No soy el tipo que vas a ver en la portada de una revista de moda, ni tampoco el que llega en un auto deportivo de último modelo a deslumbrar a todo el mundo. Si buscas un tipo con una cuenta bancaria millonaria o la cara perfectamente simétrica de un actor de Hollywood, te equivocaste de historia.
Pasaron muchos años antes de darme cuenta de que tengo una suerte envidiable con las mujeres, o quizás no sea suerte, sino una química natural, un magnetismo que empieza con una charla cualquiera y, no sé cómo, siempre termina de la misma manera: conmigo guiándolas hacia mi cama. años pasaron cuando empecé a aprovechar esta cualidad y comence a tener cada aventura que tengo ganas de documentar.
voy a comenzar con las chica de la facultad. Yesi. Ella tenía unos 32 años y yo andaba por los 25.


Yesi era una mina interesantísima, estudiosa, de esas con las que daba gusto sentarse a charlar de cualquier cosa durante horas. Físicamente tenía un magnetismo rarísimo y adictivo: era blanquita, de pelo negro azabache, y tenía una nariz algo pronunciada, un rasgo que a mí, personalmente, siempre me resultó sumamente atractivo y con mucha personalidad. Medía más o menos 1,55 y tenía una cara hermosísima. Era un poco rellenita, pero la verdad que eso pasaba a un completo segundo plano porque la naturaleza la había bendecido con un culo enorme. De verdad, gigante. Una figura espectacular que se lucía todavía más porque era una mujer independiente; ya tenía su propio departamento, muy lindo y ordenado. Una mujer excelente en todos los sentidos.
Ella me invitaba seguido a estudiar a su lugar, y ahí fue donde se activó mi olfato.
Mirando hacia atrás, entendí exactamente cuál era su punto débil: se sentía vieja. En una facultad llena de pendejas de veinte, ella cargaba con esa inseguridad silenciosa de los 32, pensando que quizás su momento estaba pasando. le preguntaba sobre salidas o cosas asi y me decia que esa epoca ya habia pasado. de verdad me parecia tonto, una mina hermosa con todo en orden, que no salga ni siquiera de vez en cuando.
No sé en qué momento exacto empecé a usar esa debilidad a mi favor, pero el instinto me guiaba solo. Cuando los apuntes ya pesaban demasiado, le tiraba el centro: "Che, guardemos esto y tomemos algo". Ahí, entre trago y trago, el ambiente cambiaba. Fui siendo cada vez más directo. Le decía que era hermosísima, y no era chamuyo para endulzarle el oído; lo decía en serio, la mina me volaba la cabeza. Ella necesitaba escuchar que un pibe de 25 se derretía por ella, y yo se lo hacía saber con la mirada.
Había un detalle, claro. Yo estaba de novio en ese momento. Pero cuando la tensión sexual es tan grande, las reglas de afuera se vuelven borrosas. A ninguno de los dos nos importó demasiado.
El ritual de despedida se convirtió en el plato fuerte. Después de cada sesión de "estudio", ella me acompañaba hasta la puerta para despedirme. Pero de la puerta no pasaba. Ahí mismo, contra la pared, la comía a besos con una furia que venía acumulando toda la tarde. Y, por supuesto, mis manos iban directo a su mejor atributo: le amasaba ese culo enorme, pesado y perfecto, sintiendo cómo se entregaba por completo a la situación.
no recuerdo por que, pero la relacion se diluyó y nunca cojimos.
Después de que lo de Yesi se enfriara, las cosas tomaron un rumbo completamente diferente con Sabrina.
ella tenia 23 por ahi, era grandota. mas alta q yo
Ella era una amiga real, de esas con las que compartís códigos, charlas directas y no hay segundas intenciones de entrada. Al principio no me interesaba para nada en ese sentido; tenía una onda bastante "machona" en su forma de ser, de vestirse y de manejarse, cero vueltas.
Pero como te dije antes, soy un tipo calentón y tengo buen ojo. Y Sabrina tenía un arma secreta imposible de ignorar: un culo enorme.
Era de esas minas que, aunque quisieran ocultar su sensualidad con ropa suelta o actitud de pibe, cuando se daban la vuelta te dejaban sin respiración. Ese cuerpo imponente contrastaba tanto con su personalidad rústica que se terminaba volviendo algo sumamente adictivo. Con el tiempo, cada vez que nos juntábamos a tomar algo o a colgar, mis ojos inevitablemente terminaban fijos en el mismo lugar, y esa tensión de "amigos" empezó a mutar en otra cosa.
Una noche de copas fue el detonante definitivo. Nos habíamos juntado como siempre, pero el alcohol empezó a pegar y las barreras de la amistad se vinieron abajo por completo. Las bromas de siempre sobre sus curvas dejaron de ser chistes y se transformaron en puras ganas.
De un momento a otro, la timidez y esa postura "machona" que Sabrina solía tener desaparecieron por completo. Cuando nos comimos la boca, fue un shock total: me encontramos con una mujer que me devoraba con una pasión salvaje, como si hubiera estado conteniendo esas ganas durante meses.
El contraste de su altura y su cuerpo grandote con la entrega absoluta la hacía increíblemente sexy. Agarrar ese tremendo culo, firme y pesado, mientras ella me buscaba la boca con desesperación, me confirmó lo que siempre supe: que detrás de cualquier fachada de timidez, el feeling correcto siempre encuentra el camino.
Esa mezcla de confianza absoluta, códigos de "hermandad" y una tensión sexual latente es el escenario ideal para tu magnetismo. El hecho de que pudiera pasar de despertarte a los gritos como un amigo más, a clavarte una frase y un gesto así de fuertes, demuestra que el juego seguía vivo en el aire, aunque intentaran camuflarlo con la rutina de la facultad.
Mirá cómo se integra esta parte al relato:
Esa tremenda noche quedó aislada, como un paréntesis de pura locura entre nosotros. Al día siguiente, volvimos a la rutina de siempre: nos seguíamos juntando con los otros compañeros de la facultad, hablábamos de los parciales y nos manejábamos como si nada hubiera pasado. Para que se den una idea de hasta qué punto era mi "bro", Sabrina tenía llaves de mi departamento; entraba, iba directo a mi pieza y me despertaba a los gritos para que me pusiera las pilas y me levantara a estudiar. Éramos dos compinches totales.
Pero la química que ya habíamos destapado no se podía apagar tan fácil, y las paredes de mi departamento sabían demasiadas cosas.
Una mañana, mientras preparábamos unos mates entre apuntes, la miré con el remerón gigante que llevaba puesto y le tiré una ficha con tono de burla:
—Che, ¿por qué usás siempre la remera tan larga? Parecés un carpa, dale.
Sabrina clavó una sonrisa de complicidad, se dio la vuelta dándome la espalda y, sin dudarlo un segundo, se levantó el remerón hasta la cintura. Me dejó a centímetros de los ojos un culo enorme, perfectamente marcado por las calzas negras que llevaba abajo. Se giró apenas mirándome de reojo y me soltó con total naturalidad:
—Mirá, si ando así por la calle, no me dejan en paz los babosos.
Me quedé mirándola, saboreando el momento. Ella sabía perfectamente el efecto que causaba en mí, y aunque jugaba la carta de la queja, me estaba demostrando que conmigo las reglas eran totalmente distintas. A mí no me consideraba un baboso de la calle; me estaba mostrando su mejor secreto en la intimidad de mi casa.
No hizo falta que dijera una sola palabra más. Esa frase y el gesto de levantarse la remera fueron la mecha que faltaba. Me paré de un salto, la agarré de la cintura y la puse de espaldas contra la pared de la cocina, sin darle tiempo a reaccionar. Mientras le comía el cuello con desesperación, mis manos fueron directo a su lugar favorito: le agarré y le amasé ese orto gigante, hundiéndole los dedos en las calzas. Ella no se quejó; al contrario, soltó un suspiro largo, entregándose por completo a la intensidad que veníamos aguantando.
Pero Sabrina siempre tenía su propia manera de manejar las cosas, esa onda decidida que la hacía única.
Se soltó de mi agarre despacio, me miró a los ojos con una sonrisa cómplice y se agachó ahí mismo, en el piso de la cocina. Me desprendió el pantalón y me sacó la pija. No hubo preámbulos. Empezó a chupármela con una técnica y unas ganas que me dejaron sin aire, devorándome con fuerza hasta que no aguanté más y me desleché por completo en su boca.
Se limpió de reojo, me tiró una última mirada de "acá no pasó nada", se acomodó el remerón largo y, así como si nada, agarró sus cosas y se fue del departamento.
tranqui que hay mucho mas, solo recordar viejas experiencias.

Pasaron muchos años antes de darme cuenta de que tengo una suerte envidiable con las mujeres, o quizás no sea suerte, sino una química natural, un magnetismo que empieza con una charla cualquiera y, no sé cómo, siempre termina de la misma manera: conmigo guiándolas hacia mi cama. años pasaron cuando empecé a aprovechar esta cualidad y comence a tener cada aventura que tengo ganas de documentar.
voy a comenzar con las chica de la facultad. Yesi. Ella tenía unos 32 años y yo andaba por los 25.


Yesi era una mina interesantísima, estudiosa, de esas con las que daba gusto sentarse a charlar de cualquier cosa durante horas. Físicamente tenía un magnetismo rarísimo y adictivo: era blanquita, de pelo negro azabache, y tenía una nariz algo pronunciada, un rasgo que a mí, personalmente, siempre me resultó sumamente atractivo y con mucha personalidad. Medía más o menos 1,55 y tenía una cara hermosísima. Era un poco rellenita, pero la verdad que eso pasaba a un completo segundo plano porque la naturaleza la había bendecido con un culo enorme. De verdad, gigante. Una figura espectacular que se lucía todavía más porque era una mujer independiente; ya tenía su propio departamento, muy lindo y ordenado. Una mujer excelente en todos los sentidos.
Ella me invitaba seguido a estudiar a su lugar, y ahí fue donde se activó mi olfato.
Mirando hacia atrás, entendí exactamente cuál era su punto débil: se sentía vieja. En una facultad llena de pendejas de veinte, ella cargaba con esa inseguridad silenciosa de los 32, pensando que quizás su momento estaba pasando. le preguntaba sobre salidas o cosas asi y me decia que esa epoca ya habia pasado. de verdad me parecia tonto, una mina hermosa con todo en orden, que no salga ni siquiera de vez en cuando.
No sé en qué momento exacto empecé a usar esa debilidad a mi favor, pero el instinto me guiaba solo. Cuando los apuntes ya pesaban demasiado, le tiraba el centro: "Che, guardemos esto y tomemos algo". Ahí, entre trago y trago, el ambiente cambiaba. Fui siendo cada vez más directo. Le decía que era hermosísima, y no era chamuyo para endulzarle el oído; lo decía en serio, la mina me volaba la cabeza. Ella necesitaba escuchar que un pibe de 25 se derretía por ella, y yo se lo hacía saber con la mirada.
Había un detalle, claro. Yo estaba de novio en ese momento. Pero cuando la tensión sexual es tan grande, las reglas de afuera se vuelven borrosas. A ninguno de los dos nos importó demasiado.
El ritual de despedida se convirtió en el plato fuerte. Después de cada sesión de "estudio", ella me acompañaba hasta la puerta para despedirme. Pero de la puerta no pasaba. Ahí mismo, contra la pared, la comía a besos con una furia que venía acumulando toda la tarde. Y, por supuesto, mis manos iban directo a su mejor atributo: le amasaba ese culo enorme, pesado y perfecto, sintiendo cómo se entregaba por completo a la situación.
no recuerdo por que, pero la relacion se diluyó y nunca cojimos.
Después de que lo de Yesi se enfriara, las cosas tomaron un rumbo completamente diferente con Sabrina.
ella tenia 23 por ahi, era grandota. mas alta q yo
Ella era una amiga real, de esas con las que compartís códigos, charlas directas y no hay segundas intenciones de entrada. Al principio no me interesaba para nada en ese sentido; tenía una onda bastante "machona" en su forma de ser, de vestirse y de manejarse, cero vueltas.
Pero como te dije antes, soy un tipo calentón y tengo buen ojo. Y Sabrina tenía un arma secreta imposible de ignorar: un culo enorme.
Era de esas minas que, aunque quisieran ocultar su sensualidad con ropa suelta o actitud de pibe, cuando se daban la vuelta te dejaban sin respiración. Ese cuerpo imponente contrastaba tanto con su personalidad rústica que se terminaba volviendo algo sumamente adictivo. Con el tiempo, cada vez que nos juntábamos a tomar algo o a colgar, mis ojos inevitablemente terminaban fijos en el mismo lugar, y esa tensión de "amigos" empezó a mutar en otra cosa.
Una noche de copas fue el detonante definitivo. Nos habíamos juntado como siempre, pero el alcohol empezó a pegar y las barreras de la amistad se vinieron abajo por completo. Las bromas de siempre sobre sus curvas dejaron de ser chistes y se transformaron en puras ganas.
De un momento a otro, la timidez y esa postura "machona" que Sabrina solía tener desaparecieron por completo. Cuando nos comimos la boca, fue un shock total: me encontramos con una mujer que me devoraba con una pasión salvaje, como si hubiera estado conteniendo esas ganas durante meses.
El contraste de su altura y su cuerpo grandote con la entrega absoluta la hacía increíblemente sexy. Agarrar ese tremendo culo, firme y pesado, mientras ella me buscaba la boca con desesperación, me confirmó lo que siempre supe: que detrás de cualquier fachada de timidez, el feeling correcto siempre encuentra el camino.
Esa mezcla de confianza absoluta, códigos de "hermandad" y una tensión sexual latente es el escenario ideal para tu magnetismo. El hecho de que pudiera pasar de despertarte a los gritos como un amigo más, a clavarte una frase y un gesto así de fuertes, demuestra que el juego seguía vivo en el aire, aunque intentaran camuflarlo con la rutina de la facultad.
Mirá cómo se integra esta parte al relato:
Esa tremenda noche quedó aislada, como un paréntesis de pura locura entre nosotros. Al día siguiente, volvimos a la rutina de siempre: nos seguíamos juntando con los otros compañeros de la facultad, hablábamos de los parciales y nos manejábamos como si nada hubiera pasado. Para que se den una idea de hasta qué punto era mi "bro", Sabrina tenía llaves de mi departamento; entraba, iba directo a mi pieza y me despertaba a los gritos para que me pusiera las pilas y me levantara a estudiar. Éramos dos compinches totales.
Pero la química que ya habíamos destapado no se podía apagar tan fácil, y las paredes de mi departamento sabían demasiadas cosas.
Una mañana, mientras preparábamos unos mates entre apuntes, la miré con el remerón gigante que llevaba puesto y le tiré una ficha con tono de burla:
—Che, ¿por qué usás siempre la remera tan larga? Parecés un carpa, dale.
Sabrina clavó una sonrisa de complicidad, se dio la vuelta dándome la espalda y, sin dudarlo un segundo, se levantó el remerón hasta la cintura. Me dejó a centímetros de los ojos un culo enorme, perfectamente marcado por las calzas negras que llevaba abajo. Se giró apenas mirándome de reojo y me soltó con total naturalidad:
—Mirá, si ando así por la calle, no me dejan en paz los babosos.
Me quedé mirándola, saboreando el momento. Ella sabía perfectamente el efecto que causaba en mí, y aunque jugaba la carta de la queja, me estaba demostrando que conmigo las reglas eran totalmente distintas. A mí no me consideraba un baboso de la calle; me estaba mostrando su mejor secreto en la intimidad de mi casa.
No hizo falta que dijera una sola palabra más. Esa frase y el gesto de levantarse la remera fueron la mecha que faltaba. Me paré de un salto, la agarré de la cintura y la puse de espaldas contra la pared de la cocina, sin darle tiempo a reaccionar. Mientras le comía el cuello con desesperación, mis manos fueron directo a su lugar favorito: le agarré y le amasé ese orto gigante, hundiéndole los dedos en las calzas. Ella no se quejó; al contrario, soltó un suspiro largo, entregándose por completo a la intensidad que veníamos aguantando.
Pero Sabrina siempre tenía su propia manera de manejar las cosas, esa onda decidida que la hacía única.
Se soltó de mi agarre despacio, me miró a los ojos con una sonrisa cómplice y se agachó ahí mismo, en el piso de la cocina. Me desprendió el pantalón y me sacó la pija. No hubo preámbulos. Empezó a chupármela con una técnica y unas ganas que me dejaron sin aire, devorándome con fuerza hasta que no aguanté más y me desleché por completo en su boca.
Se limpió de reojo, me tiró una última mirada de "acá no pasó nada", se acomodó el remerón largo y, así como si nada, agarró sus cosas y se fue del departamento.
tranqui que hay mucho mas, solo recordar viejas experiencias.

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