Los nombres, personajes, lugares, acontecimientos y situaciones descritos son producto de la ficción. Cualquier parecido o coincidencia con personas reales, vivas o fallecidas, o con acontecimientos reales es pura casualidad y no intencionado.
Las opiniones, comportamientos y acciones de los personajes forman parte exclusivamente de la ficción y no representan necesariamente las opiniones, valores o experiencias de la autora.
Esta obra puede contener temáticas para público adulto, lenguaje explícito o situaciones sensibles, por lo que está destinada exclusivamente a mayores de 18 años.

Las imágenes o elementos visuales que acompañen al relato tienen una finalidad exclusivamente ilustrativa y forman parte de la representación ficticia de la obra.
CAPITULO 1
Me llamo Carlos, tengo dieciocho años recién cumplidos, y en unos meses me voy a la universidad. Una universidad que cuesta un ojo de la cara, por cierto,La unica que tengo cerca del pueblo,sino tendria que cambiarme de Estado,y tampoco puedo permitirmelo, Mi madre, Renata, trabaja como encargada en una pensión de mierda para juntar lo que puede, pero no alcanza. Nunca alcanza. Yo ayudo en un bar del pueblo, sirviendo copas y limpiando mesas, y todo lo que gano va a un sobre que guardo debajo del colchón. Aún así, no llegamos ni a la mitad de lo que piden.


Vivo con ella, claro. Con mi madre. Mi madre, Renata Fuentes, cuarenta y cinco años, viuda desde que yo tenia 5. Mi padre se mató en el campo, una tontería, un accidente con el tractor, y la dejó sola conmigo y con esta casa vieja ,Mi madre empezo a trabajar en la pension del pueblo y a trabajar el campo de nuestra propia casa para no morirnos de hambre.
No sé cómo describirla sin sonar como un enfermo, pero ya que esto es solo para mí, para mis pensamientos, voy a decirlo como es. Mi madre es una mujer de esas que paran el tráfico sin querer. Mide uno sesenta y cinco, más o menos, y debe pesar unos ochenta kilos, pero no es gorda, es... generosa. Tiene unas tetas enormes, pesadas, que se le marcan bajo cualquier blusa que use, y ella usa siempre esas blusas baratas de algodón que se le pegan al cuerpo con el sudor. Los pezones se le notan siempre, oscuros, grandes, como dos monedas bajo la tela. Y ella ni se fija, o finge que no se fija, o quizás sabe que los miro y le da igual. Tiene el culo grande, caído pero firme, de esos que se mueven cuando camina y no paran de moverse aunque ella se quede quieta. Las caderas anchas, los muslos gruesos, y un vientre regordete que se le marca cuando se sienta. Y el olor. Ella huele fuerte, a mujer, a sudor, a cocina, a algo que no sé explicar pero que me llega al fondo del cerebro cada vez que paso a su lado.


No usa maquillaje, lleva el pelo castaño con canas siempre recogido en un moño, y tiene esas ojeras de quien trabaja como una burra y no duerme bien. Y aun así,Para mi,es la mujer más hermosa que he visto en mi vida. Y eso me jode. Me jode porque es mi madre y porque no puedo dejar de pensar en ella. Hay días que llego del bar, ella está en la cocina, inclinada sobre los fogones, y la blusa se le abre un poco y veo el borde de su sostén, o la curva de sus pechos, y la paso mal. O noches en que oigo el agua corriendo mientras ella se ducha, y me quedo en la cama, despierto, imaginándola...


Hoy llegué del bar temprano, eran las cinco de la tarde. Dejé la mochila en mi cuarto y fui a saludarla. Estaba en la cocina con una mujer, una tal Lidia, compañera suya de la pensión. Lidia es más joven, unos treinta y tantos, también está buena, pero no como mi madre. Tiene menos carne, menos curvas, menos de todo. Pero bueno, no está mal. Las saludé rápido, sin mirarlas mucho, y me fui a mi cuarto a hacer no sé qué. Las oía reír, hablar bajo, en esa complicidad de mujeres que siempre me ha parecido un misterio. Cerré la puerta y me tumbé en la cama, mirando el techo, pensando en el dinero que no tengo y en los meses que se acercan.


Me quede tumbado en la cama, con el brazo sobre los ojos, escuchando las voces de mi madre y Lidia. La conversación se había vuelto más baja, más entrecortada, como si estuvieran hablando de algo que no querían que se oyera. Me di la vuelta y puse la oreja contra la pared.


Lidia se reía. Esa risa que tiene, un poco burlona, un poco cómplice, como si hubiera descubierto un secreto que la hacía sentir importante. Mi madre le respondía con algo que no pude distinguir, pero su tono era distinto, más bajo, más serio. No era el tono que usa con los huéspedes, ni el que usa conmigo. Era otro tono, uno que no le había oído antes, o tal vez sí, pero solo cuando hablaba del padre, de cómo murió, de lo difícil que fue. Pero eso no encajaba con la risa de Lidia, que seguía ahí, insistente.


Luego oí una frase clara, una que me heló la sangre. Lidia dijo algo como "una hora de fotos" y "lo que gano en dos semanas". Mi madre respondió con un "no", corto, seco, casi ofendido. Pero el "no" de mi madre siempre ha sido el inicio de algo, no el final. Es como un portón que se cierra pero no se tranca. Lidia insistió, y yo me quede inmóvil, sin respirar, esperando. Las palabras se fueron perdiendo en susurros, en pausas largas, en risas que sonaban forzadas, como si mi madre intentara reírse de algo que realmente le daba vergüenza.




No pude quedarme más tiempo allí. Me levanté de la cama con cuidado, puse mis pies en el suelo frío del suelo de madera, y fui al baño. Me lavé la cara con agua fría, mirándome en el espejo roto que cuelga de la pared, con esa grieta que cruza mi cara como una cicatriz. "Qué clase de monstruo soy", pensé, porque estaba escuchando a mi madre y Lidia como un espía, y lo peor es que no sabía exactamente qué estaban hablando, pero sabía que tenía que ver con dinero, con fotos, con algo que mi madre había rechazado y que, sin embargo, no había cerrado la puerta del todo.


Cuando salí del baño, la cocina estaba vacía. Lidia se había ido, y mi madre estaba lavando platos, de espaldas a la puerta, moviéndose con esa eficiencia mecánica que tiene cuando no quiere hablar. No le dije nada. Me sirví un vaso de agua y me lo bebí de un trago, parado en la esquina de la cocina, sintiendo el peso de su silencio como si fuera algo físico. Ella no se giró, pero su cuerpo se tensó cuando me acerqué, como si supiera que yo estaba ahí, como si esperara que yo dijera algo. Pero no dije nada. Nunca digo nada.


Salí del baño y encontré a mi madre sola en la cocina. Ya no estaba Lidia. Rena tenía las manos en la cadera, mirando por la ventana del fregadero hacia el huerto que tenemos detrás de casa, un pedazo de tierra con hortalizas y un corral de gallinas que nos da huevos. Se le había subido la manga de la blusa hasta el codo, y le vi el antebrazo moreno, con el vello fino que se le ilumina cuando da contra la luz. Estaba callada, pero no de esa manera que tiene cuando está enfadada, sino de manera cuando está pensando en algo que le pesa.


Renata: Tengo que ir al huerto antes de la tarde. Los tomates se están secando y las gallinas necesitan que les cambie el agua y les dé de comer. Si no lo hago ahora, no voy a tener tiempo hasta la noche cuando vuelva de trabajar el turno en la pension"


No me miró al decirlo. Seguía mirando por la ventana, como si las plantas estuvieran dándole la razón. Su voz sonaba plana, práctica, de esas que no admiten discusión. La conocía bien. Era la misma voz que usaba cuando me decía que no había dinero para zapatos nuevos, o que la cena era pan con aceite porque el refrigerador estaba vacío.


Yo: ¿Necesitas ayuda?"


La pregunta salió antes de que pudiera pensarla. Siempre hacía eso. Siempre me ofrecía antes de darme cuenta de lo que significaba pasar una hora más bajo el sol con ella, viéndola agacharse sobre los bancales, viéndola moverse entre los surcos con ese andar pesado y lento que tiene cuando hace trabajo de campo.


Renata: Si no te importa. Sé que descansas los domingos por la tarde, pero tengo turno a las cuatro en la pensión y no puedo dejar esto así."


Se giró por fin y me miró. Tenía los ojos cansados, esas ojeras que nunca se le van, y la frente arrugada como si el sol ya le estuviera doliendo. Se pasó la mano por el moño, apretándolo, y un mechón de pelo castaño le cuelgue en la nuca. Sudaba un poco, aunque hacía fresco en la cocina, y la tela de la blusa se le había pegado al pecho, marcando la curva de sus pechos con una claridad que me hizo bajar la vista.


Yo: No pasa nada, madre. Voy contigo."


Añadí eso último sin pensarlo también. "Voy contigo." Como si fuera algo normal, como si no significara estar a su lado, viéndola trabajar, viéndola inclinarse, viéndola respirar bajo el sol de la tarde. Me di la vuelta para salir de la cocina y sentí su mirada en mi espalda, esa mirada que siempre me persigue, que nunca puedo evitar, que me hace sentir como si supiera todo lo que guardo debajo del colchón.


Salimos juntos al huerto por la puerta de atrás, la que da al patio de tierra donde tenemos los bancales y el corralillo de gallinas. El sol de la tarde caía duro, de esos soles de verano que te queman la nuca en segundos. Mi madre caminaba delante de mí, como siempre, con sus zuecos golpeando el suelo polvoriento y el balde de agua en la mano. Su falda corta, esa falda de cuadros que usa para trabajar, se le mecía con cada paso, marcando el movimiento redondo y pesado de su trasero bajo la tela gastada. La miré un segundo de más, un segundo que no debería haber mirado, y después clavé los ojos en el suelo.


Llegamos a los tomates primero. Mi madre se agachó sobre el bancal, hundiendo las manos en la tierra seca para revisar las raíces, y yo sentí que el aire se me cortaba en la garganta. Desde donde estaba, tenía una vista perfecta. La blusa se le abrió por el cuello cuando se inclinó, y vi caer el escote hacia adelante, vi el borde del sostén viejo y elástico, de esos de encajado negro que ya perdió la forma, conteniendo a duras penas la masa pesada de sus pechos. Colgaban llenos, con esa gravedad propia de los cuerpos que han dado de mamar y que nadie ha sostenido en años, y entre ellos se formaba un surco húmedo donde el sudor se acumulaba en gotas pequeñas que humedecían la tela interior. Los pezones se le marcaban como siempre, duros esta vez, protuberantes contra el algodón fino, y me di cuenta de que ella no llevaba debajo más que ese sostén roto, sin camiseta, sin nada más. Un olor subió desde ella, mezclado con la tierra y el tomate silvestre: su olor, ese olor almizclado y profundo a mujer sudada, a piel tibia que no ha conocido el jabón desde la mañana, a algo denso y animal que me subió por la nariz y se me quedó clavado en el cerebro.



Fotos con mama en el pueblo




Yo: ¿Qué hablaste con Lidia?"


La pregunta salió antes de que pudiera contenerla. Me arrodillé a su lado para ayudarla a regar, acercándome más de lo necesario. Mi brazo rozó el suyo cuando le pasé la regadera, y sentí la piel de ella, caliente y áspera por el trabajo, contra la mía. No se retiró. Siguió hundiendo las manos en la tierra sin mirarme.


Renata: Nada, tonterías. Lidia habla por hablar, ya la conoces."


Levantó la cabeza un segundo, se limpió la frente con el dorso de la mano, dejándole un rasguño de tierra en la piel. El sudor le bajaba por las sienes y se le perdía detrás de la oreja. Sus ojos se encontraron con los míos por un instante, un instante que duró demasiado, y algo cruzó por su mirada que no supe leer. Después volvió a mirar los tomates, como si yo no existiera.


Yo:No me digas que son tonterías. La oí reír, madre. Y oí que hablaba de fotos, de dinero. Sonaba a algo serio."


Me callé esperando su respuesta. Las gallinas cacareaban en el corral a nuestra espalda, y el agua corría lenta sobre la tierra entre los bancales. Mi madre no dijo nada durante un rato. Se puso de pie con dificultad, con esa manera que tiene de quejarse del cuerpo sin decirlo, apoyándose en la rodilla, y se estiró la espalda. La blusa se le tensó sobre los pechos, y por un segundo los vi levantarse y volver a caer con su peso, como dos frutas pesadas bajo una red. Respiró hondo, y el pecho se le subió y se le bajó, lento, cansado.


Renata: Lidia posa para un tipo que pasa por el pueblo. Le pagan por hacer fotos, cosas de esas de revista, ¿sabes? Ella dice que es fácil, que solo es posar una hora y que el tipo paga bien. Me lo contó hoy para presumir, para intentar que me anime y quizas puede que por intentar ayudarme a ganar un extra... Pero yo no soy Lidia,no soy joven tampoco y esas cosas no son para mí."


Dijo lo último con un tono seco, de cierre, como quien cierra una puerta con llave. Se agachó de nuevo, esta vez para recoger unos tomates que se habían caído al suelo, y desde atrás vi la curva de su lomo bajo la blusa, la línea de su espalda ancha donde la piel se le marcaba en pliegues por el sudor, y debajo, el borde de la falda que se le subió mostrando la tela oscura de sus bragas, húmeda en la entrepierna por el calor. Aparté la vista. Me odié por mirar, pero no pude evitarlo.


Yo: ¿Y por qué no? Si te pagan bien, si no es nada... Podría ayudarnos con la matrícula."


Lo dije en voz baja, midiendo cada palabra. No quería sonar como si la estuviera empujando, pero tampoco quería que cerrara el tema tan rápido. Mi madre se quedó quieta con un tomate en la mano, sin girarse, y sentí su silencio como algo pesado, algo que se metía entre los dos y nos separaba sin tocarnos.


Renata: No. Déjalo, Carlos. No es cosa de la que quiera hablar más."


Me agaché a su lado para coger los tomates maduros del suelo, esos que se habían caído de las ramas por el peso. Sus dedos estaban sucios de tierra, enrojecidos por el sol, y cuando nos rozamos las manos sobre el mismo tomate, ella se quedó quieta un segundo, como si no supiera si retirarse o quedarse. No me miró. Metí el tomate en la cubeta y seguí, sintiendo el calor del día pegando en mi nuca.


Yo: Es que lo del dinero... es urgente, madre. Y si Lidia ya lo ha hecho y no le ha pasado nada, quizás no sea tan terrible. Yo solo digo."


Renata: Ya te he dicho que no. No voy a estar posando para un desconocido como si fuera una cualquiera. ¿Me entiendes? No es cosa mía."


Su voz era firme, pero algo temblaba en ella, algo que no era rabia sino otra cosa, algo que le subía por el cuello y le enrojecía la piel sobre el escote. Levantó la cabeza y esta vez sí me miró, directo, con esos ojos oscuros y cansados que a veces parecen ver a través de mí. Le vi el sudor correrle por la sien hasta la mandíbula, y la gota cayó por el borde de su mejilla sin que ella se la limpiara.


Yo: Pero puedes sacarlas tú, ¿no? Si no quieres que te saque fotos un extraño, te las sacas tú sola y se las mandas. O..."


La palabra se me quedó en la garganta. La miré y sentí algo subirme por el pecho, algo caliente y peligroso, y antes de que pudiera frenarlo dejé caer lo que pensaba.


Yo: ...o te las puedo sacar yo."


El silencio que siguió fue denso, como el aire antes de una tormenta. Mi madre no se movió. Sostenía un tomate maduro en la mano, apretándolo con los dedos hasta que la pulpa cedió bajo sus uñas y el jugo anaranjado le resbaló por la muñeca, bajando por el antebrazo, su codo. No me quitó la vista de encima. Sus labios carnosos se entreabrieron como si fuera a decir algo, pero no salió nada. Su pecho subió y bajó con la respiración, lento, controlado, y yo pude ver los latidos de su pulso en el hueco de la garganta, justo debajo de donde le empezaban las canas.


Renata: Carlos."


Solo dijo mi nombre. Nada más. Pero la forma en que lo dijo, grave, quebrado, como una advertencia y una pregunta al mismo tiempo, me heló la sangre y me la encendió al mismo tiempo. Me di cuenta de lo que había dicho, de lo que había dejado caer, y sentí la cara arder. Bajé la vista de inmediato, clavando los ojos en la tierra, sin saber dónde poner las manos.


Yo: Solo digo que podríamos... que no hace falta un extraño para eso. Sería más fácil. Y el dinero nos hace falta."


Me callé. Ella tampó dijo nada más. Recogimos el resto de los tomates en silencio, uno al lado del otro, sin tocarnos, sin mirarnos, con solo el sonido de las gallinas que cacareaban en el corral y el agua cayendo lenta sobre la tierra seca. Después fuimos a alimentarlas. Mi madre echó el maíz en el comedero y yo les puse agua fresca en el bebedero. Ella se agachó para recoger un huevo que una de las gallinas había dejado en el nido, y la vi meterlo con cuidado en el bolsillo del delantal, con esos gestos suaves y precisos que tiene para las cosas pequeñas. No volvimos a hablar del tema


Cuando terminamos, el sol ya estaba más bajo. Mi madre se quitó la delantal, se sacudió las manos en la falda y caminó hacia la puerta de casa sin girarse.


Renata: Tengo que ducharme y cambiarme para el turno. Ya puedes seguir disfrutando de tu dia libre de domingo,No desordenes la casa que la he limpiado esta semana y no voy a ponerme a limpiar cuando vuelva."


La oí cerrar la puerta del baño, y después el sonido del agua. Me quedé de pie en el patio, con las manos sucias de tierra y el olor de las gallinas en la ropa, mirando la puerta del baño como si pudiera ver a través de ella. Las gotas golpeaban el suelo de dentro, y yo sabía exactamente cómo estaba: desnuda bajo el agua, el vapor subiendo alrededor de su cuerpo, el agua corriendo por sus pechos, por su vientre, entre sus muslos gruesos. 


Renata salió del baño envuelta en una toalla vieja, con el pelo goteando sobre los hombros. No me miró. Caminó directa al dormitorio con pasos rápidos, y la oí abrir el armario, arrastrar cajones, murmurar algo para sí misma sobre la hora. Yo estaba sentado en la cocina, con las manos todavía sucias de tierra, mirando el grifo sin verlo.



Madre


Renata: Carlos, me voy. Hay guiso en la olla para que calientes, no dejes que se pegue.


Apareció en el pasillo ya vestida, con una blusa que no era la de la mañana sino otra, más ajustada, y una falda negra que le llegaba a medio muslo. Se había puesto aretes, esos de aro dorado que guarda para salir, y olía a algo diferente, a colonia barata que tiene guardada en un cajón. Se puso los zapatos en la entrada, se miró al espejo del reloj y se pasó los dedos por las cejas.


Yo: ¿No vas a comer?"


Renata: No me da tiempo, si no llego a las cuatro me parte el alma Doña Marta. Ya comí algo de camino."


Besó el aire cerca de mi mejilla, como hace siempre, y salió. Oí sus pasos alejándose por el camino de tierra, el golpe rítmico de sus zapatos contra el polvo, y después el silencio de la casa. Me quedé inmóvil un minuto, dos, tres. Esperando a que la casa estuviera completamente sola. Entonces me levanté y fui al baño.


La puerta estaba entreabierta. Entré y lo primero que sentí fue su olor, denso, pegado a las paredes húmedas del baño pequeño, mezclado con el vapor del agua que aún no se había disipado del todo. El aire estaba espeso, tibio, cargado con ese aroma suyo que ahora conocía de memoria: a jabón barato, a piel sudada, a algo animal y femenino que se queda impregnado en la cerámica y en las toallas. Y sobre la silla del rincón, en un desorden que solo ella podía haber dejado, estaba su ropa. Tirada sin orden, como si se la hubiera arrancado de golpe, con la prisa de una mujer que sabe que el reloj no espera. La blusa de la mañana, con la mancha de sudor todavía fresca en el escote. La falda de cuadros, arrugada, con un hilo suelto en la costura. El sostén viejo, elástico negro deformado por el uso, con los elásticos desteñidos y la copa ampulosa que conservaba aún la forma de sus pechos, como una cáscara vacía de algo pesado.


Y debajo, enrolladas con los dedos en un gesto automático que ella hizo sin pensar antes de meterse bajo la ducha, sus bragas. Las vi y sentí que algo se movía dentro de mí, abajo, profundo, un tirón caliente que me subió por la ingle antes de que pudiera controlarlo. Eran de algodón, de esos que compran en los paquetes de tres por poco dinero, color beige ya lavado tantas veces que apenas tenía tono. Pequeñas, más pequeñas de lo que yo habría esperado para un cuerpo como el suyo, con la tela gastada y filosa en los bordes del elástico, con una mancha oscura y amortiguada en la entrepierna que era el residuo de su propio cuerpo, de su sudor concentrado, de las secreciones que su sexo había producido a lo largo de todo el día mientras ella trabajaba, mientras se inclinaba sobre los fogones, mientras caminaba veinte minutos bajo el sol hasta la pensión. Las levanté con la yema de los dedos y el olor me golpeó la cara, fuerte, sin filtros, a almíbar rancio, a orina seca, a vello húmedo, a todo lo que una mujer de cuarenta y cinco años produce cuando ha pasado horas sin cambiarse, cuando su cuerpo sudado y caliente ha estado encerrado en esa tela fina que absorbe todo y suelta nada. Eran húmedas todavía, no completamente secas, con una humedad tibia que se pegó a mis dedos cuando las sostuve más cerca del rostro.


La erección fue instantánea, dura, dolorosa, como si mi cuerpo respondiera a un estímulo que mi cerebro no había dado permiso. Me temblaban las manos. La sangre me zumbaba en las sienes y en la punta del pene, que se había inflado contra la tela de mis pantalones cortos hasta quedar pegado al muslo, palpando, insistente, con cada latido del corazón. Me apreté los dientes y miré por la puerta del baño, hacia el pasillo vacío, hacia la casa muda. Nadie. Solo yo, y su ropa, y ese olor que se me había metido en los pulmones y no quería salir.


Me apoyé contra la pared del baño, con sus bragas aún entre los dedos, y cerré los ojos. La imagen de ella bajo la ducha pasó por mi cabeza como un fogonazo: su cuerpo grande y blando bajo el chorro de agua, los pechos goteando, el vapor subiendo desde su vientre, sus manos deslizándose por sus muslos para enjabonarse entre las piernas donde crecía esa mata oscura y espesa que yo nunca había visto pero que imaginaba con una precisión que me dolía. Me mordí el labio. El pene me latía contra la mano, duro como una piedra, pidiendo algo que yo no podía darle, al menos no aquí, no ahora, no con esta ropa tirada a mis pies y su olor pegado a mi piel.


Abrí los ojos y las seguí teniendo entre los dedos. La tela era tan fina que se transparentaba contra la luz del baño, y la mancha oscura en la entrepierna se veía como un mapa de algo que yo quería conocer con una desesperación que me asustaba. Las llevé hacia mi cara una vez más, presionándolas contra la nariz, y respiré hondo, profundo, hasta que los pulmones se me llenaron de ella, de su olor más íntimo, de la parte de Renata que nadie más había olido así, que nadie más había tenido tan cerca. El gemido que me salió fue bajo, apenas un aliento, pero resonó en el baño como si fuera un grito.


La madre:

Madre e hijo

Continuará...




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— Elena (KaRelatos) :3

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