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Jaulita

El primer cinturón rosado de castidad que me compre, tan suave y tentador como mis labios, llegó a mi vida como un susurro de deseo. Lo encontré en una tienda pequeña, escondida entre muchas cosas, y sentí que me llamaba, como si supiera de antemano la piel que abrazaría. Lo tomé entre mis manos y lo deslicé sobre mis dedos, sintiendo la promesa de su roce, la delicadeza de su color, la insinuación de lo que podría ser, de lo que queria fuera esa experiencia, senti verguenza al salir de la tienda, procure nadie me viera.

Esa noche, en la penumbra de mi habitación, lo deslicé lentamente alrededor de mi cintura desnuda. Lo senti muy flexible, se adaptó a mi cuerpo como una caricia líquida. Me observé en el espejo: el rosa parecía encenderse sobre mi piel, un trazo de inocencia y provocación. Era un lazo, una frontera, una invitación. El cinturón marcaba el límite entre mi timidez y mi deseo, entre el niño que fui y la mujer que ahora se atrevía a explorar sus propias fantasías.

Me tumbé sobre las sábanas, sintiendo el peso ligero del cinturón, su presencia insistente. Lo ajusté, lo aflojé, jugué con él como se juega con el primer amante: con curiosidad, con temor, con una avidez contenida. El roce sobre mi clitoris era un preludio, una promesa de placer aún no revelado. Cerré los ojos y dejé que mis manos siguieran el contorno de mi cuerpo, deteniéndose en el broche, en el punto exacto donde el cinturón se encontraba con mi piel.

Pensé en todos los labios rosados, en todos los secretos guardados detrás de una sonrisa tímida. El cinturón era mi secreto, mi llave, mi primer paso hacia un territorio desconocido. Lo solté despacio, como se deshace un nudo de deseo, y sentí que algo dentro de mí se abría, como una flor nocturna, como una promesa cumplida.


El rosa del cinturón, igual que el de mis labios, quedó grabado en mi memoria como el color de mi primer descubrimiento: el de mi propio erotismo, dulce y audaz, nacido en la intimidad de una noche solitaria y encendida.
Jaulitacastidad

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