El miércoles amaneció con una calma aparente, pero para mí el ambiente en la casa ya era insostenible. La tensión se respiraba en el aire; las paredes parecían retener el eco de los suspiros de Laura y el deseo primitivo de Pedro. Mi cabeza no paraba de dar vueltas. La noche anterior apenas había podido tocar a mi esposa sin imaginarme las manos de ese albañil recorriéndole el cuerpo. Ya no me bastaba con los roces accidentales o las miradas de reojo desde la barandilla. Quería más. Quería ver hasta dónde era capaz de llegar Laura bajo mi sutil pero constante presión, y quería ver al maldito trabajador perdiendo por completo los estribos ante la dueña de la casa.
Pasadas las diez de la mañana, bajé un momento a la cocina con la excusa de buscar un vaso de agua. Al pasar cerca de la entrada de la biblioteca, me detuve a observar a Pedro a través de la rendija de la puerta entreabierta. Llevaba la misma playera de tirantes, ahora manchada de sudor fresco que le corría por el cuello y los brazos tensos mientras acomodaba los pesados bloques de cemento. Se le notaba distraído, impaciente. Miraba hacia las escaleras cada vez que escuchaba el más mínimo ruido en la planta alta. El anzuelo ya estaba clavado en su garganta; el tipo estaba desesperado por volver a ver a mi mujer.
Subí de nuevo a la habitación hecho un manojo de nervios y excitación. Encontré a Laura sentada en la cama, mirando su teléfono, pero con la mente en otra parte. Sus piernas cruzadas dejaban ver la piel suave de sus muslos, y el contraste entre su timidez habitual y el juego en el que la estaba metiendo me ponía la piel de gallina.

Me acerqué a ella despacio, sentándome a su lado y deslizándole una mano por el muslo, subiendo lentamente hasta el borde de su ropa interior. Sintiéndome dueño de la situación, le susurré al oído mi siguiente exigencia.
Ángel: El tipo está abajo muriéndose de ganas por verte, Laura. Se le nota en la cara. Hoy no vas a dejar que se quede solo con las ganas. Hoy quiero que lo busques en su terreno, cuando esté en el baño del pasillo del fondo.
Laura: (Estremeciéndose ante mi tacto, volteando a mirarme con una mezcla de angustia y deseo contenido) Ángel... ¿el baño de abajo? Eso ya es demasiado arriesgado. ¿Qué pasa si entra alguien? ¿Qué pasa si él se propasa de más?
Ángel: Nadie va a entrar, mi vida. Yo me encargaré de cerrar la puerta principal con llave. Además, tú tienes el control. Quiero que vayas vestida con esa falda negra corta, la de seda, y que no te pongas calzones. Quiero que vayas completamente al aire ahí abajo.
Laura: (Abriendo los ojos de par en par, con las mejillas tiñéndose de un rojo intenso mientras se le agitaba el pecho) ¡Ángel, por Dios! ¿Cómo me pides eso? Si se me levanta la falda me va a ver todo el culo... va a ver que estoy desnuda.
Ángel: (Apretándole el muslo con firmeza, obligándola a mirarme a los ojos) Exacto. Eso es justo lo que quiero. Quiero que cuando te acerques a él, sienta que estás disponible, que no hay barreras. Le vas a pedir que te ayude a revisar una supuesta fuga en la tubería del baño pequeño. Cuando estén los dos encerrados en ese espacio tan estrecho, dejas que el calor haga el resto. Yo estaré afuera, pegado a la puerta, escuchando cada gemido, cada palabra. Hazlo por mí, nena. Imagínate lo que te voy a hacer sentir esta noche si me das ese gusto.
Laura se quedó callada unos segundos, mordiéndose el labio inferior con tanta fuerza que casi se saca sangre. El conflicto interno la estaba carcomiendo, pero la sumisión hacia mis deseos y la chispa de perversión que se había encendido en su propio cuerpo terminaron por ganar. Se levantó en silencio y caminó hacia el clóset.

Veinte minutos después, el plan estaba en marcha. Laura bajó las escaleras luciendo una blusa negra de manga corta pegada al cuerpo que resaltaba sus tetas firmes, y la falda de seda que apenas le cubría la mitad del muslo. Con cada paso que daba, el vaivén de la tela dejaba adivinar la total ausencia de ropa interior; cada movimiento revelaba sutilmente la silueta de sus nalgas.

Yo bajé detrás de ella, asegurándome de no hacer ruido, y me aposté en el pasillo oscuro que conducía al baño de servicio, justo detrás de una pequeña mampara de madera desde donde podía oír perfectamente todo lo que ocurría.
Laura caminó hacia la biblioteca y llamó a Pedro. Pocos segundos después, vi pasar la silueta del robusto albañil siguiendo a mi esposa hacia el estrecho pasillo. El tipo caminaba con la mirada clavada en el hipnótico movimiento del culo de Laura, completamente hipnotizado por la tela que se pegaba a su piel con el sudor.
Entraron al baño y Laura entornó la puerta, dejando apenas una rendija abierta. Me pegué a la pared lateral, con el corazón golpeándome las costillas como un tambor y la mano metida directamente en mis pantalones, acariciándome con desespero.
Laura: Mira, Pedro... es aquí abajo, detrás del lavabo. Ayer me pareció escuchar un goteo extraño y temo que la humedad vaya a arruinar el tapiz de la pared externa. ¿Podrías agacharte a revisar si hay alguna fisura?

Pedro: (Con la voz notablemente ronca, el tono de un hombre que intenta contener sus impulsos más básicos) Claro que sí, señora Laura... A ver, déjeme ver qué encuentro por aquí.
El espacio era tan reducido que, para que Pedro pudiera agacharse frente a las tuberías inferiores, Laura tuvo que quedarse de pie justo detrás de él, casi rozando su espalda con su vientre. Vi a través de la rendija cómo Pedro se arrodillaba. Al hacerlo, su cabeza quedó exactamente a la altura de la falda de mi esposa. El aroma de Laura, esa mezcla de perfume caro y el calor natural de su piel, inundó el cubículo.
Pedro fingió revisar el tubo durante unos instantes, pero su respiración se volvió pesada, ruidosa. Desde mi posición, alcancé a ver cómo levantaba ligeramente la cabeza. Laura, con una audacia que me dejó sin aliento, separó un poco las piernas y se inclinó hacia adelante para "observar" el trabajo. Ese movimiento hizo que la falda de seda se deslizara hacia arriba, exponiendo por completo la desnudez de sus piernas y la parte baja de sus nalgas blancas y redondas, justo a unos centímetros del rostro del albañil.
Pedro se congeló. Su mano derecha, que sostenía una llave inglesa, comenzó a temblar. El tipo no pudo más. Olvidó el respeto, olvidó el trabajo y se volteó lentamente, quedando de rodillas frente a las piernas desnudas de la dueña de la casa. Sus ojos se clavaron directamente en la intimidad expuesta de Laura, que estaba completamente desprotegida bajo la seda.


Pedro: (Con un hilo de voz, jadeando, la respiración entrecortada por el deseo bruto) Señora... usted... usted no trae nada puesto. Dios mío, disculpe, pero esto... esto no es normal. Usted me está volviendo loco desde ayer.
Laura: (Soltando un gemido ahogado, sosteniéndose del borde del lavabo porque las piernas le temblaban de la impresión) Pedro... yo... solo quería que revisaras la fuga... no debiste mirar ahí...
Pedro: (Poniéndose de pie con lentitud, acorralándola contra la pared del baño, rompiendo toda distancia. Sus manos grandes y ásperas, llenas de polvo de cemento, se posaron directamente sobre las caderas de Laura, apretándolas con una fuerza salvaje) No me mienta, señora. Usted sabe bien lo que hace. Sabe que tengo días queriendo meterle la mano debajo de esa falda. Mire cómo se me marcan los pantalones por su culpa... no me diga que se va a echar para atrás ahora.
Al oír eso desde el pasillo, casi me vengo en los pantalones. El morbo me carcomía las entrañas al escuchar al obrero hablarle de esa forma tan ruda a mi esposa. Pegué la oreja aún más a la madera, conteniendo el aliento.
Laura no se apartó. Al contrario, echó la cabeza hacia atrás, dejando escapar un suspiro largo y húmedo mientras sentía las manos sucias de Pedro subir por sus muslos, arrugando la seda de la falda hasta llegar al inicio de su culo. El albañil le metió los dedos entre las nalgas, acariciándola con brusquedad, descubriendo que Laura estaba completamente empapada por la adrenalina del juego.

Laura: (Gimiendo bajito, con la voz quebrada por el placer y la culpa) Ah... Pedro, no... es peligroso... mi esposo está arriba... puede bajar en cualquier momento...
Pedro: (Pegando su boca al cuello de Laura, dándole un beso húmedo y mordiéndole la piel mientras le amasaba una de las nalgas con ferocidad) Que baje si quiere... pero de aquí yo no me voy sin probar lo que me estuvo ofreciendo toda la mañana. Qué pedazo de teta tiene usted, señora... déjeme tocársela bien.
Pedro metió la mano libre por debajo de la blusa de Laura, atrapando uno de sus pechos sin sostén. Le apretó la teta con fuerza, estrujando el pezón erecto entre sus dedos rústicos.

Laura soltó un grito ahogado, un gemido de puro éxtasis que retumbó en las paredes del baño y llegó directo a mis oídos.
Sabiendo que el límite del día se había alcanzado y que no podía permitir que se la cogiera ahí mismo sin que yo estuviera en la posición adecuada para verlo todo, decidí intervenir sutilmente. Caminé hacia la cocina haciendo ruido con mis pasos a propósito y fingí toser con fuerza.
El ruido alertó de inmediato a los dos dentro del baño. Escuché el movimiento frenético de la ropa acomodándose y el suspiro de pánico de Laura. Pedro abrió la puerta del baño un momento después, saliendo con la cabeza baja, la respiración desbocada y una evidente erección oculta bajo sus jeans de trabajo, regresando a la biblioteca sin decir una palabra.
Laura subió las escaleras corriendo, con la falda arrugada y el cuello marcado por los besos del albañil. Entró a la habitación temblando como una hoja, con los ojos desorbitados y las manos húmedas.
Me abalancé sobre ella en cuanto cerró la puerta. La tomé del cabello con suavidad pero con firmeza, obligándola a mirarme mientras le subía la falda por completo, exponiendo su intimidad impregnada del olor del sudor de Pedro.
Ángel: (Gimiendo descontrolado, metiéndole los dedos donde Pedro la había tocado) ¡Te escuché, Laura! ¡Escuché cómo te apretaba la teta y cómo te metía la mano en el culo! Estás empapada... ese maldito infeliz te puso a mil.
Laura: (Llorando y gimiendo a la vez, abrazándose a mi cuello con desesperación mientras se abría de piernas en la cama) ¡Me tocó todo, Ángel! ¡Me metió los dedos en el culo y me apretó la teta con una fuerza que me dolió! Sentí que me iba a coger ahí mismo contra la pared del baño... ¡Por favor, no me dejes así, poseéme ya, sácame las ganas que me dejó ese hombre!

Esa tarde la Response con una violencia y una pasión animal que nunca antes habíamos experimentado, sabiendo que el terreno estaba completamente preparado. La próxima vez, no habría interrupciones; la próxima vez, Pedro la tomaría por completo frente a mis ojos.
Pasadas las diez de la mañana, bajé un momento a la cocina con la excusa de buscar un vaso de agua. Al pasar cerca de la entrada de la biblioteca, me detuve a observar a Pedro a través de la rendija de la puerta entreabierta. Llevaba la misma playera de tirantes, ahora manchada de sudor fresco que le corría por el cuello y los brazos tensos mientras acomodaba los pesados bloques de cemento. Se le notaba distraído, impaciente. Miraba hacia las escaleras cada vez que escuchaba el más mínimo ruido en la planta alta. El anzuelo ya estaba clavado en su garganta; el tipo estaba desesperado por volver a ver a mi mujer.
Subí de nuevo a la habitación hecho un manojo de nervios y excitación. Encontré a Laura sentada en la cama, mirando su teléfono, pero con la mente en otra parte. Sus piernas cruzadas dejaban ver la piel suave de sus muslos, y el contraste entre su timidez habitual y el juego en el que la estaba metiendo me ponía la piel de gallina.

Me acerqué a ella despacio, sentándome a su lado y deslizándole una mano por el muslo, subiendo lentamente hasta el borde de su ropa interior. Sintiéndome dueño de la situación, le susurré al oído mi siguiente exigencia.
Ángel: El tipo está abajo muriéndose de ganas por verte, Laura. Se le nota en la cara. Hoy no vas a dejar que se quede solo con las ganas. Hoy quiero que lo busques en su terreno, cuando esté en el baño del pasillo del fondo.
Laura: (Estremeciéndose ante mi tacto, volteando a mirarme con una mezcla de angustia y deseo contenido) Ángel... ¿el baño de abajo? Eso ya es demasiado arriesgado. ¿Qué pasa si entra alguien? ¿Qué pasa si él se propasa de más?
Ángel: Nadie va a entrar, mi vida. Yo me encargaré de cerrar la puerta principal con llave. Además, tú tienes el control. Quiero que vayas vestida con esa falda negra corta, la de seda, y que no te pongas calzones. Quiero que vayas completamente al aire ahí abajo.
Laura: (Abriendo los ojos de par en par, con las mejillas tiñéndose de un rojo intenso mientras se le agitaba el pecho) ¡Ángel, por Dios! ¿Cómo me pides eso? Si se me levanta la falda me va a ver todo el culo... va a ver que estoy desnuda.
Ángel: (Apretándole el muslo con firmeza, obligándola a mirarme a los ojos) Exacto. Eso es justo lo que quiero. Quiero que cuando te acerques a él, sienta que estás disponible, que no hay barreras. Le vas a pedir que te ayude a revisar una supuesta fuga en la tubería del baño pequeño. Cuando estén los dos encerrados en ese espacio tan estrecho, dejas que el calor haga el resto. Yo estaré afuera, pegado a la puerta, escuchando cada gemido, cada palabra. Hazlo por mí, nena. Imagínate lo que te voy a hacer sentir esta noche si me das ese gusto.
Laura se quedó callada unos segundos, mordiéndose el labio inferior con tanta fuerza que casi se saca sangre. El conflicto interno la estaba carcomiendo, pero la sumisión hacia mis deseos y la chispa de perversión que se había encendido en su propio cuerpo terminaron por ganar. Se levantó en silencio y caminó hacia el clóset.

Veinte minutos después, el plan estaba en marcha. Laura bajó las escaleras luciendo una blusa negra de manga corta pegada al cuerpo que resaltaba sus tetas firmes, y la falda de seda que apenas le cubría la mitad del muslo. Con cada paso que daba, el vaivén de la tela dejaba adivinar la total ausencia de ropa interior; cada movimiento revelaba sutilmente la silueta de sus nalgas.

Yo bajé detrás de ella, asegurándome de no hacer ruido, y me aposté en el pasillo oscuro que conducía al baño de servicio, justo detrás de una pequeña mampara de madera desde donde podía oír perfectamente todo lo que ocurría.
Laura caminó hacia la biblioteca y llamó a Pedro. Pocos segundos después, vi pasar la silueta del robusto albañil siguiendo a mi esposa hacia el estrecho pasillo. El tipo caminaba con la mirada clavada en el hipnótico movimiento del culo de Laura, completamente hipnotizado por la tela que se pegaba a su piel con el sudor.
Entraron al baño y Laura entornó la puerta, dejando apenas una rendija abierta. Me pegué a la pared lateral, con el corazón golpeándome las costillas como un tambor y la mano metida directamente en mis pantalones, acariciándome con desespero.
Laura: Mira, Pedro... es aquí abajo, detrás del lavabo. Ayer me pareció escuchar un goteo extraño y temo que la humedad vaya a arruinar el tapiz de la pared externa. ¿Podrías agacharte a revisar si hay alguna fisura?

Pedro: (Con la voz notablemente ronca, el tono de un hombre que intenta contener sus impulsos más básicos) Claro que sí, señora Laura... A ver, déjeme ver qué encuentro por aquí.
El espacio era tan reducido que, para que Pedro pudiera agacharse frente a las tuberías inferiores, Laura tuvo que quedarse de pie justo detrás de él, casi rozando su espalda con su vientre. Vi a través de la rendija cómo Pedro se arrodillaba. Al hacerlo, su cabeza quedó exactamente a la altura de la falda de mi esposa. El aroma de Laura, esa mezcla de perfume caro y el calor natural de su piel, inundó el cubículo.
Pedro fingió revisar el tubo durante unos instantes, pero su respiración se volvió pesada, ruidosa. Desde mi posición, alcancé a ver cómo levantaba ligeramente la cabeza. Laura, con una audacia que me dejó sin aliento, separó un poco las piernas y se inclinó hacia adelante para "observar" el trabajo. Ese movimiento hizo que la falda de seda se deslizara hacia arriba, exponiendo por completo la desnudez de sus piernas y la parte baja de sus nalgas blancas y redondas, justo a unos centímetros del rostro del albañil.
Pedro se congeló. Su mano derecha, que sostenía una llave inglesa, comenzó a temblar. El tipo no pudo más. Olvidó el respeto, olvidó el trabajo y se volteó lentamente, quedando de rodillas frente a las piernas desnudas de la dueña de la casa. Sus ojos se clavaron directamente en la intimidad expuesta de Laura, que estaba completamente desprotegida bajo la seda.


Pedro: (Con un hilo de voz, jadeando, la respiración entrecortada por el deseo bruto) Señora... usted... usted no trae nada puesto. Dios mío, disculpe, pero esto... esto no es normal. Usted me está volviendo loco desde ayer.
Laura: (Soltando un gemido ahogado, sosteniéndose del borde del lavabo porque las piernas le temblaban de la impresión) Pedro... yo... solo quería que revisaras la fuga... no debiste mirar ahí...
Pedro: (Poniéndose de pie con lentitud, acorralándola contra la pared del baño, rompiendo toda distancia. Sus manos grandes y ásperas, llenas de polvo de cemento, se posaron directamente sobre las caderas de Laura, apretándolas con una fuerza salvaje) No me mienta, señora. Usted sabe bien lo que hace. Sabe que tengo días queriendo meterle la mano debajo de esa falda. Mire cómo se me marcan los pantalones por su culpa... no me diga que se va a echar para atrás ahora.
Al oír eso desde el pasillo, casi me vengo en los pantalones. El morbo me carcomía las entrañas al escuchar al obrero hablarle de esa forma tan ruda a mi esposa. Pegué la oreja aún más a la madera, conteniendo el aliento.
Laura no se apartó. Al contrario, echó la cabeza hacia atrás, dejando escapar un suspiro largo y húmedo mientras sentía las manos sucias de Pedro subir por sus muslos, arrugando la seda de la falda hasta llegar al inicio de su culo. El albañil le metió los dedos entre las nalgas, acariciándola con brusquedad, descubriendo que Laura estaba completamente empapada por la adrenalina del juego.

Laura: (Gimiendo bajito, con la voz quebrada por el placer y la culpa) Ah... Pedro, no... es peligroso... mi esposo está arriba... puede bajar en cualquier momento...
Pedro: (Pegando su boca al cuello de Laura, dándole un beso húmedo y mordiéndole la piel mientras le amasaba una de las nalgas con ferocidad) Que baje si quiere... pero de aquí yo no me voy sin probar lo que me estuvo ofreciendo toda la mañana. Qué pedazo de teta tiene usted, señora... déjeme tocársela bien.
Pedro metió la mano libre por debajo de la blusa de Laura, atrapando uno de sus pechos sin sostén. Le apretó la teta con fuerza, estrujando el pezón erecto entre sus dedos rústicos.

Laura soltó un grito ahogado, un gemido de puro éxtasis que retumbó en las paredes del baño y llegó directo a mis oídos.
Sabiendo que el límite del día se había alcanzado y que no podía permitir que se la cogiera ahí mismo sin que yo estuviera en la posición adecuada para verlo todo, decidí intervenir sutilmente. Caminé hacia la cocina haciendo ruido con mis pasos a propósito y fingí toser con fuerza.
El ruido alertó de inmediato a los dos dentro del baño. Escuché el movimiento frenético de la ropa acomodándose y el suspiro de pánico de Laura. Pedro abrió la puerta del baño un momento después, saliendo con la cabeza baja, la respiración desbocada y una evidente erección oculta bajo sus jeans de trabajo, regresando a la biblioteca sin decir una palabra.
Laura subió las escaleras corriendo, con la falda arrugada y el cuello marcado por los besos del albañil. Entró a la habitación temblando como una hoja, con los ojos desorbitados y las manos húmedas.
Me abalancé sobre ella en cuanto cerró la puerta. La tomé del cabello con suavidad pero con firmeza, obligándola a mirarme mientras le subía la falda por completo, exponiendo su intimidad impregnada del olor del sudor de Pedro.
Ángel: (Gimiendo descontrolado, metiéndole los dedos donde Pedro la había tocado) ¡Te escuché, Laura! ¡Escuché cómo te apretaba la teta y cómo te metía la mano en el culo! Estás empapada... ese maldito infeliz te puso a mil.
Laura: (Llorando y gimiendo a la vez, abrazándose a mi cuello con desesperación mientras se abría de piernas en la cama) ¡Me tocó todo, Ángel! ¡Me metió los dedos en el culo y me apretó la teta con una fuerza que me dolió! Sentí que me iba a coger ahí mismo contra la pared del baño... ¡Por favor, no me dejes así, poseéme ya, sácame las ganas que me dejó ese hombre!

Esa tarde la Response con una violencia y una pasión animal que nunca antes habíamos experimentado, sabiendo que el terreno estaba completamente preparado. La próxima vez, no habría interrupciones; la próxima vez, Pedro la tomaría por completo frente a mis ojos.
1 comentarios - El Peso De Mi Fantasía 4