You are now viewing Poringa in Spanish.
Switch to English

Mi novia virtual me feminizo

Parte 1: La convivencia y el primo
Mis padres se habían ido al extranjero persiguiendo una oportunidad económica que no podían rechazar, dejándome varado durante el periodo escolar en la casa de mi tía. Lo peor no fue el cambio de casa, sino el espacio que me asignaron: tendría que compartir habitación con mi primo.
No tardé ni tres días en hartarme de él. Era un tipo gordo, el vivo retrato del fracaso, que pasaba las veinticuatro horas del día encerrado, consumido por la pantalla de su teléfono entre anime y pornografía barata. La falta de pudor que tenía en un espacio tan reducido me asqueaba.
Una noche, con el brillo de su pantalla iluminando el techo y los gemidos amortiguados saliendo de sus auriculares mal puestos, no aguanté más.
—¿Te podés cortar un poco? —le solté, girándome en la cama con fastidio—. Estoy acá al lado, tené un poco de decencia.
Él giró su rostro obeso hacia mí, con los ojos entrecerrados y una sonrisa estúpida a medio borrar.
—Uh, mala mía... lo siento —murmuró con una voz perezosa y falsa.
Se dio la vuelta, fingiendo que se acomodaba para dormir. Sabía perfectamente que era una actuación. Diez minutos después, el crujido del colchón y el brillo sutil debajo de sus cobijas delataban que ya estaba en lo suyo otra vez.
Con el paso de las semanas, lo insufrible se convirtió en una rutina morbosa. Se volvió una costumbre nocturna escuchar sus respiraciones pesadas y ver el vaivén rítmico de su sábana. Al principio intentaba ignorarlo tapándome la cabeza con la almohada; después de todo, yo no era ningún santo y también me masturbaba, pero tenía la decencia de encerrarme en el baño y hacerlo en privado.


Parte 2: La novia y la chica popular
Tener novia en estas condiciones se convirtió en un calvario. Pasábamos casi todo el tiempo juntos, pero la intimidad se había vuelto un lujo imposible desde que me mudé con mi tía. Ella se moría por estar a solas conmigo, por desnudarse y devorarnos sin prisa, pero cada vez que intentábamos encerrarnos en la habitación, el idiota de mi primo estaba metido ahí.
—No molesto, en serio. Si estoy con los auriculares puestos, ni me noto —decía con su voz monótona, pegado a la computadora jugando o viendo anime.
Pero era mentira. Su enorme cuerpo obeso desbordaba la silla, y el eco de su respiración pesada flotaba en el aire, arruinando cualquier intento de calentarnos. Mi novia lo odiaba.
—Es un asqueroso, amor. Me da una repulsión increíble que esté ahí respirando mientras me tocás —me susurraba al oído, insultándolo sin filtros. Yo no la frenaba; al contrario, compartía su rabia porque ese infeliz nos estaba jodiendo la vida sexual.
Por puro desespero, empezamos a buscarnos en el colegio. Nos escapábamos de las clases aburridas y nos encerrábamos en los baños del piso superior, donde casi nadie iba. Esos momentos eran pura adrenalina y necesidad. La arrinconaba contra la pared de los cubículos, subiéndole la falda del uniforme mientras ella me desabrochaba el pantalón con las manos temblando de la prisa. Tenía unos pechos hermosos, firmes, que saltaban fuera de la blusa cuando los apretaba con fuerza, y un cuerpo peligrosamente sensual que me volvía loco. Mi verga se hundía en ella con una urgencia salvaje, disfrutando de su humedad estrecha mientras ella ahogaba los gemidos contra mi cuello para que no nos descubrieran. En esos días, yo me sentía el tipo con más suerte del mundo. Pero el destino me tenía guardada una sorpresa aún más cabrona.
Todo empezó en Instagram. De la nada, la chica más popular, hermosa e inalcanzable del instituto clavó sus ojos en mi perfil. Cuando vi su primer mensaje directo, se me paró el corazón.
«Te estuve observando mucho últimamente...», me escribió. Me confesó que se moría de ganas por acercarse, pero que le daba pánico el qué dirán y la timidez la frenaba en seco frente a los demás. Sin embargo, detrás de la pantalla, sus palabras eran puro fuego: me dejó claro que me deseaba con una intensidad que rozaba la obsesión, como nadie nunca había deseado a otro hombre.
Al principio pensé que era una cuenta falsa o una joda de mal gusto, pero le mandé capturas a mi mejor amigo y él me confirmó que la cuenta era cien por ciento real. Era ella.
A partir de ahí, las noches cambiaron de color. Empezamos a hablar por teléfono durante horas, intercambiando fantasías cada vez más sucias y explícitas. En persona manteníamos el pacto: ella me cruzaba la mirada en los pasillos con una timidez fingida, prefiriendo que no nos vieran juntos hasta que termináramos el año. Sabía perfectamente que yo tenía novia, y a ella le importaba un carajo; de hecho, el peligro parecía calentarla más. Y a mí... a mí la culpa no me duraba ni un segundo cuando pensaba en su cuerpo. La fidelidad se fue a la mierda. Faltaban solo unos meses para la graduación y yo ya solo podía pensar en una cosa: meterle la verga hasta el fondo y comerme ese culo perfecto.


Parte 3: La escalada de fetiches y los retos
Con el paso de las semanas, las conversaciones nocturnas por chat cruzaron una línea de no retorno. La timidez de la chica popular se disolvió por completo detrás de la pantalla y el tono se volvió jodidamente oscuro y explícito. Me confesó que, detrás de su fachada de alumna perfecta y señorita de buena familia, escondía una mente retorcida, adicta a los fetiches más extremos. Al principio le pregunté por pura curiosidad y para seguirle el juego, pero sus respuestas me dejaron la verga de piedra.
Me hablaba con total naturalidad de fantasías de gangbang, de su deseo obsesivo de ser usada por varios hombres a la vez, de ser bañada en semen hasta ahogarse y de ser tratada como una auténtica perra sumisa. Era una locura. En los pasillos del instituto la veías con su uniforme impecable, sacándose las mejores notas, pero en la intimidad de su cuarto era una completa y absoluta guarra que chorreaba morbo por los poros.
Imaginar su cuerpo menudo y perfecto sometido a semejantes salvajadas me disparó los niveles de testosterona a un punto enfermo. Empecé a masturbarme como un maldito demente, buscando en internet exactamente lo que ella me describía. Mi historial se llenó de videos hardcore: hordas de negros enormes con vergas monstruosas destrozando las zonas íntimas de chicas delgadas pero voluptuosas, idénticas a mi novia secreta. Ella misma empezó a actuar como mi proveedora de porno; cada semana me recomendaba categorías nuevas, dejando claro su retorcido gusto por ver penes gigantescos destrozando a mujeres indefensas.
Pronto nos convertimos en dos adictos, dos enfermos alimentando mutuamente nuestra depravación a base de links, audios subidos de tono y confesiones cochinas. Fue entonces cuando me introdujo al mundo de los PMV (Porn Music Videos): clips frenéticos de sexo hardcore editados al ritmo de música pesada y desquiciante que te licuaban el cerebro.
—Esto es solo el principio, amor... —me susurró una noche en una nota de voz que me hizo temblar—. Quiero que llevemos esto al siguiente nivel. Quiero ver si de verdad sos el hombre que decís ser.
Acepté sin dudarlo, completamente cegado por la lujuria. Así comenzaron las semanas de los retos, una dinámica de control y sumisión digital que me tenía al borde del abismo.
Mientras tanto, mantener mi vida normal se volvió una tortura. Estaba tan sobreestimulado que ya no podía controlar mis erecciones ni mis ganas de correrme a todas horas. La necesidad de descargarme era física y dolorosa. Con mi novia real la cosa se volvió puramente animal; cada vez que nos veíamos, la arrastraba a follar con una urgencia que a ella la asustaba y la excitaba a partes iguales. Incluso la desesperación me llevó a romper mis propios límites en la casa de mi tía: cuando las ganas nos superaban y no podíamos salir, sacaba billetes de mi billetera y le pagaba a mi primo idiota para que desalojara la habitación por un par de horas. Él agarraba el dinero con su sonrisa imbécil y se largaba, dejándonos el cuarto libre para meterle la verga a mi novia sobre la misma cama donde, noches atrás, el aire se sentía espeso por el morbo. Estaba perdiendo el control, y lo peor es que me encantaba.


Parte 4: Cambios y el cinturón de castidad
El exceso de estimulación empezó a pasarme una factura jodida en el cuerpo. Algo raro y frustrante estaba ocurriendo: cada vez que estaba con mi novia real, me costaba un mundo mantener la verga dura. La sola presencia de su cuerpo desnudo, que antes me volvía loco, ya no era suficiente para activar mi cerebro licuado por el porno extremo. Para poder cumplirle y ponerme firme, me vi obligado a recurrir a trucos desesperados: dejaba el celular encendido de fondo con los videos hardcore en silencio o ponía la música frenética de los PMV para que el ritmo me encendiera el cerebro. Para colmo, cuando lograba entrar en ella, me venía en un par de minutos. Era patético.
Mi novia, por supuesto, no tardó en darse cuenta del cambio.
—Amor... ¿qué te pasa? Estás durando nada —me dijo una tarde, mirándome entre preocupada y frustrada mientras se limpiaba el semen del vientre.
—Es el estrés del colegio, la presión de los exámenes finales y el encierro en la casa de mi tía, en serio. Me tiene la cabeza quemada —le mentí, zafando como pude. Ella me creyó, pero la culpa me duró poco. Mi mente ya pertenecía a otra persona.
Los retos semanales con mi novia virtual se habían vuelto una adicción incontrolable. Me obligaba a cumplir misiones cada vez más bizarras, arriesgadas y excitantes. Me ordenaba ir al colegio sin calzoncillos, sintiendo el roce del pantalón del uniforme directo en mi verga hipersensible durante las clases; me mandaba a masturbarme a contrarreloj en los baños públicos del instituto o a encerrarme en las duchas después de educación física para correrme pensando en ella. El reto más morboso era en mi propia casa: tenía que esperar a que mi primo terminara de masturbarse, escuchar sus quejidos, y justo cuando él se limpiaba y se acomodaba para dormir, yo debía empezar a tocarme en mi cama, inundando el cuarto con el olor fresco de nuestra leche acumulada. Eran humillaciones tontas en apariencia, pero me ponían la verga como una roca.
Fue en ese punto de no retorno cuando la dinámica dio un giro oscuro. Mi novia virtual cambió las reglas del juego. Me confesó que su nuevo fetiche absoluto era la dominación y el sometimiento del hombre. Yo, completamente cegado por el morbo y convencido de que tenía el control total de la situación por estar detrás de una pantalla, le seguí el juego sin dudar.
—Tranquilo, vas a hacer exactamente lo que yo te diga —me ordenó en un texto que me erizó la piel.
Empezamos con cosas leves, midiendo mi resistencia. Me prohibió masturbarme a menos que ella me diera el permiso explícito por chat; me ordenó ignorar a mi novia real durante dos días enteros, inventando cualquier excusa, y me obligó a consumir porno de sumisión y sirvientas. Pero la escala no se detuvo ahí. El contenido que me enviaba empezó a mutar hacia el hypno-sissy y el condicionamiento mental. En las pantallas de los videos ya no había negros vergones, sino imágenes parpadeantes, música hipnótica de baja frecuencia y chicas hermosas pero con penes pequeños que daban órdenes directas de humillación. Al principio me autoconvencí de que no era para tanto, que solo eran mujeres con un extra y que yo seguía siendo el macho de la historia.


Parte 5: El paquete y los cambios físicos
Durante esas semanas, el ambiente se volvió denso y distorsionado. Una tarde, mientras intentaba follarme a mi novia real en uno de nuestros encuentros desesperados, noté en su rostro una mueca de insatisfacción y extrañeza que me congeló la sangre. Se apartó un poco, mirándome con desgano.
—No te lo tomes a mal, amor... pero algo raro pasa allá abajo —me soltó, acomodándose la falda—. No se siente como antes. No sé cómo explicarlo, pero ya no me llenás, no llega tan profundo. Es como si te hubieras encogido.
Sentí un golpe directo en mi orgullo. Me puse rojo de la rabia y la vergüenza, intentando disimular el pánico que me recorrió el cuerpo.
—Estás loca, estás flasheando cualquiera —le respondí, tratando de sonar rudo. Para callarla y desviar el tema, la empujé contra la cama y me bajé directo a su entrepierna. Le practiqué un sexo oral salvaje y desesperado hasta que se vino temblando. Con eso logré que se callara, pero la duda se me quedó clavada en la cabeza como un parásito.
Pocos días después, llegó a la casa de mi tía un paquete a mi nombre. Lo había enviado ella, mi dominadora virtual. Con el corazón acelerándoseme en el pecho, me encerré en la habitación y rompí el envoltorio. Lo que encontré adentro me dejó helado, con la boca seca y la verga pulsando de puro miedo: eran auténticos artefactos de sumisión. Un cinturón de castidad de plástico rígido y acero, un set de dilatadores anales de silicona negra, un tubo de lubricante espeso y un dildo enorme, con una forma y venas talladas de una manera perturbadoramente realista.
Le escribí de inmediato, con las manos temblorosas. Su respuesta llegó al instante, cargada con la frialdad y el sadismo de una dominatrix absoluta.
«Te vas a poner ese cinturón ahora mismo, perrita», ordenaba el texto. «Lo vas a usar cada maldito segundo que no estés con tu novia. Se acabó la masturbación para vos. Y si alguna vez querés volver a sentir el placer de correrte, vas a tener que aprender a hacerlo por detrás, como las putas de los videos. Como la puta que sos».
Me quedé mirando la pantalla, paralizado. Cualquier hombre con un mínimo de dignidad la habría mandado a la mierda por loca y habría tirado todo a la basura. Pero a mí... a mí la idea de arrodillarme y sentirme completamente inferior a esa mujer tan perfecta y deseada me provocó un cortocircuito mental. La sumisión me excitó a un nivel enfermo. Obedecí. Encerré mi verga en el dispositivo de castidad, sintiendo cómo el frío del plástico anulaba mi masculinidad, y le entregué el control de mi placer.
Pero el juego no terminaba ahí. Me impuso una nueva regla obligatoria: cada noche tenía que dormirme reproduciendo unos videos que ella misma editaba con audios de hipnosis. Eran clips extraños, hipnóticos; mostraban a mujeres hermosas de cuerpos perfectos, tetas redondas y culos aceitosos bailando frente a la cámara, pero nunca había penetración convencional. Lo único que se veía, una y otra vez de forma frenética, eran chicas hermosas arrodilladas, mamando penes monstruosamente gruesos, venosos y jugosos, mientras una voz distorsionada me repetía al oído lo placentero que era rendirse ante una verga grande.
No le di importancia al principio, pensando que solo era porno bizarro. Pero después de unas cuantas semanas de encierro en la castidad, de estimulación anal con los dilatadores y de tragarme esa hipnosis nocturna, el espejo me devolvió una realidad aterradora y excitante.
Al salir de la ducha, me quedé congelado mirando mi reflejo. Algo en mi anatomía había mutado. No sé si era el efecto psicológico del porno, las hormonas de la obsesión o el propio cinturón, pero mi cuerpo ya no era el de antes. Mi silueta se había vuelto medianamente sensual, curva; la piel de mis hombros y abdomen se sentía jodidamente tersa al tacto, mis pezones se habían hinchado formando unas tetas incipientes y provocativas, mis rasgos faciales se notaban más finos, estilizados, y mis caderas se habían ensanchado sutilmente, dándole a mi trasero una forma redonda y provocativa. Me miraba las manos y luego las caderas, asustado, pero con una erección frustrada y atrapada que me quemaba por dentro. Me estaba transformando en lo que ella quería.


Parte 6: La ruptura y la sumisión anal
Una parte de mí sabía que todo esto carecía de sentido, que estaba cruzando límites peligrosos y que debía cortar la situación de raíz. Sin embargo, la adicción psicológica era demasiado fuerte; la intensa y retorcida satisfacción de ser dominado por una mujer tan perfecta me tenía completamente encadenado.
La crisis estalló una tarde en la habitación. Mi novia real y yo estábamos a punto de tener relaciones. En mi mente, estimulado por el morbo, sentía que estaba como una piedra, pero cuando ella bajó la mano buscando mi entrepierna, su expresión cambió por completo. Palpó con desconcierto.
—¿Ya estás duro, amor? —me preguntó, mirándome con una mezcla de decepción y extrañeza.
—Sí... bueno, algo —respondí, tragando saliva con dificultad.
Mi pene siempre había sido pequeño en estado flácido, del tipo "team sangre", por lo que necesitaba mucha estimulación para alcanzar su tamaño real. Al usar el cinturón de castidad tantas horas al día, yo no había notado un cambio drástico a simple vista, pero era en los momentos de intimidad con ella donde quedaba en evidencia la cruda realidad: mi miembro se estaba atrofiando, volviéndose visiblemente más pequeño y débil debido al encierro.
Mientras nos quedamos los dos en silencio, contemplando de forma patética mi deslucida erección, la puerta se abrió de golpe. Era mi primo, que venía saliendo de la ducha con una toalla mal amarrada a la cintura; no nos habíamos dado cuenta de que había regresado temprano de la universidad. El descuido fue fatal. Al girarnos, la toalla de mi primo se entreabrió por el movimiento, dejando su entrepierna al descubierto por unos segundos.
Mi novia clavó la mirada ahí y sus ojos se abrieron de par en par. La decepción en su rostro mutó en algo peor al comprobar, en vivo y en directo, que el pene de mi primo era visualmente muchísimo más grande que el mío. Bueno, en realidad no era una cuestión de longitud, sino que él era "team carne" y su miembro en reposo era grueso, pesado y masivo. El contraste con mi pequeña y frustrada verga fue devastador.
—¡¿Qué te pasa, idiota?! ¡Salí de acá! —le grité a mi primo, desquitando mi humillación. Él balbuceó una disculpa con su cara de tonto y cerró la puerta de inmediato.
El daño ya estaba hecho. Mi novia me miró con un desprecio despectivo que me caló hasta los huesos. El silencio en el cuarto era asfixiante.
—Creo que lo mejor es que nos tomemos un tiempo —me dijo con una voz gélida, llena de frustración y enojo mientras se vestía a toda prisa.
Ver su desprecio me hizo sentir sumamente extraño, provocando un cortocircuito en mi mente: estaba tan anulado que ni siquiera reaccioné para rogarle o para ofrecerle hacerme cargo de su placer con la boca. Simplemente me quedé ahí, congelado, viendo cómo se iba. Durante los días siguientes en el instituto, me trató con una distancia absoluta. La dolorosa comparación con mi primo gordo había destruido mi imagen ante ella; claramente había dejado de verme como un macho, como un hombre capaz de satisfacerla.
Hundido en la frustración y con la masculinidad hecha pedazos, busqué el único refugio que me quedaba: mi romance virtual. Me conecté esa misma noche y le confesé a mi dominatrix que me habían botado. Lejos de enfadarse, su respuesta fue extrañamente reconfortante, con una dulzura sádica.
«Tranquilo, mi perrita...», me escribió. «Ahora que esa mujer te dejó por no ser suficiente hombre, vamos a hacer algo para animarte y recordarte cuál es tu verdadero lugar».
Acto seguido, inundó el chat con videos tutoriales explícitos para dilatar el ano y artículos detallados que explicaban los beneficios prostáticos, el placer de la sumisión y lo realmente rico que se sentía entregarse por completo. Me explicó paso a paso cómo usar el set de silicona que me había enviado, preparándome psicológicamente para romper mi última barrera de resistencia. Sin novia, humillado y con el cuerpo transformándose, la idea de abrirme y ser poseído por los juguetes de mi ama se convirtió en mi única y obsesiva prioridad.


Parte 7: Descubrimiento del placer anal y el colapso
Al principio me costaba procesar lo que estaba haciendo, pero los tutoriales eran claros: explicaban con detalle científico y morboso que el ano masculino esconde una zona erógena capaz de provocar orgasmos tan intensos que harían olvidar cualquier experiencia sexual convencional. Guiado por esa promesa y por la sumisión ciega a mi ama, dediqué las siguientes semanas a seguir las instrucciones al pie de la letra. Cada noche, mientras mi primo dormía a escasos metros, me desnudaba de la cintura para abajo en la oscuridad y comenzaba a explorar mi propia anatomía.
Empecé lubricándome con paciencia, metiendo un dedo de a poco, sintiendo el anillo de carne ceder con resistencia. A los pocos días ya eran dos dedos, y luego tres. En cuestión de semanas, mi cuerpo se adaptó por completo; aprendí a dominar los músculos de mi esfínter, a relajarme bajo presión, a higienizarme a la perfección y a dilatarme con una soltura que me asustaba. Pronto, los dedos ya no fueron suficientes y pasé a usar los plugs anales de silicona, dejándolos metidos durante horas mientras estudiaba o chateaba.
Paralelamente, mi mente terminó de corromperse. Mi consumo de porno mutó por completo: ahora mi historial estaba inundado exclusivamente de penes monstruosos, erectos y venosos. Ya no me interesaban las mujeres; lo único que lograba encender los circuitos de mi cerebro adicto eran esos miembros colosales. Me autoconvencía de que me excitaban porque imaginaba a mi novia virtual interactuando con ellos, pero la verdad era más oscura: me excitaban por el puro deseo de ser yo quien los recibiera. Gracias a ese morbo enfermo, logré sepultar el recuerdo de mi exnovia.
Los tamaños de los juguetes fueron incrementando de forma drástica. Hubo noches enteras en las que no pegué un ojo, consumido por sesiones de masturbación anal que duraban horas. El aire de la habitación se volvía espeso con el olor al lubricante y el sudor de mi cuerpo transformado. Metía y sacaba los dedos y los plugs rítmicamente, provocando ruidos obscenos de succión húmeda, mientras mordía la almohada y gemía muy despacio, con el corazón en la boca, cuidando de no despertar al idiota de mi primo. La voz del video de hipnosis tenía razón: había descubierto mis puntos más sensibles, y la estimulación directa a la próstata era un viaje de puro placer eléctrico y prohibido.
Le confesé cada avance a mi dominatrix. Ella me colmó de felicitaciones degradantes, llamándome su "putita perfecta", y comenzó a recomendarme nuevas poses y videos de entrenamiento. Sin embargo, llegó un punto en el que los dedos y los plugs medianos ya no saciaban el vacío de mi retaguardia. Llegó el momento de enfrentarme al juguete principal: el enorme pene de plástico.
Hasta ese instante, no me había atrevido a tocarlo. Una parte de mi antiguo orgullo masculino me gritaba que prefería morir antes que empalarme con una verga de goma, pero ahora mi realidad era completamente distinta. No tenía novia, arrastraba una profunda depresión por la soledad y el abandono de mi familia, mi ama virtual exigía que progresara en mi sumisión, y mi ano estaba perfectamente dilatado, lubricado y listo para recibir ese calibre.
Me encerré en el baño con pestillo. Saqué el dildo y lo coloqué en el borde del lavamanos, justo al lado de mi propio miembro. Ver cómo ese monstruo de plástico rebasaba por completo en grosor y tamaño a mi pequeña y atrofiada verga me provocó una erección instantánea y dolorosa bajo el cinturón de castidad. Me lo acerqué a la cara, admirando sus venas marcadas y su textura; no era tan largo como los de los videos extremos, pero era macizo, ancho y peligrosamente realista.
Me lubriqué a conciencia la entrepierna y la entrada del ano con abundante saliva y gel. Me coloqué los auriculares, reproduciendo a todo volumen un PMV frenético lleno de pollas palpitantes que me licuaba el sentido de la realidad. En las pantallas las chicas se entregaban por completo, y en ese trance, yo ya no me sentía un hombre; me veía como una chica más, como una extensión sumisa de mi propia novia virtual.
Completamente enajenado por las imágenes de la pantalla, perdí la noción de mis actos. Empecé estimulándome con los dedos para abrir el camino, y en un arranque de pura lujuria, me metí dos juguetes pequeños a la vez mientras me llevaba la base del pene de plástico a la boca, succionándolo con desesperación y babeándolo por completo. Cuando el morbo me desbordó, me saqué los juguetes del fondo del culo de un tirón y apoyé la enorme cabeza del dildo directo contra la entrada de mi ano. Lo froté un par de veces, sintiendo el calor de mi propia carne titilar, y simplemente dejé caer mi peso sobre él.
El dildo se deslizó hacia el fondo de mis entrañas sin la más mínima resistencia, entrando por completo con un sonido húmedo y exquisito que me hizo poner los ojos en blanco. Me lo saqué con urgencia, y sentí claramente cómo las paredes de mi culo se contraían, succionando el vacío con una desesperación animal. Me volví completamente loco. Perdí el control y empecé a meterlo y sacarlo de forma salvaje, bombeando mi propio trasero contra la pared del baño, obsesionado con la presión masiva que golpeaba mi próstata al ritmo de la música. El placer se volvió insoportable, una ola de calor extremo que me durmió las piernas. Y entonces, de repente... ¡bam!
Sin que nadie tocara mi frente, con mi verga aún atrapada e inservible, mi cuerpo colapsó en un espasmo violento. Mi mente estalló en mil pedazos mientras experimentaba mi primer orgasmo sissy puramente anal: una descarga involuntaria, prolongada y destructiva que me dejó de rodillas en el suelo del baño, temblando, chorreando lágrimas de placer y completamente quebrado. 


Parte 8: La traición y el clímax
El arrepentimiento me golpeó casi de inmediato. Después de aquel colapso en el baño, me apresuré a guardar todo, me pegué una ducha fría e intenté convencerme de que ese sería el límite. Ya había cumplido el reto de mi ama virtual; se suponía que ahí terminaba el juego. Sin embargo, el condicionamiento en mi mente ya estaba hecho. No aguanté ni una semana antes de volver a caer. Una vez a la semana, me entregaba al placer con ese pene de plástico, consumido por una rutina oscura de la que ya no quería salir.
Mi mente terminó de romperse cuando llegó el siguiente paquete: ropa femenina. Al probármela frente al espejo, la transformación física se hizo innegable. Mi silueta, mis rasgos, la tersura de mi piel... ya casi no quedaba rastro del chico de antes. Cuando ella me exigió fotos explícitas usando las prendas y los juguetes, la vergüenza se disolvió en pura excitación. En mi cabeza, los límites de mi identidad se desconfiguraron: fantaseaba con que ella y yo terminaríamos siendo dos putas compartiendo penes grandes y jugosos en el futuro. Estaba completamente enajenado.
A partir de ahí, las misiones en el instituto se volvieron temerarias. Me obligaba a asistir a clases usando panties de mujer, llevando el plug oculto o manejado por el vibrador que ella controlaba a distancia. Incluso me ordenaba entrar al baño de mujeres a masturbarme analmente, porque mi propio miembro ya era totalmente inservible, una pequeña verga atrofiada por el encierro de la castidad.
En casa, mientras tanto, todo parecía seguir su curso normal. Yo continuaba con mi morbosa costumbre de tocarme justo después de que mi primo terminaba lo suyo, sin importar que el aire de la habitación quedara denso. Pero el equilibrio de esa convivencia se rompió una tarde. Mi tía me mandó a llamarlo para almorzar. Al abrir la puerta, lo sorprendí con la verga expuesta viendo porno femboy. Nos asustamos ambos; él intentó tapar torpemente su miembro —que a pesar de su gordura, era masivo, grueso y pesado, un auténtico "team carne"— y balbuceó que solo estaba revisando sus músculos. Lo insulté y me fui, pero esa noche no pude dormir. Recordando la humillación con mi exnovia, me obsesioné con el tamaño de mi primo. El morbo cambió de objetivo: la presencia real que dormía a dos metros de mí se volvió mi fijación más oscura.
Entonces, el golpe definitivo llegó desde el mundo virtual: ella dejó de responder. De un día para otro, la cuenta desapareció. El ghosting fue total. Me quedé desesperado, atrapado en un cuerpo que ya no reconocía (con caderas anchas, piel tersa y tetas prominentes) y con una mente diseñada para la sumisión. El vacío me arrastró a buscar alivio en la habitación compartida. Los incidentes se multiplicaron: pillaba a mi primo en bolas a cada rato, o durmiendo desnudo con su penezote ladeado en la pierna. Hubo noches en las que me vine usando el consolador simplemente fijando la mirada en su silueta. Sentía asco de mí mismo, pero no me detuve.
La locura llegó a su punto crítico una madrugada. Me deslicé de mi cama con un sigilo absoluto y me acerqué a la suya. Al ver su miembro palpitando, todavía con restos de su sesión nocturna, mi hombría se evaporó. Me pregunté a qué sabría una verga así de usada y apestosa. Lo tomé con cuidado; era tan grueso que mi mano apenas podía rodearlo. Deslicé el prepucio, descubriendo un glande imponente, y lo olí, absorbiendo el calor que irradiaba. No aguanté más: lo besé tiernamente y bajé la lengua hasta sus bolas pesadas. Comencé a chuparlo con un cuidado extremo para no despertarlo, hasta que él, entre sueños, se vino directo en mi boca. El sabor espeso y caliente me hizo reaccionar; me detuve y me fui a dormir, convencido de que mi orgullo me salvaría de ir más allá.
Pero la resistencia me duró poco. A la noche siguiente repetí el ritual, y así durante semanas, convirtiéndolo en mi vicio secreto... hasta que un día, mi juguete de plástico desapareció. El terror me paralizó. ¿Quién lo tenía? ¿Mi tía? ¿Mi primo? Pasé días insensibles, muriéndome de miedo pero también de abstinencia, hasta que mi voluntad se quebró por completo.
Sin mi juguete, la necesidad me arrastró de nuevo a su cama en la oscuridad. Me escabullí en el silencio y, tras lamerlo para prepararlo, me subí sobre él. Usando toda la experiencia y la flexibilidad que mi ano había ganado en estos meses, me fui deslizando sobre el miembro de mi primo con movimientos sutiles pero brutales. La diferencia con el plástico era una locura; cada embestida real se sentía como un choque eléctrico. Aceleré el ritmo dando sentones frenéticos, tapándome la boca con la mano para ahogar los gemidos mientras mi pequeña verga soltaba el poco semen que le quedaba. Mi culo quedó totalmente abierto, palpitante y pidiendo más, pero mi cuerpo no daba para más. Me bajé a cuatro patas, terminé de limpiarlo con una última mamada hasta que se vino de nuevo, y me escabullí a mi cama.
Regresé a las sábanas temblando de placer, seguro de haber cometido el crimen perfecto. Me dormí con la boca amarga y el cuerpo destrozado, convencido de que me había aprovechado de su sueño pesado y de que él nunca, jamás, se había enterado de lo que ocurría en esa oscuridad.


Parte 9: La revelación y el destino final
El viernes por la tarde, el silencio de la casa se sentía diferente. Mi primo, con su habitual torpeza, rascándose la nuca y sin mirarme a los ojos, me soltó el aviso: mi tía había salido de viaje por el fin de semana y no regresaría hasta el sábado. Estábamos completamente solos. Lo ignoré, como venía haciendo últimamente, y caminé hacia el pasillo que conducía a nuestra habitación. Fue ahí donde me congelé. Tirado en el suelo, a plena luz del día, estaba mi juguete desaparecido.


Antes de que pudiera procesar la sorpresa o el miedo de haber sido descubierto, mi primo habló desde atrás. Su voz seguía siendo la misma de siempre, un poco baja y torpe, pero esta vez no había dudas en sus palabras. Tartamudeando un poco, con una timidez casi infantil, me miró de reojo y me llamó "putita".
Me giré, indignado, intentando mantener la compostura y hacerme el desentendido, pero él avanzó hacia el objeto. Con las manos un poco temblorosas por los nervios, se bajó el pantalón. Al quedar expuesto ante la luz del día, el impacto me dejó sin aliento. No era solo la impresión de ver su anatomía masiva en frío; fue el golpe de realidad al comprender que la forma, las venas y el diseño de mi juguete favorito eran una réplica exacta, solo que sutilmente reducida, de su propio miembro.


—P-perdona si te hice esto... —dijo, mirando al suelo de forma perezosa y frotándose el brazo—, pero ya está. Cumplida mi venganza.


La confusión me mareó. En un segundo, todas las piezas del rompecabezas encajaron de la forma más retorcida posible. Él lo sabía todo. Con su misma actitud de tonto, me empezó a confesar que me envidiaba desde el primer día, que no entendía cómo alguien con un miembro más chico que el suyo podía tener a una chica así. Me explicó, de manera muy ingenua pero macabra, que me había visto masturbarme varias veces y que descubrió mi potencial femboy, que era su fetiche más sagrado. Con total naturalidad, me contó que por eso creó la novia falsa, para separarme de mi pareja, y que se sorprendió de que yo le hiciera caso en todos los retos. Él mismo había planeado toda mi transformación mental y física durante la convivencia, mezclando su semen y estrógeno con su desayuno.
El peso de la traición me llenó de una rabia ciega. Quise abalanzarme sobre él, romperle la cara a golpes, pero mi cuerpo ya no era el mismo. Al intentar avanzar con brusquedad, mis piernas flaquearon  y terminé tropezando, quedando de rodillas en el suelo, completamente indefenso y con la cara a pocos centímetros de su pene. El calor de su presencia física me inundó. Él, un poco asustado por mi caída pero sin apartarse, frotó su miembro en mi cara de manera sutil.
Estaba tiritando, un torbellino de culpa y deseo colisionando en mi cabeza. Antes de que pudiera procesarlo, su vigorosa verga rozó mis labios, deslizándose con firmeza dentro de mi boca. La acepté con una mezcla de sorpresa y sumisión; en cuanto experimenté su sabor salado y masculino, me derrumbé por completo. Empecé a chupar desesperadamente, entregándome al ritmo de sus caderas. Él, con una contradicción deliciosa entre su rostro apenado y la firmeza de sus actos, me acarició el cabello y susurró:
—Muy bien... muchas gracias. Sigue así, eres una buena puta.
“Soy una buena puta”, me repetí mentalmente, sintiendo un escalofrío de puro placer. Segundos después, se vino al fondo de mi garganta. Me tragué cada gota de su espeso semen con una devoción absoluta.
Al terminar, me levantó del suelo. Con esa timidez que aún arrastraba, comenzó a darme instrucciones precisas, replicando exactamente el comportamiento de mi novia virtual.
—Vístete como mi waifu favorita —me ordenó con voz trémula pero firme—. Ponte el collar y el plug.
Obedecí complacido, sintiendo cómo mi identidad se disolvía. Ya no era yo; me había convertido en su juguete sumiso. Cuando regresé, me sostuvo por la cintura, me extrajo el plug con un tirón seco y lo reemplazó de inmediato con la dureza de su pene. Me tambaleé ante la invasión, pero él me sostuvo, embistiéndome de arriba abajo con fuerza. Lo abracé con desesperación mientras me poseía, mi rostro reflejando una expresión de absoluta degeneración y felicidad.
En medio del clímax, el timbre de la casa resonó en las paredes. Lejos de detenerse, me cargó con las piernas envueltas en su cintura, caminando hacia la entrada sin sacarme la verga de adentro. Justo antes de abrir, me hizo descender a mis rodillas para que continuara succionando el glande, una técnica que ya dominaba a la perfección.
Desde el otro lado de la madera, la voz de mi novia rompió el silencio. Venía a reclamar, con el mismo tono de desprecio de siempre:
—¿Estás ahí? Quiero que arreglemos las cosas... Ya viene el baile y no tengo con quién ir. No me dejes en ridículo.
En ese instante, mi primo abrió la puerta de par en par. La escena quedó completamente expuesta: yo, de rodillas en el suelo, con una sonrisa lasciva y la verga gorda de su primo llenando mi boca, mirándola fijamente. El desprecio de mi novia se transformó en un terror puro. Soltó un grito ahogado y salió corriendo, traumatizada.
Mi primo cerró la puerta de golpe, me miró de arriba abajo mientras su miembro seguía goteando saliva en mi boca, y rascándose la nuca, dijo:
—Vaya... perdón por eso.
Me saqué lentamente el glande de los labios, dejando un hilo de saliva, y le sonreí con devoción:
—No hay ningún problema. Vamos, sigamos... Quiero que me llenes otra vez con todo tu semen.


Mi primo no se hizo rogar. Al ver mi sumisión absoluta tras el escándalo con mi novia, sus ojos se oscurecieron, perdiendo cualquier rastro de la timidez de antes. Me agarró del collar de cuero que llevaba puesto, obligándome a levantar la cabeza mientras aún goteaba su saliva de mis labios, y me arrastró de vuelta hacia la sala.
—Te portaste como una perra muy valiente ahí en la puerta —susurró con la voz ronca, pegando su cuerpo al mío—. Te mereces que te llene bien.
Me empujó contra el respaldo del sillón, dejándome a cuatro patas. El plug que me había quitado antes yacía en el suelo, pero mi cuerpo ya estaba completamente lubricado y receptivo, latiendo de anticipación. Él se posicionó detrás de mí. Pude sentir el calor abrasador de su verga gorda rozando mis nalgas, buscando la entrada. Con un solo empuje firme y decidido, se hundió en mí hasta la raíz.
Un gemido agudo se me escapó de la garganta. La sensación de llenado fue tan intensa que se me nubló la vista. Él no esperó a que me acostumbrara; comenzó a embestirme con un ritmo salvaje, casi violento, haciendo que mis pechos se sacudieran y que el sonido húmedo de nuestros cuerpos chocando resonara en toda la habitación. Era un eco deliciosamente sucio.
—Mírate... —jadeó él, dándome una nalgada fuerte que dejó la marca roja de sus dedos en mi piel—. Con la ropa de mi waifu rota, abierta para tu primo. Qué degenerada eres.
“Sí, soy tu perra”, pensaba, enterrando las uñas en el cojín del sillón mientras mi mente se ahogaba en puro placer morboso. La humillación de saber que mi novia acababa de vernos solo actuaba como un afrodisíaco perfecto, encendiendo cada fibra de mi cuerpo.
Él cambió el ángulo, inclinándome más hacia el suelo y jalándome del cabello hacia atrás para obligarme a mirarlo. Sus embestidas ahora eran cortas, rápidas y profundas, golpeando mi zona más sensible una y otra vez. Yo mantenía una expresión de absoluta demencia, con los ojos entreabiertos y la lengua afuera, saboreando aún el rastro de su eyaculación anterior.
El calor en la habitación era sofocante, el aire olía a sexo, sudor y fluidos. Sentí que el orgasmo me reclamaba; mis paredes internas comenzaron a contraerse espasmódicamente alrededor de su miembro, aprisionándolo. Él lo notó. Su respiración se volvió errática y sus golpes se volvieron erráticos, desesperados.
—Me voy a venir... —gruñó, hundiéndose una última vez con todas sus fuerzas, clavando sus dedos en mis caderas—. ¡Me vengo dentro, puta!
Un segundo después, sentí la maravillosa y ardiente invasión. Mi primo se contrajo contra mi espalda, gimiendo ruidosamente mientras su verga gorda pulsaba en mi interior, descargando chorro tras chorro de semen caliente en lo más profundo de mí. Yo me corrí al mismo tiempo, temblando sin control, colapsando sobre el sillón en un clímax que me dejó sin fuerzas.
Nos quedamos así unos momentos, unidos, escuchando solo nuestras respiraciones agitadas. Cuando finalmente se retiró con un sonido húmedo, un hilo blanco y espeso comenzó a escurrir lentamente por mis muslos. Me giré sobre la espalda, exhausta pero con una sonrisa de total satisfacción, lista para lo que él quisiera pedirme después.


fin

0 comentarios - Mi novia virtual me feminizo